ClaudiLadriShow o el progresismo conservador

///A mediados del mes de julio de 2018, la exultante discusión sobre la legalización del aborto en Argentina –ley que debería existir desde hace décadas- posibilitó la extraña situación de que incluso medios de comunicación de izquierda defendieran de los ataques perpetrados por grupos ultraconservadores a una rancia figura del mundo de las letras como Claudia Piñeiro. Piñeiro construyó su carrera literaria a través de una larga serie de prebendas y de premios obtenidos gracias a los contactos que supo construir en el mundo de la rosca político-judicial-mediática. En el último tiempo se convirtió en vocera de las mujeres –decir ´vocera del feminismo´ parece excesivo y obsceno- en una visibilización que poco tiene que ver con la banalidad de su obra y casi todo con las operetas de la trama que la sostiene y que en un paso de comedia la llevó este mismo año a abrir la edición vernácula de la Feria Internacional del Libro. En esa instancia empresarial Claudia no tuvo reparos de decir al mismo tiempo que ella era un engranaje más de la ´industria cultural´, que se concebía como intelectual / escritora disidente, que apoyaba a la educación pública y que qué bueno que la hubieran invitado a esa apertura junto a los funcionarios de Cambiemos -todo así bien juntito. En el siguiente texto, surgido poco después de su exposición en la Cámara de Diputados, reviso los problemas argumentativos, o las falacias, que se desprenden de su intento de posicionamiento progresista que acaso resulte tan inaprehensible como todo progresismo.///

El día 12 de abril de 2018 la ciudadana argentina Claudia Piñeiro [1960- ] compartió, en una de las reuniones informativas de la Cámara de Diputados, sus argumentos a favor de la sanción de la ley que regule ‘la interrupción voluntaria del embarazo’.
Esa alocución de siete minutos, alojada en el canal de YouTube La Resistencia Noticias (LRN), abrigó la singularidad de exigir y de defender un derecho a la fecha impostergable, desde un andamiaje retórico conservador y elitista.
La escena tuvo visos de intriga palaciega. El moderador Daniel L. la invita a exponer presentándola como ‘la escritora Claudia P…’. Una vez ante el micrófono, recoge Claudia la etiqueta y aclara que, al hablar en el marco de esa discusión ‘como mujer y como madre’, su alegato estará orquestado con argumentos tomados de su actividad artístico-profesional. Es decir que intentará convencer con la fuerza de su oficio.
Este primer movimiento descubre que a su alegato lo sustenta un anacronismo. Claudia cree internarse con su discurso por pasadizos del siglo veintiuno pero no hace sino regodearse en ensoñaciones decimonónicas. “Algunos dicen que los escritores –abre Piñeiro- tenemos ciertas antenas con las que podemos captar lo que está pasando en la sociedad… y además [tenemos] la facilidad de traducirlo a palabras.”
La imagen inaugural -antenas- siembra (en mí) el desconcierto. ¿Son lxs escritorxs bichos, gadgets, robots, ciborgs? Lxs escritorxs parecen constituir para ella una ‘cofradía diferenciada’ que capta lo que sucede mucho mejor de lo que podría hacerlo la gente común que además, aunque lo captara, no podría escribirlo tan bien.
Piñeiro no resuelve la analogía y rodeada de esa vaguedad toma el discutible rasgo diferencial para contar, afirmar y reafirmar que las más de 200 escritoras que rubricaron la carta (a la que esgrime) en defensa de la sanción de la ley, están también en lo correcto, no por ser mujeres, sino, al igual que Claudia, por ser escritoras y por tener antenas. El sectarismo está refrendado por la idea de que aquel doble centenar de firmantes deben ser ‘todas’ las escritoras activas en el país porque a Claudia ‘no se le ocurre que falte una’. Su memoria mide quién es, quién no es escritora en Argentina.
El sesgo elitista es reforzado en la parte final cuando les advierte a los timoratos diputados y/o abúlicos asesores que todos conocen o tienen cerca al menos una mujer que abortó en condiciones paupérrimas. Las razones para votar la ley no son ni ajenas ni lejanas. Quien fue obligada a una intervención clandestina está ahí al alcance de la mano de quien quiera escucharla, sin necesidad de rebuscar hasta el sexto eslabón o grado vincular –y con esto se refiere Claudia a esa pisoteada y simpática figura, la de los seis grados de separación, cuya invención por supuesto le cupo a un escritor que ‘también bajó con sus (sin par) antenitas’… para captarlo.
En segunda instancia, luego de las loas a las antenas, Claudia les asegura a los presentes que ‘lxs escritorxs son aquellos que tienen facilidad para pararse en distintos puntos de vista’ y que ella –que es escritora- detecta que, en la contienda por la aprobación de la ley para regular la interrupción voluntaria del embarazo, hay un punto de vista que quiere anular al otro. Como en el argumento anterior, esta casuística resulta de inmediato sospechosa. ¿Son lxs escritorxs lxs únicxs que pueden variar sus puntos de vista para obtener conclusiones ético-políticas? Pero lo que importa, subraya Claudia, es que existen, al menos, dos grupos enfrentados, y uno de ellos –el de los antiabortistas- intenta ganar la batalla ideológica apropiándose de la palabra ‘vida’.
Estamos en el tercer nivel de la argumentación.
Piñeiro invoca la categoría ‘conciencia lingüística’ de la lingüista Ivonne Bordelois. Ese tipo de conciencia –sigo a Claudia, no a Ivonne- surge de comprender que con las palabras, con el lenguaje, se construyen realidades y que esas realidades no son abstracciones, sino marcos de acción. Dicha ‘conciencia’ supondría una mayor lucidez referida a la existencia de algo así como un ‘supermercado de palabras’ donde es posible elegir términos y construir realidades. El problema aparece cuando nos quieren robar una palabra. Por ejemplo, si un grupo se apropia de la palabra ‘vida’, deja al otro grupo confinado a la ‘no-vida’, al aborto como asesinato.
Creo que estamos todes de acuerdo acerca de esa consecuencia indeseable.
El asunto es que la expositora coloca nuevamente a lxs escritorxs como lxs defensorxs, o como los que pueden detectar ese riesgo sobre las palabras porque ellxs tienen mayor nivel de ‘conciencia lingüística’ y Claudia está ahí para advertírnoslo: ‘No nos roben la palabra vida, no nos discriminen, les pido por favor no nos ofendan más’. Cuando nos roban palabras reconocemos su valor y reconocemos que el supermercado es gratuito y que debemos defenderlo.
El lenguaje –comunican las antenas corporativas de Claudia- no sería un mercado a secas, ni una feria autogestiva, ni un grupo de manteros, ni un millón de almacenes de barrio, ni un quiosco, ni un club del trueque, ni una gratiferia, ni nada de eso. El lenguaje es un ‘supermercado’ de palabras, una empresa, una empresa enorme, un conglomerado de empresas, una corporación… y –para mayor escándalo- es gratuito. ¿Cómo pueden robarnos algo de un espacio gratuito? Entre tantas variantes, una es dejarnos sin stock usando hasta modificar el sentido de una palabra.
Y ese robo –sigue el escándalo y la inmersión corporativa- no siempre es artero, dice Piñeiro. Como la ‘conciencia lingüística’ les corresponde en mayor medida a lxs escritorxs, los demás, quienes no escriben pero se están apropiando de la palabra ‘vida’, lo hacen ingenuamente, casi sin saber que están dentro del supermercado eligiendo palabras gratuitas para poder construir realidades. El alegato, en su epilogo, roza la confusión propia de las intrigas cortesanas.
Está bien -dice Claudia- habrá que aceptar a los ‘ingenuxs’ en el uso / robo de palabras candentes, pero es necesario exigir que ni los diputados, (ni los senadores), ni los ministros, ni el presidente (M. Macri) pequen de ingenuos en esta discusión que tiene a la palabra ‘vida’ como botín. Es un robo y es una exclusión inaceptable que deja a mucha gente afuera, y entonces asoma el delirio: “…y le voy a decir esto al presidente Macri con quien tengo una deuda tremenda por haber abierto este debate. Creo que es grandioso que haya abierto este debate y que haya tomado las banderas de tantos colectivos de mujeres que vienen luchando durante años… Se lo agradezco pero ahora le pido algo más: no vuelva a decir que lo hace por la vida porque yo también estoy por la vida y defiendo la ley de interrupción voluntaria del embarazo…”.
¿Justamente Macri? La admiración destilada es sorprendente. Al haber abierto el debate, Macri le ha generado a Claudia “una deuda tremenda”. Podría colocar aquí mismo un chiste fácil sobre Mau y su adicción a generar deudas tremendas sino fuera porque Piñeiro señala que le pareció ‘grandioso’ ese gesto de tomar las banderas de tantos colectivos de mujeres… ‘Grandioso’, escribo, mientras saboreo un vago recuerdo de Macri sopesando la suerte televisiva de varias ‘chicas-lindas-culos-(¿grandiosos?)’, así como su ristra de comentarios machistas (¿grandiosos?), pero, en fin, él es alguien que ha enarbolado las banderas grandiosas y me lo dice alguien con antenitas.
En el clímax de stand up, Claudia les advierte a los diputados que si votan contra la aprobación de la ley, acaso en el futuro sean vistos como aberraciones intelectuales o como delincuentes por haber dejado sin protección digna a las mujeres que desean y/o necesitan abortar… Pero, ¿acaso no es éste presente aquel futuro mencionado? ¿Acaso ella -Claudia- no les está hablando a quienes, en persona o en representación corporativa, se vienen negando a discutir los proyectos sobre salud reproductiva desde hace tiempo? ¿Acaso no le está hablando a una casta política corrupta que al unísono que acelera el pase a mejor vida de los jubilados, aumenta dietas y usufructúa canjes onerosísimos de pasajes? ¿Ella sinceramente cree hacer mella en el caparazón de los diputados o correrlos por el callejón del cinismo cuando pretende escandalizarlos por ‘el robo de palabras de un supermercado gratuito’? ¿Justo en este punto le fallan las antenitas de escritora? Y hablando de supermercados, si todos decidiéramos robar palabras y más palabras de esas peculiares góndolas, ¿instrumentará el gobierno algún salvataje? ¿La convocarán a Ivonne como ministra de finanzas o a Claudia que parece ser ya medio de la casa?
Ignoro las grandiosas respuestas. Solo te pido Claudia, como gran favor, que a todxs lxs que en los márgenes batallan entre la precariedad, la humedad, las ratas, los vecinos melómanos, los malos transportes, (la casta lacra política ante la que te rendís), la violencia cotidiana para garabatear una, dos tres, veinte páginas que no buscarán la santificación de los premios y sí las de lxs lectorxs, que les y que nos devuelvas las palabritas ‘escritor/escritora/escritorx’ porque acá todxs tenemos la grandiosa sensación que vos y que tu cofradía de cócteles y de recepciones y de cenas presidenciales nos chorearon esas palabrejas del supermercado que ni sabíamos que existía y al que vamos a ir más seguido con las mochilas vacías y las capuchas ocultando la ausencia de esas graciosas y grandiosas antenitas.
De antemano, muchas gracias, ciudadana Claudia.

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Escritos Paranoicos / Polosecki + Presentación + ĺndice

PRESENTACIÓN

“A partir de El otro lado a mí se me modificó la idea de la ciudad. De Buenos Aires. El programa transcurre acá salvo una vez que fuimos a Rosario y cubrimos el viaje y esa ciudad. Algunas cosas en provincia. Viajamos a Brasil a una reunión de motociclistas. Pero para mí ahora la ciudad tiene una cantidad de nombres propios…, nombres muy míos. Es una ciudad posible. Buenos Aires es un lugar donde es posible vivir”, le reconocía, a mediados de 1994, Fabián Polosecki a Rodrigo Fresán [“El historiador”, Página/30].
Polo es un enigma.
Una de sus máscaras extrañas es el giro abrupto hacia la naturaleza de alguien tan urbano, y su posterior suicidio.
Otro rasgo peculiar no tiene que ver tanto con él, como con sus cronistas.
Cuenta la leyenda que viajaban Polo y su equipo rumbo a Tandil a filmar para El otro lado un capítulo sobre el Vía Crucis durante Semana Santa. A mitad de camino cambian de idea, se enganchan con motoqueros que estaban en un encuentro de motos en Azul y graban “Fierros Viejos” [1994].
Ignoro la veracidad de la anécdota (si así fue, esquivando a Tandil, Polo dilapidó acentuar sus posteriores persecutas isleñas). Ignoro también por qué anota Fresán –¿por problemas en la escucha?, ¿porque lo dice el entrevistado?- ´Brasil´ en lugar de (la ciudad de) Azul, una de aquellas ´cosas [filmadas] en provincia´. Sea por la razón que fuere, ese desconcertante desliz geográfico –´Polo en Brasil´- da una nueva pincelada a la fantasmagoría que lo sostiene.
Una obra televisiva fugaz e inigualable y una vida con un final aciago -alcanzadas aquí y allá por dudas, inquietudes, pequeños errores, inconsecuencias, transcripciones parciales, testimonios menospreciados- avivan conjuradas el interés por un personaje intrigante que bien podría haber acabado, como otros tantos talentosos, en la acotada piadosa memoria de amigos, nostálgicos y estudiosos.
La intención de reunir los siguientes textos, referidos a Gustavo Fabián Polosecki [1964-1996], es discutir algunos pormenores de ese enigma.
Por una de esas inexplicables sincronías que a todos nos atraviesan, redescubrí a Polo en el selvático norte brasileño. Esos chispazos iniciales están condesados en “Mancaos II. El surf de los pobres en la huida hacia Alter do Chão” [03-10-2013], una crónica que se convertiría luego en “Polo místico” [26-07-2014]. A este breve texto zurcido con apuntes e impresiones, le siguieron el más experimental “Fabián Polosecki, mística y anarquismo” [15-11-2014] y, tiempo después, “Polosecki. A veinte años del suicidio de un disidente” [02-12-2016]. Todos fueron publicados en el blog ymeescribesparanoica.wordpress.com y, dejando a un lado la inicial crónica amazónica, han sido reescritos según una lógica interna que confluye en “El fantasma”, el texto más extenso que clausura la serie y que es una opción de lectura para quien desee ir al corazón de la historia.
Este volumen incluye además transcripciones de dos artículos periodísticos: “El zorro interminable” que apareció en la revista Radiolandia a fines de los años ochenta y cuya autoría, casi con toda seguridad, le corresponde a Polo, y “Se fue Highlander. ¿Qué quedó?”, firmado en julio de 1990 con su nombre y apellido en la revista País Caníbal.
La recopilación cierra con el “Archivo Polosecki”, compuesto por la bibliografía sobre el heterodoxo periodista y conductor, la lista de sus programas, de sus proyectos inconclusos, de sus trabajos en gráfica, así como los homenajes, las derivas y la mitología que disparó ese ícono cibercultural disidente.

ÍNDICE

PRESENTACIÓN / p. 5

POLO MÍSTICO / p. 9

FABIÁN POLOSECKI, MÍSTICA Y ANARQUISMO / p. 16

POLOSECKI. A VEINTE AÑOS DEL SUICIDIO DE UN DISIDENTE /p. 47

EL FANTASMA / p. 55

TRANSCRIPCIONES DE ARTÍCULOS / p. 105
El zorro interminable / p. 105
Se fue Highlander. ¿Qué quedó? / p. 108

ARCHIVO POLOSECKI / p. 111
Periodista / autor / p. 111
Ciclos televisivos / p. 113
Premios / p. 117
Proyectos inconclusos / p. 117
Derivas / p. 118
Bibliografía / p. 124

Del ‘informe embrión’ de Sor Juana al ‘elemental Adán’ de Borges.

Del informe embrión de Sor Juana al inhábil y rudo y elemental Adán de sueño de Borges o de cómo intuir la pervivencia en la literatura latinoamericana de la conjunción ciencia ficción / hermetismo [2012]

En 1983 el poeta brasileño Régis Bonvicino incluye en Sósia da Cópia un extraño suelto -“Borges, também ficção?”- que, en el registro de la noticia periodística, informa al lector que el escritor argentino no es más que un invento.

Dos datos de esa noticia me interesan.
La invención surge de una conspiración. Un grupo de intelectuales argentinos contrata a un actor italiano de segunda categoría para ser la cara visible de los textos borgeanos.
El segundo dato –los conspiradores construyen la imagen autoral a partir de ´secretos masónicos´- dirige la atención hacia los saberes heterodoxos (hermetismo, alquimia, gnosticismo) que rondan la obra de Borges.
Así, desde este presente y con la necesaria corrección en la perspectiva, aquella entelequia ‘Borges’ sería un personaje de ciencia ficción creado por conspiradores con materiales y conjuros herméticos y alquímicos.
La conjunción ´ciencia ficción / hermetismo´ en Borges puede ser considerada como la instancia ulterior de una historia tres veces centenaria. El trasvase del hermetismo neoplatónico a la América colonial durante el siglo XVII –en particular a través de la obra del jesuita alemán Athanasius Kircher- propició condiciones intelectuales y culturales para que emergiera la ciencia ficción latinoamericana.
La visión del mundo de esos saberes, mezclados con las cosmovisiones nativas, sustenta uno de los primeros textos de ciencia ficción en América Latina, el poema barroco Primero sueño, escrito en 1685 por Sor Juana Inés de la Cruz.
El Sueño es un laberinto de 975 versos construido como una ´silva´, es decir, con estrofas de un número indefinido de versos que alternan siete y once sílabas, con rima perfecta. El poema narra la aventura nocturna del alma, encarnada en un ciborg-andrógino, que vuela hacia las profundidades espirituales e intelectuales, como si fuera un viaje hacia el espacio exterior, con el fin de acceder al conocimiento universal.
El hermetismo incide en la caracterización de esa fábula como de ciencia ficción con los siguientes tópicos: 1) la imaginería del ascenso del alma que recubre el viaje intelectual durante la noche; 2) los saberes estructurados en la ´gran cadena del ser´, un continuo que se extiende desde la divinidad a lo inanimado, entre cuyos eslabones se engarza el humano; 3) la mezcla de elementos orgánicos y de procesos maquínicos, conjuros, magias y técnicas que dan, al cuerpo ciborg de la durmiente, las condiciones para el eventual ascenso, en un mundo barroco desdoblado; 4) la tensión cuerpo (de mujer) / alma (asexuada) que posibilita un ser andrógino que cuestiona la primacía masculina en el acceso al conocimiento.
Un tópico asiduo en la ciencia ficción, la androginia, le da a la postura epistemológica de Sor Juana un innegable sesgo político. En el marco de la ortodoxia neo-escolástica, el hermetismo de Kircher –por momentos, al límite de la herejía- fue la herramienta intelectual que le permitió a la escritora conspirar contra el poder eclesiástico mediante un símbolo cognoscente disruptivo: ni hombre, ni mujer, andrógino.
Durante siglos, innumerables autores conjugaron de distintas maneras hermetismo y ciencia ficción. Absolutamente distante del feminismo, las ficciones borgeanas se aproximaron a esas discusiones al pensar entre los intersticios de lo establecido. La filosofía política que se desprende de sus relatos es una trama ideológica cuya extrema indeterminación vuelve sin sentido la idea simplista de ‘Borges conservador’. Esto se advierte en su perspectiva cultural. Borges pergeñó su narrativa hoy canónica revalorizando literaturas marginales, no hegemónicas, hasta el punto de escoger como material base dos discursividades herejes sin más: el hermetismo y la ciencia ficción.
El interés de Borges por la ciencia ficción aparece temprano en su obra. Sin embargo, sus opiniones desviadas sobre el género -el uso de eufemismos como “imaginación razonada” [“Prólogo” a La muerte y su traje, 1961]- y el consecuente respeto de la crítica, cristalizaron que su narrativa trabajaba con el fantástico (o con el policial). Con la progresiva puesta al día de la crítica especializada, las pistas sobre su relación con la ciencia ficción se hicieron más visibles.
Intermitente recurrencia [2006] de Luis Cano es, en ese sentido, un ejemplo de relectura. Cano toma “El jardín de senderos que se bifurcan”, cuento que para la ortodoxia hermenéutica respetuosa de la chicana de Borges es un policial, y lo relee desde la ciencia ficción. Según Cano, idéntica revisión podría caberle al conjunto de El jardín de senderos que se bifurcan [Ficciones, 1944]. Si en el “Prólogo” Borges habla de relatos fantásticos, acaso esté queriendo decir otra cosa porque, en efecto, de los siete cuentos que componen el volumen, cinco pueden ser considerados de ciencia ficción y cuatro de esos cinco se conectan con el hermetismo.
“Las ruinas circulares” es un caso paradigmático de la oclusión del fantástico sobre la ciencia ficción entre los años veinte y sesenta del siglo pasado en Hispanoamérica [Intermitente recurrencia, p. 55].
El relato recrea la historia de un mago que quiere soñar a otro hombre, crearlo, e introducirlo en el mundo real. El tópico ‘creación artificial de vida’ responde al homunculum o golem de la tradición hermético-alquímica y es a su vez una imagen recurrente en la ficción científica. La procreación humana en el interior del mago se relaciona con la transformación y el autoconocimiento propios de una práctica sagrada. La mención de la lengua “zend” sugiere que la acción transcurre en la Persia antigua, origen de esa doctrina demiúrgica que tiene ecos de gnosticismo y de hermetismo.
Los gnósticos son mencionados una vez en el relato. El mago realiza varios intentos. Sueña un gran anfiteatro para escoger a los candidatos más calificados y falla. Opta por crear al “ser” desde cero y no queda satisfecho porque se parecía a un Adán “inhábil y rudo y elemental” como las figuras creadas por los demiurgos en las cosmogonías gnósticas -comenta el narrador. El mago intenta entonces resolver el problema invocando al dios Fuego quien le permite provocar el engaño de que todos crean que ese ´Adán elemental’ es humano. El final es aterrador por circular. El fuego prueba que el mago que creía soñar y crear a otro, era sueño y creación de un tercero ignorado, un creador desconocido, como el esquivo e inaccesible dios de los gnósticos.
“Las ruinas circulares” comparte con el poema de Sor Juana el núcleo narrativo de la creación de vida artificial fallida en el interior de un sueño, pero el fracaso de la práctica mágica tiene consecuencias diferentes.
La aventura intelectual de conocer ordenadamente supone, en el poema de Sor Juana, decepciones transitorias. En su viaje alcanza apenas a concebir un ‘informe embrión’: “…aun no sabía/ recobrarse… del espanto/ que portentoso había/ su discurso calmado,/ permitiéndole apenas / de un concepto confuso/ el informe embrión que, mal formado,/ inordinado caos retrataba/ de confusas especies que abrazaba…” [El Sueño, vv. 543-551] Ese fracaso puede entenderse como transitorio porque en el futuro utópico anticipado por el ciborg, la mujer -codificada como amazona, andrógina y guerrera- tendrá las mismas oportunidades que el hombre de estudiar, escribir, discutir.
En el cuento de Borges el fracaso al procrear tiene una consecuencia distópica. Con todo optimismo, en el futuro se perfeccionará la percepción de que la realidad es gnóstica y de que solo habitamos –como remarca con insistencia “Las ruinas circulares”- uno de los tantos niveles de artificialidad, lejos del eventual mundo real.
Régis Bonvicino en su noticia hace de ´Borges´ un producto de la ciencia ficción conspirativa asociada a los secretos masónicos. Según su fuente (apócrifa), esa creación artificial es comparable a la obra de Víctor Frankenstein. La conexión no puede ser más elocuente. El doctor Frankenstein es un fallido demiurgo formado en los secretos alquímico-herméticos y al igual que el mago de “Las ruinas circulares” -y que los conspiradores de la entelequia ‘Borges ficción’- se propone generar vida (el golem) sin la efectiva y concreta participación femenina. La autosuficiencia masculina produce un enigma, una ‘cosa’ que se convierte en destructiva o en mera ilusión.
La lección gnóstica acaso quede ahora más clara. La fuerza creadora en la tradición gnóstica es obra de una pareja andrógina. Según esa cosmogonía, la divinidad –el Intelecto- se desdobla en una entidad llamada Sophía (Sabiduría) de quien se desprenden las emanaciones que configuran este infinito mundo de astros.
Así, frente al pesimismo paranoico de un individuo que, entre planos de irrealidad, quiere procrear aislado, la esperanza de la gnóstica Sor Juana que conspiró soñando a un andrógino para que, en el laberinto barroco de un poema de ciencia ficción, luche por el acceso igualitario al conocimiento. Siglos después de haberlo colocado en órbita mental, ese ciborg parece estar acercándose a encontrar la salida.

Rio de Janeiro, junio de 2012
Arturo Segui, junio de 2018

Bibliografía

Bonvicino, Régis. “Borges, também ficção?” Sósia da Cópia [1983]. Primeiro tempo. São Paulo: Editora Perspectiva, 1995.
Borges, Jorge Luis. “Prólogo”. La muerte y su traje. Santiago Dabove. Buenos Aires, Editorial Alcándara, 1961.
Borges, Jorge Luis. “Prólogo”. El jardín de senderos que se bifurcan [1941]. Ficciones [1944]. Obras completas I. Buenos Aires: Emecé, 1993.
Borges, Jorge Luis. “Las ruinas circulares”. El jardín de senderos que se bifurcan [1941]. Ficciones [1944]. Obras completas I. Buenos Aires: Emecé, 1993.
Cano, Luis, Intermitente recurrencia. La ciencia ficción y el canon literario hispanoamericano. Buenos Aires, Corregidor, 2006.
De la Cruz, Sor Juana Inés. Primero sueño [El Sueño]. Obras completas I. Lírica personal. México, Fondo de Cultura Económica, 1995. [1685/1692] p. 411-439.

Discusiones tecno-apocalípticas [Virtuales Gurúes Impostores]

///Introducción a la cibercrónica “Virtuales Gurúes Impostores. El hacktivismo y la revolución pendiente de la cultura libre y abierta” [2017]///

I.- Discusiones tecno-apocalípticas

Esta es la historia de un hacktivista que traicionó a sus ideales, a sus pares y al proceso revolucionario del que formaba parte. Ese activista no es un cisne negro, no es un caso único ni -como verán- aislado. Esto es lo primero que necesito decirles porque acerca de grandes héroes que son traidores, y viceversa, existen bibliotecas.
El campo de acción para esas escaramuzas, batallas y traiciones se circunscribe a la Red de redes. Sobre Internet hay escritas no bibliotecas, sino marejadas. A esa espuma entonces arrimo este episodio amparándome en su singularidad.
La historia no se inclina por las corporaciones que desarrollan las nuevas tecnologías de la comunicación y de la información, de las que forzosamente hablaré. En todo caso, el cúmulo de textos que cotidianamente analizan la ´silicolonización del mundo´ -la colonización impulsada desde Silicon Valley- son recomendables para comprender qué pasa acá.
´Acá´ es el mundo de átomos. Desde hace décadas, una voluntad mutante puesta en marcha por las nuevas tecnologías e Internet rediseña ese mundo con bits, es decir, con información codificada por medio de cifras, letras y comandos. Periodistas y ensayistas hablan de ´guerra´; algunos jugaron su lotería y apostaron por una ´bomba´; otros pierden lectores y credibilidad sugiriendo un ´apocalipsis informático´ que desmaterializa la realidad atómica a la que estábamos ya bastante habituados.
El universo llamado Internet –el dato es conocido- crece segmentado en al menos tres niveles. La red superficial a la que acceden los simples usuarios representa el uno por ciento de ese cúmulo. El restante noventa y nueve por ciento es denominado red profunda [´deep web´] cuyo vértice final es la red oscura [´dark web´]. Este remanente, cercano a la totalidad del invento, le está vedado al usuario, y ofrece su mítico menú a quien disponga de las tecno-habilidades pertinentes: protocolos de funcionamiento, ficheros de revistas académicas, información de dependencias gubernamentales, información clasificada, tráficos ilegales diversos, servicios de hackers (héroes libertarios), de crackers (hackers mercenarios), delincuentes, lo prohibido, lo nefasto y más. Las parcelas de los estratos finales no son punto-com, ni punto-org, ni punto-net, y sí punto-onion, tan extraño como el navegador Tor que encripta la información y borra los rastros de la visita.[1]
Ese viscoso magma virtual, nacido de un ´apocalipsis informático´ que se arremolina y lo expande, es macerado por sectas que conspiran en nombre de alguna revolución.
Un conjunto de arquitectos corporativos encargados de que resplandezca la superficie pugna por una ´revolución tecnológica´, democráticamente ilusoria, con destellos de despotismo y presentada como sendero hacia una ciudadela armónica. Sobre esos arquitectos se ha escrito profusamente. Las sectas disidentes identifican en esos aprontes la construcción de un ciberimperio y dicen llevar adelante una revolución de signo inverso con destino a una ciber-utopía libre, abierta y plural, que beneficiará a la humanidad. También éstas tienen sus publicistas. Una tercera facción, la de los disidentes extremos, claman en el desierto que la única revolución es ninguna ciber-aldea global.
Si superponemos esa tríada sectaria con la estructura virtual, las corporaciones lustran la superficie, los hackers –especialistas y creativos de la Red- disputan poder en la zona profunda, los tecnófobos miran el oscuro abismo para convencerse de que nada de todo esto tiene ningún sentido.
La neblinosa ciberrealidad alienta la paranoia. Sin importar el número de casilleros, cualquier asepsia clasificatoria es inútil. El pandemónium digital, plano, abismal, bulle de fugaces iluminados y cada amanecer, nuevos asaltos, raptos, entusiasmos prometen transformarnos en súbditos de un régimen pleno de ´bondad´.
La acumulación disuelve por lo pronto el conflicto, el botín es incierto y la matriz apocalíptica un salvoconducto para escudriñarlo.
Lo apocalíptico como tema y como paradigma de pensamiento que reúne la tensión entre comienzo y fin, divino y diabólico, celestial y terrenal, renovación y conflagración, creación y destrucción, revelación y profecía, atrajo por siglos a desamparados, desahuciados, alucinados, profetas, monjes, mesías rurales, hermeneutas, teólogos, filósofos, intelectuales, escritores, artistas, científicos; se entreveró con las más abstrusas especulaciones estéticas y teóricas; y fue invocado para abordar los cambios provocados por la innovación técnica.
Fueron apocalípticas las revueltas campesinas europeas que durante los siglos XIII y XIV dieron cuenta de los temblores medievales de una organización social que mutaba hacia el imperio técnico. Fue apocalíptica la llegada de los navegantes, emprendedores, comerciantes y condenados al paradisíaco Nuevo Mundo. Fueron apocalípticos los comentarios que entretuvieron al viejo Isaac Newton, una vez incrustadas sus leyes en la revolución científica. Fue apocalíptica la previsión de Marx de una revolución del proletariado que, como un Juicio Final, liberara al obrero del ´aliento mefítico de la civilización´.[2] Fue incesantemente apocalíptico el siglo XX que acumuló dos guerras mundiales, miles de guerras locales, campos de concentración, purgas, viajes interestelares, conflictos atómicos hasta arañar a este chirriante gozne entre milenios caracterizado por la invasión de nuevas tecnologías de la información y de la comunicación.
La tradición interesada por ´técnica, tecnología, tecnociencia; neutralidad, dominación, liberación´ es en principio absolutamente inabarcable. Hay historiadores que no van más atrás del siglo XII para hablar de ´instrumento´ y, por ende, de la técnica como una actividad con un fin en sí misma, pero como es habitual en las humanidades, las hipótesis cunden, las certezas huyen.
En Occidente el imaginario técnico se remonta a los tiempos primitivos en los que la magia y el hacer eran uno solo; focaliza en un Oriente idealizado, fuente de prodigios (pólvora, artes, escritura, brújula); conoce al bíblico Caín, inventor de las medidas abstractas y constructor de la primera ciudad, una vez abandonado el Edén; y al asalto mitológico del titán Prometeo quien le burla a Zeus el fuego, como don para la civilización humana; recala en la tradición filosófica griega (el saber versus el saber hacer), luego en la romana (la puntillosa técnica social civil y militar), y en sus posteriores meandros teológicos (que fermenta esa invisible tecnología que es ´la institución´); atraviesa la ´causa instrumentalis´ entre los monjes y el ´instrumental del oficio´ de los gremios medievales; alcanza los fervores marítimos del humanismo renacentista y los sorprendentes mecanismos barrocos; desemboca en la impetuosa ´revolución industrial´ que provocó la resistencia de los ludditas o destructores de máquinas, saboteadores que, a inicios del siglo XIX, acabaron con sus pescuezos en la horca. Durante el siglo XX, con una tecnificación asociada a las guerras y a los totalitarismos, el interrogante básico ¿naturaleza o tecnología? se multiplica: ¿ciencias humanas o naturales?, ¿tecnología a escala humana o tecnolatría fascista?, ¿espiritualidad maquínica o alienación delirante?, ¿organización técnica o manipulación?, ¿tecnociencia o tecno-esoterismo?, ¿disidencia o mambo neurótico?, ¿hippies o tecnócratas?, ¿primitivismo o transhumanismo?[3]
En los términos más sencillos posibles, toda técnica es un procedimiento para hacer o para actuar y define a cada cultura que es, en definitiva, un conjunto de técnicas. “La técnica se refiere a todo sistema de acciones mediante el cual, y de acuerdo con un plan y una serie ordenada de procedimientos, el humano actúa sobre su ambiente para satisfacer distintos tipos de necesidades, en las que también figuran las simbólicas.”[4]
La ´técnica´ -una metodología, un camino hacia- permite al humano transformar el mundo que habita, producir, organizar, relacionarse (moverse, hablar, comer, expresarse, pensar, etc.), y ´des-ocultar´ las energías contenidas en el mundo natural. La violencia necesariamente utilizada para producir devela el peligro inherente al misterio creativo que emana de la propia técnica. Esa violencia acechante señala un límite, y el deseo de controlarla.[5]
Este ir y venir de la técnica entre la provocación, el peligro y su conjura, fue extremo durante el último medio siglo.
En la era de la revolución científico-técnica el humano habita un espacio modificado que tiende artificialmente a la homogeneidad. Han sido trastocadas la cercanía y la lejanía, y difuminados los planos de su perspectiva vital. Las alteraciones que pueden hasta cierto punto resultar normales o aceptables, literalmente se desquician en los espacios generados por la cibernética. El hábitat desarrollado por la tecnociencia supone una dis-locación y una virtualidad de las que se ignoran sus últimas consecuencias.[6]
Ese hábitat esquizofrénico caracterizado por la hiper-conexión es este escenario apocalíptico al que me refería y –lo digo con simpleza- tiene sus responsables.
Es común que la literatura específica mencione intentos centenarios de un proyecto universal para manejar la información, y a partir de allí condicionar la decisión y la voluntad humanas. Aunque son buceos atendibles, prefiero restringir la escala.
Los pioneros Norbert Wiener [1894-1964], John Von Neumann [1903-1957], Alan Turing [1912-1954] ponen manos a la obra en el epílogo de la Segunda Guerra, según la conocida sincronía: computadora y bomba atómica nacen juntas.
“La escena fundadora de la cibernética tiene lugar entre los científicos en un contexto de guerra total…” –sostiene en el libelo “La hipótesis cibernética” [2001] el grupo Tiqqun. Del griego kybernesis, cibernética es la “acción de pilotar una nave” y en sentido figurado la “acción de dirigir, de gobernar”. Y la hipótesis indicada por Tiqqun es la de “un conjunto de dispositivos que ambiciona tomar a su cargo la totalidad de la existencia y de lo existente”. La hipótesis cibernética justifica entonces “…dos tipos de experimentaciones científicas y sociales. La primera apunta a hacer una mecánica de los seres vivientes, para dominar, programar y determinar al hombre y la vida, a la sociedad y su ´devenir´…; nos hallamos… en el terreno del control. La segunda apunta a imitar con máquinas lo viviente, primero en cuanto individuos [robots, inteligencia artificial]; después en cuanto colectivos, lo que conduce a la puesta en circulación de informaciones y a la constitución de ´redes´. Aquí nos situamos en el terreno de la comunicación.”[7] Las corrientes de la comunicación y la del control de las que participan biólogos, neurólogos, ingenieros, policías, publicistas, responden al influjo de un espectral Autómata Universal que todo desea regirlo.
A pesar de las evidencias, la especulación de Tiqqun sobre los escasos espíritus críticos inclinados a considerar la cibernética como nueva tecnología de gobierno es una constante. Sucede hoy con el mecanismo a la vista y sucedía hace años cuando el problema era todavía futuro.
A mediados del siglo XX, en La edad de la técnica o el riesgo del siglo [1954] Jacques Ellul señalaba la progresiva incidencia de la tecnología en las decisiones humanas -“El poder político ya no es exactamente un Estado. Cada vez lo será menos… En un juego de técnicas la decisión tiene menos cabida cada día”- y consideraba indeseable un instrumento ´para evaluar situaciones´ dentro de la maquinaria estatal. “[Norbert] Wiener incluso admite que la cibernética puede utilizarse para valorar las situaciones políticas –dice Ellul. La máquina de gobernar convertiría al Estado en un jugador que dirigiría la política como una partida de ajedrez. Si esta eventualidad apocalíptica se realiza, no sabemos las consecuencias que podría traer para el Estado, y por ello dejamos de lado esta hipótesis.”
Esa eventualidad apocalíptica ocurrió, como bien sabemos.
La computadora y la cibernética –germen de las nuevas tecnologías- son desarrolladas a partir de los años cuarenta. Wiener, un pionero, muere en 1964. Ese mismo año la idea de Internet, propuesta por el aparato militar estadounidense en connivencia con las universidades, gimotea para un público restringido. A fines de los sesenta existe Arpanet. Entre 1989 y 1991 el invento está consumado y con su nombre actual. “La red ARPA, diseñada para asegurar el control de una sociedad desolada después de un holocausto nuclear, ha sido sobrepasada por su hija mutante, Internet, que está fuera de control a conciencia y que se expande exponencialmente por la aldea global de la post guerra fría”, decía en febrero de 1993 el escritor cyberpunk Bruce Sterling.[8]
Años después de esa constatación en tiempo real, el periodista y teórico de la comunicación argentino Aníbal Ford [1934-2009] recopilaba artículos propios, otros escritos en colaboración, que compartían el propósito de revisar el entramado global surgido de las nuevas tecnologías y de Internet, caracterizado por las promesas de un futuro tecno-maravilloso, por la cultura del infoentretenimiento (fusión de noticia y espectáculo), por rebrotes neonazis, por una extrema vigilancia apegada a la desigualdad, y los unificaba en un libro cuyo título apelaba, en el cabalístico año de 1999, a bíblicas barriadas heterodoxas. La marca de la Bestia era -y es- la rúbrica libresca a una época inquietante.[9]
La idea que organiza el volumen remite a un pasaje del Libro de la Revelación o Apocalipsis, polémico al límite de la herejía y que merece un comentario. El Apocalipsis es un escrito profético compuesto por Juan de Patmos entre los años 70 y 90 después del nacimiento de Cristo. En un contexto de persecución, presenta visiones por medio de las cuales la divinidad le revela al profeta sus designios sobre la resistencia y la lucha que habrían de llevar al triunfo de Cristo, de la Iglesia, de la Jerusalén celeste sobre la Bestia, el imperio de Roma, la maldita Babilonia. Según las visiones recibidas, Satanás persigue a los cristianos encarnando en un Dragón que propicia la aparición de una primera Bestia ´a la que la tierra entera siguió maravillada´, y luego de una segunda Bestia o falso profeta que ordena construir una imagen artificial de la primera: “Se le concedió [al falso profeta] infundir el aliento a la imagen de la Bestia, de suerte que pudiera incluso hablar la imagen… y hacer que fueran exterminados cuantos no la adoraran…” [Apocalipsis, 13:15].
Entreverado en esa lucha, el pasaje del Apocalipsis que atrajo a Ford cuenta que el falso profeta, seguidor de la primera Bestia y constructor de la imagen “…hizo que a todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y siervos, se les imprimiese una marca en la mano derecha y en la frente y que nadie pudiese comprar o vender sino el que tuviera la marca, el nombre de la Bestia o el número de su nombre.” [13:16-17] La obligatoria marca bestial, el triple seis que es cifra del Anticristo o de un emperador romano, representa –dice Ford- los códigos electrónicos de identificación. La sociedad de fin de siglo y sus sistemas de monitoreo social han convertido en antiguallas al panóptico de Bentham y al Big Brother. La hiper-identificación surge de “instrumentos de invasión y de control” (historia clínica, tarjeta de crédito, correo electrónico, etc.) mediante procesos autónomos y asimétricos. Las concentraciones de poder administran con eficiencia un cúmulo de información sobre individuos que acceden, por el contrario, a una masa de datos ´caótica, sucia y turbulenta´. ´La marca de la Bestia del Apocalipsis se está automatizando o robotizando´.[10]
La empresa de un falso profeta que construye una Bestia autómata para manipular y someter al pueblo sin distinción de clase, alude a este apocalíptico estadio ciberimperial regido por lo que Tiqqun denominaba el Autómata Universal.
Esa simetría es más que una espeluznante metáfora intelectual. Al inicio del nuevo milenio, Andoni Alonso e Iñaki Arzoz invierten en La Nueva Ciudad de Dios [2002] la carga de la prueba de inversores, asalariados y publicistas, y con el apocalipsis informático en curso, aseguran que la nueva Jerusalén digital es Babilonia, capital y territorio de un Ciberimperio alimentado con heterogéneos nutrientes: ciencias humanas; cibernética; ciencias aplicadas; doctrinas herméticas, esotéricas y salvíficas; psicología; educación; estadísticas; propaganda; granos de ciencia ficción y un hervidero de sectas, facciones y grupos complotando.[11]
Los autores españoles relacionan sin más los primeros siglos de la era cristiana, cuando innumerables sectas de creyentes erosionan al imperio romano, con este período histórico también imperial que pare a la cibernética y a sus bestiales cachorros, defensores orgánicos e involuntarios, y a los disidentes.[12]
Apenas orillando esa silueta apocalíptica, en Mal de ojo. El drama de la mirada [1997] Christian Ferrer [1960] conjuga el gualicho que hoy es recia fe: “…la creencia en los bienes tecnológicos y la adoración de la fuerza de voluntad técnica serán… una religión de nuevo tipo.” Ferrer escribe al mismo tiempo que Internet llega a la Argentina y de modo general, un lustro antes que Tiqqun, considera “…a las redes mediáticas e informáticas… como voluntades de poder que pretenden instaurar una matriz total al interior de la cual un modo de pensar y de vivir queda enmarcado y desde la cual el mundo se expone ante nosotros.” Esa religión, o voluntad de poder para dominar la percepción (para dominar y manipular), destila una utopía reblandecida -´la ciudad informática estará habitada por una ciudadanía bonachona´-; la sostiene un credo que abstrae y descarna los comercios humanos para alcanzar “un nirvana teórico, la fantasmagoría del Ser Digital”; y ata su permanencia a excéntricos y a desconcertados: “…el eufórico de las nuevas tecnologías no se parece tanto a un profeta como a un histriónico: su audiencia –cómo el mismo- gusta de las mascaradas.”[13] Esquivo al señalamiento particular y al denuncialismo, alude sin embargo Ferrer como al pasar en esos borroneos ensayísticos la fantasmagoría circense de otro arquitecto ciberimperial, el histriónico gurú digitalista Nicholas Negroponte [1943].
Negroponte publica en 1995 Ser digital (Being digital), una compilación desbordante de futurología e imperativa: ser digital o desaparecer. Su afilada pluma –o interfaz- augura problemas -´seremos testigos de la pérdida de muchos puestos de trabajo a causa de la automatización´-, y anticipa las guerras por el control de la información. “Soy optimista por naturaleza –dice con límpido cinismo. Sin embargo, toda tecnología y todo legado de la ciencia tiene su lado oscuro. Estar digitalizado no es la excepción. En la próxima década, habrá casos en los que la propiedad intelectual será violada y nuestra privacidad invadida. Sufriremos el vandalismo digital, la piratería de software y el robo de datos… Los bits que controlan ese futuro digitalizado están… en manos de jóvenes. Y nada podría hacerme más feliz.”[14]
Desde que asomó la novedad, los discursos oficiales ilusionaron con una revolución basada en inespecíficas ´nuevas tecnologías´. El credo tecno-científico optimista, en términos de Alonso y Arzoz, apuntala la profecía de un apocalipsis feliz, siempre futuro, que desintegrará la realidad-mundo instaurando un ´nuevo mundo digital´, lo más parecido a una recreación tecnológica del cielo.
Esa promesa celestial es una falacia que ni siquiera desactiva o relativiza el reconocimiento de intrínsecos puntos oscuros. En todo caso, el listado de efectos colaterales remarca la profunda ambigüedad ética de la empresa tecno-imperial. Y Negroponte es por cierto consciente de la complejidad del asunto.
La arquitectura propiciada por la revolución informática –con sus males- no puede llevarse a cabo sin el favor ni el fervor de los jóvenes. Es fundamental, por lo tanto, una nueva educación para la mutación social y cultural. “A principios del nuevo milenio las escuelas cambiarán transformándose en museos y lugares de juego para los niños, que armarán rompecabezas de ideas y tendrán intercambio social con otros niños de todo el mundo. El planeta digital –dice Nicholas- parecerá del tamaño de una cabeza de alfiler.”[15] En un mundo hiper-conectado, una escuela museo es un espacio de exploración y de acumulación de trastos. Antes que estudiantes incapaces de aprender, existen entornos educativos disfuncionales, diagnostica, y estipula una sociabilidad en la que ´la computadora´ será clave y quien posea la clave del sistema educativo, tendrá una importante porción de poder.
Tal como Negroponte lo previó con sus parámetros implícitos más criminales que libertarios, a pesar de una nueva educación orientada a moldear ciberhéroes, no todos los jóvenes fueron buenos empleados al servicio del planeta digital. Muchos sí y ahí enhiestas están las corporaciones. Otros tantos decidieron ir contra el mandato de los tecno-emprendedores, bebieron de las míticas fuentes libertarias de la Red, se vistieron de hackers con guantes blancos y creyeron la felicidad justamente ´invadir, vandalizar, piratear´ la propiedad intelectual y las restricciones de circulación de información para liberar el mundo digital. Un tercer segmento, hackers con guantes menos diáfanos, jugaron en las sombras acercándose a los crackers mercenarios, aullaron consignas de liberación y de revolución para traicionarlas ante paciencia e indiferencia universales.
El apocalipsis informático gesta en sus entrañas una revolución de la que muchos lucran por su imposibilidad o por su demora.
La diluida versión sistémica les corresponde a los adoradores de La Secta de San Byte que extasiados hablan de Gobiernos Abiertos, de datos abiertos, de transparencia universal, de participación ciudadana colaborativa, en definitiva, de una divina tecnologización que purificará los miasmas atómicos del diabólico papel.[16] Hacia el año 2005, el investigador brasileño Rezende, escandalizado por la campaña a favor del voto electrónico destinado a las endebles democracias occidentales, ironizaba sobre esa secta que, en conjura con empresas y por entre vericuetos estatales, expandía desde los medios de comunicación el credo en sistemas electrónicos que configurarían un mundo translúcido en el que una sociedad civil ávida de datos mostraría pericia para procesarlos.[17]
En más de una década el discurso sobre la tecno-transparencia no abdicó. La contradicción es flagrante. Si deambulamos por una ciudad digital cuya materialidad es la del celofán, si esa superficie disponible está totalmente controlada y repleta de ´datos basura´, si el resto es penumbras e invisibilidad por donde corren lo espeluznante o los especialistas, ¿alguien cree realmente en una sociedad abierta y transparente? Por supuesto. Algunos creen, otros nos dicen que creamos, otros dicen creer. Las visiones místicas de los adeptos de La Secta de San Byte fantasean con ´seres angelicales manipulando, operando maquinitas´; la de los disidentes tecnológicos también.
Un nutrido número de disidentes comprendió la importancia de las batallas por el uso y la apropiación de las nuevas tecnologías, invirtió el optimismo simplón de gurúes como Negroponte, y cruzó su lucha hacia el arduo campo de la educación. Desde una posición ´alternativa´, lejana del inmaculado planeta digital, discutieron esos disidentes al amparo de la cultura hacker qué contenía la computadora, con qué complementos funcionaba, cuál era el origen del lenguaje para comunicarse con la máquina (digamos, el software) y cómo afectaba al usuario la injerencia de empresas privadas o de organizaciones horizontales.
Defendieron que en nada se asemejaban los productos tecnológicos si salían de las corporaciones (que restringen derechos, espían al usuario y venden su información) o de grupos independientes que colaboraban para que accedieran a las computadoras usuarios libres y autónomos.
Esa presunta versión recalcitrante de la revolución digital sucede en una barriada periférica conformada por organizaciones, fundaciones, neo-academias, ciber-corporaciones aggiornadas, universidades tradicionales, proyectos experimentales, etc. Rige en ella una neolengua que incluye modismos propios de antiguas formas de gobierno y que fermenta indispensables nuevos mitos políticos como wiki-gobernabilidad, wikipolítica, nodos, redes de pares (P2P), democracia electrónica, heterarquía (en lugar de jerarquía), digitales dictadores benevolentes, gobernanza de conocimiento, ciberelite, hacktivismo.
Al interior de ese microcosmos paralelo, un grupo conspira, y otro dice conspirar, no por las migajas de la transparencia y de la accesibilidad, sino en concreto por ´nuevas tecnologías libres y abiertas´, por una ´cultura libre y abierta´, por el uso del ´software libre´, por la ´revolución de la cultura del compartir´, por el ´intercambio libre y abierto de información en redes de pares´, por una nueva educación integral, por el acceso irrestricto a los bienes digitales (un bien común), por la copia libre (copyleft), por la panacea del dominio público, por la autogestión, por la economía social solidaria, por la economía social del conocimiento, con el objetivo de trascender Estado, Mercado y Capital. Estas incesantes refriegas dieron cuenta de que no todos luchaban por lo que decían luchar.
Esta cibercrónica reconstruye, por entre las callejuelas babilónicas, el apocalipsis individual de un ´hereje por partida doble´, de un joven hacker argentino sagaz y manipulador, punta de un hilo que, al tirar, deshilacha la virtual madeja revolucionaria. Un ciberguerrillero de su talante blande retórica anti-sistema, imita el ceño de bandido popular, es aguerrido, dice enfrentar las corporaciones, dice incendiar el statu quo, pero, a diferencia del simple hereje digital, descree de su grupo y boicotea la revolución por venir –impulsado, por qué no, por el deseo de ser ungido él mismo como ciber-mesías.
Apelé para esta reconstrucción episódica a datos obtenidos (casi) exclusivamente de la Red, aceptando comentarios laterales, desperdicios interpretativos, silencios cómplices, como un paria digital que en la precariedad investiga. Registré las refriegas con la ingenuidad de un absoluto outsider como delatan, en órdenes diversos, las citas y la jerga ciber. Las notas colocadas al final de cada capítulo sustentan el rompecabezas, realizan especificaciones bibliográficas y son desván para las derivas.[18]
La historia no agota ramificaciones. No acusa ni selecciona tendenciosamente a sus actores.
Una perspectiva sesgada sobre sectas revolucionarias de ningún modo desestima el espíritu hacker que las inspira. Sería deseable que el grito ´hackear al capitalismo´ adoptara contornos concretos. “La promesa del hacking –decía en 2008 Johan Söderberg- es hacer la tecnología informática accesible a los neófitos para socavar la división social del trabajo como el principio de regulación del desarrollo tecnológico. En lenguaje sencillo, las empresas y las instituciones de gobierno han perdido su monopolio sobre la investigación y el desarrollo.”[19] Pero arengas a un lado y reconociendo lo pésimo de las corporaciones digitales, en la ciudad tecno-hermética ´bien vs mal´ / ´liberación vs dominación´ por ahora son sólo rudimentos para domesticar el relato.
Me amparé aun así en parámetros –creo que- aceptables de honestidad intelectual al apoyarme en un principio ético tradicional para el universo digital: ´los hackers deben ser juzgados por sus acciones, no por falsos criterios como posición, títulos, etc.´ A los hechos rescatados con paciencia de entre los bits me aferré, con la convicción de que si incluso se acude a lo que algunos llaman nueva ética hacker -´No hagas daño. Protege la privacidad. No derroches. No dejes huellas. Excede las limitaciones. Comunicate con otros. ¡Comparte! Combate la ciber-tiranía. Confía, pero mantente alerta´- la historia desentona escena a escena.[20]
Parece extraño –pero es realmente lógico- que este episodio nunca haya sido contado. Si obviamos las catarsis de afectados que ´manifestaron su malestar´ en las redes sociales, no mereció siquiera una mención periodística, aun cuando calificados cronistas fueron fehacientes testigos y aun cuando existan miles de potenciales interesados. En ese limbo tal vez haya incidido, entre tantas variables, una situación que por el momento predomina. La discusión sobre la problemática de las nuevas tecnologías no llama la atención de los ciudadanos -excepto que una serie televisiva, mucho mejor si es animada, la coloque en el candelero, según el irónico comentario de una cibergurú.[21] Es otra cara de esta historia la fruición con la que los sujetos del siglo XXI reemplazan los aprontes para una revolución por la producción de una película.
Los actuales revolucionarios milenaristas –los auténticos y los impostores, si cabe la distinción- se diferencian de sus antecesores enredados con la trama atómica, pero unos y otros comparten un paradigma centenario. Entre las fantasías propias del Milenio, antiguos iluminados vieron flotar en el espacio a la nueva Jerusalén, dispuesta a descender sobre la realidad de átomos y dar comienzo así al fin de los tiempos injustos, destruyendo el poder de Babilonia y de su mandamás el Anticristo. El lento descenso, la fusión o la transformación de Internet en esta realidad, entronca con aquellas ensoñaciones que reactualizan, además, la posibilidad o imposibilidad de la revolución.
Söderberg veía a los ludditas como antepasados de los hackers, y reconocía la enorme distancia. Los hackers desean volver angélicas las nuevas tecnologías, no descartarlas. Los destructores de máquinas, iracundos por un incipiente sistema industrial que los asfixiaba, retorcieron los hierros a vapor con himnos herejes en sus gargantas, como aquel que recupera Ferrer: “Hay magia en ese brazo único / Que crucifica a millones /Destruyamos al Rey Vapor, el Salvaje Moloch.”[22] El maquinal y odiado Moloch remite a los ensueños milenaristas y revolucionarios medievales e incluso anteriores de quienes luchaban contra el Anticristo, y anticipaba a su vez el apocalipsis informático en el que, con un pie en cada milenio, la imagen autómata de la Bestia -un Leviatán robotizado- pide pleitesía o da muerte civil.
Todo movimiento revolucionario, de cualquier signo, atrae sin cesar a impredecibles falsos mesías que paradójica y finalmente ilusionan con la revolución con tanta intensidad que luego de arrebatar las voluntades, muestra ella su carácter de espejismo. Todo escenario apocalíptico atrae igualmente a falsos profetas, a burladores de los últimos tiempos, a buscadores de su propio provecho, con apoyo de los grandes.[23] Inmerso en este magma, las peripecias de un histriónico revolucionario quiero contarles.
A vuelta de página habremos pasado la muralla.
La piedra que murmura a cada paso bajo nuestra suela es Babilonia –para los antiguos oídos, ´La puerta de los dioses´.
Pero pronto ya que anochece sobre una ciudad repleta de salteadores, de seres marcados como ganado, de adoradores irredentos de la Bestia autómata y en la que todos sin excepción somos extranjeros.
Pronto, pronto, ahí ya la muralla…
Buena suerte.
Y hasta más vernos.

Notas capítulo 1

[1] Más información en esta ´guía fácil´ para acceder a la dark web http://www.techworm.net/2016/01/the-easy-guide-on-how-to-access-the-dark-web.html y en este otro post http://blogthinkbig.com/surface-web-deep-web-darknet-se-diferencian/ Acerca del buscador Tor http://www.torproject.org/projects/torbrowser.html.en Sobre páginas punto-onion http://www.genbeta.com/web-20/47-paginas-onion-para-visitar-el-lado-amable-de-la-deep-web
[2] Karl Marx. Manuscritos de economía y filosofía de 1844, Buenos Aires, Editorial Cartago, 1984, págs. 145-146. Por su parte, Walter Benjamin consigna en el Libro de los pasajes visiones de Marx sobre la revolución proletaria análogas al Juicio Final.
[3] Acerca de la técnica y de la civilización industrial pueden tomarse como referencia las obras de Martin Heidegger [1889-1976], Herbert Marcuse [1898-1979], Lewis Mumford [1895-1990]. El libro de Carl Mitcham ¿Qué es la filosofía de la tecnología? [1989] resume varias perspectivas, en particular, la ingenieril y la humanística. En el ámbito sudamericano Pablo Capanna [1939- ] tiene una extensa obra referida al tema que se inicia con La Tecnarquía [Barral Editores, 1973]; Edgardo Lander publicó en 1992, La ciencia y la tecnología como asuntos políticos. Límites de la democracia en la sociedad tecnológica. Venezuela. Editorial Nueva Sociedad; Diego Parente en 2010 publica Del órgano al artefacto. Acerca de la dimensión biocultural de la técnica. La Plata. Edulp. Estos son algunos títulos y autores. La lista es inconmensurable.
[4] Daniel Vidart, “El tecnosistema”. Incluido en Filosofía ambiental: el ambiente como sistema [Bogotá, Nueva América, 1997] http://www.chasque.net/frontpage/relacion/anteriores/n146/tecnosis.htm
[5] Martin Heidegger, “La pregunta por la técnica” [1953].
[6] Martin Heidegger. Filosofía, ciencia y técnica. Prólogos de Francisco Soler y Jorge Acevedo. Editorial Universitaria. Santiago de Chile. 1997. En lo que respecta a la dislocación generada por la cibernética según Heidegger, tomé la referencia del “Prólogo del editor”, pág. 44.
[7] “La hipótesis cibernética”, Tiqqun #2, 2001. http://tiqqunim.blogspot.com.ar/2013/01/la-hipotesis-cibernetica.html
[8] Bruce Sterling, “Breve historia de Internet”, en Internet, hackers y software libre [2004], compilado por Carlos Gradin, publicado por Editora Fantasma. Este libro ofrece un amplio panorama sobre la cultura hacker, sus diferentes vertientes, sus batallas y complejidades.
[9] Aníbal Ford. La marca de la Bestia. Identificación, desigualdades e infoentretenimiento en la sociedad contemporánea. Colombia, Grupo Editorial Norma, 1999. “Prólogo”, págs. 9-11
[10] A. Ford, La marca de la Bestia, pág. 10.
[11] Andoni Alonso e Iñaki Arzoz. La Nueva Ciudad de Dios. Un juego cibercultural sobre el tecno-hermetismo. Madrid. Ediciones Siruela. 2002.
[12] “La existencia de una afinidad o de una analogía como la que aquí se plantea a través de los años, no debería sorprender si recordamos que en más de un respecto la situación cultural del mundo grecorromano de los primeros siglos cristianos muestra profundos paralelismos con la situación moderna. Spengler llegó a declarar las dos épocas ´contemporáneas´… En este sentido analógico, nosotros estaríamos ahora viviendo en el período de los primeros césares. Sea como fuere, hay algo más que coincidencia en el hecho de que nos reconozcamos en tantas facetas de la Antigüedad postclásica, muchas más, sin duda, que de la Antigüedad clásica. El gnosticismo es una de esas facetas, y el reconocimiento aquí, difícil por la rareza de los símbolos, se produce con la sorpresa de lo inesperado…” Hans Jonas, “Gnosticismo, existencialismo y nihilismo” [1952], incluido como “Epílogo” a La religión gnóstica [The Gnostic Religion. The Message of the Alien God & the Beginnings of Cristianity, 1963]
[13] Christian Ferrer. Mal de ojo. El drama de la mirada [Colihue, 1997]. Refiere también a la técnica, El entramado. El apuntalamiento técnico del mundo [Ediciones Godot, 2012]. Ferrer formó parte de la revista Artefacto. Pensamiento sobre la técnica. Ese aspecto de su derrotero intelectual está cifrado en el ensayo “Técnica” de Ezequiel Martínez Estrada.
[14] N. Negroponte, “Epílogo: una era de optimismo”. Ser digital (Being digital). El futuro ya está aquí y sólo existen dos posibilidades: ser digital o no ser. Buenos Aires, Editorial Atlántida, 1995, págs. 229 y 233.
[15] N. Negroponte, “Introducción: la paradoja de que esto sea un libro”. Ser digital, pág. 14.
[16] Ver “Qué es el Gobierno Abierto y los datos abiertos”. Universo abierto. Blog de la biblioteca de Universidad de Salamanca. 20/06/2016. https://universoabierto.com/2016/06/20/que-es-el-gobierno-abierto-y-los-datos-abiertos/
[17] Pedro Antonio Dourado de Rezende, 05/2005, http://www.observatoriodaimprensa.org.br
[18] Los enlaces citados como reaseguro de mis afirmaciones fueron consultados en su mayoría durante 2016. Evito indicar la fecha correspondiente de cada uno. Como aclaro en una nota del capítulo 14, con frecuencia, sitios varias veces visitados, fueron dados de baja.
[19] Hackeando el capitalismo: el movimiento de software libre y de código abierto. http://www.utopia.partidopirata.com.ar/hackeando_al_capitalismo.html
[20] Ver Jonas Löwgren y su reseña sobre las “Cultura(s) hacker” [“Hacker’s culture(s)”]. La traducción es de Carlos Gradin y el texto aparece en Internet, hackers y software libre. Editora Fantasma, 2004, págs. 135-150. Otros principios de la ética hacker tradicional: el acceso a las computadoras debe ser ilimitado, y la consigna es siempre ´manos a la obra´; toda información debe ser libre; desconfía de la autoridad –promueve la descentralización; se pueden crear arte y belleza con una computadora; las computadoras pueden mejorar la vida.
[21] Beatriz Busaniche se refería en 2009, con cierta desazón, al efecto positivo en la ciudadanía de un capítulo de los Simpson en el que Homero es engañado, tragado y asesinado por una máquina de voto electrónico. Ese capítulo –“The Treehouse of Horror XIX” [2/11/2008], el número 424 de la vigésima temporada- instaló el debate.
[22] ´Himno luddita´ recordado por Ferrer en “In memoriam”, Mal de ojo. El drama de la mirada. Buenos Aires. Colihue. 1997. Ver también Thomas Pynchon, “¿Está bien ser un luddita?” en Internet, hackers y software libre [2004].
[23] Carta de Pedro, 3,3 y Carta de Judas Tadeo 1,18.

Voto Robot [Revista Acto]

‘Voto robot’ fue publicada en Acto el día 22 de mayo de 2018.///

I.-

Los buenos e ingenuos lectores creen todavía en la existencia de la literatura (o del arte) en sí. Consideran al producto que compran –unas tres góndolas más acá del papel higiénico, unos cinco metros más allá de donde meses después cagará la vaca premiada- como si fuera una emanación pulsional de inspirados creadores, sin reconocer el entramado no siempre luminoso que sostiene ese bien de consumo: editores, diseñadores, contadores, distribuidores, libreros, vendedores, imprenteros, periodistas, cronistas, gestores culturales, publicistas, profesores, escritores a sueldo, plagiadores y el insoslayable eslabón de los críticos literarios.
El espacio central que ocupa hoy la ciencia ficción al sur del Río Bravo se dirimió tarde y mal en esas escaramuzas. Hubo idas y vueltas, consagraciones y retracciones, estallidos y glaciaciones hasta que el cruce del tercer milenio, el imperio de Internet y de las nuevas tecnologías, conminó a la mayoría a la adoración de una bestia, negada durante décadas y alabada en secreto por sus fieles sectarios. Adiós entonces al policial, al fantástico, al terror, al erotismo y al humor. O mejor, bienvenidos todos ellos a esa barroca maquinaria que funde lo bizarro y la experimentación.
La historia de la visibilización de la ciencia ficción tiene en América Latina sus peculiaridades.
El caso argentino es paradigmático. Las editoriales y las revistas especializadas –Más Allá, Minotauro, El Péndulo, Axxón- jugaron su partido. Los diarios aceptaron erráticamente articulistas de firma. Los fanzines de guerrilla fueron un gran canal contracultural. También terciaron los autores enloquecidos por el deseo de ser leídos (tan enloquecidos que muchos escribían ciencia ficción sin nombrarla.) Es que, entre apuestas y riesgos en aquella cadena no todos estaban convencidos del producto que ofrecían.
Durante los años ochenta podían encontrarse todavía entre los comentaristas expresiones como ‘literatura de segunda mano’ o ‘paraliteratura’ sin más para referirse a la ciencia ficción. Literatura clandestina, subversiva y explícitamente paraestatal, en un caso concreto.
Presentados por hábito como vanguardia, los críticos literarios y sus madrigueras –las universidades- le dieron la espalda a la ciencia ficción hasta no hace tanto tiempo. Los hitos locales en lo que respecta a las intervenciones críticas sobre el género –intervenciones ‘causa / efecto’ para los otros eslabones de la cadena- son escasos:

– 1966. Pablo Capanna, por aquel entonces profesor de filosofía, concibe de modo independiente El sentido de la ciencia-ficción, publicado por Editorial Columba.
– 1977-1978. Elvio E. Gandolfo escribe en Rosario “La ciencia ficción argentina”, artículo que le da marco a la compilación de relatos Los universos vislumbrados. El inicio de ese artículo es célebre: ‘La ciencia ficción argentina no existe’.
– 1986. Ángela Dellepiane habla sobre “Narrativa argentina de ciencia ficción: Tentativas liminares y desarrollo posterior”. Esto sucede en una universidad norteamericana y su mayor apuesta es por la narrativa de Angélica Gorodischer.
– 1995. Daniel Link compila Escalera al cielo. Utopía y ciencia ficción, y lo publica Editorial La Marca. Estamos, ahora por fin, en una universidad local.

Incompleta y arbitraria, la lista da cuenta de los embates más importantes para asimilar el género frente a los lustrosos espejos foráneos y recalibrarlo en sus variantes argentina y latinoamericana. Cada uno de esos instantes marca una eclosión y abre un camino de lectura. Capanna, por caso, no recoge en su libro el guante de la ciencia ficción argentina y latinoamericana, pero es indudable que sienta las bases para que editores, escritores, libreros piensen, clasifiquen, ordenen, entiendan mejor sus gustos.
Acerca del libro de Capanna se dice comúnmente que fue ‘el primero’, se lo alaba por ese gesto inaugural, se lo festeja y conmemora (dejando de lado su obsesión cientificista y su sospechosa ortodoxia católica). Capanna fue el primero. Alrededor un páramo.
O no tan páramo. De 1955 es el prólogo de Borges a Crónicas marcianas de Ray Bradbury, lanzado por Minotauro, en el que da un pantallazo histórico del género y de su alcance y de su nombre –aunque, Borges era aquel viejo maestro que lo sabía todo incluso escribir ciencia ficción desde los años cuarenta gambeteando etiqueta y rótulo.
Con páramo me refiero a que El sentido de la ciencia-ficción se nos aparece a quienes nos interesamos por esas antigüedades, como las columnas de Hércules, como el non plus ultra. Creemos –por convención- que mucho más que lo dicho, no hay.

II.-

El membrete estampado en la alocución de Dellepiane acusa ‘The City University of New York’. Corre el año 1986 y esa enunciación descentrada esboza una explicación de por qué argentinos e hispanoamericanos adoptaron un género plagado de imaginería tecno-científica que “superficialmente parece que les es ajeno”.
Las razones de Dellepiane apuntan al deseo de “…las nuevas generaciones de escritores de producir una forma literaria que ejerza directo atractivo sobre el lectorado cuyo interés ha sido probado -y entrenado- en otras formas [narrativas] de los medios de comunicación…”. El fin de esa apuesta es que el ‘lectorado’ agudice sobre todo “…su percepción de la realidad hispanoamericana y… su percepción de hasta qué punto él es manipulado por un tipo de estructura social y económica que lo nulifica en su calidad de ser humano y de ser hispanoamericano.” Esto significa que, en los países de habla hispana, la ciencia ficción fue un “…instrumento de protesta social, de crítica socio-política, de enjuiciamiento del progreso técnico aplicado… a una realidad mal preparada…” y, más aún, que la ciencia ficción atrajo al escritor local porque era un nuevo humanismo con “…‘profundas inquietudes culturales, científicas, filosóficas’… cuya función crítica está sustentada por la libertad total que la proyección al futuro brinda al escritor quien puede, así, satirizar aspectos de la sociedad que son frecuentemente tabúes en Hispanoamérica.”
Sujetos ‘nulificados’, manipulados, moldeados y entrenados como consumidores; protesta social; crítica socio-política; enjuiciamiento de aspectos sociales que por estas tierras son tabúes –es el nada complaciente picnic ideológico que dispone ese texto académico.
Es un dato conocido que durante la última dictadura cívico-militar argentina, en los años setenta, los absurdos censores pasaron por alto lo que tenían para decir la ciencia ficción y sus adeptos –libros, fanzines, revistas, encuentros- porque directamente los ignoraban y la despreciaban. (Entre 1976 y 1977, el diario La Opinión le dedicó tres suplementos especiales a la ciencia ficción. Poco tiempo después, en 1979 nace la mítica revista El Péndulo.) El género fue un paradójico espacio de libertad, de tanta libertad y tan paradójico que incluso la trama revolucionaria tachó a la ciencia ficción de escapista y extranjerizante. Pero la apuesta había existido. Cuando la investigadora se refiere a textos revulsivos, piensa, por ejemplo, en cuentos como “Todo va mejor con Coca-Cola” de Alberto Vanasco y “Marketing” de Pedro G. Orgambide, para nombrar apenas dos.
Las consecuencias de la adopción a todo vapor del género fueron de todas formas ‘más profundas’, remarca Dellepiane. La ciencia ficción posibilitó la aparición de un pensamiento, de una filosofía para el ámbito hispanoamericano. Ese camino había comenzado a desandar el mencionado Capanna, y también Eduardo Goligorsky y María Langer quienes en 1969 publicaron a cuatro manos el volumen Ciencia Ficción. Realidad y Psicoanálisis. A su vez, Langer –que era psiquiatra- había dado a conocer en 1957, Fantasías eternas a la luz del psicoanálisis, “…la primera vez que esa forma paraliteraria es analizada a la luz de una ciencia ‘seria’”.
Opiniones aparte –si el cruce marcaba o no que el género hubiera alcanzado respetabilidad- lo cierto es que la exposición de Dellepiane espanta la neblina de un episodio poco transitado en la historia del género vernáculo, y a él me quiero referir.

III.-

A los datos y a las precisiones acerca de la vertiente filosófica que la ciencia ficción habría permitido instalar en tierras latinoamericanas –asunto nada sencillo y mucho más extenso-, Dellepiane los recoge y aprovecha de un texto fantasmático.
En 1971 el académico argentino Raúl H. Castagnino [1914-1999] publica su libro de crítica literaria, Experimentos narrativos, bajo el sello Juan Goyanarte Editor. Su objetivo es revisar ‘la anatomía –en el sentido de Northrop Frye- del cuento y de la novela’ y ensaya esa tarea en tres partes. La última parte del volumen, citada por Dellepiane, es la que me interesa.
“‘Canción de cuna para técnicos’ y experiencias fantacientíficas” es el sonoro título con el que Castagnino agrupa los ocho capítulos de la tercera parte de Experimentos narrativos.
El primer capítulo, “Acerca de la ciencia-ficción”, apela al recuerdo: “Cuando, hace ahora una década, en un curso universitario, comencé a explicar los caracteres, rasgos distintivos, fundamentaciones y presenté ejemplos diversos de la moderna narrativa denominada ciencia-ficción, observé en el auditorio cierto asombro y desconcierto, provenientes de la justificada prevención… Se tenía [del género] la imagen distorsionada… Llamaba la atención el tratamiento crítico… desde la cátedra [y] que se dieran como verosímiles y aceptables… algunos de sus anuncios y profecías…”. Embarcado en la aventura de convencer al auditorio de la legitimidad de la ciencia ficción, Castagnino le convida pasajes de Fahrenheit 451 [1953] de Ray Bradbury, dejando al descubierto su ‘profundo humanismo’.
En ese recuerdo florece un nuevo hito. Entre fines de los años cincuenta y comienzos de los sesenta, hubo al menos un intento sistemático –si aceptamos la autoridad de quien rememora- de introducir el estudio de la ciencia ficción en la universidad local. Hasta donde entiendo ese gesto (¿en la UBA?) fue por décadas sin descendencia.
La autoconciencia inaugural en tierras australes conduce a Castagnino a enhebrar largos párrafos para distinguir los productos narrativos deleznables de aquellos pretendidamente serios. Advierte con crispada gracia: “Todas [las clasificaciones dentro del género] se empeñan en deslindar las formas legítimas de arte y ciencia de las bastardeadas por la comercialización tendiente a servir y explotar las apetencias de masas lectoras, de limitada alfabetización, gusto poco exigente y ya enviciadas por deplorables novelas policiales y de aventuras que actuaron como narcotizantes. La ciencia-ficción a ese nivel también se ha convertido en droga…” (p. 178).
Tenemos una ciencia ficción que envuelve en sus ensueños futuristas a los adormilados por el consumo de chatarra; existe otra ciencia ficción cercana a la crítica social que alerta sobre una tecnificación extrema. Y aparece entremezclada con ésta, una vertiente destinada a satisfacer las ansiedades de los especialistas que, al no poder resolver problemas científicos reales, se contentaban con acometer ese escapismo literario. De allí el mote pueril ‘canción de cuna para técnicos’ -apodo que, en el ámbito norteamericano, recordaba que la ciencia ficción atraía a investigadores y/o científicos puestos a escribir.
Ésta es la línea que bordea Castagnino para reafirmar la respetabilidad del género. Su inspección en la anatomía del cuento y de la novela, a través de la ciencia ficción, recurre al material que esos científicos produjeron y toma así como ejemplo a Isaac Asimov [1920-1992], profesor, investigador y escritor.

IV.-

Earth is Room Enough [Con la tierra nos basta, 1964, Edhasa] es un volumen de cuentos publicado en 1957 por Asimov que –según indica Castagnino- destila una ‘melancolía por lo humano’, ‘una nostalgia humanista’ en el “…mundo deshumanizado que preanuncian la cibernética y la automatización.”
“El pasado muerto” -el primer cuento- es “…un llamado de atención sobre la especialización, moderno modo de ignorancias, que paradójicamente se inserta en un tiempo en el que el triunfo del relativismo descubre las insospechadas conexiones de todo lo existente… El segundo relato, ‘Derecho político’, muestra la anulación de la voluntad humana en una democracia regida por la cibernética, que se parece demasiado al más crudo dirigismo totalitario. [El tercero], ‘Satisfacción garantizada’, insinúa la entrega erótica de Clara a un robot insensible, otra posibilidad de quiebra de lo humano. [El cuarto], ‘Cómo se divertían’, imagina a los niños de una escuela en el año 2157, donde maestros y libros serán sustituidos por una pantalla y un computador.” La lista sigue, pero el invitado está ya entre nosotros.
Capanna en El sentido de la ciencia-ficción señala que, en términos generales, la obra de Asimov mixtura pinceladas de una ‘mecanocracia’ “…con lamentaciones sobre… la vida preindustrial [perdida].” La afirmación no responde exactamente al efecto buscado en el relato por el cruce entre cibernética y dirigismo totalitario –ningún personaje anhela salvajes praderas- aunque la categoría ‘mecanocracia’ permite una mejor comprensión.
El título original en inglés de “Derecho político” es ‘Franchise’ y fue también traducido, acaso con mayor justeza, como “Sufragio universal”.
Norman y Sarah viven junto a su pequeña hija Linda y a Matthew –padre de Sarah- en Bloomington, Indiana. Norman es un gris dependiente en una tienda; su esposa cuida de la casa y todavía sueña con tiempos mejores. La acción transcurre entre mediados de octubre y el martes 4 de noviembre de 2008, día de la elección presidencial.
Las cosas han cambiado. El anciano Matthew es el único testigo de un tiempo en el que cada uno creía ‘votar realmente’ colocando un papel con el nombre del candidato -oye incrédula su pequeña nieta, Linda, quien representa con naturalidad el presente signado por el poder omnímodo de Multivac, un enorme computador que desde su guarida subterránea regula la vida política: “Todos los norteamericanos están sometidos a la presión moldeadora de lo que los otros norteamericanos hacen y dicen, de las cosas que a él se le hacen y de las que él hace a los demás. Cualquier norteamericano puede ser llevado ante Multivac para determinar la tendencia de todas las mentes del país.”
En eso consiste la elección presidencial. Multivac elige un único votante luego de recibir billones de datos, somete a ese ejemplar común y silvestre de ciudadano a un interrogatorio exhaustivo y determina, a partir del pensamiento promedio obtenido, quién presidirá la nación, obviando la fatigosa encuesta individual (actividad a esa altura inverosímil incluso para una niña quien mira a su abuelo como alguien que desvaría).
El factor secreto del voto queda restringido a elegir, sin que nadie lo sepa hasta última instancia, el candidato a examinar. Un mediocre trabajador representa a millones de mediocres trabajadores y con preguntarle a uno, basta. Es una simple y obvia reducción de variables posibilitada por el cerebro electrónico capaz de procesar millones de datos.
La mitología dice que Asimov escribió ese cuento en 1955 a partir de que Univac, la primera computadora desarrollada en los Estados Unidos, predijera en 1952 el triunfo electoral de Eisenhower. Como sea, lo escribe a mitad de camino entre la aparición de la cibernética –postrimerías de la Segunda Guerra- y el inicio de Arpanet, prototipo de Internet, a fines de los años sesenta. Desde ese lejano atalaya imbuido de puro macartismo, Asimov intuye una futura mecanocracia dirigista. Y en esa previsión no estaba solo.
El teórico francés Jacques Ellul –para citar un ejemplo- advertía por la misma época en La edad de la técnica o el riesgo del siglo [1954]: “El poder político ya no es exactamente un Estado. Cada vez lo será menos… En un juego de técnicas la decisión tiene menos cabida cada día… [Hay quienes admiten] que la cibernética puede utilizarse para valorar situaciones políticas. La máquina de gobernar convertiría al Estado en un jugador que dirigiría la política como una partida de ajedrez. Si esta eventualidad apocalíptica se realiza, no sabemos las consecuencias que podría traer para el Estado, y por ello dejamos de lado esta hipótesis.”

V.-

Transcurrida una década desde aquel futurista 2008 -con Norman, Sarah, Linda, Matthew y Multivac- poco ganaría insistiendo en los indeseables esquejes de la primigenia cibernética –redes sociales, robos de datos, modelización del pensamiento promedio (cristalización individual de una multivac interior)- esparcidos por el territorio político.
Uno de los pocos resquicios para sumar un comentario es subrayar la extraordinaria coincidencia cronológica entre la anécdota de “Sufragio universal” y los infatigables Nostradamus contemporáneos de la iconosfera, The Simpsons.
El relato de Asimov recrea las semanas previas a la elección presidencial ofreciéndole al lector un panorama de la vida porvenir en un poblado de Indiana. La acción principal, sin embargo, tiene como punto de partida el sábado primero de noviembre y/o el domingo dos, cuando los agentes del servicio secreto encargados de conducirlo al interrogatorio computacional, visitan a Norman, el elegido.
Exactamente al mismo tiempo -en el plano correspondiente a esta versión de la realidad- el domingo dos de noviembre de 2008, en vísperas de las elecciones presidenciales, la cadena televisiva estadounidense Fox emite “The Treehouse of Horror XIX”, capítulo número 424 de la vigésima temporada de The Simpsons.
En la secuencia inicial, un decidido Homero –tan común y silvestre como Norman- asiste a emitir su voto. El ritual en apariencia inocuo lo lanza de bruces ante una máquina con motivación propia. Homero no se amilana y opta varias veces por el candidato demócrata Obama. Pero el artefacto lo rechaza insistentemente, trasladando el voto al republicano McCain, hasta que, al ser acusada por Homero de ‘estar arreglada’, lo traga y lo escupe ensangrentado, mientras el anciano Jasper le coloca la pegatina, ‘Yo voté’.
Ese segmento audiovisual encendió un largo debate, al menos en los Estados Unidos, que de ninguna manera dejó al voto electrónico bien parado. El principal argumento es simple y asimoviano: las nuevas tecnologías cruzadas con la política quitan de ese campo minado al factor humano, produciendo una extrema desconfianza.
La diferencia entre ambos planteos es que si en los Estados Unidos de Asimov, el ‘dirigismo totalitario’ está representado por una máquina monstruosa y metafísica, en el mundo grotesco de The Simpsons el poder destructor encarna en algo así como en un cascajo tecnológico.

VI.-

También de 1955 es la primera novela de Philip K. Dick [1928-1982], Solar Lottery. Con una trama híbrida, entre ciencia ficción y policial negro, Lotería solar imagina un dispositivo que accionado por un evento radioactivo elige al azar, y sin posibilidad de que nadie más lo prevea, a cada nuevo presidente. Así como la contemporánea Multivac esconde su decisión en la combinatoria de millones de datos que solo sus circuitos pueden explicar, en Lotería solar la situación es llevada al extremo a desactivarse todo rastro de factor humano reduciéndolo a un acontecimiento de origen atómico.
La primera novela de Dick fue traducida mucho tiempo después al castellano.
Hacia 1971, cuando Castagnino entonaba su ‘Canción de cuna para técnicos’, la vertiente heterodoxa -hermético-gnóstica- de ciencia ficción anglosajona apenas asomaba. Este desfasaje permitiría explicar que el crítico argentino recalara en autores como Asimov, hoy en segundo plano, a la hora de ejemplificar características de la ciencia ficción.
La intervención de Castagnino, prevenciones a un lado, tiene bastante a favor. Se mueve con notoria libertad al pensar la ciencia ficción desde la filosofía, la poesía (pista a veces olvidada), el teatro, la crítica social, avanza hacia la ‘fantaciencia rusa’, indaga en las fuentes posibles (la Biblia, etc.) , da un panorama de quienes lo antecedieron en la tarea. El problema –todavía en curso- es que desecha indagar en la tradición local de ciencia ficción que para ese momento es por lo menos centenaria. Y esto sucede no porque el corpus permaneciera ‘escondido’, sino por la ausencia de perspectiva.
La primera línea de la introducción a Experimentos narrativos menciona un ensayo de los años treinta de Borges, “El arte narrativo y la magia” [Discusión], que es puerta de entrada para la anatomía que quiere requisar Castagnino y para lo que, en el proyecto del autor, a partir de la década del cuarenta sería la literatura especulativa, o mejor su heterodoxa ciencia ficción, por mucho tiempo invisible a los ojos de los críticos literarios locales.
Uno de esos artefactos especulativos atañe justamente al sufragio.
Un antecedente vernáculo de la Lotería solar de Dick –el dato le corresponde a Capanna- es “La lotería en Babilonia” [1941], famoso relato de ciencia ficción de Borges que escenifica el devenir totalitario del sorteo, mecanismo de elección considerado democrático desde el siglo V a.C. en Atenas hasta las revoluciones francesas y norteamericanas en el siglo XVIII, cuando fue instaurada la forma representativa de gobierno, de raigambre corporativa y oligárquica. Así, “La lotería en Babilonia” ataca al sistema democrático no por la reducción al absurdo de una votación (como “Sufragio universal”), sino a través del cuestionamiento del sorteo, valiosa variante organizativa que fue descartada y con ella el igualitarismo.
Los relatos de Asimov y Borges juegan en un mismo patio. El poder omnímodo e invisible responde en Babilonia a la Compañía, una corporación que orquesta la realidad por medio de una lotería con la complejidad combinatoria de una computadora. Recordemos que Borges fue para algunos un profeta que anticipó la invención de Internet, con ese relato y con su réplica invertida “La biblioteca de Babel”, como banderas ciberculturales. Por su parte, la ingente y secreta Multivac descrita por Asimov como ‘una de las maravillas del mundo’ -“…medía más de kilómetro y medio de largo, tenía una altura equivalente a tres pisos y cincuenta técnicos recorrían sin cesar los corredores interiores…”- remeda con sus circuitos el azar de la lotería (y de su espejo invertido, la babélica biblioteca cuya laberíntica configuración puede reducirse a un volumen: un único lector / un único elector).
En “Sufragio universal”, la votación es presentada como una lotería -la monetaria alegría de Sarah es testigo de esa suerte- y también como remedo de los hábitos de consumo.
Matthew, el anciano que decía haber votado realmente, recordaba que al inicio de Multivac anunciaban que la máquina reduciría el gasto en elecciones y otras corruptelas; y que, en verdad, apenas si habían barrido los guarismos debajo de la alfombra.
El cerebro electrónico suponía sin dudas la exacerbación monetaria. Esto remarca no solo que la elección del candidato haya recaído sobre un gris trabajador de alguna instancia comercial, sino además y en particular que la única pregunta, entre las realizadas por Multivac, que recordaba Norman fuera “…una incongruente bagatela: -¿Qué opina usted del precio de los huevos?” Ni incongruente, ni bagatela. Lo sabemos. Si algo analizan –en aquella ficción y en esta realidad- los cerebros cibernéticos al comando de la red informática con el fin de obtener conclusiones para las ‘infinitas próximas elecciones’, son los perfiles de millones de consumidores -por ejemplo- de libros porque existen todavía los lectores que creen en la existencia de la literatura.

Ángela B. Dellepiane. “Narrativa argentina de ciencia ficción” [1986]

“Narrativa argentina de ciencia ficción: Tentativas liminares y desarrollo posterior.” [1986] / Ángela B. Dellepiane. The City University of New York //

LAS SIGUIENTES son reflexiones interpretativas acerca de la narrativa que llamamos de ciencia-ficción (CF) y constituyen sólo una parte de un trabajo más abarcador. Son, pues, notas y como tales deben ser consideradas.
Para llevar a cabo mi interpretación, me parece necesaria una previa delimitación de lo que entiendo por ciencia-ficción.
Los actuales críticos de CF aceptan la existencia de diversos tipos de CF [1]. Ellos son:

– La hard o engineer’s SF: historias dedicadas al futuro tecnológico del hombre. Esta clase de CF está relacionada con la ingeniería y, en general, con las ciencias exactas. No presupone una especulación realista acerca del mundo del futuro a pesar de que se inclina por lo realista. Este es el tipo de CF que atrae a los científicos y que está, frecuentemente, escrita por ellos;
– La science fantasy en que la ciencia es pseudo-ciencia y es usada para toda clase de juegos imaginativos;
– La space opera: una fantasía de aventuras melodramáticas con temas y escenarios manidos que es desenvuelta sobre débiles bases científicas.
– La speculative SF. En ésta, el escritor deja de lado la tecnología como fin en sí mismo, subordinando consecuentemente la imaginación científica a un interés focal en las emociones y actitudes humanas personales así como también en problemas sociales. Este tipo de CF se dio en los EEUU durante la década del 60. Es entonces cuando se confiere a la CF un contenido filosófico y humanístico. Y es, también, en este momento cuando se comienza a prestar mayor atención a las cualidades formales de esta modalidad narrativa. Además, desde otro punto de vista, la revolución cultural de los 60 en EEUU contribuyó a hacer de la CF una suerte de neo-surrealismo. Gradualmente, esta forma narrativa hasta entonces considerada como ‘paraliteraria’, comenzó a penetrar el campo de la literatura ‘artística’, lo que equivalió, curiosamente, al travestismo de la imaginación científica en la CF. Esto se debió a que, en aquel momento, los nuevos escritores de CF reflejaban la desilusión popular con la falta de valores humanos en el progreso científico. Los escritores jóvenes querían sacar a la CF del camino que le habían trazado los pioneros Gernsbach, Heinlein y Campbell. Con esta tarea de ‘saneamiento’, la CF ganó en complejidad y se concientizó. Es a este nuevo tipo de CF especulativa, a la que considero más fuertemente relacionada con la CF argentina e hispanoamericana en general.

Se hace, sin embargo, necesario establecer algunas otras delimitaciones genéricas, dentro de la CF anglosajona, para poder comprender y medir la CF argentina e hispanoamericana.
La CF es una literatura de extrañamiento cognoscitivo, tal como la define Darko Suvin [2], y esto por su relación con la ciencia y con la racionalidad. Nos introduce dentro de un nuevo mundo, distinto del real, un mundo que actúa sobre el lector para transformarlo, para proporcionarle un modo diferente de mirar su propia realidad. En términos de género literario esto significa que la CF es, hasta cierto punto, una fábula social que expresa artísticamente “una visión ruptural del mundo […]; es la novela de nuestra crisis social, de nuestra crisis religiosa, de nuestra crisis económica. No se trata de una moda romántica más, sino de una corriente del pensamiento”.[3] En suma, la CF es una narrativa de crítica social basada en un extrañamiento cognoscitivo, tal como lo afirma Suvin. Además, esta visión ruptural romántica de la realidad, que apunta Ferreras, se obtiene en la CF no por medio de la explotación de la ciencia, sino usándola y enjuiciándola. Razón por la cual la CF puede asumir, a la vez, el carácter de utopías (= universos deseados -realistas, idealistas, espiritualistas-) y de anti-utopías.
Entiéndase que para la CF la ciencia y la técnica son temas de los que se vale para concretar novelescamente el problema -no científico- del hombre versus esta civilización tecnolátrica en que parece que vive atrapado.
Debe de tenerse en cuenta que otra forma de enjuiciamiento de nuestra actual civilización, está realizada en la auténtica CF a través del uso de los seres extraterrestres (por ej., los BEM = bug eyed monsters) que heredó del scientific romance del siglo XIX pero que la CF ha humanizado para mostrar, con más libertad pero también con más distanciamiento, hasta qué punto el ser humano se ha cosificado y en qué medida su humanidad se está perdiendo o puede llegar a perderse completamente.
Con igual propósito aparecen los mundos paralelos (Ferreras 1972: 184-188) que, variantes del nuestro, nos hacen ver claramente nuestros errores, vicios, etc. Por último, el tema más original y rico de la CF es el del tiempo que es no sólo un futuro conquistable y cognoscible sino también un pasado que determina nuestro presente, pasado susceptible de cambio a fin o de evitar los desastres de nuestro presente, o de combatir este presente, o de mejorarlo antes de que este presente nos destruya (Ferreras 1972: 188-190).
Pienso que son, precisamente, las cualidades críticas y hasta didácticas de la CF, las que explican el interés de los escritores argentinos y de otras partes de Hispanoamérica por este género. Además, deben tenerse presente ciertas mediaciones literarias, i.e., los antecedentes literarios, y también las mediaciones socio-históricas y las socio-económicas (Ferreras 1972: 18) que han vuelto prácticamente perentoria la aparición de la CF en la Argentina. Veamos algunas de esas mediaciones literarias.
El primer fantacientista argentino -sin tener conciencia de que lo era, claro-, fue ese genio estupendo, multifacético y casi desconocido hasta en su patria que se llamó Eduardo Ladislao Holmberg quien, en 1875, escribió el Viaje maravilloso del Sr. Nic-Nac en que desarrollaba ya el tema de los mundos extraterrestres habitados por otros seres, con costumbres y leyes distintas de las humanas. Cuatro años más tarde, este médico, escritor, naturalista, en fin, hombre de gran voracidad intelectual, fue todavía más lejos porque se adelantó en muchos años a Carel Capek, el inventor de los robots [4], creándolos en su “Horacio Kalibang y los autómatas”. En esta proclividad por una literatura fantástica, futurologista y hasta policial (de la que fue el iniciador), Holmberg no estuvo solo. Aparte del nombre de la pionera Juana Manuela Gorriti, dentro del grupo generacional de Holmberg, esto es, dentro de la generación del 80, pueden citarse los nombres de Carlos Olivera, Eduardo Wilde, Carlos Monsalve y, más tarde, los de Carlos O. Bunge, Atilio Chiappori, Santiago Dabove sin olvidar a Leopoldo Lugones ni a Horacio Quiroga. Todos ellos produjeron relatos de alta calidad literaria en que lo fantástico, que se introduce en la cotidianidad, proviene de creencias propias de la época o de avances de la ciencia que atraían fuertemente a los contemporáneos. Por esa época, en Buenos Aires, por ejemplo, los estudios de frenología, frenopatía, parasicología, sicopatología, neurología y los de alienación mental apasionaban a hombres y mujeres de la intelligentsia porteña lo que se unía a un regodeo casi enfermizo con los gothic tales y a una lectura más que interesada de las novelas de Jules Verne y Camille Flammarion [5]. Las fuerzas extrañas de Lugones y algunos cuentos y nouvelles de Quiroga, para no citar sino los ejemplos más notorios, son buena muestra de este interés.
Digamos, con Pagés Larraya, que el Viaje de Nic-Nac supone la revelación de otro planeta, con sus costumbres, sus instituciones, su organización y sus problemas. Marte no sólo es un territorio habitado. Sus pobladores tienen una vida más compleja que la humana y una evolución intelectual más amplia. Holmberg poseía sorprendentes conocimientos astronómicos y “una cultura científica no común” (Pagés Larraya 1957: 29), a partir de la cual desplegaba su igualmente sorprendente fantasía. Hay, por ejemplo, un pasaje en que se habla de “un rayo de sol condensado” (Cap. XXIV) que se asemeja singularmente al rayo láser. Sin embargo, lo que me parece más importante del Viaje no es su fantaciencia sino el hecho de que la novela no se queda en la pura maravilla fantástica sino que muestra -como afirma Pagés- “una proyección filosófica y una intención de crítica social” (p. 60) que es, precisamente, lo que vemos como caracterizador de la auténtica CF actual. Es que ya había problemas que empezaban a despertar si no preocupaciones profundas -como las que evidencia la CF actual- sí cuestionamientos, críticas, una toma de conciencia al comienzo mismo de los problemas. “La disminución del sentimiento de nacionalidad” (aunque por otras razones que las que se dan hoy en los países superindustrializados y tecnificados), “las querellas intestinas, la inmigración y el choque de razas -temas que serán frecuentes en las novelas posteriores al 80- constituyen el fondo de la plática de Nic-Nac y Seele en la 2a. parte de la novela. Pareciera que todo el armazón ficticio” estuviera enderezado a sostener estos capítulos. Es evidente que se nos quiere significar que “Marte […] es un orbe muy semejante al terrestre. Sus habitantes participan de nuestros defectos […], y el novelista puede así, con toda objetividad, censurarnos atacando a los marcianos. Problemas filosóficos, políticos, religiosos, científicos, aparecen en ligeros esbozos o tratados con rotundidad” (p. 61), lo mismo que el ambiente científico, el del periodismo y sus luchas.
Con estas mediaciones literarias y sociales en mente, es explicable la adopción, por parte de ciertos escritores argentinos, de un género que superficialmente puede aparecer como totalmente ajeno no sólo a los argentinos sino en general a los hispanoamericanos. La CF atrae al escritor porque, en verdad, no estamos frente a una modalidad literaria gratuita, hedonista, escapista sino, fundamentalmente, frente a una suerte de nuevo humanismo dadas sus “profundas inquietudes culturales, científicas, filosóficas” [6], dados sus aspectos trascendentes que permiten a dos teorizadores argentinos, Pablo Caparina y Eduardo Goligorsky, elaborar toda una “filosofía de la CF” [7] una filosofía que, aunque “sedicente” (Castagnino 1971: 214), materializa siempre problemas de la esencia y la existencia humanas y cuya función crítica está sustentada por la libertad total que la proyección al futuro brinda al escritor quien puede, así, satirizar aspectos de la sociedad que son frecuentemente tabúes en Hispanoamérica [8]. Podemos, pues, afirmar con Susan Sontag, que la tradición de la CF es plenamente moralista [9].
Otra razón que puede explicar hoy el fenómeno de la CF argentina (e hispanoamericana), aparte la posibilidad de su uso como instrumento de protesta social, de crítica socio-política, de enjuiciamiento del progreso técnico aplicado indiscriminadamente a una realidad mal preparada para ello, es el deseo de las nuevas generaciones de escritores de producir una forma literaria que ejerza directo atractivo sobre el lectorado masivo cuyo interés ya ha sido probado -y entrenado- en otras formas de los medios de comunicación masivos -films, TV soaps, traducciones de best-sellers de CF. Asimismo, este tipo de narración habrá de alimentar no sólo la imaginación de ese lectorado sino sus ideas, de agudizar su percepción de la realidad hispanoamericana y, sobre todo, su percepción de hasta qué punto él es manipulado por un tipo de estructura social y económica que lo nulifica en su calidad de ser humano y de ser hispanoamericano.[10]
Ateniéndome hasta lo aquí puntualizado, debo agregar que el corpus de narraciones argentinas de CF es de dimensiones reducidas y se compone, en su gran mayoría, de cuentos y nouvelles. Son obras que poseen originalidad y, comparativamente, una superior sofisticación en el tratamiento literario, en la disposición de los elementos narrativos, en el manejo de las voces narrativas, amén de ciertas peculiaridades al nivel expresivo, verdaderas creaciones que subrayan la función poética y metalingüística del lenguaje. Ejemplo de estas afirmaciones es La invención de Morel de Bioy Casares, de 1940, que aunque no estrictamente CF sino más bien scientific romance a la manera de Wells, escritura metafísica y fantástica, a la vez, es la novela de avanzada que, dentro de la producción de Bioy, culminará con esa obra maestra que es La trama celeste, intersección de dos universos paralelos, sin los lugares comunes de las versiones norteamericanas y con un fino humor.
Pero la popularidad de la CF argentina se deberá, en gran medida, a una revista -Más Allá- que, aunque de corta vida, 1953 a 1957, dio a conocer y difundió comercialmente a los escritores locales. Cuando desapareció, ya había fans argentinos y editoriales dispuestas al riesgo.[11]
En 1957, una psiquiatra argentina, la Dra. María Langer, publicó un ensayo titulado Fantasías eternas a la luz del psicoanálisis, que llama la atención por ser la primera vez que esa forma paraliteraria es analizada a la luz de una ciencia ‘seria’. Poco después Raúl H. Castagnino hizo objeto a la CF de un curso universitario. La CF había alcanzado, por fin, ‘respetabilidad’.
Pero es la década del 60 la que lleva a la CF argentina a su mayoría de edad. Eso sí, exclusivamente por medio de la publicación de antologías y de revistas. Precisamente a las primeras limito hoy mis observaciones, a más de los libros de la que considero la mejor escritora de CF argentina: Angélica Gorodischer.
Las antologías que he utilizado, por orden cronológico, son:

– Vanasco y Goligorsky. Memorias del futuro, 1966.[12]
– Bajarlía. Cuentos argentinos de CF, 1967.
– Vanasco y Goligorsky. Adiós al mañana, 1967.
– CF. Nuevos cuentos argentinos, 1968.
– Goligorksy. Los argentinos en la luna, 1968.
– Sánchez. Los universos vislumbrados, 1978.

Ellas revelan los siguientes modelos:

– o extrapolaciones de ciertas características de nuestra sociedad actual como el automatismo; la violencia; la censura; los prejuicios; [13]
– o anticipaciones de un mundo barbarizado, regresivo, determinado por el holocausto atómico; [14]
– o crítica social hecha desde extraterrígenas que nos perciben como seres monstruosos, intolerantes, prejuiciados [15], (aunque también en una ocasión un E.T. viene a nuestro planeta a robar nuestra cultura [16]); o por la creación de estados totalitarios que han reducido al hombre a la impotencia y a la esclavitud mediante la más terrible tiranía, el dominio de la máquina, el progreso científico y el condicionamiento mental[17]. A veces es un terrícola que ha experimentado, en otro planeta, una sociedad más justa que la nuestra y que opta por ese, otro mundo;[18]
– o antiutopías en las que se extermina sistemáticamente la creatividad individual [19], o un mundo en donde no existen ni la cultura ni la amistad, o donde la vida está completamente programada;[20]
– o parodias que llevan a sus últimas y absurdas consecuencias modalidades actuales de nuestra civilización tales como la maquinización exagerada, la pérdida de la inocencia, la avidez de riquezas materiales, la deshumanización a través de la publicidad y de las relaciones públicas [21], o un erotismo que tiene que ser alimentado por imágenes electrónicas;[22]
– o el viaje en el tiempo, ya sea hacia el pasado [23] o bien hacia el futuro [24],
– o parábolas/alegorías de índole filosófico-religiosa;[25]
– o puras aventuras de CF como: el viaje a otro planeta y sus consecuencias [26], las dimensiones paralelas [27], las invasiones de marcianos. [28]
– finalmente, otros de los modelos son exclusivamente humorísticos.[29]

Mención aparte -y por cierto que estudio detenido- merece la obra de Angélica Gorodischer por dos razones: una relativa a la calidad poética de sus enunciados; otra porque, que yo sepa, es la primera en haber realizado en uno de sus libros –Trafalgar [30]- una CF enteramente paródica, humorística y satírica como total creación lingüística. Lo más interesante en la obra de esta escritora argentina es el artificio de sus cuentos y la sofisticación en el manejo y mezcla de diversos planos y voces narrativas, así como, particularmente en Trafalgar, el uso del habla coloquial y lunfarda que trivializa y domestica la otredad de los nuevos mundos, de sus costumbres y gentes diferentes, de sus tiempos, atmósferas y erotismo particulares, produciendo una semiosis del signo que crea el humor a través del que se agudiza la crítica social, objetivo último de esta narrativa. Gorodischer es una aventajada discípula de Borges y Cortázar, sin ninguna duda, pero su especial tipo de CF, por su profundidad intelectual, su soltura en el manejo de los procedimientos narrativos, su coherencia al sostener sus creaciones imaginativas sin extravíos, y por crear personajes que no son estereotipos, hacen de ella una figura señera en el género.
Habría mucho más que observar. Pero ni el tiempo asignado ni la prudencia consienten el alargarse. Vayan, pues, unas rápidas últimas observaciones:

– Se considera a Buenos Aires la capital de la CF hispanoamericana [31], pero debe tenerse presente que Río de Janeiro, México, Venezuela, Chile son también centros de intensa producción de CF;
– Es claro que la CF argentina evidencia una voluntad de superación de los modelos anglosajones al conferir sabor y color local a sus creaciones. Pero no siempre lo consigue o se lo propone ya que se puede observar que la mayor parte de los nombres de los personajes son extraños o decididamente ingleses y que, con frecuencia, la caracterización espacial es débil y no parece específicamente argentina. La excepción es Trafalgar y su héroe homónimo, ya que él es un personaje ‘costumbrista’ caracterizado mediante su expresión lingüística, y el ambiente rosarino está magistralmente trasmitido a fuerza también de notas y personajes costumbristas.
– Según el Atelier belga [32], la CF argentina está a la vanguardia de la hispanoamericana hasta el punto de que se puede hablar de una verdadera escuela argentina de CF con decisivas preocupaciones sociales. Sin embargo, la producción última de CF que he podido ver en antologías y nuevas revistas, no puede considerarse en puridad CF. Se trata más bien de obras fantásticas, algunas con trasfondo filosófico (o pseudo-filosófico). Y son los propios autores quienes hacen hincapié en el carácter fantástico de sus narraciones y quienes desdeñan el rótulo de CF.[33] Lo que sí es evidente en la CF argentina es su valor artístico, poético, como también el considerable grado de profesionalismo, desde el punto de vista estrictamente literario y desde el intelectual, de sus cultores dado el alto calibre de las ideas manejadas y el grado de seria erudición que sostiene las construcciones literarias.
Espero, en un futuro cercano, ratificar o rectificar algunas de estas observaciones. Me parece evidente que ellas necesitan ser investigadas con datos de sociología literaria -número de obras en la Argentina y en otros países; tipo de lectorado; tirajes de las ediciones; profesionalismo del escritor de CF, estudio cuidado de todas las revistas de CF publicadas y en publicación, etc.- y también con análisis textuales a fin de medir el carácter estrictamente literario de estas obras. Por otra parte, aunque como argentina me halaga jerarquizar la literatura de aquel país, me perturba, sin embargo, que los laureles que hoy parece ostentar la CF argentina se hayan concedido -creo- un poco apresuradamente. Y digo esto porque estudios recientes revelan, en la CF brasileña, por ej., cualidades únicas que no estoy enteramente persuadida que se den en la CF argentina: esa “brasilidade” que señala un estudioso [34], esto es, ciertas cualidades inherentes únicamente a la CF del Brasil tales como un extraordinario sentido del humor, un erotismo ‘trascendente’, su preocupación con el proceso de la procreación y de la estructura familiar, el influjo de la religión y de lo mitológico al nivel temático, a más de un serio cuidado formal.

El estudio crítico de la CF argentina (e hispanoamericana) no puede ni dejarse de lado ni dilatarse ya más. Hacerlo, por otra parte, ayudará a completar el cuadro de la narrativa de aquel país y del continente y, asimismo, permitirá seguir avanzando en el deslinde del concepto de literatura fantástica de la que, frecuentemente, se la hace sinónima.

NOTAS

[1] Al final de este artículo se da una bibliografía crítica selectiva.
[2] Darko Suvin. “On the Poetics of the SF Genre” en Mark Rose (1976: 57-71).
[3] José Ignacio Ferreras: (1972:18).
[4] En su obra de teatro R.U.R. = Rossum’s Universal Robots presentada en Praga, en 1920.
[5] Cf. Antonio Pagés Larraya: Estudio preliminar en Eduardo Ladislao Holmberg: Cuentos fantásticos. Buenos Aires: Hachette, 1957: 34-48.
[6] Raúl H. Castagnino: “‘Canción de cuna para técnicos’ y experiencias fantacientistas” en Experimentos narrativos. Buenos Aires: J. Goyanarte Editor, 1971:187.
[7] Pablo Capanna. El sentido de la ciencia-ficción (1966). / Eduardo Goligorsky y María Langer: Ciencia Ficción. Realidad y Psicoanálisis (1969).
[8] K. Amis. L’univers de la Science Fiction. París: Payot, 1960. Apud Castagnino 1971: 234.
[9] Susan Sontag: “The Imagination of Disaster” en Against Interpretation. Nueva York: Delta Books, 1961: 209-231.
[10] Piénsese, por ejemplo, en que Cortázar se volvió hacia la tira cómica y la fotonovela en su afán de divulgar los hechos puestos de manifiesto en el Tribunal Russell II de Bruselas. Así nació Fantomas contra los vampiros multinacionales. Una utopía realizable. 1era. edición (México: Libros de Excélsior, 1975).
[11] Prueba son los numerosos fanzines que proliferaron en Buenos Aires y Rosario desde la década del 50: El almígero solitario, Antelae, Argentóle SF Review, 2001: Periodismo de anticipación, Ficción científica y realidad, Géminis (que murió al 2a número), Hombres de futuro; Kadath, El lagrimal trifurca, LD, Minotauro, (edición en español de The Magazine of Fantasy and Science Fiction), Misterix (2a. época), Omicrón, Planta, La revista de ciencia ficción y fantasía (tres números entre 1976 y 1977), Trafalmadores, Umbral tiempo futuro, Urania, Entropía. En 1967 se reunió la primera convención nacional de CF y en 1968, la segunda y última hasta la actualidad. Minotauro cesó de publicarse en ese mismo año, después de 10 números. El vacío dejado por esta revista fue llenado por la española Nueva Dimensión que publicó 148 números por espacio de casi quince años y que acogió a buen número de escritores argentinos. Siguiendo el ejemplo de Más allá, aparecieron en Buenos Aires las primeras editoriales especializadas en libros de CF: Minotauro, en 1955, Jacobo Muchnik, en 1956 y luego Andrómeda.
En la década del 70, las editoriales argentinas Minotauro, Emecé y Andrómeda, y las españolas EDHASA y Dronte, presentaron ediciones de los autores consagrados de la CF extranjera. En 1979 comenzó a publicarse otra revista -El Péndulo- que agregó la dimensión plástica a la puramente literaria y que, en general, alimentó las necesidades de una nueva generación de fans y de autores. Esta nueva efervescencia llevó a la creación, en 1982, del Círculo Argentino de Ciencia Ficción y Fantasía que creó el premio “Más allá”. Habiendo desaparecido El Péndulo, en 1983 reapareció Minotauro (Segunda época) con standards superiores de calidad literaria. Hacia mediados de 1984, otra nueva revista se lanza al mercado: Parsec que, para 1985, se convertirá en suplemento de Clepsidra. He visto nombradas otras dos revistas, Nuevomundo y Cuásar, y poseo dos ejemplares de Sinergia que, para el verano de 1985-1986, ha publicado ya 10 números. Para mayor abundancia de datos, cf. Marcial Souto (comp.): Introducción a La ciencia ficción en la Argentina. Buenos Aires: Eudeba, 1985, 9-24. Para una historia detallada de la revista Más allá y su época, cf. Pablo Capanna. “Prestigios de un mito”: Minotauro, 9, febrero de 1985.
[12] Para la indicación bibliográfica completa de las antologías utilizadas en este estudio, véase la Bibliografía final.
[13] A. Vanasco: “Los eunucos” y Alicia B. Suárez. “El dorado mes de los monstruos” en Los universos vislumbrados; E. Goligorsky. “El vigía” en Los argentinos en la luna y A. Grassi: “Los herederos” en CF. Nuevos cuentos argentinos.
[14] E. Goligorsky: “En el último reducto” y “La cola de la serpiente” y A. Vanasco: “Post Bombum” en Adiós al mañana; E. Goligorsky. “Cuando los pájaros mueran” en Memorias del futuro.
[15] E. Goligorsky: “Los verdes” y A. Vanasco: “El menor soplo de vida” en Adiós al mañana; J J . Bajarlía: “Mac Cain” en CF. Nuevos cuentos argentinos.
[16] E. Goligorsky: “El espía” en CF. Nuevos cuentos argentinos.
[17] E. Goligorsky. “Olaf y las explosiones” en Memorias del futuro; Pablo Capanna. “Acronia” y C.M. Carón: “La victoria de Napoleón” en Los argentinos en la luna.
[18] E. Goligorsky “Aclimatación” en Cuentos argentinos de ciencia ficción.
[19] A. Vanasco: “La muerte del poeta” en Memorias del futuro.
[20] Jorge L. Borges: “Utopía de un hombre que está cansado” en Los universos vislumbrados; J. Iégor: “La mutación de Bélacs” en Los argentinos en la luna.
[21] M. Denevi: “Boroboboo” y O. Elliff: “Las fábulas” en CF. Nuevos cuentos argentinos; M. Denevi: “Las abejas de bronce” y E. Rodrigué: “La tercera fundación de Buenos Aires” en Cuentos argentinos de ciencia ficción; A. Vanasco: “Todo va mejor con Coca-Cola” en Adiós al mañana; Pedro G. Orgambide: “Marketing” y J J. Bajarlía: “La civilización perdida” en Cuentos argentinos de ciencia ficción.
[22] E. Goligorsky “Los divanes paralelos” en Memorias del futuro.
[23] A. Vanasco: “Robot Pierre” en Memorias del futuro; A. Grassi: “El tiempo del lunes” en Los argentinos en la luna; Magdalena A. Mouján Otaño: “Gu Ta Gutarrak” en Los universos vislumbrados.
[24] C. Peralta: “El segundo viaje” en Cuentos argentinos de ciencia ficción.
[25] E. Goligorsky: “Un mundo espera” y “El elegido” y A. Vanasco: “Vuelven los lobizones” en Memorias del futuro; A. Vanasco: “Los pilotos del infinito”, A. Gorodischer: “La morada del hombre”, J.J. Bajarlía. “La suma de los signos”, M. Langer: “Los delfines no son tiburones”, H. Oesterheld: “Sondas”, E. Stilman: “La cuenta regresiva” en Los argentinos en la luna; E.A. Azcuy. “El humanoide”, E. Bayma: “El prisionero”, H. Oesterheld: “Dos muertes” en CF. Nuevos cuentos argentinos; A. Grassi, “Mensaje a la tierra”, D. Sáenz: “La meta es el camino”, A. Vignati: “En el primer día del mes del año” en Cuentos argentinos de ciencia ficción y J J . Bajarlía: “Desde la oscuridad” en Los universos vislumbrados.
[26] A. Vanasco: “Phobos y Deimos” en Memorias del futuro; A. Grassi: “Las zonas” y A. Gorodischer: “Los embriones del violeta” en Los universos vislumbrados.
[27] A. Lagunas: “Informe sobre voces” en Los argentinos en la luna.
[28] A. Vanasco: “Paranoia” en Cuentos argentinos de ciencia ficción.
[29] E. Goligorsky: “La cicatriz de Venus” en Adiós al mañana.
[30] Angélica Gorodischer: Trafalgar. Buenos Aires: El Cid Editor, 1979. La más acabada muestra de la narrativa de CF cultivada por esta escritora es su libro de cuentos Bajo las jabeas en flor (Buenos Aires: Ediciones de la Flor, S.R.L., 1973). Para una información detallada sobre toda la obra de esta autora, hasta 1984, véase mi artículo “Contar = Mester de fantasía o la narrativa de Angélica Gorodischer” en Revista Iberoamericana, 51,132-133 (jul.-dic. 1985): 627-640.
[31] En Fantastique et Ateliers Créatifs 1978: 118. Sin embargo, debe tenerse en cuenta que la importante ciudad de Rosario es también centro de una intensa creación de CF con revistas como El lagrimal trifurca (14 números entre abril-jun. 1966 y agosto 1976) de la familia Gandolfo (escritores, antólogos, críticos, editores), y con la revista Kadath que nuclea a talentos jóvenes como Norma Viti y Gerardo D. López.
[32] Fantastique et Ateliers Créatifs 1978: 46.
[33] “En general [los nuevos escritores argentinos de CF], cultivan una literatura fantástica no tradicional, que linda con la ciencia ficción, la atraviesa y sale libremente de su ámbito, con escasa presencia del elemento científico-tecnológico […]. Quizás el rasgo más común sea que nuestros autores no hacen ciencia ficción a partir de la ciencia, como ocurre en países industriales donde la ciencia impregna la vida diaria; son escritores que se han formado leyendo ciencia ficción y en cuyo mundo espiritual importan las convenciones y los mitos del género.” (Pablo Capanna: “La ciencia ficción y los argentinos” en Minotauro, 10, abril de 1985). Véanse, asimismo, las respuestas al cuestionario que se consigna en el volumen La ciencia ficción en la Argentina, compilado por Marcial Souto. Cada uno de los autores que allí se antologizan se pronuncia sobre la literatura de CF y, en general, no separan la CF de la literatura fantástica o de fantasía, como ellos la designan siguiendo rótulos americanos.
[34] Me refiero a la tesis, completada en 1976, en la Universidad de Arizona, hecha por David L. Dunbar: “Unique Motifs in Brazilian SF”. La he consultado en microfilm.

BIBLIOGRAFÍA

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‘De Sor Juana, imperios caídos y otros sueños’ – Juan C. Toledano Redondo

«Introducción a la edición número 23, julio-agosto de 2011, de Istmo. Revista virtual de estudios literarios y culturales centroamericanos. [ISSN: 1535-2315] dedicada a la ciencia ficción centroamericana y caribeña» Acceso: http://istmo.denison.edu/n23

Como explica Rachel Haywood Ferreira en “Back to the future: the expanding field of Latin American science fiction”: “Not only has there been a wave of publication in science fiction in the last two decades, but there has been an exponential increase in critical studies of the genre, particularly in the areas of bibliography and genre history.” (352).
Quizá no sea realmente oportuno escribir aquí un listado de los responsables de este incremento, pero valga citar algunos proyectos comunes en los que han colaborado muchos de los que trabajamos para que el género sea reconocido dentro y fuera del todopoderoso mercado norteamericano. Es por esta supremacía de la ciencia-ficción (cf) en inglés, que muchos de estos textos también han sido escritos en esta lengua.
Déjenme al menos citar a tres de los, a mi modo de ver, más importantes. El primero, publicado inicialmente en español en la revista Chasqui, y posteriormente en inglés, siete años después, en Science Fiction Studies (posiblemente la revista académica con más prestigio de los EE.UU.), es la “Chronology of Latin American science fiction, 1775-2005”, co-editada por Yolanda Molina Gavilán, Andrea Bell, Miguel Ángel Fernández Delgado, Elizabeth M. Ginway, Luis Pestarini, y un servidor. Y digo que es importante no porque yo fuese uno de los co-autores (que honestamente creo que llegué ahí de rebote), sino porque hasta su publicación entre el 2000 y el 2007, apenas si existía un listado comprehensivo de la cf en América Latina –y qué duda cabe de que ésta es aún incompleta–. A comienzos del nuevo milenio también se empieza a forjar la bio-bibliografía Latin American science fiction writers: an A-to-Z guide, coordinada y editada por Darrell B. Lockhart en el 2004. Y finalmente, y en el aspecto más creativo, se tradujo y publicó una colección de cf de autores de habla hispana en Cosmos Latinos: An Anthology of Science Fiction from Latin America and Spain, en el 2003, coordinada y editada de nuevo por Molina y Bell (y creo que hasta hoy es la única de este estilo).[1]
A este grupo, como dije arriba, se le podría sumar un gran número de artículos publicados en las revistas académicas más prestigiosas del género. Pero habría también que citar el esfuerzo de algunas editoriales académicas, donde destaca sin duda Wesleyan University Press, que con su colección Early classics of science fiction está dando cabida a títulos como The Emergence of Latin American Science Fiction de Haywood Ferreira (2011), el ya citado Cosmos Latinos: An Anthology of Science Fiction from Latin America and Spain, y de próxima aparición, una traducción al inglés de El anacronópete de Enrique Gaspar, obra que ha reabierto y cerrado el debate sobre qué autor noveló primero de una máquina del tiempo en el siglo XIX, siendo el diplomático y zarzuelista español el ganador, pues su obra fue publicada en Barcelona en 1887 y la de Wells en 1895.[2]
Además de estos desarrollos en el mundo anglo-sajón, la cf está tomando fuerza también en la investigación de algunos de nuestros países, aunque honestamente, este desarrollo va un poco más despacio. Si bien es cierto que siguen apareciendo volúmenes de crítica literaria,[3] el número de textos críticos publicados en España o América Latina sobre cf es realmente pequeño, máxime si se le compara con el publicado en los EE.UU. –que también es escaso ya de por sí.
Aparecen sí, colecciones de cuentos con estudios críticos en sus introducciones o prólogos, como es el caso de la colección mejicana Visiones periféricas editada en el 2001 por Miguel Ángel Fernández Delgado, la Antología de la ciencia-ficción española, 1982-2002 de Julián Díez en 2003, o la cubana Crónicas del mañana. 50 años de cuentos cubanos de ciencia ficción editada en el 2008 por Yoss, entre otras (no muchas).
Como explica Susana Sussman en su artículo sobre la cf venezolana publicado en este número de Istmo, ha sido la llegada de Internet la que “ha contribuido a hacer crecer exponencialmente la cantidad de personas comprometidas con lo fantástico” (8). El Internet ha abierto un espacio editorial, el virtual, a muchos textos que de otro modo seguirían en algún cajón esperando mejores tiempos para ver la luz. De nuevo Sussmann apunta que “[h]oy por hoy sobran las revistas virtuales dónde publicar y, más importante aún, dónde leer de manera gratuita cantidades ingentes de literatura fantástica contemporánea” (8) (ni que decir tiene que Istmo se acaba de unir con este número a ese grupo de espacios donde la cf tiene cabida). Algunas revistas a las que alude Sussmann son la revista virtual Axxón, con sus tres décadas de existencia, y la también virtual Alfa Eridiani, con una década publicando en línea. Una tercera, cubano-española, es miNatura, que lleva doce años en activo. Hay muchas más, como indica Sussmann, pero especialmente debemos de celebrar la aparición de otra: la revista académica Zanzalá. Estudos de Ficção Científica de Alfredo Suppia en Brasil, cuyo primer número apareció en junio del 2011. Zanzalá es la primera revista académica revisada por pares de América Latina y acepta trabajos nada menos que en cinco idiomas, entre ellos español. Quisiera apuntar que en el espacio virtual de los EE.UU. ya existe un proyecto (aún sin nombre) para crear la primera revista académica revisada por pares en español, portugués e inglés de los EE.UU., gracias al auspicio de la University of South Florida en su portal de revistas virtuales.
En este contexto del “regreso” de la cf latinoamericana, como lo tilda Haywood Ferreira, es donde estamos hoy. Cuando se inició el proyecto de publicar un número sobre la producción de cf en el Caribe Hispano y Centroamérica para Istmo, sabía que existían focos de alta producción como Cuba y Costa Rica, siendo Costa Rica un país donde la cf se ha desarrollado exponencialmente en la última década. Sin embargo, otros lugares aparecían baldíos, sobre todo si uno miraba a los textos de investigación citados anteriormente. Así, países como Honduras o Panamá, ni siquiera aparecen en el listado de la “Chronology of Latin American science fiction, 1775-2005” del 2007, Nicaragua tiene una entrada de 1959, mientras que otros como Guatemala, y El Salvador, aparecen con un pasado esperanzador, pero con un presente que no refleja ese pasado. Ni que decir tiene que en la “Chronology” no están todos los que son, pero indudablemente nos sirve de punto de partida testimonial e investigativo.
La propia Sussmann, tilda a la cf venezolana en su artículo en esta revista como “verdadero amor al arte”, y afirma: “Creo que la ciencia-ficción venezolana actual propiamente dicha tiene tres representantes, que son Jorge De Abreu, Ronald Delgado y quien escribe estas líneas.” (12). Igual pasa cuando miramos al Caribe insular y vemos que casi nadie en la República Dominicana se dedica de pleno al género, o que en Puerto Rico la cf cuenta con dos de las mejores novelas de los últimos tiempos, pero carece de un grupo de escritores conocido.
Déjenme detenerme un momento aquí, pues de hecho, las novelas Soulsaver, de James Stevens-Arce y Exquisito cadáver, de Rafael Acevedo muestran otro pasado esperanzador sin frutos presentes. Aunque Soulsaver apreció primero en 1998 con el título en español El salvador de almas, no se publicó como novela independiente hasta que fue editada en inglés en el 2000. Su aparición en español se debe a que ganó el primer premio UPC de Barcelona en 1997. Fue en realidad una traducción al castellano de Rafael Marín, pues fue presentada en inglés al concurso. Por su parte, Exquisito cadáver fue mención en el prestigioso Casa de la Américas del 2001. Así pues, ambos trabajos colocan el listón bien alto para la cf puertorriqueña. Apenas nada más. Raúl Aguiar, quien edita la revista virtual de pensamiento ciberpunk Qubit, dedicó en el 2008 el número 38 de la revista a la cf de la isla, editando algunos cuentos, pero para nada un movimiento de autores, aficionados y publicaciones como la de su propia Cuba. El artículo inicial del número, escrito por el poeta Manuel Clavell llama a la relación de Puerto Rico con la cf de “coqueteo”.
Y es que realmente Puerto Rico y la República Dominicana lo tienen difícil al compararse a una Cuba donde hay decenas de escritores y publicaciones desde la década de los sesenta, y que albergó el único premio nacional-estatal de cf del mundo hispano desde 1979 hasta 1990 (Premio David), dando lugar a una lista de autores que han alcanzado cierta fama nacional e internacional, como Daína Chaviano, Yoss, o Vladimir Hernández Pacín entre muchos otros (el propio Erick Mota, que publica en esta revista). Además en Cuba, la tan traída división entre hombres y mujeres en la cf ha quedado más bien diluida, ya que desde el principio fue un movimiento que aglutinó a hombres y mujeres. Como detalla el artículo de Raúl Aguiar en esta revista: “[…] parece innegable […] que la ciencia-ficción, como género literario, ha ido evolucionando con los años y ya no tiene, al menos en nuestro país, ese “estigma” de una literatura escrita sólo por hombres y centrada por ello en ciertas formas escriturales e intereses específicos. ” (13-14)
No hay que olvidar que el primer David lo gana Daína Chaviano, y el último Gina Picart en 1990, y que en los talleres de literatura de cf de los ochenta (y del presente) se aglutinaban hombres y mujeres por igual. La misma Chaviano apunta en la entrevista que aparece en esta revista que “[s]iempre me preguntan si me he sentido discriminada por esto o por aquello, en la vida o en la literatura, pero nunca ha sido así. Y tal vez si ha ocurrido, soy tan despistada que no me he dado cuenta […] lo cual supongo que es una bendición.” (3) La entrevista, realizada por el editor de miNatura, Ricardo Acevedo, responde a algunas ideas que investiga el mismo Aguiar en su cartografía.
Es también de Cuba que nos llega, en esta revista, una propuesta radical: “Escribir una nueva tendencia dentro del género apoyada en las dictaduras militares, las guerrillas de la izquierda, el misticismo asociado a la figura de los dictadores y el folklore único de estas tierras no sólo es tentador. Si se hace correctamente podría desarrollar una nueva corriente literaria y estética dentro de la ciencia-ficción moderna.” (14)
La propuesta es la del escritor y ensayista Erick Mota. En su artículo nos propone que la cf caribeña debe de dejar de imitar las formas estéticas de la literatura anglosajona –sobre todo del cyberpunk– para crear su propio ciberpunk, con i latina.
Otra propuesta radical es la del crítico argentino Roberto Lépori y su relectura del poema “Primero sueño” (1685) de la novohispana Sor Juana Inés de la Cruz a través de claves teóricas de la cf. Lépori hace un importante y profundo recorrido por las teorías que lo llevan a concluir que esta relectura no es tan arriesgada, dentro de lo que llama “ciencia ficción barroca”, y que nos permiten presentar a Sor Juana, quizá como la primera escritora de cf de América Latina.
¿Y qué hace un ensayo sobre Sor Juana en un número sobre cf del Caribe hispano y Centroamérica? Quizá se pregunte el lector. Lépori me convenció con el siguiente argumento: recordemos que Sor Juana no es “mejicana”, ya que Méjico aún no existe como nación, sino que es súbdita del Virreinato de Nueva España, novohispana pues, que incluye lo que hoy llamamos Centroamérica y el Caribe. Sin duda el ensayo más extenso de los presentados, quizá sea también el más intenso.
Sin ser menos importantes, nos llegan dos ensayos más sobre Costa Rica, que como indiqué arriba, ha crecido exponencialmente en la producción de cf y también en la crítica académica a ésta. Si bien hemos visto aparecer autores como Laura Quijano Vicenzi, Jessica Clark, Laura Casasa Núñez, Antonio Chamu, David Díaz Arias o Iván Molina Jiménez, la investigadora Verónica Ríos nos recuerda que la cf del país tiene precedentes en figuras como la de Carlos Gagini y su conocida novela anti-imperialista La caída del águila de 1920. Novela que utiliza la cf para adelantar el constante intervencionismo de los EE.UU. en América Latina a lo largo del siglo XX y como comentario crítico de un intervencionismo y conquista que ya había sido notorio durante el XIX. Este miedo al coloso del norte se mezcla además con los deseos del protagonista principal de mantener una distinción de lo hispánico frente a lo sajón –aunque a veces queda un tanto rancia– y un anhelo de mejorar Costa Rica a través de los criterios científicos de progreso imperantes a finales del XIX y comienzos del XX.
El ensayo de Ríos nos abre las puertas hacia la cf de una Costa Rica de hoy, en la que todos los autores del momento que nombré anteriormente, se unieron para compendiar la colección Posibles futuros. Cuentos de ciencia-ficción (2009) [4], dando lugar a una breve pero celebrada primera colección de seis autores del país, en un poco habitual mano a mano entre ellos y ellas.[5]
De este grupo, es destacable la labor del historiador Iván Molina como difusor del género en Costa Rica y fuera de ella. Es además el autor con más obras publicadas (tres colecciones de cuantos), y es a estos cuentos a los que David Díaz Arias dedica su ensayo en esta revista. Díaz repasa la obra de Molina para después centrarse en el tema de la nostalgia que recorre algunos de sus cuentos cuya temática es el viaje en el tiempo. Quisiera destacar que una característica que Díaz ve en los cuentos de Molina Jiménez es, a mi modo de ver, extrapolable a casi toda la cf de calidad en español, una literatura que “ […] pone énfasis en las relaciones sociales, las identidades, los encuentros, las experiencias y en los sentimientos de los personajes […] ”, en vez de ser “ […] una ciencia-ficción que se interesa por la caracterización de la tecnología futura […] ” (12). Como la de Molina Jiménez, la cf en español está, principalmente, “centrada en lo humano” (12).
Yo tengo poco más que decir. Aquí sigue el testimonio de estos escritores, críticos y ensayistas que han contribuido amablemente a este número 23 de la revista Istmo que he tenido el privilegio de dirigir. Como dice Roberto Lépori en su artículo sobre Sor Juana, “[s]uspendan por un momento la incredulidad […] ” (18) y abran los archivos que acompañan esta presentación. ¡Qué disfruten!

Notas

[1] Debe de notarse una inevitable aparición de la aportación de España en la cf en español en general. Primero por razones obvias de lenguaje, segundo por el peso editorial de España, que incluye también revistas y premios como el UPC de Barcelona, y tercero porque las revistas y foros de la cf en español no excluyen en función del origen, pero sí muchas veces, en función de la lengua, así las revistas que publican en español tienen habitualmente una variada representación nacional del mundo hispano. Separarlos puede ser práctico con fines metodológicos regionales o nacionales, pero es, a mi modo der ver, artificial y hasta problemático.
[2] Válganos de referencia al tema un artículo de El País y otro de la BBC que pueden hallar en la bibliografía (Andreu; Westcott).
[3] Como los de Gabriel Trujillo Muñoz, Biografías del futuro: la ciencia ficción mexicana y sus autores, y Ramón López Castro, Expedición a la ciencia ficción mexicana, publicados en el 2000 y el 2001 respectivamente; o las de Luis Cano, Intermitente recurrencia. La ciencia ficción y el canon literario hispanoamericano, y Pablo Capanna, Ciencia ficción. Utopía y mercado, ambos publicados en Buenos Aires en el 2006 y 2007 respectivamente.
[4] Hay más autores que han escrito cf en Costa Rica. Daniel Koon da una lista más completa en su sitio web.
[5] Véanse las críticas aparecidas en Axxón y en Cosmocápsula.

* Juan C. Toledano Redondo. Lewis & Clark College, Portland, Oregon, EE.UU. toledano@lclark.edu