G, hurí hentai de Stahlstadt [De los orígenes del Espectro]

A Guada

Ninguna de-una-tan-lejana-estrella y tan bella -como la nívea Guadalupe- se guareció vez alguna, en las madrugadas, bajo el alero de mi cuerpo. Ningún muslo tan blanco. Ninguna boca tan rosada. Ningún mármol tan leve. Ningún cabello tan negro. La recuerdo. Fue una noche, y en esa noche, la irrefutable ordalía de estar muerto. Podría haber fluctuado en la nada. Podría haber deambulado por desierto neutro. Podría haber acaecido eso u otra cosa, pero sería desencanto, y no escribiría hoy, años después, aquel misterio. Ocurrió, y ocurrió lo que no sucede, excepto al que se resigna por muerto.

La recuerdo. Una noche, ya tarde.

Empecinada, mi memoria borroneó el instante previo, el de antes de intuirla entre los altisonantes necros, el de antes de adivinarle las redondeces del perfil: curvas, orejas, mejillas, volutas, cabello, música y danza en el palacio de leche de su cuello. Alcanzo a distinguir, sí, entre las catacumbas, los esfuerzos por zambullirme en el arroyo, su boca, acompasada por la brisa húmeda, su aliento.

La recuerdo. Fue en un reducto oscuro, ruidoso, repleto, surcado de brumas geométricas que descolgaban del techo. Fue esa noche, y entre esas brumas astrales, que sin saber cómo, ni me interesa saberlo, retuve con mi voz a una de las huríes, a una de aquellas hijas de las frutas, olorosas de azafrán e incienso, a una de aquellas prometidas por el Profeta, el de los ismaelitas, a sus creyentes sedientos.

Fue en ese reducto nocturno, y en esa noche, que sin saber cómo, ni me interesa saberlo, rasgué el velo de la indiferencia que las lejanas huríes tejen, con su mirada enigmáticas, frente a la impaciencia del recién muerto. Nunca en nadie posaban el aleteo de sus pestañas, menos en los del último vuelo. Oh, estos nuevos y ansiosos –bebían néctar, charloteaban, reían las huríes, y se estremecían los cielos de los cielos.

Al reducto lo distinguía extraña particularidad que viene a cuento. Desde una de las bancas que liberaban néctar (por pocas monedas de desconsuelo, [D$]), si con pericia se elevaba el mirar, divisarse podía -en molde de rectángulo negro- el exterior empíreo del eterno verano que vivíamos dentro. Era ventana. Era visor de barco sin puerto. El recuadro filtraba cielo, nubes, estrellas, dejaba intuir el viento, y mostraba enhiesta cúspide de sagrado edificio de diversa creencia –está bien que regida por compadre de nuestro magnánimo Supremo. Bajo la luminosa vigilia del dios foráneo –ahí quieto y en su templo, a los ojos, fragmentario- mi voz invadió los oídos de la hurí, princesa entre las huríes del huerto.

Ella flor, las demás arena.

Ella agua, las demás desierto.

Fue una noche, y fue en ese reducto desesperación de los necros, que encontré a Guadalupe, la virginal y milenaria llama en la alquimia del deseo.

Horas –o tal me parecieron- hablé a su oído, sin obtener ni negativa, ni gesto. Los inertes no cejaban en su derrotero planetario. La hurí, despreocupada, atenta estaba únicamente a la telaraña que los violines bordaban con sus cuerdas. Horas hablé, horas hablé y no obtuve gesto. Horas sin languidecer en mi misión y en mi riesgo. Horas hasta la hurí girar su cabeza y rasgar de su indiferencia el velo: ´Volveré aquí, en siete días plenos´.

Oh, la maravilla de sus ojos de acero. Oh, sus narinas latiendo. Oh, su lengua en ballet sobre dientecillos de ménade. Oh, ser desgarrados por ellos; ser –Guadalupe- tu alimento. Eso pensaba, entonces.

No conocería su nombre hasta aquellos justos, bien pasados siete días nuevos.

Necros; noche; reducto; ventana; catedral; ladrillos enhiestos; misma banca; mismo néctar; y la hurí y su presencia: brazos blancos y descubiertos, venas rojas, sangre, piel, ropas negras, huesos, sudor, su boca que corona el rostro, y sus mejillas de terciopelo.

Sus mejillas. Sus pecas. Sus pardas pecas sobre sus mejillas. Y sus escasas palabras: ´Mira en mí. Lee en mí. Descifra esas letanías en letras pardas. Están ahí, hoy, y no deberías desaprovecharlas.´ Tenían esas pecas sobre esas mejillas -ustedes no saben, nunca sabrán- qué graciosa forma en su formar cantatas sagradas.

Hay Señor que me protege y que me tiene, y a él respondo.

Quiero, cómo no he de querer, algunas nuevas mañanas; algún nuevo despertar; caricias en ajenos lienzos.

Una vez acabado el leer y el interpretar estos, mis cachetes, en tu cama amaneceremos.

Seré ya no hurí. Seré blanca Guadalupe. Seré joven mujer que ama las hamacas, que patalea, que goza por comer descalza, que usa trenzas livianas, que berrincha por paseos en bici, que se pone vestidos estando desnuda hasta el alma.

Despertaremos y seré Guadalupe del Oriente… del nipón, nipón ¡capta lo que te digo, reciente necro!

No cantaré para ti, pero sabrás de mi voz entre espejuelos.

Nos unirá nuestra distancia.

Seré muy joven. Serás mayor.

Habrá un ardor.

Tendré una herida, y deberás atizarla.

No me entenderás, ni entenderás mi juego. Pasará tiempo, tiempo y luego sí, podrás espiar la profundidad de mi alma, la de mi deseo.

No sé por qué te elegí y no quiero saberlo. Podría haber sido cualquier otro, con mayor habilidad en su borroneo. Como sea, usarás estas frases en alguna historia.

Habrás de cantarme, habrás de celebrar mi finura. Por eso me entrego.

La clave es ´hentai´.

Buena suerte, Recién Muerto.

No más necros, no más reducto, no más noche, no más ´sinceras felicitaciones por robarse la hurí más fascinante que pisó este mulato suelo´. No más hurí, en verdad. Las pecas en sus mejillas fueron magia que mudó mi universo.

Amanece, y el sol sale para mí en cada nuevo olor que descubro en su cuerpo. Son mil soles que amanecen entre sus sin-igual recovecos. Abro, hurgo, deslizo la superficie alerta de mis dedos. Atizo la herida, y bebo.

Altísimo es mi precio por haberte arrebatado, Guadalupe, algunas noches de tu concubino lecho. Renegué. Quería conservar para mí, solo para mí, tu recuerdo. ¿Por qué compartir con quienes no batallaron sobre las colinas de tu ninguneo?

Mi consuelo: serán solo palabras que nunca te cantarán con suficiente clamor.

Y retorna la rabia y el dolor.

Fui. Batallé. Morí. Y finalmente en el cielo de los guerreros, obtuve mi recompensa: dormir con la hurí más bella de entre Tierra y Morada Eterna.

Curiosos querrán saber. No sabrán. También los piadosos ignoran secretos del templo.

Me consuelo. Nunca volverás a tus veinte. Nunca retornaré a mis treinta y cuatro y medio. Nunca más –porque tus veinte no están- un hombre podrá susurrarte al oído las dos o tres frases rudas que te estremecían y que culminaban en gemidos de divino concierto.

Estábamos condenados –tus mejillas me lo dijeron- a irnos juntos algunas noches; a besarnos en las calles; a desnudarnos a medias en los porches; a manosearnos; a olernos, a lamernos los dedos; a exhibirnos, a mostramos. Queríamos que mil ojos nos vieran enloquecernos. No los dejamos. Egoístas. Cuidamos de ese nuestro pequeño cielo. Lo construimos y, en poco tiempo, lo destruimos.

Teníamos, sin duda, la Ley de nuestro lado. En el juego, pusimos la Ley en suspenso. Desde un más allá no tan distante, manos (algo) ajadas pero pulcras, con sus brazos todavía vestidos y sin dueño, avanzaban sobre una indefensa, ingenua, sugestiva y atrevida jovencita modelo. La sorpresa de esa joven ideal, era tu sorpresa. La boca abierta, los labios húmedos y en aquella el índice dedo, lo entendí después, se replicaban en vos como en la escena de un crimen inverso. La ardiente víctima reclamaba por su victimario experto. Gimoteos, escándalos, lloriqueos, negativas de ser invadida por un señor (no el tuyo) que se atrevía a desprenderte polleras, a acariciar medias, a arrancarlas, a espiar en tu jardín perfecto…

La clave era ´hentai´. Lo sabían tus pecas. Ahora, lo sabe este mundo hueco.

He cumplido mi pacto. He cantado tu encanto.

No diré más. No profanaré los delicados vestidos que vestían tu intimidad, mi Meca. Tal vez ustedes alcancen a imaginarlos, si se aproximan a esa ventana que tienen a mano y si observan y si trasmutan alguna nube pasajera en el algodón, mezcla de piel y de seda.

Dicen que ciertos mares dulces son porque en esas aguas las huríes del Profeta escupieron. Supe de tu saliva dulce, Guadalupe. Una noche, en un reducto, tuve la osadía de desearla. Desde ese día, condenatorio y fatal, soy el Espectro.

 

Lourdes – Tandil – 13 al 17 de enero de 2015

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