Sálmacis [De las crónicas del Espectro]

‘Yo no entiendo de esas cosas / sólo sé que aquí me vine…´ – Juana Inés

´¿Qué es un fantasma? -preguntó Stephen. Un hombre que se ha desvanecido hasta ser impalpable, por muerte, por ausencia, por cambio de costumbres.´ – James Joyce, Ulysses [1921]; en Antología de la literatura fantástica [1940]

Y me dijo que había sido la idea original –poné también originaria, no sea cuestión- era tallar ´Sálmacis´ en una madera y colgarla en ese espacio virginal de la entrada. Le había dado vueltas a la idea –no a la de la madera tallada, claro- durante años y el primer recuerdo que tiene –según en estos días recordaba- es habérselo dicho a una de Ellas, después del placer y antes de una nueva toreada. ´Me gustaría habitar una casita alejada y llevarte e invitar a otras y a otros con la premisa Sálmacis. Casi nada´. Algo así había sido la frase y ella hizo de cuenta que no había escuchado y se había vuelto a dar vuelta que era como más le gustaba que se la montaran. Nombre no le vamos a poner porque no le hace falta -atildó con la charla rimada que baratamente lo caracterizaba.

Le confesé –te confesé, Espectro- que lo único que se me parece a la nada es el desahucio que tu historia mancha. Allá afuera, en el Otro Mundo, resultabas -por razones ignaras- atractivo o interesante. Acá en el infierno, en el medio de los otros… qué querés que te diga… sos nada. Para eso vengo, me dijo y se quejó, si pudiera escribir, si tuviera los nervios y la carne para no andar molestándote a vos que con tantos proyectos inundás las horas antes de ocupar como corresponde la tierra que nos fue dada. ¿Cómo es –cómo será- que decís que te la montabas, vos que inmaterial ni podés escribir? Intento hasta dónde puedo. Ayer, por ejemplo, me contaba, garabateé. ´Visión quíntuple de un insecto el afuera sonoro al son del verde amarillento y gastado del otoño. Siglos atrás juré, sobre una piedra, este registro. El instante fundamental se fue desvaneciendo, se demoró en la abulia del presente, incierto.´ Pésimo, Espectro, lo pensé y no se lo dije a la luz del atardecer placebo. Sí, y porqué no, te reconozco -le reconocí- lo que me dijiste cuando nos decíamos sin saber que un día habríamos de encontrarnos. ´Acá, lo que es decir acá mismo…, acá, Brasil… está en los barrios´. Decías. De afuera, solo de afuera, uno va y ve la breya, la falsa alegría, las asentaderas, y la giria infinita, y la calle, y los chicos, y la bicicleta, y la violencia hermana de cualquiera, y la gomera, y la desconfianza ante el que invade, y la sensación de las vacaciones inesperadas. Todas zonceras. Nada que anda.

La primera vez que entré –a conciencia quiero decir- fue por Actis, la primera vez -uno de los límites al que no se aventuran los infames, excepto si cebados por la timba inmobiliaria en ese fuego arden. Entramos aquel día -recuerda el Espectro- con el Otro. Agarramos por la dicha avenida al medio y sin paradas -como se le pasa el dedo a la raja para testear la humedad del asunto y ver si es hora de enfundarla. Acoté. La mandolina en la cruz pagana. Lo distraje y le dolió que -obseso con el tango- no me calentara su antropornología de entrecasa. No te enojes, burdo fantasma, que si es por eso, que vengas, que te deje estar, que te convide unos mates y que acepte que me interrumpas la lectura, amén de ensuciar la galería, ya es bastante y no me amarga. Siento como si me hubiera abichado en un rincón desde el que espiar lo que ahora allá pasa,  en el barrio y entre los infames- escupió el Espectro a quien en sus espectrales malas formas se le notaba el resentimiento. Nadie puede estar resentido, con las estrellas como testigos en este tu y nuestro cielo -aulló. Cartucho ladraba. Tan berreta como intrigante. Alabarlo era dádiva. Tenías una deuda y entiendo que se llamase Sálmacis. Con aquella que se me daba vuelta -me dijo que ahora sí quería contarme- cuando aquella se me daba vuelta, se encontraba con que todavía no era yo sin huesos ni nervios ni carne. Supongo que quedará asquerosamente bien decir eso empezó más tarde. Un día quedé sin carne, sin huesos, sin nervios –que es como estar muerto, lo interrumpí. Nadie con Sálmacis muere, apenas renace, dijo el Espectro. Y se fue mientras le ladraba la tarde.

Lourdes – Tandil – 28-04-2014

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