Voto Robot [Revista Acto]

‘Voto robot’ fue publicada en Acto el día 22 de mayo de 2018.///

I.-

Los buenos e ingenuos lectores creen todavía en la existencia de la literatura (o del arte) en sí. Consideran al producto que compran –unas tres góndolas más acá del papel higiénico, unos cinco metros más allá de donde meses después cagará la vaca premiada- como si fuera una emanación pulsional de inspirados creadores, sin reconocer el entramado no siempre luminoso que sostiene ese bien de consumo: editores, diseñadores, contadores, distribuidores, libreros, vendedores, imprenteros, periodistas, cronistas, gestores culturales, publicistas, profesores, escritores a sueldo, plagiadores y el insoslayable eslabón de los críticos literarios.
El espacio central que ocupa hoy la ciencia ficción al sur del Río Bravo se dirimió tarde y mal en esas escaramuzas. Hubo idas y vueltas, consagraciones y retracciones, estallidos y glaciaciones hasta que el cruce del tercer milenio, el imperio de Internet y de las nuevas tecnologías, conminó a la mayoría a la adoración de una bestia, negada durante décadas y alabada en secreto por sus fieles sectarios. Adiós entonces al policial, al fantástico, al terror, al erotismo y al humor. O mejor, bienvenidos todos ellos a esa barroca maquinaria que funde lo bizarro y la experimentación.
La historia de la visibilización de la ciencia ficción tiene en América Latina sus peculiaridades.
El caso argentino es paradigmático. Las editoriales y las revistas especializadas –Más Allá, Minotauro, El Péndulo, Axxón- jugaron su partido. Los diarios aceptaron erráticamente articulistas de firma. Los fanzines de guerrilla fueron un gran canal contracultural. También terciaron los autores enloquecidos por el deseo de ser leídos (tan enloquecidos que muchos escribían ciencia ficción sin nombrarla.) Es que, entre apuestas y riesgos en aquella cadena no todos estaban convencidos del producto que ofrecían.
Durante los años ochenta podían encontrarse todavía entre los comentaristas expresiones como ‘literatura de segunda mano’ o ‘paraliteratura’ sin más para referirse a la ciencia ficción. Literatura clandestina, subversiva y explícitamente paraestatal, en un caso concreto.
Presentados por hábito como vanguardia, los críticos literarios y sus madrigueras –las universidades- le dieron la espalda a la ciencia ficción hasta no hace tanto tiempo. Los hitos locales en lo que respecta a las intervenciones críticas sobre el género –intervenciones ‘causa / efecto’ para los otros eslabones de la cadena- son escasos:

– 1966. Pablo Capanna, por aquel entonces profesor de filosofía, concibe de modo independiente El sentido de la ciencia-ficción, publicado por Editorial Columba.
– 1977-1978. Elvio E. Gandolfo escribe en Rosario “La ciencia ficción argentina”, artículo que le da marco a la compilación de relatos Los universos vislumbrados. El inicio de ese artículo es célebre: ‘La ciencia ficción argentina no existe’.
– 1986. Ángela Dellepiane habla sobre “Narrativa argentina de ciencia ficción: Tentativas liminares y desarrollo posterior”. Esto sucede en una universidad norteamericana y su mayor apuesta es por la narrativa de Angélica Gorodischer.
– 1995. Daniel Link compila Escalera al cielo. Utopía y ciencia ficción, y lo publica Editorial La Marca. Estamos, ahora por fin, en una universidad local.

Incompleta y arbitraria, la lista da cuenta de los embates más importantes para asimilar el género frente a los lustrosos espejos foráneos y recalibrarlo en sus variantes argentina y latinoamericana. Cada uno de esos instantes marca una eclosión y abre un camino de lectura. Capanna, por caso, no recoge en su libro el guante de la ciencia ficción argentina y latinoamericana, pero es indudable que sienta las bases para que editores, escritores, libreros piensen, clasifiquen, ordenen, entiendan mejor sus gustos.
Acerca del libro de Capanna se dice comúnmente que fue ‘el primero’, se lo alaba por ese gesto inaugural, se lo festeja y conmemora (dejando de lado su obsesión cientificista y su sospechosa ortodoxia católica). Capanna fue el primero. Alrededor un páramo.
O no tan páramo. De 1955 es el prólogo de Borges a Crónicas marcianas de Ray Bradbury, lanzado por Minotauro, en el que da un pantallazo histórico del género y de su alcance y de su nombre –aunque, Borges era aquel viejo maestro que lo sabía todo incluso escribir ciencia ficción desde los años cuarenta gambeteando etiqueta y rótulo.
Con páramo me refiero a que El sentido de la ciencia-ficción se nos aparece a quienes nos interesamos por esas antigüedades, como las columnas de Hércules, como el non plus ultra. Creemos –por convención- que mucho más que lo dicho, no hay.

II.-

El membrete estampado en la alocución de Dellepiane acusa ‘The City University of New York’. Corre el año 1986 y esa enunciación descentrada esboza una explicación de por qué argentinos e hispanoamericanos adoptaron un género plagado de imaginería tecno-científica que “superficialmente parece que les es ajeno”.
Las razones de Dellepiane apuntan al deseo de “…las nuevas generaciones de escritores de producir una forma literaria que ejerza directo atractivo sobre el lectorado cuyo interés ha sido probado -y entrenado- en otras formas [narrativas] de los medios de comunicación…”. El fin de esa apuesta es que el ‘lectorado’ agudice sobre todo “…su percepción de la realidad hispanoamericana y… su percepción de hasta qué punto él es manipulado por un tipo de estructura social y económica que lo nulifica en su calidad de ser humano y de ser hispanoamericano.” Esto significa que, en los países de habla hispana, la ciencia ficción fue un “…instrumento de protesta social, de crítica socio-política, de enjuiciamiento del progreso técnico aplicado… a una realidad mal preparada…” y, más aún, que la ciencia ficción atrajo al escritor local porque era un nuevo humanismo con “…‘profundas inquietudes culturales, científicas, filosóficas’… cuya función crítica está sustentada por la libertad total que la proyección al futuro brinda al escritor quien puede, así, satirizar aspectos de la sociedad que son frecuentemente tabúes en Hispanoamérica.”
Sujetos ‘nulificados’, manipulados, moldeados y entrenados como consumidores; protesta social; crítica socio-política; enjuiciamiento de aspectos sociales que por estas tierras son tabúes –es el nada complaciente picnic ideológico que dispone ese texto académico.
Es un dato conocido que durante la última dictadura cívico-militar argentina, en los años setenta, los absurdos censores pasaron por alto lo que tenían para decir la ciencia ficción y sus adeptos –libros, fanzines, revistas, encuentros- porque directamente los ignoraban y la despreciaban. (Entre 1976 y 1977, el diario La Opinión le dedicó tres suplementos especiales a la ciencia ficción. Poco tiempo después, en 1979 nace la mítica revista El Péndulo.) El género fue un paradójico espacio de libertad, de tanta libertad y tan paradójico que incluso la trama revolucionaria tachó a la ciencia ficción de escapista y extranjerizante. Pero la apuesta había existido. Cuando la investigadora se refiere a textos revulsivos, piensa, por ejemplo, en cuentos como “Todo va mejor con Coca-Cola” de Alberto Vanasco y “Marketing” de Pedro G. Orgambide, para nombrar apenas dos.
Las consecuencias de la adopción a todo vapor del género fueron de todas formas ‘más profundas’, remarca Dellepiane. La ciencia ficción posibilitó la aparición de un pensamiento, de una filosofía para el ámbito hispanoamericano. Ese camino había comenzado a desandar el mencionado Capanna, y también Eduardo Goligorsky y María Langer quienes en 1969 publicaron a cuatro manos el volumen Ciencia Ficción. Realidad y Psicoanálisis. A su vez, Langer –que era psiquiatra- había dado a conocer en 1957, Fantasías eternas a la luz del psicoanálisis, “…la primera vez que esa forma paraliteraria es analizada a la luz de una ciencia ‘seria’”.
Opiniones aparte –si el cruce marcaba o no que el género hubiera alcanzado respetabilidad- lo cierto es que la exposición de Dellepiane espanta la neblina de un episodio poco transitado en la historia del género vernáculo, y a él me quiero referir.

III.-

A los datos y a las precisiones acerca de la vertiente filosófica que la ciencia ficción habría permitido instalar en tierras latinoamericanas –asunto nada sencillo y mucho más extenso-, Dellepiane los recoge y aprovecha de un texto fantasmático.
En 1971 el académico argentino Raúl H. Castagnino [1914-1999] publica su libro de crítica literaria, Experimentos narrativos, bajo el sello Juan Goyanarte Editor. Su objetivo es revisar ‘la anatomía –en el sentido de Northrop Frye- del cuento y de la novela’ y ensaya esa tarea en tres partes. La última parte del volumen, citada por Dellepiane, es la que me interesa.
“‘Canción de cuna para técnicos’ y experiencias fantacientíficas” es el sonoro título con el que Castagnino agrupa los ocho capítulos de la tercera parte de Experimentos narrativos.
El primer capítulo, “Acerca de la ciencia-ficción”, apela al recuerdo: “Cuando, hace ahora una década, en un curso universitario, comencé a explicar los caracteres, rasgos distintivos, fundamentaciones y presenté ejemplos diversos de la moderna narrativa denominada ciencia-ficción, observé en el auditorio cierto asombro y desconcierto, provenientes de la justificada prevención… Se tenía [del género] la imagen distorsionada… Llamaba la atención el tratamiento crítico… desde la cátedra [y] que se dieran como verosímiles y aceptables… algunos de sus anuncios y profecías…”. Embarcado en la aventura de convencer al auditorio de la legitimidad de la ciencia ficción, Castagnino le convida pasajes de Fahrenheit 451 [1953] de Ray Bradbury, dejando al descubierto su ‘profundo humanismo’.
En ese recuerdo florece un nuevo hito. Entre fines de los años cincuenta y comienzos de los sesenta, hubo al menos un intento sistemático –si aceptamos la autoridad de quien rememora- de introducir el estudio de la ciencia ficción en la universidad local. Hasta donde entiendo ese gesto (¿en la UBA?) fue por décadas sin descendencia.
La autoconciencia inaugural en tierras australes conduce a Castagnino a enhebrar largos párrafos para distinguir los productos narrativos deleznables de aquellos pretendidamente serios. Advierte con crispada gracia: “Todas [las clasificaciones dentro del género] se empeñan en deslindar las formas legítimas de arte y ciencia de las bastardeadas por la comercialización tendiente a servir y explotar las apetencias de masas lectoras, de limitada alfabetización, gusto poco exigente y ya enviciadas por deplorables novelas policiales y de aventuras que actuaron como narcotizantes. La ciencia-ficción a ese nivel también se ha convertido en droga…” (p. 178).
Tenemos una ciencia ficción que envuelve en sus ensueños futuristas a los adormilados por el consumo de chatarra; existe otra ciencia ficción cercana a la crítica social que alerta sobre una tecnificación extrema. Y aparece entremezclada con ésta, una vertiente destinada a satisfacer las ansiedades de los especialistas que, al no poder resolver problemas científicos reales, se contentaban con acometer ese escapismo literario. De allí el mote pueril ‘canción de cuna para técnicos’ -apodo que, en el ámbito norteamericano, recordaba que la ciencia ficción atraía a investigadores y/o científicos puestos a escribir.
Ésta es la línea que bordea Castagnino para reafirmar la respetabilidad del género. Su inspección en la anatomía del cuento y de la novela, a través de la ciencia ficción, recurre al material que esos científicos produjeron y toma así como ejemplo a Isaac Asimov [1920-1992], profesor, investigador y escritor.

IV.-

Earth is Room Enough [Con la tierra nos basta, 1964, Edhasa] es un volumen de cuentos publicado en 1957 por Asimov que –según indica Castagnino- destila una ‘melancolía por lo humano’, ‘una nostalgia humanista’ en el “…mundo deshumanizado que preanuncian la cibernética y la automatización.”
“El pasado muerto” -el primer cuento- es “…un llamado de atención sobre la especialización, moderno modo de ignorancias, que paradójicamente se inserta en un tiempo en el que el triunfo del relativismo descubre las insospechadas conexiones de todo lo existente… El segundo relato, ‘Derecho político’, muestra la anulación de la voluntad humana en una democracia regida por la cibernética, que se parece demasiado al más crudo dirigismo totalitario. [El tercero], ‘Satisfacción garantizada’, insinúa la entrega erótica de Clara a un robot insensible, otra posibilidad de quiebra de lo humano. [El cuarto], ‘Cómo se divertían’, imagina a los niños de una escuela en el año 2157, donde maestros y libros serán sustituidos por una pantalla y un computador.” La lista sigue, pero el invitado está ya entre nosotros.
Capanna en El sentido de la ciencia-ficción señala que, en términos generales, la obra de Asimov mixtura pinceladas de una ‘mecanocracia’ “…con lamentaciones sobre… la vida preindustrial [perdida].” La afirmación no responde exactamente al efecto buscado en el relato por el cruce entre cibernética y dirigismo totalitario –ningún personaje anhela salvajes praderas- aunque la categoría ‘mecanocracia’ permite una mejor comprensión.
El título original en inglés de “Derecho político” es ‘Franchise’ y fue también traducido, acaso con mayor justeza, como “Sufragio universal”.
Norman y Sarah viven junto a su pequeña hija Linda y a Matthew –padre de Sarah- en Bloomington, Indiana. Norman es un gris dependiente en una tienda; su esposa cuida de la casa y todavía sueña con tiempos mejores. La acción transcurre entre mediados de octubre y el martes 4 de noviembre de 2008, día de la elección presidencial.
Las cosas han cambiado. El anciano Matthew es el único testigo de un tiempo en el que cada uno creía ‘votar realmente’ colocando un papel con el nombre del candidato -oye incrédula su pequeña nieta, Linda, quien representa con naturalidad el presente signado por el poder omnímodo de Multivac, un enorme computador que desde su guarida subterránea regula la vida política: “Todos los norteamericanos están sometidos a la presión moldeadora de lo que los otros norteamericanos hacen y dicen, de las cosas que a él se le hacen y de las que él hace a los demás. Cualquier norteamericano puede ser llevado ante Multivac para determinar la tendencia de todas las mentes del país.”
En eso consiste la elección presidencial. Multivac elige un único votante luego de recibir billones de datos, somete a ese ejemplar común y silvestre de ciudadano a un interrogatorio exhaustivo y determina, a partir del pensamiento promedio obtenido, quién presidirá la nación, obviando la fatigosa encuesta individual (actividad a esa altura inverosímil incluso para una niña quien mira a su abuelo como alguien que desvaría).
El factor secreto del voto queda restringido a elegir, sin que nadie lo sepa hasta última instancia, el candidato a examinar. Un mediocre trabajador representa a millones de mediocres trabajadores y con preguntarle a uno, basta. Es una simple y obvia reducción de variables posibilitada por el cerebro electrónico capaz de procesar millones de datos.
La mitología dice que Asimov escribió ese cuento en 1955 a partir de que Univac, la primera computadora desarrollada en los Estados Unidos, predijera en 1952 el triunfo electoral de Eisenhower. Como sea, lo escribe a mitad de camino entre la aparición de la cibernética –postrimerías de la Segunda Guerra- y el inicio de Arpanet, prototipo de Internet, a fines de los años sesenta. Desde ese lejano atalaya imbuido de puro macartismo, Asimov intuye una futura mecanocracia dirigista. Y en esa previsión no estaba solo.
El teórico francés Jacques Ellul –para citar un ejemplo- advertía por la misma época en La edad de la técnica o el riesgo del siglo [1954]: “El poder político ya no es exactamente un Estado. Cada vez lo será menos… En un juego de técnicas la decisión tiene menos cabida cada día… [Hay quienes admiten] que la cibernética puede utilizarse para valorar situaciones políticas. La máquina de gobernar convertiría al Estado en un jugador que dirigiría la política como una partida de ajedrez. Si esta eventualidad apocalíptica se realiza, no sabemos las consecuencias que podría traer para el Estado, y por ello dejamos de lado esta hipótesis.”

V.-

Transcurrida una década desde aquel futurista 2008 -con Norman, Sarah, Linda, Matthew y Multivac- poco ganaría insistiendo en los indeseables esquejes de la primigenia cibernética –redes sociales, robos de datos, modelización del pensamiento promedio (cristalización individual de una multivac interior)- esparcidos por el territorio político.
Uno de los pocos resquicios para sumar un comentario es subrayar la extraordinaria coincidencia cronológica entre la anécdota de “Sufragio universal” y los infatigables Nostradamus contemporáneos de la iconosfera, The Simpsons.
El relato de Asimov recrea las semanas previas a la elección presidencial ofreciéndole al lector un panorama de la vida porvenir en un poblado de Indiana. La acción principal, sin embargo, tiene como punto de partida el sábado primero de noviembre y/o el domingo dos, cuando los agentes del servicio secreto encargados de conducirlo al interrogatorio computacional, visitan a Norman, el elegido.
Exactamente al mismo tiempo -en el plano correspondiente a esta versión de la realidad- el domingo dos de noviembre de 2008, en vísperas de las elecciones presidenciales, la cadena televisiva estadounidense Fox emite “The Treehouse of Horror XIX”, capítulo número 424 de la vigésima temporada de The Simpsons.
En la secuencia inicial, un decidido Homero –tan común y silvestre como Norman- asiste a emitir su voto. El ritual en apariencia inocuo lo lanza de bruces ante una máquina con motivación propia. Homero no se amilana y opta varias veces por el candidato demócrata Obama. Pero el artefacto lo rechaza insistentemente, trasladando el voto al republicano McCain, hasta que, al ser acusada por Homero de ‘estar arreglada’, lo traga y lo escupe ensangrentado, mientras el anciano Jasper le coloca la pegatina, ‘Yo voté’.
Ese segmento audiovisual encendió un largo debate, al menos en los Estados Unidos, que de ninguna manera dejó al voto electrónico bien parado. El principal argumento es simple y asimoviano: las nuevas tecnologías cruzadas con la política quitan de ese campo minado al factor humano, produciendo una extrema desconfianza.
La diferencia entre ambos planteos es que si en los Estados Unidos de Asimov, el ‘dirigismo totalitario’ está representado por una máquina monstruosa y metafísica, en el mundo grotesco de The Simpsons el poder destructor encarna en algo así como en un cascajo tecnológico.

VI.-

También de 1955 es la primera novela de Philip K. Dick [1928-1982], Solar Lottery. Con una trama híbrida, entre ciencia ficción y policial negro, Lotería solar imagina un dispositivo que accionado por un evento radioactivo elige al azar, y sin posibilidad de que nadie más lo prevea, a cada nuevo presidente. Así como la contemporánea Multivac esconde su decisión en la combinatoria de millones de datos que solo sus circuitos pueden explicar, en Lotería solar la situación es llevada al extremo a desactivarse todo rastro de factor humano reduciéndolo a un acontecimiento de origen atómico.
La primera novela de Dick fue traducida mucho tiempo después al castellano.
Hacia 1971, cuando Castagnino entonaba su ‘Canción de cuna para técnicos’, la vertiente heterodoxa -hermético-gnóstica- de ciencia ficción anglosajona apenas asomaba. Este desfasaje permitiría explicar que el crítico argentino recalara en autores como Asimov, hoy en segundo plano, a la hora de ejemplificar características de la ciencia ficción.
La intervención de Castagnino, prevenciones a un lado, tiene bastante a favor. Se mueve con notoria libertad al pensar la ciencia ficción desde la filosofía, la poesía (pista a veces olvidada), el teatro, la crítica social, avanza hacia la ‘fantaciencia rusa’, indaga en las fuentes posibles (la Biblia, etc.) , da un panorama de quienes lo antecedieron en la tarea. El problema –todavía en curso- es que desecha indagar en la tradición local de ciencia ficción que para ese momento es por lo menos centenaria. Y esto sucede no porque el corpus permaneciera ‘escondido’, sino por la ausencia de perspectiva.
La primera línea de la introducción a Experimentos narrativos menciona un ensayo de los años treinta de Borges, “El arte narrativo y la magia” [Discusión], que es puerta de entrada para la anatomía que quiere requisar Castagnino y para lo que, en el proyecto del autor, a partir de la década del cuarenta sería la literatura especulativa, o mejor su heterodoxa ciencia ficción, por mucho tiempo invisible a los ojos de los críticos literarios locales.
Uno de esos artefactos especulativos atañe justamente al sufragio.
Un antecedente vernáculo de la Lotería solar de Dick –el dato le corresponde a Capanna- es “La lotería en Babilonia” [1941], famoso relato de ciencia ficción de Borges que escenifica el devenir totalitario del sorteo, mecanismo de elección considerado democrático desde el siglo V a.C. en Atenas hasta las revoluciones francesas y norteamericanas en el siglo XVIII, cuando fue instaurada la forma representativa de gobierno, de raigambre corporativa y oligárquica. Así, “La lotería en Babilonia” ataca al sistema democrático no por la reducción al absurdo de una votación (como “Sufragio universal”), sino a través del cuestionamiento del sorteo, valiosa variante organizativa que fue descartada y con ella el igualitarismo.
Los relatos de Asimov y Borges juegan en un mismo patio. El poder omnímodo e invisible responde en Babilonia a la Compañía, una corporación que orquesta la realidad por medio de una lotería con la complejidad combinatoria de una computadora. Recordemos que Borges fue para algunos un profeta que anticipó la invención de Internet, con ese relato y con su réplica invertida “La biblioteca de Babel”, como banderas ciberculturales. Por su parte, la ingente y secreta Multivac descrita por Asimov como ‘una de las maravillas del mundo’ -“…medía más de kilómetro y medio de largo, tenía una altura equivalente a tres pisos y cincuenta técnicos recorrían sin cesar los corredores interiores…”- remeda con sus circuitos el azar de la lotería (y de su espejo invertido, la babélica biblioteca cuya laberíntica configuración puede reducirse a un volumen: un único lector / un único elector).
En “Sufragio universal”, la votación es presentada como una lotería -la monetaria alegría de Sarah es testigo de esa suerte- y también como remedo de los hábitos de consumo.
Matthew, el anciano que decía haber votado realmente, recordaba que al inicio de Multivac anunciaban que la máquina reduciría el gasto en elecciones y otras corruptelas; y que, en verdad, apenas si habían barrido los guarismos debajo de la alfombra.
El cerebro electrónico suponía sin dudas la exacerbación monetaria. Esto remarca no solo que la elección del candidato haya recaído sobre un gris trabajador de alguna instancia comercial, sino además y en particular que la única pregunta, entre las realizadas por Multivac, que recordaba Norman fuera “…una incongruente bagatela: -¿Qué opina usted del precio de los huevos?” Ni incongruente, ni bagatela. Lo sabemos. Si algo analizan –en aquella ficción y en esta realidad- los cerebros cibernéticos al comando de la red informática con el fin de obtener conclusiones para las ‘infinitas próximas elecciones’, son los perfiles de millones de consumidores -por ejemplo- de libros porque existen todavía los lectores que creen en la existencia de la literatura.

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Ángela B. Dellepiane. “Narrativa argentina de ciencia ficción” [1986]

“Narrativa argentina de ciencia ficción: Tentativas liminares y desarrollo posterior.” [1986] / Ángela B. Dellepiane. The City University of New York //

LAS SIGUIENTES son reflexiones interpretativas acerca de la narrativa que llamamos de ciencia-ficción (CF) y constituyen sólo una parte de un trabajo más abarcador. Son, pues, notas y como tales deben ser consideradas.
Para llevar a cabo mi interpretación, me parece necesaria una previa delimitación de lo que entiendo por ciencia-ficción.
Los actuales críticos de CF aceptan la existencia de diversos tipos de CF [1]. Ellos son:

– La hard o engineer’s SF: historias dedicadas al futuro tecnológico del hombre. Esta clase de CF está relacionada con la ingeniería y, en general, con las ciencias exactas. No presupone una especulación realista acerca del mundo del futuro a pesar de que se inclina por lo realista. Este es el tipo de CF que atrae a los científicos y que está, frecuentemente, escrita por ellos;
– La science fantasy en que la ciencia es pseudo-ciencia y es usada para toda clase de juegos imaginativos;
– La space opera: una fantasía de aventuras melodramáticas con temas y escenarios manidos que es desenvuelta sobre débiles bases científicas.
– La speculative SF. En ésta, el escritor deja de lado la tecnología como fin en sí mismo, subordinando consecuentemente la imaginación científica a un interés focal en las emociones y actitudes humanas personales así como también en problemas sociales. Este tipo de CF se dio en los EEUU durante la década del 60. Es entonces cuando se confiere a la CF un contenido filosófico y humanístico. Y es, también, en este momento cuando se comienza a prestar mayor atención a las cualidades formales de esta modalidad narrativa. Además, desde otro punto de vista, la revolución cultural de los 60 en EEUU contribuyó a hacer de la CF una suerte de neo-surrealismo. Gradualmente, esta forma narrativa hasta entonces considerada como ‘paraliteraria’, comenzó a penetrar el campo de la literatura ‘artística’, lo que equivalió, curiosamente, al travestismo de la imaginación científica en la CF. Esto se debió a que, en aquel momento, los nuevos escritores de CF reflejaban la desilusión popular con la falta de valores humanos en el progreso científico. Los escritores jóvenes querían sacar a la CF del camino que le habían trazado los pioneros Gernsbach, Heinlein y Campbell. Con esta tarea de ‘saneamiento’, la CF ganó en complejidad y se concientizó. Es a este nuevo tipo de CF especulativa, a la que considero más fuertemente relacionada con la CF argentina e hispanoamericana en general.

Se hace, sin embargo, necesario establecer algunas otras delimitaciones genéricas, dentro de la CF anglosajona, para poder comprender y medir la CF argentina e hispanoamericana.
La CF es una literatura de extrañamiento cognoscitivo, tal como la define Darko Suvin [2], y esto por su relación con la ciencia y con la racionalidad. Nos introduce dentro de un nuevo mundo, distinto del real, un mundo que actúa sobre el lector para transformarlo, para proporcionarle un modo diferente de mirar su propia realidad. En términos de género literario esto significa que la CF es, hasta cierto punto, una fábula social que expresa artísticamente “una visión ruptural del mundo […]; es la novela de nuestra crisis social, de nuestra crisis religiosa, de nuestra crisis económica. No se trata de una moda romántica más, sino de una corriente del pensamiento”.[3] En suma, la CF es una narrativa de crítica social basada en un extrañamiento cognoscitivo, tal como lo afirma Suvin. Además, esta visión ruptural romántica de la realidad, que apunta Ferreras, se obtiene en la CF no por medio de la explotación de la ciencia, sino usándola y enjuiciándola. Razón por la cual la CF puede asumir, a la vez, el carácter de utopías (= universos deseados -realistas, idealistas, espiritualistas-) y de anti-utopías.
Entiéndase que para la CF la ciencia y la técnica son temas de los que se vale para concretar novelescamente el problema -no científico- del hombre versus esta civilización tecnolátrica en que parece que vive atrapado.
Debe de tenerse en cuenta que otra forma de enjuiciamiento de nuestra actual civilización, está realizada en la auténtica CF a través del uso de los seres extraterrestres (por ej., los BEM = bug eyed monsters) que heredó del scientific romance del siglo XIX pero que la CF ha humanizado para mostrar, con más libertad pero también con más distanciamiento, hasta qué punto el ser humano se ha cosificado y en qué medida su humanidad se está perdiendo o puede llegar a perderse completamente.
Con igual propósito aparecen los mundos paralelos (Ferreras 1972: 184-188) que, variantes del nuestro, nos hacen ver claramente nuestros errores, vicios, etc. Por último, el tema más original y rico de la CF es el del tiempo que es no sólo un futuro conquistable y cognoscible sino también un pasado que determina nuestro presente, pasado susceptible de cambio a fin o de evitar los desastres de nuestro presente, o de combatir este presente, o de mejorarlo antes de que este presente nos destruya (Ferreras 1972: 188-190).
Pienso que son, precisamente, las cualidades críticas y hasta didácticas de la CF, las que explican el interés de los escritores argentinos y de otras partes de Hispanoamérica por este género. Además, deben tenerse presente ciertas mediaciones literarias, i.e., los antecedentes literarios, y también las mediaciones socio-históricas y las socio-económicas (Ferreras 1972: 18) que han vuelto prácticamente perentoria la aparición de la CF en la Argentina. Veamos algunas de esas mediaciones literarias.
El primer fantacientista argentino -sin tener conciencia de que lo era, claro-, fue ese genio estupendo, multifacético y casi desconocido hasta en su patria que se llamó Eduardo Ladislao Holmberg quien, en 1875, escribió el Viaje maravilloso del Sr. Nic-Nac en que desarrollaba ya el tema de los mundos extraterrestres habitados por otros seres, con costumbres y leyes distintas de las humanas. Cuatro años más tarde, este médico, escritor, naturalista, en fin, hombre de gran voracidad intelectual, fue todavía más lejos porque se adelantó en muchos años a Carel Capek, el inventor de los robots [4], creándolos en su “Horacio Kalibang y los autómatas”. En esta proclividad por una literatura fantástica, futurologista y hasta policial (de la que fue el iniciador), Holmberg no estuvo solo. Aparte del nombre de la pionera Juana Manuela Gorriti, dentro del grupo generacional de Holmberg, esto es, dentro de la generación del 80, pueden citarse los nombres de Carlos Olivera, Eduardo Wilde, Carlos Monsalve y, más tarde, los de Carlos O. Bunge, Atilio Chiappori, Santiago Dabove sin olvidar a Leopoldo Lugones ni a Horacio Quiroga. Todos ellos produjeron relatos de alta calidad literaria en que lo fantástico, que se introduce en la cotidianidad, proviene de creencias propias de la época o de avances de la ciencia que atraían fuertemente a los contemporáneos. Por esa época, en Buenos Aires, por ejemplo, los estudios de frenología, frenopatía, parasicología, sicopatología, neurología y los de alienación mental apasionaban a hombres y mujeres de la intelligentsia porteña lo que se unía a un regodeo casi enfermizo con los gothic tales y a una lectura más que interesada de las novelas de Jules Verne y Camille Flammarion [5]. Las fuerzas extrañas de Lugones y algunos cuentos y nouvelles de Quiroga, para no citar sino los ejemplos más notorios, son buena muestra de este interés.
Digamos, con Pagés Larraya, que el Viaje de Nic-Nac supone la revelación de otro planeta, con sus costumbres, sus instituciones, su organización y sus problemas. Marte no sólo es un territorio habitado. Sus pobladores tienen una vida más compleja que la humana y una evolución intelectual más amplia. Holmberg poseía sorprendentes conocimientos astronómicos y “una cultura científica no común” (Pagés Larraya 1957: 29), a partir de la cual desplegaba su igualmente sorprendente fantasía. Hay, por ejemplo, un pasaje en que se habla de “un rayo de sol condensado” (Cap. XXIV) que se asemeja singularmente al rayo láser. Sin embargo, lo que me parece más importante del Viaje no es su fantaciencia sino el hecho de que la novela no se queda en la pura maravilla fantástica sino que muestra -como afirma Pagés- “una proyección filosófica y una intención de crítica social” (p. 60) que es, precisamente, lo que vemos como caracterizador de la auténtica CF actual. Es que ya había problemas que empezaban a despertar si no preocupaciones profundas -como las que evidencia la CF actual- sí cuestionamientos, críticas, una toma de conciencia al comienzo mismo de los problemas. “La disminución del sentimiento de nacionalidad” (aunque por otras razones que las que se dan hoy en los países superindustrializados y tecnificados), “las querellas intestinas, la inmigración y el choque de razas -temas que serán frecuentes en las novelas posteriores al 80- constituyen el fondo de la plática de Nic-Nac y Seele en la 2a. parte de la novela. Pareciera que todo el armazón ficticio” estuviera enderezado a sostener estos capítulos. Es evidente que se nos quiere significar que “Marte […] es un orbe muy semejante al terrestre. Sus habitantes participan de nuestros defectos […], y el novelista puede así, con toda objetividad, censurarnos atacando a los marcianos. Problemas filosóficos, políticos, religiosos, científicos, aparecen en ligeros esbozos o tratados con rotundidad” (p. 61), lo mismo que el ambiente científico, el del periodismo y sus luchas.
Con estas mediaciones literarias y sociales en mente, es explicable la adopción, por parte de ciertos escritores argentinos, de un género que superficialmente puede aparecer como totalmente ajeno no sólo a los argentinos sino en general a los hispanoamericanos. La CF atrae al escritor porque, en verdad, no estamos frente a una modalidad literaria gratuita, hedonista, escapista sino, fundamentalmente, frente a una suerte de nuevo humanismo dadas sus “profundas inquietudes culturales, científicas, filosóficas” [6], dados sus aspectos trascendentes que permiten a dos teorizadores argentinos, Pablo Caparina y Eduardo Goligorsky, elaborar toda una “filosofía de la CF” [7] una filosofía que, aunque “sedicente” (Castagnino 1971: 214), materializa siempre problemas de la esencia y la existencia humanas y cuya función crítica está sustentada por la libertad total que la proyección al futuro brinda al escritor quien puede, así, satirizar aspectos de la sociedad que son frecuentemente tabúes en Hispanoamérica [8]. Podemos, pues, afirmar con Susan Sontag, que la tradición de la CF es plenamente moralista [9].
Otra razón que puede explicar hoy el fenómeno de la CF argentina (e hispanoamericana), aparte la posibilidad de su uso como instrumento de protesta social, de crítica socio-política, de enjuiciamiento del progreso técnico aplicado indiscriminadamente a una realidad mal preparada para ello, es el deseo de las nuevas generaciones de escritores de producir una forma literaria que ejerza directo atractivo sobre el lectorado masivo cuyo interés ya ha sido probado -y entrenado- en otras formas de los medios de comunicación masivos -films, TV soaps, traducciones de best-sellers de CF. Asimismo, este tipo de narración habrá de alimentar no sólo la imaginación de ese lectorado sino sus ideas, de agudizar su percepción de la realidad hispanoamericana y, sobre todo, su percepción de hasta qué punto él es manipulado por un tipo de estructura social y económica que lo nulifica en su calidad de ser humano y de ser hispanoamericano.[10]
Ateniéndome hasta lo aquí puntualizado, debo agregar que el corpus de narraciones argentinas de CF es de dimensiones reducidas y se compone, en su gran mayoría, de cuentos y nouvelles. Son obras que poseen originalidad y, comparativamente, una superior sofisticación en el tratamiento literario, en la disposición de los elementos narrativos, en el manejo de las voces narrativas, amén de ciertas peculiaridades al nivel expresivo, verdaderas creaciones que subrayan la función poética y metalingüística del lenguaje. Ejemplo de estas afirmaciones es La invención de Morel de Bioy Casares, de 1940, que aunque no estrictamente CF sino más bien scientific romance a la manera de Wells, escritura metafísica y fantástica, a la vez, es la novela de avanzada que, dentro de la producción de Bioy, culminará con esa obra maestra que es La trama celeste, intersección de dos universos paralelos, sin los lugares comunes de las versiones norteamericanas y con un fino humor.
Pero la popularidad de la CF argentina se deberá, en gran medida, a una revista -Más Allá- que, aunque de corta vida, 1953 a 1957, dio a conocer y difundió comercialmente a los escritores locales. Cuando desapareció, ya había fans argentinos y editoriales dispuestas al riesgo.[11]
En 1957, una psiquiatra argentina, la Dra. María Langer, publicó un ensayo titulado Fantasías eternas a la luz del psicoanálisis, que llama la atención por ser la primera vez que esa forma paraliteraria es analizada a la luz de una ciencia ‘seria’. Poco después Raúl H. Castagnino hizo objeto a la CF de un curso universitario. La CF había alcanzado, por fin, ‘respetabilidad’.
Pero es la década del 60 la que lleva a la CF argentina a su mayoría de edad. Eso sí, exclusivamente por medio de la publicación de antologías y de revistas. Precisamente a las primeras limito hoy mis observaciones, a más de los libros de la que considero la mejor escritora de CF argentina: Angélica Gorodischer.
Las antologías que he utilizado, por orden cronológico, son:

– Vanasco y Goligorsky. Memorias del futuro, 1966.[12]
– Bajarlía. Cuentos argentinos de CF, 1967.
– Vanasco y Goligorsky. Adiós al mañana, 1967.
– CF. Nuevos cuentos argentinos, 1968.
– Goligorksy. Los argentinos en la luna, 1968.
– Sánchez. Los universos vislumbrados, 1978.

Ellas revelan los siguientes modelos:

– o extrapolaciones de ciertas características de nuestra sociedad actual como el automatismo; la violencia; la censura; los prejuicios; [13]
– o anticipaciones de un mundo barbarizado, regresivo, determinado por el holocausto atómico; [14]
– o crítica social hecha desde extraterrígenas que nos perciben como seres monstruosos, intolerantes, prejuiciados [15], (aunque también en una ocasión un E.T. viene a nuestro planeta a robar nuestra cultura [16]); o por la creación de estados totalitarios que han reducido al hombre a la impotencia y a la esclavitud mediante la más terrible tiranía, el dominio de la máquina, el progreso científico y el condicionamiento mental[17]. A veces es un terrícola que ha experimentado, en otro planeta, una sociedad más justa que la nuestra y que opta por ese, otro mundo;[18]
– o antiutopías en las que se extermina sistemáticamente la creatividad individual [19], o un mundo en donde no existen ni la cultura ni la amistad, o donde la vida está completamente programada;[20]
– o parodias que llevan a sus últimas y absurdas consecuencias modalidades actuales de nuestra civilización tales como la maquinización exagerada, la pérdida de la inocencia, la avidez de riquezas materiales, la deshumanización a través de la publicidad y de las relaciones públicas [21], o un erotismo que tiene que ser alimentado por imágenes electrónicas;[22]
– o el viaje en el tiempo, ya sea hacia el pasado [23] o bien hacia el futuro [24],
– o parábolas/alegorías de índole filosófico-religiosa;[25]
– o puras aventuras de CF como: el viaje a otro planeta y sus consecuencias [26], las dimensiones paralelas [27], las invasiones de marcianos. [28]
– finalmente, otros de los modelos son exclusivamente humorísticos.[29]

Mención aparte -y por cierto que estudio detenido- merece la obra de Angélica Gorodischer por dos razones: una relativa a la calidad poética de sus enunciados; otra porque, que yo sepa, es la primera en haber realizado en uno de sus libros –Trafalgar [30]- una CF enteramente paródica, humorística y satírica como total creación lingüística. Lo más interesante en la obra de esta escritora argentina es el artificio de sus cuentos y la sofisticación en el manejo y mezcla de diversos planos y voces narrativas, así como, particularmente en Trafalgar, el uso del habla coloquial y lunfarda que trivializa y domestica la otredad de los nuevos mundos, de sus costumbres y gentes diferentes, de sus tiempos, atmósferas y erotismo particulares, produciendo una semiosis del signo que crea el humor a través del que se agudiza la crítica social, objetivo último de esta narrativa. Gorodischer es una aventajada discípula de Borges y Cortázar, sin ninguna duda, pero su especial tipo de CF, por su profundidad intelectual, su soltura en el manejo de los procedimientos narrativos, su coherencia al sostener sus creaciones imaginativas sin extravíos, y por crear personajes que no son estereotipos, hacen de ella una figura señera en el género.
Habría mucho más que observar. Pero ni el tiempo asignado ni la prudencia consienten el alargarse. Vayan, pues, unas rápidas últimas observaciones:

– Se considera a Buenos Aires la capital de la CF hispanoamericana [31], pero debe tenerse presente que Río de Janeiro, México, Venezuela, Chile son también centros de intensa producción de CF;
– Es claro que la CF argentina evidencia una voluntad de superación de los modelos anglosajones al conferir sabor y color local a sus creaciones. Pero no siempre lo consigue o se lo propone ya que se puede observar que la mayor parte de los nombres de los personajes son extraños o decididamente ingleses y que, con frecuencia, la caracterización espacial es débil y no parece específicamente argentina. La excepción es Trafalgar y su héroe homónimo, ya que él es un personaje ‘costumbrista’ caracterizado mediante su expresión lingüística, y el ambiente rosarino está magistralmente trasmitido a fuerza también de notas y personajes costumbristas.
– Según el Atelier belga [32], la CF argentina está a la vanguardia de la hispanoamericana hasta el punto de que se puede hablar de una verdadera escuela argentina de CF con decisivas preocupaciones sociales. Sin embargo, la producción última de CF que he podido ver en antologías y nuevas revistas, no puede considerarse en puridad CF. Se trata más bien de obras fantásticas, algunas con trasfondo filosófico (o pseudo-filosófico). Y son los propios autores quienes hacen hincapié en el carácter fantástico de sus narraciones y quienes desdeñan el rótulo de CF.[33] Lo que sí es evidente en la CF argentina es su valor artístico, poético, como también el considerable grado de profesionalismo, desde el punto de vista estrictamente literario y desde el intelectual, de sus cultores dado el alto calibre de las ideas manejadas y el grado de seria erudición que sostiene las construcciones literarias.
Espero, en un futuro cercano, ratificar o rectificar algunas de estas observaciones. Me parece evidente que ellas necesitan ser investigadas con datos de sociología literaria -número de obras en la Argentina y en otros países; tipo de lectorado; tirajes de las ediciones; profesionalismo del escritor de CF, estudio cuidado de todas las revistas de CF publicadas y en publicación, etc.- y también con análisis textuales a fin de medir el carácter estrictamente literario de estas obras. Por otra parte, aunque como argentina me halaga jerarquizar la literatura de aquel país, me perturba, sin embargo, que los laureles que hoy parece ostentar la CF argentina se hayan concedido -creo- un poco apresuradamente. Y digo esto porque estudios recientes revelan, en la CF brasileña, por ej., cualidades únicas que no estoy enteramente persuadida que se den en la CF argentina: esa “brasilidade” que señala un estudioso [34], esto es, ciertas cualidades inherentes únicamente a la CF del Brasil tales como un extraordinario sentido del humor, un erotismo ‘trascendente’, su preocupación con el proceso de la procreación y de la estructura familiar, el influjo de la religión y de lo mitológico al nivel temático, a más de un serio cuidado formal.

El estudio crítico de la CF argentina (e hispanoamericana) no puede ni dejarse de lado ni dilatarse ya más. Hacerlo, por otra parte, ayudará a completar el cuadro de la narrativa de aquel país y del continente y, asimismo, permitirá seguir avanzando en el deslinde del concepto de literatura fantástica de la que, frecuentemente, se la hace sinónima.

NOTAS

[1] Al final de este artículo se da una bibliografía crítica selectiva.
[2] Darko Suvin. “On the Poetics of the SF Genre” en Mark Rose (1976: 57-71).
[3] José Ignacio Ferreras: (1972:18).
[4] En su obra de teatro R.U.R. = Rossum’s Universal Robots presentada en Praga, en 1920.
[5] Cf. Antonio Pagés Larraya: Estudio preliminar en Eduardo Ladislao Holmberg: Cuentos fantásticos. Buenos Aires: Hachette, 1957: 34-48.
[6] Raúl H. Castagnino: “‘Canción de cuna para técnicos’ y experiencias fantacientistas” en Experimentos narrativos. Buenos Aires: J. Goyanarte Editor, 1971:187.
[7] Pablo Capanna. El sentido de la ciencia-ficción (1966). / Eduardo Goligorsky y María Langer: Ciencia Ficción. Realidad y Psicoanálisis (1969).
[8] K. Amis. L’univers de la Science Fiction. París: Payot, 1960. Apud Castagnino 1971: 234.
[9] Susan Sontag: “The Imagination of Disaster” en Against Interpretation. Nueva York: Delta Books, 1961: 209-231.
[10] Piénsese, por ejemplo, en que Cortázar se volvió hacia la tira cómica y la fotonovela en su afán de divulgar los hechos puestos de manifiesto en el Tribunal Russell II de Bruselas. Así nació Fantomas contra los vampiros multinacionales. Una utopía realizable. 1era. edición (México: Libros de Excélsior, 1975).
[11] Prueba son los numerosos fanzines que proliferaron en Buenos Aires y Rosario desde la década del 50: El almígero solitario, Antelae, Argentóle SF Review, 2001: Periodismo de anticipación, Ficción científica y realidad, Géminis (que murió al 2a número), Hombres de futuro; Kadath, El lagrimal trifurca, LD, Minotauro, (edición en español de The Magazine of Fantasy and Science Fiction), Misterix (2a. época), Omicrón, Planta, La revista de ciencia ficción y fantasía (tres números entre 1976 y 1977), Trafalmadores, Umbral tiempo futuro, Urania, Entropía. En 1967 se reunió la primera convención nacional de CF y en 1968, la segunda y última hasta la actualidad. Minotauro cesó de publicarse en ese mismo año, después de 10 números. El vacío dejado por esta revista fue llenado por la española Nueva Dimensión que publicó 148 números por espacio de casi quince años y que acogió a buen número de escritores argentinos. Siguiendo el ejemplo de Más allá, aparecieron en Buenos Aires las primeras editoriales especializadas en libros de CF: Minotauro, en 1955, Jacobo Muchnik, en 1956 y luego Andrómeda.
En la década del 70, las editoriales argentinas Minotauro, Emecé y Andrómeda, y las españolas EDHASA y Dronte, presentaron ediciones de los autores consagrados de la CF extranjera. En 1979 comenzó a publicarse otra revista -El Péndulo- que agregó la dimensión plástica a la puramente literaria y que, en general, alimentó las necesidades de una nueva generación de fans y de autores. Esta nueva efervescencia llevó a la creación, en 1982, del Círculo Argentino de Ciencia Ficción y Fantasía que creó el premio “Más allá”. Habiendo desaparecido El Péndulo, en 1983 reapareció Minotauro (Segunda época) con standards superiores de calidad literaria. Hacia mediados de 1984, otra nueva revista se lanza al mercado: Parsec que, para 1985, se convertirá en suplemento de Clepsidra. He visto nombradas otras dos revistas, Nuevomundo y Cuásar, y poseo dos ejemplares de Sinergia que, para el verano de 1985-1986, ha publicado ya 10 números. Para mayor abundancia de datos, cf. Marcial Souto (comp.): Introducción a La ciencia ficción en la Argentina. Buenos Aires: Eudeba, 1985, 9-24. Para una historia detallada de la revista Más allá y su época, cf. Pablo Capanna. “Prestigios de un mito”: Minotauro, 9, febrero de 1985.
[12] Para la indicación bibliográfica completa de las antologías utilizadas en este estudio, véase la Bibliografía final.
[13] A. Vanasco: “Los eunucos” y Alicia B. Suárez. “El dorado mes de los monstruos” en Los universos vislumbrados; E. Goligorsky. “El vigía” en Los argentinos en la luna y A. Grassi: “Los herederos” en CF. Nuevos cuentos argentinos.
[14] E. Goligorsky: “En el último reducto” y “La cola de la serpiente” y A. Vanasco: “Post Bombum” en Adiós al mañana; E. Goligorsky. “Cuando los pájaros mueran” en Memorias del futuro.
[15] E. Goligorsky: “Los verdes” y A. Vanasco: “El menor soplo de vida” en Adiós al mañana; J J . Bajarlía: “Mac Cain” en CF. Nuevos cuentos argentinos.
[16] E. Goligorsky: “El espía” en CF. Nuevos cuentos argentinos.
[17] E. Goligorsky. “Olaf y las explosiones” en Memorias del futuro; Pablo Capanna. “Acronia” y C.M. Carón: “La victoria de Napoleón” en Los argentinos en la luna.
[18] E. Goligorsky “Aclimatación” en Cuentos argentinos de ciencia ficción.
[19] A. Vanasco: “La muerte del poeta” en Memorias del futuro.
[20] Jorge L. Borges: “Utopía de un hombre que está cansado” en Los universos vislumbrados; J. Iégor: “La mutación de Bélacs” en Los argentinos en la luna.
[21] M. Denevi: “Boroboboo” y O. Elliff: “Las fábulas” en CF. Nuevos cuentos argentinos; M. Denevi: “Las abejas de bronce” y E. Rodrigué: “La tercera fundación de Buenos Aires” en Cuentos argentinos de ciencia ficción; A. Vanasco: “Todo va mejor con Coca-Cola” en Adiós al mañana; Pedro G. Orgambide: “Marketing” y J J. Bajarlía: “La civilización perdida” en Cuentos argentinos de ciencia ficción.
[22] E. Goligorsky “Los divanes paralelos” en Memorias del futuro.
[23] A. Vanasco: “Robot Pierre” en Memorias del futuro; A. Grassi: “El tiempo del lunes” en Los argentinos en la luna; Magdalena A. Mouján Otaño: “Gu Ta Gutarrak” en Los universos vislumbrados.
[24] C. Peralta: “El segundo viaje” en Cuentos argentinos de ciencia ficción.
[25] E. Goligorsky: “Un mundo espera” y “El elegido” y A. Vanasco: “Vuelven los lobizones” en Memorias del futuro; A. Vanasco: “Los pilotos del infinito”, A. Gorodischer: “La morada del hombre”, J.J. Bajarlía. “La suma de los signos”, M. Langer: “Los delfines no son tiburones”, H. Oesterheld: “Sondas”, E. Stilman: “La cuenta regresiva” en Los argentinos en la luna; E.A. Azcuy. “El humanoide”, E. Bayma: “El prisionero”, H. Oesterheld: “Dos muertes” en CF. Nuevos cuentos argentinos; A. Grassi, “Mensaje a la tierra”, D. Sáenz: “La meta es el camino”, A. Vignati: “En el primer día del mes del año” en Cuentos argentinos de ciencia ficción y J J . Bajarlía: “Desde la oscuridad” en Los universos vislumbrados.
[26] A. Vanasco: “Phobos y Deimos” en Memorias del futuro; A. Grassi: “Las zonas” y A. Gorodischer: “Los embriones del violeta” en Los universos vislumbrados.
[27] A. Lagunas: “Informe sobre voces” en Los argentinos en la luna.
[28] A. Vanasco: “Paranoia” en Cuentos argentinos de ciencia ficción.
[29] E. Goligorsky: “La cicatriz de Venus” en Adiós al mañana.
[30] Angélica Gorodischer: Trafalgar. Buenos Aires: El Cid Editor, 1979. La más acabada muestra de la narrativa de CF cultivada por esta escritora es su libro de cuentos Bajo las jabeas en flor (Buenos Aires: Ediciones de la Flor, S.R.L., 1973). Para una información detallada sobre toda la obra de esta autora, hasta 1984, véase mi artículo “Contar = Mester de fantasía o la narrativa de Angélica Gorodischer” en Revista Iberoamericana, 51,132-133 (jul.-dic. 1985): 627-640.
[31] En Fantastique et Ateliers Créatifs 1978: 118. Sin embargo, debe tenerse en cuenta que la importante ciudad de Rosario es también centro de una intensa creación de CF con revistas como El lagrimal trifurca (14 números entre abril-jun. 1966 y agosto 1976) de la familia Gandolfo (escritores, antólogos, críticos, editores), y con la revista Kadath que nuclea a talentos jóvenes como Norma Viti y Gerardo D. López.
[32] Fantastique et Ateliers Créatifs 1978: 46.
[33] “En general [los nuevos escritores argentinos de CF], cultivan una literatura fantástica no tradicional, que linda con la ciencia ficción, la atraviesa y sale libremente de su ámbito, con escasa presencia del elemento científico-tecnológico […]. Quizás el rasgo más común sea que nuestros autores no hacen ciencia ficción a partir de la ciencia, como ocurre en países industriales donde la ciencia impregna la vida diaria; son escritores que se han formado leyendo ciencia ficción y en cuyo mundo espiritual importan las convenciones y los mitos del género.” (Pablo Capanna: “La ciencia ficción y los argentinos” en Minotauro, 10, abril de 1985). Véanse, asimismo, las respuestas al cuestionario que se consigna en el volumen La ciencia ficción en la Argentina, compilado por Marcial Souto. Cada uno de los autores que allí se antologizan se pronuncia sobre la literatura de CF y, en general, no separan la CF de la literatura fantástica o de fantasía, como ellos la designan siguiendo rótulos americanos.
[34] Me refiero a la tesis, completada en 1976, en la Universidad de Arizona, hecha por David L. Dunbar: “Unique Motifs in Brazilian SF”. La he consultado en microfilm.

BIBLIOGRAFÍA

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‘De Sor Juana, imperios caídos y otros sueños’ – Juan C. Toledano Redondo

«Introducción a la edición número 23, julio-agosto de 2011, de Istmo. Revista virtual de estudios literarios y culturales centroamericanos. [ISSN: 1535-2315] dedicada a la ciencia ficción centroamericana y caribeña» Acceso: http://istmo.denison.edu/n23

Como explica Rachel Haywood Ferreira en “Back to the future: the expanding field of Latin American science fiction”: “Not only has there been a wave of publication in science fiction in the last two decades, but there has been an exponential increase in critical studies of the genre, particularly in the areas of bibliography and genre history.” (352).
Quizá no sea realmente oportuno escribir aquí un listado de los responsables de este incremento, pero valga citar algunos proyectos comunes en los que han colaborado muchos de los que trabajamos para que el género sea reconocido dentro y fuera del todopoderoso mercado norteamericano. Es por esta supremacía de la ciencia-ficción (cf) en inglés, que muchos de estos textos también han sido escritos en esta lengua.
Déjenme al menos citar a tres de los, a mi modo de ver, más importantes. El primero, publicado inicialmente en español en la revista Chasqui, y posteriormente en inglés, siete años después, en Science Fiction Studies (posiblemente la revista académica con más prestigio de los EE.UU.), es la “Chronology of Latin American science fiction, 1775-2005”, co-editada por Yolanda Molina Gavilán, Andrea Bell, Miguel Ángel Fernández Delgado, Elizabeth M. Ginway, Luis Pestarini, y un servidor. Y digo que es importante no porque yo fuese uno de los co-autores (que honestamente creo que llegué ahí de rebote), sino porque hasta su publicación entre el 2000 y el 2007, apenas si existía un listado comprehensivo de la cf en América Latina –y qué duda cabe de que ésta es aún incompleta–. A comienzos del nuevo milenio también se empieza a forjar la bio-bibliografía Latin American science fiction writers: an A-to-Z guide, coordinada y editada por Darrell B. Lockhart en el 2004. Y finalmente, y en el aspecto más creativo, se tradujo y publicó una colección de cf de autores de habla hispana en Cosmos Latinos: An Anthology of Science Fiction from Latin America and Spain, en el 2003, coordinada y editada de nuevo por Molina y Bell (y creo que hasta hoy es la única de este estilo).[1]
A este grupo, como dije arriba, se le podría sumar un gran número de artículos publicados en las revistas académicas más prestigiosas del género. Pero habría también que citar el esfuerzo de algunas editoriales académicas, donde destaca sin duda Wesleyan University Press, que con su colección Early classics of science fiction está dando cabida a títulos como The Emergence of Latin American Science Fiction de Haywood Ferreira (2011), el ya citado Cosmos Latinos: An Anthology of Science Fiction from Latin America and Spain, y de próxima aparición, una traducción al inglés de El anacronópete de Enrique Gaspar, obra que ha reabierto y cerrado el debate sobre qué autor noveló primero de una máquina del tiempo en el siglo XIX, siendo el diplomático y zarzuelista español el ganador, pues su obra fue publicada en Barcelona en 1887 y la de Wells en 1895.[2]
Además de estos desarrollos en el mundo anglo-sajón, la cf está tomando fuerza también en la investigación de algunos de nuestros países, aunque honestamente, este desarrollo va un poco más despacio. Si bien es cierto que siguen apareciendo volúmenes de crítica literaria,[3] el número de textos críticos publicados en España o América Latina sobre cf es realmente pequeño, máxime si se le compara con el publicado en los EE.UU. –que también es escaso ya de por sí.
Aparecen sí, colecciones de cuentos con estudios críticos en sus introducciones o prólogos, como es el caso de la colección mejicana Visiones periféricas editada en el 2001 por Miguel Ángel Fernández Delgado, la Antología de la ciencia-ficción española, 1982-2002 de Julián Díez en 2003, o la cubana Crónicas del mañana. 50 años de cuentos cubanos de ciencia ficción editada en el 2008 por Yoss, entre otras (no muchas).
Como explica Susana Sussman en su artículo sobre la cf venezolana publicado en este número de Istmo, ha sido la llegada de Internet la que “ha contribuido a hacer crecer exponencialmente la cantidad de personas comprometidas con lo fantástico” (8). El Internet ha abierto un espacio editorial, el virtual, a muchos textos que de otro modo seguirían en algún cajón esperando mejores tiempos para ver la luz. De nuevo Sussmann apunta que “[h]oy por hoy sobran las revistas virtuales dónde publicar y, más importante aún, dónde leer de manera gratuita cantidades ingentes de literatura fantástica contemporánea” (8) (ni que decir tiene que Istmo se acaba de unir con este número a ese grupo de espacios donde la cf tiene cabida). Algunas revistas a las que alude Sussmann son la revista virtual Axxón, con sus tres décadas de existencia, y la también virtual Alfa Eridiani, con una década publicando en línea. Una tercera, cubano-española, es miNatura, que lleva doce años en activo. Hay muchas más, como indica Sussmann, pero especialmente debemos de celebrar la aparición de otra: la revista académica Zanzalá. Estudos de Ficção Científica de Alfredo Suppia en Brasil, cuyo primer número apareció en junio del 2011. Zanzalá es la primera revista académica revisada por pares de América Latina y acepta trabajos nada menos que en cinco idiomas, entre ellos español. Quisiera apuntar que en el espacio virtual de los EE.UU. ya existe un proyecto (aún sin nombre) para crear la primera revista académica revisada por pares en español, portugués e inglés de los EE.UU., gracias al auspicio de la University of South Florida en su portal de revistas virtuales.
En este contexto del “regreso” de la cf latinoamericana, como lo tilda Haywood Ferreira, es donde estamos hoy. Cuando se inició el proyecto de publicar un número sobre la producción de cf en el Caribe Hispano y Centroamérica para Istmo, sabía que existían focos de alta producción como Cuba y Costa Rica, siendo Costa Rica un país donde la cf se ha desarrollado exponencialmente en la última década. Sin embargo, otros lugares aparecían baldíos, sobre todo si uno miraba a los textos de investigación citados anteriormente. Así, países como Honduras o Panamá, ni siquiera aparecen en el listado de la “Chronology of Latin American science fiction, 1775-2005” del 2007, Nicaragua tiene una entrada de 1959, mientras que otros como Guatemala, y El Salvador, aparecen con un pasado esperanzador, pero con un presente que no refleja ese pasado. Ni que decir tiene que en la “Chronology” no están todos los que son, pero indudablemente nos sirve de punto de partida testimonial e investigativo.
La propia Sussmann, tilda a la cf venezolana en su artículo en esta revista como “verdadero amor al arte”, y afirma: “Creo que la ciencia-ficción venezolana actual propiamente dicha tiene tres representantes, que son Jorge De Abreu, Ronald Delgado y quien escribe estas líneas.” (12). Igual pasa cuando miramos al Caribe insular y vemos que casi nadie en la República Dominicana se dedica de pleno al género, o que en Puerto Rico la cf cuenta con dos de las mejores novelas de los últimos tiempos, pero carece de un grupo de escritores conocido.
Déjenme detenerme un momento aquí, pues de hecho, las novelas Soulsaver, de James Stevens-Arce y Exquisito cadáver, de Rafael Acevedo muestran otro pasado esperanzador sin frutos presentes. Aunque Soulsaver apreció primero en 1998 con el título en español El salvador de almas, no se publicó como novela independiente hasta que fue editada en inglés en el 2000. Su aparición en español se debe a que ganó el primer premio UPC de Barcelona en 1997. Fue en realidad una traducción al castellano de Rafael Marín, pues fue presentada en inglés al concurso. Por su parte, Exquisito cadáver fue mención en el prestigioso Casa de la Américas del 2001. Así pues, ambos trabajos colocan el listón bien alto para la cf puertorriqueña. Apenas nada más. Raúl Aguiar, quien edita la revista virtual de pensamiento ciberpunk Qubit, dedicó en el 2008 el número 38 de la revista a la cf de la isla, editando algunos cuentos, pero para nada un movimiento de autores, aficionados y publicaciones como la de su propia Cuba. El artículo inicial del número, escrito por el poeta Manuel Clavell llama a la relación de Puerto Rico con la cf de “coqueteo”.
Y es que realmente Puerto Rico y la República Dominicana lo tienen difícil al compararse a una Cuba donde hay decenas de escritores y publicaciones desde la década de los sesenta, y que albergó el único premio nacional-estatal de cf del mundo hispano desde 1979 hasta 1990 (Premio David), dando lugar a una lista de autores que han alcanzado cierta fama nacional e internacional, como Daína Chaviano, Yoss, o Vladimir Hernández Pacín entre muchos otros (el propio Erick Mota, que publica en esta revista). Además en Cuba, la tan traída división entre hombres y mujeres en la cf ha quedado más bien diluida, ya que desde el principio fue un movimiento que aglutinó a hombres y mujeres. Como detalla el artículo de Raúl Aguiar en esta revista: “[…] parece innegable […] que la ciencia-ficción, como género literario, ha ido evolucionando con los años y ya no tiene, al menos en nuestro país, ese “estigma” de una literatura escrita sólo por hombres y centrada por ello en ciertas formas escriturales e intereses específicos. ” (13-14)
No hay que olvidar que el primer David lo gana Daína Chaviano, y el último Gina Picart en 1990, y que en los talleres de literatura de cf de los ochenta (y del presente) se aglutinaban hombres y mujeres por igual. La misma Chaviano apunta en la entrevista que aparece en esta revista que “[s]iempre me preguntan si me he sentido discriminada por esto o por aquello, en la vida o en la literatura, pero nunca ha sido así. Y tal vez si ha ocurrido, soy tan despistada que no me he dado cuenta […] lo cual supongo que es una bendición.” (3) La entrevista, realizada por el editor de miNatura, Ricardo Acevedo, responde a algunas ideas que investiga el mismo Aguiar en su cartografía.
Es también de Cuba que nos llega, en esta revista, una propuesta radical: “Escribir una nueva tendencia dentro del género apoyada en las dictaduras militares, las guerrillas de la izquierda, el misticismo asociado a la figura de los dictadores y el folklore único de estas tierras no sólo es tentador. Si se hace correctamente podría desarrollar una nueva corriente literaria y estética dentro de la ciencia-ficción moderna.” (14)
La propuesta es la del escritor y ensayista Erick Mota. En su artículo nos propone que la cf caribeña debe de dejar de imitar las formas estéticas de la literatura anglosajona –sobre todo del cyberpunk– para crear su propio ciberpunk, con i latina.
Otra propuesta radical es la del crítico argentino Roberto Lépori y su relectura del poema “Primero sueño” (1685) de la novohispana Sor Juana Inés de la Cruz a través de claves teóricas de la cf. Lépori hace un importante y profundo recorrido por las teorías que lo llevan a concluir que esta relectura no es tan arriesgada, dentro de lo que llama “ciencia ficción barroca”, y que nos permiten presentar a Sor Juana, quizá como la primera escritora de cf de América Latina.
¿Y qué hace un ensayo sobre Sor Juana en un número sobre cf del Caribe hispano y Centroamérica? Quizá se pregunte el lector. Lépori me convenció con el siguiente argumento: recordemos que Sor Juana no es “mejicana”, ya que Méjico aún no existe como nación, sino que es súbdita del Virreinato de Nueva España, novohispana pues, que incluye lo que hoy llamamos Centroamérica y el Caribe. Sin duda el ensayo más extenso de los presentados, quizá sea también el más intenso.
Sin ser menos importantes, nos llegan dos ensayos más sobre Costa Rica, que como indiqué arriba, ha crecido exponencialmente en la producción de cf y también en la crítica académica a ésta. Si bien hemos visto aparecer autores como Laura Quijano Vicenzi, Jessica Clark, Laura Casasa Núñez, Antonio Chamu, David Díaz Arias o Iván Molina Jiménez, la investigadora Verónica Ríos nos recuerda que la cf del país tiene precedentes en figuras como la de Carlos Gagini y su conocida novela anti-imperialista La caída del águila de 1920. Novela que utiliza la cf para adelantar el constante intervencionismo de los EE.UU. en América Latina a lo largo del siglo XX y como comentario crítico de un intervencionismo y conquista que ya había sido notorio durante el XIX. Este miedo al coloso del norte se mezcla además con los deseos del protagonista principal de mantener una distinción de lo hispánico frente a lo sajón –aunque a veces queda un tanto rancia– y un anhelo de mejorar Costa Rica a través de los criterios científicos de progreso imperantes a finales del XIX y comienzos del XX.
El ensayo de Ríos nos abre las puertas hacia la cf de una Costa Rica de hoy, en la que todos los autores del momento que nombré anteriormente, se unieron para compendiar la colección Posibles futuros. Cuentos de ciencia-ficción (2009) [4], dando lugar a una breve pero celebrada primera colección de seis autores del país, en un poco habitual mano a mano entre ellos y ellas.[5]
De este grupo, es destacable la labor del historiador Iván Molina como difusor del género en Costa Rica y fuera de ella. Es además el autor con más obras publicadas (tres colecciones de cuantos), y es a estos cuentos a los que David Díaz Arias dedica su ensayo en esta revista. Díaz repasa la obra de Molina para después centrarse en el tema de la nostalgia que recorre algunos de sus cuentos cuya temática es el viaje en el tiempo. Quisiera destacar que una característica que Díaz ve en los cuentos de Molina Jiménez es, a mi modo de ver, extrapolable a casi toda la cf de calidad en español, una literatura que “ […] pone énfasis en las relaciones sociales, las identidades, los encuentros, las experiencias y en los sentimientos de los personajes […] ”, en vez de ser “ […] una ciencia-ficción que se interesa por la caracterización de la tecnología futura […] ” (12). Como la de Molina Jiménez, la cf en español está, principalmente, “centrada en lo humano” (12).
Yo tengo poco más que decir. Aquí sigue el testimonio de estos escritores, críticos y ensayistas que han contribuido amablemente a este número 23 de la revista Istmo que he tenido el privilegio de dirigir. Como dice Roberto Lépori en su artículo sobre Sor Juana, “[s]uspendan por un momento la incredulidad […] ” (18) y abran los archivos que acompañan esta presentación. ¡Qué disfruten!

Notas

[1] Debe de notarse una inevitable aparición de la aportación de España en la cf en español en general. Primero por razones obvias de lenguaje, segundo por el peso editorial de España, que incluye también revistas y premios como el UPC de Barcelona, y tercero porque las revistas y foros de la cf en español no excluyen en función del origen, pero sí muchas veces, en función de la lengua, así las revistas que publican en español tienen habitualmente una variada representación nacional del mundo hispano. Separarlos puede ser práctico con fines metodológicos regionales o nacionales, pero es, a mi modo der ver, artificial y hasta problemático.
[2] Válganos de referencia al tema un artículo de El País y otro de la BBC que pueden hallar en la bibliografía (Andreu; Westcott).
[3] Como los de Gabriel Trujillo Muñoz, Biografías del futuro: la ciencia ficción mexicana y sus autores, y Ramón López Castro, Expedición a la ciencia ficción mexicana, publicados en el 2000 y el 2001 respectivamente; o las de Luis Cano, Intermitente recurrencia. La ciencia ficción y el canon literario hispanoamericano, y Pablo Capanna, Ciencia ficción. Utopía y mercado, ambos publicados en Buenos Aires en el 2006 y 2007 respectivamente.
[4] Hay más autores que han escrito cf en Costa Rica. Daniel Koon da una lista más completa en su sitio web.
[5] Véanse las críticas aparecidas en Axxón y en Cosmocápsula.

* Juan C. Toledano Redondo. Lewis & Clark College, Portland, Oregon, EE.UU. toledano@lclark.edu

El tren del diablo

Publicada originalmente en Revista Colofón

《Una crónica ferroviaria entre Ecuador y la Mesopotamia argentina.》

A esa hora de la tarde, el hall de la estación Lacroze era la estampa de un campo de batalla.
Decenas de cuerpos amansados por el tedio, o contagiados por el inminente cementerio, interrumpían el serpentario de mosaicos.
Grupos de sobrevivientes, esperanzados acaso por el propio retraso, esquivaban bultos exangües de carne, de plástico, y se acercaban a la única ventanilla activa en la que un oráculo, entre la mugre ancestral y los barrotes, repetía inagotable que los papeles impresos con día y horario poco valían.
Resignados a su destino.
Recién llegados que pensaban en salvarse.
Optimistas que mercaban influencias.
De existir, así habrían de agitarse las cosas en el limbo –con desgano acotó alguno de los dos, antes de ir y amodorrarnos en el cuenco de la siesta.
Inti se entregó al sueño.
Opté por fumar y vigilar. Un pie mantenía en la mira las escaramuzas contra la ventanilla. El otro, a unos sesenta grados, continuaba en las vías como una prótesis metálica. El sol despreciado por el acero lanceaba los ojos. Los rieles, indiferentes a decenas de vagones sin máquina, se reblandecían.
Fumaba y vigilaba.
El serpentario, inmutable.
El oráculo negaba cualquier rastro de buena nueva.
Cuatro horas, por lo menos, llevaría reacondicionarla.
Los cigarros. La pereza. La urticaria de la espera.
Tenía como hábito –o como antídoto- resumir en un cuaderno de tapas duras y azules cada uno de los trayectos. Apuntes sencillos: un párrafo, media jornada.
Hubiera sido frustrante, con ese tiempo todo a disposición, habérmelo olvidado. Pero ahí estaba, dócil al tacto.
A riesgo de que la lapicera no funcionara o de que su tinta no fuera negra o de que llegara la máquina o de que la despertara, me erguí, desaté nudos y bolsas y lo abrí por la mitad de la mitad ya escrita.
Pasaba las hojas adormiladas. Las volutas hacían del aire papel de calcar y, por entre los manchones blancos, las vías que creía vigilar fueron otras vías lejanas, así como otra la máquina que arrastraba vagones distantes, semejantes.
Meses, tal vez años antes de esa dilación infernal, vivía en Ecuador. Mi vida era Guayaquil, cinco días hábiles, dos en tránsito. Vaivenes de rutina y de viaje, y un día por azar oí la historia de un tren cuyo rasgo principal era llevar pasajeros sobre el techo, en leva voluntaria.
El mensaje de Marco llegó un jueves por la tarde: “mañana salgo para Cuenca, ahí nos estamos viendo”. Hacia el atardecer del viernes dejé el Guayas. Poco antes de medianoche había arribado a una ciudad de 450.000 habitantes a la que en otro momento volvería y de la que conocería sus calles limpias, su conciencia medioambiental, su sistema de clasificación de residuos, su foco en la autogestión, su inaudita agua potable, su servicio eléctrico comunal, sus inevitables taxistas paranoicos.
Nada de eso me alcanzó la noche del sábado 12 de julio de 2003.
Desde la terminal de Cuenca iniciamos en grupo el camino hacia el Parque Sangay, provincia del Chimborazo, a visitar la comunidad de Ozogoche, en la que nuestro organizador y guía tenía amigos.
A cuatro mil metros de altura, Ozogoche encajonaba la laguna Cubillí o Cullibí –mis apuntes no son claros- repleta de truchas. Por las bajas temperaturas, esos peces ofrecían más contenido calórico que cualquier otro animal o alimento.
Caminamos por la tierra de pastos áridos, charlamos con quienes vivían en la reserva, pescamos -o trocamos la pesca de los reservistas- y envueltos en la luminosa energía andina, descendimos a los dos mil metros de Riobamba.
Ciudad tipo de la sierra ecuatoriana –como Cuenca, Baños, Cotacachi- Riobamba es ocre, amarilla, rojiza, baja, tranquila, fresca, seca, con ferias, y con el aspecto de haber sido barrida en sus calles y pintada en sus muros hace apenas unos minutos. Se distingue de urbes costeras como Guayaquil, por la ausencia de los ramalazos de velocidad, de gritos, de sol a plomo, de humedad, de ominosos barrios cerrados a las invasiones (favelas de allá), de dinero -de los camarones, de las rosas, de los plátanos- que hilvanan el día a día.
A Riobamba habíamos ido a satisfacer la ambición de viajar en azotea.
Dormimos en unas dependencias del ejército ecuatoriano que Marco había obtenido a préstamo. La habitación era un amplísimo salón poblado por camas cuchetas con ropaje militar.
Cenamos las truchas fritas en manteca. Bebimos como aperitivo un canelazo del que conservo todavía la receta en letra rápida: 1 litro de agua / 1 porción de canela / 200 gramos de panela o azúcar / cáscara de naranja o limón / hervor hasta reducir y, claro, licor de caña. Junto a los fogones que espantaban el frío y lo negro, suelta la lengua, hablamos del tren de la mañana siguiente. Los lugareños decían que el uso nada más había nacido por costumbre de quienes necesitaban ir sierra adentro y no contaban con dinero.
El viaje era sus condiciones. Sacar el pasaje el día anterior, y por la mañana anticiparse para encontrar un lugar. La partida era a las siete.

El techo -como el de cualquier vagón- era una anormal plancha de acero grávida en la parte central que le daba un mínimo aspecto dos aguas. Una balaustrada rústica de hierro cilíndrico permitía sostenerse y asomar las piernas sentado de cara al paisaje. El tope de pasajeros lo daba la extensión de la baranda. Viajar en el vagón, desde la perspectiva de un turista (único público encantado), era una opción muy semejante a no viajar. Habíamos rentamos siete horas encaramados y disfrutábamos atajando, espantando, tolerando el viento, el frío, el sol abrasador, el aire límpido, los manchones de humo. El engranaje bufaba en cada curva. Las vías se mimetizaban con la irregularidad de la montaña. En esos trechos los vagones reverenciaban la madre tierra, amenazando con librarse de la carga en un sacrificio anticipado.
El desprecio por la vertical -por lo irregular del terreno y por el mal estado de las vías- era la dosis de adrenalina garantizada al turista. Los empresarios, por lógica, no militaban el imprevisto. Al vender el pasaje, los boleteros esgrimían un reglamento que advertía que por esa decisión la empresa no se hacía responsable.
A velocidad sostenida, a la buena de algún dios y a merced del abismo, nos esponjábamos sobre la nata para ver valles cultivados, animales tallados sobre cerros, trabajadoras apuntalando con su frente la tierra, un escenario agreste con pircas segmentando estáticas el terreno sin alambrar.
El robot domesticado que nos llevaba en el dorso de su mano cada tanto paraba. Al vagón descendían los que habían visto suficiente. Los menos madrugadores subían por una escalerita al techo para amortizar el pago.
El freno del motor diésel arrastrando puro fierro agitaba la economía local. Los de arriba compraban bebidas, comidas, artesanías en serie. Por primera vez probé el morocho, fermentado de maíz parecido a la chicha coronada con una crema pegajosa y muy dulce.
Los pasajeros habituales descargaban a la rastra sus bolsones abasteciendo las despensas. Constelaciones de niñitos se alineaban a la llegada y la salida de la máquina para recibir monedas de dólar local que se estrellaban contra el polvo. El vaivén del aparato y la velocidad eran los jueces. Terminada la cosecha, los niños eran nuevamente puntitos, los pasajeros descendidos, matas.
El tren arrancaba y entre el estrépito surgían comentarios panlingua en el techo: alemanes, ingleses, holandeses, franceses y otras embajadas afines. Era difícil saber si algo oían desde dentro del vagón, o si les interesaba.
El recorrido parecía direccional. Riobamba – Guamote – Alausí – Sibambe.
Entre Alausí y Sibambe estaba el alucinado destino donde paradójicamente no terminaba el viaje aunque fuera la razón secundaria por la que -dejando a un lado el techo- habíamos decidido viajar. Por respeto, por miedo, por superstición, vaya a saber, en el pasaje no se lo imprimía, ni se lo nombraba.
El tren abandonaba el camino lineal de montaña y descendía por la ladera del cerro en zigzag, avanzando y retrocediendo sobre las vías. Era un péndulo monstruoso obligado por la fuerza de gravedad.
Una vez sobre la base del cerro –el estupor en los rostros- la máquina entraba a una vía muerta que surcaba el valle a lo largo de unos mil metros y se detenía. De allí la máquina sólo lograría salir en reversa.
Aterrizados sobre esa vía inconclusa, la bandada desenfundaba las cámaras. Era la misa de los guías para explicar la dudosa formación rocosa dislocada fenomenalmente en la anatomía ultramundana.
Las frases rápidas y escasas de mi cuaderno me permiten intuir que justo al acabar esa vía sin más allá, un cartel ayudaba al que iba en procesión, entre el óxido y los pastos, con un ´Bienvenidos a la Nariz del Diablo´. Dicen quienes saben que no por su forma prominente el nombre apelaba al Malvado, sino por la enorme cantidad de trabajadores que habían muerto mientras tendían una de las líneas de ferrocarril más extremas del mundo.
Media hora después, Sibambe y el cierre del recorrido.
Algunos turistas regresaban siete horas con el mismo tren; los menos pacientes, en buses. Mi cuaderno y mi memoria omiten el dato de mi suerte.
Había dejado, sin embargo, a modo de trueque un apunte fugaz en la página subsiguiente que viene a cuento. Sobre una línea recta había escrito: en lengua quichua el futuro es ´k´ipa´, está ´atrás´ y es lo que no se ve; ´kay´ es aquí y es presente y es lo que puede verse; ´ñaupa´ significa ´adelante´, es el pasado, lo que se ve y es lo que ya sucedió.
Tener el pasado siempre frente a las propias narices, pensaba mientras leía, no estaba nada mal, o no era algo que en verdad pudiera escogerse, salvo que uno creyera que la voluntad -ciega y todo, como en mi caso- había elegido demorarme por una máquina ferrocarril averiada para que mi pasado irrumpiera en esas hojas, así como ahora penetraba en el andén el mecanismo reacondicionado.
Los insultos se despertaron.
Puñados de cuerpos caminaron hacia las vías con la decisión con que la harían el día del juicio, la mirada en el piso, los brazos a un costado.
El oráculo había abandonado la ventanilla.
Nos levantamos. Inti fluctuaba entre los retazos de sueño.
No sospechábamos que esa dilación daría todavía sus esquejes. El viaje desde la porteña estación ferroviaria hasta la tórrida Posadas tendría que haber durado dieciocho, y se extendió por treinta y seis horas, sin baños, ni agua, apenas vías, diésel, un suicida que al atardecer se descolgó sobre un barranco y cada tanto un maquinista interesado en avanzar.
Hora más tarde, la saga de percances todavía en ciernes, la luna rabiaba contra los chapones del gusano metálico que atravesaba la Mesopotamia argentina.
Al ardor de ese reflejo, imaginé a horcajadas sobre el rectángulo superior, sin barandillas ni nada, a los desertores del cementerio próximo a la estación Lacroze, lanzados a la búsqueda de un destino mejor.
Sentí una profunda lástima por mi constante rol equívoco. Si para el lugareño el turista es una sombra que no deja estela (excepto la metálica), para quien ha muerto, un vivo es un pueblerino que por una moneda desnuda su temblor.
Espantado, anulé toda idea abriendo el cuaderno de tapas duras y azules. Bajo la lamparita enrejada escribí con tinta negra que, por lo menos a esa hora de la noche, tendría algo para hacer. Atrás -en otras hojas manchadas por un párrafo / media jornada- había quedado la nariz. Por delante, días sin bañarnos y escasos de comida, la chorrera inclemente de la garganta del ubicuo diablo.
El infierno no es tanto una caverna en llamas como un tren que avanza y que insistentemente confunde dónde queda esa porción de tiempo llamada ñaupa.

Virtuales Gurúes Impostores

Virtuales Gurúes Impostores / El hacktivismo y la revolución pendiente de la cultura libre y abierta. < Cibercrónica >

Esta crónica cibercultural reconstruye la historia de un joven hacker argentino que erosionó, a través de la mentira sistemática, la sustitución de identidad y el terrorismo psicológico, un segmento de la trama destinada a la ´revolución de la cultura libre y abierta´ integrada por fundaciones, cibercorporaciones, productoras audiovisuales, medios de comunicación, dependencias gubernamentales, organizaciones, universidades, propuestas pedagógicas alternativas, antropólogos esotéricos, niños índigo, profetas del transhumanismo, entre otras instancias y entelequias.
Después de haber merodeado decenas de proyectos tecno-redentores, de haber alcanzado la asesoría de Conectar Igualdad, programa estatal dedicado a acortar la denominada brecha digital, de haber complotado para convertir en viral a La Educación Prohibida, primera película argentina financiada colectivamente, crítica de la educación tradicional y defensora de pedagogías para seres humanos del nuevo milenio, el joven hacker traicionó a sus pares y al anhelo intrínseco de un nuevo orden social que habrá de trascender el Mercado, el Estado y el Capital con las nuevas tecnologías como estandartes.

La historia de ese infatigable experto de personalidad múltiple es conocida por quienes voluntaria e involuntariamente formaron parte del entramado al momento del atentado y de su triunfo repentino. Para el resto, el hereje digitalista -¿mutante en un sistema al borde del delirio?, ¿parásito de ciénagas académicas?, ¿engendro de la wikipolítica? ¿gurú anti-sistema?, ¿revolucionario?, ¿terrorista?, ¿impostor?, ¿héroe del siglo XXI?- es un anónimo.

“Esa persona ha cometido probablemente el primer robo sistemático de capital social en el mundo P2P.” [Franz Nahrada, agosto de 2013]
“¡No se lo puede llamar activista! ¡Es un delincuente!” [Beatriz Busaniche, agosto de 2013]
“La historia necesita ser contada ¡y será contada!” [Michel Bauwens, agosto de 2013]

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Odio lúcido. Diario de un nóia.

Publicado originalmente en Revista Colofón. Aquí

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´Estou apenas, e não sou guiado por nada.´ –  Edson di Carvalho. Nossos mortos [2013]
-18 al 19 de julio de 2013 [9pm – 4am]-
Conocí a João, un domingo. Esa noche estaba además Henrique, joven, morrudo y con su peculiar modo de hacer amigos vendiendo erva, maconha o lo que pidieras.
Días después, a media tarde, a la entrada de la cámara de los vereadores, los ediles, me reencuentro con João. Habló largo -dinero, policía, corrupción. Hablaba y señalaba arriba, reconcentrado.
Jueves 18. Fui por fin a su casa. La milagrosa hospitalidad de un crackeiro.
Me cuenta la historia de la mujer con la que tuvo un hijo. Se siente abandonado. Me cuenta también que fue despedido hace tiempo de un trabajo, por negro. El prejuicio hacia él. De pronto estamos discutiendo sobre los jornalistas asesinados en Brasil. Mezclamos a cada rato. El prejuicio hacia mí y la cobranza por mi incapacidad. Me pierdo, pero no por la maconha, como insiste, sino porque me quedo pensando en qué dice y si tiene coherencia. Entiendo igualmente gran parte, le digo.
Me llama ´Espectro´, alguien que solo vive como reflejo. Ríe sostenido, y repite, ´espectro´. Él es el Anónimo. Su apodo podría también ser el nombre de pila legal que creo conocer por error y sobre el que nunca indagué. João, el Anónimo.
Los moradores de rúa. La vida en la calle. Los centros de día –o de acolhida- para comer y bañarse, o la inmensidad del espacio a la noche cuando deambulan ciegos, el albergue municipal, o las rondas de busca y rebusca por la avenida Andaló.
João odia al sistema de salud que sólo le da dinero y estatus al médico –dice- cualquiera sea su función, mientras los moradores ficam na sua, repite, aunque ya no se enoja.
Vivir de pie, entre la violencia. Odio lúcido. El crackeiro ve la estratificación que premia: dinero, carro, bunda gostosa. Apartheid es esta sociedad brasileña. Su cúspide, dice João, es nada. Por eso hay tantos depresivos arriba que deprimen a los de abajo.
Número de crackeiros en Rio Preto. Muchos. Y de moradores de rúa. Unos mil.
Molequinho crackeiro, pibito viciado. De su boca sabe João de por lo menos tres robos a mujeres: uma namorada novinha y otras dos mayores que lo convidan con crack para cebarlo y a las que después les cae a robar. Unos dieciséis años, el moleque y de familia de policía. Sus tíos, ricos. En la casa de la novia era la atracción. Le hacían sacar la camisa para mostrar el tanquinho, dice João, el pecho a las damas que rodeaban una piscina. Y a la chica le afanaba guita cuando estaba durmiendo, post-coito, remata con el mismo pudor que lo lleva a esconderse para encender la piedra.
Muchas veces a oscuras, él fuma, yo fumo, afuera el centro de Rio Preto.
Al pendejo crackeiro que paseaban en cuero por la casa para que los invitados e invitadas lo vieran y se babearan, se culeaba a la pendeja, su novia, y se la montaba a la madre también, y a las dos les robaba. Le pregunto si no se clavaba al padre que escucharía mal que mal y de rebote las biabas.
No le gusta nada mi pregunta. Se ofende. Hay una tercera cuestión. Me la reservo. Algunos crackeiros ven en esa acción que queda a medio decir una venganza. Otros buscan para dársela por aprovechador y por provocar mala fama. La venganza, la delación, la agresión son más bien chicanas para hundir a algún equis. Es una historia de la que me gustaría saber más, pero hay prioridades.
Primera salida. Regla fundamental. No somos responsables de lo que hace el otro, aunque sea una mierda.
Avenida Bady Bassit. Noche. Caemos a uno de los buracos para dormir donde está un amigo de João con una facada (que no vi) en la cabeza. Sí vi una sigla –SF- que el corte de pelo dibujaba al costado. Según ese amigo significa ´security force´. Insiste con la sigla y con la de los EE.UU. Con su conversa ronca, el nóia de la sigla en la cabeza, al que más adelante conoceré como el Frankie, habla de matar.
Me dice el ´Cara Pálida´. El Anónimo asiente. Está convencido de que necesito ser adiestrado, saber mirar en los recovecos que forman la calle y la noche, apenas interrumpida por el naranja enfermo de los faroles. Otros moradores, en un futuro, me hablarán del ascetismo y del conocimiento de sí que es vivir en la calle.
La primera salida nocturna deja a João cansado y agresivo. Al día siguiente me dirá que la familia le enseñó a ser educado. No podía decirme que me fuera.
En la vuelta de todas formas me cuenta su antiguo deseo de estudiar policía, casi un secreto. Aplicó para la PM [Polícia Militar] y falló en un test psicológico. Antes me había dicho que a los 18 había estudiado inglés y otros idiomas. Pensaba formarse para salir de la nóia. Es un fracaso, así lo dice, que le duele.
Paranoia y enigma. Me dice João que si lo pienso bien, así como los EE.UU. infiltran guerrillas, al ser yo puesto acá en Brasil meses antes de que comiencen las revueltas en las que nos conocimos… ´Ou você acredita no acaso?´ Diversos caminos vacíos para un lugar común. Soledad, descrédito, falta de conexiones o conexiones equivocadas.
Me pregunta cómo llegué a Brasil. Le digo ´oea´. Sonríe por lo bajo interminables segundos. Después es carcajada y silencio. La sala vacía, la ventana a la calle por la que entra la única luz de la casa en ese momento y también el fresco.
Muchas veces me lo aclaró. No me da ninguna historia. Habla. Retengo. Pongo lo mío.
-19 al 20 de julio de 2013 [2pm – 1am]-
Me ligó a las 11am. Hablamos a las 2.30pm. Ahora parece que me va a ayudar a escribir y que me va a sugerir ideas. A la noche no porque está la señora de al lado a la que le molesta el ruido. El asunto era nomás que quería consumir.
Es de las pocas veces que lo veo con crack. Al llegar me dijo que esperara, que estaba en el baño. Fumó a escondidas en la pieza. Más tarde preparó un poco mientras yo comía lasaña que había llevado. Estaba loco y tranquilo.
Pusimos una lamparita en la sala principal sin luz. A la casa se entra por ahí. Hay tres sofás desvencijados todos ocupados con revistas apiladas -para disfrazar.
João fuma por la mágua, por estar maguado. Cuando se siente solo y rechazado, piensa ´vai se fuder, vou fumar todo´. Ayer me contó más del hijo al que no ve.
João nació en Sampa y vivió hasta 2008 o 2009 antes de mudarse a Rio Preto. En 1996 o 1997 comenzó con el crack, previo paso por la cocaína. En aquella época, compraba en una boca conocida por la pureza como ´cem por cento´ (digamos, la bolsita de polvo puro a R$ 10).
Una mujer en Sampa y otra menina local a la que conoció a unas cuadras, por la rúa Marino. Crackeira que lo usó, según él, para consumir sin pagar. Después se fue con los nóias de la plaza de al lado de la biblioteca –lo que ahora es a praça de graça-, la antigua cracolandia de Rio Preto.
Hoy recién vi en la heladera un papelito con fecha del 19 de septiembre de 2012. Tiene dos frases, una escrita por él, otra por la menina gostosa. Frase do João: ´Não é saudável ajustar-se a uma sociedade que está doente.´ Frase da menina: ´As pessoas gostam de você proporcionalmente ao que parecem…´ (Em esta frase -me diz- falha a concordância).
Segunda salida nocturna y de ronda.
Le presté um diezão para la dosis. Bajamos por una calle perpendicular a la del centro y llegamos a la avenida Andaló. En la esquina esa no había piedra. Subimos hasta el puente que cruza y que une Independencia con la avenida Potirendaba. Le conté que conocía ese posto de gasolina. Pasé por ahí, semanas atrás, arriba de la catraca São Francisco.
La ciudad está vacía, sórdida.
La plaza a la que estamos yendo a comprar queda tres o cuatro cuadras para adentro de la Potirendaba. La referencia, en una zona siempre en penumbras, es la escuela. El recorrido total es de cincuenta cuadras. Caminamos. Dentro del barrio nos mantenemos yirando. Los dealers corren de un lado al otro. Mi presencia los hace desconfiar. No ser del barrio es un problema. Ser gringo es un problema inaudito.
Aparece un señor de unos cincuenta años que se queja. Cómo puede ser –creí entender Cecilio de nombre- trabajar toda la semana para llegar al viernes y tener que andar corriendo moleques -pendejos- que se escapan y que no quieren dar el bagulho, a pedra. Ciertamente son esquivos. Cecilio es albañil, pedreiro, trabaja con lajas y, según dice, lo hace para un empresario rico y dentro de un condominio importante.
Los punteros tienen un intrincado sistema de control. Algunos rajan mientras los vigías pasan la información, cuadra a cuadra, vía celular de los movimientos de los visitantes. (Las chicas que venden dosis son magníficas a la vista.) João se enoja y me reta porque hablo muy alto. Siempre cree que hablo alto y que doy información. Puede que tenga razón.
Si me mando la cagada, él no me defiende, ni se arriesga. Lo sabemos. Pero si la cosa se pone pesada porque sí, ahí se ve. La segunda salida fueron dos horas de caminata. Abandonamos una zona de calles con nombres portugueses -Lisboa, Estoril- con canchas y con casitas ordenadas que conviven con la droga fuerte. Por la zona vi también una creche –un jardín. A la ocupación de la cámara de vereadores fue varias veces una trabajadora social; tal vez trabaje ahí. No es tan lejos del centro.
Volvimos más rápido. João dice cosas que quería decirme ayer, me habla de la encuesta artesanal que hizo sobre la ocupación de la cámara. Muchos estaban en contra. La idea de representación que tiene el brasilero es no de igual a igual sino de idealización, dice. No explica más aunque muchas veces no hace falta. ´Se es ser humano hasta ser político´, había dicho João en los días de la ocupación. João como DaMatta ve que el punto, en esta sociedad, es poner el pie sobre el otro: ¿sabe usted con quién está hablando?
La idea de subordinación lo vuelve loco. Es la misma que usa al agredirme, al tratarme de estúpido y de sin memoria. En algún momento sabré que quería ponerme de testigo inventado en un juicio que el propio João le seguía a un supermercado por echarle encima los guardias de seguridad bajo sospecha de ser él un carterista.
El crack es peripatético. Da mucha energía, se anda y se anda. Produce infinitos pensamientos, y paranoia, según me cuenta y lo advierto. Al final, en la vuelta, João se asustó de una barca de poli y se adelantó. En la puerta de su casa nos separamos. Estaba apurado por entrar a fumar. La piedra le dura poco. Lento es el ritual que, hoy vi, tiene muchos pasos. Después sale a caminar solo por horas.
A nóia.
Um nóia.
Nego maluco.
-20 de julio de 2013 [4pm – 6pm]-
Como anoche le había prestado dez contas pra o rolé, a eso de las 4pm me convidó a comer. Le había prometido ir a la feria de verduras para ver cómo trabajaba. Engripado, me levanté tarde. Por la fumata, él también. Cuando llegó a su puesto, estaba ocupado por otro. Pasó por algunos restaurantes, consiguió marmitex y me invitó.

En alguna caminata, algo vio. Remarcó que tal vez la policía estuviera persiguiéndolo. Con el paso de los días se ha mostrado más paranoico. Quiere contarme menos. Fui claro desde el comienzo. Le dije que no quería decepcionarlo.
Intenté por dos veces que me dijera cómo sucedió, en la ocupación, lo del menininho crackeiro, entre el viernes y el sábado pasados. Ya me había dicho alguna cosa sobre la actuación de Marilia que no lo había cuidado bien al pibito, etc. Pero no conozco la historia base y él -me dice enojado- se cansa de repetir. El problema no es repetir sino completar historias que empieza y que deja.
João me cuenta su idea de ir a ver a un vereador para pasarle info. Dije que no. Luego me dirá que reflexionó sobre eso. Estaba mal.
En una tevé pequeña colgada de un rincón miramos un partido de un descendido Palmeiras, equipo al que seguía cuando vivía en São Paulo. Me explica (ese es su tono) que no hay que idealizar a los moradores de rúa. Todos en la escala social son bandidos: cada cual busca aprovecharse del otro y cagarlo. Por eso, aunque en el fondo la acción contra el menino de la ocupación haya sido ruim, el error era querer protegerlo.
Entre los moradores de rúa hay asesinos, violentos, locos, crackeiros, personas que eligen esa vida y todos quieren sobrevivir. En medio de esa explicación, vuelve a la historia de cuando lo echaron de la fábrica -o empresa- en la que trabajaba. Ahí perdió todo. Lo rajaron por negro. Esa es su mayor mágua. Está revoltado frente a la injusticia.
La nóia.
Quiere volver a ocupar un lugar social: trabajador con dinero y familia. Le digo que me parece que la sociedad brasilera funciona así y que, en todo caso, podría desear otra cosa. Pero no me escucha cuando le hablo de contradicciones.
Es Testigo de Jehová -a primera vista no parece un dedicado practicante. Iba a una iglesia del barrio. Dejó de ir. Lo habrán discriminado por fumón.
Maconha / crack. A la primera la odia y, además, la relaciona conmigo. Dice que me olvido por usarla. Defiende al crack. Da más lucidez.
Le pedí que me acompañara al barrio Santo Antonio, buraco de los buracos en Rio Preto, pero ahí no tiene entrada. Está peleado con algún foda y lo creen de la policía. Uno prometió matarlo. Me dijo que fuera con el gordito de la toma -Henrique.
Esa misma tarde del partido de Palmeiras, hablamos del rap de los ochenta en Sampa. El inicio en las catacumbas paulistas de lo que hoy virou chic. Me contó también de su adicción a navegar y a hacer amigos virtuales. Por una hora rondamos la computadora.
Antes de despedirnos, me dijo que más tarde, cerca del albergue –Bady Bassit e Independencia- podía ver los cachorros quentes, las saladas de fruta y los refrescos, todo eso que les dan a los pobres moradores rejuntados, a la espera.
Fui y me quedé en la esquina del Banco do Brasil.
Los del dormidero cercano al banco, los del otro dormidero cerca de Vila Dioniso (un bar), más los del albergue, cuento unos 20 moradores de rúa. Como mucho, Rio Preto debe tener unos 100, pero está el mito de los miles.
Los negocios cierran a las 6pm. Antes de las 8pm, sus techos o sus aleritos de ingreso, se pueblan de futuros durmientes. Muchos dejan los trapos disimulados entre los arbustos. Otros nunca duermen y hacen base y deambulan.
Estoy en una pilastra del banco. La espera termina. Llegan tres autos de alta gama. Los baúles largan viandas (comida, bebida, postre). Suelen también repartir ropas. Blancos de clase acomodada que pertenecen a iglesias evangélicas. Esa dádiva es su militancia.
João me había tirado el dato de la repartija para ver qué hago.
Volví a encontrarme al Frankie y esta vez me apodó Renato Ruso.
Al acercarme al grupo que recibía los lanches, esas limosnas, me ofrecieron uno. Dije no. La invitación era ya alimento. Estaba satisfecho.
-03 de agosto de 2013 [6am – 9pm]-
Este sábado nos vimos. Pasé por la casa a visitarlo y salimos a dar una vuelta. Desde la última entrada que registré en el diario, hubo encuentros más breves.
Un viernes -después del fin de la ocupación y de una semana complicado por la garganta- fui a la casa. Hacía frío. Lo acompañé hasta una iglesia pasando la Andaló, cerca de la plaza de la Higuera donde suele parar el Hippie y donde escuché de boca de Zé la historia de la expulsión de los negros de un barrio décadas atrás, hoy residencial, el Boa Vista.
João quería mostrarme otras maneras de cómo la clase alta alienta a la caridad. En la ida y la vuelta de la iglesia –salón de recepción, mesas con manteles, platos finos y hasta banderines de cumpleaños para los veinte o treinta necesarios famélicos- el Anónimo repasó mis acciones en las salidas previas, mi falta de experiencia, mi poca viveza.
Me fui rápido. Dejamos por la mitad la charla sobre Rio Preto. El Anónimo cree que algo del pasado caipira y de las fazendas que hay desparramadas por toda la zona llevaron a una relación rústica entre las personas. Si sumamos a esto el dinero, es explosivo. Lo compara con la apertura de las personas de Sampa, a la que extraña.
Eso fue un viernes.
El sábado 03 deambulamos y llegamos al centro, a la zona de la iglesia principal, la catedral. Atardece. En un buteco, barcito de la esquina está el Hippie escuchando Marley en una rockola, borracho de cerveza y pinga, y fumado. Baila.
Cruzamos de ahí a la plaza.
Aparece la gente de la rúa, todos se conocen entre sí. Éramos el Hippie, el Anónimo, el Frankie, el chico de bermudas azules y otros dos. Mala onda. Unos colombianos andaban merodeando –no entendí si en la calle o en la plaza. Agitados por el asunto ´gringo´ pasaron a hablar de Argentina, de cómo es, de cómo se habla, según había desparramado el Hippie que había vivido en Uruguay, casado con una local, y viajado por Argentina.
Esto, por momentos.
El Frankie -el que tenía ´SF´ dibujado en la cabeza- contaba que le habían pegado y que quería comprar un arma para matar. Lo decía así: quiero matar, como se desea un caramelo. Parece inofensivo. Habló del accidente en una moto –mostró la cicatriz en la pierna- y de cómo pasó sus días en el hospital cumpliendo años. Mezclaba. Insistía con que le habían dicho nazi porque estaba rapado a los costados. La vestimenta es importante. Según el Frankie, se viste mejor ahora, que está en la calle, que antes. Al de bermudas azules lo llaman ´mendigo-boy´, es decir, ´mendigo playboy´, usa las mejores ropas posibles y le gusta hacerlo.
Hablaron del Comando Vermelho y de otra organización criminosa. Son el verdadero Estado, las únicas organizaciones que hacen sentido y a las que deberían responder. El código de Comando Vermelho son la ´c´ y la ´v´ formadas con los dedos índice y pulgar de una mano, índice y medio de la otra. Es un tema que pone serios a todos.
Salimos de la plaza ya de noche. El Hippie –escabio y pesado- me pidió una mochila porque no tenía dónde poner las artesanías que vendía. Bajamos desde la plaza hasta la avenida Bady Bassit e Independencia. Como era sábado había mucha gente –llegué a contar más de 25. Nos quedamos dos horas hablando.
Ahora, desde adentro. Estoy sentado, y miro la caravana de autos y de motos de alta cilindrada custodiada por la policía que pasea. Bocinazos. Aceleradas. Faquius a los moradores. Tema de ronda. El desprecio les duele más que la falta de hogar.
Pararon luego algunos autos con pocas cosas. Bajó un señor gordo que parecía de una iglesia, aunque no sé. El Anónimo habló del dinero que se pone tres veces, en los impuestos, en el pago a los trabajadores (médicos, asistentes), en la dádiva.
Universal justificación del presupuesto: el personal estatal aburrido se violenta contra los moradores de rúa porque sí.
Anónimo remarca siempre dónde comienza la violencia, quién la genera, cómo se la ve desde el otro lado, que es su lado. Una cosa es hablar desde la cámara de vereadores, otra es estar a la intemperie. Durante la janta de ese sábado, en una camioneta negra, pasa uno de los operadores que semanas atrás estuvo en la ocupación -donde conocí al Anónimo. Espías, vigilantes, informantes. En Rio Preto casi nada permanece fuera de control.
Días más tarde, escribo rápido, hoy es 07, le llevé al Hippie, a la plaza de la Higuera, una mochila. Una forma de pago por lo que implica hablar con él. Me cuenta historias y no soy sincero si no aporto. No le importa que yo tome nota. Me promete que me va a devolver la guita de la mochila con artesanías. Hablamos del albergue. Reconoció la mala vibra del lugar y la policía municipal que hincha las pelotas. Por una cosa, por otra, el Hippie anda high cada día. Fui cerca de las 6pm y se iba para la Bady Bassit a comer.
A las cobras hay que matarlas desde pequeñas, no dejarlas crecer –eso repetía João. Era su lema. El Frankie firmaría. El Hippie sonriente diría también que sí y pediría otro trago de erva, de maconha, de pinga, de cachaça, de cerveza o de crack, qué importa.
Sólo importa la nóia.
La nóia es la lucidez que odia.

Rio Preto, 18 julio al 07 de agosto de 2013