Ciudad Eva Perón. Los años orwellianos de La Plata

En un breve artículo aparecido en la contratapa de un suplemento dedicado a La Plata, hace ahora exactamente quince años, Leopoldo Brizuela (1963 - 2019) arriesgaba algunas ideas sobre la conflictiva relación que mantenía la ciudad con la tarea cultural (“Efectos del cuadrado perfecto”, Ñ Interior, 27/11/2004). Sus especulaciones concluían en una serie de rasgos que pretendían comprender el murmullo artístico en una cuadrícula marcada desde sus orígenes por la utopía. El primer rasgo a considerar era ese “muro casi inexpugnable” que alejaba a los habitantes locales de los transitorios o foráneos; el segundo rasgo, superpuesto a este, era la tensión constante que se daba entre geometría y burocracia. 
   Para Brizuela no era La Plata solo un cuadrado perfecto, sino que era sobre todo un cuadrado perfecto que contenía en su interior otros cuadrados perfectos, en una escalada concéntrica que acababa por cercar la cápsula individual del artista, dos veces aislado si consideramos aquel muro primario.
   ¿Vetustez, fijeza, hibridez, incomunicación, desvío permanente? No queda demasiado claro en un primer momento el núcleo de la hipótesis sobre el par ´ciudad / cultura´.
   Si bien Brizuela se sentía platense, residía en los márgenes del trazado original, en Tolosa. El sentimiento local estaba para él asociado a la prosapia familiar. Su familia, en este caso de inmigrantes, era un ejemplo de la fuerte conexión que existía, con mayor intensidad que en otras localidades, entre los platenses en general y la política -también mencionada como ´centros de poder´. Dicho de una forma u otra, ese nuevo rasgo convierte a la cultura platense en ´la resultante de deambular por un laberinto de cuadrados perfectos cuya única salida es la burocracia o la política´. 
   Esa tensión estaba en los orígenes del mito. En 1999 el Concejo deliberante local, gracias al empeño de especialistas e investigadores, determina y ratifica que la idea del trazado de La Plata fue del arquitecto Juan Martín Burgos y que el diseño del plano estuvo a cargo del ingeniero Carlos Glade. Pedro Benoit –mencionado por tradición, tal y como Brizuela lo hace un siglo más tarde- recibe el plano, estampa su firma y lo envía a una exposición en París, instalando la ficción de su autoría, funcional al imaginario europeizante local. 
   Esa leyenda falaz sobre el origen puede ser incluso abordada desde la perspectiva brizueliana: al artista geómetra Burgos lo borran; al burócrata Benoit lo recuerdan. 
   El escritor ignoró de todas formas aquella impostura y dilapidó así la posibilidad de perfeccionar su hipótesis mediante una inversión en los términos. La nueva ecuación diría: ´la burocracia y/o la política en La Plata es deambular por un laberinto de cuadrados perfectos cuya única salida es la ficción´.
    La Plata es una ficción con tachaduras, enmiendas, reescrituras (como el mito Julio Verne y la falsa adscripción de modelo ideal urbano a France-Ville). Es sin dudas una ficción repleta de episodios inverosímiles y en ese sentido, aunque a Brizuela se le pasó por alto el manchón fundacional, dejó en su artículo bosquejada otra escena de política / ficción ocurrida hacia mitad del siglo pasado.
   En La Plata –recrea Leopoldo mientras habla de la proximidad entre platenses y política- “…se miró desde muy de cerca el estallido del 17 de octubre [de 1945], todo el mundo tenía opinión formada sobre aquel General que había rebautizado a la ciudad con el nombre de su esposa Eva…” (“Efectos del cuadrado perfecto”).   ¿´Había rebautizado´ o ´rebautizaría´? 
   La redacción y las fechas son ambiguas en ese párrafo en el que, en particular, no dice ´1945´, sino ´1955´: “Mis padres son hijos de esa generación que compró, con su trabajo, su lote en aquel plano primigenio ideado por Benoit y hacia 1955 presenció el estallido de una tensión insoportable entre la realidad y aquel viejo proyecto de país: en La Plata se miró desde muy de cerca el estallido del 17 de octubre…”.
   ´Estallido del 17 de octubre de 1955´ es sin dudas extraño pero está absolutamente a tono con el fugaz registro del siguiente episodio orwelliano.
   El 9 de agosto de 1952, en memoria de una venerada Eva que había fallecido pocos días antes, se sancionó la ley provincial que indicaba que el nombre del partido y el nombre de la ciudad capital de la provincia de Buenos Aires dejaban de ser La Plata y se convertían en Eva Perón.
   Uno de los argumentos para esa modificación fue hacer del nuevo nombre la marca de un quiebre que dejara atrás las rencillas apelando a la unidad nacional, así como cuando fue fundada La Plata su existencia consolidó la incipiente federalización del país. Desde el otro lado, vieron a esa nueva fiebre como un apurón a contramano de la historia.
   Las modificaciones ordenadas incidieron en la geografía urbana. Las calles 7 y 13 abandonaron Monteverde y Urquiza respectivamente para adoptar los nombres de Juan Domingo y Eva Perón. El escudo de la ciudad comenzó a llevar una imagen de Eva. Los equipos locales de fútbol fueron denominados Estudiantes de Eva Perón y Gimnasia y Esgrima Eva Perón. Asimismo almanaques, libros, partidas de nacimiento, lápidas y un amplio etcétera, todo fue hecho, impreso, radicado, nacido, fallecido en Ciudad Eva Perón.
   Hubo insalvables inconsecuencias en esas reescrituras. La imagen que se reproduce a continuación de la Revista Médica tiene en tapa la indicación de Ciudad Eva Perón junto a una dirección céntrica, pero si uno recorre sus páginas, encontrará en el interior artículos que hablan todavía de los hospitales de la ciudad de La Plata.   Aurora Venturini, por ejemplo, contó alguna vez que editó un libro por aquellos años y que enojada con la modificación pidió expresamente que el nombre de Eva, a quien ella frecuentaba en vida y respetaba, no apareciera en el pie de imprenta (InfoNews, “Cuando La Plata se llamó Eva Perón”, 26/07/2012).
   En septiembre de 1955, una vez derrocado Perón, el reflujo antiperonista arrasó con la imaginería justicialista y eso supuso la destrucción de gran parte de lo que hoy podríamos considerar documentos, pruebas, vestigios. Así como Aurora, otros peronistas vieron en aquel cambio un gesto excesivo y también ayudaron a que la arqueología cotidiana de toparse con ese material fuera escasa. 
Hay indudablemente excepciones, epifanías semejantes a las de Winston Smith en ´1984´.

En el siguiente carnet de afiliación las tachaduras son de la época.

La imagen del folleto que encabeza este escrito es otro ejemplo de un objeto orwelliano materializado.
Como se deduce de su contenido, otra de las instituciones que vio modificado el nombre fue la Universidad Nacional… Eva Perón. La reescritura es doble y extrema: es un programa de la Universidad Eva Perón en la ciudad Eva Perón. El folleto data de 1952, por lo tanto fue impreso entre agosto y diciembre de ese mismo año.
Tres temporalidades cruzan las veinte páginas del programa de ´Historia constitucional´, a cargo del profesor José María Rosa (h.) [1906-1991], una de las figuras más activas del revisionismo histórico.
El año 1952 es el de impresión del folleto y de allí la aparición de los nuevos nombres.
El año 1948 responde a la rúbrica del programa académico, pasado reciente en el que la universidad tenía otra denominación (y época por la que Orwell escribía su novela).
Y está además 1949, año de la reforma constitucional justicialista. El último punto de la bolilla XIV señala lacónicamente las “principales reformas de la Constitución de 1949”.
Como si nos dejáramos llevar por un limbo, el programa impreso en Ciudad Eva Perón en 1952, fue rubricado el 22 de diciembre de 1948 en la ciudad de La Plata y contiene referencias a la nueva constitución que será sancionada el 11 de marzo de 1949 y que según nos cuentan sus ´disposiciones transitorias´ entraría efectivamente en vigencia hacia 1952.
¿Burocracia? ¿Geometría? ¿Cuadrados perfectos? ¿Neolengua? ¿Cultura? ¿Ministerios? ¿Doblepensar? ¿El Partido? ¿Ingsoc? ¿La Plata? ¿Ciudad Eva Perón?
Eva Perón, Eva Perón, Eva Perón, Eva Perón, Eva Perón.///

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