¿La bolsa o la vida? Desescolarizar [Guerra en las escuelas. Junio]

“Hoy en día a las autoridades les importa mucho que pensemos que estamos muy bien porque es muy difícil gobernar gente que reclama. Hay una opinión pública que cree mucho en lo que venden la televisión y las noticias, en lo que subrayan las opiniones de la gente experta. […] Y creen que son unos enfermos mentales los que [hablan] de una crisis de la civilización. Pero yo soy uno de esos enfermos mentales que cree que hay una crisis profunda del sistema que hemos construido.”

Claudio Naranjo, Conocimiento transformador {conferencia} 24-04-2013.

  O porque no quieren arruinar el chiste, o porque de eso mejor ni hablar, ni meter las manos en el barro, qué importa, los pocos que dedicaron su tiempo a reseñar El asaltante [2007] de Pablo Fendrik, evitaron referirse a los últimos y aterradores siete minutos.[1] Ramos, el protagonista, en el transcurso de una mañana y en tiempo (casi) real cumple, a pie juntillas, el plan de robar a mano armada la recaudación de dos colegios privados, uno característicamente religioso, el otro internacionalmente alemán.[2] El asaltante es un ejercicio surgido, según Fendrik, de una crónica policial, y anclado en el raid delictivo de un tipo de unos cincuenta y pico de años, meticuloso, observador, pulcro y hastiado, perteneciente a una clase media con mayores aspiraciones pero que ahí la quedó, es decir, un tipo que fantasea con una, esa, la aventura que lo saque de la rutina. Fendrik dice haberse distanciado de la intención, del mensaje, de la moral. Quiere contar una historia, la esboza, conecta con este o con aquel personaje, reconstruye los escenarios principales, introduce algunos obstáculos –la recaudación no está donde debería estar, un apellido falso coloca al asaltante en un entrevero familiar e institucional, una mesera le arroja té caliente y sin querer se le suma al plan- y deja todo, luego, en manos del cámara, de los actores y de los persecutorios primeros planos. Ramos es un solitario, dice Fendrik, es un rebelde que ha elucubrado, con precisión y sin cómplices, de qué manera ir contra la norma y no ser descubierto. Ramos, cínico y tal vez desesperado –porque vio, intuyó, advirtió las grietas- quiere actuar contra el sistema. Por eso roba, menos por ambición que por destreza.[3] De modo semejante, más por destreza que por ambición, filma el pulcro Fendrik. Y es bastante probable que, al igual que Ramos, el director mienta. El asaltante es una pequeña máquina infernal acerca del sin sentido. Una vez que Ramos, con la aguja marcando el minuto sesenta, atraviesa la puerta de su trabajo, la fantasmagoría previa cede terreno y la realidad pura y dura se impone en medio de la ficción hasta destrozarle la cara y sentarse triunfante detrás de un escritorio enclavado en el despacho de un director, no de cine, sino de escuela. Eso es Ramos. Eso es el frío asaltante. Ese es el chiste que los reseñistas optan por empañar, y del que Fendrik no cesa de desmarcarse. Gritos y aullidos enfundados en guardapolvitos blancos que contrastan con la amañada violencia en sordina de los patios vacíos de los dos colegios privados. La cara constreñida y lo cotidiano. La vicedirectora celebra que Ramos haya llegado, tiene turno con el dentista y no soporta más a la enésima madre paranoica que deposita su inseguridad en una institución comandada, literalmente, por un delincuente. Ramos, ni por un segundo, caretea su abulia ante esa pobre e insistente mujer: la diarrea se le generó al hijo en la escuela y que se le entregue, entonces, el certificado de limpieza del tanque. Corte. Entre lavandina, cagadas, gritos, madres, y con su mano quemada, Ramos se dirige, invisible y en apariencia inservible, a la cocina a prepararse un tecito que con tanto empeño deseó esa mañana. El tecito, la charla en el patio, las maestras a su lado atentas a la nada, el director charloteando, las cabezas asintiendo frente a la piel irritada, mientras chicos, chicas, pibes, pibas fuera de campo, fuera de foco, fuera de todo, chillan y los créditos entran a escena. Fendrik no querrá. Poco me interesa. El asaltante es una prístina síntesis del sistema educativo oficial (argentino y también occidental): los colegios privados son financieras o, en el mejor de los casos, bancos que contra depósito de unos cuantos mangos vigilan a los párvulos; los colegios públicos son tierra de nadie, o mejor, espacios controlados por mayores o menores punteros políticos de matones ministeriales. Todo director de colegio es un asaltante –(incluso si se viste de justiciero anónimo para financiar su propia institución como podría ser el caso de Ramos). O, para ser más justo, en su gran mayoría un directivo es un delincuente. A los directivos les cabe la ley –mi arbitraria ley- del veinticinco por ciento que reparte así los guarismos: un cuarto de las instituciones funciona, un cuarto de los docentes trabaja o puede hacerlo, un cuarto de los estudiantes aprende, un cuarto de los directivos dirige; el resto ni dirige, ni estudia, ni trabaja, ni funciona. El directivo del setenta y cinco por ciento conoce y ve hacia arriba, hacia abajo, hacia sus lados que nada, o poco menos que nada, anda y a todo le pone el gancho. A cambio de su salario, que no es escaso, un directivo de escuela es aquel que a sabiendas de que en el interior apenas si se mantienen las crías encerradas, avala ese estado de cosas, pone cara de qué vida maravillosa, aboga por la educación plasmada en un rosario de acciones bizarras que contarlas sería abonar la perversidad escribana, y dale que va, total se subió a la balsa, flota que flotará, y mientras nadie en sus aulas muera, todo marchará. Por esa y por otras razones –entre ellas, la de una corrupción velada- los directivos de colegios públicos (los únicos que conozco, el universo se apiade de tener que conocer a los de los privados) son delincuentes, en este sentido y en otro que ahora añado. Hace un par de años decía Claudio Naranjo, en su conferencia Conocimiento transformador, que la educación era un crimen perfecto, ya que había un muerto pero ningún acusado: “…la sociedad a través de una educación autoritaria continúa domesticando a su generación venidera. Yo digo que la educación es un crimen perfecto porque nadie lo reconoce como tal. Es el socio de lo que Eisenhower llamaba el ´complejo militar-industrial´. No podría sostenerse el ´complejo militar-industrial´ si no se educa a las personas para funcionar sin chistar dentro de este sistema donde la cuestión no es el crecimiento personal sino servir a la producción o a los que manejan la producción. Es una educación para ser carne de cañón o carne de tanque…”. Las instancias de este crimen anónimo, de este delito institucional que es la educación oficial pueden ser separadas y distinguidas en un entramado basado en idénticos principios a los del complejo que sostienen: la obediencia de la industria y la verticalidad del ejército. Si bien los portadores -los que permiten la pervivencia del sistema educativo- son y somos todos y cada uno de los actores, un extremo del punto ciego legal que garantiza el funcionamiento del sistema, es el equipo directivo. Los docentes podrán hacer huelga, por ejemplo, pero no el directivo quien debe mantener el edificio abierto. Cobra para obedecer. Rige el sistema educativo una lamentable y atroz ´obediencia debida´.[4] Y se trata de una obediencia histórica. El directivo le ha puesto, en estos últimos veinte años, la firma y el consentimiento a cuanta reforma se le presentó. Su palabra, por lo tanto, es una palabra rectora devaluada. El directivo odia al docente pero como técnicamente no puede vigilarlo ni hostigarlo de forma gratuita –aunque sea una entelequia, existe la libertad de cátedra garantizada por ley- se vale de la delación propiciada entre los estudiantes a cambio de que estos puedan hacer poco menos que lo que deseen con sus materias, exámenes, calificaciones, ausentes, etcétera. (Esta imposición e invasión de incumbencias por parte de los directivos, recae sobre el preceptor tan odiado y más explotado que el profesor, aunque ninguno osa rebelarse y, de hecho, se suman al contrabando de información.) El secreto de poder dar clases o de manejar una escuela es la manipulación de los alumnos quienes detectaron, hace rato, que hagan lo que hagan no serán castigados. (Nadie nunca discute de pedagogía. A nadie le importa realmente. Está y existe el placebo de los proyectos áulicos que, la verdad, más temprano que tarde terminan en la nada.) El profesor, por lo general, plantea clases demagógicas sin demasiado contenido. El alumnado atiende impaciente media hora como máximo y, a partir de allí, charla infinita entre sí. Como se sabe, las aulas argentinas están entre las más ruidosas del orbe conocido. En mis vagabundeos por distintas geografías, he detectado una constante apelación al fordismo escolar por parte de los estudiantes.[5] El planteo es básico: i) indicación de un tema genérico, ii) eventual entrega de un texto central, iii) propuesta relacionada del anhelado ´trabajo práctico´. Este artefacto les permite estirar el tiempo de clases hasta que uno de ellos lo resuelva, lo pase para la copia y recién entonces acontece la entrega efectiva que es lo único que interesa para reclamar la aprobación -no la adecuación ni la inadecuación a la consigna. De lo contrario, el complot, el boicot. Diálogo o comunicación, ni pensar. Y el corolario funesto. Es por demás complejo conocer el desempeño individual de los estudiantes, excepto si por desempeño se entiende el cumplimiento rutinario, casi burocrático, de llenar hojas de carpeta con contenido cuyo sentido y propósito se ignoran. En la relación directivos – estudiantes la manipulación es perversa. Existe, por cierto y como dije, un interés mutuo en que el estado de cosas sea así. Sin embargo, como es de suponer, la acción manipuladora nace del lado adulto. Un caso testigo. Desactivados durante décadas, en este último período se ha intentado reactivar los centros de estudiantes en colegios con poca o escasa tradición política. En su mayoría, los estudiantes involucrados superan los quince años y son, por lo tanto, ciudadanos habilitados para votar en las elecciones presidenciales, legislativas, etcétera. Sin pudor alguno, y contra el estatuto modelo otorgado por ley que impide el voto docente en ese claustro, los directivos infiltran los grupos políticos de estudiantes con profesores espías y adictos, un engranaje más en el entramado de control y de delación. Las voces de adultos que se levantan contra esos abusos son escasas y, así, los estudiantes infantilizados encuentran esa participación docente absolutamente natural. Los adultos, empezando por los padres, fiscalizan todo, por qué no la actividad política –argumentan. Semanas atrás, a comienzos de junio, en una institución en la que me propuse dialogar sobre la organización de los centros de estudiantes con mis alumnos y de forma explícita, me encontré con que, en el transcurrir de los días, a los referentes estudiantiles candidatos a las inminentes elecciones, las autoridades escolares les habían entregado para que cuidaran y para que fomentaran la responsabilidad… un huevo, envuelto en una media y con los ojitos pintados con fibra. –Mire, profe- me decía una alumna sonriente a sabiendas de lo que yo pensaba- mire cómo lo cuido y cómo cultivo mi responsabilidad. Por supuesto que traigo a colación casos aislados y extremos correspondientes a las tres cuartas partes nefastas del sistema, por supuesto que deben existir prácticas lícitas de formación política dentro de las escuelas, pero en lo que respecta a mí, con bastante mala suerte, en las experiencias a las que accedí, como la de la infantilización del ´cuidado del huevo´, no puedo menos que intuir allí la serpiente de la manipulación incubándose. No se trata de un camino unidireccional. Si se observa con cierto detenimiento, se advertirá que, sin que de primera mano intervengan adultos, en los incipientes centros de estudiantes, muchas veces los alumnos adoptan prácticas de la política tradicional que ni los directivos ni los docentes pueden ni quieren desactivar. Por caso, en la escuela de referencia conocí las dos plataformas de las listas que pugnaban por acceder al control del centro estudiantil: una proclamaba el mejor funcionamiento de un ascensor en una escuela de tres pisos; la otra alegaba una mejor conexión a internet en el edificio. Ni las condiciones edilicias ni estructurales reales, ni las condiciones áulicas y pedagógicas formaban parte de esa temprana agenda punteril. Las autoridades estaban y están poco interesadas en alertarlos. Directivos, estudiantes, docentes, tres instancias de esa organización esquizofrénica. Sobre estos últimos habría más para decir –por ejemplo, la desesperación absoluta por el salario cueste lo que cueste y bajo cualquier circunstancia- aunque con la degradación social de ser los fusibles de incontrolables energías juveniles, a las que nadie se banca y que por tal razón las encierran desatando una constelación de sujetos traumados por la imposibilidad de moverse y de actuar libremente, poco espacio hay para caerles a los hipócritas maestros en el arte de doparse. En la vereda opuesta, los verdaderos perdedores de esta historia: los estudiantes que tienen el derecho de recibir una educación con forma, contenido, calor y olor humanos, y a nada de eso acceden. Extrema paradoja socio-política. Quienes consideramos por demás falibles a las instituciones que el sospechoso género humano supo conseguir en los últimos tres siglos, intentamos, de todas formas, entenderlas, acompañarlas, recomponerlas. Quienes, por otro lado, dicen defender la institucionalidad, gritan y aúllan sobre lo pésimo que sería que la educación planificada desde una oficina no existiera y, a la hora de actuar, actúan discrecionalmente, haciendo y deshaciendo según las pata con la que pisaron esa mañana al salir de la cama y siempre sosteniendo la fe, la inmaterial fe en que todo va bien y que algunas cosas escasas, pequeñas, habría sí que cambiar. Son estos defensores de lo que hay o incapaces o ciegos o cómplices –o irrepetibles réplicas del asaltante. Zona liberada, territorio comanche, espacio de no-ley, son en sus tres cuartas partes las escuelas estatales (repito, de las privadas ni me ocupo porque para mí deberían desaparecer). Protege –permítaseme la ironía- al sistema escolar una dispersión legal a esta altura inconmensurable. Capa tras capa geológica se han ido acumulando modificaciones, reformas, decretos, leyes, reglamentaciones, resoluciones, nacionales, provinciales, distritales, bla bla bla. (Y avanza, como no podía ser de otra forma, una reforma más.[6]) Caos, desinformación, contradicción, arbitrariedad, todo concentrado en la mano ejecutora de uno de los verdugos más despreciables del sistema a los que en algún otro escrito denominé ´ratas ministeriales´: los inspectores. Son, junto a los directivos, el otro componente del punto ciego del sistema. Frente al delirio químicamente inducido de los tecnócratas y de los burócratas de los ministerios –los autores intelectuales- que tan solo quieren guarismos, aparece el autor material del homicidio que es el inspector en connivencia con los equipos directivos y en estrecho contacto con los grupos de traidores parasitarios de este enredo, los gremios. [7] Qué decir a esta altura que no haya dicho a comienzos de los setenta Raymundo sobre la burocracia sindical; qué explicar del colapso general de un sistema educativo que ni siquiera llega a pagar en tiempo y forma los salarios a sus trabajadores; qué decir de la pasividad gremial, del robo gremial, del aparataje infiltrado en las escuelas que siguen cayéndose a pedazos mientras los jerarcas hablan de luchar, de bregar, de negociar. Cada una de las instancias de las tres cuartas partes del sistema educativo está podrida, está corrompida. Es ineficaz, inutilizable, falaz en términos humanos. Había que incluir, incluir, incluir –justo y necesario-, pero ante el apuro, el desvío de fondos y de intereses, y ante la ausencia de un proyecto serio, se tenía que incluir y se recluyó. Y lo peor. La reclusión compulsiva sucedió en un sistema remendado, abigarrado, multicolor, y ahora, y ahora…[8] Y ahora les diría, para campear el temporal, desescolaricen a sus hijos antes que el mal sea irremediable. (En verdad, el Estado ya desescolarizó de la peor manera. Las escuelas son espacios de control, de depósito, de erogación de excedente de energía, de encierro en tensión, de domesticador de ideas, pero no de educación. Por eso, si lo necesita envíe a su hijo a comer y, por piedad, espere a la sobremesa, vaya y retírelo.) Desescolaricen y discutimos luego cómo educar. Como otros lo están haciendo, desescolaricen ya. Saquen a sus hijos de las manos de esos asaltantes. A desescolarizar.[9]

[Aledaños del Tandil – 28 de junio de 2015]

Notas [1] Con seguridad existen otros textos que sí tratan el tema. En una búsqueda rápida por la red, encontré dos reseñas de El asaltante. LINK 1 http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/5-13470-2009-04-09.html LINK 2 http://www.cinemaldito.com/el-asaltante-pablo-fendrik/; [2] Película disponible en Youtube en el siguiente link https://www.youtube.com/watch?v=mYqgx2Q4hBI [3] Ver entrevista a Fendrik en https://www.youtube.com/watch?v=vmkWA1V-7IA [4] Ver el cuarto texto de esta serie sobre educación pública “La banda de los Paragua” https://ymeescribesparanoica.wordpress.com/2015/05/20/la-banda-de-los-paragua/ [5] Como en mis anteriores textos sobre educación secundaria, en un tema de tanta complejidad ofrezco, a modo de presentación, mínima información personal: https://ymeescribesparanoica.wordpress.com/recorrido-y-experiencia-en-contextos-educativos/ [6] El denominado y discutido y resistido Código educativo. Ver http://www.codigoeducativo.org/ [7] Ver el segundo texto de esta serie sobre educación pública “¡A las trincheras! Escuelas públicas en guerra” https://ymeescribesparanoica.wordpress.com/2015/03/21/a-las-trincheras-escuelas-publicas-en-guerra/ [8] Sostengo esta misma idea de que los sujetos abandonen un sistema colapsado e ineficaz e inhumano en el primer texto de la serie sobre educación pública argentina. Ver “El fin de la educación [Sobre ´En las escuelas´ de G. Santos]” https://ymeescribesparanoica.wordpress.com/2015/03/11/el-fin-de-la-educacion/, [9] Este quinto texto de la serie educativa marca el derrotero de una lenta e irremediable salida del sistema educativo oficial. Un texto ejemplo de esa expulsión pueden observarlo en “Andate. Guerra en las escuelas. Informe abril” https://ymeescribesparanoica.wordpress.com/2015/04/25/andate-guerra-en-las-escuelas/

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