Los amores de Tabú y Jerarquía. Una fábula anarco-gnóstica. [De las crónicas del Espectro en la Nueva Ciudad de Dios]

“Dicen que cuando Dios creó el mundo, después de cada día de la creación, dijo que estaba bueno. Vio lo que había creado y dijo: ´es bueno´. Pero el Diablo se le acercó y le dijo: ´yo también lo encuentro bueno, hagámoslo una institución´…ˮ. – Claudio Naranjo [2012].

“…no ha surgido hasta el momento antídoto teórico y existencial contra la sociedad de la dominación de mejor calidad. Aun cuando el alarmista se apresure en tacharla por fantasiosa, o incluso peligrosa.ˮ – Christian Ferrer. ´Sobre los libertarios´. El lenguaje libertario [2005].

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Me sucede, Espectro -le dije- que intuyo pero no logro digerir tus devaneos. Me sucede, Espectro, alcanzar la puerta y no entrar entero. Entonces ataco y te pregunto para que me des lata y me cuentes ese entrevero. Capto –dijo, con mirar chueco y espantó de un palmazo en la tarde las moscas del dulce recuerdo.

Existe una serie de malos entendidos en esto de las opciones políticas que desconfían del pragmático y democrático burgués (o no tanto) hormiguero –cuya actual manifestación máxima y absurda es el Ciber-imperio- y cuya cueva contestataria se resumiría en el anarquismo, en los libertarios (a veces libertinos, por supuesto). Por su extremo interés en atacar a la Iglesia y al clero, el anarquismo aparece como un pensamiento para la práctica que desdeña la religiosidad –ligazón mítica que une al grupo, que agolpa individuos en lo comunal metafísico… y sostener eso es un yerro, me dijo el Espectro.

A mí me gusta pensar, como pienso, que una de las fuentes más fuertes del anarquismo es el mirar herético. Canta don Ángel en La ideología anarquista [1985]: “El anarquismo, como filosofía social, tiene una larga prehistoria que puede remontarse a Lao-Tsé y el taoísmo en China, a los sofistas y los cínicos en Grecia, y que no deja de comprender, durante el Medioevo y el Renacimiento, diversas manifestaciones del cristianismo sectario y heterodoxo.ˮ Y sigue con denuedo: “Sus antecedentes inmediatos deben buscarse, sin embargo,… a fines del siglo XVIII y comienzos del XIX [cuando] surge… el socialismo utópico…ˮ. No dice ese angelado Cappelleti que en el mismo socialismo utópico –Fourier, Carlos, por caso un excelente ejemplo- incidía desde siglos atrás el hermetismo esotérico –universalista, humanista, pacifista, utópico, místico, panreligioso, pansofista- con sus raíces en el díscolo hermano hereje, allá en los orígenes del cristiano palimpsesto.

Para decirlo con pompa y con dosificada justificación. El gnosticismo como filosofía y el anarquismo como pensamiento práctico tienen su parentesco (considerando, incluso, el anarco-cristianismo a la Tolstoi, por no decir menos). Privilegian la cohesión del grupo a partir de la autodeterminación del individuo nacida del autoconocimiento y de la confianza en códigos éticos internalizados ¡y no transferidos a instituciones externas y gobernantes por la anestesia o el miedo! –cerró fantasmalmente exaltado, el sin hueso.

En pocas palabras. Anarquismo y gnosticismo glorifican la libertad y atacan la jerarquía y a la ortodoxia que es su adiposidad. Ferrer [2005, p. 8], en ´Sobre los libertarios´, sin querer lo dice con justa teología ácrata: “El anarquismo se propagó al modo de las antiguas herejías, como una urgencia espiritual que impulsó el ideal de emancipación madurado durante la Revolución Francesa… Quizá porque los anarquistas fueron los albaceas más fieles de los afanes jacobinos, tanto como correas de transmisión de la antigua llamada milenarista, pudieron transformar el lema de la libertad, la igualdad y la fraternidad en el trípode de una mística poderosa. El anarquismo transmitía un linaje de resistencia…ˮ.

No veo –interrumpí el deambular- y lo digo así, Espectro, nada demasiado original en alentar la conexión religión ̸ política que, a esta altura, es casi una ominosa obviedad (o poco menos). Es cierto, esforzado amanuense, me reconoció sin chistar, pero y sin embargo, es de una prístina claridad si uno lanza esa luz sobre el detalle sobrenatural. La opresión discursiva y la condena social contra el anarquismo se comprenden mejor si la pensamos desde la enjundia con la que se corrió y destruyó y pisó las herejías de casi todo ámbito social. No es ya religión sin más el asunto en cuestión. Es esfuerzo herético. Ese mismo precio –oh, memoria de Hans Jonas- lo pagó el gnosticismo que fue degradado de filosofía a pensamiento confuso, oscuro, irracional.

Retomo y vuelvo. Ambos -gnosis y anarquismo- aborrecen de la jerarquía –Iglesia, Estado- como el mayor mal en la imposibilidad de organizar una sociedad libre, justa e igualitaria. Cito a Ferrer [2005, p. 9-10] para acrecentar: “Bakunin insistió en que era abyecto aceptar que un superior jerárquico nos diera forma. […] Bakunin… ´descubrió´ el secreto de la dominación: el poder jerárquico como constante y garantía de toda forma de inequidad.ˮ Por eso, aunque el siglo XX se instaló en la discusión pública temáticas como la dignidad económica y la violencia de género, “…la jerarquía continúa siendo un tabú…ˮ.

Digo, amanuense, digo así e insisto. Anarquía y gnosticismo son herejías porque desprecian la jerarquía y, en consecuencia, niegan la ortodoxia: “…el pensamiento anarquista es muy complejo y no es sencillo articularlo en un decálogo, pues nunca dispuso de un dogma sellado en un libro sagrado…ˮ -te cito a Ferrer [´Sobre los libertarios, p. 13-14] porque a tal lo comprendo. Es pensar herético por insistir en un grupo organizado bajo la afinidad emotiva e intelectual de individuos educados en el dominio de su propia voluntad; propone -ese pensar- nuevos modos de vivir auto-organizados en torno de –si fueran requeridas- nuevas instituciones sin la necesidad de tecnocráticas formas externas que vemos día tras día aterrizar; defiende -ese pensar- inalienable fe en una educación liberadora que propicie en el individuo la mejor visión de cómo organizarse con, por y para otros.

Y en el mientras tanto, Espectro, quiero decir… Sí, en el mientras tanto, hereje como es, el anarquismo precisa vestir el traje de la contra-sociedad, de la sociedad secreta, de la secta. Comparten, también y claro, la virulencia intelectual -así como comparten la libertad sexual y aquella oscilación entre la bacanal y la ascesis anclada en la conexión que con el conocimiento tiene la comida, maridaje que, como se sabe, remite a la ´gastrosofía´, pero esto es harina de otro atanor. Tal cual.

Si para Ferrer el anarquismo generó un ´desorden fértil´ y sostuvo ´una imaginería política impugnadora´ (de todos los mitos oxidentales y, en especial, de la política como representación), algo semejante puede afirmarse del gnosticismo cuyo espeluznante principio contra toda jerarquía (al que abordaré alguna vez) del ´dios desconocido´ le aquerenció el mote –a veces ambiguo- de especulativamente anárquico, siéndolo sin ser y listo. Y uno de los que esto recuerda –anotá, copista, querés hacerme el favor, anotá- es el tal Fowden quien al francés Festugière invoca. Por eso –en esta danza alocada de nombres ignotos- me gusta pensar –y con esto planto la semilla de extensa parte final en tarde boreal- que la mayor dificultad para comprender el proyecto político borgeano –sí, amanuense, es Borges el conjurado convocado- es detectar que su plan está trazado en los intersticios de un anarquismo gnóstico del que pocas veces y al límite del nunca, en lo que a él mismísimo respecta, he oído hablar.

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“Hace diez años bastaba cualquier simetría con apariencia de orden –el materialismo dialéctico, el antisemitismo, el nazismo- para embelesar a los hombres.ˮ – Jorge Luis Borges [1940].

“Los cristianos valentinianos… seguían una práctica que aseguraba la igualdad de todos los participantes. Su sistema no permitía la formación de jerarquía alguna ni de ´órdenes´ fijas del clero… [d]ado que el papel de cada persona cambiaba a diario…ˮ – Elaine Pagels. Los evangelios gnósticos [1979].

Para ilustrarlo me propongo recordar algunos apuntes previos en torno de ese enorme relato leído las más de las veces como distopía y que parece ser lo contrario. Digo aquel que en El libro de arena de 1975 “Utopía de un hombre que está cansadoˮ fue titulado, y por Borges ´la pieza más honesta y melancólica de la serie´, denominado.

Arranco. Esa “Utopía…ˮ -una que ocurrirá dentro de miles de años– expone (vuelvo a enrostrártelo)- el programa político del Viejo baqueano. La peculiar propuesta de organización social responde –digo yo, yo sí, el Espectro- al anarco-gnosticismo: individuos agrupados e interconectados dedicados al autoconocimiento a través del trabajo intelectual y artístico –con la menor incidencia posible de una organización social ajena a ellos. Son –esos seres futuros- especie de super-humanos que podrían ser bautizados, junto con Hans Jonas, pneumáticos -están sobre la ley, con reglas éticas internalizadas, responden a la ´gnosis´ en un proceso de evolución milenario. Ahí vamos. Continuamos. Copio, Espectro, no pierdas cuidado –lo alenté.

Eudoro Acevedo –nacido en 1897, en Buenos Aires, profesor de letras inglesas y norteamericanas, escritor de cuentos fantásticos y con setenta años, es decir, un narrador con todos los rasgos de Borges- abre su relato camino de una llanura -sea Texas o la pampa argentina. Ingresa al mundo futuro lluvia mediante y sale con nieve final (secuencia climatológica que con justeza hace a El Eternauta recordar). Acevedo arriba a un tiempo en el que los viajes espaciales fueron arrumbados en aras del viaje interior. Percibe que quien lo recibe lo esperaba y oye la confesión apropiada: visitas como la de esta tarde, ocurren de siglo en siglo, despreocupate.

Es un visitante a ser instruido –un testigo que luego retornará, como lo hace, a la Biblioteca Nacional desde donde habrá de conspirar para defender los valores del anarco-gnosticismo. Lecciones futuras, entonces. Las ciudades han desaparecido y pululan granjas o pequeñas chacras. Una vida al ritmo grupal o meramente aislada. “Pensé que los hombres del porvenir no sólo eran más altos sino más diestrosˮ, afirma el de los nuestros. Pálido, de rasgos agudos, vestido de gris, el hombre futuro produce las ciencias y las artes que necesita, construye su casa –igual a las demás, de madera y de metal-, labra muebles y enseres, y trabaja con sus manos en tarea rural. Las escuelas enseñan ´la duda y el arte del olvido de lo personal y de lo local´. El objetivo es alcanzar una vida que reúna todos los tiempos, la eternidad. Desprecian los hechos, las precisiones, la cronología, la historia, las estadísticas y hasta el nombre propio -simplificación que alcanza el uso de una única lengua, el latín de los ancestros, el anhelo igualitario (aunque hay, y tal vez con un poco de razón, quien se aterra) de los utópicos herméticos. “La diversidad de lenguas favorecía la diversidad de los pueblos y aun de las guerras…ˮ. Acaso, en algunos momentos, indeseable, esa uniformidad acarrea concretos aspectos positivos. No hay alambrados, no hay candados, no hay dinero, no hay riqueza, no hay pobreza, no hay posesiones, no hay herencia. “Cuando el hombre madura a los cien años, está listo a enfrentarse consigo mismo y con su soledad.ˮ Puede prescindir de la amistad y del amor. Ejerce el arte, la filosofía, las matemáticas. “Cuando quiere se mata. Dueño el hombre de su vida, lo es también de su muerte.ˮ A esa edad ha engendrado un hijo. No conviene fomentar el género humano. “Hay quienes piensan que [este] es un órgano de la divinidad para tener conciencia del universo, pero nadie sabe con certidumbre si hay tal divinidad. Creo que ahora se discuten de las ventajas y desventajas de un suicidio gradual o simultáneo de todos los hombres del mundo.ˮ En el fondo de la cita, pulcro oficinista, alardeó el Espectro y no quiso continuar, aquel sueño de una asamblea universal. Para los gnósticos, el mundo es creación de demiurgos imperfectos. Por ende –qué palabrejas, hombre de niebla, acoté- el conocimiento no surge de este mundo sino de la indagación en el mundo interior y, de esa manera, es vano sentir cualquier tipo de apego.

La historia utópica se clausura con el suicidio del venerable anfitrión. Con ayuda de otros humanos, muy semejantes a él, se dirige a un crematorio (inclusión, en el cuento, polémica -pero quemaremos esas naves en otro momento). “El cuidador, cuya estatura no me asombró, nos abrió la verja. Mi huésped susurró unas palabras. Antes de entrar en el recinto se despidió con un ademán.ˮ En el final del mundo de hoy, cada hombre es dueño de sí, sin más, sin dolor. No apego a la vida, no innecesario apego a los afectos, no apego a la posesión. El suicida del porvenir, en sus cuatrocientos años, apenas media docena de libros leyó. En ese mundo, la relectura es el valor. Le muestra al viajador Los viajes del capitán Lemuel Gulliver [Jonathan Swift] y la Suma Teológica [Tomás de Aquino] y una edición de 1518 de Utopía de Thomas Moro. En síntesis, la primera obra de ciencia ficción moderna europea, junto al paradigmático libro que, bajo la intención de ser endemoniada sátira contra los humanos, muta en fábula infanto-juvenil; y el libro de teología –esa rama de la literatura fantástica o, acoto, de ciencia ficción- que te da una somera idea –alardeaba el Espectro quien pocas pero buenas veces acertaba con sus apuestas- de en qué clave pensaba Borges la literatura de su cosecha.

Pocos libros porque no hay imprentas, uno de los peores males del hombre, ya que tendió a multiplicar hasta el vértigo textos innecesarios. No hay museos ni bibliotecas. “Queremos olvidar el ayer, salvo para la composición de elegías. No hay conmemoraciones ni centenarios ni efigies de hombres muertos.ˮ Entre el revoleo de la ausencia de la imprenta, del museo y de la biblioteca (al fin y al cabo, instituciones) desaparecen los gobiernos y, con ellos, los políticos. Cito por última vez la voz del anciano que por propia voluntad arde como una vela: “Según la tradición [los gobiernos cayeron]… en desuso. Llamaban a elecciones, declaraban guerras, imponían tarifas, confiscaban fortunas, ordenaban arrestos y pretendían imponer la censura y nadie en el planeta los acataba. La prensa dejó de publicar sus colaboraciones y sus efigies. Los políticos tuvieron que buscar oficios honestos; algunos fueron buenos cómicos o buenos curanderos.ˮ

Y este es, amanuense desgraciado, por lo menos el final de mi cuento. Anarco-gnosticismo borgeano: menos instituciones, más autoconocimiento. No lo habré acuñado pero lo defiendo. Borges, según entiendo, precisó poner su programa político en ficción por el carácter inverosímil de su prohibido deseo. Apuntaba sus ideas contra un tabú y le costó caro hacerlo. La ciencia ficción hereje le dio la posibilidad de fusionar anarquismo y gnosticismo y de lanzar a otros el problema de esos escarceos. Cito al Ferrer de ´Sobre los libertarios´ [2005, p. 11] y con esto cierro: “La camaradería humana exenta de jerarquía podrá parecer un argumento de novela bucólica o de ciencia-ficción, pero es en verdad un tabú político.ˮ

¡Y aunque la traspases hacé el mínimo gesto de cerrar la tranquera, la puta que lo parió, Espectro! Grité, pero ya nadie me oía. Ni Cartucho. Reinaba en Sálmacis el más deseado silencio grávido de un futuro incierto.

Lourdes [Tandil] – 23-24 de agosto de 2014

Supervivientes de una época ida [De las lecturas ciberarbitrarias del Espectro]

Como te decía, en la literatura latinoamericana la bomba Snow tuvo escasa o nula repercusión. Una excepción fue el artículo “Las dos culturas” [El País, 1992]. Según su autor, Vargas Llosa, la cultura audiovisual marcó la superación de la oposición snowiana ´ciencias duras – humanidades´.

Ese texto nostálgico mantiene un pie en un pasado en el que el acceso a la información se sustenta en el contacto directo con el material –la figura es la de un escritor consagrado y, entonces, Harvard le permite acceder a los documentos, etc.-, y otro pie en un futuro engalanado con la idea de ´cultura audiovisual´. Vargas Llosa recuerda que ésta ya existía en la época de Snow y que, si el enconado polemista hubiera estado atento, habría visto cómo las dos culturas, en apariencia antagónicas, se disolvían allí.

Un argumento semejante podría dimensionar su lectura. Aunque menos visible, por la misma época en la que Vargas Llosa retomaba para el ámbito hispánico el dilema snowiano, se configuraba en el corazón del imperio una cultura síntesis de aquella separación histórica. Los saberes humanistas, en el espectro de la filosofía a las religiones e incluyendo el arte, y los saberes científicos, en particular el desarrollo tecnológico y también la biología, se fundían en un constructo que incorporaba a lo audiovisual como uno de sus puntos y que lo excedía de forma cuasi-infinita. Desde hacía unas décadas   –para algunos, un proyecto varias veces centenario- se delineaba la cibercultura.

Antes del tiempo apuntado por Vargas Llosa, literatos y científicos se recluyeron en las catacumbas, pero no para lamentarse por el tiempo ido (aunque de unos pocos se oyen por ahí sus gemidos), sino para configurar un nuevo orden de cosas en el que la religión y la tecnología predominan.

Y bastante tiene todo esto que ver con la ciencia ficción latinoamericana.

 [Referencia del fragmento http://scholarcommons.usf.edu/alambique/vol1/iss1/5/ ]

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 “Las dos culturasˮ – Mario Vargas Llosa

[El País – Tribuna Opinión ̸ Cultura – 27 de diciembre de 1992]

 Gracias a la buena biblioteca de Harvard he podido leer los textos originales de la controversia de hace tres décadas entre C. P. Snow y F. R. Leavis, sobre la cultura y algunas intervenciones que ella suscitó, de comentaristas tan solventes como Isaías Berlin y Lionell Trilling. Al pronunciar la Rede lecture de 1959, el novelista y científico británico C. P. Snow señaló con alarma una división en el mundo occidental entre una ´cultura literaria´ y una ´cultura científica´, separadas por una infranqueable barrera de ignorancia y prejuicios recíprocos. Cada una de ellas habría generado no sólo dos tipos de saber, sino psicologías y sensibilidades diferentes, al extremo de dificultar extraordinariamente entre intelectuales y científicos la simple comunicación.

Para C. P. Snow, la ´cultura científica´ representa la modernidad, el futuro, y la ´literaria´ es la cultura tradicional, que, ciega y sorda a las formidables transformaciones operadas en la vida social por los descubrimientos científicos y las innovaciones de la técnica, pretende ingenuamente encarnar ella sola la cultura con mayúsculas y ´administrar la sociedad occidental´. Los héroes del ensayo de C. P. Snow (The two cultures and the scientific revolution, Nueva York, Cambridge Un¡versity Press, 1959) son los científicos, en especial los físicos, adelantados del progreso, y, en cambio, los que él indistintamente llama humanistas, literatos o intelectuales son más bien una curiosa rémora para la evolución de la humanidad y la universalización de la cultura, una falange arrogante de especialistas empeñados, en contra de la historia, en sostener la preponderancia del humanismo literario en pleno auge de la revolución científica, como alquimistas exorcizando la química o guerreros que optan por el caballo y la lanza en la era del tanque y la bomba atómica.

La respuesta del profesor Frank R. Leavis a C. P. Snow sorprendió a todo el mundo por su ferocidad. A mí me sorprende más bien aquella sorpresa. Leavis era en ese momento el más ilustre de los críticos literarios anglosajones, y desde su cátedra, en Cambridge, la revista que dirigía, Scrutiny, y sus investigaciones sobre ´la gran tradición´ de la novela inglesa y escritores como Joseph Conrad y D. H. Lawrence, había hecho de la poesía y la ficción la piedra de toque de la cultura, el mejor exponente y el barómetro más sutil de la espiritualidad, la moral, la fantasía y el grado de humanización de un pueblo. Aunque no lo mencionara y expusiera sus ideas con buena crianza, el severo ataque de C. P. Snow contra el humanismo literario -concebido como emblema de vetustez reaccionaria- era una recusación integral de todo lo que Leavis simbolizaba.

No es extraño, por eso, que su réplica (Two cultures? The significance of C. P. Snow, Nueva York, Raindon House [sic], 1963) fuera panfletaria y comenzara de la peor manera posible, es decir, por la descalificación adhomini: ´Como novelista [C. P. Snow] no existe, no ha comenzado aún a existir. Ni siquiera sabe lo que es una novela´. ´Tensar es un arte difícil, y requiere formación y práctica en alguna disciplina específica. Resulta una ilusión patética, cómica y amenazadora por parte de Snow creer que puede aconsejamos sobre los asuntos que aborda´.

Pero, además de insultos y exorcismos, el ensayo de Leavis contiene también ideas, expuestas con la rotundidad y la pasión con que solía ejercer la crítica literaria. De él se decía, en la Universidad de Cambridge, cuando yo fui allá en 1979, que para el reverenciado (y odiado) profesor Leavis cultura y literatura eran sinónimos, sí, pero a condición de que se entendiera que literatura y literatura inglesa lo eran también. (Pese a ello, escribió un libro sobre Tolstoi.) En su ensayo no llega a tanto, pero lo que dice en él no puede ser más iconoclasta.

Para Leavis la noción de cultura, de actividad cultural, implica un enriquecimiento del espíritu, no la adquisición de nuevos conocimientos, algo que puede ser complementario de aquella experiencia espiritual o no serlo. Si no lo es, estos conocimientos no forman parte de la cultura, son meras informaciones que en sí mismas carecen de valor, algo que sólo alcanzan indirectamente, cuando -y si- la técnica las aprovecha para determinada función o servicio. Leer a Dickens, escuchar a Mozart y ver un Tiziano son actividades esencialmente distintas a averiguar qué significan la aceleración o la partición del átomo. Aquellas experiencias son de instantáneo y largo efecto a la vez, e imposibles de cuantificar de manera funcional, pues decir que producen placer a quien las vive y predisponen al espíritu para comprender mejor al resto del mundo, para soportarlo y soportarse a sí mismo, no las agota: éstos, son conocimientos objetivos, cuya importancia depende exclusivamente del beneficio práctico que para una colectividad pueda extraer de ellos la técnica. Confundir cultura con información es cosa de gentes incultas, convencidas de que la cultura tiene o debería tener un valor de uso, semejante al de aquellos saberes que dan derecho a un título o el ejercicio de una profesión.

El doctor Leavis no estaba contra las profesiones liberales ni los oficios técnicos, pero, en las antípodas de C. P. Snow, que aspiraba a reformar la Universidad, acercándola cada vez más a la ciencia y a la técnica y alejándola de las humanidades, proponía, más bien, apartar a la Universidad de toda enseñanza práctica y concentrarla en la preservación y promoción de los conocimientos humanísticos más imprácticos, como las lenguas clásicas, las culturas y las religiones extinguidas, y, por supuesto, la literatura y la filosofía. Politécnicos y escuelas especializadas se encargarían de formar a los futuros abogados, ingenieros, médicos, economistas y expertos en las cada vez más numerosas variedades de la tecnología. Como en la Edad Media, o poco más o menos, la Universidad sería un recinto imperturbable a la solicitación de lo inmediato y lo pragmático, una permanencia espiritual dentro de la contingencia histórica, una institución entregada a la preservación y continuación de cierto saber, inútil desde una perspectiva funcional, pero vivificador y unificador de todos los otros conocimientos en el largo plazo y sustento de una espiritualidad sin la cual, a merced únicamente de la ciencia y la técnica, la sociedad se precipitaría tarde o temprano en -actualizadas formas de barbarie.

En los treinta y pico de años corridos desde aquella polémica, la sociedad occidental, y el resto del mundo a su remolque, han ido encaminándose por el rumbo que les señaló C. P. Snow y dando la espalda al irascible profesor Leavis, cuyas tesis suenan ahora todavía más excéntricas que entonces. Aunque sumida en una crisis de la que no se vislumbra la salida, resulta evidente que la Universidad es y seguirá siendo cada vez más científica que literaria.

Las sociedades modernas, incluidas las más prósperas, están cada vez menos dispuestas a invertir recursos, que distraerían de lo pragmático, para financiar en gran escala y de manera significativa aquellos quehaceres académicos o creativos sin valor de uso que, para el doctor Leavis, eran los únicos con derecho a representar la cultura. La manera literaria de entender la vida del espíritu ha pasado a ser un anacronismo de los países atrasados, los que perdieron el tren de la modernidad, e incluso en ellos éste es un estado de cosas transitorio: a medida que progresen, se volverán más realistas, es decir, más prácticos.

Sin embargo, cuando uno relea ahora los capítulos de aquel debate, no es esta demorada victoria de C. P. Snow lo que más llama la atención. Sino el que en el interregno se haya hecho mucho más importante -e incluso dominadora- una tercera opción cultural, que algunos exigentes llamarían subcultural, y a la que, aunque ya era muy visible en esa época, ninguno de los polemistas concedió la menor importancia. Una cultura que no puede ser considerada ni literaria ni científica, y tal vez en sentido estricto ni siquiera cultura, pero sí algo que hace sus veces para una vasta porción de la humanidad, cuya vida intelectual y espiritual mayoritariamente ocupa y alimenta. Me refiero a aquella que fabrican, vulgarizan y diseminan los medios masivos de comunicación, todo ese polimórfico material que provee al gran público -ése que grafica la expresión: el lector o espectador promedio- de los conocimientos y también las experiencias, mitos, emociones y sueños que satisfacen sus necesidades prácticas y espirituales básicas para funcionar dentro de la sociedad moderna.

Es fácil, pero como jugar al avestruz, subestimar esta tercera opción cultural, diciendo que no es serio reemplazar a Shakespeare por Twin Peaks o cualquier otro culebrón, que hay años luz de distancia espiritual entre un canto gregoriano entonado bajo las gárgolas de una catedral gótica y los espectáculos evangelistas de Pat Roberston, o mesarse los cabellos de indignación. porque hoy día el principal vehículo de educación antropológica y geográfica para un segmento numeroso de la humanidad sea el National Geographic y, de astronomía, los programas de Carl Sagan, etcétera. Puede gustarnos o disgustarnos, pero es un hecho que, literaria o científica, la cultura que llega cada día más a más gente en el mundo, desplazando a las otras, es aquella hecha, o rehecha a su medida, por la industria audiovisual, aquella que ha reemplazado el púlpito, el aula y el libro, por la pantalla del televisor. Frente a esa todopoderosa maquinaria populizadora y niveladora del saber y de la sensibilidad que el siglo XXI consagrará sin duda como la cultura representativa de nuestro tiempo, las diferencias que puedan existir entre literatos y científicos serán de orden menor; ambos, en todo caso, habrán sido hermanados por su condición de supervivientes de una época ida, de mantenedores de mentalidades y quehaceres relegados por la historia a la periferia y a la catacumba.

 [LINK: http://elpais.com/diario/1992/12/27/opinion/725410807_850215.html]

Lourdes [Tandil] – 07 de agosto de 2014

Un colosal zoológico de monos casi perfectos [De las post-apocalípticas y teóricas crónicas del Espectro en la Nueva Ciudad de Dios]

“La humanidad, creo yo, no se ha portado tan mal, a fin de cuentas. Pese a la tradición de algunos de sus rectores intelectuales, pese a los efectos estupefacientes de los métodos platónicos de educación y a los devastadores resultados de la propaganda, se han alcanzado algunos éxitos sorprendentes. Así, se ha logrado ayudar a muchos seres débiles y durante casi cien años no ha existido prácticamente la esclavitud. Algunos afirman que no tardará en reimplantarse, pero yo soy más optimista y, en definitiva, eso dependerá de nosotros. Pero aun cuando todo se perdiera nuevamente y tuviéramos que retornar al hombre-bestia casi perfecto, esto no habría de alterar el hecho de que una vez en la historia (por fugaz que hubiera sido), la esclavitud desapareció de la faz de la tierra. Esta conquista y su recuerdo puede compensarnos, creo yo, de todos nuestros engendros, mecánicos o de otro tipo y quizá, incluso, del fatal error que cometieron nuestros abuelos cuando dejaron pasar la maravillosa oportunidad de detener todo cambio y de retornar a la jaula de la sociedad cerrada, estableciendo, por los siglos de los siglos, un colosal zoológico de monos casi perfectos.ˮ

Karl R. Popper, La sociedad abierta y sus enemigos [1945], nota al pie 71, capítulo 10, p. 658

“El futuro nos ofrece visiones cada vez más aterradoras. La computadora, el robot, la máquina con inteligencia ponen en evidencia cómo una ciencia y una técnica en la que tantas esperanzas depositaba el utopista del siglo pasado se yerguen omnipotentes terminando con prescindir del hombre o convirtiéndolo en su esclavo. De las utopías del siglo pasado [s. XIX]… ninguna, de las optimistas, ha logrado mantenerse en pie. […] La utopía ha sido substituida por la ciencia ficción o una ficción que pretende ser científica. […] El tecnicismo va más rápido que la fértil imaginación… El antiguo secretario de la ONU, U. Thant presentó un informe titulado: La aplicación de la tecnología de computadoras para el desarrollo donde decía, entre otras cosas, que existe ´el temor de que las computadoras contribuyan a la probabilidad de una sociedad futura dirigida por tecnócratas´.ˮ

Víctor García. Utopías y anarquismo [1977]

 

Los nietos de no sé qué abuelos popperianos lo hicieron –dijo el Espectro. Recompusieron el fatal error, y hoy estamos en la jaula y con las ínfulas de los bien liberados. Esa es, al final de cuenta, la absurda historia que he querido y que te quiero contar, triste amanuense. Por el lado menos esperado, por ese costado en el que parecía que se abrían un sinfín de libertades (que, en verdad, se abren, pero no como sería deseable), por ese canto entró el virus distópico y de resultas que, en su gran mayoría, el público parece extasiado. Parece no reaccionar y el asunto va en serio. Como a cualquier droga, se dice que se la maneja y la cosa va en serio. Antes te conté, recordás, aquella parte de la historia de los españoles -uno artista, otro filósofo- que compilaron ese rosario de relaciones y que concluyeron que sí, que ´hay un proyecto imperial que no es para mejorarnos la vida´ -al que denominaron la Nueva Ciudad de Dios. Popper quien en la década del cuarenta apenas intuyó para dónde iba esto, cazó, sin embargo, que la sociedad iba hacia algún lado nada valorable con respecto al modo de organización. Él fue testigo del totalitarismo y entendió que si no era ese en particular –nazi-fascista- sería otro en general que cumpliera con requisitos: mística progresista, afán nacionalista, destino utópico. Contra eso luchó con discutibles medios. Escribió aquella obra magna repleta de sus divagues -y a la que me referiré. Lo que se esconde en el fondo –adujo- es una discusión milenaria y que atañe el hecho del humano, ser humano. ¿Cómo conciliar la tensión individuo versus grupo en el mundillo social? Si tuviera –como tengo, dijo el Espectro- que sintetizar este aspecto diría lo siguiente. Pensemos en una gran campana de cristal o de vidrio o de acrílico levemente colocada sobre la realidad –entiéndase el mundo real y concreto, la tierra, el agua, los bosques e tals- de cuya superficie interior penden hilos que se transparentan y que titilan. Cada una de esas diminutas conexiones con lo superior, le permiten a las marionetas moverse, desplazarse, deambular de forma aparentemente infinita bajo el único costo de perder su propia libertad e independencia. Ni bueno, ni malo en sí mismo. Contradictorio, paradójico. Aunque no siempre es correcto –lo interrumpí- ampliar derroteros: ni bueno, ni malo… pero aquí se ha instalado un imperio. Es cierto, triste amanuense, retomó el Espectro, la Nueva Ciudad de Dios es el Sexto Imperio, según los españoles a los que la tesis le debemos, y, aun así, es innegable, porque eso defiendo, que en última instancia, la decisión cae del lado del individuo en optar por sus cielos y por sus infiernos. Es decir, no defiendo exactamente eso. Defiendo otra cosa y será cuestión de esta larga historia a la que estoy dando comienzo. Por lo general, y eso es Popper, como veremos, se opta oponer a una organización magna, otra de signo inverso: al imperio, el contra-imperio; a la sociedad cerrada, la abierta y por el estilo así, ya sabemos. Poco se discute que la existencia de la humanidad podría basarse con más eficiencia en una vida en comunidad que articule sujetos autónomos e independientes que coordinan sus necesidades con un poder central pero local y no omnímodo. Quiero decir amanuense y quiero decirlo ahora. Si este largo período de la humanidad desde hace unos miles de años tuvo algún resultado valorable fue la confirmación de que cualquier doctrina u ortodoxia es negativa, de que el grupo es importante pero no excluyente y de que la autodeterminación individual nacida del autoconocimiento (cada individuo elige su forma de vida en base a su viaje interior sin olvidar a sus congéneres) es unos de los antídotos fundamentales para la neurosis universal. Entiendo, me mandé; aunque, dicho medio al boleo, pareciera que estuvieras hablando del anarquismo (de los ácratas, referido en antiguo verseo). Huele a eso, y me gusta que lo veas así –dijo el Espectro. Anticipo y me reordeno. Dentro de las posibilidades de organización que da la democracia tenemos -y cito, ampuló el Espectro, a tu tocayo Gargarella y a su breve manual de filosofía política de 1999-, de un lado, al republicanismo modo que, para alcanzar el autogobierno y lograr el bien común, acepta la intervención estatal, y hasta la coerción, disolviendo la diferencia público – privado; la libertad, dice la ´tesis republicana´ (más cerca del comunitarismo que del liberalismo) se logra dentro de una comunidad y patriotismo de por medio; este modo -al que me refiero- se tiñe tanto de conservadurismo como de progresismo; huelgan los más o menos imperiales y hasta laudables ejemplos. Del otro lado, al liberalismo tenemos. Separa público de privado, blinda al individuo y por temor a la ´tiranía de la mayoría´ limita la democracia. Hay un liberalismo igualitario al que le preocupan acciones y omisiones del Estado y un liberalismo conservador que se preocupa porque ´el Estado no avance sobre derechos básicos… como la vida y la propiedad´, por ejemplo. Las versiones ingenuas de este liberalismo democrático confían en las instituciones. En otras versiones, ese liberalismo se anarquiza con la disminución de la injerencia estatal. Una crítica habitual a tales salidas políticas de olor anarquista es que ustedes    -los humanos- no son todos iguales y, así, si se los deja al libre arbitrio, se genera desigualdad por recíproca explotación habitual. Te lo digo así, copista. En esos casos que acabo de mencionar, se supone una organización sobreimpuesta para garantizar la igualdad. En definitiva, por causa de esa desconfianza sobre lo humano, se cercena la libertad. Y te preguntarás amanuense, o al menos, así lo decreto desde mi deseo, ante el actual ciberimperio, ¿cuál es la resistencia contante y sonante? Seguro que no un anti-ciberimperio, una reversión, su opuesto. Decís bien, aunque quién sabe qué es lo bueno. La resistencia activa huele a anarquismo –porque prima la acción del individuo en su grupo- y es algo de lo que te ahora cuento. Tomo, entonces, el caso del lanza-bombasvirtuales, el espía en su complot, el terrorista mediático -Julian Assange- quien desde ´Wikileaks´ avanzó contra el entramado de las corporaciones que controlan la información en el ciberespacio. Assange juega sus cartas bajo los mismos ancestros que su enemigo. Si los dueños del ciberimperio trazaron su mapa de dominio a partir de la fusión de diversos sueños milenarios que fermentaron un mundo paralelo tecno-hermético, el activista y hacker Assange (junto con otros adeptos) acepta el desafío y en un movimiento hermético (que sería el placer de Lullio o de Bruno) se propone encriptar la información para evitar los escamoteos. Un conspirador, un iniciado, un gurú, un terrorista intelectual [LINK: www.pagina12.com.ar/diario/laventana/26-218651-2013-04-24.html ] –una nueva y acabada creación de un tal Borges, otro hermético que complotó y que mantuvo su sabor spenceriano hasta el final. La tarea política de resistencia de esos hackers reúnen tres hilos de filiación esotérica (a los que pensaré en detalle en otro momento): lo punk como espíritu; la criptografía -la escritura secreta- como método; la anarquía como filosofía política. En el ´Prólogo para América Latina´ que incluye la edición brasilera de Cypherpunks [2012], Julian dice: “Os cypherpunks originais… foram em grande parte libertários. Buscamos proteger a libertade individual da tiranía do Estado, e a criptografia foi nossa arma secreta. Isso era subversivo porque a criptografia era de propriedade exclusiva dos Estados…ˮ. Y no solo ese destino de protección sobre el individuo, agrega, tuvo el movimiento sino que, además, permitió –o permitirá- a los grupos y a las naciones liberarse de su condición de colonia frente al imperio. Más adelante, en la ´Introducción´ al mismo volumen –una introducción que es un ´alerta´- dirá: “A criptografía é a derradeira forma de ação direta não violenta.ˮ Frente al totalitarismo de una distopía transnacional, como la denomina, opone una resistencia que entronca con la tradición anarquista, pero –y te pregunto silencioso amanuense- ¿es realmente así? Lo ignoro, Espectro        –respondí casi sin miedo. En principio, continuó afantasmado, -y en este retome teórico sigo, aclaro, el nutrido texto de 1977 de Víctor García Utopías y anarquismo [LINK http://www.kclibertaria.comyr.com/lpdf/l191.pdf ]- el proyecto utópico de Assange, la protección del individuo frente al Estado, su insistencia en los valores y en la ética, su relativización de la propiedad (intelectual, etc.) lo ponen en ácrata carrera y en esos términos parece funcionar. Sin embargo, -oh, copista-, si se revisan los cuatro popes que Víctor García presenta difícilmente aquel sea más que un reformista, en particular, porque el anarquismo, el pensamiento libertario, supone –como dije- la supresión o la reducción al mínimo de lo estatal. Todos concuerdan en la necesidad de educación –William Godwin [1756-1836], padre de la Mary frankensteniana, el primero-; en la ineluctabilidad de la justicia –Pierre-Joseph Proudhon [1809-1865], padre del lapidario anatema, la propiedad es un robo– el segundo; en la igualdad como bandera –sea en una organización colectiva como, el tercero, Mijail Bakunin [1814-1876] desde abajo sostenía; sea en una organización comunista, desde arriba, como Piotr Kropotkin [1842-1921], el cuarto en esta serie, decía. En esta hilera de principios con la moral (o sea, la coacción moral por sobre la ley), la ética, los valores, la educación, la autodeterminación, la autoorganización, el trabajo comunal o grupal, la igualdad y la justicia, bien podrían ingresar los hackers libertarios, pero, como dije, suponen que la resistencia frente al Imperio y el poder de batallar por parte de los ciudadanos en el manejo de la información es el aspecto non plus ultra de la ´acción directa no violenta´. Diría, copista, siguió el Espectro, y con todo respeto, que la tarea de los hackers más bien se parece a aquel revolucionario de mediados del siglo XIX, enemigo de Bakunin, el señor Louis Auguste Blanqui quien, siempre según García, defendía el uso de la fuerza y enarbolaba la conspiración de la élite como método revolucionario. Resume ese anarco-analista: “El planteamiento de Blanqui es escalonado: la élite hace la revolución, luego hace que el pueblo tenga acceso a la cultura y a la instrucción y, una vez este instruido, se pasa al comunismo que no tiene porqué ser, necesariamente, estatal. Hasta se permite programar la transición en el sentido que se dejarán muchos puestos claves de la sociedad capitalista y burguesa en función a fin de evitar el caos, tanto económico como social.[…] Una vez afianzada la revolución… se impartirá educación a las masas, fase definitiva del blanquismo, ya que para Blanqui educación es sinónimo de sociedad justa e igualitaria.ˮ Me permito, Espectro, sugerir –sugerí- que esto es demostrable con apenas indicar que Assange se ha postulado como candidato a diputado por su patria austral. Por consecuencia, si esa élite de criptógrafos algo quiere solucionar, debería otorgar los medios universales para esa autogestión comunicativa –y no participar tan fácilmente de la política tradicional. Tampoco ellos tienen por qué erigirse en dueños de la taberna llamada humanidad. Es cierto, es cierto, veo tu acertado dubitar, copista infame. En el capítulo onceno de Cypherpunks, Assange y adláteres sugieren algo del estilo como escenario utópico bajo el lema el código [computacional] es la ley. Dice Jacob: “Precisamos de um software tão livre quanto as leis em uma democracia, que todo mundo possa analisá-lo, alterá-lo, realmente entendê-lo e garantir que ele está fazendo o que deveria fazer. Um software livre e um hardware livre e aberto.ˮ Poco más adelante, y como cierre de un volumen cuyas diferencias son sensibles con las entrevistas que lo originan (y que aparecen en algunos de los capítulos del programa sobre ´el mundo que vendrá´ [LINK http://worldtomorrow.wikileaks.org/ ]), Assange intenta explicar cómo operan los activistas organizados en grupos cooperativos descentralizados. Traduzco del portugués (ya traducido) para facilitar. En el inicio de la propuesta el olor al anarquismo y dice Julian. ´Me referí a la cuestión de cómo sería una trayectoria más positiva para el futuro. Autoconocimiento, diversidad y redes de autodeterminación. Una población global instruida –y no me refiero a educación formal, sino a una mayor comprensión sobre el funcionamiento de la civilización humana en los niveles político, industrial, científico y tecnológico- dependiente del libre cambio de información, estimulando nuevas culturas y una máxima diversificación de pensamiento individual, una mayor autodeterminación regional y una autodeterminación de grupos de intereses organizados en redes… A partir de esos fundamentos es posible constituir una variedad de sistemas políticos. La utopía, para mí, sería una distopía si existiese solo una. Los ideales utópicos deben incluir diversidad de sistemas y de modelos de interacción.´ En el final, el espíritu de Blanqui –para ponerle un nombre propio a esa propuesta que a veces gatopardea- revoloteando por aquí y por allá. Y retoma Julian: ´…el escenario más probable para el futuro: una estructura totalitaria transnacional posmoderna extremadamente restrictiva y homogeneizadora con una increíble complejidad, incongruencia y degradación y, dentro de esa increíble complejidad, un espacio donde solo los ratones expertos pueden llegar. [Así], las únicas personas que serán capaces de mantener la libertad que teníamos, digamos, veinte años atrás      –porque el Estado de vigilancia ya eliminó gran parte de esa libertad, únicamente que nosotros no lo percibimos- son las que conocen íntimamente el funcionamiento del sistema. Entonces, solo una elite high-tech rebelde será libre, esos ratones expertos…´ Y digo yo copista, viendo estas trazas conspirativas y sectarias en el peor de los sentidos que es en el anti-popular, no sé hasta qué punto sería deseable la existencia continuada de Internet como entidad. Es bastante probable que su permanencia tienda a una doble nueva realidad. Crear una mayor conciencia política acerca del nuevo tono de los imperialismos en la actualidad; instalar en la labia social la necesidad de resistencia frente al cada vez mayor control total; hacerlos –a ustedes humanos- hiperconcientes del oscuro futuro que se avecina (y tal es la tarea del enriquecido encarcelado Assange) y, en lugar de luchar por la liberación de la humanidad de cualquier tipo de garra, fomentar una renovada élite iluminada –el mencionado sostén de esa conciencia- que los querrá salvar, fomentar un nuevo tipo de religión laica sustentada en el hacker y en su habilidad, dejando al resto de los pobres seres bípedos indefensos ante el andar de la maquinaria estatal sea real o virtual. Para modificar esa pena penar, Internet -tal como se la conoce- no podría ni debería existir más. No hay libertad con poder centralizado de ningún tipo. Internet sí y solo sí el código de comunicación es comunal, local, autogestionado, y abierto en la necesidad. Todo el resto –incluyendo sectas privilegiadas y gurúes encastados- son mitificaciones más o menos bien pensantes e intencionadas, pero poco más. Y dejemos, por ahora, este cuestionar. Quisiera despedirme y retomar la idea de la jaula zoológica que contiene hoy el humano mudar. Cuenta Víctor García que el anarquista príncipe Kropotkin anhelaba que el desarrollo de la técnica fuera la solución anti-estatal: “En la definición que hace del Anarquismo –dice Víctor- para la Enciclopedia Británica escribe [Kropotkin]: El progreso de las técnicas modernas, el cual simplifica considerablemente la producción de todos los bienes necesarios a la vida; el espíritu creciente de independencia y la progresión rápida de la libre iniciativa y del libre juicio en todas las ramas de la actividad –incluidas las que antaño eran consideradas como el dominio propio de la Iglesia y del Estado- refuerzan considerablemente la tendencia de supresión de los gobiernos.ˮ Ante eso queda –suspiró espectral- solo un ¡ojalá! García contesta: “La técnica, en parte, ha creado una mayor confusión en el seno de los estratos sociales inferiores porque… ha creado… nuevas necesidades… [basando el] confort en el préstamo en base a la hipoteca de un salario todavía no percibido. [En consecuencia, los gobiernos se fortalecen] porque han logrado encauzar los beneficios de la técnica y de la ciencia hacia sus propios medios.ˮ Lapidario final y contra ese tendencia imperial es necesario luchar. Sin dogmas, en comunidad y con la autodeterminación del individuo como valor inalienable otorgado por la propia sociedad a la que él defiende en su tolerante diversidad heterodoxa y circularmente tals. Desapareció indemne el Espectro. Sabíamos que con sus notas habría de voltar.

 Lourdes [Tandil] – Julio – Agosto de 2014

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Apéndice. Sobre La sociedad abierta y sus enemigos de Popper [1945 aprox.]

Estábamos en deuda con nuestro amigo Popper, arrancó arañando la tarde, el Espectro. Escrita entre 1938 –momento de la invasión nazi a Austria- y 1943 –auge e inicio de la caída nacionalsocialista- en La sociedad abierta y sus enemigos, Karl alerta sobre de las amenazas totalitarias que exceden al proyecto germano y que sobrevuelan la civilización occidental. Su propuesta es dual. Hay una ´sociedad cerrada´ –tribal, sometida a fuerzas mágicas– para él indeseable, en la que incluye peligrosos errores intelectuales de la humanidad -Platón y Marx- quienes, a causa de una concepción historicista de la organización social, sustentan la idea de que las instituciones tienen una existencia intrínseca metafísica y un origen mítico, cuasi divino. Hay una deseable –e hipotética- ´sociedad abierta´ que motiva el libre uso de las facultades críticas del hombre. La libertad y la racionalidad le corresponden. La organización surge de una ´ingeniería social´ gradual orquestada por tecnólogos. Una vez presentado este par ideal de opuestos, Popper reconoce un problema que, desde el vamos, podríamos calificar como insalvable. La sociedad abierta –democrática- está organizada por una ingeniería social que pone en discusión, justamente, cuáles son esas disciplinas o ciencias encargadas de la orquestación. Popper ubica el antecedente inmediato en el siglo XVII con el desarrollo de la Revolución Científica. Dice Popper [p. 12]: “…esos conflictos [Segunda Guerra] no son sino los residuos de la que constituye, quizá, la más grande de todas las revoluciones morales y espirituales de la historia: de un movimiento iniciado tres siglos atrás, que responde al anhelo de incontables hombres desconocidos de liberar sus propios seres y pensamientos de la tutela de la autoridad y el prejuicio: la empresa de construir una sociedad abierta que rechace la autoridad absoluta de lo establecido por la mera fuerza del hábito y de la tradición, tratando… de preservar, desarrollar y establecer aquellas tradiciones, viejas o nuevas, que sean compatibles con las normas de la libertad, del sentimiento de humanidad y de la crítica racional. […] Esta revolución ha creado temibles fuerzas de destrucción, pero esto no impide que el hombre llegue a conquistarlas para el bien, en un futuro no lejano.ˮ Un pero monstruoso, amanuense. Popper –quien tanto critica a los profetas como Marx- supone que de alguna manera misteriosa en el seno de la ciencia estatuida anidan fuerzas liberadoras futuras. Ni las dos guerras ni los fascismos europeos lo desaniman. Me querés decir…, intervine. Te quiero decir, ignoto Bartebly, que al ser tecnologías externas, impuestas, sea la sociedad cerrada o la abierta, son indeseables por inhumanas –aunque al humanismo –en pura retórica- él menta. Karl –o Carlos, un liberal- concibe siempre al individuo subsumido a una estructura social ´macro´. Si bien defiende la libertad del individuo, entiende que ´todos los regímenes políticos a largo plazo son institucionales´ [Popper, p. 142] Y esto, que es una verdad perogrullesca, en otro sentido merece ser discutido. ¿Qué régimen político? ¿Qué instituciones? ¿Qué individuo? Sigo. Su mirada dual se sintetiza más o menos así: “Podríamos definir el punto de partida [de la sociología platónica] como un monismo ingenuo, característico de la ´sociedad cerrada´. El último paso, que denominaremos dualismo crítico (o convencionalismo crítico), es carácterístico de la ´sociedad abierta´.ˮ [Popper, p. 74-75] Y explica la trabazón que imposibilita el paso de entre una y otra instancia: “…quizá podamos discernir dos tendencias principales que obstruyen la senda hacia la adopción del dualismo crítico. La primera es la del monismo, es decir, la de la reducción de las normas a hechos. La segunda corre en un nivel más profundo y forma… el marco de la primera. Su origen está en nuestro temor de aceptar que caiga… sobre nosotros toda la responsabilidad de nuestras decisiones éticas, sin ninguna posibilidad de transferencia a Dios, a la naturaleza, a la sociedad o a la historia. Todas esas teorías éticas tratan… de encontrar a alguien… que nos libre de esa carga. Pero no podemos eludir tal responsabilidad; cualquiera sea la autoridad que aceptemos, seremos nosotros quienes aceptamos; si nos negamos a comprender esa verdad tan simple, solo estaremos tratando de negarnos a nosotros mismos.ˮ [Popper p. 87-88] Esa es la contradicción central y la paradoja de la propuesta popperiana. Al ser un liberal, se permite pensar con mucha claridad la libertad del individuo racional (y eso lo pone en posiciones cercanas o que huelen a anarquismo), pero supone que siempre hay que responder a una autoridad. Para el científico devenido politólogo, no existe la posibilidad del autoconocimiento como ley primera de organización social. La libertad del hombre se restringe, entonces, a evaluar las normas para determinar si las acepta y si las encuentra válidas [Popper, p. 76] Su tarea intelectual es siempre de falsa opción: o sociedad cerrada o abierta; o sociedad cerrada o abierta, o el retorno a las bestias: “No existe el retorno a un estado armonioso de la naturaleza. Si damos vuelta, tendremos que recorrer todo el camino de nuevo y retornar a las bestias. Es éste un problema que debemos encarar francamente, por duro que ello nos resulte. Si soñamos con retornar a nuestra infancia, si nos tienta el deseo de confiar en los demás y dejarnos de ser felices, si eludimos el deber de llevar nuestra cruz, la cruz del humanitarismo, de la razón, de la responsabilidad, si nos sentismos desalentados y agobiados por el peso de nuestra carga, entonces deberemos tratar de fortalecernos con la clara comprensión de la simple decisión que tenemos ante nosotros. Siempre nos quedará la posibilidad de regresar a las bestias. Pero si queremos seguir siendo humanos, entonces sólo habrá un camino, el de la sociedad abierta. Debemos proseguir hacia lo desconocido, lo incierto y lo inestable sirviéndonos de la razón de que podamos disponer, para procurarnos la seguridad y libertad que aspiramos.ˮ [Popper p. 216] En fin, Popper es un ciego de liberalismo. Incluso cuando encuentra una mirada política como la de Sócrates -igualitaria, intelectual, autocritica, basada en el gobierno de sí mismo-, una mirada que va contra el totalitarismo de Platón (aunque por su extremo intelectualismo a veces lo puede llegar a tocar), incluso en ese momento cierra el camino y hace de Sócrates no un político sino un maestro. “Eres, ante todo, inteligencia, era la respuesta de Sócrates. Es tu inteligencia la que te hace humano, la que te permite ser algo más que un mero puñado de deseos y de ansiedades. Lo que hace que te bastes a ti mismo como individuo y lo que te faculta a sostener que eres un fin en ti mismo. La frase de Sócrates, ´cuida tu alma´, constituye… un llamado a la honestidad intelectual, así como la frase ´conócete a ti mismo´ está destinada a recordarnos nuestras limitaciones intelectuales. Son estas cosas solamente las que importan, insistía Sócrates. Y lo que criticaba en la democracia y en los estadistas democráticos era… su imperfecta comprensión de estas mismas cosas. Los criticaba con razón por la falta de honestidad intelectual y por dejarse obsesionar por la política del poder. Debido a su insistencia en el lado humano del problema político, Sócrates no pudo interesarse demasiado en la reforma constitucional. Era el aspecto inmediato, personal, de la sociedad abierta, lo que a él le interesaba. Se equivocaba, pues, cuando se consideraba a sí mismo un político; Sócrates era un maestro.ˮ [Popper, p. 206] Como en la mayor parte de las propuestas, la desconfianza ante el valor y el poder del individuo intelectualmente preparado para la vida en comunidad, impera, se impone y redunda en la extraña necesidad de sumar instituciones a las instituciones en una escalada infinita a la nada sin igual.