La Tecnarquía [1973] de Capanna, un libro ignorado – Parte III

6.- Tecno-humanismo católico y conservador versus tecnócratas y hippies

La extrañeza de La Tecnarquía nace del cruce entre una pretendida descripción distanciada de la civilización tecnárquica (también cuestionada), una impugnación de los disidentes (con concesiones) y una matriz católica para un futuro tecnológico más humano.

Desde su extravagante marginalidad filosófica, Capanna analiza el andamiaje que sostiene y los embates que socavan. Su postura oscila entre la validación paralizante –todo se reduce a la acción, todos somos seres tecnárquicos– y la crítica voluntaria o involuntaria hacia un sistema industrial delirante. Esa crítica se detecta en pinceladas que señalan, por ejemplo, la alienación del obrero que, cada vez que abandona su trabajo, “aquello con que se encuentra no es su identidad, sino un fantasma” (p. 173). El trabajador acepta el ocio sin conocerse, ni percibirse a sí mismo y con consecuencias innegables: “…si pensamos las horas de trabajo… como mal necesario, no lograremos la pacificación de la existencia, sino por el contrario seguirá acentuándose su tendencia esquizoide.” (p. 247)

Capanna cree probable que “…el tiempo de la tecnarquía toque su fin, o [que] por lo menos haya pasado el momento de su culminación” (p. 41). Esta concepción lineal del devenir histórico se corresponde con su ortodoxia. “Ha comenzado a circular la hipótesis fantástica de que la presente civilización tecnológica no es más que un ciclo al que ya habrían llegado otras culturas pretéritas, de las cuales… no quedan vestigios. Esta versión vulgarizada del mito del eterno retorno explica el éxito inesperado que tuvo un libro como El retorno de los brujos.” (p. 35) El analista rechaza la repetición instalada por el patrón esotérico. El nuevo momento histórico, al borde del apocalipsis, alcanzó el clímax de guerra nuclear, armas biológicas, desarrollo genético, desequilibrio ecológico. Ese aparente punto fatal está marcado por un ´hastío cultural que va dominando a la sociedad´ al tiempo que cada vez más grupos abandonan “…ideales antes indiscutidos: trabajo, bienestar, propiedad”.

Los sectores desafectados son fuerzas anti-urbanas relacionadas con el neoanarquismo y el movimiento estudiantil (p. 39). El modo de ser tecnárquico, basado en tener a cambio de subordinación, es negado por los jóvenes quienes, a pesar de las capas geológicas de saber universal que la recubren, ven en la universidad una “fábrica de expertos”, reaccionan contra ´lo poco que les ofrece´ y contra los intentos de manipulación. (Capanna se refiere a los movimientos estudiantiles sesentistas).[ii] “Insatisfechos con el plan de adaptarse a una sociedad que detestan y que a menudo es detestable, las generaciones jóvenes pretenden con análogo criterio técnico, adaptar la sociedad a ellas.” (p. 77-78)

Los románticos neoanarquistas que quieren ´volver a la naturaleza´ tienen nombre propio: “El estilo de vida hippie significa un rechazo de las formas de la sociedad de consumo… atacando las raíces del sistema industrial…” (p. 37) Los hippies recrean, en los márgenes, una vida pastoril, en comunidades pequeñas como ´los primeros cristianos´ (lo alarma a Capanna el olor a herejía), apelando a las drogas, en un giro religioso místico que evoca la violencia dionisíaca.[iii] Aun cuando viva de sobras y de sustancias tecnárquicas, ese movimiento ´encierra un orden distinto´ erosionando “la sociedad de consumo” (p. 38).

Por considerarlas funcionales incluso para su reformismo, Capanna sopesa estrategias contraculturales: “El confort, forma de posesión, es una posibilidad abierta a toda sociedad industrial, puesto que antepone el hacer al ser. Oponerle una actitud ascética, centrada en el rechazo de la acción y el desapego por los bienes materiales, también trae su contrapartida negativa en cuanto… consagra la injusticia social: la pobreza libremente elegida no resuelve la miseria ajena…” (p. 49). Las opciones -´hacer / no hacer / qué hacer´; ´violencia / no violencia / ´violencia dependiendo de…´; ´consumir / no consumir / consumir responsablemente´- eran cuestiones fundamentales décadas atrás, aún sin resolver.

Entre una sociedad tecnárquica detestable y esquizoide (¿no respondía a la racionalidad de la historia?) y los disidentes que aciertan con sus críticas, pero que repiten de otra forma la estructura negada, Capanna adopta una excéntrica tercera posición sostenida por su ideario católico. Ese catolicismo destila un conservadurismo que acaba por recubrir el planteo general de La Tecnarquía. Veamos tres pasajes significativos.

La ´civilización tecnárquica´ planetaria incluye, en su devenir totalizador, comunidades arcaicas, culturas subdesarrolladas, sociedades preindustriales “asumiendo sintéticamente el pasado de la humanidad” (p. 29). Este régimen de vida supone la ´explotación colonial´. A partir de las especulaciones iniciales, la incógnita es cómo logrará ´realizarse´, bajo esas condiciones, el Tercer Mundo. No es esta generalización apresurada la única dificultad en este rincón del orbe. Al referirse al maridaje ´industrialización / militarismo´[iv], Capanna afirma con pretendida distancia: “Al igual que el burócrata, el militar es un funcionario. En los países del Tercer Mundo, se siente identificado con el Estado mismo, exigiendo periódicamente el poder civil.” (p. 65) La ´ley no escrita´ de los golpes militares en la región, impugna desde otro flanco la viabilidad civil de su plan de reforma.[v] Y como corolario que delinea ese conservadurismo latente, entre el tono despreocupado y las buenas intenciones, la voltereta acrítica que ilustra la ´alteración planetaria´ propiciada por la civilización industrial: “La idea de conquista y dominación de la naturaleza aparece en relación con la sujeción de la mujer; no debemos olvidar que la técnica ha crecido en la sociedad occidental… masculina… y la natura es una potencia femenina…” (p. 46) Esta metáfora saturada ideológicamente –que ni le pertenece, ni cuestiona- subraya el conservadurismo intrínseco al futuro post-tecnárquico y permite precisar el alcance de su proyecto filosófico, por momentos, inespecífico.[vi]

El ´humanismo maduro´ -es decir, católico- habría de originar nuevos objetivos para una nueva tecnología que redundaría en un reajuste de la ecuación ´sexo / amor´: “Quizá las bases del amor maduro, que habrán de constituir las pautas de una etapa post-tecnárquica, se están echando… en la relación dialogal de tantas parejas que han superado la revolución freudiana, la estimulación simbólica y la experimentación desesperada, integrando el sexo al amor y aprendiendo… a compenetrarse en el plano existencial.” (p. 114) Desde su atalaya católico y conservador, Capanna teje y desteje alianzas. Discute con la civilización industrial que redujo lo erótico a lo sexual abstracto, haciendo que el placer pueda, por caso, ser estimulado con electricidad -la exageración resume una explicación que toca a la pornografía. Ataca el placer de los disidentes. “En los movimientos ´subterráneos´ (underground) se aboga por una cierta ´revolución sexual´, distinta de la freudiana… Se predica la liberación de todos los tabúes, y una sexualidad orgiástica, de caracteres ´místicos´, que incluye toda exploración…: formas grupales o alternativas de sexualidad, aceptación de todas las posibilidades, aun las aberrantes, como homosexualidad, sadismo y autoerotismo. Se embarcan en una búsqueda anárquica…” (p. 113). Aberrantes y anarquizantes le resultaban movimientos políticos alternativos, pero no por apelar al sexo como último componente natural en el mundo tecnológico (los underground y el catolicismo maduro están ´más allá de la revolución freudiana´), ni por las drogas de diseño (propias de la trama tecnárquica), sino por las raíces religiosas orientales de los rebeldes: “Si llegan… a superar la droga, lograrán dar testimonio de un orden distinto y más humano… aunque es dudoso que su revolución se oriente y canalice, centrada como está en la simple negación.” (p. 114)[vii] Esa ´simple negación´ es teológico-política.

“Esta nueva versión [de El sentido de la ciencia-ficción], corregida, aumentada, actualizada y varias veces reescrita, ha sido posible gracias a instrumentos como el ordenador, la Internet y el correo electrónico, que en 1967 pertenecían a la ciencia ficción y podrían haber sido temas del libro.” P. Capanna. Ciencia ficción. Utopía y mercado [2007], p. 11.

7.- La sagrada Red post-tecnárquica

La disputa en el plano erótico –´civilización / placer´- se extiende al religioso. Resumamos. La técnica –que nace al calor del elán místico (Bergson)- ocupa el lugar de la religión en la tecnarquía (Toynbee), uno de cuyos fundamentos es la espiritualidad de la ´disciplina maquínica´ (Veblen); el antídoto, ante una técnica convertida en ´ídolo´, no es ir contra el sistema sino replegarse en el ascetismo (G. Marcel).[viii] Pero para Capanna, la civilización tecnárquica, de una extrema pobreza espiritual al límite del vacío, es irreligiosa. “La superstición, el sincretismo, la indiferencia o el reformismo social son las formas espurias con las cuales se pretende colmar este vacío a la espera de una nueva experiencia de lo sagrado que inevitablemente habrá de superar a la tecnarquía” (p. 94). La superstición parece indicar la relación ´magia / técnica´ propia de la civilización industrial y extremada por la arcaizante tecnolatría del nazismo. El sincretismo es un dardo a las versiones místicas de los orientalizantes disidentes. El reformismo social roza su tecno-humanismo confesional. Son formas espurias porque para Capanna la ´nueva experiencia de lo sagrado´ radica en una humanización de la tecnología apuntalada por valores católicos. El cierre del libro es sintomático: “Teniendo los peligros a la vista… podemos cimentar una fe madura en el destino del hombre.” (p. 252) Revolución ético-religiosa para un hombre nuevo.

El plano religioso habilita una segunda lectura de la especulación futurista. Tres características definen al hombre tecnárquico: ´disponibilidad, eficiencia, imagen´. Acerca de las dos primeras algo fue apuntado. Resta la tercera. La ´tecnología de dominio´, que genera el caldo de cultivo para que el ser tecnárquico exista, recala en la persuasión: “Aquí entra en juego el concepto de imagen… uno de los más interesantes conceptos que han desarrollado las ciencias humanas empresarias, uno de los puntos críticos del sistema, un resquicio por donde muestra sus coyunturas ideológicas.” La personalidad adaptada debe “crear una buena imagen sin preocuparse de la realidad”. El hombre tecnárquico evalúa a los demás a través de imágenes y ´se conoce a sí mismo por la imagen forjada para vender su personalidad. “El crecimiento de la imagen es correlativo con la difusión de la comunicación ´icónica´ (McLuhan). La imagen desplaza a la realidad personal y adquiere mayor realidad…” (p. 88-89).[ix] Ese rasgo de lo icónico –soporte de la persuasión efectiva- es también hoy un exasperante punto crítico del sistema.

En sus lecturas, Capanna era por aquel entonces testigo de la transformación de la civilización tecnárquica en manos de lo icónico (imagen sobre realidad) e intuyó –mi interpretación instala esa intuición- una ´nueva experiencia de lo sagrado´ encarnada en la cibernética, la actual e imperial Red. Arriesga el peculiar filósofo acerca del futuro post-tecnárquico: “Si la tecnología maquinista significó ante todo concentración, hipertrofia urbana, una nueva tecnología, basada quizás en las comunicaciones y la cibernética, pueda llevarnos a la dispersión y favorecer la recreación de la comunidad básica. El rechazo de los valores subyacentes al sistema industrial no es un rechazo de la tecnología, sino una tentativa de asumir su control. Nos encontramos alienados por haber creído neutro al sistema industrial y dejarnos dominar pasivamente por sus formas. La planificación debe abarcar las metas humanistas y el poder democrático de decisión para lograrlas.” (p. 250) El interrogante principal para la propuesta post-tecnárquica es cómo se dará la reforma moral, si todos los seres, incluso disidentes, son tecnárquicos. Capanna guarda silencio, y con su tecno-humanismo católico, reclama un lánguido matrimonio, disfrutando en pequeños grupos interconectados que mantienen la tecnología bajo control. Una versión edulcorada, sin drogas ni orgías, de las anarquizantes comunidades hippies, místicas en otro sentido.

Del lento y progresivo desarrollo de la cibernética, germen de las actuales nuevas tecnologías y de Internet, participaron tecnócratas, manipuladores, científicos, católicos / protestantes; y humanistas, filósofos, artistas, disidentes, herejes orientalizantes, hippies, yonquis y neoanarquistas.[x] Esa sugerida ´recreación de la comunidad básica´ (o primaria) de Capanna coincide con el imaginario romántico de ´vuelta a la naturaleza´ y alude, además, a la tesis de McLuhan de la ´retribalización´ que, en la aldea global, acarrearían los nuevos modos y los nuevos medios para comunicarse. En efecto, sucedió y fue posible una ´nueva experiencia de lo sagrado´ a partir de la Red, con comunidades básicas conectadas a un ingente cielo digital por donde pululan avatares virtuales que renacen con cada inmersión. Pero trajo –relativización fundamental- consecuencias indeseables. La hiper-conexión no generó comunicación. La convivencia entre grupos diversos no fue armónica. La Red intensificó la intolerancia y el odio intertribal. Como apuntan desde hace décadas sus detractores, el hiperespacio es insano y, por lo tanto, la tendencia esquizoide señalada para la tecnarquía se ha extremado en esta eventual etapa superadora.

Los anhelos humanistas, democráticos y libertarios de la prototípica ciber-aldea fueron opacados, así como el ambicioso proyecto filosófico recaló en el arcón de las curiosidades. Una de las causas tal vez haya sido el diálogo de sordos entre un autor que alunizó con su manuscrito al límite de la moralina, en un editor –Barral- que parece haberlo aceptado sin leer, por descuidado o por colocado. Con una sonrisa recuerda el autor que Barral sucumbió a la revuelta hippie, se fue a la India y dejó a la editorial a una deriva que fue quiebra.

Ese entramado hippie / yonqui / místico –corazón de la polémica ¿reforma o revolución?- es clave para revisitar, al filo del cierre, la mirada de Capanna sobre la ciencia ficción.

 “Pese a que mi enfoque del tema [en El sentido de la ciencia-ficción] era más filosófico que literario, aspiraba entonces a llamar la atención de los críticos sobre un fenómeno ignorado por la universidad.” P. Capanna. Ciencia ficción. Utopía y mercado [2007], p. 9.

8.- La mirada conservadora sobre la ciencia ficción y un futuro esquizoide

El sentido de la ciencia-ficción y La Tecnarquía coinciden en la preocupación por aprehender, respectivamente, el ´sentido´ de un género literario y el ´sentido del proceso tecnológico´. De esta relación principal se desprenden otras no menos importantes.

El término ´tecnarquía´ fue inventado por Geddes, un escritor escocés… pero a inicios de la década del setenta, Capanna ignoraba el dato y había tomado la palabra de un cuento de ciencia ficción -“En busca de San Aquino”- de Anthony Boucher [1911-1968]. Dice en El sentido de la ciencia-ficción sobre el relato: “…valiosas y significativas espiritualmente resultan otras tentativas de captación de la realidad contemporánea en una dinámica religiosa… [Son] aproximaciones a la civilización mecánica, fundadas en el amor… [como] ´En busca de San Aquino´[xi]… donde el Papa es perseguido por una tecnocracia atea que envía un sacerdote a buscar los restos de San Aquino [y] descubre que el santo… no era más que una máquina… perfecta, casi una divinidad…” Y anticipa allí su mirada: “Se valora aquí [en el cuento] la razón y la máquina pero no oponiéndolos a Dios sino poniéndolos a su servicio, para extender su reino y liberar al hombre para servirlo. Genuina expresión de una problemática religiosa arraigada en las circunstancias actuales.”[xii] ´Una máquina que pone a los hombres al servicio de Dios para que sean libres´, sintetiza cómo imaginaba Capanna en 1966 la post-tecnarquía.

Frente y revés de la misma trama, leídos en intersección, La Tecnarquía y El sentido de la ciencia-ficción adquieren nuevos matices. La reflexión filosófica se inspira en ejemplos de la ciencia ficción y, a su vez, aquella reflexión es el andamiaje epistemológico para indagar el sentido del género.[xiii] Por si fuera poco, ambos germinan de ideas de Boucher quien facilita el término para el título y le permite pensar la ciencia ficción como ´genealogía´.

Los ejemplos de literatura de ciencia ficción que, en La Tecnarquía, aluden a rasgos de la civilización industrial son la ecología, el consumismo, los movimientos anti-técnicos y los saberes alternativos como la parapsicología, en ese caso en particular, usada para aumentar la productividad, porque, recuerden, nada fuera del entramado tecnárquico.[xiv] Capanna se refiere despectivamente a las novelas de ciencia ficción con tema parapsicológico, las circunscribe a los años cincuenta y las acusa de transmitir ´fantasías de omnipotencia´ asociándolas por lo bajo con delirios nazis afirmando que ese “…confuso trasfondo ideológico del movimiento Planète… revela… una inclinación hacia la ideología del superhombre.” (p. 90-91) El problema es el esoterismo.

La revista francesa Planète –dirigida por los autores de El retorno de los brujos– es una de las causas de la confusión respecto de qué epistemología funciona en el género. En El sentido de la ciencia-ficción la incidencia negativa, según Capanna, es evidente: “La difusión tardía del género en nuestro medio, combinada con la aparición del ´nuevo humanismo´ marca Planète… han agravado aún más la oscuridad original del nombre. Basándose en el confuso concepto que se tiene de aquel movimiento…, para muchas personas cultas y aun intelectuales, la palabra ´ciencia-ficción´ sugiere una nueva ciencia o… una ciencia oculta.” Y niega, entonces, cualquier incidencia del nuevo humanismo en el género: “…no existe ninguna vinculación de la s-f [ciencia ficción] con el ocultismo, como algunos inspirados en la extraña alianza entre s-f y ´humanismo del tercer milenio´… parecen insinuar… La ´s´ de la sigla ´s-f´ es suficiente garantía contra la superstición…”. La ´s´ pertenece, por supuesto, al término anglosajón science, ´ciencia´.[xv]

La discusión de El sentido de la ciencia-ficción y la de La Tecnarquía se solapan: ¿cuál es la epistemología válida para a) comprender / analizar un género literario, b) organizar la sociedad? Esa proximidad es todavía más importante si consideramos la innegable matriz política de la ciencia ficción que es -recursivamente- fuente imaginativa para un texto filosófico que busca intervenir en la realidad. Capanna baraja, al menos, tres paradigmas de conocimiento con matriz política: i) la ortodoxia tecnárquica eficiente, vacía e inhumana (incluye saberes científicos ortodoxos o asimilados como tales), ii) los paradigmas alternativos de conocimiento, cercanos al sincretismo orientalizante de la huida romántica a la naturaleza de los hippies, iii) el tecno-humanismo con valores morales (digamos, católicos) que representa su eventual propuesta híbrida y reformista.

Servido el menú, Capanna no distingue en el enmarañado esoterismo dos corrientes: una arcaizante que entronca con el nazismo, y otra revulsiva asociada al misticismo hippie que, más allá de las prevenciones, proponía un paradigma de organización social libertario, no totalitario. En ambas corrientes predominan fuerzas dionisíacas, pero en sentido inverso. Si los fascistas utilizan la técnica como fuerza omnipotente que destruye para crear y por eso, a pesar de sus declamaciones, son anti-humanistas; los románticos, mecanoclastas y anarquizantes proponen destruir la técnica para expandir -o crear- más humanidad. (El ideal del superhombre también pertenece al universo esotérico, pero, en lo que respecta a su versión antigua, el gnosticismo, es una excelencia interior, basada en el autoconocimiento, no en la imposición sobre otros.) Esta compleja discusión sobre la ambigüedad esotérica es, como pueden ver, necesaria.[xvi]

Abordar la ciencia ficción únicamente desde la ciencia oficial y desestimar saberes alternativos conduce a miradas sesgadas como las que reaparecen en el proyecto filosófico-político, al que califiqué de conservador y católico. ¿Por qué conservador? Más allá de los comentarios indicados, lo es por una biblioteca que disuelve instancias críticas en aras de su híbrido tecno-catolicismo. Capanna leyó al ´humanista´ Mumford, un ´proto-ecologista´, en la línea de los románticos, con ecos del utopismo social y del anarquismo teórico, considerado un pensador con una versión alternativa del progreso, que ´relacionó la técnica con el autoritarismo y la libertad, y que sostuvo que la rueda hidráulica o el molino de viento eran innovaciones más democráticas por descentralizadas, flexibles y variadas´[xvii]; cita también al anti-técnico Jacques Ellul (p. 83); se refiere al autárquico Henry D. Thoreau (p. 217); a su discípulo Ralph Emerson (p. 68); al no violento Gandhi (p. 219); a sus descendientes, Vinoba y Lanza del Vasto (p. 222). Sopesa, pero impugna esa larga genealogía heterodoxa.[xviii] Niega a los ´intelectuales apocalípticos´, se aproxima a los ´integrados´, a los que aun así enfrenta buscando un inverosímil equilibrio.

Capanna es un escritor extraño, inclasificable y nunca lineal. Excepto en su asalto filosófico de 1973, su conservadurismo no es ingenuo y lo constituye en un intelectual paradójico. En sus planteos sobre la ciencia ficción, posteriores al libro de 1966, conviven un interés marcado por autores heterodoxos y una mirada católica implícita que merodea su análisis.[xix] En Idios Kosmos, sobre obra y vida del amigo de Boucher, Philip K. Dick [1928-1982], reconoce la dificultad de considerar el gnosticismo del escritor -crucial en su literatura- por convicciones religiosas. Afirma: “…su ´misticismo´ –herético, para un cristiano como yo- no convencía.”[xx] No es el único hereje que aborda. Atraviesan su camino el ´psicópata humanitario´ James G. Ballard [1930-2009] (El tiempo desolado, 1993), el misterioso Paul Linebarger [1913-1966], cuyo avatar de apellido ´Smith´ le permite escribir uno de sus mejores libros, Cordwainer Smith. El Señor de la Tarde [1984; 2011, reedición], recomendable para cualquier lector que desee profundizar en la polémica recogida por La Tecnarquía. La propuesta humanista de Linebarger frente al desarrollo tecnológico, sostiene la precisión de Capanna para recorrer ese universo literario que ya había sido poblado, para mediados de los años sesenta, con la figura de un joven hacker.[xxi] La sinuosa deriva continúa con la reedición de El sentido de la ciencia-ficción, bajo el título Ciencia ficción. Utopía y mercado [2007] en el que aparecen indicios de un tardío reconocimiento a la influencia del ´esoterismo serio´ (hermetismo, gnosticismo) en la configuración del género. La conversión –a contramano de su homónimo de Tarso- culmina con Natura, ´libro de gran alcance, en el que trabajó más de veinte años “…porque apareció otro tema, que es relacionar tres líneas: la historia de las ciencias, de la filosofía y la historia esotérica… con la idea de Naturaleza”.[xxii] Desde inicios de la década del setenta –cuando comentaba en sordina que “…en el medio urbano de la tecnarquía, la naturaleza ha desaparecido del horizonte vital humano…”- al presente, Capanna retoma, para su reflexión filosófica, el esoterismo de los románticos cuyo ´amor hacia las praderas´ podrá haber sido cuestionable por afectado y negador, pero que instalaba, con cierta solvencia, la columna vertebral disidente frente a la tecnarquía.[xxiii]

Entre tantas cosas, Capanna fue un pionero. El sentido de la ciencia-ficción es el primer ensayo sobre el asunto escrito en español. Fue uno de los primeros en interesarse por la peculiar obra conjetural de Cordwainer Smith. Su volumen sobre Dick es inaugural: “Inédito durante años, este texto hizo su aparición gracias a… los amigos de la revista Axxón… en forma de disquetes… Fue el primer libro de edición electrónica en el área hispanoamericana.”[xxiv] Y también abrió el juego con La Tecnarquía, denso, ecléctico y ambicioso proyecto filosófico que, a diferencia de los anteriores, ni reescribió, ni reeditó.

La Tecnarquía es el invisible epicentro de una historia de la reflexión sobre la técnica que, por estos lares, es necesario reconstruir –o que, tal vez, esté ya construida sobre la nada, al tener justamente, en el centro, a ese libro ignorado. De modo preliminar, puedo retornar a los inicios de esta retro-reseña y nombrar la obra de Ford y de Ferrer [xxv]; entreverar a la literatura en el asunto y pasar por Ricardo Piglia y La ciudad ausente [1992], máquina macedoniana, y su novela neoludita El camino de Ida [2013] que conjuga terrorismo, críticas a la academia y al sistema industrial; retroceder hasta el anarco-esotérico Roberto Arlt –a quien Piglia conecta con Dick; nombrar a Borges, leído por Dick y por los estudiantes en los revueltos campus norteamericanos, un Borges incluido en El retorno de los brujos [1960] y salteado lector de Planète;[xxvi] ir a Manuel Puig y su apocalíptico Pubis angelical. En definitiva, revisitar la heterodoxa ciencia ficción vernácula y retornar al prolífico autor y a sus cómplices en revistas como El Péndulo.[xxvii]

Nombré al actualísimo Ferrer. En estos días de fines de junio, se conoció la noticia del fallecimiento de Alvin Töffler autor de El shock del futuro [1970] (portador de la idea de ´hombre modular´ caracterizado por la alta adaptación a los cambios tecnológicos) y de La tercera ola [1980]. Capanna no lo cita en 1973 –en realidad, La Tecnarquía es de 1970 al igual que El shock del futuro-, pero sí en 1986, en una conferencia ante la grey católica -“Crisis de la racionalidad. El discurso esquizoide del mundo postindustrial”- que podría ser parte de su saga filosófica y que insiste en la tendencia esquizo de la civilización industrial: “El contraste entre la racionalidad utilitaria que impera en la vida pública y la elección irracional de los valores privados produce un estilo de vida donde predominan la disociación, la fragmentación, la contradicción; en el plano de la salud mental, la esquizofrenia se convierte en la enfermedad del futuro.”[xxviii]

Transcurrieron más de diez años desde La Tecnarquía. Otras son las circunstancias. Si en 1973 la tapa de La Tecnarquía tenía compases, calibres y artes de medir frutas (técnica versus naturaleza), la tapa del folleto que incluye la conferencia muestra una computadora –típica de los 80- que sostiene siluetas de personas, de una fábrica y de una probeta con un feto, como si fueran títeres. Los disidentes de la sociedad industrial, no son los hippies, sino una horda más disciplinada e igualmente juvenilista, la subcultura rock. En este estadio la industria cultural anestesia con su producto a las masas, y contagia los proyectos de gurúes tecnológicos, en 1970, adolescentes. Según Capanna, los fundadores de Apple Computer, [Stephen] Wozniak y [Steve] Jobs, fusionan “…sin solución de continuidad, el espíritu de empresa y el frío cálculo económico con la meditación Zen, el retiro en las montañas y la música de rock.” La post-tecnarquía es un entramado de tecno-empresarios, gobiernos y neohippies construyendo el universo de las nuevas tecnologías que, como ellos sabían, habría de acentuar la esquizofrenia (y, por ende, la dependencia).[xxix]

Las décadas han pasado. Las discusiones continúan intactas. Las universidades embarulladas en su propia nada. (Algunas creen descubrir El Dorado con tecnologías libres y abiertas.) En una de esas catacumbas se cocina, mítico, Natura. Capanna no hace filosofía (¿quién sí?). Es un ensayista, crítico, divulgador con público fiel, nunca masivo. El libro de 1970-1973 conserva anécdotas todavía útiles, como un viejo manual. Semejante al artículo de 2008 centrado en Mumford y las máquinas, hay decenas.

Al límite del precipicio, recuerdo una nota dedicada a un neoanarquista, a un apocalíptico con toques mecanoclastas –Theodore Kaczynski, ´Unabomber´[xxx]– que criticó a la sociedad industrial, que habló de la adaptación y de la manipulación impulsadas por las ciencias (denominadas) humanas, que vio los primeros ciber-alambiques, que anduvo por campus disidentes, que se asqueó de la universidad, que se fue a las montañas, que mató a tres representantes sistémicos con ´carta-bombas´, que discutió con el izquierdismo, que fue acusado de esquizofrénico por sus consignas políticas; y que, a pesar de ese aire de familia teórico y temático, cuando la historia recayó en su pluma -“Unabomber, el aniquilador solitario”- Capanna, ingenuamente (o flojo de papeles o artero), se mofó del ´solterón paranoico´, hasta que el personaje le reclamó mayor seriedad y, entonces, tuvo que aceptar que “…algunos de los argumentos ´ambientalistas´ de [La sociedad industrial y su futuro del] Unabomber parecen razonables y uno hasta se animaría a suscribirlos. Las chispas de la locura están ocultas en el rescoldo y no es fácil descubrirlas en una lectura superficial.”[xxxi]

Ese doble rasero da una idea de cómo a los disidentes, Capanna, los trataba de locos y les ofrecía luego la caridad, en este caso, una caridad entendible. La mirada del matemático sobre ecología y naturaleza no era tan delirante como decían. Crédulo, no improvisado, la pericia para detectar puntos de interés, en una lectura a desgano, coincidía con la empresa interpretativa marginal. Eran los primeros años del nuevo milenio. Capanna pulía la aún inédita Natura, brote del antiguo proyecto nacido en las entrañas del salvaje conurbano.

En 1973 Ferdydurke aparece como parodia del fascismo tecnólatra. En 1966 un fragmento de esa misma novela hace las veces de epígrafe: “…Mas posiblemente y en realidad casi ninguno de los oyentes quedó encantado. Es posible que si ellos no hubiesen sido enterados de que Chopin es un gran Genio y aquel pianista un Gran Pianista, habrían recibido lo cosa con menos encanto.” [Witold Gombrowicz, Ferdydurke] P. Capanna. El sentido de la ciencia-ficción. Capítulo II. “Introducción negativa”

That´s All Techno-Folks!

PUBLICADO ORIGINALMENTE EN REVISTA COLOFÓN

Notas:

[i] En “Las editoriales pueden llegar a ponerse groseras” [2015].

[ii] Sobre Marcuse y los estudiantes universitarios ver La Tecnarquía (p. 235). Para acceder a una síntesis de la cuestión, pueden leer dos ensayos cercanos en el tiempo. Uno corresponde a Leslie Fiedler, “The New Mutants” [1965]; el otro, que dialoga con el anterior, es de Susan Sontag y se titula, “What´s Hapenning in America” [1966], editado en Estilos Radicales [1969], que plantea la negación juvenil de los anhelos fáusticos de la civilización industrial. Ambos reflexionan sobre la juventud y su conexión / desconexión al sistema, desde posturas disímiles. Me refiero a ese asunto en “Volver a narrar mitos. Posmodernismo, gender, ciencia ficción y una relectura de Pubis angelical”. En Mito y fantasía. Un corte de género, Editorial Biblos. https://ymeescribesparanoica.wordpress.com/puig-pubis-y-la-ciencia-ficcion-2011/

[iii] Cita, en ese pasaje, al historiador Arnold Toynbee [1889-1975] en la revista Life en español [1968].

[iv] El entramado militar-industrial estuvo a cargo de Vannevar Bush, amigo de Mumford.

[v] Dice Patricio Silva en “Tecnocracia y Gobernabilidad Democrática en América Latina” [FLACSO, 2011] acerca de esa ríspida cuestión: “En el contexto latinoamericano, la imagen de una supuesta ´afinidad electiva´ entre tecnocracia y regímenes autoritarios se hizo patente durante las décadas de 60 y 70 al establecerse en los países del Cono Sur del continente una serie de regímenes ´burocrático-autoritarios´. En un trabajo seminal… Guillermo O’Donnell [1973] identificó a la tecnocracia civil como una de las principales aliadas de los militares en la coalición ´pro golpe´ y como figura clave en la ejecución de las políticas económicas de los regímenes militares.” www.plataformademocratica.org/Publicacoes/19466.pdf

[vi] Capanna cita a Mumford en La Tecnarquía (p. 137) acerca de la relación entre instrumentos (masculinos) y material (femenino) que reciben la acción técnica, como por ejemplo, el arado y la tierra.

[vii] Existe una línea de análisis ´erotismo, placer, lo afrodisíaco, consumo, alienación, negación romántica, sexo como liberación´, en la sociedad industrial que no puedo resumir aquí.

[viii] Con Jacques Ellul recuerda la concepción de la magia como técnica arcaica (La Tecnarquía, p. 140).

[ix] De McLuhan cita Understanding Media [1964] (La Tecnarquía, p. 137).

[x] Una de las utilidades de la filosofía en la tecnarquía es el entretenimiento y también apoyar el desarrollo de la cibernética (La Tecnarquía, p. 95 y p. 104).

[xi] Minotauro Nº 1, 1964.

[xii] El sentido de la ciencia-ficción. Apartado, “Ciencia ficción y religión”.

[xiii] En “Las editoriales pueden llegar a ponerse groseras” [2015] dice Capanna: “En lo que respecta a los cruces de géneros, la ciencia ficción se deja ver en los ejemplos y las notas; hasta hay un título (La Tecnarquía) que tomé de un cuento de Anthony Boucher.”

[xiv] La parapsicología estuvo asociada a experimentos con astronautas en el espacio exterior (La Tecnarquía, p. 89). La ciencia de las religiones acentúa la importancia de la mística, de la búsqueda de poderes para y por el individuo, en un contexto siempre tecnárquico (La Tecnarquía, p. 91).

[xv] Para entender un poco más su mirada sobre el esoterismo, pueden leer esta entrevista, “Desde la cresta de la ola esotérica” [1991], por Alejandro Agostinelli  http://www.elojoesceptico.com.ar/revistas/eoe01/eoe0103 Es contemporánea a la publicación de Idios Kosmos en soporte digital por Revista Axxón.

[xvi] Paolo Rossi en un texto de 1970 –“El proceso de Galilei en el siglo XX”- se refiere al tema. De este historiador de la ciencia, también italiano, Capanna cita Los filósofos y las máquinas (La Tecnarquía, p. 154).

[xvii] Tomo esos datos del artículo “Las máquinas…” [2008]. Me interesa conservar del artículo la siguiente información. Los ensayos de Mumford, desde Historia de las utopías (1922) hasta Apuntes del natural (1982), mantuvieron gran audiencia. Mumford influyó sobre E. F. Schumacher, el economista de los ´verdes´; sobre Herbert Marcuse, el filósofo de la izquierda sesentista; y sobre Marshall McLuhan, el profeta de los medios. Entre sus libros más conocidos, aparecen Técnica y civilización (1934) y El mito de la máquina (1970), última etapa en la que se puso pesimista y evocó una pesadilla de Leonardo Da Vinci para hacer sombríos pronósticos sobre el avance de la manipulación. Mumford prefería la palabra ´técnicas´ a ´tecnología´ porque pensaba que ésta era parte de la técnica, un concepto más amplio, que incluye arte, costumbres, juego e instituciones. Una de sus tesis más paradójicas es que hubo máquinas antes de que existieran la mecánica y la industria. Eran ´máquinas´ humanas compuestas por centenares de cuerpos que levantaron enormidades como las Pirámides egipcias, etc. La primera máquina de carne fue bélica: la falange, la centuria, el batallón o el regimiento eran sistemas mecánicos muy eficientes. De la máquina de combate nació la máquina de trabajo. A Mumford pertenecen ideas como que en la denominada era neotécnica, el automotor exige ´sacrificios rituales´: los accidentes de tránsito.

[xviii] Su conservadurismo está asociado al catolicismo, aunque perspectiva no supone la otra. Por la misma época en la que escribía La Tecnarquía, surgía en México, formado en la Iglesia Católica, el heterodoxo filósofo austríaco Ivan Illich [1926-2002]. Ni en 1970, cuando no se lo conocía en Argentina, ni después, si no me equivoco, Capanna cita a ese crítico radical del sistema industrial que siguió la línea gandhiana. La posición conservadora no es propia, entonces, del catolicismo sino de su ortodoxia. Aquellos que como Illich se corren hacia miradas heréticas convierten su paradigma teológico-filosófico en herramienta crítica.

[xix] Aunque Capanna en 1966 no incluye en su análisis la ciencia ficción latinoamericana, es –para decirlo de forma tremendista- uno de los padres fundadores del silencio conspirativo sobre el hermetismo en el género en castellano. Su tesis de lectura asocia la ciencia ficción no a la concreta existencia de un elemento científico en la narración –cada época tiene su definición de cientificidad– sino a la coherencia con que son tratadas las hipótesis científicas, método que tiene su ´origen´ en la época de la Revolución Industrial. Esta relativización abre, de modo indirecto, las puertas a las heterodoxias, pero ese es otro tema.

[xx] Idios Kosmos, 1995, p. 136.

[xxi] Esta reseña se desprende de un texto previo, centrado en la operación de Capanna para leer / inventar ´Cordwainer Smith´, reconstrucción en la que también incide la religión (“Los Señores de la Tarde y la ciencia ficción hermética latinoamericana”). Capanna disminuye la importancia del esoterismo y afianza el catolicismo. Si se repone el esoterismo (gnosticismo) en Linebarger, la obra de su avatar Cordwainer Smith adquiere asombrosa semejanza con la de Borges cuyo relato “Utopía de un hombre que está cansado” [El libro de arena, 1975] es una síntesis microscópica de la ficción cordwaineriana. Hasta donde sé, es la primera vez que se establece esa relación. ¿Corolario? Leer desde la heterodoxia modifica el sentido del género.

[xxii] “Pablo Capanna, el exégeta” [21/07/2009]. Columna ´Trama secreta´. En Literatura prospectiva. Miradas al futuro desde la literatura. http://www.literaturaprospectiva.com/?p=1972

[xxiii] Martin Heidegger es fundamental en esta historia por sus reflexiones en torno de la técnica y el ser humano, y por sus discípulos. Hans Jonas [1903-1993], investigador principal del gnosticismo en tanto filosofía, fue uno de ellos. Jonas hace el camino inverso al de Capanna. Comienza por el gnosticismo –La religión gnóstica [1958]- y arriba a la ecología. De 1979 es El principio responsabilidad [Das Prinzip Verantwortung] que sigue la línea gnóstica de la conflictiva relación ´hombre y naturaleza´ indagando en las implicancias éticas del uso de la tecnología. Toma de Ernst Bloch la idea del ´principio esperanza´ -importante, por otro lado, en la crítica de ciencia ficción- y lo convierte en el ´principio de responsabilidad´ centrado en una ética para la civilización tecnológica. Señala que, en el estado actual de cosas, el uso de la tecnología en ´la ciudad universal´ -una segunda naturaleza- debe atender a principios éticos. Sorprende la intención análoga de ambos críticos –apuntar a los principios– aunque trabajen con paradigmas opuestos. A partir de Heidegger y Jonas se avanza hacia la ciencia ficción heterodoxa. Jonas influye en el afamado crítico literario Harold Bloom y éste en su discípulo Frank McConnell, crítico estadounidense que, en 1982, comienza a desandar el camino que lo lleva a definir en 1994 a la ciencia ficción, ´gnosticismo tecnológico´.

[xxiv] Idios Kosmos, 1995, p. 6

[xxv] A modo de apuntes. Es posible mencionar a Daniel Cabrera. Lo tecnológico y lo imaginario. Las nuevas tecnologías como creencias y esperanzas colectivas [Biblos, 2006] y a Esteban Magnani, Tensión en la red. Libertad y control en la era digital [2014]; y agregar de Aníbal Ford, Desde la orilla de la ciencia: Ensayos sobre identidad, cultura y territorio [Puntosur, 1987] y Navegaciones: comunicación, cultura y crisis [Amorrortu, 1994]. Alrededor de Capanna aparecen figuras como Leonardo Moledo y Ángel Faretta (con su ´concepto del cine´). De reciente aparición es Cuando la ciencia despertaba fantasías. Prensa, literatura y ocultismo en la Argentina de entresiglos [Siglo XXI, 2015] de Soledad Quereilhac.

[xxvi] La mirada de Borges sobre la civilización técnica está esbozada en “Utopía de un hombre que está cansado” [El libro de arena, 1975], híbrido entre la ciencia ficción, el gnosticismo y el anarquismo, que revisa cómo serán los hombres del futuro, en consonancia con el esoterismo de Planète. Esa fusión anarquismo / mística se asemeja al anarco-primitivismo y, en mi caso, la denomino anarco-gnosticismo. Esta variante, en Argentina, puede encontrarse en radicales disidentes ciberculturales como Fabián Polosecki. Sobre esto https://ymeescribesparanoica.wordpress.com/2014/11/15/fabian-polosecki-mistica-y-anarquismo/

[xxvii] A esta tradición me refiero en Mil años de ciencia ficción hermética latinoamericana [1492-2500] En tres episodios: Borges, la conspiración; Sor Juana y Antônio Vieira, íntimos herejes; Bizarros profetas ciberculturales. [Tesis de maestría, 2014] http://repositorio.unesp.br/handle/11449/122239 Quien desee leer sobre Capanna / heterodoxos / revista El Péndulo, le recomiendo dos textos de Luciana Martínez. “Políticas de traducción y publicación en la revista El Péndulo”. Actas del II Congreso Internacional Cuestiones críticas. Rosario, 2009; y “Mario Levrero: parapsicología, literatura y trance”. II Coloquio Internacional ´Escrituras del yo´. Rosario, 2010. Agradezco a Luciana Martínez su comentario que disparó el interrogante sobre qué hay escrito acerca de ´la reflexión sobre la técnica´ en Argentina.

[xxviii] ´¿Adveniente cultura?´. CELAM. Consejo Episcopal Latinoamericano. Seminario Buenos Aires. Abril de 1986 (p. 31-53).

[xxix] Coinciden ese diagnóstico católico y las afirmaciones, también de 1986, de un personaje del mundillo del rock local, formado en filosofía, que, en una entrevista a una revista contracultural, habla del ´modelo imperial-maffioso´ en el que ´las corporaciones gobiernan a través de la tecnocracia´ con ´la ciencia y la tecnología como religión´ y con el psicópata como el tipo humano del siglo XXI. Su análisis de la sociedad industrial es preciso, aunque su paradigma atrase remitiendo a la conquista del espacio, fogoneada durante la Guerra Fría. Capanna se interesaba por la ´aventura espacial´ en La Tecnarquía (p. 46-47) quince años antes. Ver, entonces, Carlos Solari. “Los psicópatas serán los hombres del siglo XXI”. Entrevista a cargo de Enrique Symns, Cerdos & Peces, #7, 12/1986 https://ymeescribesparanoica.wordpress.com/2016/05/11/indio-solari-los-psicopatas-seran-los-hombres-del-siglo-xxi/

[xxx] Modelo de Thomas Munk, ´Recycler´, en El camino de Ida de Piglia. Aquí se cruza también Polosecki como uno de los primeros mártires ciberculturales en Argentina. El otro gran disidente de los medios de comunicación ajusticiado, Rodolfo Walsh, sucedió en el mundo de los matones parapoliciales.

[xxxi] Capítulo “Armas de destrucción masiva”, pp. 155-156, del libro Conspiraciones. Guía de delirios posmodernos [2009]. Fuente probable: “Los aniquiladores solitarios. Del Unabomber a los sobres de ántrax”. 02/02/2002. ´Futuro´, Página/12. http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/futuro/13-35-2002-02-02.html Más sobre Kaczynski en https://ymeescribesparanoica.wordpress.com/2015/05/04/kaczynski-contra-la-militancia/

La Tecnarquía [1973] de Capanna, un libro ignorado – Parte II

3.- El sentido de la técnica. Los tres rasgos

La Tecnarquía está dividida en tres grandes partes. Capanna abre la primera -“La dominación de la técnica”- con un interrogante: ¿por qué criticar la técnica de forma radical y hablar de ´humanizarla´, si –por un lado- en el encuentro con el instrumento, está la distinción entre el hombre y el animal, y si –por otro lado- durante el Renacimiento, al mismo tiempo que se forja el humanismo con sus anhelos de dominio del mundo, nacen los caminos de la ciencia y de la tecnología? La tecnología planetaria, para muchos hoy una ´invasión´, e incluso un ´cáncer´, fue un sueño titánico renacentista. La distancia entre ciencia y literatura –referencia implícita a la polémica de las ´dos culturas: ciencias duras versus humanidades´- hace cuatro siglos no existía.[i] Además, si para algunos intelectuales de los países desarrollados la tecnología es pésima, para los pueblos del Tercer Mundo puede ser instrumento de liberación. “Habrá pues que desentrañar en esta confusión de nociones la distancia que media entre la técnica y la tecnocracia, en una indagación que nos lleve a los fundamentos de la sociedad industrial.” (p. 15) Alcanzar esos ´fundamentos´ requiere no de una descripción sociológica sino de una indagación ontológica de la tecnocracia (o tecno-burocracia): “…el fin aquí propuesto [es] esclarecer el modo de ser que supone la existencia de la sociedad industrial en todos sus aspectos.” (p. 19)

Amparado en la semejanza entre ciencia y técnica modernas, y aceptando que toda intermediación –la de cualquier herramienta- produce alienación, para Capanna ´apropiarse del mundo a través del trabajo generado por la técnica´, es una forma existencial, un modo de ser que caracteriza este tiempo, que tiene sus raíces en el pasado y que se encamina a su superación. ´Tecnarquía´ –dos términos griegos que reunidos significan el principio de la técnica– remite al ´hacer como principio del ser´, a la actividad transformadora como fundamento, al predominio de la acción sobre lo contemplativo (p. 20). “Es el proceso que resume Toynbee diciendo que el hombre occidental ha reemplazado la religión por la técnica.” (p. 21) El sacro ´trabajo´ define, entonces, el ser de la civilización tecnárquica.

´La voluntad de apropiación teórica de la realidad´, según Capanna, se retrotrae a René Descartes [1596-1650] con dos etapas sucesivas: la voluntad de conocer y, en particular, la voluntad de dominio ejercida por técnicas que estallan cualquier posibilidad de lugares naturales y que hacen que la sociedad se organice en funciones. Este proceso de reificación convierte al hombre en factor, en servir-para (p. 25). “La ciencia ya no persigue el conocimiento puro, sino investiga en función de la técnica… La disolución de la ciencia en una multitud de técnicas se corresponde con la disolución de la teoría abstracta en praxis política.” (p. 26) La técnica se vuelve autónoma hasta convertirse en fundamento de sí, en juego. Si las reglas de ese juego permanecen ocultas e incomprensibles, si la participación es impuesta, será el siniestro juego de la alienación; si la técnica es un instrumento de liberación, será un juego creativo para que el hombre realice sus más altas posibilidades (p. 26). Estos modos de convertirse en juego de la técnica, en el marco de una ontología de la era técnica, son consecuencia de su autonomía y escapan a la evaluación ´bueno / malo´.

Tres parecen ser las categorías básicas que definen la civilización tecnárquica.

La primera es ´la alteración planetaria´, o la ´aspiración del humano de dominar el contorno cósmico´. Esta aspiración supone avance, gradualidad y recala en los ritmos de producción y consumo. La sociedad industrial es una tecnarquía del consumo.

La segunda es ´la ideología´ que, en este contexto, resulta un pensamiento simplista sustentado por la planificación, la puja por el status, el confort y el consumo. En la tecnarquía, “…la verdad del pensamiento se subordina al éxito fáctico”. La actividad técnica es “el origen ontológico” de una ideología intrínseca a un sistema que se dice desinteresado de la ideología formal y que proclama su fin (p. 58-59). El sistema disuelve la controversia y apela al efectismo del ´hacer´. La ´estructura vital de la tecnarquía tiene caracteres totalitarios por su carácter sistemático´ y según Herbert Marcuse [1898-1979]: “Totalitaria no es solo una coordinación política terrorista sino también una coordinación económico-técnica no terrorista que opera través de la manipulación de las necesidades…” (p. 52-53). La sociedad tecnárquica anuda burocratización y militarismo -subordinación al organigrama-, ideología aceptada por (casi) todos para sobrevivir (p. 62-65). En ese sentido, ´las múltiples técnicas se corresponden con la praxis política´. La política es una ingeniería orquestada por una tecno-burocracia que dice buscar la eficiencia. Si bien ´tecnocracia´ suena despectivo, a inicios del siglo XX, cuando la impulsó Thorstein Veblen, encarnaba un ideal político (p. 191).[ii]

El tercer rasgo es ´la felicidad como adaptación´. “El concepto de adaptación, impuesto por las ciencias humanas, junto con el de confort, representa el paradigma de conducta de la sociedad industrial capitalista. El colectivismo insiste también en la subordinación…” (p. 73) ´Colectivismo´ refiere al comunismo soviético. La civilización industrial cobijaba, durante la Guerra Fría, al capitalismo –Estados Unidos- y a la URSS con un desarrollo diferente pero idénticos sacrificios y costos en vidas para implantarlo (p. 30). La adaptación es la del humano a sus congéneres, ya adaptados, y ocurre por diversos mecanismos. La educación, considerada un ´ajuste´, desplaza el saber humanístico e instala una nebulosa cultura, motivadora de consumo (p. 76). La psicología colabora para que el individuo viva sin tensiones. “El psicólogo procederá a adaptar al paciente, disolviendo… aun aquellas tendencias positivas que pueden poner en peligro las bases del sistema.” (p. 74) Las ciencias humanas, engranajes tecnárquicos, colaboran con la organización. La sociología industrial procura eficiencia y no titubea en aplicar técnicas de adiestramiento, como un domador con sus caballos (p. 82-85). Los medios de comunicación emiten opiniones basadas en sondeos. “No interesa educar al público, cultivando las tendencias de superación: el mismo planteamiento de la cuestión, propone la respuesta. Un artefacto tan pintoresco como el Group Thinkometer… nivela las opiniones electrónicamente…” (p. 76)

La mente tecnárquica considera que el individuo adaptado es feliz. Si las ciencias humanas –pedagogía, psicología- liberan las tensiones por causas internas; las tensiones provocadas por el medio urbano se consideran satisfechas con el confort que, sostenido en el progreso técnico y apuntalado por la publicidad, recrea el ideal de ´placenta´ (p. 78). En el universo tecnárquico, las necesidades son sexo, comida, reconocimiento social, distracciones (es decir, ´novedades´ o ´diversión´ –un término de origen militar), pero ni una palabra acerca de libertad, sentido de la vida, eternidad (p. 79). Este marco hace de la naturaleza humana “una existencia alienada” que no reconoce su particularidad ontológica (p. 79). Alienación es la pérdida de una humanidad entregada al sistema (p. 81).

“Según Bergson, la tecnología moderna se ha desarrollado junto a la mística cristiana, y es una consecuencia de ésta… La función de la civilización técnica sería la de proveer un cuerpo al alma de la humanidad que se autorrealiza…” P. Capanna. La Tecnarquía (p. 202-203) El filósofo francés –por su sentido conciliador- parece haber inspirado a Capanna.

4.- Ocio espurio del adaptado

La segunda parte del libro -“Ontología del trabajo y de la técnica”- está dedicada a la relación ´técnica / trabajo / ocio´. La argumentación de Capanna apunta a desmontar la asociación ´técnica / máquina´ -válida para un momento histórico anterior. La civilización tecnárquica es un medio natural de segundo grado que excede lo maquínico (p. 144). La dominación de la técnica transforma al mundo que, a su vez, transforma al humano. Es la “…historia ontológica de la técnica que se vuelve autónoma y trasciende al mundo del trabajo para abarcar la totalidad de la existencia.” (p. 145) Esta autonomía de la técnica causa alienación y plantea una contradicción en el análisis que Capanna no resuelve –o no advierte. Por un lado afirma que, desde el Renacimiento, “…el hombre está puesto en el mundo para transformarlo y dominarlo, en cuanto es un sujeto racional.” Pero también reconoce: “No vemos aún qué movió al hombre occidental a desarrollar una civilización fundada en la técnica y porqué esa civilización pudo volverse planetaria.” (p. 145) Y remata: “La era que llamamos Moderna -considerada en función de la función de la tecnarquía- es una prehistoria. La matematización de la ciencia, la cuantificación de las cualidades, la conversión del arte en técnica racional, son pasos de una transformación que conduce al hombre a alienarse en la acción, a la tecnarquía.” (p. 151)

Si la preponderancia de la tecnocracia y de la dominación de la técnica no es una moda ni un capricho irracional, sino parte de la racionalidad de la historia, en esos tres pasajes Capanna, en contraposición, argumenta que el animal racional que es el humano decidió, sin motivo aparente, embarcarse en una empresa basada en el hacer, en la acción cuyo resultado final es su alienación, su reducción a factor de producción. El hombre tecnárquico está “…dispuesto a ser usado con el máximo de rendimiento. Por ello, más que de reificación (conversión en objeto o en cosa), en la tecnarquía es posible hablar de ´utilización´, conversión en instrumento.” (p. 158) Este ataque a la humanidad derivaría en un sin sentido que excede el mundo del trabajo: “El hecho de que el hombre actual no sepa qué hacer con el ocio, mientras no sea entretenerse o cultivar un hobby, revela su indigencia ontológica, la vaciedad a que lo reduce el sistema tecnárquico.” (p. 174) En la denominada ´civilización del ocio´, éste ni siquiera ha sido abordado como problema y se lo transfiere al plano del consumo. Contra eso arrecian los disidentes que niegan las diversiones ofrecidas por el sistema y escandalizan con su ocio orgiástico (p. 172).

En el corazón de la tecnocracia -recordará Capanna- anidan el nihilismo y la guerra total.[iii]

“Georges Bernanos, en su virulento ensayo sobre la técnica –[La France contre les Robots, 1946]- atribuye a los artesanos destructores de máquinas del siglo XIX la clarividencia de adivinar sus resultados: la instauración del Estado totalitario, la abolición de las libertades comunales, al servicio militar obligatorio, la proletarización, etc.” P. Capanna. La Tecnarquía (p. 52)

5.- Tecnólogos: tecnolatría fascista / mecanoclastas / tecnarquía totalitaria

La tercera parte -“Fundamentación y prospectiva”- revisa las corrientes intelectuales que pensaron la dominación de la técnica para prever, de algún modo, sus derivas: “Luego de haber bosquejado las estructuras ontológicas de la tecnarquía [primera parte] e investigado su origen en relación a la esencia del acto laboral [segunda parte], se plantea el problema de su sentido; esta consideración implica reflexionar sobre el futuro de la tecnarquía y las perspectivas de un mundo post-tecnárquico.” (p. 179)

Capanna divide a los tecnólogos en facciones. Hay un ala derecha -tecnolatría fascista- “que ve en la técnica el instrumento más eficaz para consolidar las relaciones de dominio y represión”. (Habría que preguntarse si la diferencia entre la tecnolatría fascista y la tecnarquía sin más es la densidad de la represión porque –recordemos- ésta tiene al igual que aquella el ´trabajo´ como esencia y es también totalitaria). Hay un centro, asociado a la ´tecnocracia´ de Veblen: la técnica posibilita ´racionalizar las contradicciones sociales´. Hay un ala izquierda que considera a la técnica un medio de realización y liberación humanas: socialistas utópicos, Marx, Bergson. Y existe una tendencia romántica que “si bien atribuye a la técnica todos los males sociales… realiza una verdadera crítica humanista”. Esta tendencia posee una vertiente moderada (del individualismo de Henry Thoreau a la no violencia gandhiana) y otra radical, la de los ´mecanoclastas´ que proponen destruir esa encarnación del mal. A inicios del siglo XIX, los destructores de máquinas (´ludditas´) fueron artesanos, no marmóreos intelectuales, que advirtieron en la técnica la disolución de su modo de vida y la instalación de un orden y de una disciplina masivas para la explotación, la producción de ´cosas´ y de enormes deshechos (p. 211-212).

La división en cuatro tendencias, no da cuenta de tecnólogos más complejos, como Martin Heidegger [1889-1976], entre la tecnolatría fascista y la mecanoclasia, y Marcuse que no niega la tecnología, pero que es anti-tecnárquico, anti-urbano y que, mediante el marxismo y el humanismo, cuestiona su tendencia totalitaria (p. 179-180). Estos pensadores ´aporéticos´ son centrales en el recorrido de Capanna. Aunque no lo explicita, parece apoyarse en el primero para estructurar su propuesta filosófica; y utiliza a Marcuse –lector de Mumford- como uno de sus tornos favoritos en los que modelar el reformismo político.

El capítulo final del libro -“Más allá de la tecnarquía”- sondea conclusiones sobre el futuro de la civilización tecnárquica. Capanna -lo indiqué- no considera que exista un buen y un mal uso de la técnica. La sociedad industrial asocia técnica con trabajo, producción, consumo, economía, poder y, por lo tanto, no se la puede modificar con un uso diferente. “La gran cuestión está precisamente en hallar una técnica que nos permita administrar en sentido humanista el poder puesto en nuestras manos por la tecnología.” El objetivo es “…cambiar la intencionalidad, lo cual significa sacar a la luz una nueva faceta del ser del hombre.” Esa transformación es ética, aspira a la plenitud humana y a una existencia con nuevos valores, origen de otras tecnologías. Una técnica liberadora dependerá de un ´humanismo maduro´ (p. 241), es decir, de la ´madurez del ser humano´ (p. 246). La insistencia en la idea de ´madurez´ apunta a que el ´nuevo hombre para una nueva tecnología´ surgirá de una impronta confesional. Ni destruir las máquinas, ni volver a la vida pastoril, ni el desenfreno por el poder. La serenidad, la valentía y la autenticidad son ´virtudes´ necesarias para el cambio de dirección de la técnica -como lo advierte el teólogo católico Romano Guardini, citado en las últimas páginas del libro.

El andamiaje católico no es mera presunción. Reconocía el autor a fines del año 2015: “La fe y la práctica católicas son parte de mi identidad, si bien siempre traté de no ponerlas en evidencia para que el lector no se sintiera invadido. Sin embargo, el primer librero marxista que hojeó La Tecnarquía no tardó en darse cuenta.”[iv] En ese sentido era Capanna, por aquel entonces, un intelectual comprometido.

“Al no poder enfrentar a los burgueses, el odio se vuelve hacia las máquinas, en una reacción semejante a la que engendró el antisemitismo. El obrero que luchaba contra las máquinas trataba de algún modo de volver a alcanzar la posición perdida a partir de la Edad Media, su posición de artesano integrado en un sistema corporativo. Los comienzos de la mecanoclasia teórica, que no está tan extinguida como podría creerse, son paralelos a los del romanticismo y constituyen en realidad meras variantes de éste… Sus más recientes manifestaciones se dan en la nostalgia rural, identificada por Kingsley Amis en la literatura fantástica [New Maps of Hell (1960)] y en muchas fases del movimiento gandhiano.” P. Capanna. La Tecnarquía (p. 210). La nota al pie conectada con la referencia a Kingsley Amis dice: “Cfr. mi libro El sentido de la ciencia-ficción, Columba, Buenos Aires, 1966.” En el volumen de 1973, es la única mención de su primer libro.

PUBLICADO ORIGINALMENTE EN REVISTA COLOFÓN

Notas:

[i] La polémica de las ´dos culturas´ remite al debate abierto en 1949 por C. P. Snow. En el marco de la ciencia ficción, me refiero al tema en: “¿Quién le teme a C. P. Snow en la crítica de ciencia ficción latinoamericana? El enigma del género en el laberinto de una conspiración herméticaˮ. Alambique. Revista académica de ciencia ficción y fantasía, vol.1, n.1., 2013 http://scholarcommons.usf.edu/alambique/vol1/iss1/5/

[ii] Mumford, amigo del sociólogo Thorstein Veblen, se opuso a la tecnocracia cuando se convirtió en un movimiento político.

[iii] Sobre nihilismo y época contemporánea, recomiendo el ensayo de Hans Jonas, “Gnosticismo, existencialismo y nihilismo” [1952] https://ymeescribesparanoica.wordpress.com/2016/01/04/hans-jonas-gnosticismo-existencialismo-y-nihilismo/

[iv] En “Las editoriales pueden llegar a ponerse groseras” [2015].

La Tecnarquía [1973] de Capanna, un libro ignorado – Parte I

Palabras preliminares

A inicios del siglo XIX, los destructores de máquinas (´ludditas´) resistieron el avance de un sistema que acabó por fagocitar, como previeron, la autonomía de las fuerzas comunales. Esa ira anti-maquínica fue, luego, ríos de tinta; y costó miles de vidas. Siglo XX. A la salida de la Segunda Guerra, florece la cibernética y estalla la polémica por las ´dos culturas´: ¿deben regirnos las ciencias duras o las humanidades? Una torva mirada recae sobre la técnica y la tecnología confundidas progresivamente con las ciencias aplicadas, en una arrolladora maraña totalitaria. Años sesenta. Carrera espacial. Disidentes románticos. La prole luddita de los intelectuales apocalípticos libró y perdió esas y otras batallas. Un puñado de décadas bastó para que el ciberespacio materializara la dominación sistémica -danza macabra de nuevas tecnologías, marketing, sociología (estadísticas), psicología (manipulación), medios de comunicación. Los integrados aplauden. El foquismo terrorista viral muta. Esperpénticos líderes mesiánicos reclaman ser ungidos. El hipertecnológico siglo XXI lame nuestros tobillos. El sujeto medio, en Babia.

La biblioteca que reúne la discusión alrededor de ´la técnica´ es ingente en términos generales; en la región sur del continente, parca o débil. La raleada industrialización hizo que la agenda intelectual vernácula fuese otra. Hubo, como sucede, asaltos espasmódicos.

Aníbal Ford recorre, al filo del tercer milenio, las consecuencias de la turbia invasión de las nuevas tecnologías. Una serie de artículos reunidos bajo el título La marca de la bestia [1999] funcionan como campo de prueba para pensar ´la sociedad del infoentretenimiento´ a partir de la referencia bíblica de la ´Bestia´ que dominaba obligando a llevar tatuada su marca a todo aquel que deseara comprar y vender. ´La marca de la bestia se está automatizando o robotizando´, decía Ford en alusión a la sociedad de control establecida por la informatización de cada uno de los movimientos.[i]

Christian Ferrer, en su ensayo “Los destructores de máquinas. In memoriam” [1996], retorna a las fuentes y recuerda que la centenaria violencia luddita estuvo dirigida “…contra los símbolos de la nueva economía política: concentración en fábricas urbanas, maquinaria imposible de adquirir y administrar por las comunidades…”.[ii] El odio al poder centralizado era representado por himnos que cantaban la destrucción del tren, el bestial Moloch metálico, dice, y actualiza esa ira hereje: “Los ludditas aún nos hacen preguntas: ¿Es posible oponerse a la introducción de maquinaria o de procesos laborales… dañinos para la comunidad? ¿Importan las consecuencias sociales de la violencia técnica? ¿Existe un espacio de audición para las opiniones comunitarias? ¿Se pueden discutir las nuevas tecnologías de la ´globalización´ sobre supuestos morales…?” El ´tema de la maquinaria´, especula Ferrer, antes que a la técnica, responde a la política y a la moral. En años posteriores impulsa la revista Artefacto, imparte sus clases y publica textos relacionados.[iii] En una entrevista concedida este 2016, insiste: “Como voluntad de poder, la técnica hoy va por delante de cualquier posibilidad que tenga la política y la moral de controlarla… No tenemos un pensamiento que esté a la altura…”.[iv]

¿Por qué la discusión –´tecnología sí / no / qué tecnología´- no prendió? En esta región, conjeturo, además de problemas con la agenda, por la ausencia de una tradición que convocase a tecnólogos y/o tecnófobos. En ese sentido, es sugestivo que Ferrer, a mediados de los noventa, ignorara (´pocos recuerdan a los ludditas´, dice) aquel extraño antecedente libresco, tempranamente interesado en la cibernética, detractor de los mecanoclastas, defensor con reservas del ´sistema industrial´, escrito por Pablo Capanna, de título La Tecnarquía y motivo de esta retro-reseña.

Capanna compone La Tecnarquía en la segunda mitad de la década del sesenta, entre Vietnam, la Guerra Fría, las revueltas estudiantiles, los hippies, las drogas, la desconexión al sistema fabril, el viaje interior y místico, los viajes espaciales, la violencia orgiástica, la violencia sistémica, el reverdecer de los neoluditas, los tanteos de la informática… casi todo allá, en otros lados. Escribió y publicó, y el libro pasó rápidamente al olvido, perviviendo en indicaciones y referencias aisladas.

La Tecnarquía –nudo invisible de la historia sureña de una reflexión sobre la técnica- adopta una posición conciliadora: todo contacto con el mundo requiere la intermediación de alguna técnica; no hay vuelta atrás; solo puede apelarse a una reforma. Con una perspectiva signada por el pesimismo propio de esta época, Ford advierte que cualquier herramienta para control masivo es extremadamente indeseable. En la misma tesitura, y en las antípodas ideológicas de Capanna, Ferrer cuestiona a los ´tecnócratas neoliberales´ o ´historiadores progresistas´ que analizaron la sublevación luddita como una ´revuelta obrera con tintes campesinos´, y sugiere que esas condenas nacieron del interés o del prejuicio.

En efecto, juicios y prejuicios confesionales permean La Tecnarquía, torcido mojón inaugural centrado en ´la civilización de la técnica´. Capanna consideraba a la violencia luddita tan irracional como el antisemitismo. Los mecanoclastas vieron que la maquinaria conducía a la dominación total. De la tecnolatría fascista al ciberimperio, del Moloch metálico a la ´bestial marca robotizada´, las oscuras previsiones de quienes ´pensaron la modernidad tecnológica por adelantado´ han sido cumplidas.

“Las conquistas de la ciencia y de la técnica han hecho teórica y socialmente posible la contención de las necesidades afirmativas, agresivas… ¿Significa esta situación que el sistema del capitalismo en su conjunto esté inmunizado contra todo cambio? […] La sociedad existente logrará contener a las fuerzas revolucionarias mientras consiga producir cada vez más ´manteca y cañones´ y burlar a la población con la ayuda de nuevas formas de control total.” Herbert Marcuse. El hombre unidimensional [1954]. “Prefacio a la edición francesa” [1967]

1.- La historia y las incógnitas

A mediados de 2016 –aventuraba Pablo Capanna, meses atrás- su nuevo libro, Natura. Las derivas históricas, sería publicado por la editorial de la Universidad de Quilmes. Decir nuevo (o último) es mentir. “El origen remoto de Natura está en La Tecnarquía. Cuando apareció [en 1973] recién se empezaba a hablar de ecología, y sentí que esa era una de sus carencias. Los tres artículos que entonces le dediqué [a la ecología] en Criterio son el germen de [Natura].”[v] Natura es un antiguo proyecto que a Capanna cada tanto le arrancaba un lamento, como en 2009: “Tengo un libro de gran alcance… que… a lo mejor sale póstumo… Hace muchísimos años escribí un libro que se llamó La Tecnarquía y me quedó este tema en el tintero. Es un libro inédito que vengo trabajando desde hace veinte años.”[vi] A pesar de las académicas promesas, conserva ese estatus.

Enmarcado en ´historia de las ideas´[vii], Natura es la eventual clausura de una lista ecléctica de textos emparentados con la filosofía que abre en 1973 –con lo “que podría haber sido una tesis de doctorado”-, que continúa con los artículos en Criterio; con la última parte de El Señor de la Tarde. Conjeturas en torno de Cordwainer Smith [1984]; con alguna que otra colaboración; con Idios Kosmos [1991] dedicado a Philip K. Dick; con El mito de la nueva era [1993] referido a la New Age. Por esa época descubre un nexo entre “…lo que había investigado para la biografía de Dick y el librito de divulgación sobre la New Age”, apura lo que le había quedado en el tintero y se pone a escribir Natura.[viii]

Capanna debuta en 1966 con El sentido de la ciencia-ficción, previamente “concertado con el editor y [con] una aceptable difusión…”. Al año siguiente traduce y anota Los viajes de Marco Polo. En 1973 aparece en Barcelona La Tecnarquía, enrevesado origen de la saga filosófica, “…después de vagar tres o cuatro años por las editoriales argentinas, gracias al interés que puso en él un colega que tenía un hijo trabajando en Barral. A la Argentina llegaron unos pocos ejemplares, y poco después la legendaria Barral quebró.”[ix] No vio un centavo. Pasó de autor del aplaudido ensayo sobre un género literario en ascenso, a la frialdad del público lector. Esa indiferencia alcanza nuestros días. En la Red hay escasas referencias y es inhallable papel alguno que se asome a sus doscientas cincuenta páginas. Las escasas referencias son del propio autor y funcionan como pistas. Veamos una.

El domingo 2 de febrero de 2008, el suplemento ´Futuro´ de Página/12 lleva como nota de tapa, “Las máquinas…”, artículo dedicado a la vida y la obra del filósofo de la tecnología –también sociólogo, urbanista, crítico de casi todo- Lewis Mumford [1895-1990]. Capanna presenta a Mumford recordando su amistad con el olvidado escritor Patrick Geddes [1854–1932], un escocés que inventó dos palabras: “Una es ´conurbano´… La otra es ´tecnarquía´: un término filosófico… acuñado para definir a la civilización tecnológica, que no tuvo suerte”. Esas dos palabras fueron estrellas de su horóscopo sociocultural, y nos cuenta: “…hace muchos años que vivo en el conurbano, y fue allí donde escribí… La Tecnarquía… un libro ignorado” y citado cada tanto por algún desprevenido europeo.[x]

Un escritor olvidado (a). Un término desastrado (b). Un libro ignorado (c). La secuela aún inédita (d). Son causa suficiente para desandar esa peculiar peripecia filosófica, borrada del mapa, durante más de cuatro décadas.

El método fenomenológico –que parece funcionar en La Tecnarquía– es presentado en el libro de 1966 sobre ciencia ficción: “Ya Husserl había puesto como uno de los pasos fundamentales del método fenomenológico la variación ideatoria, procedimiento para aislar esencias mediante la formalización y un ´procedimiento serial de variación´ que permite intuir todas sus posibilidades y aprehender la esencia invariable.” P. Capanna. El sentido de la ciencia-ficción. Apartado, “Ciencia ficción y filosofía”. Esa descripción, creo, explica la tarea de Capanna: separar y analizar ´las partes´ hasta llegar al principio rector.

2.- La reflexión marginal y un proyecto político

Pablo Capanna nace en Italia en 1939. En 1949 recala en la Argentina. A inicios de la década del setenta trabaja como profesor de filosofía en la Universidad Tecnológica Nacional y en la Universidad del Salvador. En la breve nota introductoria, firmada en 1970, reconoce que La Tecnarquía “…demandó varios años de trabajo y reflexión, no siempre invertidos en investigación académica” (p. 7). Con una cuenta rápida, esos ´varios años´ nos colocan en la órbita de su primer libro, El sentido de la ciencia-ficción –escrito en 1966, en poco menos de un mes, en medio de una huelga y basado en aquella investigación de mayor alcance. Al fin de cuentas, su mirada sobre la ciencia ficción se desprende, como veremos, de su tarea filosófica. Pero vayamos al grano.

La Tecnarquía, mediante la reflexión filosófica, busca “…aprehender el sentido de un proceso –[el tecnológico]- que envuelve el planeta entero” a partir de la relación entre ´técnica / trabajo / ocio´, “en la perspectiva de la sociedad industrial” (p. 7).[xi] Con la ambigüedad que caracteriza al volumen, el método es algo esquivo, aunque la mención del ´ideal fenomenológico´ de análisis (p. 137) es suficiente para comprender que persigue la ´esencia´, el ´modo del ser´ de la civilización tecnárquica.

La reflexión filosófica ´extra-vagante´ empuja a Capanna a los márgenes. Se presenta como un outsider que escribe desde la doble “situación fronteriza” de los suburbios (el conurbano, recuerden) en la periferia del sistema industrial, corrimiento que le da “un punto de vista privilegiado… en una parte del mundo que aún no ha encontrado su camino de realización”. Desde allí, pretende intervenir políticamente. Insiste: “En un sector del mundo que se abre al cambio estructural, siempre será necesario meditar sobre el sentido que habrá de dar el cambio [tecnológico] deseado.” (p. 8) Su meditación, o intervención filosófica, será una tarea a contracorriente.

Capanna es un marginal por recurrir a la ninguneada filosofía, desplazada a “la periferia de la cultura”. La filosofía sólo es considerada útil si entretiene y si genera ingresos. Su poder crítico es inadmisible para la unidimensional sociedad tecnárquica. En el ámbito institucional, ha sido domesticada y el filósofo convertido en profesor (p. 94-97). Profesor universitario, Capanna decide investigar con un pie fuera de ese bastión de la civilización industrial para criticar y proponer.[xii] ¿Proponer qué?

Frente a un estado de cosas nada alentador, un futuro post-tecnárquico requerirá una ´revolución ética´ que lleve: “…a la conciencia social los imperativos morales… [Porque] estar junto a las causas justas, abrir las conciencias a las perspectivas de la liberación, establecer para qué se hace el cambio, qué tipo de hombre nuevo es deseable, es una misión pedagógica que cabe a la filosofía… El intelectual debe comprometerse en la crítica activa de los valores tecnárquicos, negándolos para superarlos.” (p. 251) ¿´Liberación´, ´hombre nuevo´, ´revolución ética´, ´negación´ e ´intelectual comprometido´? Lo veremos.

El proyecto ambicioso -casi inabarcable- tiene inevitables eslabones sueltos. Capanna dice realizar una “investigación sobre la técnica planetaria” pero reconoce que la ´dominación de la técnica´ aún no alcanzó al Tercer Mundo “donde…se halla la mayor parte del género humano”. ¿Técnica planetaria o acotada a los países desarrollados? ¿Países del Tercer Mundo desarrollados tecnológicamente como culminación del proyecto tecnárquico o inicio del futuro post-tecnárquico? Como sea, o acaso en consecuencia, su asalto filosófico-político experimentó la paradoja de no ser publicado en origen. Los cambios sopesados por La Tecnarquía no interesaron a los custodios intelectuales de este rincón del Tercer Mundo.

Indiferente, sin embargo, al ninguneo y al paso del tiempo, el exótico volumen alienta una compleja discusión que aún respira.

Un vaso comunicante entre el volumen de 1973 y El sentido de la ciencia-ficción de 1966 es la mención de Ferdydurke, novela de Witold Gombrowicz. En La Tecnarquía (p. 195) puede leerse: “Los espíritus alertas aprehendieron esta tendencia [de la tecnolatría irracional nazi-fascista] y la señalaron críticamente; sirve de ejemplo la sátira de Gombrowicz, con la pintoresca familia del ingeniero de Ferdydurke.”

PUBLICADO ORIGINALMENTE EN REVISTA COLOFÓN

Notas:

[i] Aníbal Ford, La marca de la bestia. Identificación, desigualdades e infoentretenimiento en la sociedad contemporánea  [1999]. https://ymeescribesparanoica.wordpress.com/2016/07/29/anibal-ford-la-marca-de-la-bestia-1999/

[ii] Este texto fue enviado por Christian Ferrer desde Buenos Aires para el Certamen Literario sobre la libertad que convocó el Centre de Documentado Histórico Social. Ateneu Enciclopedia Popular de Barcelona a finales de [1996].” Reeditado en Los destructores de máquinas y otros ensayos sobre técnica y nación. Biblioteca Nacional, 2015. Disponible en  https://ymeescribesparanoica.wordpress.com/2016/07/17/christian-ferrer-los-destructores-de-maquinas-1996/

[iii] Christian Ferrer, El entramado, el apuntalamiento técnico del mundo [Ediciones Godot, 2012].

[iv] “Como voluntad de poder, la técnica va por delante de cualquier control”. Entrevista por Diego Genoud. [26/06/2016] La Nación http://www.lanacion.com.ar/1912179-christian-ferrer-como-voluntad-de-poder-la-tecnica-va-por-delante-de-cualquier-control

[v] La edición –programada para mediados de este año- está demorada. A fines de 2015, mantuve con Capanna una charla virtual, editada como entrevista por Revista Colofón. “Las editoriales pueden llegar a ponerse groseras” [13/12/2015] http://revistacolofon.com.ar/las-editoriales-pueden-llegar-a-ponerse-groseras/

[vi] “Pablo Capanna, el exégeta” [21/07/2009]. Columna ´Trama secreta´. En Literatura prospectiva. Miradas al futuro desde la literatura. http://www.literaturaprospectiva.com/?p=1972

[vii] Capanna aclara en “Las editoriales pueden llegar a ponerse groseras”: “…hoy es un tanto difícil definir qué se entiende por filosofía”.

[viii] En “Las editoriales pueden llegar a ponerse groseras” [2015].

[ix] En “Las editoriales pueden llegar a ponerse groseras” [2015].

[x] Página/12. Futuro. 02/02/2008. www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/futuro/13-1860-2008-02-02.html

[xi] Barcelona. Barral Editores. Breve Biblioteca de Respuesta. 254 páginas. En Argentina no es sencillo encontrar el libro. Debe haber otros, pero conozco el que consulté en la Biblioteca del Congreso Nacional; el que está a la venta en la web; él / los que tiene Capanna.

[xii] Un célebre texto de Capanna contra la crítica literaria académica e, incluso, la universidad en su conjunto, es el apéndice a Idios Kosmos, “Crítica androide y crítica empática”.