Sergio Gaut vel Hartman y la ciencia ficción argentina. Entrevista [2010]

“Siempre he propugnado que la ciencia ficción se libere de las etiquetas”

Entrevista a Sergio Gaut vel Hartman, por Roberto Lépori – 05/10/2010

Escritor y editor de larga trayectoria, Sergio conoce desde adentro los avatares de la ciencia ficción argentina contemporánea. La entrevista corresponde a octubre de 2010. Resistió, creo, el embate del tiempo. Es breve. Permite al curioso recienvenido, tener unos primeros datos. El más entendido disentirá. He quitado una coma, una pregunta y colocado un único comentario. El resto, como era entonces. Añado, en el enlace final, el blog del entrevistado con más información sobre sus libros.

1.- Si tuviera que sintetizar la ciencia ficción argentina ¿cuáles serían los 5-10 ítems ineludibles? ¿Existe el “mejor libro” en la ciencia ficción argentina?

Los ítems ineludibles serían (sin orden de preferencia), la capacidad de los escritores argentinos para resignificar las reglas del fantástico de acuerdo con las necesidades específicas de lo que se desea expresar; la calidad literaria de las ficciones en un género generalmente “acusado” de carencias en ese plano; la maravillosa labor de los editores aficionados que, sin medios económicos, han promovido y mantenido publicaciones y eventos por amor a la vertiente especulativa de la ficción; la originalidad, atipicidad, impulso hacia la trasgresión de los escritores locales; la labor de Pablo Capanna como ensayista del género y sus límites; la inventiva de los autores y su calidad, lo que ha permitido que la participación de los argentinos en concursos y ediciones extranjeras haya sido siempre importante. Sería posible agregar algunos ítems, pero creo que con estos basta. Si El Eternauta fuera un libro [´y no una serie episódica´, N. del E.], podríamos considerarlo el mejor, por trascendencia e impacto ideológico. Pero aquí se verifica la atipicidad del género en Argentina, y el mejor libro no es un libro…

2.- ¿Cuáles son los temas principales de su obra?

No soy un escritor temático. Justamente mi principal característica, siempre, ha sido usar TODOS los recursos de la ficción especulativa como eso, como recursos, herramientas expresivas. Me interesa contar historias que lleven empotradas una serie de ideas conjeturales poderosas. Es cierto que tengo un ciclo “de cuerpos”, derivados de los dos cuentos que se publicaron en Cuerpos descartables y otros que salieron en revistas y antologías, pero eso no puede ser considerado un eje temático. Podría, en todo caso, hablar de dos o tres “tonos”. Uno más comprometido, duro y oscuro, como el de los cuentos que están en Espejos en fuga; un tono surrealista que aparece en varios cuentos publicados en revistas y antologías; un tono humorístico, observable principalmente en mis ficciones más breves y una veta especulativa y conjetural “pura” como se ve en mis novelas El juego del tiempo (finalista del Minotauro, aún inédita) y “Carne verdadera”, la novela corta finalista del UPC que se publicó en un libro de Ediciones B.

3.- ¿Qué relación existió entre el fin de la dictadura y el boom de la cf argentina? ¿Podría nombrar a los autores más representativos?  

Hay una relación de causa efecto bastante natural y obvia. Yo publiqué mi primer cuento en 1970 y el período de “levantar vuelo” coincidió con la clausura de la actividad cultural en Argentina. Por eso, cuando tras doce años de oscuridad fue posible participar en la eclosión que propició la revista El Péndulo de Marcial Souto, la colección de libros de escritores rioplatenses de Minotauro, la revista del mismo nombre, también dirigida por Souto y algunas antologías publicadas por esos años, los escritores locales, amordazados o por lo menos sujetos durante más de una década, tuvimos la posibilidad de soltarnos y ver publicado lo que habíamos guardado en los cajones, al mismo tiempo que reverdecían nuestros deseos de escribir más y mejor. Los autores más importantes de ese ciclo fueron los que publicó Minotauro en su efímera colección de tapas blancas: Angélica Gorodischer, Carlos Gardini, Mario Levrero, Eduardo Abel Giménez, Rogelio Ramos Signes, Ana María Shua y Elvio Gandolfo, aunque no estuvo en esa colección. También tuve un libro allí: Cuerpos descartables.

4.- ¿Qué valor le da a las escrituras en colaboración?

Le doy una enorme significación. Poner dos o tres o más cerebros y las sensibilidades concatenadas a trabajar en busca de la sinergia que implica crear una obra literaria representa la mejor síntesis de lo que para mí es la literatura: capturar las ideas fuerza que impulsan a los seres humanos para intentar la exploración de los universos contiguos, subyacentes, empotrados, invisibles y conjeturales. No es poco. Incentivo eso todo el tiempo. Héctor Ranea y yo hemos escrito un libro en colaboración que se llama Monstruo de cuatro manos. Será publicado el año próximo. Estoy impulsando un libro de ocho o nueve autores cuyos cuentos (breves) serán escritos mediante todas las combinaciones posibles que puedan formarse entre dos y algunas entre tres de ellos.

5.- ¿Por qué el uso de los seudónimos para publicar? ¿Y Olga Ramos?

Los seudónimos indican varias cosas; en algunos casos pudor, en otros, necesidad editorial; también hay bromas pesadas (como es el caso de Olga Ramos). Olga Ramos es un seudónimo colectivo compartido con Álvaro Ruiz de Mendarozqueta y Lito Imwinkelried. Es natural, de todos modos, haber reducido a 9 letras lo que de otro modo hubiera requerido 55. Tengo tantos libros publicados con seudónimo como publicados con mi nombre. No pienso demasiado en eso.

6.- ¿Existe una división tajante entre la cf culta y la cf popular en argentina?

No creo en esa división. Creo que hay ficciones mejor escritas y ficciones peor escritas. Algunos “buenos” autores son oportunistas y recurren a herramientas y convenciones de cf en de determinadas ocasiones sin sentirse nunca “parte” del género. Algunos autores de género logran emitir una buena nota cada tanto, sin que por ello se los pueda considerar dentro o fuera de algún grupo. Como las clasificaciones, las divisiones son arbitrarias. Creo que cada obra individual o cada libro colectivo deben ser considerados por sí mismos.

7.- ¿Cuáles serían para usted los autores “cultos” de cf? ¿Y los mejores?

Adolfo Bioy Casares sería el único autor “culto”. Si agregara a Carlos Gardini estaría fabricando una categoría inexistente, porque el propósito de Carlos (es mi opinión) no parece ser escribir una cf culta. Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Angélica Gorodischer, Ana María Shua y Elvio Gandolfo podrían formar parte de la misma evanescente categoría, pero no escriben cf en sentido estricto; entonces ¿qué sentido tiene agruparlos en ese polo?

8.- ¿Y en relación a los escritores populares?

Es más simple. Podría decir que entre “todos los demás” hay muchos escritores interesantes, algunos de los cuales están emergiendo o aún no han profundizado su actividad. Alejandro Alonso, Eduardo Carletti, Claudia De Bella, Daniel Frini, Daniel Antokoletz, Fabio Ferreras, Hernán Domínguez Nimo, Ricardo Castrilli, Néstor Darío Figueiras, José Altamirano. Todos ellos podrían representar lo que, en un mercado más afianzado (pienso en Estados Unidos) sería la cabeza de un cf viva, rica, popular y muy leída. Pero los avatares editoriales en nuestro país se empeñan en que no exista una “explosión” en ese sentido.

9.- ¿Está aún la cf en Argentina invisibilizada? ¿Cuál es la relación con el mercado editorial? 

Creo que la producción de cf es y seguirá siendo invisible como género. Siempre he propugnado que la cf se libere de las etiquetas, que los autores utilicen recursos y convenciones cuando les convenga, cuando se les antoje, cuando la obra que encaren lo requiera. Cuando el escritor asume la postura que yo creo correcta, es decir, cuando el creador se deja traspasar por la obra y sigue el flujo que esta propone, la mayor o menor pertenencia a un género en función de los elementos del mismo que contenga pasa a segundo plano. No me preocupa que la relación cambie o se mantenga. Mi idea, al impulsar la colección de libros de Andrómeda que dirijo es manejarme con prescindencia de género. Si las novelas y colecciones de cuentos contienen elementos de cf, bienvenidos sean; jamás renegaré de mi gusto por la literatura especulativa y conjetural; incluso disfruto mucho de las ficciones “realistas” con “flecos” especulativos, como las de Guillermo Martínez, De Santis, Chernov, Aira y varios otros. Si ellos, desde ese lado, pueden inyectar un fluido conjetural a sus ficciones, nosotros, todos los demás, podemos perfectamente hacer respetables, legibles y dignas de consideración las obras que producimos desde el nuestro, de escritores no consagrados, no protegidos por los medios o aún demasiado “crudos” como para que los académicos los consideren.

 

APÉNDICE.

Otros textos sobre ciencia ficción

´Julio Verne y La Plata´ [2009]

Borges y la lotería en Babilonia [2010]

´Sor Juana y la ciencia ficción´ [2011]

´Puig y Pubis angelical´ [2011]

Snow, las dos culturas y vuelta al siglo XVII [2013]

Mil años de ciencia ficción hermética latinoamericana [2014]

Watkins [2014]

Entrevista a Pablo Capanna [2015]

Sobre La Tecnarquía [1973] de Capanna

 

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Aníbal Ford. La marca de la bestia [1999]

Aníbal Ford. La marca de la bestia. Identificación, desigualdades e infoentretenimiento en la sociedad contemporánea. Colombia, Grupo Editorial Norma, 1999.

´…e hizo que a todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y siervos, se les imprimiese una marca en la mano derecha y en la frente y que nadie pudiese comprar o vender sino el que tuviera la marca, el nombre de la Bestia o el número de su nombre.´ Apocalipsis, 13:16-17

En la sociedad de fin de siglo, los avances sobre los sistemas de control social son espectaculares y pueden funcionar dirigidos por sistemas expertos que no requieren la intervención del hombre, con lo cual envían al museo a la vieja utopía del panóptico Bentham, al Big Brother y a la ´jaula de hierro´ del Estado burocrático de Max Weber. ´La marca de la Bestia´ del Apocalipsis se está automatizando. O robotizando. Pero, si las concentraciones del poder, estatales o privadas, tienen cada vez más información acerca de la sociedad y los individuos, estos tienen cada vez más información sobre el mundo. Lo que sucede es que ambos son fenómenos densos y fuertes, pero asimétricos. Mientras la información acerca de la sociedad avanza sobre grandes masas de población mediante sofisticados y peligrosos sistemas de formalización -toda tipificación significa la amputación de variables-, la información sobre el mundo que se brinda a la ciudadanía es cada vez más caótica, sucia y turbulenta… El tema o la problemática de la sociedad de la vigilancia, del control, de la hiper-identificación es expansivo y cruzado… Me refiero, por ejemplo, a las formas en que un recurso de la comercialización como la tarjeta de crédito o un dispositivo de los sistemas de salud, como las historias clínicas, se transformaron en instrumentos de invasión y formalización de la privacidad y de control social. Este es un dato que alimenta la transformación epistemológica… que exige la comprensión de los fenómenos de nuestro tiempo. En esto comparto… con la crítica de [Manuel] Castells a las deficiencias de importantes sectores de la izquierda en el análisis de la sociocultura contemporánea… Hay nuevas series de acontecimientos que construyen nuevos macrorrelatos… {Prólogo, pp. 9-11}

***

Curiosidad. Himno contra la industrialización que convierte al Tren, en el bestial Moloch: “Ella tiene brazo / Y aunque sólo tiene uno /Hay magia en ese brazo único / Que crucifica a millones /Destruyamos al Rey Vapor, el Salvaje Moloch.” ´Himno luddita´ {Citado por Christian Ferrer. Los destructores de máquinas [1996]}

Christian Ferrer. Los destructores de máquinas [1996]

Lo que se sabe: “Este texto fue enviado por Christian Ferrer desde Buenos Aires para el Certamen Literario sobre la libertad que convocó el Centre de Documentado Histórico Social. Ateneu Enciclopedia Popular de Barcelona a finales de [1996].” En 2015, la Biblioteca Nacional lo edita en formato libro papel. Ferrer y Horacio González son amigos. El ensayo es encomiable (no siempre igualmente intenso). El tema mantuvo la atención a lo largo del tiempo. Pablo Capanna cita en La Tecnarquía [1973, p. 52]: “Georges Bernanos, en su virulento ensayo sobre la técnica –[La France contre les Robots, 1946]- atribuye a los artesanos destructores de máquinas del siglo XIX la clarividencia de adivinar sus resultados: la instauración del Estado totalitario, la abolición de las libertades comunales, al servicio militar obligatorio, la proletarización, etc.” Capanna utiliza también el término ´mecanoclastas´ y no da por muerta la mecanoclasia. Ferrer es más escéptico, si bien se advierte, por supuesto, una melancólica simpatía. El texto:

 “Los destructores de máquinas. In memoriam”

El código sangriento

Desde muy antiguo la horca ha sido un castigo ignominioso. Si se medita sobre su familiaridad estructural con la picota comprendemos porque está ubicada en el escalón más alto reservado a la denigración de una persona. A ella sólo accedían los bajos estratos sociales delincuentes o refractarios: a quien no plegaba las rodillas se le doblaba la cerviz por la fuerza. Algunos ajusticiados famosos de la época moderna fueron mártires: a Parsons, Spies y a sus compañeros de patíbulo los recordamos tenuemente cada 1° de mayo. Pero pocos recuerdan el nombre de James Towle, quien en 1816 fue el último “destructor de máquinas” a quien se le quebró la nuca. Cayó por el pozo de la horca gritando un himno luddita hasta que sus cuerdas vocales se cerraron en un sólo nudo. Un cortejo fúnebre de tres mil personas entonó el final del himno en su lugar, a capella. Tres años antes, en catorce cadalsos alineados se habían balanceado otros tantos acusados de practicar el “luddismo”, apodo de un nuevo crimen recientemente legalizado. Por aquel tiempo existían decenas de delitos tipificados cuyos autores entraban al reino de los cielos pasando por el ojo de una soga. Por asesinato, por adulterio, por robo, por blasfemia, por disidencia política, muchos eran los actos por los cuales podía perderse el hilo de la vida. En 1830 un niño de sólo nueve años se le ahorcó por haber robado unas tizas de colores, y así hasta 1870 cuando un decreto humanitario acomodó a todos ellos en solo cuatro categorías. A las duras leyes que a todos contemplaban se la conoció comp “The Bloody Code”. Pero el luddismo se constituyó en un insólito delito capital: desde 1812, maltratar una máquina en Inglaterra costaría el pellejo.

En verdad pocos recuerdan a los ludditas, a los “ludds”, título con el que se reconocían en ellos. De vez en cuando, estampas de aquella sublevación popular que se hiciera famosa a causa de la destrucción de máquinas han sido retomada por tecnócratas neoliberales o por historiadores progresistas y exhibidas como muestra ejemplar del absurdo político: “reivindicaciones reaccionarias”, “etapa artesanal de la conciencia laboralista”, “revuelta obrera textil empañada por tintes campesinos”. En fin, nada que se acerque a la verdad. Unos y otros se han repartido en partes alícuotas la condena del movimiento luddita, rechazo que en el primer caso es interesado y en el segundo fruto de la ignorancia y el prejuicio. La imagen que a diestra y siniestra se cuenta de los ludditas es la de una tumultuosa horda simiesca de seudocampesinos iracundos que golpean y aplastan las flores de hierro donde libaban las abejas del progreso. En suma: el cartel rutero que señala el linde de la última rebelión medieval. Allá, una paleontología; aquí un bestiario.

Ned Ludd, fantasma

Todo comenzó un 12 de abril de 1811. Durante la noche, trescientos cincuenta hombres, mujeres y niños arremetieron contra una fábrica de hilados de Nottinghamshire destruyendo los grandes telares a golpes de maza y prendiendo fuego a las instalaciones. Lo que alli ocurrió pronto seria folklore popular. La fábrica pertenecía a William Cartwright, fabricante de hilados de mala calidad pero pertrechado de nueva maquinaria. La fábrica, en si misma, era por aquellos años un hongo nuevo en el paisaje: lo habitual era el trabajo cumplido en pequeños talleres. Otros setenta telares fueron destrozados esa misma noche en otros pueblos de las cercanías. El incendio y el haz de mazas se desplazó luego hacia los condados vecinos de Derby, Lancashire y York, corazón de la Inglaterra de principios del siglo XIX y centro de gravedad de la Revolución Industrial. El reguero que había partido del pueblo de Arnold se expandió sin control por el centro de Inglaterra durante dos años perseguido por un ejército de diez mil soldados al mando del General Thomas Maitland. ¿Diez mil soldados? Wellington mandaba sobre bastantes menos cuando inició sus movimientos contra Napoleón desde Portugal. ¿Más que contra Francia? Tiene sentido: Francia estaba en el aire de las inmediaciones y de las intimidaciones; pero no era la Francia Napoleónica el fantasma que recorría la corte inglesa, sino la Asamblearia. Sólo un cuarto de siglo había corrido desde el Año I de la Revolución. Diez mil. El número es índice de lo muy difícil que fue acabar con los ludditas. Quizás
porque los miembros del movimiento se confundían con la comunidad. En un doble sentido: contaban con el apoyo de la población, eran la población. Maitland y sus soldados buscaron desesperadamente a Ned Ludd, su líder. Pero no lo encontraron. Jamás podrían haberlo encontrado, porque Ned Ludd nunca existió: fue un nombre propio pergeñado por los pobladores para despistar a Maitland. Otros líderes que firmaron cartas burlonas, amenazantes o peticiones se apellidaban “Mr. Fistol”, “Lady Ludd”, “Peter Plush” (Felpa), “General Justice”. “No King”, “King Ludd” y “Joe Firebrand” (el incendiario). Algún remitente aclaraba que el sello de correos había sido estampado en los cercanos “Bosques de Sherwood”. Una mitología incipiente se superponía a otra más antigua. Los hombres de Maitland se vieron obligados a recurrir a espías, agentes provocadores e infiltrados, que hasta entonces constituían un recurso poco esencial de la logística utilizada en casos de guerra exterior. He aquí una reorganización temprana de la fuerza policial, a la cual ahora llamamos “inteligencia”. Si a los acontecimientos que lograron tener en vilo al país y al Parlamento se los devoró el incinerador de la historia, es justamente porque el objetivo de los ludditas no era político sino social y moral: no querían el poder sino poder desviar la dinámica de la industrialización acelerada. Una ambición imposible. Apenas quedaron testimonios: algunas canciones, actas de juicios, informes de autoridades militares o de espías, noticias periodísticas, 100.000 libras de pérdidas, una sesión del Parlamento dedicada a ellos, poco más. Y los hechos: dos años de lucha social violenta, mil cien máquinas destruidas, un ejército dedicado a “pacificar” las regiones sublevadas, cinco o seis fábricas quemadas, quince ludditas muertos, trece confinados en Australia, otros catorce ahogados ante las murallas del Castillo de York, y algunos coletazos finales. ¿Por qué sabemos tan poco sobre las intenciones ludditas y sobre su organización? La
propia fantasmagoría de Ned Ludd lo explica: aquella fue una sublevación sin líderes, sin organización centralizada, sin libros capitales y con un objetivo quimérico: discutir de igual a igual con los nuevos industriales. Pero ninguna sublevación “espontánea”, ninguna huelga “salvaje”, ningún “estallido” de violencia popular salta de un repollo. Lleva años de incubación, generaciones transmitiéndose una herencia de maltrato, poblaciones enteras macerando saberes de resistencia: a veces, siglos enteros se vierten en un sólo día. La espoleta, generalmente, la saca el adversario. Hacia 1810, el alza de precios, la pérdida de mercados a causa de la guerra y un complot de los nuevos industriales y de los distribuidores de productos textiles de Londres para que éstos no compren mercadería a los talleres de las pequeñas aldeas textiles encendió la mecha. Por otra parte, las reuniones políticas y la libertad de letra impresa habían sido prohibidas con la excusa de la guerra contra Napoleón y la ley prohibía emigrar a los tejedores, aunque se estuvieran muriendo de hambre: Inglaterra no debía entregar su experfise al mundo.

Los ludditas inventaron una logística de urgencia. Ella abarcaba un sistema de delegados y correos humanos que recorrían los cuatro condados, juramentos secretos de lealtad, técnicas de camuflaje, centinelas, organizadores, de robo armas en el campamento enemigo, pintadas en paredes. Y además descollaron en el viejo arte de componer canciones de guerra, a los cuales llamaban himnos. En uno de los pocos que han sido recopilados puede aún escucharse: “Ella tiene brazo / Y aunque sólo tiene uno /Hay magia en ese brazo único / Que crucifica a millones /Destruyamos al Rey Vapor, el Salvaje Moloch”, y en otra: “Noche tras noche, cuando todo está quieto / Y la luna ya ha cruzado la colina /Marchamos a hacer nuestra voluntad / ¡Con hacha, pica y fusil!”. Las mazas que utilizaban los ludditas provenían de la fábrica Enoch. Por eso cantaban “La Gran Enoch irá al frente /Deténgala quien se atreva, deténgala quien pueda / Adelante los hombres gallardos ¡Con hacha, pica y fusil!”. La imagen de la maza trascenderá la breve epopeya luddita. En la iconología anarquista de principios de siglo, hércules sindicalizados suelen estar a punto de aplastar con una gran maza, no ya máquinas, sino el sistema fabril entero. Todos estos blues de la técnica no deben hacer perder de vista que las autoridades no sólo querían aplastar la sublevación popular, también buscaban impedir la organización de sectas obreras, en una época en la cual solamente los industriales estaban unidos. Carbonarios, conjurados, la Mano Negra de Cádiz, sindicalistas revolucionarios: en el siglo pasado la horca fue la horma para muchas intentonas sediciosas.

 “Fair Play”

Ya nadie recuerda lo que significaron en otro tiempo las palabras “precio justo” o “renta decorosa”. Entonces, como ahora, una estrategia de recambio y aceleración tecnológicas y de realineamiento forzado de las poblaciones retorcía los paisajes. Roma se construyó en siete siglos, Manchester y Liverpool en sólo veinte años. Más adelante, en Asia y África se implantarían enclaves en sólo dos semanas. Nadie estaba preparado para un cambio de escala semejante. La mano invisible del mercado es tactilidad distinta del trato pactado en mercados visibles y a la mano. El ingreso inconsulto de nueva maquinaria, la evicción semiobligada de las aldeas y su concentración en nuevas ciudades fabriles, la extensión del principio del lucro indiscriminado y el violento descentramiento de las costumbres fueron caldo de cultivo de la rebelión. Pero el lugar común existió: los ludditas no renegaban de toda tecnología, sino de aquella que representaba un daño moral al común; y su violencia estuvo dirigida no contra las máquinas en sí mismas (obvio: no rompían sus propias y bastante complejas maquinarias) sino contra los símbolos de la nueva economía política triunfante (concentración en fábricas urbanas, maquinaria imposible de adquirir y administrar por las comunidades). Y de todos modos, ni siquiera inventaron la técnica que los hizo famosos: destruir máquinas y atacar la casa del patrón eran tácticas habituales para forzar un aumento de salarios desde hacía cien años al menos. Muy pronto se sabrá que los nuevos engranajes podían ser aferrados por trabajadores cuyas manos eran inexpertas y sus bolsillos estaban vacíos. La violencia fue contra las máquinas, pero la sangre corrió primero por cuenta de los fabricantes. En verdad, lo que alarmó de la actividad luddita fue su nueva modalidad simbólica de la violencia. De modo que una consecuencia inevitable de la rebelión fue un mayor ensamblaje entre grandes industriales y administración estatal: es un pacto que ya no se quebrantará.

Los ludditas aún nos hacen preguntas: ¿Hay límites? ¿Es posible oponerse a la introducción de maquinaria o de procesos laborales cuando estos son dañinos para la comunidad? ¿Importan las consecuencias sociales de la violencia técnica? ¿Existe un espacio de audición para las opiniones comunitarias? ¿Se pueden discutir las nuevas tecnologías de la “globalización” sobre supuestos morales y no solamente sobre consideraciones estadísticas y planificadoras? ¿La novedad y la velocidad operacional son valores? A nadie escapará la actualidad de los temas. Están entre nosotros. El luddismo percibió agudamente el inicio de la era de la técnica, por eso plantearon el “tema de la maquinaria”, que es menos una cuestión técnica que política y moral. Entonces, los fabricantes los squires terratenientes acusaban a los ludditas del crimen de Jacobinismo, hoy los tecnócratas acusan a los críticos del sistema fabril de nostálgicos. Pero los Ludds sabían que no se estaban enfrentando solamente a codiciosos fabricantes de tejidos sino a la violencia técnica de fábrica. Futuro anterior: pensaron la modernidad tecnológica por adelantado.

Epílogos

El 27 de febrero de 1812 fue un día memorable para la historia del capitalismo, pero también para la crónica de las batallas perdidas. Los pobres violentos son tema parlamentario: habitualmente el temario los contempla únicamente cuando se refrendan y limitan conquistas ya conseguidas de hecho, o cuando se liman algunas aristas excesivas de duros paquetes presupuestarios, pero aún más rutinariamente cuando se debaten medidas ejemplares. Ese día Lord Byron ingresa al Parlamento por primera y última vez. Desde Guy Fawkes, quien se empeñó en volarlo por los aires, nadie se había atrevido a ingresar en la Cámara de los Lores con la intención de contradecirles. Durante la sesión, presidida por el Primer Ministro Perceval, se discute la pertinencia del agregado de un inciso
fallante de la pena capital, a la cual se conocerá como “Framebreaking bill”: la pena de muerte por romper una máquina. Es Lords vs. Ludds: cien contra uno. Por aquel entonces Byron trabajaba intensamente en su poema Childe Harold, pero se hizo de un tiempo para visitar las zonas sediciosas a fin de tener una idea propia de la situación. Ya el proyecto de ley había sido aprobado en la Cámara de los Comunes. El futuro primer ministro William Lamb (Guillermo Oveja) votó a favor no sin aconsejar al resto de sus pares hacer lo mismo pues “el miedo a la muerte tiene una influencia poderosa sobre la mente humana”. Lord Byron intenta una defensa admirable pero inútil. En un pasaje de su discurso, al tiempo que trata a los soldados como un ejército de ocupación expone el rechazo que había generado entre la población: “¡Marchas y contramarchas! ¡De Nottingham a Bulwell, de Bulwell a Banford, de Banford a Mansfield! Y cuando al fin los destacamentos llegaban a destino, con todo el orgullo, la pompa y la circunstancia propia de una guerra gloriosa, lo hacían a tiempo sólo para ser espectadores de lo que había sido hecho, para dar fe de la fuga de los responsables, para recoger fragmentos de máquinas rotas y para volver a sus campamentos ante la mofa hecha por las viejas y el abucheo de los niños”. Y agrega una súplica: “¿Es que no hay suficiente sangre en vuestro código legal de modo que sea preciso derramar aún más para que ascienda al cielo y testifique contra ustedes? ¿Y cómo se hará cumplir esta ley? ¿Se colocará una horca en cada pueblo y de cada hombre se hará un espantapájaros?”. Pero nadie lo apoya. Byron se decide a publicar en un periódico un peligroso poema en cuyos últimos versos se leía:

´Algunos vecinos pensaron, sin duda, que era chocante,

Cuando el hambre clama y la pobreza gime,

Que la vida sea valuada menos aún que una mercancía

Y la rotura de un armazón (frame) conduzca a quebrar los huesos.

Si así demostrara ser, espero, por esa señal

(Y quien rehusarla participar de esta esperanza)

Que los esqueletos (frames) de los tontos sean los primeros en ser rotos.

Quienes, cuando se les pregunta por un remedio, recomiendan una soga´.

Quizás Lord Byron sintió simpatía por los ludditas o quizás -dandy al fin y al cabo- detestaba la codicia de los comerciantes, pero seguramente no llegó a darse cuenta de que la nueva ley representaba, en verdad, el parto simbólico capitalismo. El resto de su vida vivirá en el Continente. Un poco antes de abandonar Inglaterra publica un versó ocasional en cuyo colofón se “Down with all the kings but King Ludd”.

En enero de 1813 se cuelga a George Mellor uno de los pocos capitanes ludditas que fueron agarrados, y unos pocos meses después es el turno de otros catorce que habían atacado la propiedad de Joseph Ratcliffe, un poderoso industrial. No había antecedentes en Inglaterra de que tantos hubieran sido hospedados por la horca en un día. También este número es un índice. El gobierno había ofrecido recompensas suculentas en pueblos de origen a cambio de información incriminatoria, pero todos los aldeanos que se presentaron por la retribución dieron información falsa y usaron el dinero para pagar la de los acusados. No obstante, la posibilidad de un juicio justo estaba fuera de cuestión, a pesar de las endebles pruebas en su contra. Los catorce ajusticiados frente a los muros de York se encaminaron hacia su hora suprema entonando un himno religioso (Behold the Savior of Mankind). La mayoría eran metodistas. En cuanto la rebelión se extendió por los cuatro costados de la región textil también se complicó el mosaico de implicados: demócratas seguidores de Tom Paine (llamados “pianistas”), religiosos radicales, algunos de los cuales heredaban el espíritu de las sectas exaltadas del siglo anterior -levellers, ranters, southscottiaw, etc.-, incipientes organizadores de Trade Unions (entre los ludditas apresados no sólo había tejedores sino todo tipo de oficios), emigrantes irlandeses jacobinos. Siempre ocurre: el internacionalismo es viejo y en épocas antiguas se lo conoció bajo el alias de espartaquismo.

Todos los días las ciudades dan de baja a miles y miles de nombres, todos los días se descoyuntan en la memoria las sílabas de incontables apellidos del pasado humano. Sus historias son sacrificadas en oscuros cenotes. Nedd Ludd, Lord Byron, Cartwright, Perceval, Mellor, Maitland, Ogden, Hoyle, ningún nombre debe perderse. El General Maitland fue bien recompensado por sus servicios: se le concedió el título nobiliario de Baronet y nombrado Gobernador de Malta, después Comandante en Jefe del Mar Mediterráneo y después Alto Comisionado para las Islas Jónicas. Antes de irse del todo, aún tuvo tiempo de aplastar una revolución en Cefalonia. Perceval, el Primer Ministro, fue asesinado por un alienado incluso antes de que colgaran al último luddita. William Cartwright continuó con su lucrativa industria y prosperó, y el modelo fabril hizo metástasis. Uno de sus hijos se suicidó nada menos que en medio del Palacio de Cristal durante la Exposición Mundial de productos industriales de 1851, pero tronar de la sala de máquinas en movimiento amortiguó el ruido del disparo. Cuando algunos años después de los acontecimientos murió un espía local -un judas- que se había quedado en las inmediaciones, su tumba fue profanada y el cuerpo exhumado vendido a estudiantes de medicina. Algunos ludditas fueron vistos veinte años más tarde cuando se fundaron en Londres las primeras organizaciones de la clase obrera. Otros que habían sido confinados en tierras raras dejaron alguna huella en Australia y la Polinesia. Itinerarios semejantes pueden ser rastreados después de la Comuna de París y de la Revolución Española. Pero la mayoría de los pobladores de aquellos cuatro condados parecen haber hecho un pacto de anonimato, refrendación de aquellas omertá anterior llamada “Ned Ludd”; en los valles nadie volvió a hablar de su participación en la rebelión. La lección había sido dura y la ley de la tecnología lo era más aún. Quizás de vez en cuando, en alguna taberna, alguna palabra, alguna canción; hilachas que nadie registró. Fueron un aborto de la historia. Nadie aprecia ese tipo de despojos.

Voces

¿Por qué demorarse en la historia de Ned Ludd y de los destructores de máquinas? Sus actos furiosos sobreviven tenuemente en brevísimas notas al pie de página del gran libro autobiográfico de la humanidad y la consistencia de su historia es anónima, muy frágil y casi absurda, lo que a veces promueve la curiosidad pero las más de las veces el desinterés por lo que no amerita dinastía. No es éste un siglo para detenerse: el burgués del pasado podía darse el lujo de recrearse lentamente con un folletín, pero las audiencias de este apenas disponen de un par de horas para hojear la programación televisiva. Vivimos en la época de la taquicardia, como sarcásticamente la de Martínez Estrada. Remontar el curso de la historia a contracorriente a fin de reposar en el ojo de huracanes es tarea que sólo un Orfeo puede arrostrar. Él se abrió paso al mundo de los muertos con melodías que destrabaron cerrojos perfectos. Nosotros solamente podemos guiarnos por los fogonazos espectrales que estallan en viejos libros: soplos agónicos entre harapos lingüísticos. Cualquier otro rastro ya se ha disuelto en los elementos. Pero si los elementos fueran capaces de articular un lenguaje, entonces podrían devolvernos la memoria guardada de todo aquello que ha circulado por su “cuerpo” (por ejemplo, todos los remos que hendieron al agua en todos los tiempos o todas las herraduras que pisaron la tierra, y así).

A su turno, el aire devolvería la totalidad de las voces que han sido lanzadas por las bocas de todos los humanos que han existido desde el comienzo de los tiempos. En verdad, millones son las palabras dichas en cada minuto. Pero ninguna se habría perdido, ni siquiera las de los mudos. Todas ellas habrían quedado registradas en la transparencia atmosférica, cuya relación con la audibilidad humana aún está por investigarse: sería algo así como cuando los dedos de los niños garabatean raudos graffittis o nerviosos corazones en vidrios empañados por el propio aliento. Si se pudiera traducir ese archivo oral a nuestro lenguaje, entonces todas las cosas dichas volverían en un sólo instante componiendo la voz de una runa mayor o la memoria total de la historia. En el viento se han sembrado voces que son conducidas de época en época; y cualquier oído puede cosechar lo que en otros tiempos fue tempestad. El viento es tan buen conductor de las memorias porque lo “dicho fue tan necesario como involuntario, o bien porque a veces nos sentimos más cerca de los muertos que de los vivos. De tantas cosas dichas, yo no puedo ni quiero dejar de escuchar lo que Ben, un viejo luddita, les dijo a unos historiadores locales del Condado de Derby cincuenta años después de los sucesos: “Me amarga tanto que los vecinos de hoy en día malinterpreten las cosas que hicimos nosotros, los ludditas”. ¿Pero cómo podía alguien, entonces, en plena euforia por el progreso, prestar oídos a las verdades ludditas? No había, y no hay aún, audición posible para las profecías de derrotados. La queja de Ben constituyó la última palabra del movimiento luddita, a su vez apagado del quejido de quienes fueron ahorcados en 1813. Y quizás yo haya escrito todo esto con el único fin de escuchar mejor a Ben. Me aferro y tiro de su hilillo de voz como lo haría cualquier semejante que recorriera este laberinto.

{Fin}

Fuente y crédito de esta entrada.

Pueden conectar esta lectura con el anarco-gnosticismo.

Kaczynski es un neoludita.

Los espectros de Jorge Giannoni

Palabras preliminares

Primera parte del mítico y maldito film Molotov Party, del que participó Jorge Giannoni, y para el que contribuyeron con ´Sympathy for the Devil´, The Rolling Stones.

Hasta mayo de 2010, acceder a esa película underground era imposible. Aún hoy, avistar un producto fílmico que haya surgido de sus sueños, un milagro. Jorge Giannoni [1939-1995] vaga como un fantasma por la desolada geografía de los fervores icónicos de la cultura argentina.

Poco menos de una década atrás, y en otro universo, compilé lo conocido sobre obra y vida. La historia que allí cuento –y que pueden leer al culminar estas líneas- retoma y extiende lo que Gabriela Jaime reconstruyó mediante su documental Jorge Giannoni, NN, ese soy yo [2000], si no me equivoco inhallable en la Red, excepto por su trailer

La sinopsis de ese documental reza así

Los invito a conocer la historia de Giannoni a través de la lente de Jaime –si es que encuentran ese documental. Debería decir, también, a través de la lente de Claudio Remedi (cámara y fotografía en dicho documental), uno de los fundadores en 1992, junto con otros egresados de la Escuela de Cine de Avellaneda, del ´grupo de boedo films´. A ese grupo se le debe el rescate del afantasmado director. Remedi incluye a NN en sus “Apuntes para una historia del cine documentalˮ –texto recomendable de leer.

LOS ESPECTROS DE JORGE GIANNONI

[Roberto Lépori]

Él nunca abandonó el lugar de combatiente, ni como hippie que fue, ni como personaje contestatario y contracultural. Él se instala en la polémica no desde afuera de los demás, sino desde adentro del otro -al punto de hacer que el otro esquematizado, estructurizado [sic], burócrata del Instituto o de lo que fuese, anhelara íntimamente tener esto de lo que tenía él: poder cagarse en la tapa del piano, irse y no dar explicaciones. Un espíritu profundamente libertario.ˮ – Eduardo Montes Bradley

 

Escasea la bibliografía específica acerca de la obra cinematográfica de Jorge Giannoni. Mi exposición, anclada en esa precariedad, se divide en dos partes. En la primera, esbozo una bio-filmografía. Pago la imprudencia de rumiar la información conocida, elucubrando diluidas hipótesis de lectura acerca de esa obra espectral. En la segunda parte, reseño los filmes asequibles: Palestine another Vietnam [1971-1972], Las vacas sagradas [1977, fragmento] {y añado algunos comentarios al ahora hallable, Molotov Party [1969]}.

Primera parte

Jorge Giannoni nace el 11 de enero de 1939 en Mendoza. A los 16 años -según le confiesa por carta a Fernando Birri [ver Pionero y peregrino]- ingresa por impulso de Antonio Di Benedetto como cronista cinematográfico al periódico Los Andes. Esa tarea lo conduce sin esfuerzo a la sala de los cines locales y a festivales nacionales como el de Mar del Plata.

En Mendoza rueda su primer cortometraje, El manosanta. Nada se sabe de este material excepto que fue objeto de recuperación en el marco de un ´rescate´ del cine mendocino.[1] Más tarde produce –según dicen- un largometraje de temática campera al que nunca compagina.

Bajo el mandato familiar se radica en Córdoba para estudiar arquitectura pero, díscolo vástago, emplea su tiempo en un curso de cine. Se traslada a Buenos Aires. Estudia dirección en la Asociación Cinematográfica Experimental. Se convierte en corresponsal de la TV mendocina. Y conoce a Raymundo Gleyzer quien cursa cine en La Plata.

Gana un concurso de cortometrajes en el Instituto Nacional de Cinematografía con un proyecto dedicado a “…la tierra, la sequía, la inmigración de campesinos y todo eso…”. Lo invita a Raymundo, dueño de una cámara y de saberes sobre fotografía [F. M. Peña – C. Vallina, El cine Quema: R. Gleyzer, 2000, p. 36-37]. El premio no especificaba dónde había que filmar. En lo que respecta al dinero, era indistinto. Atraídos por el Cinema Novo, viajan al nordeste de Brasil. La experiencia es conflictiva. Se distancian. En la antesala del inicio de la larga dictadura brasileña, Raymundo filma La tierra quema [1964]

Su partenaire, interesado por la revolución y por las ligas campesinas, participa de la filmación de Terra em transe [1966] de Glauber Rocha

Hay quienes afirman que también estuvo junto a Ruy Guerra en la preparación de Os fuzis [1964]

Jorge Denti distingue entre Raymundo, un documentalista nato y disciplinado que iba a las raíces, y el más anárquico Giannoni, un documentalista no en el sentido pleno [ver documental de Gabriela Jaime]. Denti lo conoce en los primeros años de la década del sesenta en la playa Barracuda de Villa Gessell en una reunión de cineastas. En 1965, en esa ciudad, con diversos aportes de Pajarito Zaguri, Moris Birabent, Javier Martínez, Denti y Giannoni –unidos durante las zapadas porteñas de La Cueva y de la Perla del Once- fundan Juan Sebastián Bar. El objetivo del grupo era financiar una película con la renta de ese trabajo. Pero llega el 66 y con él Onganía y todo cambia.[2]

El golpe de Onganía marca el inicio del exilio de Giannoni quien recién retornaría a la Argentina en 1974. Su ausencia excede las causas políticas. Es una constante. Según se sabe, en 1962 fue asistente en La terraza de Leopoldo Torre Nilsson; en 1963 en La chacota de Enrique Dawi; en 1964 en Crónica de un niño solo de Leonardo Favio.

 

Su nombre nunca aparece en los créditos. Giannoni es un NN entre los cineastas de la generación del ´60 –anécdota que recuerda Paraná Sendrós a partir de una foto en la que es ignorado y que sintetiza el espíritu del documental de Gabriela Jaime: NN, ese soy yo.[3]

1966 encuentra a Giannoni en Roma, en el Centro Experimental de Cinematografía.[4] Colabora en el casting para el episodio Toby Dammit de Historias extraordinarias [1968] dirigido por Federico Fellini. Al mismo director ayuda en la preparación de escenas de Roma [1972]. Participa de Romeo y Julieta [1968] de Franco Zeffirelli; y de La prueba general [1968] de Romano Scavolini.

1968. Cannes. Giannoni trabaja para la agencia italiana ‘Interpress’. Estalla el Mayo francés. Viaja a París para realizar por encargo –con los equipos de la RAI- una ficción enmarcada en el movimiento estudiantil. Retorna a Roma. En Trastévere participa en la organización de una comunidad. Gracias a un contacto y a un intercambio, muta su estancia por la de una comunidad londinense.

NN tiene 30 años. De nuevo junto a Denti, y en unión con otros, dirige -de manera anárquica, espontánea, libidinal- el film vanguardista, Molotov Party [1969]. El delirante argumento ronda la historia de un grupo radical que quiere eliminar a James Bond porque la reina le ha dado licencia para matar. Integran el proyecto actores del Living Theatre. La joya de la pieza fílmica es la cesión de los Rolling Stones del tema ´Sympathy for the Devil´. La banda ensayaba en el subsuelo de la comunidad. Era la época de One plus One de J. L. Godard.

Molotov Party es premiada en 1970 en un festival underground londinense. Giannoni recibe una invitación de la Cinemateca francesa. Henry Langloise, su director, lo presenta como a un débil mental.

El próximo destino es Medio Oriente. Giannoni, Denti y otros dirigen Palestine another Vietnam [1971] –film político referido a los efectos de la Guerra de junio de 1967 entre árabes e israelíes. Palestine… aboga por la liberación nacional de los países del Tercer Mundo sin abandonar el sesgo experimental. [5] De regreso en Roma, Giannoni y Denti visitan la San Diego Cinematográfica dirigida por Renzo Rossellini (hijo de Roberto) y dedicada a la producción de documentales políticos. Le piden una moviola para editar Palestine… La obtienen a cambio de compaginar Bolivia, el tiempo de los generales [197-, premio Festival de Leipzig].[6] En ese proceso surge el C3M -Collettivo Cinema Terzo Mondo- sostenido por la mencionada productora San Diego.[7]

En setiembre de 1973, se reencuentra en Pésaro [Italia] con Raymundo. Gleyzer exhibía en la IX Muestra Internacional del Nuevo Cine Los traidores [1972]

La película generó una fuerte discusión en torno de la función de la ficción en el cine político. Giannoni dice: “…es difícil para nosotros (latinoamericanos) entrar en la discusión que hay en estos momentos en Europa con respecto a las estructuras o al lenguaje, porque estos problemas están supeditados a nuestra situación coyuntural de toma del poder. Después puede ser que discutamos de temas de estilo o de construcción”. [M. Mestman, “Postales…”, pp. 66-67.] Con ese discurso, defendía un cine contra-informativo como instrumento de información para la Base [ver M. Mestman, Notas para una historia de un cine de contrainformación y lucha política, parte 1.] [8]

A fines de diciembre de 1973 -con Jorge Cedrón, Fernando Birri y Humberto Ríos- participa en Argel del primer encuentro del Comité del Cine del Tercer Mundo. Pasa luego por Cuba y por Perú para establecer relaciones con el ICAIC y el SINAMOS con el objetivo de organizar una segunda reunión del Comité de Cine del Tercer Mundo en Buenos Aires en 1974.

Se une al grupo de Cine de la Base.[9] Dice Giannoni: “Cuando acá se dio la apertura con Cámpora y todo eso (yo estaba en Europa y Raymundo) me dijo: ´Bueno, venite, porque acá hay muchas posibilidades…´. Cambiaba todo. Entonces vine y ahí empezamos a organizar la difusión. Pero Cámpora estuvo pocos meses, no duró nada. Y a partir de eso dijimos: ´No, acá no quieren´.ˮ Antes de la decepción, Rodolfo Puiggrós lo convoca para armar el Instituto de Cine del Tercer Mundo dentro de la UBA (en conexión con Cine de la Base). Cuenta NN: “Desde la UBA montamos una Cinemateca del Tercer Mundo, que pretendía retomar lo que se había hecho antes en la Escuela de Santa Fe. Todo eso no se logró. Lo que logramos fue juntar películas y hacer distintos encuentros. Hicimos dos Semanas, una de Cine Latinoamericano y otra de Cine Árabe-Africano, y trajimos a los directores y los llevaban a los pueblos.”[10] Agrega al recuerdo: “Hacíamos barrios, universidades, sindicatos. Estábamos vinculados a una corriente clasista antiburocrática en el movimiento obrero, que variaba de tonalidad según los sindicatos y los lugares. Pero trabajábamos en ese margen. (Así) como a nivel universitario trabajábamos independientemente de las propuestas dogmáticas de algunos centros, que estaban hegemonizados por el peronismo, la JP o de color estrictamente montonero, que no permitían nada más que lo de ellos.” [F. M. Peña – C. Vallina, El cine quema: Gleyzer, p. 145-151]

Tenían 30 proyectores. La exhibición culminaba con un debate. “Nuestro programa fuerte –dice Giannoni- era Los traidores y Operación masacre [Jorge Cedrón, 1972]

Eran las películas que la gente quería ver porque (servían) para el debate. Porque Operación… planteaba la memoria histórica, digamos, de la [Revolución] Libertadora [1955], y Los traidores planteaba el problema de la burocracia y lo proclives a la traición que son los burócratas. Todos temas que vienen desde el peronismo.ˮ [F. M. Peña – C. Vallina, El cine quema: Gleyzer, p. 145-146]. Difundían también lo producido por la escuela de Santa Fe y las denuncias sobre torturas –Informes y testimonios [1973]- realizadas en La Plata. Otros filmes exhibidos eran Ya es tiempo de violencia [Enrique Juárez, 1969], y Argentina, mayo de 1969: los caminos de la liberación, film colectivo realizado por los así llamados realizadores de Mayo: O. Getino, E. Juárez, N. Juárez, R. Kuhn, J. Martín, H. Ríos, P. Solanas, E. Subiela, P. Szir.

Proyectaban este film aun cuando Giannoni –al igual que el grupo Cine de la Base- tuviera una mirada crítica sobre el Cine Liberación de Getino y Solanas quienes habían cambiado al Che por Isabelita y veían a esos gobiernos como propios, mientras que los del Cine de la Base los consideraban de transición [F. M. Peña – C. Vallina, El cine quema: Gleyzer, pp. 114-115]. Este grupo defendía la apertura hacia el padre Mugica, la Teología de la Liberación y las fuerzas revolucionarias del peronismo (acechadas por la derecha peronista) [F. M. Peña – C. Vallina, El cine quema: Gleyzer, pp. 141-142]. Sobre su relación con el peronismo afirmaba NN: “Si bien teníamos dogmatismos –una visión… más utópica del socialismo- queríamos demostrar que no había solamente un proyecto nacional, que había distintos y que había que discutir cuál era el que servía para la Argentina. Porque siempre dudábamos hasta dónde iba a sostener el peronismo la consigna ´liberación o dependencia´.”[11]

La estadía en la Argentina dura poco: “Ya a mitad del ´74 –cuenta Giannoni- se pudrió todo.” [F. M. Peña – C. Vallina, El cine quema: Gleyzer, p. 153.] El gobierno de Isabelita interviene la UBA. Desmantelan el Instituto del Tercer Mundo. Se van, con Puiggrós, a Perú entre fines de 1974 y comienzos de 1975. La Cinemateca funcionó un año y ocho meses. Sus películas permanecen dispersas entre México, Venezuela y Cuba [F. M. Peña – C. Vallina, El cine quema: Gleyzer, p. 174-175]. Participa de la creación del Festival de Cine Latinoamericano de la Habana. En 1977 dirige en Cuba “Las vacas sagradas. Claves para la revolución argentina.”, con guion de Álvaro Melián y dedicado a ´Raymundo Gleyzer, cineasta revolucionario´. Existen dos versiones sobre el origen del film: que fue hecho para la UNAM; que tuvo el apoyo de Alfredo Guevara. En la visión de Jorge Denti, después de Palestine another Vietnam, Giannoni hizo un cine panfletario; tenía que tirar estadísticas, líneas, todo; y, en ese sentido, el panfleto mayor fue Las vacas sagradas [ver documental de Gabriela Jaime].

El inclasificable NN arrastró proyectos inconclusos: uno sobre el anarquista expropiador Severino di Giovanni; otro, la adaptación de Mascaró, novela de Haroldo Conti. Según recuerda el realizador cubano Rapi Diego, trabajó con Giannoni durante tres años en un guion que llegó a tener 360 páginas [ver documental de Gabriela Jaime].[12]

De vuelta en Argentina, entre 1986 y 1987 compila, con Liliana Mazure, Fernando Birri. Pionero y peregrino.[13] El volumen eleva a Birri a la categoría de referente, de maestro. Desde el prólogo a ese volumen recopilatorio arma su árbol genealógico de amigos artistas: Antonio Di Benedetto, el “…exiliado que quiso cambiar al país, nuestro poeta mayor, Juan Gelman”; Glauber Rocha; Jorge Cedrón; Santiago Álvarez. Ese prólogo es, además, cuna de nuevas ideas (latentes para siempre o apenas desarrolladas). Anhelaba abrir un laboratorio de poéticas cinematográficas para concentrar la fuerza de los jóvenes presente en los centros paraculturales. No lo logró. Sin embargo, del volumen se desprende la fundación de ´La Fábrica de los Sueños´, una distribuidora destinada a difundir de manera alternativa cine latinoamericano. Su objetivo primario era hacer conocer el film de Birri Mi hijo, el Che [1985]

“Como ve maese, no está todo perdido y esta reconciliación con el Hombre Nuevo de que hablaba el Che, abre la posibilidad que nosotros como Distribuidora Alternativa trabajemos para estrenar tu film: MI HIJO, EL CHE.” [Carta de Giannoni a Birri, Pionero y peregrino, p. 10] El retoño de esa distribuidora, es una videoteca ubicada en la capitalina avenida Corrientes al mil quinientos y pico.[14]

El volumen Giannoni – Mazure, reabrió el río de prejuicios que levantaba el método creador (vanguardista) del primero, basado en el collage, en el pastiche, en la cita, en lo libidinal, en lo anárquico. Mazure recuerda que los ataques hacia la compilación nacieron de la idea sesgada que se tenía de lo que hacía Giannoni: juntar cosas de otros y armar algo.

En 1994 obtiene un apoyo del INCAA para filmar La gitana tropical.[15] El 11 de agosto de 1995 muere de un infarto en plena calle Ayacucho de Buenos Aires frente a una librería de libros religiosos. Birri, hacia el final del documental de Jaime, asegura con amargura: Giannoni no murió de un infarto; a Jorge lo mató el cine, lo mató la estructura oficial perversa del cine argentino, lo mataron los burócratas del Instituto que le otorgaban la cuota para su película con la coima ya devengada; es un tema que da asco pero que no hay que silenciar.

Paraná Sendrós conserva un libro de memorias escrito por NN que continúa inédito.

 

Segunda Parte

{Molotov Party [1969, color, 62 min. aprox.]

Esta ya no tan maldita película amalgama una estética experimental (alucinada, psicodélica), posvanguardista, underground, con una revulsiva mirada política en el marco de las luchas por la liberación nacional de los países del Tercer Mundo durante la década del sesenta del siglo XX. Si en la memoria oral de Giannoni –conservada por Paraná Sendrós e hilo conductor del documental de Gabriela Jaime- el argumento responde a la historia de un grupo radical que quiere eliminar a James Bond porque la reina le ha dado licencia para matar; el acceso al film permite constatar que, más allá del atentado puntual, el núcleo es defender el derecho a matar de los activistas revolucionarios. James Bond representa al imperialismo avasallante, asesino y fascista; el grupo radical, el instrumento de una venganza.

En la secuencia inicial, con frenéticos tambores de fondo, entre fuegos artificiales, circulan imágenes de indígenas combatientes que defienden su territorio, del icónico Che Guevara asesinado en Bolivia, y de panfletos (o de carteles) impresos con consignas como ´el derecho a vivir´, ´grupos de defensa… de trabajadores armados´, ´…del pueblo armado´, ´…de mujeres armadas´, hasta que en diagonal, con letras mayúsculas y con un chorreado de eventual sangre se lee, ´AVENGE´ [´VENGANZA´]. Un activista enciende la mecha en una botella. Explota el título dentro de una estrella al estilo ´crash-bang-boom´ y, entonces…

…Molotov Party.

El rojo –en la gama del violeta al índigo- es el color del film. De rojo son las pintadas callejeras como ´La sangre de nuestros revolucionarios´. Rojo es, obviamente, el color de la revolución y el rojo marca la presencia de Marx. El grupo de guerrilla urbana –cuya acción se inicia con los acordes de ´Sympathy for the Devil´ [Rolling Stones]- asesina al circunstancial James Bond contra un paredón en el que letras rojas dejan leer: ´Marx was here´.

Muerto el agente, el objetivo del grupo se amplía hacia una conspiración tercemundista. Se pide por la liberación de Bolivia, de Palestina, de Angola, de Etiopía, de Biafra (región de la actual Nigeria que luchó por su separatismo entre 1967 y 1970), de los Panteras Negras (y hacia el final, de Vietnam). El complot corre por cuenta del grupo CIA –Central Internacional de Agitación- cuyos miembros se reconocen por la presentación de consignas revolucionarias. Una de la más importante es: ´el comandante Guevara está vivo (en el África)´. Las restantes consignas apuntan a proyectos desestabilizadores como el secuestro de los embajadores norteamericanos en Guatemala, en Brasil y en el Vaticano. Las calles y la geografía de Roma se mezclan con las de Londres y con las de Barcelona.

Contra Occidente –se sugiere un atentado al Papa, se defiende al chipriota Makarios, se enaltece la tradición cultural africana: el vudú, los zombis, la brujería, como saberes revolucionarios. Contra la sociedad patriarcal: la mujer es símbolo de lucha y de libertad. Encarna esa sabiduría la mujer africana (y oriental, en síntesis, la no-occidental) representada por la Reina de Saba. Su espejo invertido es la mujer blanca considerada una Mata Hari. La revolución aparece en la liberación del cuerpo por medio de rituales chamánicos –tal como se observa en el final del film. La revolución es deseo, sexo, placer, drogas, desnudez; lo ritual y lo orgiástico; el grupo y lo comunal.

Molotov Party presenta un mundo paralelo y –desde sus propios parámetros- utópico con la estridencia de los ensueños místicos y políticos de la ciencia ficción (al inicio, anoticia la cartelera de un cine sobre la exhibición de 2001: A Space Odyssey [S. Kubrick, 1968]).

Molotov Party acaso pueda entenderse un poco mejor en la intersección de las discusiones que a mediados de los sesenta plantearon los movimientos juveniles. Entre el virulento y lúcido ensayo de Leslie Fiedler -“The New Mutantsˮ [1965]- y la respuesta iracunda y más optimista de Susan Sontag [Styles of Radical Will, 1969] acerca de qué sucedía en los Estados Unidos; entre la política, la revolución, la violencia, el deseo, la utopía, los chamanes, la mística y la ciencia ficción, se yergue esa rara hierba hecha film con un NN a la cabeza.}

Palestine another Vietnam [1971-1972, color, 30 min.]

Molotov… y Palestine another Vietnam –de Giannoni, Denti y un breve etcétera- se mezclan o superponen en el orden cronológico y se contactan en su postura ideológica. Aunque alejados de la docu-ficción posvanguardista y más inclinados al documental, entre ambos filmes existe una continuidad en la militancia a favor del Tercer Mundo. Según testimonia Jorge Denti en el documental de Jaime, con Palestine… descubrieron otros hombres, otra forma de pensar y de ver el mundo, otra cultura distinta de la judeo-cristiana. A Giannoni, esa experiencia le hizo tomar conciencia de la importancia del cine como arma e instrumento que permitiría cambiar el (modo de ver el) mundo e, inclusive, contribuiría a la revolución.

Palestine another Vietnam se centra en la organización de la resistencia árabe frente a la agresión israelí durante la Guerra de junio 1967 (en la historiografía israelí, Guerra de los seis días) –proceso bélico que culminó con la anexión de tierras, en manos de la República árabe unida, al Estado de Israel. Como en Molotov…, en Palestine another Vietnam se diluye la frontera entre lo civil y lo militar, se remarca la presencia de la violencia en lo cotidiano y se hace hincapié en la necesidad de la mujer –en este caso, palestina- de devenir revolucionaria en el marco de una cultura que, por tradición, la educó para la sumisión. El documental –narrado en inglés- alterna una voz masculina y otra femenina, como reafirmando la importancia de la mujer en la lucha por liberación nacional. Por otro lado, se destacan, por su dureza, las imágenes del entrenamiento militar a niños palestinos para formar parte de la resistencia frente al invasor israelí. Adultos que entrenan niños en campos de refugiados; niños que enseñan a usar las armas a otros niños –reflejan un pueblo movilizado hasta sus cimientos.

La situación palestina documenta un estado de cosas mundial: la agresión del imperialismo hacia los países del Tercer Mundo. En este caso, el poder imperialista se resume en la coalición de los Estados Unidos con el Estado de Israel, en constante hostigamiento desde 1948. Ejemplifica esa alianza una caricatura del Tío Sam con rasgos cadavéricos que lleva en la parte superior de su galera, como adorno, estrellas de David.

A modo de ejemplo, y ya por fuera del registro documental, cito una declaración de Al-Fath [Movimiento Nacional de Liberación] de la época: “La lucha revolucionaria del pueblo palestino… se inscribe en las luchas por la liberación nacional contra el colonialismo y contra el imperialismo. Israel, producto de un colonialismo y de un expansionismo europeo perimido, es un instrumento del imperialismo que retarda la liberación del pueblo árabe. […] La lucha del pueblo palestino -como la vietnamita y como la de otros pueblos de Asia, de África y de América Latina- forma parte de un proceso histórico de liberación de pueblos oprimidos…” [Extraído de ´Por una Palestina independiente, democrática y laica´, en Anouar Abdel-Malek, Le Penseé politique arabe contemporaine, “Cap. 8. La Palestine: de la résistance á la révolution”, Éditions de Seuil, 1970, pp. 309-362].

Al-Fath remite en inglés al National Liberation Movement. El final de Palestine another Vietnam, está demarcado por una placa con esa misma inscripción. Luego, los créditos restantes: ´Colectivo C3M. Cinema del Terzo Mondo. Jorge Denti. Emanuela Generali. Jorge Giannoni. Beppe Scavuzzo. In colaboration with: San Diego Cinematografica [Roma] and Palestione Film [Beirut]´.

Palestine another Vietnam recibió el Premio del Festival de Bagdad [circa 1973]. [16]

Las vacas sagradas [1977, color, 32 min, fragmento]

Film militante y de temática argentina, dirigido por Giannoni y realizado en Cuba, en una co-producción entre el ICAIC local y la C3M. En su comienzo, informa: “Imágenes: Fotos y películas que documentan la lucha del pueblo argentino por su liberación nacional y social, realizada con la colaboración del ´Grupo Cine de la Base´.ˮ Y continúa: “Protagonistas: los hombres y mujeres del pueblo argentino que hacen la historia. Los presidentes, militares y burgueses que tratan de adulterar esa historia.ˮ El guion le corresponde a Álvaro Melián. El film está dedicado ´a RAIMUNDO GLEYZER, cineasta revolucionario´.[17]

El documental –que comienza con imágenes de una exposición en la Sociedad Rural- retrotrae su mirada hasta la colonia. Los conquistadores acosados por los indios se vieron obligados a liberar el ganado en las pampas. Esas vacas salvajes se reprodujeron de forma prolífica y, con el paso del tiempo, fueron fuente de riqueza de estas tierras. Las vacas –cuya posesión desató guerras fratricidas y golpes de Estado- son la base sagrada del poder político.

La débil democracia argentina –con cuarenta presidentes en ciento veinte años [1853-1976] y treinta y cuatro intervenciones militares- vive su peor momento con el Golpe de 1976. Por quinta vez, una Junta Militar asume el poder en el país, y en el peor tono. Prohíbe “…toda actividad política y sindical…” y declara la guerra al pueblo mediante el secuestro, el crimen y la pena de muerte como política de Estado. El Golpe es parte de una estrategia para garantizar las ganancias de la oligarquía terrateniente y para blindar el poder monopólico extranjero.

Esa historia institucional se inicia a fines del siglo XIX cuando los terratenientes, aliados con la burguesía comercial, organizan una economía agro-exportadora afín con los intereses de las metrópolis. El contrapunto está dado por la afluencia de masas inmigratorias que –al no poder obtener las tierras prometidas para el cultivo- se instalan en los centros urbanos, y difunden sus ideas anarquistas y socialistas. Surgen los sindicatos, las movilizaciones y las huelgas. A esto se le añaden los efectos de la Revolución bolchevique de octubre de 1917 y sus formas superiores de organización. En 1920 se funda el Partido Comunista Argentino. En la arena partidaria, la oposición institucional la lleva adelante el radicalismo de H. Yrigoyen que le demuestra a la oligarquía la inconveniencia de la democracia parlamentaria como estrategia para defender su poder. En 1930 con José F. Uriburu a la cabeza, se abre la serie de golpes de Estado para mantener un modelo de dominación agro-exportador. Con el segundo golpe de Estado, el 4 de junio de 1943, surge la figura del general Perón. Bajo su mandando –originado en las Fuerzas Armadas y sostenido por el apoyo popular- una alianza entre la burguesía industrial, las clases medias y el proletariado, le planteó resistencia a la oligarquía agro-exportadora.

Hasta aquí, una narración con sus vacíos, pero consecuente en su cronología. De forma imprevista, el documental –en la versión en vhs que poseo- salta hasta el año 1971 con el gobierno de facto del general R. Levingston y recala en la lucha armada del movimiento obrero con eje en el ´segundo Cordobazo´ -conocido como ´el Viborazo´. Se menciona brevemente el golpe de Estado en Bolivia [agosto, 1971] como parte de una escalada de los EE.UU. para acelerar- frente a los gobiernos progresistas de la región- la militarización. Carta blanca a la lucha armada. Durante el gobierno militar de Lanusse [1973] se hace efectiva la violencia revolucionaria. El ERP [Ejército revolucionario del Pueblo] secuestra y enjuicia a Stanley Sylvester, gerente del frigorífico Swift de Rosario y, al mismo tiempo, cónsul inglés. El ERP denuncia la relación entre la familia Lanusse (poseedora de una enorme cantidad de hacienda y proveedora del frigorífico Swift) y el cónsul-gerente contra el pueblo argentino por pagar los peores salarios del mercado laboral y por convertir a la carne en un artículo de lujo.

La masacre de dieciséis militantes en Trelew [1973] señala la segunda Operación masacre. La escalada en la rebelión popular obliga a las Fuerzas Armadas a negociar con los partidos políticos una solución parlamentaria. Emerge la figura de Héctor J. Cámpora, personaje político de tendencia socialista apoyado por el peronismo revolucionario de Montoneros. A poco tiempo de asumir el leal Cámpora, regresa al país, en junio de 1973, el general Perón. Su llegada a Ezeiza es la tercera operación masacre y es punto de partida de una ofensiva fascista contra las vanguardias armadas y las formas de organización popular. Por medio de un autogolpe de la burocracia sindical y de la facción reaccionaria del peronismo, Perón retoma el poder. El objetivo es otorgar las condiciones necesarias para el desarrollo del capitalismo. El artífice de este viraje contra el peronismo revolucionario y contra la izquierda combativa es el secretario privado de Perón, José López Rega, por sus aficiones ocultistas, apodado ´El Brujo´.

Ahí se interrumpe la versión que dispongo de Las vacas sagradas. Las dos imágenes finales son las de López Rega y la de una placa con la leyenda, ´el águila clavó sus garras´.

Las vacas sagradas comparte con Los traidores [1972] al guionista Álvaro Melián. Acaso por ese mismo sesgo marxista-leninista, ambas películas critican al peronismo de derecha y a la burocracia sindical. Esa crítica -como el propio Giannoni reconocería en su memoria oral conservada por Sendrós y recogida por el documental de Jaime- le traería muchos dolores de cabeza: “Cada tipo que veía la película, era que tenía que hacer otra, porque estaba totalmente equivocado. Entonces me volvieron loco. O sea, cada versión significaba un debate y no sé cuántos enemigos me ganaba. Nunca contentaba a nadie porque en el medio estaba el fenómeno maldito que es el peronismo: obviarlo no se puede, hacer un elogio del populismo tampoco se puede. Estamos en ese juego desde hace 40 años: si es bueno, si es malo, si no sé qué carajo, entonces depende del adjetivo que le pongas, es el palo que te cae encima.”

Jorge Denti deploraría el aspecto panfletario de esta película documental. En concreto, se advierte un abandono casi total de la estética y del juego vanguardista que puede incluso intuirse en la colectiva Palestine another Vietnam. Sin la estridencia psicodélica y rockera, Las vacas sagradas está atravesada por composiciones musicales a tono con lo latinoamericano (´Canción con todos´ [Tejada Gómez – C. Isella], el juego vocal de Opus Cuatro y acordes de tangos de Astor Piazzolla). Pero sobre ese abandono habría que hacer una salvedad.

Giannoni mantiene el juego de collage, de pastiche, de copia por el que tanto –como recuerda Mazure- se lo criticó. En ese film hecho en Cuba es, por momentos, una compilación de imágenes (que parecen haber sido) tomadas o del cortometraje Faena [1961, Humberto Ríos], o de La hora de los hornos [1968, P. Solanas – O. Getino]

o de Swift [1971, R. Gleyzer]

Por si esto fuera poco, a esa mezcla, incorporó -contra el esperado color local gauchesco- imágenes de cebúes perseguidos por llaneros (en apariencia) venezolanos.

En definitiva, y más allá de las acusaciones de ladrón y de compilador –recursos necesarios para cualquiera que se autoengañe como ‘creador’-, la probable causa íntima de que Giannoni sea aún un NN no fue su clepto-adicción sino su carácter errático, caótico, anárquico y libertario en estética y en política.

Aquel que troca con la moneda de la libertad intelectual, aquel que se niega por convicción a ceder a la ortodoxia ideológica, tienta a los esbirros eclesiales de siempre a que le cobren esa osadía a un precio bien alto.

 

Notas:

[1] “El material a recuperar incluye además el reacondicionamiento de 450 latas de noticiarios filmados entre el ’68 y el ’79 con las mítica Bolex de 16 mm. También, el cortometraje ‘El manosanta’, de Jorge Giannoni, prácticamente un desconocido para los mendocinos, pero no para artistas de la talla de Gleyzer, Glauber Rocha, Pasolini, Fellini y Rossellini, con quienes colaboró.ˮ En “Tras las huellas de nuestro cine”, Diario Los Andes, 27 de julio de 2005.

[2] Acerca del tándem rock – cine – militancia. Gleyzer incluye en Los traidores un tema de Pedro y Pablo, ´Marcha de la bronca´ [1970], y otro de Pescado Rabioso, ´Post-crucifixión´ [1972]. Más tarde, Raymundo es cámara de Adiós Sui Generis [1975]. En 1982, Héctor Olivera registra en la película Buenos Aires Rock, un festival de rock post-Malvinas. Olivera realizará luego La noche de los lápices [1986]. En carta a Fernando Birri, Giannoni lamenta que se le permita dirigir una película sobre la juventud a quien no formaba parte de ella [ver Pionero y peregrino].

[3] Su nombre tampoco aparece en el Diccionario de realizadores. Cine latinoamericano I [1997] de Clara Kriger y Alejandra Portela (comps.). Omisión semejante comete Josefina Sartora en “Filmar para transformar. Cine documental argentino”, Le Monde Diplomatique, Mayo 2003.

[4] El recorrido iniciático Roma – París – Londres de NN replica una década después, mutatis mutandi, el camino de Manuel Puig.

[5] Dentro de esa tónica tercermundista afro-oriental, realiza para la RAI-TV [Italia] los cortos A propósito de Angola, Desertores de Viet-Nam y La noche de Portugal –de los que no dispongo de más datos.

[6] Ver Mariano Mestman, “Postales del cine militante argentino”, Voces y cultura. Revista de comunicación. 1 Semestre 2003, pp. 41-69, Del mismo Mestman “Entre Argel y Buenos Aires. El comité de cine del tercer mundo.”

[7] Verdad o mito, se dice que otras realizaciones de Giannoni fueron para el Centro de Ayuda Audiovisual [Perú], el documental El camino de la participación [sd]; y para ICAIC [Cuba] El camino de la mirra y del incienso [sd], De Rhodesia a Zimbawe [sd] y Palestina, revolución hasta la victoria [sd].

[8] Lectura complementaria: F. M. Peña, “Luz, cámara y acción política. El cine militante en la Argentina.”, Revista Ñ, 20.06.1999

[9] Giannoni habla de Ni olvido ni perdón [1973] de Gleyzer como propio [F. M. Peña – C. Vallina, El cine quema: Gleyzer, p. 141].

[10] Según Mestman [“Postales…”], en Montevideo existía una CTM desde 1969.

[11] Sobre este tema, ver de Mario Mestman, “Entre Argel y Buenos Aires. El comité de cine del tercer mundo (1973-1974)”

[12] Como dato de color, y de confusión, J. Giannoni le dice en una carta a Jorge Cedrón: “Me llené de alegría cuando recibí el guión de Mascaró. Parece mentira, pero ahí está con toda su belleza. ¡Qué gran película! Hay que hacerla. Tenés que dedicar tu vida a eso. Pasá a esa cosa superior que es la magia, la poesía de Mascaró. No sé si todo esto te dará coraje; sé las distancias, lo real cotidiano, en fin todo eso que a veces nos pone tristes y nos quita las ganas de caminar. Pero tenés que hacerlo, a otra cosa mariposa y seguí luchando.” [F. M. Peña, El cine quema. Jorge Cedrón, 2003, p. 113]. {Aclaración: no pude acceder al texto base para confirmar esta cita con casi una década de antigüedad.}

[13] Giannoni, Jorge – Mazure, Liliana, Fernando Birri. Pionero y peregrino, Editorial Contrapunto, Bs. As., 1986.

[14] Poseo entre mis notas esta referencia bibliográfica pero no cuento con el texto en sí. Jorge Giannoni, “La cooperativa, ¿una fábrica de sueños?”, Contraplano cinematográfico, Año 1, No.1, Enero-Febrero 1991, Córdoba, p. 13-152.

[15] La Biblioteca de la ENERC conserva un ejemplar corregido del guion de La gitana tropical firmado por Giannoni, Dolores Espeja, Verónica Pascual.

[16] En el documental de Jaime, un folleto de difusión indica una duración de 30 minutos. La versión que dispongo en vhs es de 23 minutos. Según una nota de 2011, el original está en Cuba.

[17] En el documental de Jaime puede verse la portada del guión que lleva por nombre “Las vacas sagradas. Claves para la revolución argentina”, dedicado a R. Puiggrós (y a Iverna Codina, su madre, escritora de profesión).