Si militar, no revolución

Los diagnósticos referidos a la imposibilidad de enfrentar el sistema industrial (capitalismo, capitalismo tardío, ciber-imperio, o como usted quiera nombrarlo) tienden a cruzarse y a coincidir por segmentos, aunque hayan surgido de fuentes diversas. El texto que transcribo a continuación, escrito por Byung-Chun Han y publicado en 2014 por El País [España], puede ser leído –es recomendable- a contraluz de lo que décadas atrás establecieron, en instancias diferenciadas, Theodore Kaczynski e Ivan Illich. De Kaczynski retomo la categoría actividad sustitutoria. Ante la impronta connatural al ser humano de procurar la satisfacción de sus necesidades primarias –comida, vestido, refugio, seguridad (propia y del grupo), en concreto, la autosubsistencia-, en un truco singular, y extremadamente complejo de desarmar, el sistema propone, ofrece y, con sutileza, impone una extensa ristra de actividades de segundo orden que parecen recomponer el camino perdido: reconducen parte del dinero obtenido por el esfuerzo cotidiano en un trabajo, que (casi) nada tiene que ver con el trabajador, hacia las mencionadas necesidades primarias. Al estar la obtención de estas necesidades mediada por otros sujetos que se encargan de ´nuestra comida´, de ´nuestra vestimenta´, de ´nuestra casa´, etcétera, esa suplantación de la autonomía y de la autosubsistencia, muestra, a mediano plazo, sus debilidades. El esfuerzo para obtener el dinero necesario suele ser enorme (hay quienes nunca logran ese cometido, obviamente) y, en consecuencia, otro segmento del dinero habido es utilizado en otro ingente número de actividades distractoras también secundarias -desde los espectáculos a los deportes extremos- atravesadas, en cada caso, por el consumo de objetos y de mercancías, en una escalada que conduce al sujeto a reconocer la inutilidad final de tal esfuerzo. Cae así en el aburrimiento, la abulia, la depresión, los males del cuerpo, la violencia, las adicciones, etcétera. Quienes, por variadas razones, detectan este truco monetario sistémico que redunda en la pérdida de la autonomía, se proponen luchar contra. Los sectores progresistas activan, se movilizan y militan incansablemente con la esperanza de subsanar de a uno esos problemas (bajar índices de violencia, aproximarse a la naturaleza). La militancia, en la mirada de Kaczynski, es una de las actividades sustitutorias más importantes y, de forma paradójica, más pro-sistema. Al no atacar la pérdida de autonomía, al no luchar contra el tejido sistémico, al no debilitarlo, al no desactivar las actividades sustitutorias –la militancia lo es- el sistema industrial permanece intacto y, contra los deseos, se fortalece. Como leerán en Han, la lucha revolucionaria se ha convertido hoy en pequeñas empresas (los grupos de activistas y de militantes encajan en esta idea) que lanzan al mercado una nueva mercancía, el compromiso. Según este estado de cosas, los dos rasgos principales de la propuesta progresista (izquierdista) –en términos de Han, el acento en la ´comunidad´ y en el ´compartir´-, fueron desactivados al punto de que tanto en los ámbitos oficiales como en los de resistencia, cunde la comercialización de la vida. Decir comercialización es decir estandarización, es decir mensura, es decir control, es decir estadística, es decir contaduría, es decir llevar la cuenta precisa del dar y del recibir, justamente aquello que queda a un lado para Illich en su idea de ´convivencialidad´. En la mirada del austríaco, una sociedad convivencial es una sociedad desprofesionalizada en la que sus integrantes son parte de nuevos modos de organización con participación espontánea, voluntaria y al servicio de los demás, una sociedad en la que las necesidades y el dominio del propio cuerpo están por sobre la sujeción a una técnica, a las herramientas disponibles (y las instituciones son herramientas). Esta vieja idea de una sociedad convivencial mutó en la perversa amabilidad comercializada que introduce Han. La amabilidad –máscara de la corrección política- es también la moneda de cambio de la militancia, actividad a la que Illich consideraría una ´institucionalización´ o ´una instrumentalización de la caridad´. Y a estos diagnósticos podría añadir la profecía –o el dictamen- de Marshall McLuhan de la tribalización (´atomización´) resultado de la instauración de la sociedad tecnológica, separatismo mercurial que fortalece segundo a segundo al sistema, podría además sugerirles que leyeran –y que reseñaran amablemente para mí- el libelo de Jacques Ellul, Qué revolución es posible [1972], porque a cambio de eso, con dedicación, rescaté para ustedes este texto… pero es el tiempo de leer a Han.

¿Por qué hoy no es posible la revolución?

Byung-Chun Han

Cuando hace un año debatí con Antonio Negri en el Berliner Schaubühne, tuvo lugar un enfrentamiento entre dos críticas del capitalismo. Negri estaba entusiasmado con la idea de la resistencia global al empire, al sistema de dominación neoliberal. Se presentó como revolucionario comunista y se denominaba a sí mismo profesor escéptico. Con énfasis conjuraba a la multitud, la masa interconectada de protesta y revolución, a la que confiaba la tarea de derrocar al empire. La posición del comunista revolucionario me pareció muy ingenua y alejada de la realidad. Por ello intenté explicarle a Negri por qué las revoluciones ya no son posibles.

¿Por qué el régimen de dominación neoliberal es tan estable? ¿Por qué hay tan poca resistencia? ¿Por qué toda resistencia se desvanece tan rápido? ¿Por qué ya no es posible la revolución a pesar del creciente abismo entre ricos y pobres? Para explicar esto es necesario una comprensión adecuada de cómo funcionan hoy el poder y la dominación.

Quien pretenda establecer un sistema de dominación debe eliminar resistencias. Esto es cierto también para el sistema de dominación neoliberal. La instauración de un nuevo sistema requiere un poder que se impone con frecuencia a través de la violencia. Pero este poder no es idéntico al que estabiliza el sistema por dentro. Es sabido que Margaret Thatcher trataba a los sindicatos como ´el enemigo interior´ y les combatía de forma agresiva. La intervención violenta para imponer la agenda neoliberal no tiene nada que ver con el poder estabilizador del sistema.

El poder estabilizador de la sociedad disciplinaria e industrial era represivo. Los propietarios de las fábricas explotaban de forma brutal a los trabajadores industriales, lo que daba lugar a protestas y resistencias. En ese sistema represivo son visibles tanto la opresión como los opresores. Hay un oponente concreto, un enemigo visible frente al que tiene sentido la resistencia.

El sistema de dominación neoliberal está estructurado de una forma totalmente distinta. El poder estabilizador del sistema ya no es represor, sino seductor, es decir, cautivador. Ya no es tan visible como en el régimen disciplinario. No hay un oponente, un enemigo que oprime la libertad ante el que fuera posible la resistencia. El neoliberalismo convierte al trabajador oprimido en empresario, en empleador de sí mismo. Hoy cada uno es un trabajador que se explota a sí mismo en su propia empresa. Cada uno es amo y esclavo en una persona. También la lucha de clases se convierte en una lucha interna consigo mismo: el que fracasa se culpa a sí mismo y se avergüenza. Uno se cuestiona a sí mismo, no a la sociedad.

Es ineficiente el poder disciplinario que con gran esfuerzo encorseta a los hombres de forma violenta con sus preceptos y prohibiciones. Es esencialmente más eficiente la técnica de poder que se preocupa de que los hombres por sí mismos se sometan al entramado de dominación. Su particular eficiencia reside en que no funciona a través de la prohibición y la sustracción, sino a través del deleite y la realización. En lugar de generar hombres obedientes, pretende hacerlos dependientes. Esta lógica de la eficiencia es válida también para la vigilancia. En los años ochenta, se protestó de forma muy enérgica contra el censo demográfico. Incluso los estudiantes salieron a la calle. Desde la perspectiva actual, los datos necesarios como oficio, diploma escolar o distancia del puesto de trabajo suenan ridículos. Era una época en la que se creía tener enfrente al Estado como instancia de dominación que arrebataba información a los ciudadanos en contra de su voluntad. Hace tiempo que esta época quedó atrás. Hoy nos desnudamos de forma voluntaria. Es precisamente este sentimiento de libertad el que hace imposible cualquier protesta. La libre iluminación y el libre desnudamiento propios siguen la misma lógica de la eficiencia que la libre autoexplotación. ¿Contra qué protestar? ¿Contra uno mismo?

Es importante distinguir entre el poder que impone y el que estabiliza. El poder estabilizador adquiere hoy una forma amable, smart, y así se hace invisible e inatacable. El sujeto sometido no es ni siquiera consciente de su sometimiento. Se cree libre. Esta técnica de dominación neutraliza la resistencia de una forma muy efectiva. La dominación que somete y ataca la libertad no es estable. Por ello el régimen neoliberal es tan estable, se inmuniza contra toda resistencia porque hace uso de la libertad, en lugar de someterla. La opresión de la libertad genera de inmediato resistencia. En cambio, no sucede así con la explotación con la libertad. Después de la crisis asiática, Corea del Sur estaba paralizada. Entonces llegó el FMI y concedió crédito a los coreanos. Para ello, el Gobierno tuvo que imponer la agenda liberal con violencia contra las protestas. Hoy apenas hay resistencia en Corea del Sur. Al contrario, predomina un gran conformismo y consenso con depresiones y síndrome de Burnout [fatiga crónica, ineficacia]. Hoy Corea del Sur tiene la tasa de suicidio más alta del mundo. Uno emplea violencia contra sí mismo, en lugar de querer cambiar la sociedad. La agresión hacia el exterior que tendría como resultado una revolución cede ante la autoagresión.

Hoy no hay ninguna multitud cooperante, interconectada, capaz de convertirse en una masa protestante y revolucionaria global. Por el contrario, la soledad del autoempleado aislado, separado, constituye el modo de producción presente. Antes, los empresarios competían entre sí. Sin embargo, dentro de la empresa era posible una solidaridad. Hoy compiten todos contra todos, también dentro de la empresa. La competencia total conlleva un enorme aumento de la productividad, pero destruye la solidaridad y el sentido de comunidad. No se forma una masa revolucionaria con individuos agotados, depresivos, aislados.

No es posible explicar el neoliberalismo de un modo marxista. En el neoliberalismo no tiene lugar ni siquiera la ´enajenación´ respecto del trabajo. Hoy nos volcamos con euforia en el trabajo hasta el síndrome de Burnout. El primer nivel del síndrome es la euforia. Síndrome de Burnout y revolución se excluyen mutuamente. Así, es un error pensar que la multitud derroca al empire parasitario e instaura la sociedad comunista.

¿Y qué pasa hoy con el comunismo? Constantemente se evocan el sharing (compartir) y la comunidad. La economía del sharing ha de suceder a la economía de la propiedad y la posesión. Sharing is caring [compartir es cuidar], dice la máxima de la empresa Circler en la nueva novela de Dave Eggers, The Circle. Los adoquines que conforman el camino hacia la central de la empresa Circler contienen máximas como ´buscad la comunidad´ o ´involucraos´. Cuidar es matar, debería decir la máxima de Circler. Es un error pensar que la economía del compartir, como afirma Jeremy Rifkin en su libro más reciente La sociedad del coste marginal nulo, anuncia el fin del capitalismo, una sociedad global, con orientación comunitaria, en la que compartir tiene más valor que poseer. Todo lo contrario: la economía del compartir conduce en última instancia a la comercialización total de la vida.

El cambio, celebrado por Rifkin, que va de la posesión al ´acceso´ no nos libera del capitalismo. Quien no posee dinero, tampoco tiene acceso al sharing. También en la época del acceso seguimos viviendo en el Bannoptikum, un dispositivo de exclusión, en el que los que no tienen dinero quedan excluidos. Airbnb, el mercado comunitario que convierte cada casa en hotel, rentabiliza incluso la hospitalidad. La ideología de la comunidad o de lo común realizado en colaboración lleva a la capitalización total de la comunidad. Ya no es posible la amabilidad desinteresada. En una sociedad de recíproca valoración también se comercializa la amabilidad. Uno se hace amable para recibir mejores valoraciones. También en la economía basada en la colaboración predomina la dura lógica del capitalismo. De forma paradójica, en este bello ´compartir´ nadie da nada voluntariamente. El capitalismo llega a su plenitud en el momento en que el comunismo se vende como mercancía. El comunismo como mercancía: esto es el fin de la revolución.

Fuente. El País. 22 de septiembre de 2014. Traducción: Alfredo Bergés. Texto disponible en: http://elpais.com/elpais/2014/09/22/opinion/1411396771_691913.html

–Primer post fuera de Sálmacis–

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