La Tecnarquía [1973] de Capanna, un libro ignorado – Parte II

3.- El sentido de la técnica. Los tres rasgos

La Tecnarquía está dividida en tres grandes partes. Capanna abre la primera -“La dominación de la técnica”- con un interrogante: ¿por qué criticar la técnica de forma radical y hablar de ´humanizarla´, si –por un lado- en el encuentro con el instrumento, está la distinción entre el hombre y el animal, y si –por otro lado- durante el Renacimiento, al mismo tiempo que se forja el humanismo con sus anhelos de dominio del mundo, nacen los caminos de la ciencia y de la tecnología? La tecnología planetaria, para muchos hoy una ´invasión´, e incluso un ´cáncer´, fue un sueño titánico renacentista. La distancia entre ciencia y literatura –referencia implícita a la polémica de las ´dos culturas: ciencias duras versus humanidades´- hace cuatro siglos no existía.[i] Además, si para algunos intelectuales de los países desarrollados la tecnología es pésima, para los pueblos del Tercer Mundo puede ser instrumento de liberación. “Habrá pues que desentrañar en esta confusión de nociones la distancia que media entre la técnica y la tecnocracia, en una indagación que nos lleve a los fundamentos de la sociedad industrial.” (p. 15) Alcanzar esos ´fundamentos´ requiere no de una descripción sociológica sino de una indagación ontológica de la tecnocracia (o tecno-burocracia): “…el fin aquí propuesto [es] esclarecer el modo de ser que supone la existencia de la sociedad industrial en todos sus aspectos.” (p. 19)

Amparado en la semejanza entre ciencia y técnica modernas, y aceptando que toda intermediación –la de cualquier herramienta- produce alienación, para Capanna ´apropiarse del mundo a través del trabajo generado por la técnica´, es una forma existencial, un modo de ser que caracteriza este tiempo, que tiene sus raíces en el pasado y que se encamina a su superación. ´Tecnarquía´ –dos términos griegos que reunidos significan el principio de la técnica– remite al ´hacer como principio del ser´, a la actividad transformadora como fundamento, al predominio de la acción sobre lo contemplativo (p. 20). “Es el proceso que resume Toynbee diciendo que el hombre occidental ha reemplazado la religión por la técnica.” (p. 21) El sacro ´trabajo´ define, entonces, el ser de la civilización tecnárquica.

´La voluntad de apropiación teórica de la realidad´, según Capanna, se retrotrae a René Descartes [1596-1650] con dos etapas sucesivas: la voluntad de conocer y, en particular, la voluntad de dominio ejercida por técnicas que estallan cualquier posibilidad de lugares naturales y que hacen que la sociedad se organice en funciones. Este proceso de reificación convierte al hombre en factor, en servir-para (p. 25). “La ciencia ya no persigue el conocimiento puro, sino investiga en función de la técnica… La disolución de la ciencia en una multitud de técnicas se corresponde con la disolución de la teoría abstracta en praxis política.” (p. 26) La técnica se vuelve autónoma hasta convertirse en fundamento de sí, en juego. Si las reglas de ese juego permanecen ocultas e incomprensibles, si la participación es impuesta, será el siniestro juego de la alienación; si la técnica es un instrumento de liberación, será un juego creativo para que el hombre realice sus más altas posibilidades (p. 26). Estos modos de convertirse en juego de la técnica, en el marco de una ontología de la era técnica, son consecuencia de su autonomía y escapan a la evaluación ´bueno / malo´.

Tres parecen ser las categorías básicas que definen la civilización tecnárquica.

La primera es ´la alteración planetaria´, o la ´aspiración del humano de dominar el contorno cósmico´. Esta aspiración supone avance, gradualidad y recala en los ritmos de producción y consumo. La sociedad industrial es una tecnarquía del consumo.

La segunda es ´la ideología´ que, en este contexto, resulta un pensamiento simplista sustentado por la planificación, la puja por el status, el confort y el consumo. En la tecnarquía, “…la verdad del pensamiento se subordina al éxito fáctico”. La actividad técnica es “el origen ontológico” de una ideología intrínseca a un sistema que se dice desinteresado de la ideología formal y que proclama su fin (p. 58-59). El sistema disuelve la controversia y apela al efectismo del ´hacer´. La ´estructura vital de la tecnarquía tiene caracteres totalitarios por su carácter sistemático´ y según Herbert Marcuse [1898-1979]: “Totalitaria no es solo una coordinación política terrorista sino también una coordinación económico-técnica no terrorista que opera través de la manipulación de las necesidades…” (p. 52-53). La sociedad tecnárquica anuda burocratización y militarismo -subordinación al organigrama-, ideología aceptada por (casi) todos para sobrevivir (p. 62-65). En ese sentido, ´las múltiples técnicas se corresponden con la praxis política´. La política es una ingeniería orquestada por una tecno-burocracia que dice buscar la eficiencia. Si bien ´tecnocracia´ suena despectivo, a inicios del siglo XX, cuando la impulsó Thorstein Veblen, encarnaba un ideal político (p. 191).[ii]

El tercer rasgo es ´la felicidad como adaptación´. “El concepto de adaptación, impuesto por las ciencias humanas, junto con el de confort, representa el paradigma de conducta de la sociedad industrial capitalista. El colectivismo insiste también en la subordinación…” (p. 73) ´Colectivismo´ refiere al comunismo soviético. La civilización industrial cobijaba, durante la Guerra Fría, al capitalismo –Estados Unidos- y a la URSS con un desarrollo diferente pero idénticos sacrificios y costos en vidas para implantarlo (p. 30). La adaptación es la del humano a sus congéneres, ya adaptados, y ocurre por diversos mecanismos. La educación, considerada un ´ajuste´, desplaza el saber humanístico e instala una nebulosa cultura, motivadora de consumo (p. 76). La psicología colabora para que el individuo viva sin tensiones. “El psicólogo procederá a adaptar al paciente, disolviendo… aun aquellas tendencias positivas que pueden poner en peligro las bases del sistema.” (p. 74) Las ciencias humanas, engranajes tecnárquicos, colaboran con la organización. La sociología industrial procura eficiencia y no titubea en aplicar técnicas de adiestramiento, como un domador con sus caballos (p. 82-85). Los medios de comunicación emiten opiniones basadas en sondeos. “No interesa educar al público, cultivando las tendencias de superación: el mismo planteamiento de la cuestión, propone la respuesta. Un artefacto tan pintoresco como el Group Thinkometer… nivela las opiniones electrónicamente…” (p. 76)

La mente tecnárquica considera que el individuo adaptado es feliz. Si las ciencias humanas –pedagogía, psicología- liberan las tensiones por causas internas; las tensiones provocadas por el medio urbano se consideran satisfechas con el confort que, sostenido en el progreso técnico y apuntalado por la publicidad, recrea el ideal de ´placenta´ (p. 78). En el universo tecnárquico, las necesidades son sexo, comida, reconocimiento social, distracciones (es decir, ´novedades´ o ´diversión´ –un término de origen militar), pero ni una palabra acerca de libertad, sentido de la vida, eternidad (p. 79). Este marco hace de la naturaleza humana “una existencia alienada” que no reconoce su particularidad ontológica (p. 79). Alienación es la pérdida de una humanidad entregada al sistema (p. 81).

“Según Bergson, la tecnología moderna se ha desarrollado junto a la mística cristiana, y es una consecuencia de ésta… La función de la civilización técnica sería la de proveer un cuerpo al alma de la humanidad que se autorrealiza…” P. Capanna. La Tecnarquía (p. 202-203) El filósofo francés –por su sentido conciliador- parece haber inspirado a Capanna.

4.- Ocio espurio del adaptado

La segunda parte del libro -“Ontología del trabajo y de la técnica”- está dedicada a la relación ´técnica / trabajo / ocio´. La argumentación de Capanna apunta a desmontar la asociación ´técnica / máquina´ -válida para un momento histórico anterior. La civilización tecnárquica es un medio natural de segundo grado que excede lo maquínico (p. 144). La dominación de la técnica transforma al mundo que, a su vez, transforma al humano. Es la “…historia ontológica de la técnica que se vuelve autónoma y trasciende al mundo del trabajo para abarcar la totalidad de la existencia.” (p. 145) Esta autonomía de la técnica causa alienación y plantea una contradicción en el análisis que Capanna no resuelve –o no advierte. Por un lado afirma que, desde el Renacimiento, “…el hombre está puesto en el mundo para transformarlo y dominarlo, en cuanto es un sujeto racional.” Pero también reconoce: “No vemos aún qué movió al hombre occidental a desarrollar una civilización fundada en la técnica y porqué esa civilización pudo volverse planetaria.” (p. 145) Y remata: “La era que llamamos Moderna -considerada en función de la función de la tecnarquía- es una prehistoria. La matematización de la ciencia, la cuantificación de las cualidades, la conversión del arte en técnica racional, son pasos de una transformación que conduce al hombre a alienarse en la acción, a la tecnarquía.” (p. 151)

Si la preponderancia de la tecnocracia y de la dominación de la técnica no es una moda ni un capricho irracional, sino parte de la racionalidad de la historia, en esos tres pasajes Capanna, en contraposición, argumenta que el animal racional que es el humano decidió, sin motivo aparente, embarcarse en una empresa basada en el hacer, en la acción cuyo resultado final es su alienación, su reducción a factor de producción. El hombre tecnárquico está “…dispuesto a ser usado con el máximo de rendimiento. Por ello, más que de reificación (conversión en objeto o en cosa), en la tecnarquía es posible hablar de ´utilización´, conversión en instrumento.” (p. 158) Este ataque a la humanidad derivaría en un sin sentido que excede el mundo del trabajo: “El hecho de que el hombre actual no sepa qué hacer con el ocio, mientras no sea entretenerse o cultivar un hobby, revela su indigencia ontológica, la vaciedad a que lo reduce el sistema tecnárquico.” (p. 174) En la denominada ´civilización del ocio´, éste ni siquiera ha sido abordado como problema y se lo transfiere al plano del consumo. Contra eso arrecian los disidentes que niegan las diversiones ofrecidas por el sistema y escandalizan con su ocio orgiástico (p. 172).

En el corazón de la tecnocracia -recordará Capanna- anidan el nihilismo y la guerra total.[iii]

“Georges Bernanos, en su virulento ensayo sobre la técnica –[La France contre les Robots, 1946]- atribuye a los artesanos destructores de máquinas del siglo XIX la clarividencia de adivinar sus resultados: la instauración del Estado totalitario, la abolición de las libertades comunales, al servicio militar obligatorio, la proletarización, etc.” P. Capanna. La Tecnarquía (p. 52)

5.- Tecnólogos: tecnolatría fascista / mecanoclastas / tecnarquía totalitaria

La tercera parte -“Fundamentación y prospectiva”- revisa las corrientes intelectuales que pensaron la dominación de la técnica para prever, de algún modo, sus derivas: “Luego de haber bosquejado las estructuras ontológicas de la tecnarquía [primera parte] e investigado su origen en relación a la esencia del acto laboral [segunda parte], se plantea el problema de su sentido; esta consideración implica reflexionar sobre el futuro de la tecnarquía y las perspectivas de un mundo post-tecnárquico.” (p. 179)

Capanna divide a los tecnólogos en facciones. Hay un ala derecha -tecnolatría fascista- “que ve en la técnica el instrumento más eficaz para consolidar las relaciones de dominio y represión”. (Habría que preguntarse si la diferencia entre la tecnolatría fascista y la tecnarquía sin más es la densidad de la represión porque –recordemos- ésta tiene al igual que aquella el ´trabajo´ como esencia y es también totalitaria). Hay un centro, asociado a la ´tecnocracia´ de Veblen: la técnica posibilita ´racionalizar las contradicciones sociales´. Hay un ala izquierda que considera a la técnica un medio de realización y liberación humanas: socialistas utópicos, Marx, Bergson. Y existe una tendencia romántica que “si bien atribuye a la técnica todos los males sociales… realiza una verdadera crítica humanista”. Esta tendencia posee una vertiente moderada (del individualismo de Henry Thoreau a la no violencia gandhiana) y otra radical, la de los ´mecanoclastas´ que proponen destruir esa encarnación del mal. A inicios del siglo XIX, los destructores de máquinas (´ludditas´) fueron artesanos, no marmóreos intelectuales, que advirtieron en la técnica la disolución de su modo de vida y la instalación de un orden y de una disciplina masivas para la explotación, la producción de ´cosas´ y de enormes deshechos (p. 211-212).

La división en cuatro tendencias, no da cuenta de tecnólogos más complejos, como Martin Heidegger [1889-1976], entre la tecnolatría fascista y la mecanoclasia, y Marcuse que no niega la tecnología, pero que es anti-tecnárquico, anti-urbano y que, mediante el marxismo y el humanismo, cuestiona su tendencia totalitaria (p. 179-180). Estos pensadores ´aporéticos´ son centrales en el recorrido de Capanna. Aunque no lo explicita, parece apoyarse en el primero para estructurar su propuesta filosófica; y utiliza a Marcuse –lector de Mumford- como uno de sus tornos favoritos en los que modelar el reformismo político.

El capítulo final del libro -“Más allá de la tecnarquía”- sondea conclusiones sobre el futuro de la civilización tecnárquica. Capanna -lo indiqué- no considera que exista un buen y un mal uso de la técnica. La sociedad industrial asocia técnica con trabajo, producción, consumo, economía, poder y, por lo tanto, no se la puede modificar con un uso diferente. “La gran cuestión está precisamente en hallar una técnica que nos permita administrar en sentido humanista el poder puesto en nuestras manos por la tecnología.” El objetivo es “…cambiar la intencionalidad, lo cual significa sacar a la luz una nueva faceta del ser del hombre.” Esa transformación es ética, aspira a la plenitud humana y a una existencia con nuevos valores, origen de otras tecnologías. Una técnica liberadora dependerá de un ´humanismo maduro´ (p. 241), es decir, de la ´madurez del ser humano´ (p. 246). La insistencia en la idea de ´madurez´ apunta a que el ´nuevo hombre para una nueva tecnología´ surgirá de una impronta confesional. Ni destruir las máquinas, ni volver a la vida pastoril, ni el desenfreno por el poder. La serenidad, la valentía y la autenticidad son ´virtudes´ necesarias para el cambio de dirección de la técnica -como lo advierte el teólogo católico Romano Guardini, citado en las últimas páginas del libro.

El andamiaje católico no es mera presunción. Reconocía el autor a fines del año 2015: “La fe y la práctica católicas son parte de mi identidad, si bien siempre traté de no ponerlas en evidencia para que el lector no se sintiera invadido. Sin embargo, el primer librero marxista que hojeó La Tecnarquía no tardó en darse cuenta.”[iv] En ese sentido era Capanna, por aquel entonces, un intelectual comprometido.

“Al no poder enfrentar a los burgueses, el odio se vuelve hacia las máquinas, en una reacción semejante a la que engendró el antisemitismo. El obrero que luchaba contra las máquinas trataba de algún modo de volver a alcanzar la posición perdida a partir de la Edad Media, su posición de artesano integrado en un sistema corporativo. Los comienzos de la mecanoclasia teórica, que no está tan extinguida como podría creerse, son paralelos a los del romanticismo y constituyen en realidad meras variantes de éste… Sus más recientes manifestaciones se dan en la nostalgia rural, identificada por Kingsley Amis en la literatura fantástica [New Maps of Hell (1960)] y en muchas fases del movimiento gandhiano.” P. Capanna. La Tecnarquía (p. 210). La nota al pie conectada con la referencia a Kingsley Amis dice: “Cfr. mi libro El sentido de la ciencia-ficción, Columba, Buenos Aires, 1966.” En el volumen de 1973, es la única mención de su primer libro.

PUBLICADO ORIGINALMENTE EN REVISTA COLOFÓN

Notas:

[i] La polémica de las ´dos culturas´ remite al debate abierto en 1949 por C. P. Snow. En el marco de la ciencia ficción, me refiero al tema en: “¿Quién le teme a C. P. Snow en la crítica de ciencia ficción latinoamericana? El enigma del género en el laberinto de una conspiración herméticaˮ. Alambique. Revista académica de ciencia ficción y fantasía, vol.1, n.1., 2013 http://scholarcommons.usf.edu/alambique/vol1/iss1/5/

[ii] Mumford, amigo del sociólogo Thorstein Veblen, se opuso a la tecnocracia cuando se convirtió en un movimiento político.

[iii] Sobre nihilismo y época contemporánea, recomiendo el ensayo de Hans Jonas, “Gnosticismo, existencialismo y nihilismo” [1952] https://ymeescribesparanoica.wordpress.com/2016/01/04/hans-jonas-gnosticismo-existencialismo-y-nihilismo/

[iv] En “Las editoriales pueden llegar a ponerse groseras” [2015].

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