Ódio lúcido. Diário dum nóia [Del adiestramiento del Espectro]

-18 al 19 de julio de 2013 [9pm – 4am]-

Conocí a João un domingo que se hacía lunes. Estaba esa noche, además, Henrique, joven y morrudo, que merodeaba para vender maconha; su peculiar modo de hacer amigos.

Dos días después, miércoles, de tarde, a la entrada de la cámara de los vereadores, João habló, y coincidimos: policía, corrupción, dinero, poder.

Hoy, jueves 18, fui a su casa.

La milagrosa hospitalidad de un crackeiro.

João me cuenta la historia de la mujer con la que tuvo un hijo. Se siente abandonado. Me cuenta también que fue despedido hace tiempo de un trabajo, por negro.

El prejuicio hacia él.

Nos enlazamos en discusiones. Una brava acerca de los jornalistas asesinados en Brasil.

El prejuicio hacia mí.

Cobranza por mi incapacidad. Me pierdo en lo que dice, sin dudas, pero no por la maconha, como insiste, sino porque me quedo pensando qué dice y si tiene coherencia.

Logro, igualmente, comprender gran parte.

Me llama ´Espectro´. Alguien que ya ha muerto y que solo vive como reflejo.

Él, el Anónimo. Su apodo podría también ser nombre de pila legal que creo conocer por error y sobre el que nunca indagué.

Los moradores de rúa. La vida en la calle. Los centros de día –de acolhida- para comer y bañarse, o la inmensidad del espacio a la noche cuando se deambula, el albergue municipal, o las rondas de busca por la avenida Andaló.

João odia al sistema de salud que existe sólo para darle dinero y estatus al médico, cualquiera sea su función, mientras los moradores ficam na sua.

Vivir y permanecer de pie, y entre la violencia.

Odio lúcido. Perspectiva de crackeiro. Estratificación absurda que premia: dinero, carro, bunda gostosa. Hay un arriba social organizado que trabaja con el de abajo al que no quiere mejorar, realmente.

Nazismo y apartheid. Eso es esta sociedad brasileña, coincidimos. (Su cúspide, dice João, es nada. Por eso, dice, hay tantos depresivos arriba que deprimen a los de abajo).

Número de crackeiros en Rio Preto. Muchos.

Número de moradores de rúa. Millares, me dijo.

Serán unos mil, concluyo.

La venganza. El mal contra el otro. La denuncia, la delación, la agresión son chicanas que hacen sentir lo que es estar abajo.

Molequinho crackeiro. De su boca sabe João de tres robos a mujeres: uma namorada novinha y otras dos mayores (que lo convidan) a las que después les cae a robar. El moleque es de familia de la policía. Sus tíos, ricos. En la casa de la novia era la atracción: le hacían sacar la camisa para mostrar el tanquinho. A la chica le afanaba guita cuando estaba durmiendo, post-coito.

El pendejo crackeiro al que paseaban en cuero por la casa para que los invitados e invitadas lo vieran y se babearan, se culeaba a la pendeja, su novia, y se montaba a la madre, y a las dos les robaba. Le pregunto si no se clavaba al padre también. No le gusta mi pregunta.

Hay una tercera. Me la reservo.

Algunos crackeiros ven en esa acción una venganza.

Otros buscan para dársela por aprovechador y por provocador de mala fama.

La primera salida.

Regla. No somos responsables de lo que hace el otro, aunque sea una mierda.

Avenida Bady Bassit. Noche. En uno de los buracos para dormir está un amigo de João con una facada (que no vi) en la cabeza. Sí vi una sigla –SF- dibujada con el corte de pelo que, según él, significa ´security force´. Repite varias veces esa sigla y la de los EE.UU. (los nóias son grandes consumidores de tevé y de películas). Entre su conversa ronca, al que más adelante conoceré como el Frankie, habla de matar.

Me dice Cara Pálida. El Anónimo asiente. Está convencido de que necesito ser adiestrado, para saber mirar en los recovecos que forman la calle y la noche, apenas interrumpida por el naranja enfermo de los faroles.

Otros moradores, en un futuro, me hablarán del ascetismo y del conocimiento de sí, que es vivir en la rúa.

Por la salida, João queda cansado y agresivo. Al día siguiente me dirá que la familia le enseñó a ser educado. No podía decirme que me fuera.

En la vuelta me cuenta, al pasar, su viejo deseo de estudiar policía. Aplicó para la PM [Polícia Militar] pero falló en un test psicológico. Antes, me había dicho que a los 18 había estudiado inglés y otros idiomas. Pensaba formarse para salir de la nóia. Es un fracaso, así lo dice, que le duele.

Paranoia y enigma. Me dice João que si lo pienso bien, así como los EE.UU. infiltran guerrillas, al ser puesto acá en Brasil meses antes de que comiencen las revueltas…

Ou você acredita no acaso?

Caminos diversos en el vacío para alcanzar un lugar común. La soledad. El descrédito. La falta de conexiones o las conexiones equivocadas.

Me pregunta cómo llegué a Brasil. Le digo: la OEA.

Sonríe, por lo bajo, largos segundos.

Estamos en una sala vacía, con ventana a la calle, por la que entra la única luz de la casa en ese momento. Afuera está fresco. Son las ocho de la noche, y todavía no salimos.

Varias veces me aclaró João: él no me da ninguna historia. Me cuenta. Interpreto. Pongo lo mío.

-19 al 20 de julio de 2013 [2pm – 1am]-

Me ligó a las 11am. Hablamos a las 2.30pm. Me va a ayudar a escribir y me va a sugerir ideas. A la noche no porque está la señora de al lado a la que le molesta el ruido. El asunto era –lo entendí  a eso de las 9.30pm- que quería consumir.

Es la primera vez que lo veo con crack. Fumó a escondidas en la habitación (al llegar me dijo que esperara que estaba en el baño). Más tarde, preparó un poco adelante mío mientras yo comía lasagna que había llevado. Estaba loco pero tranquilo.

Pusimos una lamparita en la sala que estaba sin. A la casa se entra por esa sala. Hay tres sofás desvencijados todos ocupados -para disfrazar la soledad.

Dentro de la casa hablamos poco. Es desordenada, no muy limpia, agradable.

João fuma por la mágua, por estar maguado. Cuando se siente solo y rechazado, piensa ´vai se fuder, vou fumar todo´.

Dolorido por la soledad y por la mujer, ayer me contó más del hijo al que no ve.

João nació en Sampa y vivió hasta 2008 o 2009 antes de mudarse a Rio Preto. En 1996 o 1997 comenzó con el crack, previo paso por la cocaína. En la época, la boca donde él compraba era conocida, por la pureza, como ´Cem por cento´ (la bolsita a R$ 10).

Hay una mujer en Sampa y hay otra local –a menina gostosa, de soberbio culo, da a entender- a la que conoció a unas cuadras por la rúa Marino. Era ella crackeira y lo usó, según él, para consumir sin pagar.

Después ella se fue con los nóias de la plaza de al lado de la biblioteca –a praça de graça-, antigua cracolandia.

Vi en la heladera un papelito con fecha del 19 de septiembre de 2012 con dos frases escritas, una por él, otra por la menina gostosa.

Frase do João: ´Não é saudável ajustar-se a uma sociedade que está doente.´

Frase da menina: ´As pessoas gostam de você proporcionalmente ao que parecem…´ (Em esta frase -João me diz- falha a concordância).

Salimos.

Le presté um diezão. Bajamos por una perpendicular al centro y llegamos a la avenida Andaló. En la esquina no había. Subimos hasta el puente que cruza y une Independencia con Potirendaba. Le conté que conocía el posto de gasolina. Pasé por ahí, semanas atrás, arriba del Sao Francisco yendo a la fiesta da Marilia.

La plaza donde vamos a comprar queda cerca da…, a unas tres o cuatro para adentro de la Potirendaba. La referencia es la escuela. El recorrido total es de 50 cuadras.

Dentro del barrio nos mantuvimos yirando. Los dealers corren de un lado al otro. Mi presencia los hace desconfiar. No ser del barrio es un problema. Ser gringo es un problema inaudito.

Idas y vueltas. Aparece un señor de unos cincuenta años que se queja. Cómo puede ser    –creí entender Cecilio de nombre- trabajar toda la semana para llegar al viernes y tener que andar corriendo moleques que se escapan y que lo hacen caminar para conseguir el bagulho, a pedra. Pedreiro, trabaja con lajas y, según dice, lo hace para un empresario rico y dentro de un condominio importante.

Entre los punteros, existe un intrincado sistema de control. Algunos rajan mientras los vigías pasan la información, cuadra a cuadra, vía celular de los movimientos de los visitantes. (Las chicas que venden dosis son magníficas a la vista.)

João se enoja y me reta porque hablo muy alto. Siempre cree que hablo alto y que doy información. Puede tener razón.

Si me mando la cagada, él no me defiende, ni se arriesga.

Si la cosa se pone pesada porque sí, ahí se ve.

Fue la segunda salida.

Dos horas de caminata. Abandonamos una zona portuguesa -Lisboa, Estoril, etc.-, con canchas y con casitas ordenadas que conviven con la droga fuerte. (Por la zona vi también una creche –no es raro el término anglosajón. A la ocupación fue varias veces una trabajadora social; tal vez trabaje ahí.)

Volvimos más rápido.

João me dice cosas que quería decirme ayer y me cuenta de la encuesta que hizo sobre la toma y la ocupación de la cámara de vereadores. Muchos estaban en contra. La idea de representación que tiene el sujeto brasilero es no de igual sino de idealización, dice.

Se es ser humano hasta ser político, había dicho João en los días de la ocupación.

João como DaMatta ve que, en la sociedad brasilera, el punto es poner el pie primero en el otro: ¿sabe usted con quién está hablando?

La idea de subordinación lo vuelve loco. Es la misma que me impone al agredirme, al tratarme de estúpido y de sin memoria. (Y por intentar usarme. En algún momento sabré que pensaba ponerme de testigo –inventado- en un juicio que le seguía a un mercado por echarle encima los guardias de seguridad bajo sospecha de ser él un carterista.)

El crack es peripatético. Da mucha energía y se anda. Produce infinitos pensamientos, y paranoia, según me cuenta y advierto.

Al final, en la vuelta, João se asustó de una barca de poli y se adelantó. En la puerta de su casa nos separamos. Estaba apurado por entrar a fumar. La piedra le dura poco. Lento es el ritual que, hoy vi, tiene muchos pasos. Después sale a caminar solo por horas.

A nóia.

Um nóia.

Nego maluco.

-20 de julio de 2013 [4pm – 6pm]-

Como anoche le había prestado dez contas pra o rolé, a eso de las 4pm me convidó a comer.

Le había prometido ir a la feria a ver cómo trabajaba. Engripado, me levanté tarde. Por la fumata, él también. Cuando llegó a su puesto, estaba ocupado. Pasó por algunos restaurantes, consiguió marmitex y me invitó.

En alguna caminata, algo vio. Remarcó que tal vez la policía estuviera persiguiéndolo. Con el paso de los días se ha mostrado más paranoico.

Fui claro desde el comienzo. Le dije que no quería decepcionarlo.

Quiere contarme menos.

Intenté por dos veces que me dijera cómo sucedió, en la ocupación, lo del menininho crackeiro, entre el viernes y el sábado pasados. Ya me había dicho alguna cosa sobre la actuación de Marilia que no lo había cuidado bien al pibito, etc. Pero no conozco la historia base y él -me dice enojado- se cansa de repetir. El problema no es repetir sino completar historias que empieza y que, en los desvíos, deja sin nudo.

Hablamos de Marilia. Le conté que me gustaba, que la consideraba una buena militante y que con un programa e ideas más certeras podría mejorar. João se desvía y me cuenta de su idea de ir a ver a un vereador a pasar info. Dije que no topaba. Luego me dirá que reflexionó sobre eso.

Mientras en su habitación, en una tevé pequeña colgada de un rincón, miramos un partido de un descendido Palmeiras, equipo al que iba a ver cuando vivía en São Paulo, me explica (ese es su tono) que no hay que idealizar a los moradores de rúa. Todos en la escala social son bandidos: cada cual busca aprovecharse del otro y cagarlo. Por eso, aunque en el fondo la acción contra el menino de la ocupación haya sido ruim, se refería a esa historia que apenas conozco, el error era querer protegerlo.

Entre los moradores de rúa hay asesinos, violentos, locos, crackeiros, personas que eligen esa vida, etc., y todos tienen un mismo objetivo: sobrevivir.

En medio de esa explicación, que tiene que ver con las jerarquías, volvió a la historia de cuando lo echaron de la fábrica -o empresa- en la que trabajaba.

Ahí, parece, perdió todo. Argumenta que lo rajaron por negro. Esa es su mayor mágua. Está revoltado frente a la injusticia.

Quiere volver a ocupar ese lugar social: trabajador con dinero y la consecuente familia.

Le dije que me parecía que la sociedad brasilera funcionaba expulsando y que, en todo caso, podría desear salir de esa situación yendo hacia otro lugar (es decir, pensar en un proyecto paralelo conmigo). Pero él no me escucha, ni atiende cuando le hablo de contradicciones.

Es Testigo de Jehová (a primera vista no parece un dedicado practicante). Iba a una iglesia del barrio. Supongo que fue discriminado por fumón.

Opinó sobre la diferencia entre maconha y crack. A la primera la odia y, además, la relaciona conmigo. Dice que me olvido por causa de ella. Defiende al crack. Da más lucidez.

Le pedí que me acompañara al barrio Santo Antonio, buraco de los buracos en Rio Preto, pero ahí no tiene entrada. Está peleado con algún foda y lo creen de la policía. Uno prometió matarlo. Me dijo que fuera con el gordito de la moto de la toma (Henrique). Le propuse ir con él nomás, sin terceros.

Esa misma tarde en su habitación, viajamos al rap de los ochenta en Sampa. El inicio en las catacumbas paulistas de lo que hoy virou chic. Me contó también de su adicción a navegar y a hacer amigos virtuales. Por una hora rondamos la computadora.

Antes de despedirnos, me dijo que un rato más tarde, cerca del albergue -Bady e Independencia- podía ver los cachorros quentes, las saladas de fruta y los refrescos, todo eso que les dan a los pobres.

Fui.

Me quedé en la esquina del Banco do Brasil alrededor de una hora.

Entre el dormidero a una cuadra de ahí y el dormidero cerca de Vila Dioniso, más los del albergue, conté unos 20 moradores de rúa. Como mucho, Rio Preto debe tener unos 100 aunque está el mito de los miles.

Los negocios cierran a las 6pm. Antes de las 8pm, sus techos o sus aleritos de ingreso, se pueblan. Muchos dejan sus trapos disimulados entre los arbustos durante el día.

Llegaron tres autos nuevos, sobrios, de alta gama. Estacionaron y de sus baúles sacaron las viandas (comida, bebida, postre). A veces reparten ropas. Blancos de clase acomodada. Pertenecen a iglesias evangélicas. Esa dádiva es su militancia.

Me tiró el dato de la repartija para ver si estoy atento y para ver qué hago.

Volví a encontrarme al Frankie y me apodó Renato Ruso.

Al acercarme al grupo que recibía los lanches, me ofrecieron uno. Decliné.

Estaba, a esa altura, satisfecho de que me vieran como a un par.

-03 de agosto de 2013 [6am – 9pm]-

Este sábado nos vimos. Pasé por la casa a visitarlo y salimos a dar una vuelta.

Entre este sábado y el último escrito del diario, hubo otros encuentros más breves como aquel de un día viernes -después del fin de la ocupación y de una semana complicado por la garganta.

Ese viernes fui a la casa. Hacía frío. Lo acompañé hasta una iglesia pasando la Andaló, cerca de la plaza de la Figuera donde suele parar el Hippie y donde escuché de boca de Zé la historia de la expulsión de los negros del barrio Boa Vista décadas atrás, hoy un barrio residencial, próximo a donde vivo.

Quería mostrarme otras maneras de cómo la clase alta, vía iglesia, alienta a la caridad. Por estos días, Bergoglio, nuevo Papa, visita Brasil. Hay que dar a los pobres.

En la ida y la vuelta de la iglesia –gran salón de recepción, mesas con manteles, platos finos, y hasta recuerdo banderines de cumpleaños, para los veinte o treinta famélicos que se acercan- Anónimo hizo un repaso de mis acciones en las salidas previas, en las que repite mi falta de experiencia, mi poca viveza, etc.

Me fui rápido. Dejamos por la mitad la charla que rondó SJRP y las mujeres. En relación con SJRP, el Anónimo cree que algo del pasado caipira y de las fazendas que hay por acá llevaron a una relación rústica entre las personas que, sumado al dinero, es explosivo. Anónimo compara con la apertura de las personas de Sampa.

Eso fue un viernes.

Retorno al deambular del sábado 03. Llegamos a la zona de la plaza de la catedral, centro. Estaba por atardecer.

En un buteco de la esquina está el Hippie escuchando Marley en una rockola, borracho de cerveza y pinga, y fumado.

Cruzamos a la plaza. Aparece la galera de la rúa, conocidos entre sí. Éramos el Hippie, el Anónimo, el Frankie, el chico de bermudas azules y otros dos más. Flotaba un clima de mala onda. Hablaron de unos colombianos que andaban por ahí –no entendí si en la calle o que paraban en la plaza- e, influidos por el asunto gringo, pasaron a hablar de Argentina, de cómo es, de cómo se habla, según había desparramado el Hippie que había vivido en Uruguay, casado con una local, y que había viajado por Argentina.

El Frankie -el que tenía ´SF´ dibujado en la cabeza- contaba que le habían pegado y que quería comprar un arma para matar. Habló del accidente en una moto –mostró la cicatriz en la pierna- y de cómo pasó sus días en el hospital donde cumplió años. Como todos, mezclaba. Insistía con que le habían dicho nazi porque estaba rapado a los costados.

La vestimenta es importante. Según el Frankie, se viste mejor ahora, que está en la calle, que antes.

Al de bermudas azules lo llamaron ´mendigo-boy´, es decir, el ´mendigo playboy´ que se viste con mejores ropas y que le gusta hacer eso.

Hablaron, después, del Comando Vermelho y de otra organización criminosa. Las consideran el verdadero Estado. A ellas deberían responder. Son las únicas que hacen sentido. El código de Comando Vermelho son la ´c´ y la ´v´ formadas con los dedos.

Salimos de la plaza de noche. El Hippie –escabio y pesado- me pidió una mochila porque no tenía dónde poner las artesanías para vender.

Bajamos desde la plaza hasta Bady e Independencia. Como era sábado había mucha gente –llegué a contar más de 25. Nos quedamos dos horas hablando.

Ahora, desde adentro.

Estoy sentado, y observo la violencia que sale del interior de los autos hacia los muchachos de la rúa, tétrico.

Caravana de motos de alta cilindrada custodiada por la policía. Bocinazos. Aceleradas. Faquius. Fue tema de ronda: por qué existe ese desprecio. Les duele más que la falta de hogar.

Pararon, luego, algunos autos con pocas cosas. Bajó un señor gordo que parecía tanto de una iglesia, aunque puede ser apenas impresión.

El Anónimo habló del dinero que se pone tres veces, en los impuestos, en el pago a los trabajadores (médicos, asistentes), en la dádiva de las personas.

No pareció ser un día de mucha ganancia para ellos.

El albergue es, ante todo, para castigar a los meninos de la rúa que son expulsados de donde están, que soportan el castigo y que la cagan por ponerse violentos. Los adultos fluctúan.

Los moradores de rúa –ningunos santos- nuclean, sin que se les solucionen problemas, asistentes sociales, ciudadanos, feligreses varios, profesionales de todas las layas.

Universal justificación del presupuesto. Se los violenta por aburrimiento del personal.

Anónimo remarca siempre el punto de vista: dónde comienza la violencia, quién la genera, cómo se la ve desde el otro lado. Repite: una cosa es hablar desde la cámara de vereadores, otra es estar a la intemperie.

Durante el jantar de ese sábado, en una camioneta negra, pasa uno de los operadores que estuvo semanas atrás en la ocupación de la cámara -donde conocí al Anónimo. Espías, vigilantes, informantes. En Rio Preto poco permanece fuera de control.

Días más tarde, escribo rápido, hoy es 07, le llevé al Hippie, por la tarde, a la plaza de la Figuera, una mochila. Una forma de pago por lo que implica hablar con él. Le saco para escribir y no soy sincero si no aporto. No le importa esto del escribir –que se lo digo. Me promete que me va a pagar con artesanías. Hablamos del albergue. Reconoció la mala vibra del lugar y la policía municipal que hincha las pelotas. Por una cosa o por otra, el Hippie anda high, cada día. Fui cerca de las 6pm y se iba para la Bady a comer.

A las cobras hay que matarlas desde pequeñas, no dejarlas crecer –eso siempre decía João. Era su lema. El Frankie firmaría. El Hippie sonriente diría que sí.

´Estou apenas, e não sou guiado por nada.´ Edson di Carvalho {Nossos mortos, 2013, filme}

Rio Preto, 18 julio al 07 de agosto de 2013 – Tandil, 18 al 22 de septiembre de 2015

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Si militar, no revolución

Los diagnósticos referidos a la imposibilidad de enfrentar el sistema industrial (capitalismo, capitalismo tardío, ciber-imperio, o como usted quiera nombrarlo) tienden a cruzarse y a coincidir por segmentos, aunque hayan surgido de fuentes diversas. El texto que transcribo a continuación, escrito por Byung-Chun Han y publicado en 2014 por El País [España], puede ser leído –es recomendable- a contraluz de lo que décadas atrás establecieron, en instancias diferenciadas, Theodore Kaczynski e Ivan Illich. De Kaczynski retomo la categoría actividad sustitutoria. Ante la impronta connatural al ser humano de procurar la satisfacción de sus necesidades primarias –comida, vestido, refugio, seguridad (propia y del grupo), en concreto, la autosubsistencia-, en un truco singular, y extremadamente complejo de desarmar, el sistema propone, ofrece y, con sutileza, impone una extensa ristra de actividades de segundo orden que parecen recomponer el camino perdido: reconducen parte del dinero obtenido por el esfuerzo cotidiano en un trabajo, que (casi) nada tiene que ver con el trabajador, hacia las mencionadas necesidades primarias. Al estar la obtención de estas necesidades mediada por otros sujetos que se encargan de ´nuestra comida´, de ´nuestra vestimenta´, de ´nuestra casa´, etcétera, esa suplantación de la autonomía y de la autosubsistencia, muestra, a mediano plazo, sus debilidades. El esfuerzo para obtener el dinero necesario suele ser enorme (hay quienes nunca logran ese cometido, obviamente) y, en consecuencia, otro segmento del dinero habido es utilizado en otro ingente número de actividades distractoras también secundarias -desde los espectáculos a los deportes extremos- atravesadas, en cada caso, por el consumo de objetos y de mercancías, en una escalada que conduce al sujeto a reconocer la inutilidad final de tal esfuerzo. Cae así en el aburrimiento, la abulia, la depresión, los males del cuerpo, la violencia, las adicciones, etcétera. Quienes, por variadas razones, detectan este truco monetario sistémico que redunda en la pérdida de la autonomía, se proponen luchar contra. Los sectores progresistas activan, se movilizan y militan incansablemente con la esperanza de subsanar de a uno esos problemas (bajar índices de violencia, aproximarse a la naturaleza). La militancia, en la mirada de Kaczynski, es una de las actividades sustitutorias más importantes y, de forma paradójica, más pro-sistema. Al no atacar la pérdida de autonomía, al no luchar contra el tejido sistémico, al no debilitarlo, al no desactivar las actividades sustitutorias –la militancia lo es- el sistema industrial permanece intacto y, contra los deseos, se fortalece. Como leerán en Han, la lucha revolucionaria se ha convertido hoy en pequeñas empresas (los grupos de activistas y de militantes encajan en esta idea) que lanzan al mercado una nueva mercancía, el compromiso. Según este estado de cosas, los dos rasgos principales de la propuesta progresista (izquierdista) –en términos de Han, el acento en la ´comunidad´ y en el ´compartir´-, fueron desactivados al punto de que tanto en los ámbitos oficiales como en los de resistencia, cunde la comercialización de la vida. Decir comercialización es decir estandarización, es decir mensura, es decir control, es decir estadística, es decir contaduría, es decir llevar la cuenta precisa del dar y del recibir, justamente aquello que queda a un lado para Illich en su idea de ´convivencialidad´. En la mirada del austríaco, una sociedad convivencial es una sociedad desprofesionalizada en la que sus integrantes son parte de nuevos modos de organización con participación espontánea, voluntaria y al servicio de los demás, una sociedad en la que las necesidades y el dominio del propio cuerpo están por sobre la sujeción a una técnica, a las herramientas disponibles (y las instituciones son herramientas). Esta vieja idea de una sociedad convivencial mutó en la perversa amabilidad comercializada que introduce Han. La amabilidad –máscara de la corrección política- es también la moneda de cambio de la militancia, actividad a la que Illich consideraría una ´institucionalización´ o ´una instrumentalización de la caridad´. Y a estos diagnósticos podría añadir la profecía –o el dictamen- de Marshall McLuhan de la tribalización (´atomización´) resultado de la instauración de la sociedad tecnológica, separatismo mercurial que fortalece segundo a segundo al sistema, podría además sugerirles que leyeran –y que reseñaran amablemente para mí- el libelo de Jacques Ellul, Qué revolución es posible [1972], porque a cambio de eso, con dedicación, rescaté para ustedes este texto… pero es el tiempo de leer a Han.

¿Por qué hoy no es posible la revolución?

Byung-Chun Han

Cuando hace un año debatí con Antonio Negri en el Berliner Schaubühne, tuvo lugar un enfrentamiento entre dos críticas del capitalismo. Negri estaba entusiasmado con la idea de la resistencia global al empire, al sistema de dominación neoliberal. Se presentó como revolucionario comunista y se denominaba a sí mismo profesor escéptico. Con énfasis conjuraba a la multitud, la masa interconectada de protesta y revolución, a la que confiaba la tarea de derrocar al empire. La posición del comunista revolucionario me pareció muy ingenua y alejada de la realidad. Por ello intenté explicarle a Negri por qué las revoluciones ya no son posibles.

¿Por qué el régimen de dominación neoliberal es tan estable? ¿Por qué hay tan poca resistencia? ¿Por qué toda resistencia se desvanece tan rápido? ¿Por qué ya no es posible la revolución a pesar del creciente abismo entre ricos y pobres? Para explicar esto es necesario una comprensión adecuada de cómo funcionan hoy el poder y la dominación.

Quien pretenda establecer un sistema de dominación debe eliminar resistencias. Esto es cierto también para el sistema de dominación neoliberal. La instauración de un nuevo sistema requiere un poder que se impone con frecuencia a través de la violencia. Pero este poder no es idéntico al que estabiliza el sistema por dentro. Es sabido que Margaret Thatcher trataba a los sindicatos como ´el enemigo interior´ y les combatía de forma agresiva. La intervención violenta para imponer la agenda neoliberal no tiene nada que ver con el poder estabilizador del sistema.

El poder estabilizador de la sociedad disciplinaria e industrial era represivo. Los propietarios de las fábricas explotaban de forma brutal a los trabajadores industriales, lo que daba lugar a protestas y resistencias. En ese sistema represivo son visibles tanto la opresión como los opresores. Hay un oponente concreto, un enemigo visible frente al que tiene sentido la resistencia.

El sistema de dominación neoliberal está estructurado de una forma totalmente distinta. El poder estabilizador del sistema ya no es represor, sino seductor, es decir, cautivador. Ya no es tan visible como en el régimen disciplinario. No hay un oponente, un enemigo que oprime la libertad ante el que fuera posible la resistencia. El neoliberalismo convierte al trabajador oprimido en empresario, en empleador de sí mismo. Hoy cada uno es un trabajador que se explota a sí mismo en su propia empresa. Cada uno es amo y esclavo en una persona. También la lucha de clases se convierte en una lucha interna consigo mismo: el que fracasa se culpa a sí mismo y se avergüenza. Uno se cuestiona a sí mismo, no a la sociedad.

Es ineficiente el poder disciplinario que con gran esfuerzo encorseta a los hombres de forma violenta con sus preceptos y prohibiciones. Es esencialmente más eficiente la técnica de poder que se preocupa de que los hombres por sí mismos se sometan al entramado de dominación. Su particular eficiencia reside en que no funciona a través de la prohibición y la sustracción, sino a través del deleite y la realización. En lugar de generar hombres obedientes, pretende hacerlos dependientes. Esta lógica de la eficiencia es válida también para la vigilancia. En los años ochenta, se protestó de forma muy enérgica contra el censo demográfico. Incluso los estudiantes salieron a la calle. Desde la perspectiva actual, los datos necesarios como oficio, diploma escolar o distancia del puesto de trabajo suenan ridículos. Era una época en la que se creía tener enfrente al Estado como instancia de dominación que arrebataba información a los ciudadanos en contra de su voluntad. Hace tiempo que esta época quedó atrás. Hoy nos desnudamos de forma voluntaria. Es precisamente este sentimiento de libertad el que hace imposible cualquier protesta. La libre iluminación y el libre desnudamiento propios siguen la misma lógica de la eficiencia que la libre autoexplotación. ¿Contra qué protestar? ¿Contra uno mismo?

Es importante distinguir entre el poder que impone y el que estabiliza. El poder estabilizador adquiere hoy una forma amable, smart, y así se hace invisible e inatacable. El sujeto sometido no es ni siquiera consciente de su sometimiento. Se cree libre. Esta técnica de dominación neutraliza la resistencia de una forma muy efectiva. La dominación que somete y ataca la libertad no es estable. Por ello el régimen neoliberal es tan estable, se inmuniza contra toda resistencia porque hace uso de la libertad, en lugar de someterla. La opresión de la libertad genera de inmediato resistencia. En cambio, no sucede así con la explotación con la libertad. Después de la crisis asiática, Corea del Sur estaba paralizada. Entonces llegó el FMI y concedió crédito a los coreanos. Para ello, el Gobierno tuvo que imponer la agenda liberal con violencia contra las protestas. Hoy apenas hay resistencia en Corea del Sur. Al contrario, predomina un gran conformismo y consenso con depresiones y síndrome de Burnout [fatiga crónica, ineficacia]. Hoy Corea del Sur tiene la tasa de suicidio más alta del mundo. Uno emplea violencia contra sí mismo, en lugar de querer cambiar la sociedad. La agresión hacia el exterior que tendría como resultado una revolución cede ante la autoagresión.

Hoy no hay ninguna multitud cooperante, interconectada, capaz de convertirse en una masa protestante y revolucionaria global. Por el contrario, la soledad del autoempleado aislado, separado, constituye el modo de producción presente. Antes, los empresarios competían entre sí. Sin embargo, dentro de la empresa era posible una solidaridad. Hoy compiten todos contra todos, también dentro de la empresa. La competencia total conlleva un enorme aumento de la productividad, pero destruye la solidaridad y el sentido de comunidad. No se forma una masa revolucionaria con individuos agotados, depresivos, aislados.

No es posible explicar el neoliberalismo de un modo marxista. En el neoliberalismo no tiene lugar ni siquiera la ´enajenación´ respecto del trabajo. Hoy nos volcamos con euforia en el trabajo hasta el síndrome de Burnout. El primer nivel del síndrome es la euforia. Síndrome de Burnout y revolución se excluyen mutuamente. Así, es un error pensar que la multitud derroca al empire parasitario e instaura la sociedad comunista.

¿Y qué pasa hoy con el comunismo? Constantemente se evocan el sharing (compartir) y la comunidad. La economía del sharing ha de suceder a la economía de la propiedad y la posesión. Sharing is caring [compartir es cuidar], dice la máxima de la empresa Circler en la nueva novela de Dave Eggers, The Circle. Los adoquines que conforman el camino hacia la central de la empresa Circler contienen máximas como ´buscad la comunidad´ o ´involucraos´. Cuidar es matar, debería decir la máxima de Circler. Es un error pensar que la economía del compartir, como afirma Jeremy Rifkin en su libro más reciente La sociedad del coste marginal nulo, anuncia el fin del capitalismo, una sociedad global, con orientación comunitaria, en la que compartir tiene más valor que poseer. Todo lo contrario: la economía del compartir conduce en última instancia a la comercialización total de la vida.

El cambio, celebrado por Rifkin, que va de la posesión al ´acceso´ no nos libera del capitalismo. Quien no posee dinero, tampoco tiene acceso al sharing. También en la época del acceso seguimos viviendo en el Bannoptikum, un dispositivo de exclusión, en el que los que no tienen dinero quedan excluidos. Airbnb, el mercado comunitario que convierte cada casa en hotel, rentabiliza incluso la hospitalidad. La ideología de la comunidad o de lo común realizado en colaboración lleva a la capitalización total de la comunidad. Ya no es posible la amabilidad desinteresada. En una sociedad de recíproca valoración también se comercializa la amabilidad. Uno se hace amable para recibir mejores valoraciones. También en la economía basada en la colaboración predomina la dura lógica del capitalismo. De forma paradójica, en este bello ´compartir´ nadie da nada voluntariamente. El capitalismo llega a su plenitud en el momento en que el comunismo se vende como mercancía. El comunismo como mercancía: esto es el fin de la revolución.

Fuente. El País. 22 de septiembre de 2014. Traducción: Alfredo Bergés. Texto disponible en: http://elpais.com/elpais/2014/09/22/opinion/1411396771_691913.html

–Primer post fuera de Sálmacis–