{Artículo} Borges contra la democracia [2012]

Borges contra la democracia. Una relectura paranoica de la “La lotería en Babilonia”

 Roberto Lépori [1]

[Publicado en Cuadernos del Sur  . Universidad del Sur. Bahía Blanca. 2010. No. 40, p.115-134. ISSN 1668-7426] {Versión pdf para descargar}

RESUMEN. El relato “La lotería en Babilonia” [1941] hace del sorteo –mecanismo de organización tradicionalmente democrático- un instrumento del despotismo mediante una figuración negativa del azar. Ese uso podría ser considerado un indicio del giro conservador de Jorge Luis Borges a partir de los años cuarenta. En ese sentido, la crítica a la lotería permite reconstruir -en torno de ese relato y a través de una perspectiva basada en la paranoia, la conspiración y la ciencia ficción- una genealogía conservadora de autores y de textos.

“La literatura trabaja la política como conspiración… como gran máquina paranoica…” Ricardo Piglia

“…leer entre líneas –como si siempre hubiera algo cifrado– es… un acto político. El censor lee de ese modo, y también el conspirador, dos grandes modelos del lector moderno.” Ricardo Piglia

1.-

En 1991 Ricardo Piglia dicta un curso en la Universidad de Buenos Aires dedicado a “una nueva categoría narrativa: la ficción paranoica” (1991:1). La “ficción paranoica” –configurada a través de la combinación de rasgos de distintos géneros populares (policial, fantástico, ciencia ficción) y del diálogo de esa combinatoria con lo social- se define mediante una “conciencia paranoica [que narra]” escindida en dos partes en tensión. Una encierra “…la idea de amenaza, el enemigo, el complot, la conspiración…”. La otra instala “…el delirio interpretativo, es decir, [la idea de que] hay una especie de mensaje cifrado que ´me está dirigido´” (Piglia, 1991:5).

La breve noticia que encabeza la transcripción de la primera clase de ese curso anuncia que el tema será ampliado “en reuniones posteriores” con una lectura de textos de [Alejo] Carpentier, [Gabriel] García Márquez, [Juan Carlos] Onetti, [Adolfo] Bioy Casares y [Jorge Luis] Borges. Si bien no se conoce el resultado de esas otras clases, Piglia ya había mostrado interés en la conspiración, el complot y la paranoia. En un reportaje de 1984 -“La lectura de la ficción”- esboza “una representación paranoica” de la literatura y de la crítica: el escritor es un “delincuente que borra sus huellas y cifra sus crímenes”, y el crítico, un “detective que trata de descifrar un enigma aunque no [exista]” (1986a:13). Al igual que en 1984, en 1991 -la “ficción paranoica” es una exasperación del género inaugurado por Edgar A. Poe a mediados del siglo XIX- Piglia privilegia como matriz de lectura el policial.[2] Aún cuando ese énfasis parece desprenderse de una tradición nacional signada por una mayor presencia del género policial en los proyectos de escritura de narradores y de críticos, es consecuencia de una elección genérica.

El punto de partida de mi planteo es retomar la “representación paranoica” de la literatura, remarcar que el policial es una elección y proponer la ciencia ficción como parámetro de lectura. El propio Piglia caracteriza a la ficción con los rasgos del género: el escritor es un visionario, la escritura se instala en el futuro, la literatura funciona como un laboratorio (1986a:12).  Frente a una literatura pensada a partir de la ciencia ficción, ¿qué características tendría la crítica literaria? Una respuesta –parcial e hipotética- se organiza alrededor de una mutación: el crítico –detective o no- es ahora un paranoico y su tarea, la crítica literaria, se sustenta en una perspectiva paranoica.

La crítica literaria paranoica parte del siguiente y provisorio protocolo de lectura: i) considera que los géneros populares son un híbrido de rasgos de distintos géneros entre los que no siempre predominan el policial o el fantástico; ii) estipula que los rasgos genéricos utilizados como categorías de análisis -en este caso, complot, conspiración, paranoia– pertenecen a la ciencia ficción [3]; iii) indaga de qué manera la crítica literaria utiliza esas y otras categorías propias de la ciencia ficción; iv) relee –si corresponde- las ficciones paranoicas (aunque no solo) como si fueran de ciencia ficción para reponer una lectura por hábito circunscripta a otros géneros o para reconsiderar lecturas previas desde el género; v) relee los textos conspirativos como si, además de narrar un complot, establecieran contactos con otras tramas de ciencia ficción que los resignifican.

Una perspectiva paranoica induce a la crítica a adoptar la forma de un relato conspirador. Aunque se trata de una problemática que requiere de un desarrollo más extenso, en lo que respecta puntualmente a los géneros populares puede suponerse que hacia el interior del campo literario argentino (e hispanoamericano), durante un largo período hubo una reticencia –por medio de una hipérbole, una conspiración– a hablar de ciencia ficción. Los artífices de ese complot presentado como elección serían los escritores –que ocultaron con eufemismos su pertenencia al género- y los críticos –quienes interpretaron textos de ciencia ficción con categorías de otros paradigmas genéricos. Esa tarea colectiva ha dejado un corpus de indicios (datos laterales, menciones sesgadas, análisis fragmentarios, sinonimias) que permite reconstruir el hipotético complot volviendo a leer los textos literarios y críticos. El límite de esta relectura es, sin más, una argumentación plausible. En todo caso, la perspectiva adoptada resalta los rasgos paranoides de una crítica literaria que reclama fuentes e informantes fiables para la producción de sentido. El sistema de citas pone al crítico –a excepción de los consagrados- bajo sospecha: de no resultar convincente, su discurso puede aparecer como mero “delirio interpretativo”. Pero, en una perspectiva paranoica esas instancias fundamentan una hermenéutica: la paranoia, antes de su avatar clínico, es “una salida a la crisis de sentido” (Piglia, 2001) y el delirio interpretativo, contra lo esperable, mantiene siempre “un punto de relación con la verdad” (1991:5).

2.-

Mi objetivo en este escrito es analizar el discurso político de “La lotería en Babilonia” [1941] [LEB] de Jorge Luis Borges. Comenzaré por argumentar que LEB -a la inversa de las interpretaciones habituales- escenifica un ataque contra la democracia. A continuación, con la conspiración y con la ciencia ficción como supuestos, reconstruiré una genealogía política de textos y de autores que sustente mi lectura sobre el Borges conservador y que, además, me permita especificar en qué contexto el escritor realizaría tal giro antidemocrático.[4] En uno y otro movimiento, retomaré los planteos paranoicos y conspirativos de Piglia sobre la literatura, Borges y LEB.

Piglia, en el ensayo “El último cuento de Borges”, revisa algunos de sus relatos paranoicos y, en particular, LEB:

Los grandes relatos de Borges giran sobre la incertidumbre del recuerdo personal… y la experiencia artificial. La clave de este universo paranoico… es… la manipulación de la memoria y de la identidad. Tenemos la sensación de habernos extraviado en una red que remite a un centro cuya sola arquitectura es malvada. En ese punto se define la política en la ficción de Borges. Basta leer ´La lotería en Babilonia´… (Piglia, 2000a:51)

En su conferencia sobre la “Teoría del complot” afirma: “Y hay… un texto extraordinario… el más político de Borges, ´La lotería en Babilonia´… Las experiencias privadas son manipuladas por una vasta conspiración invisible manejada por el Estado [a través de sorteos periódicos]…” (Piglia, 2001). Piglia remarca el carácter excluyente del relato: en esa conspiración invisible “se define la política en la ficción de Borges”.

Beatriz Sarlo (1992; 1995) incluye las ficciones borgeanas interesadas por “la dimensión filosófica de la teoría política” en un conjunto más amplio. Al igual que otras ficciones no-políticas, las que se preguntan sobre el orden social se construyen mediante dos reglas: la paradoja y el oxímoron (Sarlo, 1995:47 y ss.). Estos relatos generan respuestas también paradójicas al presentar “varias superficies de sentido, ninguna de las cuales es más periférica o más central” (1995:65). Se trata de una literatura que “persigue un ideal de tolerancia” (Sarlo, 1995:5). La política de Borges en sus ficciones adoptaría, entonces, una perspectiva de cuño progresista. LEB sería la respuesta de un liberal al problema del orden. Sarlo sostiene que en las ficciones de los años treinta y cuarenta Borges recoge los problemas filosófico-políticos de “lo que se consideraba el desvío irracionalista de Occidente” -fascismos, comunismo soviético, democracia de masas- y les adscribe “un ordenamiento fantástico” (1995:47). En LEB, este orden fantástico extrema hasta lo arbitrario el oxímoron el azar anula el azar y, por lo tanto, “no es difícil leer[lo] como alegoría de un totalitarismo”. Para Sarlo, ese totalitarismo es el “fascismo [que en 1941] estaba en su cenit” (1992:18).

Alberto Moreiras (1999) le asigna una funcionalidad crítica. LEB narra “…the passage from the InterventionistState into the State of Control as the teleological truth of the ModernState” (Moreiras, 1999:108-110). Borges es un crítico posmoderno que anticipa negativamente la consolidación del Estado neoliberal durante el capitalismo tardío. Sin embargo, esta lectura pertinente no aclara qué critica exactamente Borges del Estado populista (“Interventionist State”) más allá de ser el antecedente de la Sociedad de Control, ni qué entiende Moreiras por populismo. Detrás de ese vacío anida un aspecto conflictivo de la alegoría borgeana.

Aunque disímiles, existe un factor común en esos planteos. Por distintas razones -Moreiras no define Estado populista, Sarlo responde al contexto histórico- ninguno considera que en LEB se configura un ataque a la democracia de masas “cuyo aspecto plebeyo [lo] disgustaba [a Borges] tanto como el autoritarismo antiliberal” (Sarlo, 1995:46). Borges también habría propiciado esa distracción. En 1946, dictamina que “el más urgente de los problemas de nuestra época… es la gradual intromisión del Estado en los actos del individuo” (1994a:37). La solución nace de una exacerbación. Si finalmente se concretara “un Estado infinitamente molesto”, todos desearían su antítesis: “…pienso en la abstracta posibilidad de un partido que… nos prometiera [a los argentinos] un severo mínimo de gobierno…” (Borges, 1994a:37). Ese Estado infinitamente molesto se encarna, para Borges, en el “comunismo” y en el “nazismo”.

Mi lectura se sostiene en el carácter dilemático de los planteos “filosóficos e ideológicos” de las ficciones borgeanas. Propongo considerar que -al mismo tiempo que profetiza un orden futuro específico y/o cuestiona un orden empírico presente- LEB discute los fundamentos de un orden político: alegoriza el devenir totalitario de la democracia. La perspectiva de un conservador –su alegato de 1946 a favor de un partido único va en ese sentido- convierte a la democracia en un tipo de totalitarismo. Si LEB presenta “un orden utópico que puede ser leído como pesadilla distópica” (Sarlo, 1992:18) cuya organización social es “autoritaria e igualitarista” (Sarlo, 1995:61), Borges entiende la democracia (“orden utópico”) como distopía en una configuración social que por igualitarista es totalitaria. Este ataque a la democracia dotaría de un matiz menos liberal su propia sugerencia, en el “Prólogo” a El jardín de senderos que se bifurcan, de que LEB “no es del todo inocente de simbolismo” (1993b:429). La “política en la ficción de Borges” también se configuraría en la malvada arquitectura de la democracia.

3.-

Un punto ciego (o un silencio propio de una conspiración) en argumentaciones contrarias a la que sostengo es dar por sentado que el sorteo remite al azar y que este deriva en la arbitrariedad, raíz de todo autoritarismo. Sin embargo –aspecto, por lo que entiendo, nunca profundizado en la lectura de este relato[5]– el sorteo ostenta encomiables galardones en la historia de las formaciones políticas.

En LEB la crítica a la democracia tiene dos momentos. El primero es un cuestionamiento al mecanismo que la sustenta. El sistema de sorteos, la lotería que fundamenta el régimen totalitario, fue un mecanismo característico de designación de gobernantes en democracias y repúblicas desde la Atenas del siglo V a.C. (Bernard Manin, 1998:9 y ss.). Esa mecánica fue abandonada poco antes de las revoluciones americana y francesa al adoptarse la elección de representantes, un método aristocrático que disuelve la hipotética igualdad política entre gobernantes y gobernados (Manin, 1998:102-3). El sorteo –como se lee en el inicio de LEB- garantizaba que quien era hoy gobernante o poderoso, mañana fuera gobernado o subordinado (Manin, 1998:42-43). El azar, para las repúblicas democráticas razón de (relativa) igualdad, se convierte en la ficcionalización de Borges en razón de una dictadura. Que el azar sea igualitario o totalitario depende de la perspectiva política.

El sorteo pertenece a la tradición republicana. Con el fin de alcanzar el ideal de autogobierno y el bien común, el republicanismo acepta la intervención estatal, que puede llegar hasta la coerción, disolviendo las diferencias entre lo público y lo privado.[6] La libertad solo se logra dentro de una comunidad. El liberalismo, por su parte, blinda al individuo, separa lo público de lo privado y, temiendo la “tiranía de la mayoría”, establece un límite a la democracia. El Borges de LEB podría ser considerado un sujeto liberal. Pero no existe un único liberalismo. Al liberalismo igualitario le preocupan las “acciones” y las “omisiones” del Estado mientras que al conservador solo le interesa que “el Estado, a través de sus acciones, no avance sobre ciertos derechos… como la vida y la propiedad” (Gargarella, 1999:161-190).

En un segundo momento, la crítica se sostiene en un particular historicismo. Para una perspectiva conservadora la democracia es degeneración. En un devenir de la democracia, el sorteo se radicaliza hasta convertirse en un método autoritario. La historia de la lotería incluye una reforma, una revolución y una nueva reforma.

En su protohistoria la lotería era “un juego de carácter plebeyo”. Se adquiría un número, se ganaba o se perdía. Pero como este sistema no atraía a todos –el rico consideraba que el dinero era anhelo de los pobres- ocurre la primera reforma. Se interpolan “suertes adversas en el censo de los números favorables” (Borges, 1993d:457). Este desafío por el terror impulsa a todos los babilonios a participar. El que pierde paga una multa o va a la cárcel. Muchos de los perdedores eligen lo segundo impidiendo que se les pague a los ganadores. Esta “bravata de unos pocos” da el puntapié hacia el “todopoder” de la Compañía.

Los pobres comienzan a quedar excluidos del juego. Desde los “barrios bajos” llega la revolución. Contra los privilegios en el acceso a las apuestas del colegio sacerdotal, los pobres reclaman participar por igual de la lotería. Con medios no pacíficos instauran “un orden nuevo… una etapa histórica necesaria…”. “Hubo disturbios, hubo efusiones lamentables de sangre…”. Logran “que la Compañía [acepte] la suma del poder público” y “que la lotería [sea] secreta, gratuita, general” (Borges, 1993d:458). Ya no es condición pertenecer a los estratos superiores. Todo hombre “libre” iniciado en los secretos del dios Bel puede participar. Esta revolución remite a un quiebre en la historia política identificable en algún punto con la Revolución Francesa: los “barrios bajos”, el ataque al clero, la suma del poder público, la infusión de sangre, el nuevo orden, la libertad y la igualdad, “la lotería secreta, gratuita y general”. Una vez cruzado ese umbral -a fines del siglo XVIII el sorteo es trocado por elecciones (Manin, 1998)- donde dice lotería debería leerse voto secreto, gratuito y general.

La última reforma nace también de un reclamo popular para que cada hecho, incluyendo el azar, sea regido por infinitos sorteos: “Ninguna decisión es final, todas se ramifican en otras.” (Borges, 1993d:459) En esa etapa, la ironía sobre el sinfín de sorteos para saber qué ha de suceder en Babilonia parece la queja de quien está harto de las largas y constantes deliberaciones en el sistema democrático y burocrático.

4.-

Una perspectiva paranoica permitiría suponer que la lectura de LEB como un ataque a la democracia cristalizado en el cuestionamiento al sistema de sorteo, fue obturada por una tradición hermenéutica.[7] Si aceptamos con Piglia que “toda verdadera tradición… es clandestina y se construye retrospectivamente y tiene la forma de un complot” (2000b:80), para justificar mi lectura es necesario conspirar mediante una nueva tradición: una genealogía conservadora y antidemocrática de autores y de textos. El primer integrante de esa genealogía surge de una intuición de Piglia:

…el punto de partida… para escribir ese relato sobre conspiración y políticas del Estado está en un fragmento del libro V de La República de Platón… [Allí aparece] una concepción conspirativa total: el complot es el mundo social mismo. A través de sorteos se va a decidir cómo se establecen las relaciones sexuales entre los sujetos… Pero lo extraordinario es que Platón señala que el Estado va a hacer trampa. [En LEB] Borges lleva al extremo la idea de que el Estado manipula el azar… La lotería y el azar funcionan como la representación misma de ese tipo de organización. (Piglia, 2001)

“Lo extraordinario” de esa trampa estatal se convierte -sino en ordinario– en comprensible por una sencilla razón: para Platón el sorteo era un mecanismo de elección tramposo porque pertenecía al sistema democrático. Piglia –sin explicitar la conexión política- une con notable precisión dos autores que comparten, al menos en esos textos, el punto de vista.[8] Atendiendo a la divergencia temporal de veinticinco siglos, en la Atenas del siglo V a.C., Platón era conservador y antidemocrático. En su recorrido de República VIII por las distintas formas de gobierno, entiende el paso de la oligarquía a la democracia como la corrupción de un sistema (πολιτεια) en el que gobiernan los ricos sobre los pobres a otro sistema donde los pobres toman el poder y eligen sus gobernantes por sorteos (απο κληρων) (557a). La absoluta libertad –derivada de la igualdad- hace que la democracia devenga luego en tiranía. LEB reproduce a su manera el historicismo de República: la apertura democrática provoca degeneración y caos. Desde el inicio el narrador advierte que en Babilonia se puede ser procónsul y esclavo y denomina a esa fluctuación una “variedad casi atroz” (Borges, 1993d:456). El calificativo “variedad” aparece con regularidad en la tradición antidemocrática. En Platón frente a la unidad del deseado régimen aristocrático, la no deseada πολιτεια democrática es variada / múltiple (ποικιλη) (República VIII, 558c).

Esa red de relaciones requiere tal vez de un análisis más detallado. En República V (460a) se arriba a la exposición de cómo funcionaría el tramposo sistema de apareamiento luego de que los interlocutores interrumpieran a Sócrates quien se proponía revisar los tipos de gobierno. Esas cuatro formas de gobierno son retomadas en República VIII donde –a modo de rectificación- se ofrece una solución aristocrática (basada en una ecuación aritmética complejísima, no en sorteos) para la formación de parejas (546a).

5.-

Esta genealogía dual de conspiradores conservadores muestra puntos en común: critica al azar y al sorteo por democráticos; teoriza sobre la conformación del Estado –República propone una versión utópica, LEB distópica; trabaja con rasgos de la ciencia ficción -con la prudencia del caso para República y Platón, lejanos antecedentes del género (Capanna, 2007:71 y passim; Cano, 2006:62-63). Leopoldo Lugones, otro integrante de la estirpe, comparte esas posiciones. Su figura trae a la discusión cuál es la incidencia de considerar a LEB como relato de ciencia ficción; permite especular sobre qué otro texto dedicado a un Estado podría engrosar la tradición antidemocrática con eje en LEB; sugiere una plausible conexión entre este relato y el giro conservador de Borges.

Lugones también pergeñó “ficciones paranoicas” –v. gr., Las fuerzas extrañas [1906]- híbridos entre el fantástico, el policial y la ciencia ficción (Piglia, 1992b:54). En la historia local de este último género, Lugones funciona como un virtual límite (Cano, 2006:101-125). Con el devenir del siglo XX, y una vez superado el período modernista en el que se inserta su obra narrativa anclada en la ciencia ficción, la producción hispanoamericana comenzó a ser asimilada cada vez más “a la escritura de lo fantástico…” (Cano, 2006:55) casi hasta hacer suponer que la ciencia ficción había desaparecido (Cano, 2006:190-191). Esa asimilación –Sarlo siempre habla de “literatura fantástica”- en la obra de Borges es paradigmática. Tema desatendido por lustros, la crítica fue evidenciando poco a poco que Borges se había interesado no solo por ciertos tópicos genéricos, sino que además había reescrito reconocidos textos de ciencia ficción ocultándolos bajo los rasgos de otros géneros (Abraham, 2005). Cano analiza ese ocultamiento en el relato “El jardín de los senderos que se bifurcan” y lo hace extensivo al volumen homónimo que incluye más de un relato con tópicos de ciencia ficción reducidos a su mínima expresión (2006:190-209). La crítica no es unánime con respecto a LEB. Abraham (2005) no lo considera; Moreiras (1999) y Sarlo (1995) hablan de prognosis, anticipación, utopía y distopía; Cano, por supuesto, regresa en diversas oportunidades a él como de ciencia ficción (2006: 17; 193-198).

LEB responde a una característica propia del género en su vertiente hispanoamericana –antes que situarse en el futuro, la narración toma “como punto de partida las condiciones socioculturales dominantes en la realidad contemporánea para construir un mundo paralelo” (Cano, 2006:67) y trabaja con dos tópicos básicos: la Compañía (o Corporación) con un poder omnímodo y metafísico; la construcción de una segunda realidad. Ambos tópicos combinados confluyen en una Compañía que, por medio de infinitos sorteos, superpone una realidad alternativa a aquella considerada como la primaria o empírica. Carlos Gamerro denomina esas narraciones, en las que la realidad aparece desdoblada y cuyas partes se solapan, “ficciones barrocas” que al conjugarse con rasgos del género delinean una “ciencia ficción barroca” (2010:201 y ss.).

El carácter barroco de LEB y su mirada distópica permiten pensar que, en un nivel de intuición cercano al de Piglia con República V, hay un texto de Lugones –ni ficcional ni de ciencia ficción, pero paranoico- que funcionaría como parámetro de lectura. Borges en LEB parece releer políticamente al que él mismo calificó como el mejor trabajo en prosa de Lugones: El imperio jesuítico [1904] (1997:485). Como República y como LEB, El imperio jesuítico analiza la mejor (o la peor) forma de organización política. Revisa la historia de una Compañía –la jesuítica- cuyo carácter barroco acecha detrás de una Corporación (menos metafísica, pero tan eclesiástica como la borgeana) que de pervivir habría solapado con su realidad alternativa e indeseable el orden político existente en el momento en el que Lugones enuncia. [9]

El imperio jesuítico se origina en un encargo del ministro roquista Joaquín V. González. Lugones –con Horacio Quiroga como fotógrafo- visita las ruinas de la Orden en Misiones y da una respuesta política sobre la organización de un Estado. Considera beneficioso el fin del “comunismo” antaño instaurado por los jesuitas. Su continuidad, una tesis paranoica, podría haber resultado peligrosa para Sud América en el contexto de una “independencia de carácter individualista que el siglo XVIII iniciaba” (Lugones, 1985:236). Al basarse el progreso y la civilización (el capitalismo) en la acción individual, las formaciones colectivas -comunismo, monarquía y democracia- son indeseables. Los absolutistas y los demócratas pretenden “conformar los acontecimientos humanos a principios metafísicos”: mediante “el ideal católico” o a través del “concepto de fraternidad”, ambos conducen “fatalmente al despotismo…” (Lugones, 1985:31).

Como si se tratara de un micro/macrocosmos, la desaparición de la Compañía de Jesús prefigura el fin de la monarquía que por un tiempo la cobijó. El fracaso de la Compañía probó con creces que el indígena era un bárbaro incapaz de civilizarse y, por ende, que su exterminio fue “provechoso para la raza blanca” (Lugones, 1985:239). El ideologema raza blanca es capital en esta discusión. Lugones distingue entre el ario -europeo del norte- y el español –espuria mezcla de lo ario con lo semita, árabe, judío. Lo individual –origen del progreso- se asocia a la pureza aria. La mezcla –la variedad (ποικιλη) platónica- es causa de decadencia. La monarquía absolutista española se vio afectada por la existencia de elementos orientales que impidieron el desarrollo del capitalismo inmovilizándola en su obsesión por las riquezas (1985:34-38). El pueblo español después de la conquista -sostiene borgeanamente Lugones- “se entregó… a la dilapidación de su lotería” (1985:32). La ambición instaló el “azar” como “arbitrio económico” (1985:44). Elementos bárbaros / semitas -los gitanos– fueron responsables de haber introducido en suelo español “brujerías… como los naipes… primitivamente libros de suertes…” (Lugones, 1985:53-54). El vocablo gitano, en la lengua de la península, significa egipcio.

Una intrigante afinidad conservadora de ideas. En Fedro (274 c-d), el semi-dios egipcio Theuth es el inventor del juego de dados y de damas (y de la escritura). El azar propio de la democracia –sistema no-deseado- nace para Platón en Oriente. En Lugones, el elemento oriental (bárbaro) introduce el afán por el juego e impide el progreso. Lugones orientaliza y descalifica a la monarquía española y al proyecto “socialista” de la Compañía cuya ruina surge de una organización igualitaria que confunde indígenas con españoles (europeos no arios). Esto convierte al imperio jesuítico en un “socialismo de Estado, más despótico que un imperio oriental…” (Lugones, 1985:231). Borges ataca a la democracia extranjerizándola. La lotería en Babilonia es la democracia en Oriente. Un sistema considerado origen de la civilización, se desarrolla en la tierra del despotismo según el ideologema occidental.

Lugones, entonces, funcionaría como un catalizador para pensar el giro antidemocrático de Borges. Emir Rodríguez Monegal sitúa su mutación conservadora en un momento posterior a la caída de Perón: “A partir de [1955]… dejó de ser un escritor marginal, independiente, de ideas filosóficas anarquistas, para convertirse en un escritor oficial, conservador, representante de una oligarquía que prefiere cualquier gobierno al juego democrático libre.” (1977:286).

Piglia retrotrae al menos tres lustros ese momento. Ubica el giro conservador de Borges por la misma época en la que escribía y publicaba LEB [1941]. Entre fines de los años 30 y comienzos de los 40 Borges se aleja del irigoyenismo y retorna a Lugones. Cuando Borges “cambia sus opciones políticas y se vuelve ´reaccionario´ –dice Piglia- [mantiene] la problemática pero cambia de lugar. Por eso se afilia al Partido Conservador, como si dijera soy anti-radical. Sobre todo vuelve a Lugones, al Lugones antidemocrático que es el antagonista intelectual del irigoyenismo.” (1986b:58-60). Es significativo que el día que se afilia al Partido Conservador, Borges da “una conferencia sobre Lugones”. El país –dice- “…está en decadencia desde la Ley Sáenz Peña” (Piglia, 1986b:60).

Con esa enunciación política antidemocrática contra la Ley Sáenz Peña (1912) –que posibilitó la extensión del derecho del voto en Argentina- Borges lleva sus ideas a un estadio liberal-conservador instalándose entre fines del siglo XIX y comienzos del XX. Lugones publica su libro en 1904. Por esos años, y en conexión con ese texto, aparece el último integrante de esta parcial genealogía.

6.-

Enciclopédico, El imperio jesuítico bien podría haber sido escrito en un gabinete. El impacto intelectual del viaje parece quedar en un segundo plano y las conclusiones políticas surgen –ante todo- de lecturas. Lugones reconoce como una de sus fuentes a la hora de redactar ese informe textos recomendados por Paul Groussac (1985:149). En la memoria de Borges, Lugones y Groussac se reúnen por ese mismo libro. En un “Prólogo” a El imperio jesuítico desliza una semejanza entre este “ensayo histórico” de Lugones y la Historia del Paraguay del francés (Borges, 1985:9-10). Son afinidades políticas. No solo se funden los libros, también el “credo totalitario” del primero (Borges, 1997:493) con el carácter “autoritario” del segundo (Borges, 1993a:234). Alrededor de la literatura, de los libros y de la biblioteca se materializa el cuarto conspirador, Paul Groussac.

La elucidación del complot comienza con la hipótesis de Emilio Renzi [sic]: Borges “cierra el siglo XIX” y, por eso, es necesario leerlo en el contexto de “las líneas centrales de la literatura argentina” de ese siglo (Piglia, 1986b:54). Borges reelabora en sus ficciones una línea presente en los inicios de la literatura argentina: la confrontación “civilización” / “barbarie” (Piglia, 1992a:8). Consecuente con la tradición finisecular decimonónica con la que dialoga, Borges asocia la “civilización” a “la ciudad, el libro, la escritura, la ley” (Sarlo, 1995:66).[10] Esa civilización vendría a plasmarse, excediendo los avatares de las narraciones particulares, en la consolidación de una lengua literaria. Borges configura “un estilo cuya genealogía… [se remonta] a Paul Groussac” y cuyo estadio intermedio recae en Lugones. En la peculiar estirpe vernácula del buen decir que “define las convenciones dominantes de la lengua literaria” se suceden Groussac, Lugones y Borges (Piglia, 2000b: 75-76).[11]

Esa genealogía civilizada y conservadora –esa dictadura del estilo– inicia su conspiración a principios del siglo XX (antes de 1912), en el seno de la ciudad de Buenos Aires y en las entrañas de un espacio con un marcado simbolismo: la Biblioteca Nacional [BN].

Groussac le recomienda los libros a Lugones siendo director de la BN. Dos años antes de esa ofrenda, en 1901, el presidente Julio A. Roca le concede a la institución comandada por Groussac un nuevo edificio ubicado en la calle México. Acaso mero azar, la construcción había estado destinada –sus bolilleros lo delataron durante años- a la Lotería Nacional. En el discurso inaugural, con un tono entre tolerante y paternalista, Groussac reflexiona sobre ese espacio antes reducto del juego, ahora templo del saber: “…la ilusión aleatoria es a su modo una poesía, y… representa la pizca de ensueño con que ha menester sazonarse la existencia más prosaica” (1938:95). La lotería y la poesía (la literatura), por medio de una realidad alternativa, hacen más soportable la simple cotidianeidad. Es un sutil programa de política de Estado cuyo eje principal no pasa por la lotería. Como parte de una discusión más amplia que incluye la relación “intelectuales” / “Estado liberal”, en 1896 Groussac ligaba “la Biblioteca a la patria”. Fueron creadas al mismo tiempo –en 1810- y están hermanadas en su destino: con la Biblioteca se combate “la ignorancia, uno de los enemigos de la ´cuestión nacional´” (Delgado et al., 1998).

La BN es un espacio de enunciación civilizatorio y conservador. En su interior se sucede una historia de adhesiones y de renuncias surcada por momentos históricos significativos. Aquel discurso inaugural de 1901 –en el que Groussac reflexiona, ante funcionarios roquistas, sobre la presencia de ese “vicio externo” del juego “en nuestra clase obrera” (Groussac, 1938:94)- habría que leerlo en el contexto político de principios de siglo XX que convertía en verosímil la paradójica conjunción de la presencia de un extranjero al mando de la Biblioteca desde 1885 -designación que desató, por supuesto, polémicas- y de la sanción en 1902 de la Ley N º 4144 o de residencia destinada a facilitar la expulsión de extranjeros indeseables (anarquistas). Cierta tradición -por lo que entiendo, nunca corroborada- adscribía al francés la redacción del texto de esa Ley. Groussac muere en 1929, en las puertas de otro contexto no menos conflictivo. El cargo de director queda vacante. En 1930, después del triunfo del golpe de Estado comandado por Félix Uriburu, en agradecimiento a su apoyo, Lugones recibe el don de ser el nuevo director y lo rechaza. A Borges le cae simpática esa declinación. El poeta había adherido a un “credo totalitario”, pero “su militancia [sic] había sido desinteresada” (Borges, 1997:493). Aún así, aunque le gusta, no comparte. En 1955, tras la caída de Perón, Borges acepta la dirección de la BN. “Una de las primeras decisiones como director fue la de restaurar la institución al sitio que había tenido bajo la dirección de Paul Groussac. Formuló planes para reeditar la revista La Biblioteca… fundada por aquél…” (Rodríguez Monegal, 1987:387). Cinco años después, realiza un gesto que podría ser calificado como un homenaje, a título personal, de reparación histórica. En el “Prólogo” de El hacedor [1960] –un híbrido entre fantástico y ciencia ficción- Borges visita en sueños a Lugones en la Biblioteca del Maestro –quien la dirigió hasta su muerte- para ofrendarle aquel libro. Despierta y advierte que el poeta ya no está en este mundo y que él se encuentra en su despacho de director de la calle México.

Esos núcleos narrativos –Biblioteca (Lotería), directores, despacho, calle México, política, conservadurismo, Lugones, Groussac, ciencia ficción- deambulan por las ficciones borgeanas como pistas que permitirían desarmar el complot. ¿Groussac y la ciencia ficción? Aunque con otros intereses y sin referencias a este género, en un breve y olvidado artículo, Lagmanovich (1982) argumenta que en “El inmortal” [1949] y en “El otro” [1975] –dos relatos con tono de ciencia ficción– Borges reescribe pasajes de Groussac de corte fantástico. En consecuencia, Groussac (y la Biblioteca y la Lotería) impelen –y ese será el cierre- volver a leer desde la ciencia ficción la política en los relatos de Borges.

7.-

Resultaría un efecto deseado de mi lectura que apareciera como obvia la relación entre dos cuentos de El jardín de senderos que se bifurcan: “La lotería en Babilonia” y “La biblioteca de Babel” [BDB]. Lo que en la tradición bíblica remite a un mismo espacio citadino –Babilonia es Babel (y ambas fueron abusivos ideologemas para pensar la inmigración en Buenos Aires[12])- en la tradición que Borges construye a partir de Groussac la lotería aparece como la versión indeseable de la biblioteca. Si la lotería -asociada a una pasión popular- prefigura la amenaza democrática, con la biblioteca -tópico central de sus ficciones (Sarlo, 1995:58)- Borges conjura la barbarie y sugiere una posible solución –civilizada y conservadora– al problema del orden.

Borges narra esto en una saga anudada a principios de los años cuarenta que necesita ser reconstruida. Con asiduidad, la crítica asocia los dos relatos antes mencionados –LEB y BDB- con el que abre el volumen: “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” [Tlön] (Sarlo, 1995:65; Moreiras, 1999:108). Estas tres ficciones paranoicas –acerca del “orden utópico y la amenaza distópica” (Sarlo, 1995: 63)- señalan una continuidad narrativa. Estructuradas como “ciencia ficción barroca”, en cada una de ellas la conspiración indica un estadio diferente en el solapamiento de la eventual realidad alternativa sobre la realidad empírica.

“Tlön” es el inicio del camino. A través de un libro, de la entrada bibliográfica de una “enciclopedia”, otra realidad se entromete gradualmente en la fáctica. El resultado de ese avance –de esa conspiración- sería BDB con un orden universal metafísico e infinito configurado como una biblioteca. La progresión puede detectarse en un detalle: si “axaxaxas mlö” es un vocablo de una lengua en “Tlön” (Borges, 1993c:435), en BDB el narrador administra un anaquel de la biblioteca que incluye un volumen titulado Axaxaxas Mlö (Borges, 1993e:470). De la frase al libro -en nota al pie el narrador recuerda la afirmación de Letizia Álvarez de Toledo: la Biblioteca podría resumirse en un solo volumen (Borges 1993e:471)- ese gigantismo señala la propensión de la Biblioteca a convertirse en un Estado totalitario. Su infinito mundo “obedece a regulaciones que no pueden ser descifradas o está gobernado por un azar cuyo imperio es tan fuerte como el de una organización absoluta” (Sarlo, 1995:60).

El Estado totalitario que narra LEB ocupa el lugar del error. Frente a un totalitarismo basado en la plebeya lotería, es preferible –no por mejor, sino acaso por menos “molesto” según el anhelo borgeano- el que se define como una azarosa biblioteca. En un párrafo muy sugerente de BDB, lo que en LEB formaba parte del todopoder de la Compañía transmuta en una secta para ese momento desaparecida. La anécdota que la contiene refiere la imposibilidad de encontrar dentro de la Biblioteca libros que expliquen su origen:

Una secta blasfema sugirió que cesaran las buscas y que todos los hombres barajaran letras y símbolos, hasta construir, mediante un improbable don del azar, esos libros canónicos. La secta desapareció, pero en mi niñez he visto hombres viejos que largamente se ocultaban en las letrinas, con unos discos de metal en un cubilete prohibido, y débilmente remedaban el divino desorden. (Borges, 1993e:469)

El sistema total de sorteos de LEB, la democracia, ha quedado convertido con el paso del tiempo en el recuerdo acerca de una secta. La letrina en la que conspiraban remite a la “letrina sagrada llamada Qahqa” de LEB (Borges, 1993d:458), el azar remedado en un cubilete a los sorteos instrumentados por la Compañía y los “discos de metal” bien podrían hacer referencia al “cono de metal reluciente, del diámetro de un dado” que el narrador de “Tlön” consigna como ejemplo de la intromisión de aquel otro mundo en este (Borges, 1993c:442).

La profecía celebratoria de la posdata de “1947” (“la realidad… anhelaba ceder”, “¿cómo no someterse a Tlön…?”, “el mundo será Tlön”, dice Borges [1993c: 442-443]) parece haberse cumplido en la infinita biblioteca de Babilonia, como Tlön, “vasta evidencia de un planeta ordenado”. El orden planetario –para nosotros, vernáculo- de la Biblioteca reflejaría el triunfo (conservador) de una civilización basada en la unidad sobre la plebeya, variada y democrática Lotería.

8.-

A principios de los años cuarenta, tres narradores paranoicos –no por azar uno de ellos, el de LEB, desde afuera del sistema- cuentan los avatares políticos de la invasión (cuál es deseable, cuál no) de otra realidad. Esa misma paranoia los conecta, a su vez y tal vez a su pesar, con otras voces con las que complotan. ¿Una lectura delirante? La crítica literaria, al adoptar una perspectiva paranoica, remeda un relato de “ciencia ficción barroca” cuyo protagonista encabeza una conspiración construyendo realidades alternativas, nuevos mundos semánticos, ninguno definitivo, para filtrarlas entre los otros discursos que rodean a las ficciones analizadas. Interpretar –urdir una tradición de textos y autores- es conspirar. El único antídoto contra el riesgo (que acecha a aquella perspectiva) de recaer en el “delirio interpretativo” es oponerle al modelo del lector conspirador -el crítico paranoico-, el otro modelo del “lector moderno”, el censor. Sin embargo, como en todo verdadero complot, censor y conspirador son máscaras intercambiables que hacen aún más esquiva la decisión acerca de quién ha llevado su interpretación hasta el delirio.

 

Bibliografía primaria

Borges, Jorge Luis (1985), “Prólogo”, en Lugones, Leopoldo, El Imperio Jesuítico, Buenos Aires, Hyspamérica, [1904]

Borges, Jorge Luis (1993a), “Paul Groussac” [1929], en Discusión, Obras Completas [OC] I, Buenos Aires, Emecé, pp. 233-234.

Borges, Jorge Luis (1993b), “Prólogo”, El jardín de senderos que se bifurcan, en Ficciones, OC I, Buenos Aires, Emecé, p. 429, [1941]

Borges, Jorge Luis (1993c), “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, en Ficciones, OC I, Buenos Aires, Emecé, pp. 431-443, [1941]

Borges, Jorge Luis (1993d), “La lotería en Babilonia”, en Ficciones, OC I, Buenos Aires, Emecé, pp. 456-460, [1941]

Borges, Jorge Luis (1993e), “La biblioteca de Babel”, en Ficciones, OC I, Buenos Aires, Emecé, pp. 465-471, [1941]

Borges, Jorge Luis (1994a), “Nuestro pobre individualismo”, en Otras inquisiciones, OC II, Buenos Aires, Emecé, pp. 36-37, [1952]

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Borges, Jorge Luis y Edelberg, Betina (1997), Leopoldo Lugones, en Obras completas en colaboración, Barcelona, Emecé, [1965].

Groussac, Paul (1938), “Discurso pronunciado en la inauguración del actual edificio”, en Noticia histórica sobre la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, Buenos Aires, Librería y Casa Editora de Jesús Menéndez, pp. 91-111.

Lugones, Leopoldo (1985), El Imperio Jesuítico, Buenos Aires, Hyspamérica, [1904]

Platón (1949), República, Madrid, Instituto de Estudios Políticos. Edición bilingüe.

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Bibliografía crítica

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Capanna, Pablo (2007), Ciencia ficción. Utopía y mercado, Buenos Aires, Cántaro.

Delgado, Verónica; Espósito, Fabio (1998), “Paul Groussac: Los intelectuales, la sociedad civil y el Estado liberal”, en Orbis Tertius. Revista de Teoría y Crítica literaria, III, 6.

Disch, Thomas (1987), “Como un auto lanzado a fondo por una carretera vacía”. Entrevista de Ricardo Piglia, en Link, Daniel (comp.) (1995) Escalera al cielo. Utopía y ciencia ficción, Buenos Aires, La Marca.

Fuentes, Pablo (1988), “El relato paranoico”, en Crisis [2da. época], No. 59, pp. 36-40.

Gamerro, Carlos (2010), Ficciones barrocas,  Buenos Aires, Eterna Cadencia.

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Lagmanovich, Daniel (1982), “Dos temas de Borges en Groussac”, en Chasqui: revista de literatura latinoamericana, Vol. 12, N° 1, Noviembre, pp. 61-67.

Lépori, Roberto (2011), “Sor Juana y la ciencia ficción o las consecuencias de una crítica paranoica”, en Istmo. Revista virtual de estudios literarios y culturales centroamericanos, 23, www.istmo.denison.edu

Manin, Bernand (1998), Los principios del gobierno representativo, Madrid, Alianza.

Moreiras, Alberto (1999), “De-Narrativizing The Populist State Apparatus: Borges` La lotería en Babilonia”, en A. de Toro y F. de Toro (eds.), Jorge Luis Borges: Thought and Knowledge in the XXth Century, op. cit., pp. 107-114.

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Sarlo, Beatriz (1995), Borges, un escritor en las orillas, Buenos Aires, Ariel.


[1] F.C.

[2] Por la misma época, Pablo Fuentes (1988) en un muy interesante acercamiento al “relato paranoico” (sobre todo el norteamericano a partir de los años sesenta) destaca que “el género predilecto de apoyo de esta literatura es la ciencia ficción”. La paranoia surge a la hora de pensar las eventuales influencias de planteos críticos análogos. ¿Conocía Piglia ese texto? ¿Había leído Fuentes Crítica y ficción?

[3] Piglia elige leer esos rasgos desde el policial. En una entrevista, el escritor Thomas Disch (1987:21) le sugiere que “tal vez la paranoia sea un rasgo específico de la ciencia ficción”.

[4] En otro artículo, releo a Sor Juana desde la ciencia ficción en un cruce con problemáticas de gender (Lépori, 2011).

[5] Capanna (2004) hace mención al tema en un artículo que, además, incluye un recorrido por la sorprendente semejanza parcial entre LEB y la primera novela de Philip K. Dick, “Solar Lottery” [1955].

[6] La coerción física se advierte en el narrador de LEB: “le falta el índice” y su estómago está tatuado (Borges, 1993d:456).

[7] Sarlo, justo es reconocerlo, arriba a una conclusión cercana aunque sin derivación ulterior. “Esta democratización del derecho al juego [al voto] ofrece un comentario irónico a la extensión de los derechos civiles y políticos en Occidente: las revueltas, una especie de Revolución Francesa…” (Sarlo, 1995:61).

[8] La adoración de los platónicos del “Arquetipo Celestial de la Lotería” es, sin dudas, una broma (Borges, 1993c:459).

[9] Según Gamerro (2010), Borges es barroco en su interés por las tramas, Lugones en su escritura. Dice Borges: “…en otros libros, [el] estilo barroco [de Lugones] no condice con los temas que trata; en éste hay una afinidad natural entre la exuberancia del paisaje y la de la prosa” (1997:485).

[10] Piglia (1986b:61) duda del valor de la erudición libresca: “…en Borges… a la larga prevalece la idea de que la biblioteca, los libros… empobrecen…”.

[11] Lagmanovich (1982:61) coincide básicamente con la estirpe urdida por Piglia: “…Hernández, Groussac, Lugones, Borges –anticipados… por Sarmiento- forman una línea… que se extiende a lo largo de más de un siglo de letras argentinas…”.

[12] Como ejemplo, la conocida profecía de Juan Bautista Alberdi en las Bases…: “No temáis, pues, la confusión de razas y de lenguas. De la Babel, del caos, saldrá algún día brillante y nítida la nacionalidad sudamericana.” Alberdi y, además, Sarmiento –ambos lectores de Alexis Tocqueville- ofrecen otra línea vernácula para revisar la tradición que encuentra en la democracia un potencial camino hacia el despotismo (Botana, 1984:186 y ss.).

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