Odio lúcido. Diario de un nóia.

Publicado originalmente en Revista Colofón. Aquí

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´Estou apenas, e não sou guiado por nada.´
Edson di Carvalho. Nossos mortos [2013]
-18 al 19 de julio de 2013 [9pm – 4am]-
Conocí a João, un domingo. Esa noche estaba además Henrique, joven, morrudo y con su peculiar modo de hacer amigos vendiendo erva, maconha o lo que pidieras. 
Días después, a media tarde, a la entrada de la cámara de los vereadores, los ediles, me reencuentro con João. Habló largo -dinero, policía, corrupción. Hablaba y señalaba arriba, reconcentrado. 
Jueves 18. Fui por fin a su casa. La milagrosa hospitalidad de un crackeiro.
Me cuenta la historia de la mujer con la que tuvo un hijo. Se siente abandonado. Me cuenta también que fue despedido hace tiempo de un trabajo, por negro. El prejuicio hacia él. De pronto estamos discutiendo sobre los jornalistas asesinados en Brasil. Mezclamos a cada rato. El prejuicio hacia mí y la cobranza por mi incapacidad. Me pierdo, pero no por la maconha, como insiste, sino porque me quedo pensando en qué dice y si tiene coherencia. Entiendo igualmente gran parte, le digo. 
Me llama ´Espectro´, alguien que solo vive como reflejo. Ríe sostenido, y repite, ´espectro´. Él es el Anónimo. Su apodo podría también ser el nombre de pila legal que creo conocer por error y sobre el que nunca indagué. João, el Anónimo.
Los moradores de rúa. La vida en la calle. Los centros de día –o de acolhida- para comer y bañarse, o la inmensidad del espacio a la noche cuando deambulan ciegos, el albergue municipal, o las rondas de busca y rebusca por la avenida Andaló.
João odia al sistema de salud que sólo le da dinero y estatus al médico –dice- cualquiera sea su función, mientras los moradores ficam na sua, repite, aunque ya no se enoja. 
Vivir de pie, entre la violencia. Odio lúcido. El crackeiro ve la estratificación que premia: dinero, carro, bunda gostosa. Apartheid es esta sociedad brasileña. Su cúspide, dice João, es nada. Por eso hay tantos depresivos arriba que deprimen a los de abajo.
Número de crackeiros en Rio Preto. Muchos. Y de moradores de rúa. Unos mil. 
Molequinho crackeiro, pibito viciado. De su boca sabe João de por lo menos tres robos a mujeres: uma namorada novinha y otras dos mayores que lo convidan con crack para cebarlo y a las que después les cae a robar. Unos dieciséis años, el moleque y de familia de policía. Sus tíos, ricos. En la casa de la novia era la atracción. Le hacían sacar la camisa para mostrar el tanquinho, dice João, el pecho a las damas que rodeaban una piscina. Y a la chica le afanaba guita cuando estaba durmiendo, post-coito, remata con el mismo pudor que lo lleva a esconderse para encender la piedra. 
Muchas veces a oscuras, él fuma, yo fumo, afuera el centro de Rio Preto.  
Al pendejo crackeiro que paseaban en cuero por la casa para que los invitados e invitadas lo vieran y se babearan, se culeaba a la pendeja, su novia, y se la montaba a la madre también, y a las dos les robaba. Le pregunto si no se clavaba al padre que escucharía mal que mal y de rebote las biabas. 
No le gusta nada mi pregunta. Se ofende. Hay una tercera cuestión. Me la reservo. Algunos crackeiros ven en esa acción que queda a medio decir una venganza. Otros buscan para dársela por aprovechador y por provocar mala fama. La venganza, la delación, la agresión son más bien chicanas para hundir a algún equis. Es una historia de la que me gustaría saber más, pero hay prioridades.
Primera salida. Regla fundamental. No somos responsables de lo que hace el otro, aunque sea una mierda.  
Avenida Bady Bassit. Noche. Caemos a uno de los buracos para dormir donde está un amigo de João con una facada (que no vi) en la cabeza. Sí vi una sigla –SF- que el corte de pelo dibujaba al costado. Según ese amigo significa ´security force´. Insiste con la sigla y con la de los EE.UU. Con su conversa ronca, el nóia de la sigla en la cabeza, al que más adelante conoceré como el Frankie, habla de matar. 
Me dice el ´Cara Pálida´. El Anónimo asiente. Está convencido de que necesito ser adiestrado, saber mirar en los recovecos que forman la calle y la noche, apenas interrumpida por el naranja enfermo de los faroles. Otros moradores, en un futuro, me hablarán del ascetismo y del conocimiento de sí que es vivir en la calle. 
La primera salida nocturna deja a João cansado y agresivo. Al día siguiente me dirá que la familia le enseñó a ser educado. No podía decirme que me fuera.
En la vuelta de todas formas me cuenta su antiguo deseo de estudiar policía, casi un secreto. Aplicó para la PM [Polícia Militar] y falló en un test psicológico. Antes me había dicho que a los 18 había estudiado inglés y otros idiomas. Pensaba formarse para salir de la nóia. Es un fracaso, así lo dice, que le duele. 
Paranoia y enigma. Me dice João que si lo pienso bien, así como los EE.UU. infiltran guerrillas, al ser yo puesto acá en Brasil meses antes de que comiencen las revueltas en las que nos conocimos… ´Ou você acredita no acaso?´ Diversos caminos vacíos para un lugar común. Soledad, descrédito, falta de conexiones o conexiones equivocadas.
Me pregunta cómo llegué a Brasil. Le digo ´oea´. Sonríe por lo bajo interminables segundos. Después es carcajada y silencio. La sala vacía, la ventana a la calle por la que entra la única luz de la casa en ese momento y también el fresco.
Muchas veces me lo aclaró. No me da ninguna historia. Habla. Retengo. Pongo lo mío.
-19 al 20 de julio de 2013 [2pm – 1am]-
Me ligó a las 11am. Hablamos a las 2.30pm. Ahora parece que me va a ayudar a escribir y que me va a sugerir ideas. A la noche no porque está la señora de al lado a la que le molesta el ruido. El asunto era nomás que quería consumir.
Es de las pocas veces que lo veo con crack. Al llegar me dijo que esperara, que estaba en el baño. Fumó a escondidas en la pieza. Más tarde preparó un poco mientras yo comía lasaña que había llevado. Estaba loco y tranquilo. 
Pusimos una lamparita en la sala principal sin luz. A la casa se entra por ahí. Hay tres sofás desvencijados todos ocupados con revistas apiladas -para disfrazar.
João fuma por la mágua, por estar maguado. Cuando se siente solo y rechazado, piensa ´vai se fuder, vou fumar todo´. Ayer me contó más del hijo al que no ve.
João nació en Sampa y vivió hasta 2008 o 2009 antes de mudarse a Rio Preto. En 1996 o 1997 comenzó con el crack, previo paso por la cocaína. En aquella época, compraba en una boca conocida por la pureza como ´cem por cento´ (digamos, la bolsita de polvo puro a R$ 10). 
Una mujer en Sampa y otra menina local a la que conoció a unas cuadras, por la rúa Marino. Crackeira que lo usó, según él, para consumir sin pagar. Después se fue con los nóias de la plaza de al lado de la biblioteca –lo que ahora es a praça de graça-, la antigua cracolandia de Rio Preto. 
Hoy recién vi en la heladera un papelito con fecha del 19 de septiembre de 2012. Tiene dos frases, una escrita por él, otra por la menina gostosa. Frase do João: ´Não é saudável ajustar-se a uma sociedade que está doente.´ Frase da menina: ´As pessoas gostam de você proporcionalmente ao que parecem…´ (Em esta frase -me diz- falha a concordância).  
Segunda salida nocturna y de ronda.
Le presté um diezão para la dosis. Bajamos por una calle perpendicular a la del centro y llegamos a la avenida Andaló. En la esquina esa no había piedra. Subimos hasta el puente que cruza y que une Independencia con la avenida Potirendaba. Le conté que conocía ese posto de gasolina. Pasé por ahí, semanas atrás, arriba de la catraca São Francisco.
La ciudad está vacía, sórdida.
La plaza a la que estamos yendo a comprar queda tres o cuatro cuadras para adentro de la Potirendaba. La referencia, en una zona siempre en penumbras, es la escuela. El recorrido total es de cincuenta cuadras. Caminamos. Dentro del barrio nos mantenemos yirando. Los dealers corren de un lado al otro. Mi presencia los hace desconfiar. No ser del barrio es un problema. Ser gringo es un problema inaudito.
Aparece un señor de unos cincuenta años que se queja. Cómo puede ser –creí entender Cecilio de nombre- trabajar toda la semana para llegar al viernes y tener que andar corriendo moleques -pendejos- que se escapan y que no quieren dar el bagulho, a pedra. Ciertamente son esquivos. Cecilio es albañil, pedreiro, trabaja con lajas y, según dice, lo hace para un empresario rico y dentro de un condominio importante.
Los punteros tienen un intrincado sistema de control. Algunos rajan mientras los vigías pasan la información, cuadra a cuadra, vía celular de los movimientos de los visitantes. (Las chicas que venden dosis son magníficas a la vista.) João se enoja y me reta porque hablo muy alto. Siempre cree que hablo alto y que doy información. Puede que tenga razón. 
Si me mando la cagada, él no me defiende, ni se arriesga. Lo sabemos. Pero si la cosa se pone pesada porque sí, ahí se ve. La segunda salida fueron dos horas de caminata. Abandonamos una zona de calles con nombres portugueses -Lisboa, Estoril- con canchas y con casitas ordenadas que conviven con la droga fuerte. Por la zona vi también una creche –un jardín. A la ocupación de la cámara de vereadores fue varias veces una trabajadora social; tal vez trabaje ahí. No es tan lejos del centro. 
Volvimos más rápido. João dice cosas que quería decirme ayer, me habla de la encuesta artesanal que hizo sobre la ocupación de la cámara. Muchos estaban en contra. La idea de representación que tiene el brasilero es no de igual a igual sino de idealización, dice. No explica más aunque muchas veces no hace falta. ´Se es ser humano hasta ser político´, había dicho João en los días de la ocupación. João como DaMatta ve que el punto, en esta sociedad, es poner el pie sobre el otro: ¿sabe usted con quién está hablando? 
La idea de subordinación lo vuelve loco. Es la misma que usa al agredirme, al tratarme de estúpido y de sin memoria. En algún momento sabré que quería ponerme de testigo inventado en un juicio que el propio João le seguía a un supermercado por echarle encima los guardias de seguridad bajo sospecha de ser él un carterista.    
El crack es peripatético. Da mucha energía, se anda y se anda. Produce infinitos pensamientos, y paranoia, según me cuenta y lo advierto. Al final, en la vuelta, João se asustó de una barca de poli y se adelantó. En la puerta de su casa nos separamos. Estaba apurado por entrar a fumar. La piedra le dura poco. Lento es el ritual que, hoy vi, tiene muchos pasos. Después sale a caminar solo por horas. 
A nóia. 
Um nóia. 
Nego maluco.  
-20 de julio de 2013 [4pm – 6pm]-
Como anoche le había prestado dez contas pra o rolé, a eso de las 4pm me convidó a comer. Le había prometido ir a la feria de verduras para ver cómo trabajaba. Engripado, me levanté tarde. Por la fumata, él también. Cuando llegó a su puesto, estaba ocupado por otro. Pasó por algunos restaurantes, consiguió marmitex y me invitó.

En alguna caminata, algo vio. Remarcó que tal vez la policía estuviera persiguiéndolo. Con el paso de los días se ha mostrado más paranoico. Quiere contarme menos. Fui claro desde el comienzo. Le dije que no quería decepcionarlo. 
Intenté por dos veces que me dijera cómo sucedió, en la ocupación, lo del menininho crackeiro, entre el viernes y el sábado pasados. Ya me había dicho alguna cosa sobre la actuación de Marilia que no lo había cuidado bien al pibito, etc. Pero no conozco la historia base y él -me dice enojado- se cansa de repetir. El problema no es repetir sino completar historias que empieza y que deja. 
João me cuenta su idea de ir a ver a un vereador para pasarle info. Dije que no. Luego me dirá que reflexionó sobre eso. Estaba mal.
En una tevé pequeña colgada de un rincón miramos un partido de un descendido Palmeiras, equipo al que seguía cuando vivía en São Paulo. Me explica (ese es su tono) que no hay que idealizar a los moradores de rúa. Todos en la escala social son bandidos: cada cual busca aprovecharse del otro y cagarlo. Por eso, aunque en el fondo la acción contra el menino de la ocupación haya sido ruim, el error era querer protegerlo. 
Entre los moradores de rúa hay asesinos, violentos, locos, crackeiros, personas que eligen esa vida y todos quieren sobrevivir. En medio de esa explicación, vuelve a la historia de cuando lo echaron de la fábrica -o empresa- en la que trabajaba. Ahí perdió todo. Lo rajaron por negro. Esa es su mayor mágua. Está revoltado frente a la injusticia.
La nóia.
Quiere volver a ocupar un lugar social: trabajador con dinero y familia. Le digo que me parece que la sociedad brasilera funciona así y que, en todo caso, podría desear otra cosa. Pero no me escucha cuando le hablo de contradicciones. 
Es Testigo de Jehová -a primera vista no parece un dedicado practicante. Iba a una iglesia del barrio. Dejó de ir. Lo habrán discriminado por fumón.
Maconha / crack. A la primera la odia y, además, la relaciona conmigo. Dice que me olvido por usarla. Defiende al crack. Da más lucidez.
Le pedí que me acompañara al barrio Santo Antonio, buraco de los buracos en Rio Preto, pero ahí no tiene entrada. Está peleado con algún foda y lo creen de la policía. Uno prometió matarlo. Me dijo que fuera con el gordito de la toma -Henrique. 
Esa misma tarde del partido de Palmeiras, hablamos del rap de los ochenta en Sampa. El inicio en las catacumbas paulistas de lo que hoy virou chic. Me contó también de su adicción a navegar y a hacer amigos virtuales. Por una hora rondamos la computadora.
Antes de despedirnos, me dijo que más tarde, cerca del albergue –Bady Bassit e Independencia- podía ver los cachorros quentes, las saladas de fruta y los refrescos, todo eso que les dan a los pobres moradores rejuntados, a la espera. 
Fui y me quedé en la esquina del Banco do Brasil. 
Los del dormidero cercano al banco, los del otro dormidero cerca de Vila Dioniso (un bar), más los del albergue, cuento unos 20 moradores de rúa. Como mucho, Rio Preto debe tener unos 100, pero está el mito de los miles. 
Los negocios cierran a las 6pm. Antes de las 8pm, sus techos o sus aleritos de ingreso, se pueblan de futuros durmientes. Muchos dejan los trapos disimulados entre los arbustos. Otros nunca duermen y hacen base y deambulan.
Estoy en una pilastra del banco. La espera termina. Llegan tres autos de alta gama. Los baúles largan viandas (comida, bebida, postre). Suelen también repartir ropas. Blancos de clase acomodada que pertenecen a iglesias evangélicas. Esa dádiva es su militancia.  
João me había tirado el dato de la repartija para ver qué hago.         
Volví a encontrarme al Frankie y esta vez me apodó Renato Ruso.
Al acercarme al grupo que recibía los lanches, esas limosnas, me ofrecieron uno. Dije no. La invitación era ya alimento. Estaba satisfecho.
-03 de agosto de 2013 [6am – 9pm]-
Este sábado nos vimos. Pasé por la casa a visitarlo y salimos a dar una vuelta. Desde la última entrada que registré en el diario, hubo encuentros más breves. 
Un viernes -después del fin de la ocupación y de una semana complicado por la garganta- fui a la casa. Hacía frío. Lo acompañé hasta una iglesia pasando la Andaló, cerca de la plaza de la Higuera donde suele parar el Hippie y donde escuché de boca de Zé la historia de la expulsión de los negros de un barrio décadas atrás, hoy residencial, el Boa Vista.
João quería mostrarme otras maneras de cómo la clase alta alienta a la caridad. En la ida y la vuelta de la iglesia –salón de recepción, mesas con manteles, platos finos y hasta banderines de cumpleaños para los veinte o treinta necesarios famélicos- el Anónimo repasó mis acciones en las salidas previas, mi falta de experiencia, mi poca viveza.
Me fui rápido. Dejamos por la mitad la charla sobre Rio Preto. El Anónimo cree que algo del pasado caipira y de las fazendas que hay desparramadas por toda la zona llevaron a una relación rústica entre las personas. Si sumamos a esto el dinero, es explosivo. Lo compara con la apertura de las personas de Sampa, a la que extraña. 
Eso fue un viernes.
El sábado 03 deambulamos y llegamos al centro, a la zona de la iglesia principal, la catedral. Atardece. En un buteco, barcito de la esquina está el Hippie escuchando Marley en una rockola, borracho de cerveza y pinga, y fumado. Baila. 
Cruzamos de ahí a la plaza. 
Aparece la gente de la rúa, todos se conocen entre sí. Éramos el Hippie, el Anónimo, el Frankie, el chico de bermudas azules y otros dos. Mala onda. Unos colombianos andaban merodeando –no entendí si en la calle o en la plaza. Agitados por el asunto ´gringo´ pasaron a hablar de Argentina, de cómo es, de cómo se habla, según había desparramado el Hippie que había vivido en Uruguay, casado con una local, y viajado por Argentina. 
Esto, por momentos.
El Frankie -el que tenía ´SF´ dibujado en la cabeza- contaba que le habían pegado y que quería comprar un arma para matar. Lo decía así: quiero matar, como se desea un caramelo. Parece inofensivo. Habló del accidente en una moto –mostró la cicatriz en la pierna- y de cómo pasó sus días en el hospital cumpliendo años. Mezclaba. Insistía con que le habían dicho nazi porque estaba rapado a los costados. La vestimenta es importante. Según el Frankie, se viste mejor ahora, que está en la calle, que antes. Al de bermudas azules lo llaman ´mendigo-boy´, es decir, ´mendigo playboy´, usa las mejores ropas posibles y le gusta hacerlo. 
Hablaron del Comando Vermelho y de otra organización criminosa. Son el verdadero Estado, las únicas organizaciones que hacen sentido y a las que deberían responder. El código de Comando Vermelho son la ´c´ y la ´v´ formadas con los dedos índice y pulgar de una mano, índice y medio de la otra. Es un tema que pone serios a todos.
Salimos de la plaza ya de noche. El Hippie –escabio y pesado- me pidió una mochila porque no tenía dónde poner las artesanías que vendía. Bajamos desde la plaza hasta la avenida Bady Bassit e Independencia. Como era sábado había mucha gente –llegué a contar más de 25. Nos quedamos dos horas hablando.
Ahora, desde adentro. Estoy sentado, y miro la caravana de autos y de motos de alta cilindrada custodiada por la policía que pasea. Bocinazos. Aceleradas. Faquius a los moradores. Tema de ronda. El desprecio les duele más que la falta de hogar. 
Pararon luego algunos autos con pocas cosas. Bajó un señor gordo que parecía de una iglesia, aunque no sé. El Anónimo habló del dinero que se pone tres veces, en los impuestos, en el pago a los trabajadores (médicos, asistentes), en la dádiva. 
Universal justificación del presupuesto: el personal estatal aburrido se violenta contra los moradores de rúa porque sí.
Anónimo remarca siempre dónde comienza la violencia, quién la genera, cómo se la ve desde el otro lado, que es su lado. Una cosa es hablar desde la cámara de vereadores, otra es estar a la intemperie. Durante la janta de ese sábado, en una camioneta negra, pasa uno de los operadores que semanas atrás estuvo en la ocupación -donde conocí al Anónimo. Espías, vigilantes, informantes. En Rio Preto casi nada permanece fuera de control. 
Días más tarde, escribo rápido, hoy es 07, le llevé al Hippie, a la plaza de la Higuera, una mochila. Una forma de pago por lo que implica hablar con él. Me cuenta historias y no soy sincero si no aporto. No le importa que yo tome nota. Me promete que me va a devolver la guita de la mochila con artesanías. Hablamos del albergue. Reconoció la mala vibra del lugar y la policía municipal que hincha las pelotas. Por una cosa, por otra, el Hippie anda high cada día. Fui cerca de las 6pm y se iba para la Bady Bassit a comer.
A las cobras hay que matarlas desde pequeñas, no dejarlas crecer –eso repetía João. Era su lema. El Frankie firmaría. El Hippie sonriente diría también que sí y pediría otro trago de erva, de maconha, de pinga, de cachaça, de cerveza o de crack, qué importa. 
Sólo importa la nóia.
La nóia es la lucidez que odia.

Rio Preto, 18 julio al 07 de agosto de 2013 

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Piglia para (y contra) todos

En septiembre de 2013, la TV Pública argentina y la Biblioteca Nacional ponían a consideración del gran público cuatro clases -charlas, conferencias- reunidas bajo el suculento título Borges, por Piglia. Un año antes, en ese mismo canal, Piglia había debutado con una apuesta genérica, Escenas de la novela argentina. Las series compartían el formato: frecuencia semanal; exposición de voz única durante más o menos media hora; público cautivo con licencia para preguntar; improvisado living e invitados a los que Piglia, abandonado el estrado, les abría el juego, les hacía guiños, les sugería tal piedra o pastito.

La emisión ´día de la primavera´ de 2013, dedicada a “La biblioteca y el lector en Borges”, reunió en ese ring dialéctico a Ricardo, a Mario Ortiz y a Luis Sagasti, letrados oriundos de la mal afamada Bahía Blanca. Transcurridas las evocaciones de rigor –´comencé a leer al Viejo Sabio allá y acullá cuando tenía…´-, sonrisa a media asta, enfila Piglia hacia la cuestión del complot, de la conspiración, de la conjura que el cincuentón Sagasti había injertado al inicio de su novela Bellas Artes [2011]. Contra toda previsión y pizarra, el bahiense desestima el centro, sale de la zona pintada, reclama cortina, pivotea y, repentino texano a las órdenes de un inmaterial viejo Pop, lanza encimado por la marca.     
R.P.: Hay un comienzo en el libro de Luis que me encantó sobre la cuestión del complot y de la conspiración. Entonces, quería una observación sobre eso, si alguna vez lo pensaste en relación a Borges.

L.S.: En verdad, quiero decir antes que el complot existe, que los complots existen, que las conspiraciones existen… lo cual no quiere decir que funcionen…

R. P: Claro…

L.S: Nosotros, por ahí, nos complotamos para dominar la literatura argentina y por ahora no funciona…

R.P.: ¡Yo no participo de ese complot…!

L.S.: Pero el complot está…

R.P: Sí…

L.S.: Y uno puede complotarse para eso… Lo interesante en Borges y en la conspiración… es que uno pareciera, sin saber, ser partícipe de esos complots al, digamos, ejercer cierto tipo de actos… [Borges, por Piglia #3 – 21.09.2013 ]
Piglia intuye la filosa jugada y reacciona como un psicótico rupestre. Entiende literalmente y se brota. Repasemos la secuencia. El consagrado le tira una soga al menos transitado y en pantalla le habla de su libro. Sagasti, en lugar de seguir la senda de cómo ve él lo que había hecho Borges con el complot y blabla, borra lo particular de la pregunta, reflexiona sobre la existencia general de las conspiraciones e inventa un ´nosotros´ que, por supuesto, a Piglia lo desespera. Su cruce ´Yo no participo de ese complot´, en todo caso, significa: ´¿Cómo se te ocurre siquiera sugerir eso? Oh, Luis, traidor. Vos, que sabés que conspiración, complot y trama secreta van de la mano, venís y frente a este público impávido decís lo que no hay que decir, porque Luis, a ver, el complot no resiste el chiste, ni la ironía, ni la velada confidencia; y además armás un nosotros inverosímil´.

El medido espanto de Piglia es pura lógica. Decir todo es antierótico. Conspirar y seducir van juntos. El pacto de amor funciona hacia el interior del grupo. Eso es lo que se prometen: incluir a otros sin explicitarlos y usarlos como trampolín para un objetivo superior. Piglia apenas si llega a reconocer que las conspiraciones existen pero los que complotan son aquellos, los otros. Chancho rengo, que le dicen.

Están también la máscara y el pudor. En una entrevista de ese mismo 2013, se le queja a Martín Kohan: “En Argentina los escritores siempre se están levantando minas, les va fenómeno, son unos vivos increíbles y siempre están escribiendo libros extraordinarios. Es un poco patético para mí. Patético el personaje que dice eso, no el que lo hace, el personaje que anda exhibiendo esa situación me parece un poco ridículo.” Mejor hacerse el sota.

Piglia es el último gran conspirador de la literatura argentina, tal vez hispanoamericana, y es bastante probable que esa virtud críptica explique que haya abandonado este mundo con el sayo de ser uno de los más grandes y uno de los mejores de la región en el último tiempo. No quiere decir, porque casi nunca quiere eso decir que sea e-fec-ti-va-men-te el mejor escritor, ni nada. Supo abrirse camino, mejorando lo propio, ordenando y volviendo inocuo –o fértil para sí mismo- lo ajeno. Supo dónde iba, qué pieza mover.

Con Borges, el más incómodo, tomó dos atajos. Hizo que cumpliera su místico ensueño de viajero del tiempo, y lo envió al siglo XIX a clausurar la literatura argentina parida de la gauchesca. Ese movimiento sucede en Respiración artificial [1980], al tiempo que confina a Roberto Arlt a las primeras décadas del siglo XX. Dice su sosias Emilio, con una bala para dos pájaros: “Con la muerte de Arlt… ahí se termina la literatura moderna argentina, lo que sigue es un páramo sombrío… ¿Y Borges? Borges, dijo Renzi, es un escritor del siglo XIX. El mejor escritor argentino del siglo XIX.” En las clases de la TV Pública, vistas en conjunto, el cerco es otro. Restringe lo mejor de la producción borgeana a los años cuarenta -Ficciones, El Aleph- y le concede algo de magia hasta Otras inquisiciones [1952]. Después queda ciego y, según Piglia, Borges decae.

Cualquier lector mediano del viejo gurú sabe que en los años setenta –para nombrar solo dos- Georgie da algunos de sus mejores libros de cuentos, Informe de Brodie [1970] y El libro de arena [1975]. ¿Por qué Piglia ningunea estos libracos? No tengo ninguna certeza, solo sé que hacia fines de los sesenta él mismo comienza a publicar. Jaulario e Invasión son del 67. Nada mejor que despejar el sendero y enviar al tótem unas décadas atrás, lo más cerca posible del abismo finisecular donde quedó Arlt. (Al público presente en sus clases, Piglia le comenta que la maniobra temporal de Renzi -Borges es del siglo XIX- fue un ´chiste´ con el objetivo de remarcar la importancia de Robertito. Por supuesto.)

El libro de arena –trece relatos más un epílogo- incluye un gran cuento de Georgie, “El Congreso”. Digo ´gran´ porque es un relato muy extenso, tan extenso que –con otros- soy de los que creen que esa es la novela que Borges nunca escribió. Aunque también lo creo porque él mismo lo dijo. Borges escribe “El Congreso” desde por lo menos 1945 cuando anuncia que está preparando para el remoto y problemático futuro, un cuento largo o una novela breve, que conciliará (no puedo ser más explícito ahora, aclara) los hábitos de Whitman con los de Kafka. Décadas después, en 1971, lo publica como si fuera una novela corta, una separata que ve la luz gracias a ´El Archibrazo Editor´. Luego lo intercala en el volumen de 1975, al lado de “Utopía de un hombre que está cansado”, fina ciencia ficción que delinea el programa político futurista borgeano. ¿Decadencia?

“El Congreso” resume el entramado vernáculo de la literatura y sus conspiraciones, con referencias a la mismísima obra de Borges plagada de complots, a los conciliábulos de la década del veinte con Macedonio, Marechal, los Dabove, Scalabrini y otros queriendo dominar el mundo desde una mesa de café; retoma el espíritu sectario de Los siete locos de Arlt; juega un poco a la ficción científica; añade gramos de paranoia de un narrador nada fiable que alcanza a registrar frases memorables que anticipan, con sesgo apocalíptico, el cíclico fin del mundo. Una de las líneas más bella es sin dudas: “Cada tantos siglos hay que quemar la Biblioteca de Alejandría.”

Quemar no es quemar. Es reordenar, revolver, enquilombar para reinar, digamos. Es lo que hace Piglia. Minimiza –quema- los cuentos del viejo Borges, incluyendo “El Congreso”; dice que después de Arlt viene un páramo; lee y relee a Macedonio hasta que su interpretación se convierte en la condición de legibilidad del maestro. Si Ricardito envía a Borges al siglo en el que nació, al maestro Macedonio Fernández lo raja al XXI. En realidad, Piglia dice que ´el siglo XXI será macedoniano´. Acaso nadie tan macedoniano como él mismo, que se inventó una máquina macedoniana de hacer literatura.

En una década, Piglia sienta erráticas pero efectivas bases teóricas. “La ficción paranoica” [1991] y “Teoría del complot” [2001], una clase y una conferencia. La ficción paranoica combina rasgos del policial, del fantástico, de la ciencia ficción, puestos en diálogo con lo social, y se caracteriza, según Piglia, por una conciencia escindida que narra: una parte encierra la amenaza, el enemigo, el complot, la conspiración; la otra instala el delirio interpretativo, la idea de un mensaje cifrado que me está dirigido. El complot, por su parte, es una ficción potencial, una intriga, una trama que circula y que permite indagar prácticas alternativas de construcción de realidades, descifrando ciertos modos de funcionar de la política. Los autores que, para Piglia, trabajaron ese registro son Arlt, Borges, Macedonio, Marechal, Lugones, Laiseca. Y es preciso, recursivamente, añadirlo a él mismo.

A partir de esa base teórica, afirmo con total arbitrariedad, Piglia enhebra ´su estrategia´. Lee en detalle a los conspiradores locales, devela y explicita sus mecanismos, bendice y también exorciza, trabaja como un terrorista literario aislado, como un lobo solitario.

Piglia trabaja solo -aunque apele a necesarias alianzas parciales- porque sabe de las traiciones. Sus maestros se lo enseñaron. Borges y Macedonio conspiraron juntos. El primero, sin embargo, se quedó con el premio de lo que había inventado el anarco-abogado. Entre los papeles inéditos de Borges, conocidos tiempo atrás, aparece una breve misiva que le envió Macedonio, situación extraña si consideramos que ´Borges, que tiraba papeles y manuscritos, conservó hasta el final de su vida esta nota premonitoria´, comenta un archivista acerca de una esquela que dice: “Nadie cree en mí excepto vos [Borges]. Trata de creerme también cuando te digo que tu estilo es el más ardiente que he conocido y que serás escritor universal… Desde que me sorprendiste con tu fe en mí, que nadie la ha tenido… acaricio una esperanza nueva y muy querida para mí, muy necesitada en mi situación general. Creo que me harás conocer y triunfar quizá. Cree lo que te digo: no seas así amargo y negador contigo mismo y con mi fe en vos.” Borges cumple. Macedonio triunfa aunque como un genio de la oralidad –´qué gran conversador´, machaca Georgie. La perfección en la escritura hermética, y en las tramas barrocas, se las guarda para sí.

Orfebres de una ciencia ficción heterodoxa, ambos eran herejes, es decir, gnósticos. Así lo entendió el crítico estadounidense Harold Bloom quien, en el final de Presagios del milenio [1996], menciona a Museo de la novela de la Eterna y desliza que su autor Macedonio es el legendario (pero bastante real) mentor gnóstico de Borges, el más bromista entre los gnósticos de todos los tiempos.

Bloom, adepto que identifica entre la selva de la lejanía a sus pares australes, construyó su teoría de las influencias literarias basándose en sus conocimientos de la cábala (meandro del gnosticismo). Harold propone que la tradición literaria es una constante guerra entre el poeta fuerte, o establecido, y el poeta efebo, nuevo. El efebo no ataca directamente a su maestro, negando su poder, sino eligiendo un poeta / escritor anterior al que sí considera el mejor, el más grande y al que consagra buscando debilitar al que reina. Si me permiten el tremendismo para que se entienda. Borges le roba a Macedonio su idea de literatura especulativa mezcla de ficción y ensayo, pero –como dije retomando a Piglia- lo reduce a la oralidad, enaltece la escritura de otros, Lugones, Groussac, quién sea, y se refugia a la sombra de esa tradición.

Cuando aparece en 1975, Cábala y crítica le otorga a Bloom reconocimiento académico, pero su fama recién se extiende cuando ese sustrato fermenta en El canon occidental [1994]. El irascible Harold, en ese discutido libro, confina a un lugar menor a Borges –al que de todas formas lee e interpreta con justeza (no así Beatriz Sarlo quien, por la misma época y en Estados Unidos, aborda a Borges en las orillas como un escritor ´agnóstico´, un absoluto horror intelectual). La jugada disolvente de Bloom es sencilla de explicar. De 1952 es el hiper-citado ensayo del cabalístico Borges, “Kafka y sus precursores”, que con la variante de mostrar aspectos bélicos aplacados, dice algo semejante a Bloom: el canon y la tradición se construyen en amores y odios retrospectivos. (Carlos Gamerro dice que Harold Bloom reconocía esa angustiante influencia de Borges.) En términos generales, la tradición se asemeja a un juego de espejos que reproduce la cosmología gnóstica centrada en una multitud de demiurgos y en un ´dios extraño y desconocido´. Al ser esa divinidad imposible de conocer, cada demiurgo intenta ocupar el sitial invistiéndose como ´dios´, mientras los otros le disputan el poder aduciendo que quien ocupa ese centro es apenas lo que es, un demiurgo menor, y que existe otro ser más poderoso detrás de él. La matriz gnóstica de pensamiento induce, es evidente, a la anarquía especulativa, a la paranoia, a la conspiración, al boicot constante.

Piglia aprendió algunos yeites de sus vernáculos amigos gnósticos y sugirió en “La novela polaca” [Formas breves, 2000] que “…toda verdadera tradición es clandestina y se construye retrospectivamente y tiene la forma de un complot.” Dije ´novela polaca´. Otro de los jueguitos de Piglia fue soplar y ayudar a entronizar un escritor extranjero como Witold Gombrowicz, al fin y al cabo, inofensivo para el panteón local, pero muy efectivo para derribar rivales de patios cercanos. Eso hace un conspirador heterodoxo.

La última novela de Piglia, El camino de Ida [2013], testamento literario y programático, deja pistas que permiten intuir toques anarco-gnósticos y que remarcan la impronta hereje de escritor-crítico-terrorista. A Kohan, en aquella entrevista promocional de 2013, además de quejarse por los patéticos escritores locales, Piglia le asegura que ´veía esa novela ligada a la revolución, a la clandestinidad, a la violencia política que acá habíamos vivido de manera diversa´. Lo que quiero e intento decir, algún día lo justificaré, es que en El camino de Ida, una ficción paranoica que se mete en el barro antisistema, Ricardo Piglia / Emilio Renzi abona la sospecha de que se ha puesto voluntariamente al servicio de Thomas Munk, máscara literaria de Theodore Kaczysnki, el Unabomber, revolucionario (¿o enfermo mental?), un extraño ejemplo del conspirador, del terrorista, del lobo solitario. Digo ´terrorista´ y ´conspirador´ refiriéndome a Piglia porque, como buen psicótico, lo entiendo literalmente y muy lejos de la edulcorada lectura institucionalizada de Antonio Jiménez Morato quien cree que “El terrorista Ricardo Piglia” [revista El pez banana, México, 2015] empeñó su vida en ´desestabilizar la sacrosanta casa de la literatura y sus géneros´.

Aun cuando no estén hablando de sus levantes, los obsecuentes del mundillo literario son ingenuos, pero también ridículos y patéticos.

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Publicado originalmente en Revista Colofón  aquí el 01 de marzo de 2017

Tiqqun #2. La hipótesis cibernética [2001]

{Texto tomado de aquí}

“Podemos soñar con un tiempo en el que la máquina para gobernar remplazará —para bien o para mal, ¿quién sabe?— la insuficiencia hoy en día evidente de los dirigentes y los aparatos habituales de la política.”

Padre Dominico Dubarle, Le Monde, 28 de diciembre de 1948

“Existe un contraste notable entre el refinamiento conceptual y el rigor que caracterizan a los planteamientos de orden científico y técnico, y el estilo sencillo e impreciso que caracteriza a los planteamientos de orden político. […] Somos conducidos a preguntarnos si existe un tipo de situación infranqueable, que marcaría los límites definitivos de la racionalidad, o si podemos esperar que esta impotencia será algún día superada y que la vida colectiva será al fin enteramente racionalizada.”

Un enciclopedista cibernético en los años 70

I

“No existe, probablemente, ningún dominio del pensamiento o de la actividad material del hombre, del que se pueda decir que la cibernética no tendrá, tarde o temprano, un papel que jugar.”

Georges Boulanger, El dossier de la cibernética, utopía o ciencia de mañana en el mundo de hoy, 1968

“El gran circunverso quiere circuitos estables, ciclos iguales, repeticiones previsibles, contabilidades sin confusión. Quiere eliminar cualquier pulsión parcial, quiere inmovilizar el cuerpo. Así como la ansiedad de aquel emperador del que habla Borges, que deseaba un mapa tan exacto del imperio que recubriera el territorio en todos sus puntos y por lo tanto lo reprodujera a su escala: los súbditos del monarca tardaron tanto tiempo y gastaron tanta energía en acabarlo y en mantenerlo que el imperio ‘mismo’ cayó en ruinas a medida que su relieve cartográfico se fue perfeccionando; tal es la locura del gran Cero central, su deseo de inmovilización de un cuerpo que no puede ‘ser’ más que representado.”

Jean-François Lyotard, Economía libidinal, 1973

“Han deseado una aventura y quieren vivirla contigo. Ésta es finalmente la única cosa que hay que decir. Creen decididamente que el futuro será moderno: diferente, apasionante, difícil seguramente. Poblado de cyborgs y emprendedores sin recursos, de fervientes corredores de bolsa y hombres-turbina. Así es ya el presente para aquellos que quieren verlo. Creen que el porvenir será humano, incluso femenino — y plural; para que cada uno lo viva, y que todos participen en él. Ellos son esa Ilustración que habíamos perdido, la infantería del progreso, los habitantes del siglo XXI. Combaten la ignorancia, la injusticia, la miseria, los sufrimientos de todo tipo. Están allí donde ello se altera, allí donde algo sucede. No quieren dejar escapar nada. Son humildes y audaces, están al servicio de un interés que les supera, guiados por un principio superior. Saben plantear los problemas, pero también encontrar las soluciones. Nos harán franquear las fronteras más peligrosas, nos tenderán la mano desde las orillas del futuro. Son la Historia en marcha, al menos lo que de ella queda, ya que lo más difícil está tras nosotros. Son unos santos y profetas, verdaderos socialistas. Hace mucho tiempo que comprendieron que mayo de 1968 no fue una revolución. Ellos conforman la verdadera revolución. Ya no es sino una cuestión de organización y transparencia, de inteligencia y cooperación. ¡Vasto programa! Y además…”

¿Perdón? ¿Qué? ¿Qué dices? ¿Qué programa? Las peores pesadillas, como ustedes bien saben, son con frecuencia las metamorfosis de una fábula, como aquellas que se nos contaban cuando éramos niños a fin de dormirnos y de perfeccionar nuestra educación moral. Los nuevos conquistadores, aquellos que aquí llamaremos los cibernéticos, no conforman un partido organizado —lo cual nos hubiera hecho la tarea más fácil— sino una constelación difusa de agentes, conducidos, impulsados, deslumbrados por la misma fábula. Son los asesinos del tiempo, los cruzados de lo Mismo, los enamorados de la fatalidad. Son los sectarios del orden, los apasionados de la razón, el pueblo de los intermediarios. Los Grandes Relatos pueden estar completamente muertos, como lo repite a placer la vulgata posmoderna, pero la dominación sigue estando constituida por ficciones-maestras. Éste fue el caso de aquella Fábula de las abejas que publicó Bernard de Mandeville en los primeros años del siglo XVIII y que tanto hizo para fundar la economía política y justificar las avanzadas del capitalismo. La prosperidad y el orden social y político ya no dependían de las virtudes católicas del sacrificio sino de la persecución a partir de cada individuo de su propio interés. Los “vicios privados” eran declarados garantía del “bien común”. Mandeville, “el Hombre-Diablo”, como se lo llamaba entonces, fundaba de este modo, y contra el espíritu religioso de su tiempo, la hipótesis liberal que más tarde inspirará a Adam Smith. Aunque esta fábula sea reactivada de manera regular, bajo las formas renovadas del liberalismo, hoy en día es obsoleta. De lo cual se seguirá, para los espíritus críticos, que el liberalismo ya no es más algo a criticar. Es otro modelo el que ha tomado su lugar, aquel mismo que se esconde tras los nombres de Internet, de nuevas tecnologías de la información y la comunicación, de “Nueva Economía” o de ingeniería genética. A partir de ahora, el liberalismo no es más que una justificación persistente, la coartada del crimen cotidiano perpetrado por la cibernética.

Críticas racionalistas de la “creencia económica” o de la “utopía neotecnológica”, críticas antropológicas del utilitarismo en las ciencias sociales y de la hegemonía del intercambio mercantil, críticas marxistas del “capitalismo cognitivo” al que querrían oponerle el “comunismo de las multitudes”, críticas políticas de una utopía de la comunicación que permite que resurjan los peores fantasmas de exclusión, críticas de las críticas del “nuevo espíritu del capitalismo” o críticas del “Estado penal” y de la vigilancia que se ocultan tras el neoliberalismo, los espíritus críticos parecen poco inclinados a tener en cuenta la emergencia de la cibernética como nueva tecnología de gobierno que federa y asocia tanto la disciplina como la bio-política, tanto la policía como la publicidad, sus predecesores en el ejercicio de la dominación, que hoy en día ya son demasiado poco eficaces. Lo cual quiere decir que la cibernética no es, como se la quisiera entender de forma exclusiva, la esfera separada de la producción de informaciones y de la comunicación, un espacio virtual que se superpondría al mundo real. Es sin duda, más bien, un mundo autónomo de dispositivos confundidos con el proyecto capitalista en cuanto es un proyecto político, una gigantesca “máquina abstracta” hecha de máquinas binarias efectuadas por el Imperio, forma nueva de la soberanía política, y, habría que decirlo, una máquina abstracta que se ha vuelto máquina de guerra mundial. Deleuze y Guattari asocian esta ruptura a una forma nueva de apropiación de las máquinas de guerra por parte de los Estados-nación: “es solamente después de la Segunda Guerra Mundial que la automatización y luego la automación de la máquina de guerra han producido su verdadero efecto. Ésta, si tenemos en cuenta los nuevos antagonismos que la atravesaban, ya no tenía por objeto exclusivo la guerra, sino que se responsabilizaba de la paz y tenía por objeto la paz, la política, el orden mundial, en resumen, la finalidad. Es aquí donde aparece la inversión de la fórmula de Clausewitz: es la política lo que deviene la continuación de la guerra, es la paz lo que libera técnicamente el proceso material ilimitado de la guerra total. La guerra deja de ser la materialización de la máquina de guerra, es la máquina de guerra lo que deviene ella misma guerra materializada”. Y es por esto que la hipótesis cibernética no es tampoco algo a criticar. Es algo a combatir y a vencer. Es una cuestión de tiempo.

Así pues, la hipótesis cibernética es una hipótesis política, una nueva fábula que tras la Segunda Guerra Mundial suplantó definitivamente a la hipótesis liberal. De forma opuesta a esta última, ella propone concebir los comportamientos biológicos, físicos y sociales como integralmente programados y re-programables. Más precisamente, ella se representa cada comportamiento como “pilotado” en última instancia por la necesidad de supervivencia de un “sistema” que lo vuelve posible y al cual él debe contribuir. Es un pensamiento del equilibrio nacido en un contexto de crisis. Mientras que 1914 sancionó la descomposición de las condiciones antropológicas de verificación de la hipótesis liberal —la emergencia del Bloom, la quiebra, manifestada en carne y hueso en las trincheras, de la idea de individuo y de toda metafísica del sujeto— y 1917 su contestación histórica con la “revolución” bolchevique, 1940 marca la extinción de la idea de sociedad, tan evidentemente trabajada por la autodestrucción totalitaria. En cuanto experiencias-límite de la modernidad política, el Bloom y el totalitarismo fueron pues las refutaciones más sólidas de la hipótesis liberal. Lo que más tarde Foucault llamará, con un tono travieso, “muerte del Hombre”, no es, por lo demás, otra cosa que el estrago suscitado por esos dos escepticismos, uno en dirección al individuo, el otro a la sociedad, y provocados por la Guerra de los Treinta Años que afectó a Europa y al mundo durante la primera mitad del siglo pasado. El problema que plantea el Zeitgeist de estos años consiste nuevamente en “defender la sociedad” contra las fuerzas que conducen a su descomposición, en restaurar la totalidad social a pesar de una crisis general de la presencia que aflige a cada uno de sus átomos. La hipótesis cibernética responde por consiguiente, en las ciencias naturales al igual que en las ciencia sociales, a un deseo de orden y certeza. Como agenciamiento más eficaz de una constelación de reacciones animadas por un deseo activo de totalidad —y no solamente por una nostalgia de ésta, como en las diferentes variantes de romanticismo—, la hipótesis cibernética es pariente tanto de las ideologías totalitarias como de todos los holismos, místicos, solidaristas como en Durkheim, funcionalistas o bien marxistas, de los cuales ella no hace sino tomar el relevo.

En cuanto posición ética, la hipótesis cibernética es complementaria, aunque estrictamente opuesta, al pathos humanista que se reaviva desde los años 40 y que no es otra cosa que una tentativa de hacer como si “el Hombre” pudiera pensarse intacto después de Auschwitz, de restaurar la metafísica clásica del sujeto a pesar del totalitarismo. Pero mientras que la hipótesis cibernética incluye a la hipótesis liberal al mismo tiempo que la sobrepasa, el humanismo sólo apunta a extender la hipótesis liberal a las situaciones cada vez más numerosas que se le resisten: ésta es toda la “mala fe” de la empresa de un Sartre, por ejemplo, sólo por volver contra su autor una de sus categorías más inoperantes. La ambigüedad constitutiva de la modernidad, considerada de manera superficial ya sea como proceso disciplinario o bien como proceso liberal, ya sea como realización del totalitarismo o como advenimiento del liberalismo, está contenida y suprimida en, con y por la nueva gubernamentalidad que emerge, inspirada por la hipótesis cibernética. Ésta no es otra cosa que el protocolo de experimentación a tamaño natural del Imperio en formación. Su realización y su extensión, al producir efectos de verdad devastadores, corroen ya todas las instituciones y las relaciones sociales fundadas sobre el liberalismo y transforman tanto la naturaleza del capitalismo como las posibilidades de su contestación. El gesto cibernético se afirma mediante una denegación de todo lo que escape a la regulación, de todas las líneas de fuga por las que se compone la existencia en los intersticios de la norma y de los dispositivos, de todas las fluctuaciones comportamentales que no siguieran in fine unas leyes naturales. En la medida en que ha conseguido producir sus propias veredicciones, la hipótesis cibernética es hoy en día el antihumanismo más consecuente, aquel que quiere mantener el orden general de las cosas al mismo tiempo que se vanagloria de haber superado lo humano.

Como todo discurso, la hipótesis cibernética sólo se ha podido verificar asociándose a los entes o a las ideas que la refuerzan, experimentándose a su contacto, plegando el mundo a sus leyes en un proceso continuo de autovalidación. De ahora en adelante, es un conjunto de dispositivos que ambiciona tomar a su cargo la totalidad de la existencia y de lo existente. El griego kybernesis significa, en sentido propio, “acción de pilotar una nave”, y, en sentido figurado, “acción de dirigir, de gobernar”. En su curso de 1981-1982, Foucault insiste en la significación de esta categoría de “pilotaje” en el mundo griego y romano al sugerir que ella podría tener un alcance más contemporáneo: “La idea del pilotaje como arte, como técnica teórica y práctica a la vez, necesaria para la existencia, es una idea importante, creo, y que merecería eventualmente ser analizada con un poco de detenimiento, en la medida en que, como ven, hay por lo menos tres tipos de técnicas que se refieren con mucha regularidad a ese modelo del pilotaje: en primer lugar, la medicina; segundo, el gobierno político; tercero, la dirección y el gobierno de sí mismo. En la literatura griega, helenística y romana, estas tres actividades (curar, dirigir a los otros, gobernarse a sí mismo) se refieren muy regularmente a dicha imagen del pilotaje. Y creo que esta imagen del pilotaje resalta bastante bien un tipo de saber y de prácticas entre los que los griegos y los romanos reconocían un parentesco indudable, y para las cuales trataban de establecer una tekhné (un arte, un sistema meditado de prácticas referido a principios generales, nociones y conceptos): el Príncipe, en la medida en que debe gobernar a los demás, gobernarse a sí mismo, curar los males de la ciudad, los males de los ciudadanos y los suyos propios; quien se gobierna como se gobierna una ciudad, curando sus propios males; el médico, que tiene que emitir su juicio no sólo sobre los males del cuerpo sino sobre los males del alma de los individuos. En fin, como ven, tenemos aquí todo un paquete, todo un conjunto de nociones en el espíritu de los griegos y los romanos que competen, me parece, a un mismo tipo de saber, un mismo tipo de actividad, un mismo tipo de conocimiento conjetural. Y considero que se podría rehacer toda la historia de esta metáfora prácticamente hasta el siglo XVI, precisamente cuando la definición de un nuevo arte de gobernar, centrado en la razón de Estado, distinguirá, ahora de una manera radical, gobierno de sí/medicina/gobierno de los otros — por otra parte, no sin que la imagen del pilotaje, como ustedes bien saben, siga ligada a la actividad, una actividad que se llama precisamente actividad de gobierno.”

Lo que los oyentes de Foucault se supone que bien saben, y que él se cuida mucho de exponer, es que hacia finales del siglo XX, la imagen del pilotaje, es decir, de la gestión, se ha vuelto la metáfora cardinal para describir no solamente la política sino también toda la actividad humana. La cibernética deviene el proyecto de una racionalización sin límites. En 1953, cuando publica The Nerves of Government en pleno período de desarrollo de la hipótesis cibernética en las ciencias naturales, Karl Deutsch, un universitario estadounidense en ciencias sociales, se toma en serio las posibilidades políticas de la cibernética. Él recomienda abandonar las viejas concepciones soberanistas del poder que desde mucho tiempo atrás han sido la esencia de la política. Gobernar equivaldrá a inventar una coordinación racional de los flujos de informaciones y decisiones que circulan en el cuerpo social. Tres condiciones asegurarán esto, dice: instalar un conjunto de captores para no perder ninguna información procedente de los “sujetos”; tratar las informaciones mediante correlación y asociación; situarse a proximidad de cada comunidad viviente. La modernización cibernética del poder y de las formas caducas de autoridad social se anuncia por tanto como producción visible de la “mano invisible” de Adam Smith que servía hasta entonces como piedra angular mística a la experimentación liberal. El sistema de comunicación resultará el sistema nervioso de las sociedades, la fuente y el destino de todo poder. La hipótesis cibernética enuncia, de este modo, ni más ni menos, la política del “fin de la política”. Representa un paradigma y una técnica de gobierno a la vez. Su estudio muestra que la policía no es solamente un órgano del poder sino también una forma del pensamiento.

La cibernética es el pensamiento policial del Imperio, animada por completo, histórica y metafísicamente, por una concepción ofensiva de la política. En la actualidad acaba por integrar las técnicas de individuación —o de separación— y de totalización que se habían desarrollado separadamente: de normalización, “la anatomo-política”, y de regulación, la “bio-política”, por decirlo como Foucault. Llamo policía de las cualidades a sus técnicas de separación. Y, siguiendo a Lukács, llamo producción social de sociedad a sus técnicas de totalización. Con la cibernética, producción de subjetividades singulares y producción de totalidades colectivas se engranan para replicar la Historia bajo la forma de un falso movimiento de evolución. Ella efectúa el fantasma de un Mismo que siempre consigue integrar al Otro: como lo explica un cibernético, “toda integración real se funda en una previa diferenciación”. A este respecto, sin duda nadie mejor que el “autómata” Abraham Moles, su ideólogo francés más celoso, ha sabido expresar esta pulsión de muerte sin reparto que anima a la cibernética: “Concebimos que una sociedad global, un Estado, puedan encontrarse regulados de tal suerte que estén protegidos contra todos los accidentes del devenir: tal como en sí mismos la eternidad los cambia. Es el ideal de una sociedad estable traducido por medio de mecanismos sociales objetivamente controlables”. La cibernética es la guerra librada a todo lo que vive y a todo lo que dura. Al estudiar la formación de la hipótesis cibernética, propongo aquí una genealogía de la gubernamentalidad imperial. Y a continuación le opongo otros saberes guerreros, que ella borra cotidianamente y por los cuales acabará siendo derribada.

II

“La vida sintética es ciertamente uno de los productos posibles de la evolución del control tecnoburocrático, de igual manera que el retorno del planeta entero al nivel inorgánico es —bastante irónicamente— otro más de los resultados posibles de esta misma revolución que toca a la tecnología de control.”

James R. Beniger, The Control Revolution, 1986

Incluso si los orígenes del dispositivo Internet son hoy en día bien conocidos, merece la pena destacar nuevamente su significación política. Internet es una máquina de guerra inventada por analogía con el sistema de autopistas — que fue asimismo concebido por el Ejército Estadounidense como instrumento descentralizado de movilización interior. Los militares estadounidenses querían un dispositivo que preservara la estructura de mando en caso de ataque nuclear. La respuesta consistió en una red electrónica capaz de redirigir automáticamente la información incluso si la cuasitotalidad de los vínculos eran destruidos, permitiendo así a las autoridades sobrevivientes permanecer respectivamente en comunicación y tomar decisiones. Con un dispositivo así podría ser mantenida la autoridad militar de cara a la peor de las catástrofes. Internet es, por tanto, el resultado de una transformación nomádica de la estrategia militar. Con una planificación así en su raíz cabe dudar de las características pretendidamente antiautoritarias de este dispositivo. Al igual que el Internet, que de ella deriva, la cibernética es un arte de la guerra cuyo objetivo es salvar la cabeza del cuerpo social en caso de catástrofe. Lo que aflora histórica y políticamente durante el período entreguerras, y a lo cual responde la hipótesis cibernética, fue el problema metafísico de la fundación del orden a partir del desorden. El conjunto del edificio científico, en lo que éste debía a las concepciones deterministas que encarnaba la física mecanicista de Newton, se desmorona en la primera mitad del siglo. Es preciso imaginarse a las ciencias de esta época como territorios desgarrados entre la restauración neopositivista y la revolución probabilista, y luego tanteando hacia un compromiso histórico para que la ley sea redefinida a partir del caos, lo seguro [certain] a partir de lo probable. La cibernética atraviesa ese movimiento —iniciado en Viena en el cambio de siglo y luego transportado a Inglaterra y los Estados Unidos en los años 30 y 40— que construye un Segundo Imperio de la Razón, en el cual se ausenta la idea de Sujeto hasta entonces juzgada indispensable. En cuanto saber, reúne un conjunto de discursos heterogéneos que conforman la prueba común del problema práctico del dominio de la incertidumbre. Tan bien que ellos expresan fundamentalmente, en sus diversos dominios de aplicación, el deseo de que un orden sea restaurado y, más aún, de que sepa mantenerse.

La escena fundadora de la cibernética tiene lugar entre los científicos en un contexto de guerra total. Sería vano buscar aquí alguna razón maliciosa o los rastros de un complot: encontramos más bien a un simple puñado de hombres ordinarios, movilizados para los Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial. Norbert Wiener, científico estadounidense de origen ruso, está a cargo de desarrollar con algunos colegas una máquina de predicción y de control de las posiciones de los aviones enemigos con vistas a su destrucción. En ese entonces no era posible prever con certeza más que correlaciones entre ciertas posiciones del avión y ciertos de sus comportamientos. La elaboración del “Predictor”, la máquina de previsión encargada a Wiener, requiere pues un método particular de tratamiento de las posiciones del avión y de comprensión de las interacciones entre el arma y su blanco. Toda la historia de la cibernética apunta a conjurar esta imposibilidad de determinar al mismo tiempo la posición y el comportamiento de un cuerpo. La intuición de Wiener consiste en traducir el problema de la incertidumbre en un problema de información al interior de una serie temporal donde ciertos datos ya son conocidos, otros aún no, y en considerar al objeto y al sujeto del conocimiento como un todo, como un “sistema”. La solución consiste en introducir constantemente en el juego de los datos iniciales la desviación [l’écart] constatada entre el comportamiento deseado y el comportamiento efectivo, de suerte que ambos coincidan cuando la desviación se anule, como lo ilustra el mecanismo de un termostato. El descubrimiento supera considerablemente las fronteras de las ciencias experimentales: controlar un sistema dependería en última instancia de la institución de una circulación de informaciones denominada “feedback” o retro-acción. El alcance de estos resultados para las ciencias naturales y sociales es expuesto en 1948 en París, en una obra que responde al sibilino título de Cybernetics, que para Wiener designa la doctrina del “control y la comunicación en el animal y la máquina”.

La cibernética emerge, por tanto, bajo el abordo inofensivo de una simple teoría de la información, una información sin origen preciso, siempre-ya ahí en potencia en el entorno de cualquier situación. Ella pretende que el control de un sistema se obtiene mediante un grado óptimo de comunicación entre sus partes. Este objetivo reclama en primer lugar la extorsión continua de informaciones, procesos de separación entre los entes y sus cualidades, de producción de diferencias. Dicho de otro modo, el dominio de la incertidumbre pasa por la representación y la memorización del pasado. La imagen espectacular, la codificación matemática binaria —aquella que inventa Claude Shannon en Mathematical Theory of Communication el mismo año en que se enuncia la hipótesis cibernética— por un lado, la invención de máquinas de memoria que no alteren la información y el increíble esfuerzo para su miniaturización —que es la función estratégica determinante de las nanotecnologías actuales— por el otro, conspiran para crear tales condiciones a nivel colectivo. Así conformada, la información debe retornar a continuación hacia el mundo de los entes, religándolos unos con otros, del mismo modo en que la circulación mercantil garantiza su puesta en equivalencia. La retroacción, clave de la regulación del sistema, reclama ahora una comunicación en sentido estricto. La cibernética es el proyecto de una re-creación del mundo por medio de la puesta en bucle infinita de estos dos momentos: la representación que separa, la comunicación que religa, la primera que da la muerte, la segunda que imita la vida.

El discurso cibernético comienza por enviar al estante de los falsos problemas las controversias del siglo XIX que oponían las visiones mecanicistas a las visiones vitalistas u organicistas del mundo. Postula una analogía de funcionamiento entre los organismos vivos y las máquinas, asimilados bajo la noción de “sistema”. A partir de esto la hipótesis cibernética justifica dos tipos de experimentaciones científicas y sociales. La primera apunta a hacer una mecánica de los seres vivientes, para dominar, programar y determinar al hombre y la vida, a la sociedad y su “devenir”. Alimenta tanto el retorno del eugenismo como el fantasma biónico. Busca científicamente el fin de la Historia; aquí nos hallamos inicialmente en el terreno del control. La segunda apunta a imitar con máquinas lo viviente, primero en cuanto individuos, lo que conduce tanto a los desarrollos de robots al igual que de la inteligencia artificial; después en cuanto colectivos, lo que conduce a la puesta en circulación de informaciones y a la constitución de “redes”. Aquí nos situamos más bien en el terreno de la comunicación. Si bien están socialmente compuestos de poblaciones muy diversas —biólogos, médicos, informáticos, neurólogos, ingenieros, consultores, policías, publicistas, etc.— las dos corrientes de cibernéticos no permanecen menos reunidas por el común fantasma de un Autómata Universal, análogo al que Hobbes tenía del Estado en el Leviatán, “hombre (o animal) artificial”.

La unidad de las avanzadas cibernéticas proviene de un método, es decir que ella se ha impuesto como método de inscripción del mundo, estrago experimental y esquematismo proliferante a la vez. Esta unidad corresponde a la explosión de las matemáticas aplicadas consecutiva a la desesperanza que causó el austríaco Kurt Gödel cuando demostró que toda tentativa de fundación lógica de las matemáticas, y de unificación de las ciencias de este modo, estaba condenada a la “incompletitud”. Con la ayuda de Heisenberg, acaba por desmoronarse más de un siglo de justificación positivista. Es Von Neumann quien expresa en el último extremo este abrupto sentimiento de aniquilamiento de los fundamentos. Él interpreta la crisis lógica de las matemáticas como la marca de la imperfección ineluctable de toda creación humana. Quiere por consiguiente establecer una lógica que pueda ser al fin coherente, ¡una lógica que sólo podría provenir del autómata! De matemático puro pasa a ser el agente de un mestizaje científico, de una matematización general que permitirá reconstruir desde abajo, desde la práctica, la unidad perdida de las ciencias cuya expresión teórica más estable debía ser la cibernética. No hay demostración, no hay discurso, no hay libro, no hay lugar que desde entonces no sea animado por el lenguaje universal del esquema explicativo, por la forma visual del razonamiento. La cibernética transporta el proceso de racionalización común a la burocracia y al capitalismo, al primer piso de la modelización total. Herbert Simon, el profeta de la Inteligencia Artificial, retoma en los años 60 el programa de Von Neumann con el fin de construir un autómata de pensamiento. Se trata de una máquina dotada de un programa, llamado sistema-experto, que debe ser capaz de tratar la información con el fin de resolver los problemas que conoce cada dominio de competencia particular, y, por asociación, ¡el conjunto de problemas prácticos encontrados por la humanidad! El General Problem Solver (GPS), creado en 1972, es el modelo de esa competencia universal que resume todas las demás, el modelo de todos los modelos, el intelectualismo más aplicado, la realización práctica del adagio preferido de los pequeños amos sin dominio [maîtres sans maîtrise], según el cual “no hay problemas; sólo hay soluciones”.

La hipótesis cibernética progresa indistintamente como teoría y como tecnología, la una asegurando siempre a la otra. En 1943, Wiener conoce a John Von Neumann, encargado de construir máquinas lo suficientemente rápidas y potentes como para efectuar los cálculos necesarios para el desarrollo del proyecto Manhattan, en el que trabajaban 15 000 científicos e ingenieros, así como 300 000 técnicos y obreros, bajo la dirección del físico Robert Oppenheimer: la computadora y la bomba atómica nacen juntas. Desde el punto de vista del imaginario contemporáneo, “la utopía de la comunicación” es pues el mito complementario a aquel de la invención de lo nuclear: siempre se trata de completar el ser-conjunto mediante exceso de vida o mediante exceso de muerte, mediante fusión terrestre o mediante suicidio cósmico. La cibernética se presenta como la respuesta mejor adaptada al Gran Miedo de la destrucción del mundo y la especie humana. Von Neumann es su agente doble, el “inside outsider” por excelencia. La analogía entre las categorías de descripción de sus máquinas, los organismos vivos, y las de Wiener, sella la alianza de la informática y la cibernética. Harán falta algunos años para que la biología molecular, al principio de la descodificación del ADN, utilice a su vez la teoría de la información para explicar al hombre en cuanto individuo y en cuanto especie, confiriendo por ello mismo una potencia técnica sin igual en la manipulación experimental de los seres humanos en el plano genético.

El desplazamiento de la metáfora del sistema hacia la de la red en el discurso social entre los años 50 y los años 80 apunta hacia la otra analogía fundamental que constituye a la hipótesis cibernética. Asimismo, indica una transformación profunda de esta última. Ya que si se ha hablado de “sistema”, entre cibernéticos, es por comparación con el sistema nervioso, y si hoy en día se habla en las ciencias cognitivas de “red” es que se piensa en la red neuronal. La cibernética es la asimilación de la totalidad de los fenómenos existentes a los del cerebro. Al colocar la cabeza como alfa y omega del mundo, la cibernética se ha asegurado de este modo estar siempre a la vanguardia de las vanguardias, aquella tras la cual ninguna dejaría de correr. En su punto de partida, ella instaura en efecto la identidad entre la vida, el pensamiento y el lenguaje. Este monismo radical se funda sobre una analogía entre las nociones de información y energía. Es introducida por Wiener injertando el discurso de la termodinámica del siglo XIX sobre el suyo propio. La operación consiste en comparar el efecto del tiempo sobre un sistema energético con el efecto del tiempo sobre un sistema de informaciones. Un sistema, en cuanto sistema, nunca es puro ni perfecto: hay degradación de la energía a medida que ésta se intercambia del mismo modo como hay degradación de la información a medida que ésta circula. Esto es lo que Clausius denominó entropía. La entropía, considerada como una ley natural, es el Infierno del cibernético. Ella explica la descomposición de lo viviente, el desequilibrio en economía, la disolución del vínculo social, la decadencia… En un primer momento, especulativo, la cibernética pretende fundar así el terreno común a partir del cual la unificación de las ciencias naturales con las ciencias humanas tiene que ser posible.

Lo que se llamará “segunda cibernética” será el proyecto superior de una experimentación sobre las sociedades humanas: una antropotecnia. La misión del cibernético consiste en luchar contra la entropía general que amenaza a los seres vivientes, a las máquinas, a las sociedades, es decir, en crear las condiciones experimentales de una revitalización permanente, en restaurar continuamente la integridad de la totalidad. “Lo importante no es que el hombre esté presente, sino que exista en cuanto soporte viviente de la idea técnica”, hace constatar el comentador humanista Raymond Ruyer. Con la elaboración y el desarrollo de la cibernética, el ideal de las ciencias experimentales, ya al comienzo de la economía política vía la física newtoniana, viene nuevamente a echar mano fuerte al capitalismo. Se llama desde entonces “sociedad contemporánea” al laboratorio donde se experimenta la hipótesis cibernética. A partir del final de los años 60, gracias a las técnicas que ella ha instruido, la segunda cibernética ya no es una hipótesis de laboratorio sino una experimentación social. Apunta a construir aquello que Giorgio Cesarano llama una sociedad animal estabilizada que “[entre las termitas, las hormigas y las abejas] tiene como presupuesto natural de su funcionamiento automático, la negación del individuo; así, la sociedad animal en su conjunto (termitero, hormiguero o colmena) se concibe en cuanto individuo plural, cuya unidad determina, y es determinada, por la repartición de los roles y las funciones — en el marco de una ‘composición orgánica’ en la que es difícil no ver el modelo biológico de la teleología del Capital”.

III

 “No hace falta ser profeta para reconocer que las ciencias modernas que se van estableciendo, estarán dentro de poco determinadas y dirigidas por la nueva ciencia fundamental, la cibernética. Esta ciencia corresponde a la determinación del hombre como ser cuya esencia es la actividad en el medio social. Ella es en efecto la teoría que tiene por objeto dirigir la posible planificación y organización del trabajo humano.”

Martin Heidegger, El fin de la filosofía y la tarea del pensar, 1966

“En todo caso, la cibernética se ve obligada a reconocer que hasta el momento no es posible llevar a cabo una regulación general de la existencia humana. Por ello, en el dominio universal de la ciencia cibernética, el hombre cuenta por ahora, todavía, como ‘factor de perturbación’. Los planes y las acciones del hombre, aparentemente libres actúan de manera perturbante. Aunque recientemente la ciencia se ha apoderado también de este campo de la existencia humana. Ha emprendido la investigación y planificación estrictamente metódica del posible porvenir del hombre actuante. Ella toma en cuenta las informaciones sobre aquello que es planificable en el hombre.”

Martin Heidegger, La proveniencia del arte y la determinación del pensar, 1967

En 1946 tiene lugar en Nueva York una conferencia de científicos cuyo objeto es extender la hipótesis cibernética a las ciencias sociales. Los participantes se reúnen en torno a una descalificación ilustrada de las filosofías filisteas de lo social que parten del individuo o de la sociedad. La socio-cibernética se tendrá que concentrar en torno a fenómenos intermediarios de feedback sociales, como aquellos que la escuela antropológica estadounidense cree descubrir entonces entre “cultura” y “personalidad” para construir una caracterología de las naciones destinada a los soldados estadounidenses. La operación consiste en reducir el pensamiento dialéctico a una observación de procesos de causalidades circulares en el seno de una totalidad social invariante a priori, en confundir contradicción e inadaptación, como ocurre en la categoría central de la psicología cibernética, el double bind. En cuanto ciencia de la sociedad, la cibernética apunta a inventar una regulación social que pase por encima de esas macro-instituciones que son el Estado y el Mercado en beneficio de micro-mecanismos de control, en beneficio de dispositivos. La ley fundamental de la sociocibernética es la siguiente: crecimiento y control evolucionan en razón inversa. Es por tanto más fácil construir un orden social cibernético a pequeña escala: “el restablecimiento rápido de los equilibrios exige que las desviaciones [écarts] sean detectadas en los lugares mismos donde se producen, y que la acción correctora se efectúe de manera descentralizada”. Bajo la influencia de Gregory Bateson —el Von Neumann de las ciencias sociales— y de la tradición sociológica estadounidense obsesionada con la cuestión de la desviación [déviance] (el hobo, el inmigrante, el criminal, el joven, yo, tú, él, etc.), la socio-cibernética se dirige prioritariamente hacia el estudio del individuo como lugar de feedbacks, es decir, como “personalidad autodisciplinada”. Bateson se vuelve el educador social jefe de la segunda mitad del siglo XX, al principio tanto del movimiento de la terapia familiar como de las formaciones en las técnicas de venta desarrolladas en Palo Alto. Y es que la hipótesis cibernética exige una conformación radicalmente nueva del sujeto, individual o colectivo, en el sentido de un vaciado. Descalifica la interioridad como mito, y con ella toda la psicología del siglo XIX, incluido el psicoanálisis. Ya no se trata de arrancar al sujeto de los vínculos tradicionales exteriores, como pedía la hipótesis liberal, sino de reconstruir vínculo social privando al sujeto de toda sustancia. Hace falta que todos devengan una envoltura sin carne, el mejor conductor posible de la comunicación social, el lugar de un bucle retroactivo infinito que se lleva a cabo sin nodos. De este modo, el proceso de cibernetización consuma el “proceso de civilización”, incluso en la abstracción de los cuerpos y de sus afectos en el régimen de los signos. “En este sentido —escribe Lyotard— el sistema se presenta como la máquina vanguardista que arrastra a la humanidad detrás de ella, deshumanizándola para rehumanizarla en un nivel distinto de capacidad normativa. […] Tal es el orgullo de los decisores, tal es su ceguera. […] Incluso la permisividad con respecto a los diversos juegos está situada bajo la condición de la performatividad. La redefinición de las normas de vida consiste en el mejoramiento de la competencia del sistema en materia de poder.”

Así pues, aguijoneados por la Guerra Fría y la “caza de brujas”, los socio-cibernéticos rastrean incansablemente lo patológico tras lo normal, el comunista que dormita en cada uno. En los años 50 forman a tal efecto la Federación de la Salud Mental, donde se elabora una solución original, cuasi-final, para los problemas de la comunidad y de la época: “La meta última de la salud mental es ayudar a los hombres a vivir con sus semejantes en el interior de un mismo mundo… El concepto de salud mental es coextensivo al orden internacional y a la comunidad mundial que han de ser desarrollados con el fin de que los hombres puedan vivir en paz unos con otros”. Repensando los problemas mentales y las patologías sociales en términos de información, la cibernética funda una nueva política de los sujetos que descansa sobre la comunicación, la transparencia consigo mismo y con los demás. Wiener a su vez tiene que reflexionar, a petición de Bateson, en una socio-cibernética de mayor envergadura que el proyecto de un higienismo mental. Constata sin dolor el fracaso de la experimentación liberal: en el mercado, la información siempre es impura e imperfecta a causa tanto de la mentira publicitaria, de la concentración monopolística de los medios de comunicación, como del desconocimiento de los Estados que contienen, en cuanto colectivo, menos informaciones que la sociedad civil. La extensión de las relaciones mercantiles, al acrecentar la tala de las comunidades, de las cadenas de retroacción, vuelve aún más probables las distorsiones de comunicación y los problemas de control social. No solamente el vínculo social ha sido destruido por el proceso de acumulación pasado, sino que el orden social se manifiesta cibernéticamente imposible en el seno del capitalismo. La fortuna de la hipótesis cibernética es por tanto comprensible a partir de las crisis con las que se topa el capitalismo en el siglo XX, las cuales cuestionan las pretendidas “leyes” de la economía clásica. Y es en esta brecha que se precipita el discurso cibernético.

La historia contemporánea del discurso económico ha de ser considerada desde el ángulo de este ascenso del problema de la información. Desde la crisis de 1929 hasta 1945, la atención de los economistas se dirige hacia las cuestiones de anticipación, de incertidumbre ligada a la demanda, de reajuste entre producción y consumo, de previsión de la actividad económica. La economía clásica descendiente de Smith flaquea como los demás discursos científicos directamente inspirados en la física de Newton. El rol preponderante que tomará la cibernética dentro de la economía después de 1945, se comprende a partir de una intuición de Marx que constataba que “en la economía política, la ley está determinada por su contrario, a saber, la ausencia de leyes. La verdadera ley de la economía política es el azar”. A fin de probar que el capitalismo no es factor de entropía y de caos social, el discurso económico privilegiará, a partir de los años 40, una redefinición cibernética de su psicología. Ésta se apoya en el modelo de la “teoría de juegos” desarrollado por Von Neumann y Oskar Morgenstern en 1944. Los primeros socio-cibernéticos muestran que el homo œconomicus no podría existir más que a condición de una transparencia total de sus preferencias consigo mismo y con los demás. A falta de poder conocer el conjunto de los comportamientos de los demás actores económicos, la idea utilitarista de una racionalidad de las elecciones micro-económicas no es más que una ficción. Bajo la iniciativa de Friedrich von Hayek, el paradigma utilitarista es pues abandonado en beneficio de una teoría de los mecanismos de coordinación espontánea de las elecciones individuales que reconozca que cada agente no tiene sino un conocimiento limitado de los comportamientos ajenos y de los suyos propios. La respuesta consiste en sacrificar la autonomía de la teoría económica injertándola en la promesa cibernética de equilibraje de los sistemas. El discurso híbrido que resulta de ello, llamado a partir de entonces “neoliberal”, presta al mercado unas virtudes de asignación óptima de la información —y ya no de las riquezas— dentro de la sociedad. Por esta razón, el mercado es el instrumento de la coordinación perfecta de los actores gracias al cual la totalidad social encuentra un equilibrio duradero. El capitalismo deviene aquí indiscutible en la medida en que es presentado como simple medio, el mejor medio, para producir la autorregulación social.

Del mismo modo que en 1929, el movimiento de contestación planetario de 1968 y, más aún, la crisis posterior a 1973, vuelven a plantear a la economía política el problema de la incertidumbre, esta vez sobre un terreno existencial y político. Uno se embriaga de teorías rimbombantes: por allí el viejo baboso de Edgar Morin y su “complejidad”, por allá Joël de Rosnay, ese bobo iluminado, y su “sociedad en tiempo real”. La filosofía ecologista se nutre de esta nueva mística del Gran Todo. La totalidad, ahora, no es ya un origen a reencontrar sino un devenir a construir. El problema de la cibernética no es ya el de la previsión del futuro, sino el de la reproducción del presente. Ya no es cuestión de orden estático, sino de dinámica de auto-organización. El individuo ya no está acreditado por ningún poder: su conocimiento del mundo es imperfecto, sus deseos le son desconocidos, es opaco para sí mismo, todo le escapa, de modo que es espontáneamente cooperativo, naturalmente empático, fatalmente solidario. Él no sabe nada de todo esto pero se sabe todo de él. Aquí se elabora la forma más avanzada del individualismo contemporáneo, sobre la cual se injerta la filosofía hayekiana para la cual, toda incertidumbre, toda posibilidad de acontecimiento, no es más que un problema temporal de ignorancia. Convertido en ideología, el liberalismo sirve de cobertura a un conjunto de prácticas técnicas y científicas nuevas, una “segunda cibernética” difusa, que borra deliberadamente su nombre de bautismo. Desde los años 60 el término mismo de cibernética se ha disuelto dentro de unos términos híbridos. El estallido de las ciencias no permite ya en efecto ninguna unificación teórica: la unidad de la cibernética se manifiesta a partir de ahora prácticamente por el mundo que ella configura día a día. Es el instrumento media el cual el capitalismo ha ajustado respectivamente su capacidad de desintegración y su búsqueda de ganancia. Una sociedad amenazada por una descomposición permanente podrá ser aún mejor controlada cuando se forme una red de informaciones, un “sistema nervioso” autónomo, que permitirá pilotearla, escriben en su informe de 1978 para el caso francés esos monos de Estado que son Simon Nora y Alain Minc. Lo que hoy en día se llama “Nueva Economía”, que unifica bajo una misma denominación controlada y de origen cibernético al conjunto de las transformaciones que han conocido desde hace treinta años los países occidentales, es un conjunto de nuevos sujetamientos [assujettisements], una nueva solución al problema práctico del orden social y de su porvenir, es decir, una nueva política.

Bajo la influencia de la informatización, las técnicas de reajuste de la oferta y la demanda, provenientes del período 1930-1970, han sido depuradas, recortadas y descentralizadas. La imagen de la “mano invisible” no es ya una ficción justificadora sino el principio efectivo de la producción social de sociedad, tal como se materializa en los procedimientos de la computadora. Las técnicas de intermediación mercantil y financiera han sido automatizadas. Internet permite simultáneamente conocer las preferencias del consumidor y condicionarlas con la publicidad. En un nivel distinto, toda la información sobre los comportamientos de los agentes económicos circula en forma de títulos que los mercados financieros toman a su cargo. Cada actor de la valorización capitalista es el soporte de bucles de retroacción cuasi-permanentes, en tiempo real. Tanto en los mercados reales como en los mercados virtuales, cada transacción da lugar, a partir de ahora, a una circulación de información sobre los sujetos y los objetos del intercambio que supera la mera fijación del precio, vuelta algo secundario. Por un lado, uno ha rendido cuentas de la importancia de la información como factor de producción distinto del trabajo y del capital, y decisivo para el “crecimiento” en la forma de conocimientos, de innovaciones técnicas, de competencias distribuidas. Por el otro, el sector especializado de la producción de informaciones no ha dejado de aumentar su talla. Y es debido al reforzamiento recíproco de estas dos tendencias por lo que el capitalismo presente debe ser calificado como economía de la información. La información ha devenido la riqueza a extraer y a acumular, transformando al capitalismo en auxiliar de la cibernética. La relación entre capitalismo y cibernética se ha invertido a lo largo del siglo: mientras que, tras la crisis de 1929, se ha construido un sistema de informaciones sobre la actividad económica a fin de servir a la regulación —éste fue el objetivo de todas las planificaciones—, la economía, tras la crisis de 1973, hace descansar el proceso de autorregulación social sobre la valorización de la información.

Nada expresa mejor la victoria contemporánea de la cibernética que el hecho de que el valor puede ser extraído como información sobre la información. La lógica mercantil-cibernética, o “neoliberal”, se extiende a toda la actividad, incluida la aún-no mercantil, con el apoyo sin fallas de los Estados modernos. De manera más general, la precarización de los objetos y los sujetos del capitalismo tiene como corolario un crecimiento de la circulación de informaciones a su respecto: esto también es cierto tanto para el trabajador-parado como para la vaca. La cibernética apunta por consiguiente a inquietar y a controlar en el mismo movimiento. Está fundada sobre el terror, que es un factor de evolución —de crecimiento económico, de progreso moral— pues provee la oportunidad para una producción de informaciones. El estado de emergencia, que es lo propio de las crisis, es lo que permite a la autorregulación ser relanzada, autoconservarse como movimiento perpetuo. Tan bien que a la inversa del esquema de la economía clásica, donde el equilibrio de la oferta y la demanda debería permitir el “crecimiento” y con ello el bienestar colectivo, es, de aquí en adelante, el “crecimiento” lo que es un camino ilimitado hacia el equilibrio. Así pues, es exacto criticar la modernidad occidental como proceso de “movilización infinita”, cuyo destino sería “el movimiento hacia más movimiento”. Pero desde un punto de vista cibernético la autoproducción que caracteriza tanto al Estado y al Mercado como al autómata, al asalariado o al parado, es indiscernible  del autocontrol que la atempera y ralentiza.

IV

“Si las máquinas motrices han constituido la segunda edad de la máquina técnica, las máquinas de la cibernética y de la informática forman una tercera edad que recompone un régimen de avasallamiento generalizado: ‘sistemas hombres-máquinas’, reversibles y recurrentes, sustituyen a las antiguas relaciones de sujetamiento no-reversibles y no-recurrentes entre los dos elementos; la relación del hombre y la máquina se hace en términos de mutua comunicación interna, y ya no de uso o acción. En la composición orgánica del capital, el capital variable define un régimen de sujetamiento del trabajador (plusvalía humana) que tiene como marco principal la empresa o la fábrica; pero, cuando el capital constante crece proporcionalmente cada vez más, en la automación, aparece una nueva esclavitud, al mismo tiempo que el régimen de trabajo cambia, que la plusvalía deviene maquínica y que el marco se extiende por completo a la sociedad. Asimismo se podría decir que un poco de subjetivación nos alejaba del avasallamiento máquinico, pero que mucha nos conduce de nuevo a él.”

Gilles Deleuze, Félix Guattari Mil Mesetas, 1980

“El solo momento de permanencia de una clase en cuanto tal es asimismo el que posee la consciencia para sí: la clase de los gestores del capital en cuanto máquina social. La consciencia que la connota es, con la mayor coherencia, la del apocalipsis, de la autodestrucción.”

Giorgio Cesarano, Manual de supervivencia, 1975

Considerado esto, la cibernética no es simplemente uno de los aspectos de la vida contemporánea, su cara neotecnológica por ejemplo, sino el punto de partida y el punto de llegada del nuevo capitalismo. Capitalismo cibernético — ¿qué significa esto? Esto quiere decir que desde los años 70 nos enfrentamos a una formación social emergente que toma el relevo del capitalismo fordista y que resulta de la aplicación de la hipótesis cibernética a la economía política. El capitalismo cibernético se desarrolla a fin de permitir al cuerpo social devastado por el Capital, reformarse y ofrecerse para un ciclo más en el proceso de acumulación. Por un lado el capitalismo debe crecer, lo que implica una destrucción. Por el otro debe reconstruir “comunidad humana”, lo que implica una circulación. “Hay —escribe Lyotard— dos usos de la riqueza, es decir, de la potencia-poder: uno reproductivo y otro saqueador. El primero es circular, global, orgánico; el segundo es parcial, mortífero, celoso. […] El capitalista es un conquistador y el conquistador es un monstruo, un centauro: su tren delantero se alimenta de reproducir el sistema reglado de las metamorfosis controladas bajo la ley de la mercancía-patrón, y su tren trasero de saquear las energías sobreexcitadas. Con una mano se apropia de algo, por tanto conserva, es decir, reproduce en la equivalencia, reinvierte; con la otra toma y destruye, roba y huye, abriendo otro espacio, otro tiempo”. Las crisis del capitalismo, tal como las comprendía Marx, siempre provienen de una desarticulación entre el tiempo de la conquista y el tiempo de la reproducción. La función de la cibernética es la de evitar estas crisis asegurando la coordinación entre “el tren trasero” y el “tren delantero” del Capital. Su desarrollo es una respuesta endógena aportada al problema planteado al capitalismo, que es el de desarrollarse sin desequilibrios fatales.

En la lógica del Capital, el desarrollo de la función de pilotaje, de “control”, corresponde a la subordinación de la esfera de la acumulación a la esfera de la circulación. Para la crítica de la economía política, la circulación no debería ser menos sospechosa, en efecto, que la producción. Ella no es, como Marx lo sabía, sino un caso particular de la producción tomada en sentido general. La socialización de la economía —es decir, la interdependencia entre los capitalistas y los demás miembros del cuerpo social, la “comunidad humana”—, la ampliación de la base humana del Capital, hace que la extracción de la plusvalía, que está en la base de la ganancia, no esté ya centrada en la relación de explotación instituida por el asalariado. El centro de gravedad de la valorización se desplaza al lado de la esfera de la circulación. A falta de poder reforzar las condiciones de explotación, lo que implicaría una crisis del consumo, la acumulación capitalista podrá no obstante proseguir a condición de que se acelere el ciclo producción-consumo, es decir, de que se acelere tanto el proceso de producción como la circulación mercantil. Lo que ha quedado perdido en el nivel estático de la economía podrá ser compensado en el nivel dinámico. La lógica de flujos dominará a la lógica del producto acabado. En cuanto factor de riqueza, la velocidad primará sobre la cantidad. La cara oculta del mantenimiento de la acumulación es la aceleración de la circulación. Los dispositivos de control tienen por consiguiente como función el maximizar el volumen de los flujos mercantiles minimizando los acontecimientos, los obstáculos, los accidentes que los ralentizarían. El capitalismo cibernético tiende a abolir el propio tiempo, a maximizar la circulación fluida hasta su punto máximo, la velocidad de la luz, como ya lo tienden a realizar ciertas transacciones financieras. Las categorías de “tiempo real” o de “justo a tiempo” demuestran bastante este odio a la duración. Por esta misma razón, el tiempo es nuestro aliado.

Esta propensión del capitalismo al control no es nueva. No es posmoderna más que en el sentido en que la posmodernidad se confunde con la modernidad en su cuarto menguante. Es por esta misma razón que se desarrolló la burocracia a finales del siglo XIX y las tecnologías informáticas tras la Segunda Guerra Mundial. La cibernetización del capitalismo comenzó a finales de los años 1870 con un control creciente de la producción, la distribución y el consumo. Desde este momento la información sobre los flujos lleva consigo una importancia estratégica central como condición de la valorización. El historiador James Beniger cuenta que los primeros problemas de control surgieron cuando las primeras colisiones de trenes tuvieron lugar, poniendo en peligro tanto a éstos como a las mercancías y las vidas humanas. La señalización de las vías férreas, los aparatos de medida de los tiempos de recorrido y de transmisión de los datos tuvieron que ser inventados a fin de evitar tales “catástrofes”. El telégrafo, los relojes sincronizados, los organigramas dentro de las grandes empresas, los sistemas de pesaje, las hojas de ruta, los procedimientos de evaluación de los resultados, los mayoristas, la cadena de montaje, la toma centralizada de decisión, la publicidad en los catálogos y los medios de comunicación de masas fueron parte de los dispositivos inventados durante este período para responder, en todas las esferas del circuito económico, a una crisis generalizada del control asociada a la aceleración de la producción que provocaba la revolución industrial en los Estados Unidos. Los sistemas de información y control se desarrollan por tanto al mismo tiempo que se extiende el proceso capitalista de transformación de la materia. Se forma y aumenta de tamaño una clase de intermediarios, de middlemen, que Alfred Chandler denominó la “mano visible” del Capital. A partir del fin del siglo XX, se constata que la previsibilidad deviene una fuente de ganancia en la medida que es una fuente de confianza. El fordismo y el taylorismo se inscriben dentro de este movimiento, así como el desarrollo del control sobre la masa de los consumidores y sobre la opinión pública mediante el marketing y la publicidad, encargados de arrancar por la fuerza y luego de poner a trabajar las “preferencias” que, según la hipótesis de los economistas marginalistas, son la verdadera fuente del valor. La inversión en las tecnologías de planificación y de control, organizacionales o puramente técnicas, deviene más y más rentable. Luego de 1945, la cibernética provee al capitalismo una nueva infraestructura de máquinas —las computadoras— y sobre todo una tecnología intelectual que permiten regular la circulación de los flujos dentro de la sociedad, hacer de ésta unos flujos exclusivamente mercantiles.

Que el sector económico de la información, de la comunicación y del control haya tomado una parte creciente dentro de la economía desde la Revolución Industrial, que el “trabajo inmaterial” aumenta en relación al trabajo material, esto no tiene, por tanto, nada de sorprendente ni de nuevo. Ese sector moviliza actualmente, en los países industrializados, más de 2/3 de la fuerza de trabajo. Pero esto no basta para definir al capitalismo cibernético. Éste, puesto que hace depender de continuo su equilibrio y su crecimiento de sus capacidades de control, ha cambiado de naturaleza. La inseguridad, mucho antes que la escasez, es el núcleo [nœud] de la economía capitalista actual. Como lo presienten Wittgenstein a partir de la crisis de 1929 y Keynes tras de él —existe un vínculo muy fuerte entre el “estado de confianza” y la curva de eficiencia marginal del Capital, escribe este último en el capítulo XII de la Teoría general en febrero de 1934—, la economía descansa en definitiva sobre un “juego del lenguaje”. Los mercados, y con ellos las mercancías y los comerciantes, la esfera de la circulación en general y, consecuentemente, la empresa, la esfera de la producción en cuanto lugar de previsión de rendimientos por venir, no existen sin convenciones, normas sociales, normas técnicas o normas de lo verdadero, un meta-nivel que hace existir los cuerpos, las cosas en cuanto mercancías, incluso antes de que sean objeto de un precio. Los sectores del control y la comunicación se desarrollan porque la valorización mercantil necesita la organización de una circulación en bucle de informaciones, paralela a la circulación de las mercancías, la producción de una creencia colectiva que se objetiva en el valor. Para advenir, todo intercambio requiere “inversiones de forma” —una información sobre y una puesta en forma de aquello que es intercambiado—, un formateo que vuelve posible la puesta en equivalencia antes de que tenga efectivamente lugar, un condicionamiento que es también una condición del acuerdo sobre el mercado. Esto es cierto para los bienes; y lo es también para las personas. Perfeccionar la circulación de informaciones será equivalente a perfeccionar el mercado en cuanto instrumento universal de coordinación. Contrariamente a lo que suponía la hipótesis liberal, para sostener el capitalismo frágil, el contrato no se basta a sí mismo dentro de las relaciones sociales. Se toma consciencia, después de 1929, de que todo contrato debe ser provisto de controles. La entrada de la cibernética en el funcionamiento del capitalismo apunta a minimizar las incertidumbres, las inconmensurabilidades, los problemas de anticipaciones que podrían inmiscuirse en toda transacción mercantil. Ella contribuye a consolidar la base sobre la cual pueden tener lugar los mecanismos del capitalismo, contribuye a lubricar la máquina abstracta del Capital.

Con el capitalismo cibernético, el momento político de la economía política domina por consiguiente su momento económico. O como lo comprende Joan Robinson desde la teoría económica al comentar a Keynes: “En cuanto se admite la incertidumbre de las anticipaciones que guían al comportamiento económico, el equilibrio deja de tener importancia y su lugar es tomado por la Historia”. El momento político, entendido aquí en el sentido amplio de aquello que sujeta [assujettit], de aquello que normaliza, de aquello que determina lo que pasa a través de los cuerpos y puede registrarse como valor socialmente reconocido, de aquello que extrae forma de las formas-de-vida, es esencial tanto para el “crecimiento” como para la reproducción del sistema: por un lado la captación de energías, su orientación, su cristalización, deviene la fuente primaria de valorización; por el otro la plusvalía puede provenir de cualquier punto del tejido biopolítico a condición de que éste se reconstituya una y otra vez. Que el conjunto de los gastos pueda tendencialmente metamorfosearse en cualidades valorizables significa asimismo que el Capital compenetra todos los flujos vivientes: socialización de la economía y antropomorfosis del Capital son dos procesos solidarios e indisociables. Para que éstos se lleven a cabo, es necesario y suficiente que toda acción contingente sea tomada al interior de un mixto de dispositivos de vigilancia y de aprehensión [saisie, como se verá en el sentido de “captura de datos”]. Los primeros están inspirados en la prisión, en cuanto ésta introduce un régimen de visibilidad panóptico, centralizado. Han sido durante mucho tiempo el monopolio del Estado moderno. Los segundos están inspirados en la técnica informática, en cuanto ésta aspira a un régimen de cuadriculado descentralizado y en tiempo real. El horizonte común de ambos dispositivos es el de una transparencia total, el de una correspondencia absoluta entre el mapa y el territorio, de una voluntad de saber a un grado de acumulación tal que deviene voluntad de poder [pouvoir]. Una de las avanzadas de la cibernética ha consistido en clausurar los sistemas de vigilancia y seguimiento al asegurarse de que los vigilantes y los seguidores sean a su vez vigilados y/o seguidos, y todo ello al grado de una socialización del control que es la marca de la pretendida “sociedad de la información”. El sector del control se autonomiza a causa de que se impone la necesidad de controlar el control, siendo duplicados los flujos mercantiles por flujos de informaciones cuya circulación y seguridad deben a su vez ser optimizadas. En la cumbre de este escalonamiento de los controles, el control estatal, la policía y el derecho, la violencia legítima y el poder judicial, desempeñan un rol de controladores en última instancia. Esta sobrepuja de vigilancia que caracteriza a las “sociedades de control” es explicada de manera sencilla por Deleuze: “tienen fugas por doquier”. Esto es lo que el control confirma constantemente en su necesidad. “En las sociedades de disciplina no parábamos de recomenzar (de la escuela al cuartel, etc…), mientras que en las sociedades de control jamás terminamos nada”.

Así pues, no hay nada sorprendente en ver al desarrollo del capitalismo cibernético acompañarse de un desarrollo de todas las formas de represión, de un hiper-seguritarismo. La disciplina tradicional, la generalización del estado de emergencia, de la emergenza, son llevadas a aumentar en un sistema orientado completamente hacia el miedo de la amenaza. La contradicción aparente entre un reforzamiento de las funciones represivas del Estado y un discurso económico neoliberal que preconiza lo “menos de Estado” —que permite, por ejemplo, que Loïc Wacquant se lance a una crítica de la ideología liberal que oculta el ascenso del “Estado penal”— sólo se puede comprender haciendo referencia a la hipótesis cibernética. Lyotard lo explica: “En todo sistema cibernético existe una unidad de referencia que permite medir la desviación [écart] producida por la introducción de un acontecimiento en el sistema, para enseguida, gracias a esta medida, traducir este acontecimiento en información para el sistema, si se trata, finalmente, de un conjunto regulado en homeostasia, anular esa desviación y reconducir el sistema a la cantidad de energía o de información que precedentemente era la suya. […] Detengámonos aquí un poco. Veamos cómo la adopción de este punto de vista sobre la sociedad, o sea la fantasía despótica que tiene el amo de colocarse en el presunto lugar del cero central y de identificarse de ese modo con la Nada matricial […] sólo puede coaccionarlo a extender su idea de la amenaza y por lo tanto de la defensa. Porque ¿cuál es el acontecimiento que no comportaría amenaza, desde este punto de vista? Ninguno; todos, por el contrario, puesto que son perturbaciones de un orden circular, que reproducen lo mismo, que exigen una movilización de la energía con fines de apropiación y de eliminación. ¿Es esto ‘abstracto’? ¿Hace falta un ejemplo? Es el proyecto mismo que perpetra, en Francia y en las altas esferas, la institución de una Defensa Operacional del Territorio, garantizada por un Centro de Operaciones del Ejército Terrestre, cuya especificidad es la de evitar toda amenaza ‘interna’, aquello que surge en los oscuros repliegues del cuerpo social, y de la que el ‘estado-mayor’ pretende ser nada menos que su cabeza clarividente: esta clarividencia se llama fichero nacional; […] la traducción del acontecimiento en información para el sistema se denomina informe […]; y, por último, la ejecución de las órdenes reguladoras y su inscripción en el ‘cuerpo social’, sobre todo cuando uno se imagina esto presa de alguna intensa emoción, por ejemplo en el miedo pánico que lo sacudiría en cualquier sentido en caso de que se desencadenara la guerra nuclear (entiéndase además: vaya uno a saber dónde se levantaría una ola, que se juzgara insana, de protesta, contestación, deserción civil) — esta ejecución requiere la infiltración asidua y fina de los canales emisores dentro de la ‘carne’ social, o sea, como lo dice de maravilla cierto oficial superior, la ‘policía de los movimientos espontáneos’”. La prisión está pues en la cumbre de una cascada de dispositivos de control, siendo en última instancia el garante de que ningún acontecimiento perturbador, tal que consiga trabar la circulación de personas y bienes, habrá tenido lugar en el cuerpo social. Consistiendo la lógica de la cibernética en reemplazar las instituciones centralizadas, las formas sedentarias de control, por dispositivos de trazado, por formas nómadas de control, la prisión, como dispositivo clásico de vigilancia, es evidentemente conducida a ser prolongada mediante dispositivos de aprehensión, como por ejemplo el brazalete electrónico. El desarrollo de las community police en el mundo anglosajón, o en el caso francés de la “policía de proximidad”, responde asimismo a una lógica cibernética de conjuración del acontecimiento, de organización de la retroacción. De acuerdo con esta lógica, las perturbaciones dentro de una zona serán tanto mejor ahogadas cuanto se vean amortiguadas por las subzonas más próximas del sistema.

Si la represión tiene el rol, en el capitalismo cibernético, de conjuración del acontecimiento, la previsión es su corolario, en la medida en que apunta a eliminar la incertidumbre ligada a todo futuro. Ésta es la apuesta de las tecnologías estadísticas. Mientras que las del Estado benefactor se dirigían completamente hacia la anticipación de los riesgos, probabilizados o no, las del capitalismo cibernético apuntan a multiplicar los dominios de responsabilidad. El discurso del riesgo es el motor del despliegue de la hipótesis cibernética: es primeramente difundido para ser a continuación interiorizado. Porque los riesgos son tanto mejor aceptados cuanto más suceda que los que están expuestos a ellos tengan la impresión de que han escogido tomar tales riesgos, de que se sienten más responsables de ellos y más aún cuando tienen el sentimiento de poder controlarlos y dominarlos por ellos mismos. Pero, como lo admite un experto, el “riesgo cero” no existe: “la noción de riesgo debilita mucho los vínculos causales, pero haciendo esto no los hace desaparecer. Al contrario, los multiplica. […] Considerar un peligro en términos de riesgo supone forzosamente admitir que nunca podremos precavernos absolutamente de él: se lo podrá gestionar o domesticar, pero nunca anularlo.” Es en virtud de su permanencia para el sistema que el riesgo es un instrumento ideal para la afirmación de nuevas formas de poder que favorecen la influencia creciente de los dispositivos sobre los colectivos y los individuos. Elimina todo tema de conflicto mediante la aglomeración obligatoria de los individuos en torno a la gestión de amenazas que supuestamente conciernen a todo el mundo de la misma manera. El argumento que se querría hacernos admitir es el siguiente: cuanta más seguridad hay, más producción concomitante de inseguridad habrá. Y si piensas que la inseguridad crece a medida que la previsión es cada vez más infalible, es que tú mismo tienes miedo de los riesgos. Y si tienes miedo de los riesgos, si no confías en el sistema para controlar integralmente tu vida, tu miedo corre peligro de ser contagioso y de presentar un riesgo muy real de desconfianza hacia el sistema. Dicho de otro modo, tener miedo de los riesgos es ya representar, uno mismo, un riesgo para la sociedad. El imperativo de circulación mercantil sobre el cual reposa el capitalismo cibernético se metamorfosea en fobia general, en fantasma de autodestrucción. La sociedad de control es una sociedad paranoica, lo cual es confirmado sin mucho trabajo por la proliferación en su seno de las teorías de la conspiración. Es así que cada individuo es subjetivado en el capitalismo cibernético como dividuo de riesgos, como el enemigo cualquiera de la sociedad equilibrada.

No hace falta sorprenderse entonces de que el razonamiento de esos colaboradores natos del Capital que son François Ewald o Denis Kessler en Francia sea el de afirmar que el Estado benefactor, característico del modo de regulación social fordista, al reducir los riesgos sociales, haya acabado por desresponsabilizar a los individuos. El desmantelamiento de los sistemas de protección social, al cual asistimos desde el comienzo de los años 80, apunta por consiguiente a responsabilizar a cada uno, haciendo llevar a todos los “riesgos” que por sí solos hacen sufrir a los capitalistas en el conjunto del “cuerpo social”. En el fondo se trata de inculcar el punto de vista de la reproducción de la sociedad a cada individuo, que ya no deberá esperar nada de ella, sino que deberá sacrificarle todo. Ocurre que la regulación social de las catástrofes y de lo imprevisto ya no puede ser gestionada, como lo era en la Edad Media durante las lepras, mediante la mera exclusión social, la lógica del chivo expiatorio, la contención y el cercamiento. Si todo el mundo tiene que devenir responsable del riesgo que hace correr a la sociedad, es que uno ya no  puede excluir nada sin privarse de una fuente potencial de beneficio. Así pues, el capitalismo cibernético consigue que vayan de la mano socialización de la economía y ascenso del “principio-responsabilidad”. Produce al ciudadano en cuanto “dividuo de riesgos” que autoneutraliza su potencial de destrucción del orden. De esta manera se trata de generalizar el auto-control, disposición que favorece la proliferación de dispositivos y que asegura un retransmisor [relais] eficaz. Toda crisis, en el capitalismo cibernético, prepara un reforzamiento de los dispositivos. Tanto la contestación anti-OGM como la “crisis de las vacas locas” de estos últimos años en Francia, han permitido, en definitiva, instituir una trazabilidad inédita de los dividuos y las cosas. La profesionalización acrecentada del control —que es, junto con los seguros, uno de los sectores económicos cuyo crecimiento resulta garantizado por la lógica cibernética— no es sino la otra cara del ascenso del ciudadano, como subjetividad política que ha autorreprimido totalmente el riesgo que representa objetivamente. La vigilancia ciudadana contribuye de este modo al mejoramiento de los dispositivos de pilotaje.

Mientras que el ascenso del control a finales del siglo XIX pasaba por una disolución de los vínculos personalizados —lo que condujo a que se haya podido hablar de “desaparición de las comunidades”—, en el capitalismo cibernético pasa por un nuevo tejido [acción de tejer] de vínculos sociales enteramente atravesados por el imperativo de pilotaje de sí y de los otros, al servicio de la unidad social: es ese devenir-dispositivo del hombre que figura al ciudadano del Imperio. La importancia actual de estos nuevos sistemas ciudadano-dispositivo, que profundizan las viejas instituciones estatales y propulsan la nebulosa asociativo-ciudadana, demuestra que la gran máquina social que ha de ser el capitalismo cibernético no puede prescindir de los hombres, pese a que ciertos cibernéticos incrédulos hayan perdido el tiempo creyéndolo, como lo muestra esta toma de consciencia disgustada de mediados de los años 80:

“La automatización sistemática sería efectivamente un medio radical para rebasar los límites físicos o mentales que están en la fuente de los errores humanos más comunes: pérdidas momentáneas de vigilancia debidas a la fatiga, al estrés o a la rutina; incapacidad provisional para interpretar simultáneamente una multitud de informaciones contradictorias y, por tanto, para dominar situaciones demasiado complejas; eufemización del riesgo bajo la presión de las circunstancias (emergencias, presiones jerárquicas…); errores de representación que conducen a sobreestimar la seguridad de sistemas habitualmente muy fiables (se cita el caso de un piloto que rechazaba categóricamente creer que uno de sus reactores estaba ardiendo). No obstante, es preciso preguntarse si la puesta fuera de circuito del hombre, considerado como el eslabón débil de la interfaz hombre/máquina, no corre peligro, en definitiva, de crear nuevas vulnerabilidades, aunque no fuera más que extendiendo los errores de representación y las pérdidas de vigilancia que son, como hemos visto, la contrapartida frecuente de un sentimiento de seguridad exagerado. En todo caso, el debate amerita ser abierto.”

En efecto.

V

“La ecosociedad es descentralizada, comunitaria, participativa. La responsabilidad y la iniciativa individual existen verdaderamente. La ecosociedad reposa sobre el pluralismo de las ideas, los estilos y las conductas de vida. Por consiguiente: la igualdad y la justicia social están en progreso. Pero también hay una conmoción de los hábitos, los modos de pensar y las costumbres. Los hombres han inventado una vida diferente en una sociedad en equilibrio. Se dan cuenta de que el mantenimiento de un estado de equilibrio era más delicado que el mantenimiento de un estado de crecimiento continuo. Gracias a una nueva visión, a una nueva lógica de la complementariedad, a nuevos valores, los hombres de la ecosociedad han inventado una doctrina económica, una ciencia política, una sociología, una tecnología y una psicología del estado de equilibrio controlado.”

Joël de Rosnay, El macroscopio, 1975

“Capitalismo y socialismo representan dos organizaciones de la economía derivadas del mismo sistema básico: el de la cuantificación del valor agregado. […] Considerado desde este punto de vista, el sistema llamado ‘socialismo’ no es más que el subsistema corrector aplicado al ‘capitalismo’. Podemos de esta manera decir que el capitalismo más extravagante es socialista a partir de ciertos aspectos suyos, y que todo el socialismo es una ‘mutación’ del capitalismo destinada a intentar estabilizar el sistema a través de una redistribución — redistribución que se estima necesaria para asegurar la supervivencia de todos e incitarlos a un consumo más largo. Llamaremos en este borrador ‘capitalismo social’ a una organización de la economía concebida para establecer un equilibrio aceptable entre capitalismo y socialismo.”

Yona Friedman, Utopías realizables, 1974

Los acontecimientos de Mayo del 68 provocaron en el conjunto de las sociedades occidentales una reacción política de la cual uno apenas se acuerda de su magnitud hoy en día. Muy pronto, la reestructuración del capitalismo se organizó, como se pone en marcha un ejército. Se vieron, junto con el Club de Roma, multinacionales como Fiat, Volkswagen o Ford pagar a economistas, sociólogos y ecologistas para que éstos determinaran las producciones a las cuales debían renunciar las empresas a fin de que el sistema capitalista funcionara mejor y se reforzara. En 1972, el informe del Massachusetts Institute of Technology financiado por el susodicho Club de Roma, Los límites del crecimiento, provocó un gran revuelo pues recomendaba detener el proceso de acumulación capitalista, incluyendo también en los países llamados en vías de desarrollo. Desde lo más alto de la dominación se reivindicaba el “crecimiento cero” a fin de preservar las relaciones sociales y los recursos del planeta, se introducían componentes cualitativos en el análisis del desarrollo contra las proyecciones cuantitativas centradas en el crecimiento, y se exigía en definitiva que éste fuera completamente redefinido; toda esta presión se acentuó aún más cuando estalló la crisis de 1973. El capitalismo parecía estar haciendo su autocrítica. Pero si he hablado una vez más de guerra y de ejército, es porque el informe del MIT, elaborado por el economista Dennis H. Meadows, se inspiraba en los trabajos de un tal Jay Forrester al cual el UR Air Force le había encargado preparar un sistema de alerta y defensa —el SAGE System— que coordinaría por primera vez radares y computadoras con el objetivo de detectar e impedir un posible ataque del territorio estadounidense con misiles enemigos. Forrester había montado infraestructuras de comunicación y control entre hombres y máquinas en las cuales éstos se encontraban interconectados por primera vez en “tiempo real”. Luego fue elegido en la escuela de administración del MIT para extender sus habilidades en materia de análisis sistémico al mundo económico. Aplicó los mismos principios de orden y defensa a las empresas, luego será el turno de las ciudades y, finalmente, del conjunto del planeta en su World Dynamics que inspiró a los relatores del MIT. De este modo la “segunda cibernética” fue determinante para fijar los principios de reestructuración del capitalismo. Con ella, la economía política devenía una ciencia de lo vivo. Analizaba el mundo en cuanto sistema abierto de transformación y de circulación de flujos de energía y de flujos monetarios.

En Francia, un conjunto de pseudocientíficos —el iluminado De Rosnay y el baboso Morin, pero también Henri Atlan, Henri Laborit, René Passet, y el arribista Attali— se reunieron para elaborar, a raíz del MIT, Diez mandamientos para una nueva economía, un “ecosocialismo” decían ellos, siguiendo un enfoque sistémico, es decir, cibernético, obsesionado por el “estado de equilibrio” de todo y de todos. No es inútil a posteriori, cuando uno escucha a la “izquierda” de hoy en día y también a la “izquierda de la izquierda”, recordar algunos de los principios que De Rosnay presentaba en 1975:

  1. Conservar la variedad de los espacios al igual que de las culturas, la biodiversidad al igual que la multiculturalidad.
  2. Velar por que no se abra, por no dejar escapar, la información contenida en los bucles de regulación.
  3. Restablecer los equilibrios del conjunto del sistema mediante descentralización.
  4. Diferenciar para integrar mejor, ya que conforme a lo que presentía Teilhard de Chardin, el iluminado-jefe de todos los cibernéticos, “toda integración real se funda en una diferenciación previa. […] Lo homogéneo, la mezcla, el sincretismo, son la entropía. Sólo la unión en la diversidad es creadora. Incrementa la complejidad, conduce a niveles más elevados de organización”.
  5. Para evolucionar: dejarse agredir.
  6. Preferir los objetivos, los proyectos, a la programación detallada.
  7. Saber utilizar la información.
  8. Saber mantener tensiones en los elementos del sistema.

Ya no se trata, como uno podía fingir todavía creerlo en 1972, de cuestionar el capitalismo y sus efectos devastadores, sino más bien de “reorientar la economía de manera en que sirvan mejor, a la vez, las necesidades humanas, el mantenimiento y la evolución del sistema social, y la prosecución de una auténtica cooperación con la naturaleza. La economía de equilibrio que caracteriza la ecosociedad es por tanto una economía ‘regulada’, en el sentido cibernético del término”. Los primeros ideólogos del capitalismo cibernético hablan de abrir a una gestión comunitaria del capitalismo desde abajo, a una responsabilización de cada cual gracias a la “inteligencia colectiva” que resultará de los progresos de las telecomunicaciones y de la informática. Sin cuestionar ni la propiedad privada ni la propiedad estatal, se invita a una co-gestión, a un control de las empresas por parte de las comunidades de asalariados y usuarios. La euforia reformadora de la cibernética es tal que, en los primeros años de los 70, se evocaba sin ningún estremecimiento, como si desde el siglo XIX no se hubiera tratado más que de esto, la idea de un “capitalismo social”, tal como lo defendió por ejemplo el arquitecto ecologista y grafómano Yona Friedman. Así se cristalizó eso que se acabó por llamar “socialismo de tercera vía”, y su alianza con la ecología, de la cual se conoce hoy su influencia política en Europa. Si fuera preciso retener un acontecimiento que, en aquellos años, en Francia, expuso la progresión tortuosa hacia esta nueva alianza entre socialismo y liberalismo, no sin la esperanza de que emerja otra cosa, sería sin discusión el caso LIP. Con él, todo el socialismo —hasta en sus corrientes más radicales como puede ser el “comunismo consejista”—, que fracasó en hacer caer el agenciamiento liberal, y que, sin sufrir propiamente hablando descomposición alguna, acabó simplemente absorbido por el capitalismo cibernético. La reciente adhesión del ecologista Cohn-Bendit, el amable líder de Mayo del 68, a la corriente liberal-libertaria no es más que una consecuencia lógica del más profundo de los vuelcos de las ideas “socialistas” sobre sí mismas.

El actual movimiento “antiglobalización” y la contestación ciudadana en general, no presentan ninguna ruptura en el interior de esta formación de enunciados elaborada hace 30 años. Ellos reclaman simplemente la aceleración de su aplicación. Aquí sale a la luz, tras las estruendosas contracumbres, una misma visión fría de la sociedad como totalidad amenazada por estallidos, un mismo objetivo de regulación social. Se trata de restaurar la cohesión social pulverizada por la dinámica del capitalismo cibernético y de garantizar, en última instancia, la participación de todos en esta última. Por ello no sorprende ver al economicismo más árido impregnar de manera tan tenaz y nauseabunda las filas de los ciudadanos. El ciudadano desprovisto de todo se proyecta como experto amateur de la gestión social, y concibe la nulidad de su vida como sucesión ininterrumpida de “proyectos” a realizar: como lo señala con una ingenuidad fingida el sociólogo Luc Boltanski, “todo puede acceder a la dignidad del proyecto, incluyendo las empresas hostiles al capitalismo”. Así como el dispositivo “autogestión” fue seminal en la reorganización del capitalismo desde hace treinta años, la contestación ciudadana no es otra cosa que el instrumento actual de la modernización de la política. Este nuevo “proceso de civilización” descansa sobre la crítica de la autoridad desarrollada en los años 70, en el momento en que se cristalizaba la segunda cibernética. La crítica de la representación política en cuanto poder separado, ya recuperada por el nuevo management en la esfera de la producción económica, es hoy en día reinvertida en la esfera política. Vemos por todos lados que la horizontalidad de las relaciones y la participación en proyectos son lo que debe reemplazar a la autoridad jerárquica y burocrática polvorienta, y contra-poderes y descentralizaciones que se supone van a deshacer los monopolios y el secreto. Así se extienden y se estrechan sin obstáculos las cadenas de interdependencia social, por aquí hechas de vigilancia, por allá de delegación. Integración de la sociedad civil por parte del Estado e integración del Estado por parte de la sociedad civil se engranan cada vez mejor. Así se organiza la división del trabajo de gestión de las poblaciones necesario para la dinámica del capitalismo cibernético. La afirmación de una “ciudadanía mundial” deberá previsiblemente darle el último toque.

A partir de los años 70 el socialismo ya no es más que un democratismo, en lo que sigue absolutamente necesario para la progresión de la hipótesis cibernética. Es preciso comprender el ideal de democracia directa, de democracia participativa, como deseo de una expropiación general por parte del sistema cibernético de toda la información contenida en sus partes. La demanda de transparencia, de trazabilidad, es una demanda de circulación perfecta de la información, un progresismo en la lógica de flujos que rige al capitalismo cibernético. Es entre 1965 y 1970 cuando un joven filósofo alemán, supuesto heredero de la “teoría crítica”, fundaba el paradigma democrático de la contestación actual al entrar con estrépito en varias controversias con sus mayores. Al sociocibernético Niklas Luhmann, teórico hiperfuncionalista de sistemas, Habermas oponía la imprevisibilidad del diálogo, de las argumentaciones, irreductibles a simples intercambios de información. Pero sobre todo es contra Marcuse que fue elaborado este proyecto de una “ética de la discusión” generalizada que debía radicalizar, criticándolo, el proyecto democrático de la Ilustración. A Marcuse que explicó, comentando las observaciones de Max Weber, que “racionalización” quiere decir que la razón técnica, al comienzo de la industrialización y el capitalismo, es indisolublemente una razón política, Habermas replica que un conjunto de relaciones intersubjetivas inmediatas escapan a las relaciones sujeto-objeto mediatizadas por la técnica, y que en definitiva las enmarcan y orientan. Dicho de otro modo, frente al desarrollo de la hipótesis cibernética, la política debería apuntar a autonomizar y extender esa esfera de los discursos, a multiplicar las palestras democráticas, a construir y buscar un consenso que, en suma por naturaleza, resultaría emancipador. Además de que él reduce el “mundo vivido”, la “vida cotidiana”, el conjunto de cuanto huye de la máquina de control, a interacciones sociales, a discursos, Habermas ignora, más profundamente aún, la heterogeneidad fundamental de las formas-de-vida consigo mismas. Al igual que el contrato, el consenso se asocia al objetivo de unificación y pacificación mediante gestión de las diferencias. En el marco cibernético, toda fe en el “actuar comunicacional”, toda comunicación que no asume la posibilidad de su imposibilidad, acaba por servir al control. Es por esto que la ciencia y la técnica no son simplemente, como lo piensa el idealista Habermas, ideologías que vendrían a recubrir el tejido concreto de las relaciones intersubjetivas. Son “ideologías materializadas”, dispositivos en cascada, una gubernamentalidad concreta que atraviesa estas relaciones. Nosotros no queremos más transparencia o más democracia. Ya hay demasiada. Queremos por el contrario más opacidad y más intensidad.

Pero yo no habría terminado aquí con el socialismo tal como lo ha dejado sin vigencia la hipótesis cibernética mientras no haya evocado otras voces; quiero hablar de la crítica centrada en las relaciones hombres-máquinas que, desde los años 70, acomete contra el supuesto meollo del problema cibernético al plantear la cuestión de la técnica más allá de la tecnofobia —la de un Theodore Kaczynski o la del mono letrado de Oregón, John Zerzan— y de la tecnofilia, y que pretende fundar una nueva ecología radical que no sea tontamente romántica. A partir de la crisis económica de los años 70, Iván Illich se encuentra entre los primeros en expresar la esperanza de una refundación de las prácticas sociales, no ya solamente a través de una nueva relación entre sujetos, como en Habermas, sino también entre sujetos y objetos, a través de una “reapropiación de los instrumentos” y de las instituciones, que deberían ser ganadas mediante una “convivialidad” general; convivialidad que estaría en condiciones de socavar la ley del valor. El filósofo de las técnicas Simondon hace incluso de esta reapropiación la palanca de la superación de Marx y del marxismo: “El trabajo posee la inteligencia de los elementos, el capital posee la inteligencia de los conjuntos; pero no será reuniendo la inteligencia de los elementos y la inteligencia de los conjuntos como se pueda conseguir la inteligencia del ser intermediario y no mixto que es el individuo técnico. […] El diálogo entre el capital y el trabajo es falso porque está en el pasado. La colectivización de los medios de producción no puede operar una reducción de la alienación mediante sí misma; sólo puede operarla si es la condición previa para la adquisición por parte del individuo humano de la inteligencia del objeto técnico individuado. Esta relación del individuo humano con el individuo técnico es la más delicada de formar.” La solución al problema de la economía política, de la alienación capitalista al igual que de la cibernética, residiría en la invención de una nueva relación con las máquinas, de una “cultura técnica” que hasta hoy habría hecho falta a la modernidad occidental. Tal doctrina es lo que justifica desde hace treinta años el desarrollo masivo de la enseñanza “ciudadana” de las ciencias y las técnicas. Debido a que lo viviente, contrariamente a cuanto supone la hipótesis cibernética, es esencialmente diferente de las máquinas, el hombre tendría una responsabilidad de representación de los objetos técnicos: “El hombre como testigo de las máquinas —escribe Simondon— es responsable de su relación; la máquina individual representa al hombre, pero el hombre representa el conjunto de las máquinas, ya que no existe una máquina de todas las máquinas, mientras que puede existir un pensamiento que apunte hacia todas las máquinas”. En su forma utópica actual, como en Guattari al final de su vida u hoy en día en un Bruno Latour, esta escuela pretenderá “hacer hablar” a los objetos, representar sus normas en la palestra pública a través de un “parlamento de las cosas”. Llegado el momento, los tecnócratas tendrían que abrir espacio a “mecanólogos” y otros “mediólogos” de los que no se ve en qué diferirían de los tecnócratas actuales, si no es en que están más acostumbrados a la vida técnica, en que son ciudadanos idealmente acoplados a sus dispositivos. Lo que nuestros utopistas fingen ignorar es que la integración de la razón técnica por parte de todos no mermaría en absoluto las relaciones de fuerza existentes. El reconocimiento de la hibridez hombres-máquinas en los agenciamientos sociales no haría ciertamente más que extender la lucha por el reconocimiento y la tiranía de la transparencia en el mundo inanimado. En esta ecología política renovada, socialismo y cibernética alcanzan su punto de convergencia óptimo: el proyecto de una República verde, de una democracia técnica —“una renovación de la democracia podría tener como objetivo una gestión pluralista del conjunto de sus componentes maquínicos”, escribe Guattari en su último texto publicado—, la visión mortal de una paz civil definitiva entre humanos y no-humanos.

VI

“Así como la modernización lo hizo en la era previa, la posmodernización o informatización actual marca un nuevo modo de devenir humano. En lo que a la producción del alma concierne, como diría Musil, uno debería reemplazar las técnicas tradicionales de las máquinas industriales por la inteligencia cibernética de las tecnologías de la información y la comunicación. Debemos inventar lo que Pierre Lévy llama una antropología del ciberespacio.”

Michael Hardt, Toni Negri, Imperio, 2000

“La comunicación es el tercero y último medio fundamental de control imperial. […] Los sistemas contemporáneos de comunicación no están subordinados a la soberanía; por el contrario, la soberanía parece estar subordinada a la comunicación. […] La comunicación es la forma de la producción capitalista con la que el capital ha logrado someter total y globalmente a la sociedad bajo su régimen, suprimiendo todo camino alternativo.”

Michael Hardt, Toni Negri, Imperio, 2000

La utopía cibernética no solamente ha vampirizado el socialismo y su potencia de oposición haciendo de él un “democratismo de proximidad”. En esos años 70 llenos de confusión también contaminó el marxismo más avanzado, haciendo que su perspectiva sea insoportable e inofensiva. “Y en todas partes —como escribe Lyotard en 1979—, con diferentes nombres, la Crítica de la economía política y la crítica de la sociedad alienada que era su correlato son utilizadas a modo de elementos dentro de la programación del sistema”. Frente a la hipótesis cibernética unificante, el axioma abstracto de un antagonismo potencialmente revolucionario —lucha de clases, “comunidad humana” (Gemeinwesen) o “social-viviente” contra Capital, general intellect contra proceso de explotación, “multitud” contra “Imperio”, “creatividad” o “virtuosismo” contra trabajo, “riqueza social” contra valor mercantil, etc.— sirve, en definitiva, al proyecto político de una mayor integración social. La crítica de la economía política y la ecología no critican el género económico propio del capitalismo, ni la visión totalizante y sistémica propia de la cibernética, e incluso hacen de éstos paradójicamente los motores de sus filosofías emancipadoras de la historia. Su teleología ya no es la del proletariado o de la naturaleza, sino la del Capital. Su perspectiva es profundamente en la actualidad la de una economía social, de una “economía solidaria”, de una “transformación del modo de producción”, no ya por colectivización o estatización de los medios de producción, sino por colectivización de las decisiones de producción. Como lo muestra por ejemplo un Yann Moulier Boutang, finalmente de lo que se trata es de que sea reconocido “el carácter social colectivo de la creación de riqueza”, de que el oficio de vivir como ciudadano sea valorizado. Este supuesto comunismo queda reducido a un democratismo económico, al proyecto de reconstrucción de un Estado “posfordista”, desde abajo. La cooperación social se plantea aquí como siempre-ya dada, sin inconmensurabilidades éticas, sin interferencias en la circulación de los afectos, sin problemas de comunidad.

El itinerario de Toni Negri al interior de la Autonomía, y luego el de la nebulosa de sus discípulos en Francia y en el mundo anglosajón, muestra en qué medida el marxismo autorizaba tal deslizamiento hacia la voluntad de voluntad, la “movilización infinita”, confirmando su derrota ineluctable, llegado el momento, ante la hipótesis cibernética. Esta última no ha tenido ningún problema para conectarse a la metafísica de la producción que recubre a todo el marxismo y que Negri lleva al colmo considerando todo afecto, toda emoción, toda comunicación en última instancia como un trabajo. Desde este punto de vista, autopoiesis, autoproducción, autoorganización y autonomía son categorías que desempeñan un rol homólogo en las distintas formaciones discursivas en que ellas han emergido. Las reivindicaciones inspiradas por esta crítica de la economía política, tanto la de renta básica como la de “papeles para todos”, sólo acometen contra los fundamentos de la mera esfera productiva. Si algunos de los que piden hoy una renta básica han podido romper con la perspectiva de una puesta en trabajo de todos —es decir, en la creencia en el trabajo como valor fundamental— que predominaba antes también en los movimientos de parados, es paradójicamente a condición de haber conservado una definición heredada, restrictiva, del valor como “valor-trabajo”. Es de este modo como pueden ignorar que finalmente contribuyen a mejorar la circulación de los bienes y las personas.

Ahora bien, es precisamente porque la valorización no se puede asignar ya en último término a lo que tiene lugar en la mera esfera productiva por lo que se debería en adelante desplazar el gesto político —pienso por ejemplo en la huelga, sin hablar de huelga general necesariamente— hacia las esferas de la circulación de los productos y de la información. ¿Quién no ve que la demanda de “papeles para todos”, si es satisfecha, no contribuiría más que a una mayor movilidad de la fuerza de trabajo a nivel mundial, cosa que han comprendido bien los pensadores liberales estadounidenses? En cuanto a la garantía salarial, si se obtuviera, ¿no introduciría simplemente una renta suplementaria en el circuito del valor? Representaría el equivalente formal de una inversión del sistema dentro del “capital humano”, de un crédito; anticiparía una producción por venir. En el marco de la reestructuración presente del capitalismo, su reivindicación podría compararse con una proposición neokeynesiana de reactivación de la “demanda efectiva” que pueda servir como red de seguridad para el desarrollo anhelado de la “Nueva Economía”. De ahí también la adhesión de varios economistas a la idea de una “renta universal” o “renta de ciudadanía”. Lo que justificaría esto, según el parecer de Negri y sus fieles, es una deuda social contraída por el capitalismo hacia la “multitud”. Y si dije más arriba que el marxismo de Negri había funcionado, como todos los demás marxismos, a partir de un axioma abstracto sobre el antagonismo social, es que él necesita concretamente la ficción de la unidad del cuerpo social. En sus días más ofensivos, como los que se vivieron en Francia durante el movimiento de los parados del invierno de 1997-1998, sus perspectivas apuntan a fundar un nuevo contrato social, ya fuera llamado comunista. En el seno de la política clásica, el negrismo desempeña el rol de vanguardia de los movimientos ecologistas.

Para encontrar la coyuntura intelectual que explica en esta ocasión esta fe ciega en lo social, concebido como objeto y sujeto posible de un contrato, como conjunto de elementos equivalentes, como clase homogénea, cuerpo orgánico, hace falta volver a finales de los años 50, cuando la descomposición progresiva de la clase obrera en las sociedades occidentales atormenta a los teóricos marxistas, ya que trastoca el axioma de la lucha de clases. En ese entonces algunos creen encontrar en los Grundrisse de Marx una exhibición, una prefiguración de lo que estaba deviniendo el capitalismo y su proletariado. En el fragmento sobre las máquinas, Marx considera, en plena fase de industrialización, que la fuerza de trabajo individual puede dejar de ser la fuente principal de la plusvalía ya que el “saber social general, el conocimiento”, devendrían la potencia productiva inmediata. Ese capitalismo, que hoy se dice cognitivo, ya no sería contestado por el proletariado que nació en las grandes manufacturas. Marx supone que lo sería por el “individuo social”. Y precisa así la razón de ese proceso ineluctable de revuelco: “El capital pone en marcha todas las fuerzas de la ciencia y la naturaleza, estimula la cooperación y el comercio sociales para liberar (relativamente) la creación de la riqueza del tiempo de trabajo. […] Serán aquí las condiciones materiales las que harán estallar los fundamentos del capital”. La contradicción del sistema, su antagonismo catastrófico, provendría del hecho de que el Capital mide todo valor como tiempo de trabajo, siendo a la vez llevado a disminuir este último a causa de las ganancias en productividad que permite la automación. En suma, el capitalismo está condenado porque demanda a la vez menos trabajo y más trabajo. Las respuestas a la crisis económica de los años 70, el ciclo de luchas que dura más de diez años en Italia, dan un latigazo inesperado a esta teleología. La utopía de un mundo donde las máquinas trabajarán por nosotros parece algo a nuestro alcance. La creatividad, el individuo social, el general intellect —juventud estudiante, marginales cultivados, trabajadores inmateriales, etc.— libres de la relación de explotación, serían el nuevo sujeto del comunismo que viene. Para algunos, sea Negri o Castoriadis, pero también los situacionistas, esto significa que el nuevo sujeto revolucionario se reapropiará su “creatividad”, o su “imaginario”, confiscados por la relación de trabajo, y hará del tiempo de no-trabajo una nueva fuente de emancipación para sí mismo y para la colectividad. En cuanto movimiento político, la Autonomía se fundamentará en estos análisis.

En 1973, Lyotard, que ha frecuentado bastante tiempo a Castoriadis en el seno de Socialisme ou Barbarie, nota la indiferenciación entre este nuevo discurso marxista o posmarxista del general intellect y el discurso de la nueva economía política: “El cuerpo de las máquinas que ustedes llaman sujeto social y fuerza productiva universal del hombre, no es otra cosa que el cuerpo del Capital moderno. El saber que en él se pone en juego no es de ningún modo cuestión de todos los individuos, está separado, es un momento en la metamorfosis del capital, que le obedece tanto como lo gobierna.” El problema ético que plantea la esperanza que descansa en la inteligencia colectiva, que hoy en día encontramos en las utopías de usos colectivos autónomos de las redes de comunicación, es el siguiente: “no se puede decidir que el papel principal del saber sea el de ser un elemento indispensable en el funcionamiento de la sociedad, y actuar en consecuencia a este respecto, más que si se ha decidido que ésta es una gran máquina. Inversamente, no se puede contar con su función crítica y pretender orientar su desarrollo y su difusión en este sentido más que si se ha decidido que ella no es un todo integrado, y que permanece acosada por un principio de contestación”. Al conjugar los dos términos, no obstante irreconciliables, de esta alternativa, el conjunto de las posiciones heterogéneas cuya matriz hemos encontrado en el discurso de Toni Negri y sus adeptos, y que representan el punto de acabamiento de la tradición marxista y su metafísica, están condenadas a la errancia política, a la ausencia de destino distinto al que les prepara la dominación. Lo esencial aquí, y que es algo que seduce a tantos aprendices intelectuales, es que estos saberes nunca sean poderes, que el conocimiento nunca sea conocimiento de sí, que la inteligencia permanezca siempre separada de la experiencia. La intención política del negrismo es la de formalizar lo informal, hacer explícito lo implícito, patente lo tácito, en pocas palabras, valorizar lo que se encuentra fuera-de-valor. Y en efecto, Yann Moulier Boutang, perro fiel de Negri, acaba por escupir la sopa en 2000, en medio de un estertor irreal de cocainómano debilitado: “El capitalismo en su nueva fase, o en su última frontera, necesita el comunismo de las multitudes”. El comunismo neutro de Negri, la movilización que él dirige, no solamente es compatible con el capitalismo cibernético, es en lo sucesivo su condición de efectuación.

Una vez digeridas las proposiciones del Informe del MIT, los economistas del crecimiento subrayaron en efecto el papel primordial que en la producción de plusvalía tiene la creatividad, la innovación tecnológica, al lado de los factores Capital y Trabajo. Así también, otros expertos, igualmente informados, afirmaron entonces doctamente que la propensión a innovar dependía del grado de educación, de formación, de salud, de las poblaciones —siguiendo al economicista más radical, Gary Becker, se llamará a esto el “capital humano”—, de la complementariedad entre los agentes económicos —complementariedad que puede favorecerse por la implementación de una circulación regular de informaciones, mediante las redes de comunicación—, así como de la complementariedad entre la actividad y el entorno, lo viviente humano y lo viviente no-humano. Lo que conseguiría explicar la crisis de los años 70 sería que existe una base social, cognitiva y natural, para el mantenimiento del capitalismo y su desarrollo, que se habría descuidado hasta entonces. Más profundamente, esto significa que el tiempo de no-trabajo, el conjunto de los momentos que escapan de los circuitos de la valorización mercantil —es decir, la vida cotidiana— son también un factor de crecimiento, detentan un valor en potencia en la medida en que permiten sustentar la base humana del capital. Se ven desde entonces a ejércitos de expertos recomendar a las empresas la aplicación de soluciones cibernéticas a la organización de la producción: desarrollo de las telecomunicaciones, organización en redes, “management participativo” o por proyecto, paneles de consumidores y controles de calidad contribuyen a aumentar las tasas de beneficio. Para los que querrían salir de la crisis de los años 70 sin poner en entredicho el capitalismo, “relanzar el crecimiento”, y no ya pararlo, implicaba por consiguiente una profunda reorganización en el sentido de una democratización de las elecciones económicas y de un sostén institucional en el tiempo de la vida, como por ejemplo en la demanda de “gratuidad”. Sólo a este respecto es como hoy en día se puede afirmar que el “nuevo espíritu del capitalismo” viene en herencia de la crítica social de los años 60-70: en la exacta medida en que la hipótesis cibernética inspira el modo de regulación social que emerge en tal momento.

Por lo tanto, no resulta de ninguna manera sorprendente que la comunicación, esa puesta en común de saberes impotentes que realiza la cibernética, autorice hoy a los ideólogos más avanzados el poder hablar de “comunismo cibernético”, como lo hacen Dan Sperber y Pierre Lévy (el cibernético-jefe del mundo francófono, el colaborador de la revista Multitudes, el autor del aforismo: “la evolución cósmica y cultural culmina hoy en el mundo virtual del ciberespacio”). “Socialistas y comunistas —escriben Hardt y Negri— han demandado por mucho tiempo que el proletariado tenga acceso libre y control de las máquinas y materiales que utiliza para producir. En el contexto de la producción inmaterial y biopolítica, sin embargo, esta demanda tradicional toma un nuevo aspecto. No solamente la multitud utiliza máquinas para producir, sino que también deviene más y más maquínica, mientras que los medios de producción están más y más integrados en las mentes y cuerpos de la multitud. En este contexto, la reapropiación significa tener libre acceso y control sobre el conocimiento, la información, la comunicación y los afectos, puesto que éstos son algunos de los medios primarios de la producción biopolítica.” En ese comunismo, se maravillan ellos, uno no compartirá las riquezas sino las informaciones, y todo el mundo será a la vez productor y consumidor. ¡Cada cual devendrá su “automedia”! ¡El comunismo será un comunismo de robots!

Que ella rompa solamente con los postulados individualistas de la economía o que considere la economía mercantil como una cara parcial de una economía más general —lo que implican todas las discusiones sobre la noción de valor, como aquellas del grupo alemán Krisis, y todas las apologías del don frente al intercambio inspiradas en Mauss, incluyendo la energética anticibernética de un Bataille, así como todas las consideraciones sobre lo simbólico, ya sea en Bourdieu o Baudrillard— la crítica de la economía política permanece in fine tributaria del economicismo. En una perspectiva de salvación por medio de la actividad, la ausencia de un movimiento de trabajadores que corresponda al proletariado revolucionario imaginado por Marx será conjurada por el trabajo militante de su organización. “El partido —escribe Lyotard— debe mostrar la prueba de que el proletariado es real, y sólo lo puede hacer ya si muestra la prueba de un ideal de la razón. Sólo puede mostrarse a él mismo como prueba, y hacer una política realista. El referente de su discurso permanece directamente impresentable, no ostensible. El diferendo reprimido vuelve al interior del movimiento obrero, en particular bajo la forma de conflictos recurrentes sobre la cuestión de la organización.” La búsqueda de una clase de productores en lucha hace de los marxistas los más consecuentes de los productores de una clase integrada. Ahora bien, lo que no es indiferente, existencial y estratégicamente, es el oponerse políticamente antes que producir antagonismos sociales, el ser para el sistema un contradictor o el ser su regulador, el crear en vez de querer que la creatividad se libere, el desear antes que desear el deseo, en pocas palabras, el combatir la cibernética en vez de ser un cibernético crítico.

Estando habitado por la pasión triste del origen, uno podría buscar en el socialismo histórico las premisas de esta alianza que devino manifiesta desde hace treinta años, ya sea en la filosofía de las redes de Saint-Simon, en la teoría del equilibrio de Fourier o en el mutualismo de Proudhon, etc. Pero lo que los socialistas tienen en común desde hace dos siglos, y que comparten con aquellos que en sus filas se declaran comunistas, es el luchar solamente contra uno solo de los efectos del capitalismo: bajo todas sus formas, el socialismo lucha contra la separación al recrear el lazo social entre sujetos, entre sujetos y objetos, sin luchar contra la totalización que hace que uno pueda asimilar lo social a un cuerpo y el individuo a una totalidad cerrada, un cuerpo-sujeto. Pero existe también otro terreno común, místico, sobre el fondo del cual la transferencia de las categorías de pensamiento del socialismo y de la cibernética se han podido aliar: el de un humanismo inconfesable, de una fe incontrolada en el genio de la humanidad. Así como resulta ridículo el ver un “alma colectiva” detrás de la construcción de una colmena a partir de las actitudes erráticas de las abejas, como lo hacía a principios de siglo el escritor Maeterlinck en una perspectiva católica, el mantenimiento del capitalismo no es para nada tributario de la existencia de una consciencia colectiva de la “multitud” alojada en el corazón de la producción. Con la excusa del axioma de la lucha de clases, la utopía socialista histórica, la utopía de la comunidad, habrá sido en definitiva una utopía del Uno promulgada por la Cabeza sobre un cuerpo que no puede hacer nada. En la actualidad, todo socialismo —ya sea que reivindique más o menos explícitamente algunas categorías de democracia, producción o contrato social— defiende al partido de la cibernética. La política no-ciudadana debe asumirse como anti-social tanto como anti-estatal, debe rechazar el contribuir a la resolución de la “cuestión social”, recusar la formulación del mundo bajo forma de problemas, rechazar la perspectiva democrática que estructura la aceptación mediante cada uno de los requerimientos de la sociedad. En cuanto a la cibernética, en la actualidad ya es meramente el último socialismo posible.

VII

“La teoría es el goce por la inmovilización. […] Lo que a ustedes les empalma, teóricos, y les arroja a nuestra pandilla, es la frialdad de lo claro y lo distinto; de hecho, sólo de lo distinto, que es lo oponible, pues lo claro es sólo una redundancia sospechosa de lo distinto, traducido en filosofía del sujeto. Detener la barra ustedes dicen: salir del pathos, — ése es el pathos de ustedes.”

Jean-François Lyotard, Economía libidinal, 1973

Cuando se es escritor, poeta o filósofo, es costumbre apostar por la potencia del Verbo para coartar, desbaratar o acribillar los flujos informacionales del Imperio, las máquinas binarias de la enunciación. Ya han ustedes escuchado a esos cantores de la poesía que serían algo así como la última defensa cara a la barbarie de la comunicación. Incluso cuando identifica su posición con la de las literaturas menores, de los excéntricos, de los “locos literatos”, cuando acorrala los idiolectos que en toda lengua trabajan para mostrar aquello que se escapa del código, para hacer implosionar la idea misma de comprensión, para exponer el malentendido fundamental que echa por tierra la tiranía de la información, el autor que, además, se sabe actuado, hablado, atravesado por intensidades, no deja por ello de estar menos animado ante su página en blanco por una concepción profética del enunciado. Para el “receptor” que yo soy, los efectos de sideración que ciertas escrituras se han puesto a buscar deliberadamente a partir de los años 60 no son a este respecto menos paralizantes de lo que era la vieja teoría crítica categórica y sentenciosa. Ver desde mi silla a Guyotat o Guattari gozando cada línea, retorciéndose, eructando, peyéndose y vomitando su devenir-delirio, no es algo que me haga correrme, empalmarme o refunfuñar más que bastante raramente, es decir, solamente cuando un deseo me lleva hasta las riberas del voyeurismo. Performances, es seguro, ¿pero performances de qué? Performances de una alquimia de internado donde la piedra filosofal está acorralada a golpe de tinta y de cogidas mezcladas. La intensidad proclamada no es suficiente para engendrar el paso de intensidad. En cuanto a la teoría y la crítica, éstas permanecen enclaustradas en el interior de una policía del enunciado claro y distinto, tan transparente como debiera serlo el paso de la “falsa consciencia” a la conciencia ilustrada.

Lejos de ceder a cualquier mitología del Verbo o a una esencialización del sentido, Burroughs propone en La revolución electrónica algunas formas de lucha contra la circulación controlada de los enunciados, algunas estrategias ofensivas de enunciación que resalten esas operaciones de “manipulación mental” que le inspiran sus experiencias de “cut-up”, una combinatoria de enunciados fundada en el azar. Al proponer hacer de la “interferencia” un arma revolucionaria, consigue innegablemente sofisticar las búsquedas precedentes de un lenguaje ofensivo. Pero al igual que la práctica situacionista del “desvío” [détournement], que nada en su modus operandi permite distinguir de aquella de la “recuperación” —lo cual explica su espectacular fortuna—, la “interferencia” es meramente una operación reactiva. Lo mismo ocurre en esas formas de lucha contemporáneas en Internet que se inspiran en estas instrucciones de Burroughs: piratería, propagación de virus, spamming, no pueden servir in fine más que para desestabilizar temporalmente el funcionamiento de la red de comunicación. Pero en lo que nos ocupa aquí y ahora, Burroughs está obligado a admitirlo en términos desde luego heredados de las teorías de la comunicación, que hipostasían la relación emisor-receptor: “Sería más útil descubrir cómo podrían ser alterados los modelos de exploración a fin de permitir al sujeto liberar sus propios modelos espontáneos”. El meollo de toda enunciación no es la recepción sino más bien el contagio. Llamo insinuación —el illapsus de la filosofía medieval— a la estrategia que consistirá en seguir la sinuosidad del pensamiento, las palabras errantes que se apoderan de mí constituyendo al mismo tiempo el terreno vago donde vendrá a establecerse su recepción. Jugando con la relación entre el signo y sus referentes, usando clichés a contra-empleo, como en la caricatura, dejando que el lector se aproxime, la insinuación hace posible un encuentro, una presencia íntima, entre el sujeto de la enunciación y aquellos que se conectan al enunciado. “Bajo las consignas hay contraseñas —escriben Deleuze y Guattari—. Palabras que estarían como de paso, componentes de paso, mientras que las consignas marcan paradas, composiciones estratificadas, organizadas”. La insinuación es la bruma de la teoría y conviene a un discurso cuyo objetivo es el permitir las luchas contra el culto a la transparencia que, desde el origen, está asociado a la hipótesis cibernética.

Que la visión cibernética del mundo sea una máquina abstracta, una fábula mística, una fría elocuencia a la que continuamente se le escapan múltiples cuerpos, gestos, palabras, no basta para llegar a la conclusión de su fracaso ineluctable. Si a este respecto hay algo que le haga falta a la cibernética, es precisamente aquello mismo que la sostiene: el placer de la racionalización ultrajante, el ardor que provoca el “tautismo”, la pasión de la reducción, el goce del aplanamiento binario. Acometer contra la hipótesis cibernética, hay que repetirlo, no equivale a criticarla y a oponerle una visión concurrente del mundo social, sino experimentar al lado de ella, efectuar otros protocolos, crearlos desde cero y gozar de ellos. A partir de los años 50, la hipótesis cibernética ejerció una fascinación inconfesada en toda una generación “crítica”, de los situacionistas a Castoriadis, de Lyotard a Foucault, Deleuze y Guattari. Se podrían cartografiar sus respuestas como sigue: los primeros se opusieron desarrollando fuera un pensamiento, omnisciente; los segundos haciendo uso de un pensamiento del medio, por un lado “un tipo metafísico de diferendo con el mundo, que apunta hacia los mundos supraterrenos trascendentes o hacia los contra-mundos utópicos”, por el otro “un tipo poiético de diferendo con el mundo que ve en lo real mismo la pista que conduce a la libertad”, como lo resume Peter Sloterdijk. El éxito de toda experimentación revolucionaria futura se medirá esencialmente por su capacidad para dejar caduca esta oposición. Esto comienza cuando los cuerpos cambian de escala, se sienten espesar, son atravesados por fenómenos moleculares que escapan a los puntos de vista sistémicos, a las representaciones molares, y hacen de cada uno de sus poros una máquina de visión enganchada a los devenires más que una cámara fotográfica, que enmarca, que delimita, que asigna a los seres. En las líneas que siguen insinúo un protocolo de experimentación destinado a deshacer la hipótesis cibernética y el mundo que ella persevera en construir. Pero al igual que para otros artes eróticos o estratégicos, su uso no se decide ni se impone. Sólo puede provenir del más puro involuntarismo, lo cual implica desde luego una cierta desenvoltura.

VIII

“También nos hace falta la generosidad y la indiferencia a la suerte que trae consigo la familiaridad a los peores desmedros, a falta de una gran alegría, y que el mundo que viene nos aportará.”

Roger Caillois

“Constantemente lo ficticio paga más caro su fuerza, cuando más allá de su pantalla transparenta lo real posible. No hay duda de que en la actualidad la dominación de lo ficticio se ha hecho totalitaria. Pero es justamente éste su límite dialéctico y ‘natural’. O bien en la última hoguera desaparece hasta el deseo y con él su sujeto, la corporeidad en devenir de la Gemeinwesen latente, o bien todo simulacro es disipado: la lucha extrema de la especie se desencadena contra los gestores de la alienación y, en el decline sangriento de todos los ‘soles del porvenir’, comienza por fin a aparecer un porvenir posible. En lo sucesivo la única opción que tienen los hombres para ser es la de separarse definitivamente de cualquier ‘utopía concreta’.”

Giorgio Cesarano, Manual de supervivencia, 1975

No todos los individuos o los grupos, no todas las formas-de-vida, pueden ser montados en bucle de retroacción. Los hay demasiado frágiles. Que amenazan con romperse. También demasiado fuertes, que amenazan con romper.

Esos devenires,

en vías de ruptura,

suponen que en un momento de la experiencia vivida los cuerpos pasen por el agudo sentimiento de que todo esto se puede acabar abruptamente,

en uno u otro momento,

que la nada,

que el silencio,

que la muerte están al alcance del cuerpo y el gesto.

Esto puede acabar.

La amenaza.

Obstruir el proceso de cibernetización, hacer que se vuelque el Imperio pasará por una apertura al pánico. Y ya que el Imperio es un conjunto de dispositivos que apuntar a conjurar el acontecimiento, un proceso de control y de racionalización, su caída será siempre percibida por sus agentes y aparatos de control como el más irracional de los fenómenos. Las líneas que siguen dan una visión general de lo que podría ser tal punto de vista cibernético sobre el pánico e indican bastante bien a contrario su potencia efectiva: “El pánico es pues un comportamiento colectivo ineficaz, puesto que no está adaptado al peligro (real o supuesto); se caracteriza por la regresión de las mentalidades a un nivel arcaico y gregario, desemboca en reacciones primitivas de fuga desquiciada, de agitación desordenada, de violencias físicas y, de manera general, a actos de auto- o hetero-agresividad; las reacciones de pánico dependen de las características del alma colectiva: alteración de las percepciones y del juicio, alineación respecto a los comportamientos más frustrados, sugestionabilidad, participación en la violencia sin noción de responsabilidad individual.”

El pánico es lo que hace panicar a los cibernéticos. Representa el riesgo absoluto, la amenaza potencial permanente que ofrece la intensificación de las relaciones entre formas-de-vida. Por ello, es preciso hacer que se torne algo espantoso, como se esfuerza en ello el mismo cibernético asalariado: “El pánico es peligroso para la población a la que alcanza; aumenta el número de víctimas que resultan de un accidente debido a reacciones inapropiadas de fugas, puede incluso ser el único responsable de muertes y heridos; siempre se repiten los mismos escenarios: actos de furor ciego, pisoteo, aplastamiento…” La mentira de tal descripción consiste en imaginar los fenómenos de pánico como siendo algo exclusivo de un medio cerrado: en cuanto liberación de los cuerpos, el pánico se autodestruye, puesto que todo el mundo busca fugarse por una salida demasiado estrecha.

Pero es posible considerar, como en Génova en julio de 2001, que un pánico de escala suficiente como para desbaratar las programaciones cibernéticas y atravesar varios medios, supere el estado de aniquilamiento [anéantissement], como lo sugiere Canetti en Masa y poder: “Si no se estuviera en un teatro, se podría huir en conjunto, como una manada de bestias en peligro, y aumentar la energía de la fuga mediante movimientos sincronizados. Un miedo masivo de esta especie, activo, es el gran acontecimiento colectivo que experimentan todos los animales que viven en manada y que, como buenos corredores, se salvan juntos.” A este respecto creo que es un hecho político de la mayor importancia el pánico que provocó Orson Welles en más de un millón de personas en octubre de 1938, al anunciar en la radio la llegada inminente de los marcianos a Nueva Jersey, en una época en que la radiofonía era todavía suficientemente virgen como para poder atribuir a sus emisiones un cierto valor de verdad. Puesto que “cuanto más se lucha por la propia vida, más evidente aparece que se lucha contra los otros que lo obstaculizan a uno por todos lados”, el pánico revela también, aparte de un gasto inaudito e incontrolable, la guerra civil en su estado nudo: él es “una desintegración de la masa en la masa”.

En situación de pánico, comunidades se desprenden del cuerpo social concebido como totalidad y desean escapar de él. Pero como están aún cautivas de dicho cuerpo social, física y socialmente, están obligadas a atacarlo. El pánico manifiesta, más que cualquier otro fenómeno, el cuerpo plural e inorgánico de la especie. Sloterdijk, ese último hombre de la filosofía, prolonga esta concepción positiva del pánico: “Desde una perspectiva histórica, los alternativos son probablemente los primeros hombres en desarrollar una relación no histérica con el apocalipsis posible. […] La conciencia alternativa actual se caracteriza por algo que se podría calificar como relación pragmática con la catástrofe”. A la cuestión, “la civilización, en la medida en que tiene que edificarse sobre esperanzas, repeticiones, seguridades e instituciones, no tiene como condición la ausencia, ni siquiera la exclusión del elemento pánico”, como lo implica la hipótesis cibernética, Sloterdijk opone que “solamente son posibles las civilizaciones vivientes gracias a la proximidad de experiencias pánicas”. Éstas conjuran así las potencialidades catastróficas de la época al reencontrar su familiaridad originaria. Ofrecen la posibilidad de convertir estas energías en “un éxtasis racional mediante el cual el individuo se abre a la intuición: ‘yo soy el mundo’”. Lo que en el pánico rompe las barreras y se transforma en carga potencial positiva, en intuición confusa (dentro de la con-fusión) de su superación, es que cada cual es en él algo así como la fundación viviente de su propia crisis, en vez de sufrirla como una fatalidad exterior. La búsqueda del pánico activo —“la experiencia pánica del mundo”— es pues una técnica de asunción del riesgo de desintegración que cada cual representa para la sociedad en cuanto dividuo de riesgo. Lo que aquí cobra forma es el fin de la esperanza y de toda utopía concreta, como puente elevado hacia el hecho de no esperar ya nada, de no tener nada que perder. Y es una manera de volver a introducir, mediante una sensibilidad particular ante los posibles de las situaciones vividas, ante sus posibilidades de hundimiento, ante la extrema fragilidad de su programación, una relación serena con el movimiento de fuga que va delante del capitalismo cibernético. En el crepúsculo del nihilismo, de lo que se trata es de hacer del miedo algo tan extravagante como la esperanza.

En el marco de la hipótesis cibernética, el pánico se comprende como un cambio de estado del sistema autorregulado. Para un cibernético, todo desorden no puede partir más que de las variaciones entre comportamientos medidos y comportamientos efectivos en los elementos del sistema. Se denomina “ruido” a un comportamiento que escape del control, manteniéndose indiferente al sistema, y que, por consiguiente, no puede ser tratado por una máquina binaria, reducido a un 0 o a un 1. Estos ruidos son las líneas de fuga, la errancias de los deseos que no han entrado todavía en el circuito de valorización, lo no-inscrito. Hemos denominado Partido Imaginario al conjunto heterogéneo de tales ruidos que proliferan bajo el Imperio sin por ello invertir su equilibrio inestable, sin modificar su estado, siendo por ejemplo la soledad la forma más extendida de estos pasajes hacia el Partido Imaginario. Wiener, cuando funda la hipótesis cibernética, imagina la existencia de sistemas —denominados “circuitos cerrados reverberantes”— donde proliferarían los desvíos entre comportamientos deseados por el conjunto y comportamientos efectivos de tales elementos. Considera entonces que estos ruidos podrían acrecentarse brutalmente y en serie, como cuando las reacciones de un piloto hacen que se rompa su vehículo tras haberse metido por una vía congelada, o tras haber golpeado una barrera de seguridad de una autopista. Al ser por tanto una cierta sobreproducción de malos feedbacks, que distorsionan lo que se debería señalar, que amplifican lo que se debería contener, todas estas situaciones señalan la vía de una pura potencia reverberante. La práctica actual de bombardeo de informaciones sobre ciertos puntos nodales de la red Internet —el spamming— apunta a producir tales situaciones. Toda revuelta bajo y contra el Imperio sólo puede concebirse a partir de una amplificación de tales “ruidos” capaces de constituir lo que Prigogine y Stengers —que invitan a una analogía entre mundo físico y mundo social— han denominado “puntos de bifurcación”, umbrales críticos a partir de los cuales deviene posible un nuevo estado del sistema.

El error común de Marx y de Bataille, con sus categorías de “fuerza de trabajo” o de “gasto”, ha sido el haber situado la potencia de derrocamiento [renversement] del sistema fuera de la circulación de los flujos mercantiles, en una exterioridad pre-sistémica, antes y después del capitalismo, en la naturaleza para el primero, y para el segundo en un sacrificio fundador, que deberían ser la palanca a partir de la cual podemos pensar la metamorfosis sin fin del sistema capitalista. En el primer número de Le Grand Jeu, el problema de la ruptura del equilibrio es planteado en términos más inmanentes si bien todavía un poco ambiguos: “Esta fuerza que es, no puede quedarse sin empleo en un cosmos pleno como un huevo, y en el seno del cual todo actúa y reactúa sobre todo. Solamente entonces un chasquido, una palanca desconocida, debe hacer que esta corriente de violencia se desvíe repentinamente hacia otro sentido. O más bien hacia un sentido paralelo, pero gracias a un desajuste súbito, en otro plano. Su revuelta debe devenir la Revuelta invisible.” No se trata simplemente de una “insurrección invisible de un millón de espíritus”, como lo pensaba el celestial Trocchi. La fuerza de aquello que llamamos política extática no proviene de un afuera sustancial sino del desvío [écart], de la pequeña variación, de los remolinos que, partiendo del interior del sistema, lo empujan localmente hacia su punto de ruptura y por tanto de las intensidades que todavía se dan entre formas-de-vida, a pesar de la atenuación de las intensidades que éstas mantienen. Más precisamente, proviene del deseo que excede el flujo en la medida en que lo nutre sin ser en él trazable, en que pasa bajo su trazado y que a veces se fija, se instancia entre unas formas-de-vida que juegan, en situación, el papel de atractores. Como se sabe, está en la naturaleza del deseo el no dejar huellas allí por donde pase. Volvamos a ese instante en el que el sistema en equilibrio puede bascular: “Cerca de los puntos de bifurcación —escriben Prigogine y Stengers—, ahí donde el sistema puede ‘elegir’ entre dos regímenes de funcionamiento y no está, propiamente hablando, ni en uno ni en el otro, la desviación respecto a la ley general es total: las fluctuaciones pueden alcanzar el mismo orden de magnitud que los valores macroscópicos promedios. […] Regiones separadas por distancias macroscópicas son correlacionadas: las velocidades de las reacciones que se producen ahí se regulan una sobre la otra, los acontecimientos locales repercuten se por tanto a través de todo el sistema. Se trata aquí realmente de un estado paradójico, que desafía todas nuestras ‘intuiciones’ en lo que respecta al comportamiento de las poblaciones, un estado en el que las pequeñas diferencias, lejos de anularse, se suceden y se propagan sin cesar. El caos indiferente del equilibrio deja el paso a un caos creador, tal como lo evocaron los antiguos, un caos fecundo de donde puedan surgir estructuras diferentes.”

Sería ingenuo deducir directamente un nuevo arte político a partir de esta descripción científica de los potenciales de desorden. El error de los filósofos y de todo pensamiento que se despliegue sin reconocer en él, dentro de su propia enunciación, aquello que debe al deseo, es el de situarse artificialmente por encima de los procesos que objetiva, incluso desde la experiencia; a lo cual no escapan, por lo demás, Prigogine y Stengers. La experimentación, que no es la experiencia consumada sino su proceso de cumplimiento, se sitúa en la fluctuación, en medio de los ruidos, en el acecho de la bifurcación. Los acontecimientos que se verifican en lo social, en un nivel lo bastante significativo como para influir en los destinos generales, no constituyen la simple suma de los comportamientos generales. Inversamente, los comportamientos individuales no influyen por sí mismos sobre los destinos generales. Quedan no obstante tres etapas que no conforman más que una, y que a falta de ser representadas se experimentarán directamente sobre los cuerpos como problemas inmediatamente políticos: quiero hablar aquí de la amplificación de los actos no-conformes; de la intensificación de los deseos y de su acuerdo rítmico; del agenciamiento de un territorio, si es cierto que “la fluctuación no puede penetrar de un solo golpe el sistema en su totalidad. Primero tiene que establecerse en una región. Según que esta región inicial sea más o menos pequeña que una dimensión crítica […] la fluctuación experimentará una regresión o bien, por el contrario, penetrará todo el sistema”. Son tres problemas, por tanto, los que demandan ejercicios con vistas a una ofensiva antiimperial: problema de fuerza, problema de ritmo, problema de impulso.

Estas cuestiones, [que han sido] consideradas desde el punto de vista neutralizado y neutralizante del observador de laboratorio o de salón, es preciso retomarlas a partir de sí mismo, hacer de ellas la prueba. Amplificar unas fluctuaciones, ¿qué significa esto para mí? ¿Cómo pueden unas desviaciones, las mías por ejemplo, provocar el desorden? ¿Cómo se pasa de las fluctuaciones dispersas y singulares, de los desvíos de cada cual respecto a la norma y los dispositivos, a unos devenires, a unos destinos? ¿Cómo aquello que se fuga en el capitalismo o aquello que escapa de la valorización puede hacer fuerza y trastornarse en contra suya? Este problema lo resolvió la política clásica mediante la movilización. Movilizar, esto quería decir adicionar, agregar, reunir, sintetizar. Quería decir unificar las pequeñas diferencias, las fluctuaciones, haciéndolas pasar por un gran fallo, una injusticia irreparable, por reparar. Las singularidades estarían ya ahí. Bastaría con subsumirlas bajo un único predicado. La energía también estaría siempre-ya ahí. Bastaría con organizarla. Yo sería la cabeza, ellos el cuerpo. Así el teórico, la vanguardia o el partido han hecho funcionar la fuerza de la misma manera que el capitalismo, a base de puesta en circulación y de control con el fin de aprehender, igual que en la guerra clásica, el corazón del enemigo y de tomar el poder tomando su cabeza.

La revuelta invisible, el “golpe-del-mundo” del que hablaba Trocchi, actúa por el contrario sobre la potencia. Es invisible debido a que es imprevisible a los ojos del sistema imperial. Amplificadas, las fluctuaciones con respecto a los dispositivos imperiales no se agregan jamás. Son tan heterogéneas como lo son los deseos, y nunca podrán formar una totalidad cerrada, y menos una multitud, cuyo nombre es meramente un señuelo a no ser que signifique multiplicidad irreconciliable de las formas-de-vida. Los deseos se fugan, hacen o no clinamen, producen o no intensidades, y, más allá de la fuga, continúan fugándose. Permanecen reacias a toda forma de representación, sea en forma de cuerpo, clase o partido. Así pues, resulta necesario deducir de esto que toda propagación de fluctuaciones será también propagación de la guerra civil. La guerrilla difusa es esa forma de lucha que debe producir una invisibilidad de este tipo para los ojos del enemigo. El que una fracción de la Autonomía en la Italia de los años 70 recurriera a la guerrilla difusa se explica precisamente en virtud del carácter cibernético avanzado de la gubernamentalidad italiana. Esos años eran los del desarrollo del “consociativismo”, que anunciaba el actual ciudadanismo, la asociación de los partidos, los sindicatos y las asociaciones para la repartición y la cogestión del poder. Pero lo más importante aquí no es el compartir sino la gestión y el control. Este modo de gobierno va mucho más allá del Estado benefactor al crear cadenas de interdependencia más largas entre ciudadanos y dispositivos, extendiendo así los principios de control y gestión de la burocracia administrativa.

IX

“Es ahí que los programas generalizados se rompen los dientes. Sobre los extremos del mundo, sobre los pedazos de los hombres que no quieren programas.”

Philippe Carles, Jean-Louis Comolli, “Free Jazz, fuera del programa, fuera del sujeto, fuera del campo”, 2000

“Los pocos rebeldes activos deben poseer las cualidades de velocidad y resistencia, la ubicuidad y la independencia de las arterias de abastecimiento.”

 T. E. Lawrence, “Ciencia de la guerra de guerrillas”, Encyclopædia Britannica, tomo X, 1926

Debemos a T. E. Lawrence la elaboración de los principios de la guerrilla a partir de su experiencia en el combate al lado de los árabes contra los turcos, en 1916. ¿Qué dice Lawrence? Que la batalla no es más el proceso único de la guerra, así como que la destrucción del corazón del enemigo no es más su objetivo central, a fortiori si este enemigo carece de rostro, como es el caso frente al poder impersonal que materializan los dispositivos cibernéticos del Imperio: “La mayoría de las guerras son guerras de contacto, esforzándose ambas fuerzas por permanecer cerca a fin de evitar toda sorpresa táctica. La guerra árabe debía ser una guerra de ruptura: contener al enemigo mediante la amenaza silenciosa de un vasto desierto desconocido, sin descubrirse más que en el momento de ataque.” Deleuze, incluso si opone demasiado rígidamente la guerrilla, que plantea el problema de la individualidad, a la guerra, que plantea el de la organización colectiva, precisa que de lo que se trata es de abrir lo más posible el espacio y de profetizar o, mejor aún, “de fabricar lo real, no de responderle”. La revuelta invisible o la guerrilla difusa no sancionan una injusticia, crean un mundo posible. En el lenguaje de la hipótesis cibernética, conozco cómo crear la revuelta invisible o la guerrilla difusa, a nivel molecular, de dos maneras distintas. Primer gesto, fabrico lo real, estropeo y me estropeo estropeando. Todos los sabotajes tienen ahí su fuente. Lo que representa mi comportamiento en ese momento no existe para el dispositivo que se estropea conmigo. Ni 0 ni 1, yo soy el tercero absoluto. Mi goce excede al dispositivo. Segundo gesto, no respondo a los bucles retroactivos humanos o maquínicos que intentan acotarme, como Bartleby “prefiero no”, me mantengo en el desvío, no entro en el espacio de los flujos, no me conecto, me quedo. Hago uso de mi pasividad como una potencia contra los dispositivos. Ni 0 ni 1, yo soy la nada absoluta. Primer tiempo: gozo perversamente. Segundo tiempo: me reservo. Más allá. Más acá. Cortocircuito y desconexión. En ambos casos, el feedback no tiene lugar, hay una carnada de línea de fuga. Línea de fuga exterior de un lado que parece surgir de mí; línea de fuga interior del otro que me conduce hacia mí mismo. Todas las formas de interferencia parten de estos dos gestos, líneas de fuga exteriores e interiores, sabotajes y retiradas, búsqueda de formas de lucha y asunción de formas-de-vida. El problema revolucionario consistirá en lo que sigue en conjugar ambos momentos.

Lawrence cuenta que ésta fue también la cuestión que tuvieron que resolver los árabes junto a los cuales se alistó contra los turcos. En efecto, su táctica consistía “siempre en proceder por toques y repliegues; ni empujes ni golpes. El ejército árabe no trató nunca de mantener o mejorar la ventaja, sino que se retiraba y volvía a golpear en algún otro lugar. Usaba la menor fuerza en el menor tiempo y en el lugar más alejado.” Se privilegian los ataques contra lo material, y especialmente contra los canales de comunicación más que contra las instituciones mismas, como privar a un tramo de vías férreas de sus rieles. La revuelta sólo deviene invisible en la medida en que alcanza su objetivo, que es el de “privar al adversario de cualquier objetivo”, de nunca proveer blancos al enemigo. En tal caso impone al enemigo una “defensa pasiva” muy costosa en términos de material y de hombres, en energías, y extiende en el mismo movimiento su propio frente al religar respectivamente los focos de ataque. Así pues, la guerrilla tiende desde su invención a la guerrilla difusa. Este tipo de lucha produce además relaciones nuevas muy distintas a las que tienen vigencia en los ejércitos tradicionales: “La máxima irregularidad y flexibilidad eran las metas. La diversidad desorientaba los servicios de inteligencia del enemigo. […] Todos podían irse a casa cuando la convicción les fallara. El único contrato que les unía era el honor. Consecuentemente, el ejército árabe carecía de disciplina, en el sentido en que ésta restringe y asfixia la individualidad y en que constituye el mínimo común denominador de los hombres.” No obstante, Lawrence no idealiza, como están tentados a hacerlo los espontaneístas en general, el espíritu libertario de sus tropas. Lo más importante es poder contar con una población simpatizante, que tiene el papel de lugar de reclutamiento potencial a la vez que de difusión de la lucha. “Una rebelión puede ser llevada por dos por ciento de elementos activos y noventa y ocho por ciento de simpatizantes pasivos”, pero esto necesita tiempo y operaciones de propaganda. Recíprocamente, todas las ofensivas de interferencia de las líneas adversas implican un servicio de inteligencia [service de renseignements, lit. “servicio de informaciones”] perfecto “que debe permitir elaborar planes con una certidumbre absoluta” a fin de jamás proveer objetivos al enemigo. Éste es precisamente el papel que podría en lo sucesivo tener una organización, en el sentido que este término tenía en la política clásica, de tal función de investigación [renseignements] y transmisión de saberes-poderes acumulados. Así, la espontaneidad de los guerrilleros no será necesariamente opuesta a una organización cualquiera, en cuanto depósito de informaciones estratégicas.

Pero lo importante es que la práctica de la interferencia, tal como la concibió Burroughs, y luego de él los hackers, es vana si no se ve acompañada por una práctica organizada de investigaciones [renseignements] acerca de la dominación. Esta necesidad se refuerza por el hecho de que el espacio en el cual podría darse la revuelta no es el desierto del que habla Lawrence. El espacio electrónico de Internet tampoco es ese espacio liso y neutro del que hablan los ideólogos de la era de la información. Por otra parte, los estudios más recientes confirman que Internet está a merced de un ataque dirigido y coordinado. La conexión ha sido concebida de tal manera que la red aún podría funcionar tras una pérdida del 99% de los 10 millones de “routers” —los nodos de la red de comunicación donde se concentra la información— destruidos de forma aleatoria, conforme a lo que inicialmente habían querido los militares estadounidenses. Por contra, un ataque selectivo, concebido a partir de informaciones [renseignements] precisas acerca del tráfico, y que apunte a 5% de los nodos más estratégicos —los nodos de las redes de alta velocidad de los grandes operadores, los puntos de entrada de las líneas transatlánticas—, bastaría para provocar un colapso del sistema. Sean virtuales o reales, los espacios del Imperio están estructurados en territorios, estriados por las cascadas de dispositivos que trazan la fronteras para luego borrarlas cuando se vuelven inútiles, con un constante escaneo que es el motor mismo de los flujos de circulación. Y en tal espacio estructurado, territorializado y desterritorializado, la línea del frente con el enemigo no puede ser tan clara como en el desierto de Lawrence. El carácter flotante del poder y la dimensión nómada de la dominación exigen por consiguiente un aumento de actividad de inteligencia [renseignement], lo cual implica una organización de la circulación de los saberes-poderes. Tal debería ser el papel de la Sociedad por el Desarrollo [Avancement] de la Ciencia Criminal (SASC).

En Cibernética y sociedad, al mismo tiempo que presiente demasiado tardíamente que el uso político de la cibernética tiende a reforzar el ejercicio de la dominación, Wiener se plantea una cuestión similar, antes de la crisis mística en la que acabará su vida: “Toda la técnica del secreto, de la interferencia de los mensajes y del bluff consiste en asegurar que el propio campo puede hacer un uso más eficaz de las fuerzas y operaciones de comunicación que el otro campo. En esta utilización combativa de la información, es tan importante dejar abiertos los propios canales de información como obstruir los canales de los que dispone el adversario. Una política global en materia de secreto casi siempre implica la consideración de bastantes cosas más que el secreto mismo.” El problema de la fuerza, reformulado como problema de la invisibilidad, se vuelve por tanto un problema de modulación de la apertura y el cierre. Éste requiere la organización y la espontaneidad a la vez. O por decirlo de otra manera, la guerrilla difusa requiere hoy de la constitución de dos planos de consistencia distintos aunque entremezclados, uno donde se organice la apertura, la transformación del juego de las formas-de-vida en información, otro donde se organice el cierre, la resistencia de las formas-de-vida a su puesta en información. Curcio: “El partido-guerrilla es el máximo agente de la invisibilidad y de la exteriorización del saber-poder del proletariado, en él cohabitan invisibilidad con respecto al enemigo y exteriorización hacia el enemigo, en el más alto nivel de síntesis.” Se objetará que, después de todo, de lo que se trata aquí es sólo de una forma más de máquina binaria, ni mejor ni menos buena que las que se efectúan en la cibernética. Se estará equivocado, ya que con eso no se está viendo que al comienzo de estos dos gestos se halla una distancia fundamental con respecto a los flujos regulados, una distancia que es la condición misma de la experiencia en el seno de un mundo de dispositivos, una distancia que es una potencia que puedo convertir en espesor y en devenir. Pero sobre todo, se estará equivocado porque pensar así conlleva a no comprender que la alternancia entre soberanía e impoder no es algo que se programe, que el curso que dibujan estas posturas corresponde al orden de la errancia, que los lugares que de él salen elegidos, en el cuerpo, en la fábrica, en los no-lugares urbanos y periurbanos, son imprevisibles.

X

“La revolución es el movimiento, pero el movimiento no es la revolución.”

 Paul Virilio, Velocidad y política, 1977

“En un mundo de escenarios bien arreglados, de programas minuciosamente calculados, de partituras impecables, de opciones y de acciones bien colocadas, ¿qué es lo que obstaculiza, qué es lo que colea, qué es lo que tambalea?

El tambaleo indica al cuerpo.

Del cuerpo.

El tambaleo indica al hombre del talón fragil.

Un Dios lo contenía a partir de él. Él fue Dios por el talón. Los Dioses se tambalean cuando no son jorobados.

El desarreglo es el cuerpo. Lo que se tambalea, hace mal, contiene mal, el agotamiento de la respiración y el milagro del equilibrio. Y la música no se mantiene en pie más que un hombre.

Los cuerpos todavía no están bien regulados por la ley de la mercancía.

Ello no marcha. Ello sufre. Ello se desgasta. Ello se equivoca. Ello escapa.

Demasiado caliente, demasiado frío, demasiado cerca, demasiado lejos, demasiado rápido, demasiado lento.”

 Philippe Carles, Jean-Louis Comolli, “Free Jazz, fuera del programa, fuera del sujeto, fuera del campo”, 2000

Se ha insistido a menudo —y T. E. Lawrence no es una excepción— en la dimensión cinética de la política y de la guerra como contrapunto estratégico a una concepción cuantitativa de las relaciones de fuerza. Ésta es la perspectiva típica de la guerrilla, en contraste con la guerra tradicional. Ha sido dicho que, a falta de ser masivo, un movimiento debería ser rápido, más rápido que la dominación. Es así por ejemplo como la Internacional Situacionista formula su programa en 1957: “Hay que tener en cuenta que vamos a asistir, a participar, en una carrera de velocidad entre los artistas libres y la policía por experimentar y desarrollar las nuevas formas de condicionamiento. En esta carrera, la policía lleva ya una ventaja considerable. No obstante de su resultado depende la aparición de entornos apasionantes y liberadores o el refuerzo —científicamente controlable, sin fisuras— del entorno del viejo mundo de opresión y de horror. […] Si el control de estos nuevos medios no es totalmente revolucionario, podemos vernos arrastrados al ideal civilizado [policé] de una sociedad de abejas.” Frente a esta última imagen, evocación explícita pero estática de la cibernética consumada tal como el Imperio le da figura, la revolución debiera consistir en una reapropiación de los instrumentos tecnológicos más modernos, reapropiación que debiera permitir contestar a la policía sobre su mismo terreno, creando un contra-mundo con los mismos medios que ella emplea. Se concibe aquí la velocidad como una de las cualidades más importantes para el arte político revolucionario. Pero esta estrategia implica atacar unas fuerzas sedentarias. Ahora bien, bajo el Imperio, éstas tienden a desmoronarse al mismo tiempo que el poder impersonal de los dispositivos deviene nómada y atraviesa todas las instituciones haciéndolas implosionar.

A la inversa, la lentitud es lo que ha informado otra cara de las luchas contra el Capital. El sabotaje ludista no debe ser interpretado desde una perspectiva marxista tradicional, como una simple rebelión primitiva en relación al proletariado organizado, como una protesta del artesanado reaccionario contra la expropiación progresiva de los medios de producción provocada por la industrialización. Se trata de un acto deliberado de ralentización [ralentissement] de los flujos de mercancías y personas, que se adelanta a la característica central del capitalismo cibernético en la medida que éste es movimiento hacia el movimiento, voluntad de potencia, aceleración generalizada. Taylor por otra parte concibió la Organización Científica del Trabajo como una técnica de combate contra el “frenado obrero” que representa un obstáculo efectivo para la producción. En el orden físico, las mutaciones del sistema dependen también de una cierta lentitud, como indican Prigogine y Stengers: “Cuanto más rápida es la comunicación en el sistema, cuanto más grande es la proporción de las fluctuaciones insignificantes, incapaces de transformar el estado del sistema, más estable es dicho estado.” Así pues, las tácticas de ralentización son portadoras de una potencia suplementaria en la lucha contra el capitalismo cibernético, puesto que no lo atacan únicamente en su ser sino en su proceso. Pero hay más: la lentitud también es necesaria para vincular entre sí formas-de-vida de una forma que no sea reductible a un simple intercambio de informaciones. Ella expresa la resistencia de la relación a la interacción.

Más acá o más allá de la velocidad y de la lentitud de la comunicación, existe el espacio del encuentro, que permite trazar un límite absoluto a la analogía entre el mundo social y el mundo físico. Es en efecto porque dos partículas nunca se encontrarán que los fenómenos de ruptura no pueden ser deducidos de las observaciones de laboratorio. El encuentro es ese instante duradero en el que se manifiestan intensidades entre las formas-de-vida en presencia de cada cual. Él es, más acá de lo social y la comunicación, el territorio que actualiza las potencias de los cuerpos y que se actualiza en las diferencias de intensidad que ellos desprenden, que ellos son. El encuentro se sitúa más acá del lenguaje, más allá de las palabras, en las tierras vírgenes de lo no-dicho, en el nivel de una puesta en suspenso, de esta potencia del mundo que es también su negación, su “poder-no-ser”. ¿Quién es otro [autrui]? “Otro mundo posible”, responde Deleuze. El otro encarna esa posibilidad que tiene el mundo de no ser, o de ser otro. Es por esto que en las sociedades llamadas “primitivas” la guerra lleva consigo esa importancia primordial de aniquilar cualquier otro mundo posible. Sin embargo no sirve de nada pensar el conflicto sin pensar el goce, pensar la guerra sin pensar el amor. En cada tumultuoso nacimiento del amor, renace el deseo fundamental de transformarse transformando el mundo. El odio y la sospecha que los amantes suscitan en torno a ellos son la respuesta automática y defensiva a la guerra que mantienen, por el solo hecho de amarse, contra un mundo en el que toda pasión debe despreciarse y morir.

La violencia es por mucho la primera regla de juego del encuentro. Y es ella lo que polariza las diversas errancias del deseo cuya libertad soberana invoca Lyotard en su Economía libidinal. Pero a causa de que él se niega a ver que los goces se concuerdan entre sí sobre un territorio que los precede y en el que se frecuentan las formas-de-vida, a causa de que rechaza comprender que la neutralización de toda intensidad es ella misma una intensificación, nada menos que la del Imperio, a causa de que no puede deducir de ello que, siendo inseparables, pulsiones de muerte y pulsiones de vida no son neutras de cara a otro singular, Lyotard no puede finalmente superar el hedonismo más compatible con la cibernetización: ¡suéltense, abandónense, dejen pasar los deseos! ¡Gocen, gocen, siempre quedará algo para ello! No cabe duda de que la conducción, el abandono o la movilidad en general son capaces de acrecentar la amplificación de los desvíos con respecto a la norma, a condición de reconocer qué es lo que interrumpe los flujos en el seno mismo de la circulación. Frente a la aceleración que provoca la cibernética, la velocidad o el nomadismo sólo pueden representar elaboraciones secundarias vis-à-vis de las políticas de ralentización.

La velocidad revuelve las instituciones. La lentitud corta los flujos. El problema propiamente cinético de la política no es pues el de elegir entre dos tipos de revuelta sino el de abandonarse a una pulsación, el de explorar otras intensificaciones que no sean las dirigidas por la temporalidad de la emergencia. El poder de los cibernéticos ha consistido en dar un ritmo al cuerpo social que impide tendencialmente cualquier respiración. El ritmo, tal como Canetti plantea su génesis antropológica, está precisamente asociado a la carrera: “El ritmo es originalmente un ritmo de los pies. Todo hombre camina, y como camina sobre dos piernas y con sus pies golpea alternadamente sobre el suelo, ya que sólo avanza si cada vez hace ese mismo movimiento de pies, se produce, sea o no su intención, un ruido rítmico.” Pero esta carrera no es previsible, como sí lo sería la de un robot: “Los dos pies nunca pisan con la misma intensidad. La diferencia entre ambos puede ser mayor o menor, según las disposiciones y el ánimo personales. Pero uno también puede marchar más rápido o más despacio, uno puede correr, detenerse de golpe, saltar.” Esto quiere decir que el ritmo es lo contrario de un programa, que depende de las formas-de-vida y que los problemas de velocidad pueden ser reducidos a cuestiones de ritmo. Todo cuerpo, en la medida en que es cojo, porta consigo un ritmo que manifiesta que en su naturaleza yace el sostener posiciones insostenibles. Este ritmo que proviene de los cojeos de los cuerpos, del movimiento de los pies, Canetti añade que se encuentra en en el origen de la escritura, es decir, de la Historia, en cuanto huellas de la marcha de los animales. El acontecimiento no es otra cosa que la aparición de tales huellas, y hacer la Historia equivale por tanto a improvisar en búsqueda de un ritmo. Sin importar cuál sea el crédito que se otorgue a las demostraciones de Canetti, ellas indican, como lo hacen las ficciones verdaderas, que la cinética política será mejor comprendida como política del ritmo. Esto significa como mínimo que al ritmo binario y tecno impuesto por la cibernética han de oponerse otros ritmos.

Pero esto también significa que estos otros ritmos, en cuanto manifestaciones de un cojeo ontológico, siempre han tenido una función política creadora. Canetti, de nuevo él, cuenta que por un lado “la repetición rápida por la cual los pasos se suman a los pasos da la ilusión de un número mayor de seres. No se mueven del lugar, prosiguen la danza siempre en el mismo sitio. El ruido de sus pasos no se apaga, se repiten y conservan por mucho tiempo siempre la misma sonoridad y vivacidad. Reemplazan con su intensidad el número que les hace falta”. Por otro lado, “cuando su pisoteo se refuerza, es como si pidieran un refuerzo. Ejercen, sobre todos los hombres que se encuentran cerca, una fuerza de atracción que no se debilita mientras no abandonen la danza”. Buscar el buen ritmo abre pues a una intensificación de la experiencia al igual que a un incremento numérico. Es un instrumento de agregación tanto como una acción ejemplar a imitar. A escala del individuo al igual que a escala de la sociedad, los propios cuerpos pierden su sentimiento de unidad para desmultiplicarse como armas potenciales: “La equivalencia de los participantes se ramifica en la equivalencia de sus miembros. Todo aquello que un cuerpo humano puede tener de móvil adquiere una vida propia, cada pierna y cada brazo vive como por sí solo.” La política del ritmo es por tanto la búsqueda de una reverberación, de un otro estado comparable a un trance del cuerpo social, a través de la ramificación de cada cuerpo. Y es que existen dos regímenes posibles del ritmo en el Imperio cibernetizado. El primero, al que se refiere Simondon, es el del hombre técnico que “asegura la función de integración y prolonga la autorregulación hacia fuera de cada mónada de automatismo”, técnicos cuya “vida está hecha con el ritmo de las máquinas que la rodean y que religa unas a las otras”. El segundo ritmo apunta a socavar dicha función de interconexión: es profundamente des-integrador sin ser simplemente ruidista. Es un ritmo de la desconexión. La conquista colectiva de ese tempo exacto disonante pasa por un previo abandono a la improvisación.

“Subiendo el telón de las palabras, la improvisación deviene gesto,

acto aún no llamado,

forma aún no nombrada, normada, honrada.

Abandonarse a la improvisación

para liberarse ya —por bellos que sean—

de los relatos musicales ya ahí del mundo.

Ya ahí, ya bellos, ya relatos, ya mundo.

Deshacer, oh Penélope, las fajas musicales que forman

nuestro caparazón sonoro,

que no es el mundo, sino el hábito ritual de mundo.

Abandonada, ella se ofrece a lo que flota en torno al sentido,

en torno a las palabras,

en torno a las codificaciones,

ella se ofrece a las intensidades,

a las reservas, a los impulsos, a las energías,

en suma, a lo poco nombrable.

[…] La improvisación acoge la amenaza y la supera,

la desposee de sí misma, la registra, potencia y riesgo.”

XI

“La bruma, la bruma solar es lo que va a llenar el espacio. La rebelión misma es un gas, un vapor. La bruma es el primer estado de la percepción naciente, y forma el espejismo en el que las cosas suben y bajan, como bajo la acción de un pistón, y los hombres levitan, suspendidos de una cuerda. Ver brumoso, ver turbio: un esbozo de percepción alucinatoria, un gris cósmico. ¿Se trata del gris que se parte en dos, y que da el negro cuando la sombra gana o cuando la luz desaparece, pero asimismo del blanco cuando lo luminoso deviene a su vez opaco?”

 Gilles Deleuze, “La vergüenza y la gloria: T. E. Lawrence”, Crítica y clínica, 1993

“Nada ni nadie ofrece como regalo una aventura alternativa: no hay otra aventura posible que la de conquistar un destino. No podrás conseguir esta conquista más que partiendo del sitio espacio-temporal donde ‘tus’ cosas te imprimen como una de las suyas.”

Giorgio Cesarano, Manual de supervivencia, 1975

En la perspectiva cibernética la amenaza no puede ser acogida ni a fortiori superada. Es necesario que sea absorbida, eliminada. Ya he dicho que la imposibilidad infinitamente prorrogada de este aniquilamiento del acontecimiento es la última certeza sobre la cual es posible fundar prácticas de oposición al mundo gobernado por los dispositivos. La amenaza, y su generalización bajo forma de pánico, plantea problemas energéticos irresolubles a quienes defienden la hipótesis cibernética. Simondon explica así que las máquinas que tienen un alto rendimiento en información, que controlan con precisión su entorno, tienen un rendimiento energético débil. Inversamente, las máquinas que demandan poca energía para poder llevar a cabo su misión cibernética, producen un mal informe de la realidad. La transformación de las formas en informaciones contiene en efecto dos imperativos opuestos: “La información es, en un sentido, aquello que aporta una serie de estados imprevisibles, nuevos, que no forman parte de ninguna consecuencia definida por anticipado; es pues aquello que exige, del canal de información, una disponibilidad absoluta en relación a todos los aspectos de la modulación que ella encamina; el canal de información no debe aportar por sí mismo ninguna forma predeterminada, no debe ser selectivo. […] En un sentido opuesto, la información se distingue del ruido porque se le puede asignar un cierto código, una relativa uniformización; en todos los casos en que el ruido no puede ser disminuido directamente debajo de un cierto nivel, se lleva a cabo una reducción del margen de indeterminación y de imprevisibilidad de las señales de información.” Dicho de otro modo, para que un sistema físico, biológico o social tenga la suficiente energía como para poder asegurar su reproducción, hace falta que sus dispositivos de control recorten en la masa de lo desconocido, rebanen en el conjunto de los posibles, aquello que depende del azar [hasard] puro y que se excluye del control por vocación, de aquello que puede entrar en él en cuanto riesgo [aléa, también “azar”], susceptible por consiguiente de un cálculo de probabilidad. Se sigue que, para todo dispositivo, como en el caso específico de los aparatos de grabación sonora, “un compromiso debe ser adaptado que conserve un rendimiento de información suficiente como para cubrir las necesidades prácticas y un rendimiento energético lo suficientemente elevado como para mantener el ruido de fondo a un nivel que no entorpezca el nivel de la señal”. Por ejemplo, en el caso de la policía, se tratará de hallar el punto de equilibrio entre la represión —que tiene por función el disminuir el ruido de fondo social— y la inteligencia [renseignement] —que informa sobre el estado y los movimientos de lo social a partir de las señales que éste emite.

Así pues, provocar el pánico querrá primeramente decir extender la niebla de fondo que se superpone a la puesta en marcha de los bucles retroactivos y que dificulta el registro de los desvíos de comportamiento por parte del equipamiento cibernético. El pensamiento estratégico ha comprendido tempranamente el alcance ofensivo de esta niebla. Cuando Clausewitz se percata por ejemplo de que la “resistencia popular evidentemente no es apta para proporcionar grandes golpes”, sino que, “como algo vaporoso y fluido, no debe condensarse en ninguna parte”. O cuando Lawrence opone a los ejércitos tradicionales que “se asemejan a plantas inmóviles”, la guerrilla, comparable a “una influencia, una idea, una especie de entidad intangible, invulnerable, sin frente ni retaguardia, y que se esparce por todas partes a la manera de un gas”. La niebla es el vector privilegiado de la revuelta. Transplantada al mundo cibernético, la metáfora hace referencia también a la resistencia a la tiranía de la transparencia que impone el control. La bruma altera todas las coordenadas habituales de la percepción. Provoca la indiscernibilidad de lo visible y lo invisible, de la información y el acontecimiento. Es por esto que representa una condición de posibilidad de este último. La niebla hace posible la revuelta. En un cuento titulado “El amor es ciego”, Boris Vian imagina lo que constituirían los efectos de una niebla bien real sobre las relaciones existentes. Los habitantes de una metrópoli se levantan una mañana invadidos por una “marejada opaca” que progresivamente modifica todos los comportamientos. Las necesidades que imponen las apariencias devienen rápidamente caducas y la ciudad permite que se extienda una experimentación colectiva. Los amores devienen libres, facilitados por la desnudez permanente de todos los cuerpos. Las orgías se esparcen. La piel, las manos, las carnes, recobran sus prerrogativas puesto que “el dominio de lo posible se extiende cuando no se tiene miedo de que la luz se encienda”. Incapaces de hacer que dure una niebla que no han contribuido a formar, los habitantes se ven entonces desamparados cuando “la radio informa que algunos científicos notan una regresión regular del fenómeno”. A partir de lo cual, todos deciden reventarse los ojos con el fin de que la vida continúe feliz. Paso al destino: la niebla de la que habla Vian se conquista. Se conquista mediante una reapropiación de la violencia, una reapropiación que puede avanzar hasta la mutilación. Esa violencia que no quiere educar en nada, que no quiere construir nada, no es ese terror político objeto de tantas glosas de almas buenas. Esa violencia consiste por entero en el desmonte de las defensas, en la apertura de los recorridos, de los sentidos, de los espíritus. “¿Es siempre pura?”, pregunta Lyotard. “¿Una danza es verdadera? Se podría decir eso, siempre. Pero en ello no está su potencia.” Decir que la revuelta debe devenir niebla significa que debe ser diseminación y disimulación a la vez. Así como la ofensiva debe hacerse opaca a fin de triunfar, así la opacidad debe hacerse ofensiva para durar: tal es la cifra de la revuelta invisible.

Pero esto también indica que su primer objetivo será el de resistir a toda tentativa de reducción por exigencia de representación. La niebla es una respuesta vital al imperativo de claridad, de transparencia, que es la primera impronta del poder imperial sobre los cuerpos. Devenir niebla quiere decir que asumo finalmente la parte de sombra que me dirige y me impide creer en todas las ficciones de la democracia directa en la medida en que éstas querrían ritualizar una transparencia de cada cual ante sus propios intereses y de todos ante los intereses de todos. Devenir opaco como la niebla equivale a reconocer que uno no representa nada, que uno no es identificable, equivale a asumir el carácter intotalizable del cuerpo físico al igual que del cuerpo político, equivale a abrirse a unos posibles todavía desconocidos. Equivale a resistir con todas las fuerzas a toda lucha por el reconocimiento. Lyotard: “Lo que ustedes nos exigen, teóricos, es que nos constituyamos en identidades, en responsables. Ahora bien, si de algo estamos seguros es de que esa operación (de exclusión) es una farsa, de que las incandescencias no son la obra de nadie y no pertenecen a nadie.” Así pues, no se tratará tanto de volver a formar algunas sociedades secretas o algunas conspiraciones conquistadoras como fue el caso en la francmasonería, el carbonarismo, o como lo que aún fantaseaban las vanguardias del último siglo — pienso especialmente en el Collége de Sociologie. Constituir una zona de opacidad en la que circular y experimentar libremente sin conducir los flujos de información del Imperio equivale a producir “singularidades anónimas”, a recrear las condiciones de una experiencia posible, de una experiencia que no sea inmediatamente aplanada por una máquina binaria que le asigne un sentido, de una experiencia densa que transforme los deseos y sus instanciaciones en un más allá de los deseos, en un relato, en un cuerpo espesado. Por eso cuando Toni Negri interroga a Deleuze acerca del comunismo, éste se guarda bien de asimilarlo a una comunicación realizada y transparente: “Preguntas si las sociedades de control o de comunicación no suscitarán formas de resistencia capaces de hacer posible cierto comunismo concebido como ‘organización transversal de individuos libres’. Yo no sé, quizá. Pero eso no sería en la medida en que las minorías pudieran tomar la palabra. Tal vez la palabra, la comunicación, están podridas. Están penetradas completamente por el dinero, y no por accidente, sino por naturaleza. Es necesario un desvío [détournement] de la palabra. Crear siempre ha sido una cosa distinta a comunicar. Lo importante será tal vez el crear vacuolas de no-comunicación, interruptores para escapar del control.” En efecto, lo importante para nosotros son esas zonas de opacidad, la apertura de cavidades, de intervalos vacíos, de bloques negros en la red [maillage, de network] cibernética del poder. La guerra irregular con el Imperio, a escala de un lugar, de una lucha, de un motín, comienza desde este momento por medio de la construcción de zonas opacas y ofensivas. Cada una de estas zonas será a la vez núcleo a partir del cual experimentar sin ser aprehensible, y nube propagadora de pánico en el conjunto del sistema imperial, máquina de guerra coordinada y subversión espontánea en todos los niveles. La proliferación de estas zonas de opacidad ofensiva (ZOO), la intensificación de sus relaciones, provocará un desequilibrio irreversible.

A fin de indicar bajo qué condiciones se puede “crear opacidad”, como arma y como interruptor de los flujos, conviene tornarse una vez más hacia la crítica interna del paradigma cibernético. Provocar el cambio de estado en un sistema físico o social necesita que el desorden, los desvíos respecto a la norma, se concentren en un espacio, real o virtual. Para que unas fluctuaciones de comportamiento se contagien es necesario, en efecto, que alcancen en primer lugar un “tamaño crítico”, cuya naturaleza precisan Prigogine y Stengers: “Resulta del hecho de que el ‘mundo exterior’, el entorno de la región fluctuante, tiende siempre a amortiguar la fluctuación. El tamaño crítico mide la relación entre el volumen, donde tiene lugar las reacciones, y la superficie de contacto, lugar del acoplamiento. Así pues, el tamaño crítico está determinado por una competición entre el ‘poder de integración’ del sistema y los mecanismos químicos que amplifican la fluctuación en el interior de la subregión fluctuante”. Esto quiere decir que todo despliegue de fluctuaciones en un sistema está condenado al fracaso si no dispone previamente de un anclaje local, de un lugar a partir del cual los desvíos que surjan aquí sean capaces de contaminar el conjunto del sistema. Lawrence lo confirma, una vez más: “La rebelión ha de tener una base inatacable, un lugar protegido no meramente del ataque sino del miedo al ataque.” Para que exista un lugar así le hace falta “la independencia de las arterias de abastecimiento”, sin la cual ninguna guerra es factible. Si la cuestión de la base es central en toda revuelta, es también en razón de los principios mismos de equilibrado de los sistemas. Para la cibernética, la posibilidad de un contagio que haga bascular el sistema tiene que ser amortiguada por el entorno más inmediato de la zona de autonomía donde tienen lugar las fluctuaciones. Esto significa que los efectos de control son más potentes en la periferia más próxima a la zona de opacidad ofensiva que se crea, en torno a la región fluctuante. Por consiguiente, el tamaño de la base deberá ser tanto más grande cuanto más insistente sea el control de proximidad.

Estas bases deben estar inscritas tanto en el espacio como en las cabezas: “La revuelta árabe —explica Lawrence— existía en los puertos del mar Rojo, en el desierto o en el espíritu de los hombres que la suscribían.” Son territorios en la misma medida en que son mentalidades. Llamémoslos planos de consistencia. Para que se formen y se refuercen zonas de opacidad ofensiva es necesario, en primer lugar, que tales planos existan, que conecten los desvíos entre sí, que hagan palanca, que operen el trastornamiento del miedo. La Autonomía histórica —por ejemplo la de la Italia de los años 70—, al igual que la Autonomía posible, no es otra cosa que el movimiento continuo de perseverancia de los planos de consistencia que se constituyen como espacios irrepresentables, como bases de secesión con respecto de la sociedad. La reapropiación por parte de los cibernéticos críticos de la categoría de autonomía —con sus nociones derivadas: auto-organización, auto-poiesis, auto-referencia, auto-producción, auto-valorización, etc.— es, desde este punto de vista, la maniobra ideológica central de estos últimos veinte años. A través del prisma cibernético, darse a sí mismo sus propias leyes o producir subjetividades no contradice en nada la producción del sistema y su regulación. Al hacer un llamado, hace diez años, a la multiplicación de las Zonas de Autonomía Temporal (TAZ) en el mundo virtual al igual que en el mundo real, Hakim Bey permanecía de este modo víctima del idealismo de aquellos que quieren abolir lo político sin haberlo pensado previamente. Se veía obligado a separar dentro de la TAZ el lugar para prácticas hedonistas, para expresión “libertaria” de las formas-de-vida, del lugar de la resistencia política, de la forma de lucha. Si la autonomía es aquí pensada como temporal, es porque pensar su duración exigiría concebir una lucha que se articule con la vida, considerar por ejemplo la transmisión de saberes guerreros. Los liberales-libertarios del tipo de Bey ignoran el campo de las intensidades en el que su soberanía exige desplegarse, y su proyecto de contrato social sin Estado postula en el fondo la identidad de todos los seres, ya que de lo que se trata en definitiva es de maximizar sus placeres en paz, hasta el fin de los tiempos. Por un lado, las TAZ son definidas como “enclaves libres”, lugares cuya ley es la libertad, las buenas cosas, lo Maravilloso. Por el otro, la secesión con respecto del mundo del que provienen los “pliegues” en los que se alojan entre lo real y su código, deberían constituirse únicamente tras una sucesión de “rechazos”. Esa “ideología californiana”, al plantear la autonomía como atributo de sujetos individuales o colectivos, confunde intencionalmente dos planos inconmensurables: la “autorrealización” de las personas y la “autoorganización” de lo social. Dado que la autonomía es, en la historia de la filosofía, una noción ambigua que expresa al mismo tiempo el franqueamiento de toda constricción y la sumisión a unas leyes naturales superiores, ella puede servir de alimento para los discursos híbridos y reestructurantes de los cyborgs “anarco-capitalistas”.

La autonomía de la que yo hablo no es temporal ni simplemente defensiva. No es una cualidad sustancial de los seres sino la condición misma de su devenir. No parte de la supuesta unidad del Sujeto sino que engendra multiplicidades. No acomete sólo contra las formas sedentarias del poder, como el Estado, para a continuación surfear sobre sus formas circulantes, “móviles”, “flexibles”. Se da los medios tanto para durar como para desplazarse, tanto para retirarse como para atacar, tanto para abrirse como para cerrarse, tanto para conectar los cuerpos mudos como las voces sin cuerpo. Piensa esta alternancia como resultado de una experimentación sin fin. “Autonomía” quiere decir que hacemos crecer los mundos que somos nosotros. El Imperio, armado con la cibernética, reivindica para sí solo la autonomía, la autonomía en cuanto sistema unitario de la totalidad: de este modo se ve obligado a aniquilar toda autonomía dentro de aquello que le es heterogéneo. Nosotros decimos que la autonomía es para todo el mundo, y que la lucha por la autonomía debe amplificarse. La forma que actualmente toma la guerra civil es ante todo la de una lucha contra el monopolio de la autonomía. Esa experimentación será el “caos fecundo”, el comunismo, el fin de la hipótesis cibernética.

Kaczynski, contra la militancia [completo]

“…lo único que había sobrevivido de la lucha literaria contra los efectos del capitalismo industrial eran los relatos para chicos de Tolkien.”

Ricardo Piglia, El camino de Ida [2013]

I.-

Los cinco párrafos iniciales de La sociedad industrial y su futuro (Industrial Society and Its Future, 1995) diagnostican [1]: la Revolución Industrial y sus consecuencias han resultado un desastre (´disaster´) para la humanidad [#1]; la expectativa de vida se extendió pero aumentaron las agresiones físicas y psicológicas sobre el ser humano, y creció el daño contra el mundo natural [#1]; la salida es una revolución que ataque los fundamentos económicos y tecnológicos de la sociedad industrial [#4]; una reforma no impediría que el sistema prive a las personas de libertad y de autonomía tal como lo hace hoy [#2]; el problema es poco menos que inabarcable, en consecuencia, el análisis se focalizará en aspectos que no hayan recibido suficiente atención [#5].

Un aspecto poco analizado y, según el autor, el que mejor pone en evidencia la locura (´craziness´) de la complejísima y molesta (´troubled´) sociedad moderna es la psicología del izquierdismo (´leftism´) [#6].

Es difícil definir ´izquierdismo´. Kaczynski se refiere a un movimiento fragmentario que en el pasado se identificó con el socialismo y que a fines del siglo XX incluye a políticamente correctos, a colectivistas, a feministas, a activistas por los derechos de gays (y de identidades sexuales diversas), a activistas en defensa de personas con capacidades diferentes (´disabilities´), a activistas por los derechos de los animales, y a un extenso etcétera. Ante la dificultad, delinea un tipo psicológico para, en las postrimerías del artículo (´article´), aproximarse a una definición de ´izquierdismo´ [#7].[2]

Con la esperanza de convertirla en más accesible, reseño la psicología del izquierdismo según Kaczynski. Entiendo, por mi parte, que lo dicho de forma general en el artículo alcanza a lo que en Argentina se conoce como ´militancia´. Por paradójico que resulte, bastante tiene que ver la ´militancia progresista´ con la pervivencia del sistema tecno-industrial. En el cuarto apartado, ofrezco un ejemplo puntual de militancia mistificadora.

Kaczynski deja de lado el izquierdismo del siglo XIX y de comienzos del XX para concentrarse en el izquierdismo moderno [#8] cuyas principales tendencias psicológicas son ´el sentimiento de inferioridad´ y la ´sobresocialización´ [#9].

Los sentimientos de inferioridad –baja autoestima, depresión, derrotismo, culpa, autoaborrecimiento, sentimientos de impotencia, etc.- son decisivos en la dirección del izquierdismo moderno [#10]. Explican su anti-individualismo y su pro-colectivismo. El izquierdista no confía en sus propias habilidades ni para resolver sus problemas ni para satisfacer sus necesidades [#16]; confía, en cambio, en que la sociedad lo protegerá y le dará lo que necesite a él y a quienes dice defender. El izquierdista solo se siente fuerte como miembro de una gran organización o de un movimiento de masas [#19].

Por lo general, los activistas de izquierda –militantes- provienen de estratos sociales privilegiados. En su observancia de la corrección política, lindan con la paranoia a la hora de aceptar o de rechazar los términos usados para denominar grupos oprimidos (minorías) con los que se identifican pero a los que no pertenecen. [#11; #12].

El izquierdista –el militante- es un falso rebelde (solo aparenta ir contra los parámetros sociales) [#24]. La psicología del izquierdista se basa en adoptar principios propios de la corrección política –no violencia, no discriminación, igualdad (de etnias, de género), etc.-, en cumplirlos a rajatabla –con el costo que esa auto-imposición supone- y en denunciar que otros no los cumplen. De esa forma, los izquierdistas sostienen un discurso en pro de la moral establecida semejante al que pregonan, en general, los medios de comunicación y el sistema educativo [#28]. En muchas de sus ´luchas´ los izquierdistas abogan por la inclusión de grupos oprimidos –por ejemplo, la gente negra- a la sociedad y así, antes que por la autodeterminación, luchan por la consonancia de la vida de ese grupo oprimido con los valores del sistema tecnológico-industrial, uno de los orígenes de la opresión [#29].

Este cuadro es una generalización y precisaría de matices. Sin embargo, en aras de detectar la tendencia de la sociedad moderna, el izquierdismo es uno de los canales más fuertes en el incesante proceso de socialización que el sistema actual impone [#30, #31, #32].

Como dije, la mistificación del izquierdismo –de la militancia- consiste en tomar un problema que le pertenece a un grupo oprimido (estrato social o minoría) del que no forma parte para canalizar en esa acción, presuntamente a favor de otro, su frustración por la necesidad de poder no cumplida [#21]. En su aparente lucha por el ´otro´, encuentra un objeto de deseo para satisfacer su ambición personal.

Los problemas sociales y psicológicos de la sociedad moderna se originan en la imposición de una forma de vida totalmente diferente en relación a las condiciones bajo las cuales el humano se desarrolló. Entre otras no menos fundamentales [#47-#57], la imposibilidad de experimentar el proceso de poder es la más importante de las condiciones anormales de la sociedad moderna [#46]. Todas las sociedades han intervenido en el proceso de poder, pero en el sistema tecnológico-industrial esa interferencia es extrema y aguda y de allí los problemas psicológicos, la locura actual del mundo [#58].

En el mundo contemporáneo, el ser humano no puede ser autónomo en su ´proceso de poder´ y alcanzar por sí solo el bienestar físico y biológico (comida, vestimenta, vivienda, seguridad). La adquisición de estos atributos depende, como nunca antes en la historia de la humanidad, de la maquinaria social a la que pertenece. Ahora bien, como el proceso de poder –basado en la finalidad, el esfuerzo y el logro- es inherente al ser humano, los individuos se preocupan e interesan por llevarlo a cabo de alguna manera y al no tener la posibilidad de alcanzarlo en lo que respecta a sus necesidades reales y concretas (la subsistencia) dirigen sus esfuerzos a actividades artificiales denominadas sustitutorias (´surrogate activities´) -el deporte, el arte, la investigación científica, diversos hobbies-, actividades que sí son autónomas para el ser humano -a diferencia del esfuerzo para satisfacer necesidades primarias [#33-#45]. El sistema tecnológico-industrial le otorga ´autonomía´ al individuo si su acción responde a la satisfacción de una necesidad artificial; en el caso contrario, el de las necesidades reales, lo somete a su control.

El izquierdismo moderno –el progresismo- es, en parte, síntoma de la privación con respecto al proceso de poder [#58]. La militancia es una actividad sustitutoria mediante la cual el individuo se siente realizado al identificarse con una organización poderosa o con un movimiento de masas. La finalidad que alcance el movimiento será considerada como propia aunque su esfuerzo individual no haya sido relevante. [#83].

Hasta aquí los lineamientos generales. Hacia el final de su artículo, Kaczynski retorna al izquierdismo bajo la forma de una alerta destinada a quienes consideren inevitable la revolución contra el sistema tecnológico-industrial. El izquierdismo aparece analizado en los últimos veinte párrafos [#213 – #232] bajo el subtítulo: “The Danger of Leftism”.

Una traducción de esa alerta sería: el movimiento revolucionario contra el actual sistema puede atraer a izquierdistas ávidos de formar parte de una organización rebelde. Por eso, debe impedirse su entrada porque: a) la ideología de la revolución es (alguna versión del) anarquismo: el proceso de poder se cumple mediante bases individuales o pequeños grupos que buscan controlar las circunstancias de sus vidas (y, por eso, rechazan la tecnología que hace que pequeños grupos dependan de grandes organizaciones); b) el izquierdismo es colectivista: busca organizar la sociedad de forma completa, manejar la naturaleza (no defender su lado salvaje) y controlar la vida humana, y para eso necesita de la tecnología a la que no renunciará porque le resulta útil en la consecución del colectivismo [#213-#214]. El izquierdismo solo busca instalar otra versión del sistema actual.

“Algunos izquierdistas parecen oponerse a la tecnología, pero se oponen sólo mientras son marginales (´outsiders´) y el sistema tecnológico está controlado por no izquierdistas. Cuando el izquierdismo domina la sociedad, el sistema tecnológico es una herramienta en sus manos, y lo usan con entusiasmo para promocionar (´promote´) su crecimiento.” [#216]

Un problema que presenta el izquierdismo es que, al ser la militancia una ´actividad sustitutoria´ que le permite al individuo realizarse en su frustrado proceso de poder, el eventual militante nunca se encuentra satisfecho con su acción redentora y, por ende, siempre busca una nueva problemática en la que encauzar su energía para calmar su ambición [#219]. El militante –la afirmación corre por mi cuenta- parasita los problemas del sistema tecnológico-industrial porque a través de ellos siente que ejerce algún poder. Como diría Kaczynski, si el izquierdista viviera en una sociedad sin problemas, los crearía para poder actuar y expandirse en su ambición.

Su acción es evangelizadora. Como su moral –su corrección política- le impide competir en la sociedad como lo hacen los demás, el izquierdista cede al impulso de poder por medio de una salida moral aceptable según sus propios términos. Ingresa a un movimiento de masas o a alguna organización social con el fin de ´realizarse´ y de imponer sus ideas y sus concepciones al resto de la sociedad. En el cruce entre moralidad y colectivismo, Kaczysnki señala el rasgo totalitario del izquierdismo (totalitarismo cuasi-religioso: quien no admite ese valor moral, está en Pecado) [# 219 – # 221].

El izquierdismo –sintetizo- responde a un tipo psicológico que, en el marco de un gran movimiento, se interesa por un problema que no le corresponde (actividad sustitutoria) a cambio de satisfacer su necesidad de tener algún objetivo que alcanzar –rasgo inherente al ´proceso de poder´. Es injusto, dice Kaczynski, que esto redunde en una generalización porque existen izquierdistas que no caen en ese rango de acción: “Los que ascienden a una posición de poder en los movimientos izquierdistas tienden a ser los más ávidos, porque las personas deseosas de poder luchan más duramente para alcanzarlas. Cuando los ávidos de poder han tomado el control del movimiento, izquierdistas más moderados desaprueban interiormente muchas de las acciones de los jefes, pero no pueden oponerse a ellas. NECESITAN su fe en el movimiento y, por no poder renunciar a ella, prosiguen. Es verdad, ALGUNOS izquierdistas tienen el valor de oponerse a las tendencias totalitarias que surgen, pero pierden porque los ávidos de poder están mejor organizados, son más despiadados y maquiavélicos y han construido una base de poder sólida.” [#224]. Más allá de esta necesaria diferenciación, el cuadro inicial abarca una intensa mayoría. El izquierdismo es el mejor ejemplo de cómo el sistema tecnológico-industrial privilegia que las personas persigan finalidades artificiales y no reales –impedimento que, por ir contra la historia de la especie, provoca depresión, odio a sí mismo, hostilidad, etc. Esta lógica se retroalimenta al intensificarse la práctica de actividades sustitutorias que calmen dichos sentimientos de inferioridad. El sistema les otorga ´autonomía´ a los individuos en aquellas acciones que no ponen en peligro su sustentabilidad. (Por ejemplo: si a través de los órganos publicitarios -medios de comunicación, sistemas educativos- se reprueba ´la violencia´, eso sucede no para defender un valor moral sino para neutralizar un aspecto negativo que afecta la productividad del sistema.) La ´autonomía´ y la ´libertad´ existen en las actividades sustitutorias -arte, deporte, investigación, activismo, etc.- porque –y cuando- son inofensivas.[3] En lo que respecta al asunto primordial para los seres humanos –su subsistencia (comida, vestido, vivienda, seguridad)-, el sistema les confisca la libertad y la autonomía. Si uno considera a estos dos rasgos valores inalienables para la humanidad, el sistema tecnológico-industrial es pernicioso y debería ser destruido. En sí mismo, el tipo psicológico del izquierdista ejemplifica no solo el colapso del sistema –él como nadie persigue actividades sustitutorias al haber perdido el control sobre las actividades reales- sino que, además, es un impedimento principal para que el sistema industrial acabe. Focaliza en aspectos parciales y no ataca el origen del problema: el sistema en su totalidad. La ´solución´ del izquierdismo sería, en base al imaginario del colectivismo, otro sistema integrado y basado en una semejante tecnología omnipresente. La autonomía del humano continuaría perdida y se trataría solo de una fase distinta de dominación.

El planteo general de Kaczynski reviste, por supuesto, mayor complejidad. En temas sensibles e ineludibles como el de la ´autonomía´, tiene que reconocer que muchos humanos prefieren cederla en aspectos importantes, y obedecer a sus jefes, porque de esa manera y con poco esfuerzo obtienen los medios necesarios para subsistir –aun cuando en el transcurso de sus vidas esa sesión, que parece no tener riesgos, los conduzca al sin sentido, al sufrimiento, a la depresión, etc. La psicología izquierdista es la rémora más importante para evitar la dominación, aunque no la única.

Frente a tamaña complejidad, uno podría abrir la discusión acerca de la autoridad de Kaczynski para realizar su planteo ideológico-político. En dos oportunidades se refiere a la locura que merodea el mundo actual: “Cualquiera de los síntomas [mencionados] pueden ocurrir en cualquier sociedad, pero en la sociedad industrial moderna están presentes en una escala masiva. No somos los primeros en afirmar que hoy el mundo parece estar volviéndose loco.” [#45] [4] Una de las señales más firmes de la locura en el mundo es el izquierdismo [#6]. Esta aseveración conduce a la paradoja. Si en términos de Kaczynski      -“El concepto de salud mental [´mental health´] en nuestra sociedad está definido porque el comportamiento de una persona esté de acuerdo con las necesidades del sistema y que lo haga sin mostrar signos de tensión.” [#119]-, calificar al izquierdismo de locura, podría suponer adquirir el punto de vista del enemigo, el sistema al que Kaczynski rechaza.

Las ´cartas-bomba´ –que mataron a tres personas e hirieron a más de veinte- condujeron, en el juicio que se le siguió, a que los tecnócratas lo declararan insano [esquizofrenia paranoide]. Si el mundo parece estar volviéndose loco –alguien podría argumentar- Unabomber es parte de esa locura. Habría que decirlo así: el entramado del sistema tecnológico-industrial es tan complejo que nada existe por fuera de él. Ni siquiera aquel que se dice disidente logra valerse de categorías que eviten la ´contaminación´ a la hora de establecer el diagnóstico sobre la organización del enemigo sistémico.[5]

¿No mutó Kaczynski con el paso del tiempo, a su pesar y contra las evidencias, en un nuevo militante izquierdista –presentado y visto como depresivo, hostil, con sentimientos de inferioridad- que recayó, más allá de una vida dedicada a la subsistencia en Montana, en la actividad sustitutoria de ir contra el sistema? Su terrorismo de ´lobo solitario´, ¿no copia al militante izquierdista que con su acción valida al sistema que lo deja hacer y lo absorbe?

La ambigüedad, la paradoja y la contradicción no escapan a la situación política de Kaczynski quien parecería haber caído en idéntica trampa a la que decide destripar. De una u otra forma, cartas, bombas y artículo son propios de la militancia. Sus afirmaciones –“Algunos izquierdistas [se rebelaron] contra uno de los principios más importantes de la sociedad moderna atrayendo la violencia física […] la violencia es para ellos una forma de ´liberación´ […] cometiendo violencia atraviesan las restricciones psicológicas… experimentadas en su interior.” [#30]- bien podrían caracterizar su propia acción.

Resulta extraño que el ermitaño de Montana no se hubiera anticipado a una estrategia obvia del sistema. Así como en su caso los publicistas y tecnócratas se apresuraron en disolver el planteo revolucionario y, de hecho y obviamente, difamado como fue, la discusión en torno del actual sistema tecnológico-industrial no se hizo carne en la sociedad, de manera semejante, la militancia izquierdista, junto a sus errores, colecciona un rosario de tergiversaciones a través de infinitos recursos. Es bastante difícil si no imposible afirmar que se está analizando al izquierdismo y no a sus simulacros mediáticos.

Entre tantos aspectos que en su estrategia cuidó, Kaczynski pareció olvidarse de un filón. El enemigo todopoderoso contaba, y cuenta, con todopoderosos constructos de publicidad y de propaganda. Lo sabía, aunque daría la impresión de que en su propio mundo de batallas intelectuales, hubiera olvidado que una vez colocado su artículo en importantes medios de comunicación –por ejemplo, The New York Times-, lo que seguía no era la discusión punto por punto del manifiesto en una asamblea universal, sino la difamación y la banalización. Su lucha individual es presentada como la acción de un bizarro o de un loco, o –en el mejor de los casos- de algún terrorista suelto que quiere algún tipo de revolución, y eso, aunque no sea exacto, entra a los ojos del ´humano normal´ en la bolsa de gatos del izquierdismo.

Lo aberrante y perverso del sistema tecnológico-industrial es que está internalizado en cada uno de los individuos que lo componemos. Aún aquellos que nos consideramos disidentes y que pensamos de forma semejante a Kaczynski, leemos e interpretamos a partir de parámetros que segundo a segundo el sistema fue sembrando en nosotros desde el momento cero de nuestra existencia.

Así, al día de hoy, y por más solvencia que su argumentación presente (aspecto que no es menor), el artículo de Kaczynski es poco menos que una curiosidad de museo.

Dicho todo eso –en un tema de este talante, la prevención intelectual es ineludible- en términos generales, encuentro absolutamente convincente el planteo de Kaczynski: el sistema tecnológico-industrial colapsó, el izquierdismo –el tipo psicológico del militante progresista- es una de sus manifestaciones (y uno de los pilares, tal vez, involuntario).

En respuesta a las preguntas previas, y a diferencia de los militantes de izquierda, Kaczynski preservó su activismo: i) no formó parte de un movimiento de masas al que se sumó por interés personal y, en consecuencia, ii) nada de lo que hizo estuvo orientado a colmar su ambición. La militancia de ese descendiente de polacos no fue en sí misma una actividad sustitutoria. Estuvo basada en la renuncia y en el despojo.

Fue un monje. [6]

II.-

“El revolucionario es un hombre perdido. No tiene intereses personales, ni causas propias, ni sentimientos, ni hábitos, ni propiedades; no tiene ni siquiera un nombre. Todo en él está absorbido por un único y exclusivo interés, por un solo pensamiento, por una sola pasión: la revolución.” Serguéi Necháiev, Catecismo del revolucionario.

Pieza de museo –“La sociedad industrial y su futuro”- o artefacto decorativo en la reserva natural hacia el interior del pensamiento domesticado que es -según Lévi-Strauss- el arte.

En la novela de Ricardo Piglia –El camino de Ida [2013]- Thomas Munk, sosías del monje Kaczynski, ronda la militancia izquierdista. En los sesenta, mientras trabaja en la Universidad de California [Berkeley], desde los márgenes se aproxima y observa los movimientos estudiantiles por la ´libertad de expresión´ (Free Speech), los reclamos a favor de los derechos de los negros (Black Panthers); descubre, también, la filosofía antitecnológica (y se anoticia de las actividades de los anarquistas en San Francisco). Su boscosa biblioteca –el retirado leía y escribía en castellano- incluía de Torcuato Di Tella (et alii), Argentina, sociedad de masas [1966]. Además, en la ficción pura y dura, Munk elige recibir en la cárcel, entre otros candidatos, al inefable Emilio Renzi para hablar con alguien de Buenos Aires; su primera pregunta hacia el visitante recae en la militancia vernácula (en concreto, “¿cierto que los revolucionarios argentinos llevaban una pastilla de cianuro?).[7]

El camino de Ida recorta la figura de un anarco-primitivista –(Theodore) Kaczynski / (Thomas) Munk- sobre el borroso y lejano fondo de un movimiento colectivista –el comunismo en su vertiente castrista-guevarista insuflado por el peronismo de la Resistencia que caracterizó a los grupos militantes argentinos de las décadas del sesenta y del setenta.[8]

Lobo solitario versus movimiento de masas -ambos con el galimatías del uso de la violencia y con el interrogante de evaluar la acción en términos de fracaso, de derrota, de batalla perdida. Kaczynski-Munk, encarcelado. Miles de militantes argentinos desaparecidos, asesinados, exiliados. En El camino de Ida, Piglia conduce a Munk a la silla eléctrica [02-08-2005]. En la realidad, Kaczynski continúa con vida. La resolución ficcional de Piglia parece un comentario a las tres muertes ocasionadas por las ´cartas-bomba´. En los recuerdos que le vuelven a Renzi de su periférica militancia, se sospecha una mirada sesgada sobre ese fallido episodio revolucionario que desemboca en el plan de exterminio perpetrado por la última dictadura militar.

Me excuso de reconstruir la posición de Piglia en su época de activismo. Me interesa, a modo de trueque, rescatar la de un compañero de militancia –escritor como él- en aquel caldo de cultivo de la lucha ideológico-político de izquierda.[9]

Rodolfo Walsh [1927-1977] podría representar, sin problemas, el ejemplo del ´militante izquierdista moderado´ contrapuesto, en la versión de Kaczynski, al ´izquierdista ávido de poder´ -y es, a su vez, ejemplo de la pertinencia de distinguir entre el izquierdismo moderno y la variante existente hasta mediados del XX. No es casual –por cierto- que Walsh haya comenzado a militar alrededor de 1940.

Es conocida –aunque no siempre resaltada- la discusión que, promediando la década del setenta, mantuvo Walsh con la cúpula de Montoneros. Al episodio lo pueden reconstruir de mil maneras (la Web aloja lo suficiente). Por mi parte me remito a Horacio González quien en 2004 y en Filosofía de la conspiración [p. 252] afirmaba: “[existe] un excepcional documento de Rodolfo Walsh en su postrera discusión con la organización Montoneros en el que desea mostrar ´una falta de historicidad´ en la orientación política de ese grupo, señalando justamente que no es así que han procedido quienes han sido protagonistas de eventos triunfantes en relación a la conquista del poder.”

González, en ese momento del libro, se refiere a Perón quien, según ese mismo sociólogo, entendió cómo llegar al poder al analizar las conspiraciones políticas que fracasaron a lo largo de la historia argentina. La mirada retrospectiva le posibilitó, o le habría posibilitado, delinear la estrategia para que triunfara la conspiración del G.O.U. en 1943. Tiempo después, Walsh sostenía lo imperioso de una perspectiva semejante.

Detrás de un recelo que se mantuvo hasta el final de su vida, estaba la admiración por la capacidad de construir poder. Walsh conocía al general desde una temprana militancia, junto con otros descendientes de irlandeses, en la Alianza Libertadora Nacionalista, milicia fundada en 1937 en la que confluyeron patrioteros y católicos, que adhirió al peronismo y cuyas filas muchos abandonaron, entre esos Walsh, al actuar Perón de forma distinta a la que había pregonado a poco menos de un año de ocupar el gobierno, elecciones mediante.[10]

La psicología izquierdista –en términos de Kaczynski- es algún tipo de FE contra la que es demasiado complejo ir. Está en él tan arraigada que, incluso, conmina al militante a aceptar acciones irracionales de sus jefes. El izquierdismo es una forma de religión, y para desplazarla en la lucha contra el sistema, se necesitaría instalar una nueva.

“Lo más cercano a una religión fuerte, extendida y dinámica que Occidente ha visto en tiempos recientes ha sido la casi religión del izquierdismo, pero hoy está fragmentado y no tiene finalidades claras y unificadas. Hay un vacío religioso en nuestra sociedad que puede llenarse con una religión enfocada en la naturaleza en oposición a la tecnología.” [#184] Kaczynski propone que la religión de la naturaleza sea experimentada por individuos –o por grupos- sin acciones redentoras originadas en el sentimiento de inferioridad que la ausencia de finalidades reales provoca. En ese derrotero, rescata (al menos una parte de) un izquierdismo pretérito: “La identificación con las víctimas que no son víctimas se puede ver en el izquierdismo del siglo XIX y en el cristianismo primitivo pero, hasta donde lo podemos explicar, los síntomas de baja autoestima, etc., no son tan evidentes en estos movimientos, y en ningún otro, como en el izquierdismo moderno.” [#232]

El cristianismo primitivo en su faz disidente -fuente del pensamiento hereje- es la inspiración ideológica primaria del anarquismo. En una de las versiones de ese posicionamiento político, existe un valor cáustico contra cualquier sistema basado en una ingeniería social aglutinante. Por su sesgo anti-institucional, por su negativa a disolver la libertad individual en un gran movimiento, por su defensa de la ligazón entre autoconocimiento y cuidado de la naturaleza, el cristianismo primitivo heterodoxo es un reservorio ante los totalitarismos sistémicos (v.g.: la Iglesia católica).

En su ensayo “Rodolfo Walsh, el ajedrez y la guerra”, David Viñas supone que “…con los rasgos artesanales de su producción, [Walsh] representa una suerte de cristianismo primitivo dentro del linaje periodístico.” (Literatura argentina y política. II-. De Lugones a Walsh, 2005, p. 250). En esta lectura, el devenir heterodoxo de Walsh –manifestado en su práctica periodística- corresponde a una deriva política desde el catolicismo y el nacionalismo (de derecha), profesados hasta fines de la década del cincuenta, hacia una izquierda revolucionaria crítica, autoconsciente, no totalitaria.[11]

Walsh, como otros, recibe el llamado político de la jungla, y se dirige al Tigre –donde vive por etapas. Recuerda el visitante Viñas (p. 251): “En los atardeceres en que Walsh arreglaba su bote, la figura de Quiroga se sobreimprimía a la de Lugones; y entre ambas se iba armando una tensión que a Walsh, divertido pero sombrío, le gustaba exasperar: defendía con argumentos enmarañados pero convincentes el distanciamiento de la ciudad practicado por ´el cuentista selvático´; lo justificaba por su ademán neobárbaro tan antivictoriano mientras aludía a su propia destreza con las armas y en la pesca del surubí. Su fervor, sin embargo, oscilaba entre el dorado y el pejerrey; y cuando se internaba en el escabeche, ya parecía lograr mi aprobación a sus autoabastecimientos y a su creciente adhesión a ´lo elemental´. Nunca llegó a aludir a Conrad ni a Gauguin.”

“[A]l evaluar las diversas prácticas de Walsh, [podría formularse] una suerte de ecuación: a mayor criticismo y heterodoxia, mayor riesgo de sanción. El típico estar fuera de lugar de los escritores heterodoxos…” (Viñas, p. 257).[12] Heterodoxia; crítica; sanción; fuera de lugar es también el retiro monástico: “Y… ese atardecer le tocó el turno al ascetismo, que Walsh defendió con un fervor jansenista a medida que se entusiasmaba con la palabra ´despojado´…” (Viñas, p. 253). Despojo, ascetismo, ´fuera de lugar´, criticismo, heterodoxia, sanción –una red de categorías que atrapa, en pálida utopía de palabras, a los distantes Theodore y Rodolfo. [13]

Walsh –cuenta el visitante- nunca nombró a Joseph Conrad.[14] Sin embargo, al nombrarlo en sus recuerdos repone algo de la silenciosa épica política, que flotaba entre los meandros, de salir y de perderse en ´el otro lado´. En El camino de Ida, abuso de la simetría, Piglia interpola un rabioso artefacto ficcional firmado por Conrad como paradigma del anarco-terrorista Munk.

El neobárbaro Walsh –acechado por una inclemente canonización- es un reaseguro frente a la desconfianza que el planteo anti-militancia de un Kaczynski estigmatizado puede generar y, de hecho, genera. Sin haber sostenido una crítica tan rabiosa como la del lobo solitario de Montana, el silencio al que lo conminó su muerte en manos de los militares, apagó con Walsh la veta autocrítica en los grupos de izquierda que estuvieron, al menos en teoría y en intención, próximos a tomar el poder.

Y, si las raíces ignoraron esos nutrientes, imaginen las petulantes flores que brotaron al calor del cambio de milenio cuando la perspectiva histórica comenzó a ser, entre los neo-activistas, poco menos que un recuerdo deslucido.[15]

III.-

Matar / no matar / morir. Walsh en su discusión con Montoneros, insiste que la lucha debe pensarse en términos políticos y no militaristas. “Y nos parece tiempo perdido tratar de convertir este enfrentamiento social en una guerra nacional”, dice Walsh. La cuestión no reside tanto en ´matar o no matar´ al enemigo, como en abrir un juego bélico en el que caigan compañeros y militantes escasamente preparados para esas lides. [16]

Kaczynski mata para hacerse escuchar. “Los medios de masas están en su mayor parte bajo el control de grandes organizaciones… integradas al sistema. Es casi imposible para muchas personas y grupos pequeños tener efecto en la sociedad con palabras. Si no hubiéramos hecho nada violento y hubiéramos presentado los presentes escritos a un editor, probablemente no habrían sido aceptados. Si hubieran sido aceptados y publicados, probablemente no habrían atraído muchos lectores, porque es más divertido ver el entretenimiento lanzado por los medios… Incluso si estos escritos hubieran tenido muchos lectores, la mayoría habría olvidado pronto lo que leyeron porque sus mentes habrían sido anegadas por la masa de material [de] los medios… A fin de presentar nuestro mensaje al público y de crear una impresión duradera, tuvimos que matar gente.” [#96]

La impresión duradera tuvo éxito en cuanto a las muertes provocadas por ese ´loco´ [esquizofrénico paranoide] –tal como fue caracterizado Kaczynski.[17] Su discusión resultó disuelta y las ´carta-bombas´ espantaron, incluso, a otros anarquistas que podrían haberse interesado. “Esta declaración (´statement´) se refiere a un determinado tipo de anarquismo. […] y muchos que se consideran anarquistas tal vez no la acepten. […] Hay un movimiento anarquista no-violento (´nonviolent´) cuyos miembros probablemente no acepten a FC [Freedom Club] como anarquista ni aprueben nuestros métodos violentos.” [#215]

Las muertes y la lucha por una sociedad mejor. En lo que respecta a Kaczynski, las mismas muertes que llamaron la atención sobre sus ideas, lo sepultaron en prisión y desactivaron su planteo. Es bastante complejo afirmar que uno concuerda con el contenido de un escrito cuando existen muertos que lo volvieron público. En mi caso, desapruebo los asesinatos y rescato el implacable manifiesto que es La sociedad industrial y su futuro.

Uno de los puntos en los que el artículo acierta –o, con mayor sinceridad, con el que estoy de acuerdo- es el de los profesionales universitarios.[18] Es conocida la historia de la meteórica carrera académica de Kaczynski primero en Harvard, como estudiante, y luego en Berkeley, como profesor -cargo que abandona a los 26 años. La síntesis de su asco por esos antros apunta a la connivencia entre universidades / grandes empresas / militares. Nada de lo que se hace allí pone al servicio de los ciudadanos el conocimiento adquirido, excepto si ese conocimiento ayuda al control, a la dominación, a la confusión del no entrenado. [19]

Kaczynski asocia los profesores universitarios con el izquierdismo. En ellos se encuentran los típicos rasgos -sobresocialización, corrección política, sentimiento de inferioridad (aplacado por el rango artificial de sus puestos). Por ejemplo: “La ´corrección política´ tiene su mayor arraigo entre los profesores de universidad -quienes tienen empleo seguro con salarios confortables y, la mayoría de ellos, son varones blancos heterosexuales de familias de clase media.” [#12] “Los izquierdistas del tipo sobresocializado tienden a ser intelectuales o miembros de la clase media alta. Nótese que los intelectuales universitarios, sin incluir a los especialistas en ingeniería o ciencia hard, constituyen el segmento más socializado de nuestra sociedad y el ala más izquierdista.” [#27]

El sentimiento de inferioridad de los profesores emerge al impedir que recaiga sobre ellos aquello por lo que batallaban cuando veían a la universidad como un espacio conservador:

“En los Estados Unidos, hace un par de décadas, cuando eran minoría en nuestras universidades, los profesores izquierdistas proponían la libertad académica, pero hoy, en las universidades donde son mayoría, no dudan en quitarle al resto esa libertad.” [#216] “En aquellas universidades donde la ´corrección política´ se ha convertido en dominante, hay izquierdistas que desaprueban en privado la supresión de la libertad académica, pero prosiguen con ello de todas maneras.” [#225]

Al igual que en la distancia entre los activistas moderados y los ávidos de poder [#224], entre los profesores universitarios –en su mayoría izquierdistas- aparece el doble rasero de desaprobar una conducta injusta y de fomentar que esa práctica continúe.

El apodo Unabomber nace de la fusión de –university, airline, bomber. Las ´carta-bombas´ fueron destinadas a ejecutivos de empresas de aviación, de computación y de publicidad (una víctima corresponde a este último ítem); al directivo de una compañía forestal, que también muere; y a profesores universitarios, entre quienes hay heridos, pero no muertos.[20] Cada ´carta´ significa un ataque al individuo y a la fracción del sistema tecnológico-industrial que representa. Aproximadamente diez de los atentados recaen sobre profesores universitarios.

En El camino de Ida, Piglia –quien trabajó como profesor visitante en instituciones de Estados Unidos- recupera ese aspecto de la historia y construye el mundo ficcional en torno de una universidad. La femme fatale Ida Brown es una brillante profesora e investigadora en literatura. En algún momento, con los envíos postales de Munk de fondo, descubre que la nouvelle de Joseph Conrad –El agente secreto– es el patrón de conducta del lobo solitario, y toma al libro como supuesta hoja de ruta para acompañarlo de lejos. Pocos días antes de morir, Ida le alcanza el libro de Conrad a Renzi, con subrayados y anotaciones. Renzi, a su vez, descubre lo que había descubierto la joven intelectual y contacta a Munk en la cárcel.

Tres apuntes de Renzi sobre la universidad: i) “Las universidades han desplazado los guetos como lugares de violencia psíquica.”; ii) “Los campus son pacíficos y elegantes, están pensados para dejar afuera la experiencia y la pasiones pero corren por debajo altas olas de cóleras subterráneas: la terrible violencia de los hombres educados.”; iii) “Pronto los hombres con experiencia en la cárcel y en la guerra serán los profesores indicados de llevar adelante la administración de las universidades.” (Piglia, 2013, p. 35)

(Casi) en cualquier sitio del mundo la universidad supone ganarse la vida cómodamente, como algún personaje en la novela estipula. Pero con respecto a esto, existen, al menos, dos dificultades. La primera está directamente relacionada con la perspectiva de Kaczynski: los profesores en esos ámbitos deberían ser los primeros, por acceder al conocimiento, en discutir la configuración actual del mundo y en disuadir a los estudiantes de aceptar los remilgos de un sistema que, al día de hoy, ha hecho de la universidad otra corporación en el engranaje industrial. Decir esto en tanto postura crítica es, por supuesto, alentar una quimera. El segundo problema, por lo pronto en Argentina (en los Estados Unidos es diferente), es que esa forma fácil de ganarse la vida en disciplinas que entonan a favor de ideales sociales, ideológicos, políticos entra en contradicción con el origen de los fondos que los sustentan –el erario público- y con los amos ante los que se prosternan -grandes empresas, corporaciones varias (estatales incluidas), medios de comunicación, militares, partidos políticos y un interesante menú de opciones que evita por todos los caminos cumplir con el rol que eventualmente les correspondería: permitir que cada vez más seres humanos se emancipen, se liberen, se vuelvan autónomos a través del conocimiento y alcancen a entender el significado de igualdad, libertad, autonomía, etcétera, etcétera.

No necesito aclarar que estos dos señalamientos, entre tantos otros, no les interesan a los de afuera de la universidad ni mucho menos a los de adentro a quienes les parecen, simple y llanamente, pavadas. El punto –en Argentina, repito- es que esa fiesta de los sentidos para algunos que es la universidad está sustentada –repito y repito- por fondos públicos. Habría que repetir esto hasta el hartazgo ya que los profesores universitarios –tecnócratas autoconscientes- privilegian su bienestar y someten su vida a una institución a la que tratan como si fuera una pequeña empresa privada.

La moneda de cambio para mantener los cargos obtenidos -en la mayoría de los casos, por concursos digitados- es la corrección política –asociada al discurso dominante en las esferas de control del sistema académico. Una realidad de doble fondo. Lo que se pregona en el foro, nada tiene que ver con lo que sucede entre bambalinas. Tal vez no exista espacio público más fraudulento ni corrupto que la universidad, pero ese no es exactamente el tema ahora –excepto recordar que esos fraudes están sustentados por fondos públicos que bien podrían destinarse a otros ámbitos educativos.

La corrección política, entonces, como la alfombra roja por la que desfilan la hipocresía y la malversación de fondos. Ingentes guarismos de militantes y de activistas dicen interesarse desde las atalayas de las instituciones por el sufrimiento de los demás –en el espectro de los pibes de barrio a las víctimas de violencia de género- y en esos aspavientos, apenas si labran sus monedas. Cinismo es un término que bien podría describir el aire que se respira en esa tríada -enmarañada, oscura, corrupta- entre militante, político, tecnócrata (siervo de políticos y de empresarios), y la universidad.

No se trata solo de afirmar que los izquierdistas en abstracto son la rémora en la lucha contra el sistema tecnológico-industrial. Si esos izquierdistas son, de alguna manera, ´enemigos´ de la emancipación, no viven en el aire ni florecen al azar en los jardines de la patria. Muchos militantes conocen el mecanismo. Afirman militar en pro de los oprimidos y, en ese mismo acto, acomodan sus papelillos, sus ropas nuevas, sus adminículos, sus gadgets y hacen lo que las ratas cuando encuentran un hueco: con sus porquerías, tejen en los claustros, un nido. Conozco otras, pero de una rata en particular que roe académicos provechos quisiera hablarles ahora.[21]

IV.-

“Nor tackle, sail, nor mast; the very rats/ Instinctively had quit it: there they hoist us…” [“Ni aparejos, ni velas, ni mástil; las ratas /Por instinto lo habían abandonado: allí nos subieron…]

“Shakespeare (oculto maestro cibercultural)…”

Ted Kaczynski denomina ´sociedad industrial´ a un constructo que recibe otras categorizaciones: sociedad del espectáculo, sociedad de consumo, capitalismo posindustrial, capitalismo tardío, complejo militar-industrial, ciber-imperio. La crítica del matemático apunta, en su núcleo, a la lenta intromisión de la tecnología (o tecno-ciencia) en la vida cotidiana. Con el paso del tiempo, aquello que era lo habitual –para no decir lo natural– en el ser humano, esto es, la obtención de comida, refugio, seguridad, fue retirado de su esfera de acción, y a modo de placebo se le ofreció una serie de actividades sustitutorias que no han logrado más que deprimir, violentar, volverlo airado. Dice el párrafo 145 de La sociedad industrial y su futuro: “Imagina una sociedad que somete a los individuos a condiciones que los hacen infelices y que les da drogas para contrarrestar la infelicidad. ¿Ciencia ficción? Ya está ocurriendo en nuestra sociedad. La tasa de depresiones clínicas se ha incrementado en las décadas recientes. Y creemos que se debe al colapso del proceso de poder… […] En vez de extirpar las condiciones que hacen que la gente esté deprimida, la sociedad moderna les da antidepresivos que modifican el estado interno para que el individuo tolere las condiciones sociales que de otra manera encontraría intolerables.”[22] Este es uno de los métodos de control del comportamiento utilizado entre los humanos [#146]. Existen otros, como, por ejemplo, a) ´las técnicas de vigilancia´ (cámaras que filman, computadoras que procesan información sobre los individuos), b) ´la propaganda´ (medios de comunicación de masas), c) “La industria del entretenimiento es una importante herramienta psicológica del sistema. […] Le proporciona al ser humano un medio de escape. Mientras es absorbido por la televisión, los videos, etc., olvida la tensión, la ansiedad, la frustración, la insatisfacción. Muchos de los llamados primitivos cuando no tienen ningún trabajo que hacer, se sientan durante horas sin hacer nada porque están en paz consigo mismos y con su mundo. Pero la mayoría de la gente moderna debe estar constantemente ocupada o entretenida, de otro modo se ´aburre´, se vuelve inquieta, incómoda, irritable.” [#147] La irritación, la incomodidad, la inquietud está originada en la pérdida de la autonomía y de la libertad.

La actual organización social es una compleja red en la que cada individuo funciona a modo de engranaje necesario. Cualquier desvío que atente contra la sustentabilidad es sancionado. De esa trama a gran escala participan ´los servicios públicos´, ´las redes de computadoras´, ´los sistemas de autopistas´, ´los modernos servicios de salud´, ´los medios de comunicación de masas´ (´mass communications media´) [#118]. Un conglomerado de acciones basado en el desarrollo de la tecnología sostiene la sociedad industrial aunque, por razones obvias, y sobre todo en cuanto al convencimiento, los medios de comunicación son los que barnizan una realidad que no soporta la uña de la duda sobre su superficie. La tecnología, en general, es el elemento disruptor en la conformación social actual y los medios de comunicación, en particular, el soporte ideológico. Junto al sistema educativo, los medios de comunicación mayoritarios (´mainstream communications media´) enarbolan los valores que la sociedad industrial defiende en términos nominales [#28]. Esos medios (´mass media´), en gran parte, son controlados por corporaciones integradas al sistema [#96]. Es una lógica tan cristalizada que quienes alegan ser detractores –activistas o militantes de izquierda (tal vez la más importante entre las actividades sustitutorias)- una vez que ocupan el poder, mantienen la usina de injusticias que gritaban combatir: “Cuando el izquierdismo domina la sociedad, el sistema tecnológico es una herramienta en sus manos, y lo usan entusiasmados para promocionar (´promote´) su crecimiento.” [#216]

En La sociedad industrial y su futuro de 1995, Kaczynski menciona por única vez Internet en el párrafo 96 al explicar y justificar el uso de la violencia en las muertes provocadas por sus ´cartas-bomba´. Reconoce que la Red hubiera sido un medio para difundir el manifiesto, pero sabe que entre la maraña de publicaciones, habría pasado al olvido. Esa mención no responde a un color de época. Como cuenta el documental alemán Das Netz [2003], al mismo tiempo que Kaczynski se distanciaba del mundo, entre fines de la década del sesenta y comienzos de la del setenta, en espacios vecinos (Harvard, Berkeley) se pergeñaba el acabado final del universo regido por Internet que explotaría en pocas décadas. Fue Kaczynski un testigo directo –y se supone, también, un cobayo- en el armado de esta versión de la sociedad industrial a la que otros denominan Ciber-Imperio.[23]

Una de las biblias del ciber-mundo es el volumen de los españoles Andoni Alonso e Iñaki Arzoz, La Nueva Ciudad de Dios [2002]. En esta enciclopedia, los críticos recopiladores reconstruyen el camino centenario, y milenario, de ese anhelo -platónico, agustiniano, etcétera- de confeccionar ´un cielo virtual en la tierra´ para cobijar con felicidad los cuerpos astrales holográficos y, en rigor de verdad, con el objetivo de lograr el más amplio control sobre individuos que, al fin de cuentas, lo aceptan dócilmente.

Frente a la miríada de autores, textos y referencias cruzadas, el volumen de Alonso y Arzoz incluye un Cd-Rom que, a su vez, reenvía a una página web titulada “Quién es quién en la cibercultura ampliada”. Este reservorio de información incluye múltiples entradas biográficas como la del propio Kaczynski.[24] Sería imposible y, por su parcialidad, carente de sentido nombrar a los conscientes o aleatorios partícipes de la construcción del Ciber-imperio. Rescato, a modo de trueque, uno de los que permitieron la concreción de la ´sociedad del simulacro´: “William Shakespeare [1564-1616]. Dramaturgo inglés. Genio del teatro que [entre otras] escribió la fascinante La tempestad, una suerte de anticipación de la realidad virtual… [con]… el juego entre la apariencia y la realidad, y la comunicación de la verdad por medios mágicos… Por otra parte, Shakespeare -cuya obra está plagada de recursos y motivos ciberculturales- es… uno de los autores con más presencia en Internet.”

La tempestad –alejada, en apariencia, del tema que nos convoca- permite pensar algunas cuestiones: i) la fuerza de la ciencia ficción (en su variante heterodoxa) para analizar la sociedad industrial; [25] ii) la pertinencia del simulacro y del barroco como categorías que evidencian la constitución de una realidad de doble fondo en base a la tecnología, la manipulación de la información, la propaganda; iii) la deriva en la conspiración, propiciada por esa doble realidad.

Esa obra de teatro de inicios del siglo XVII escenifica dos modi operandi que no han cejado, que se han intensificado y que, incluso, se han fusionado. El protagonista de La tempestad es Próspero. Este mago y político construye mediante sus saberes secretos una ´realidad alternativa´ –el naufragio- para vengarse de quienes, en el pasado y en Italia, lo despojaron de su poder y de sus posesiones. Los destinatarios de esa venganza, y en continuidad con el pasado -aun en medio de un desastroso naufragio (luego ficticio) y en la arena de una isla en apariencia desierta- conspiran y conspiran para tomar el control. De ambos lados, el poder (y la justicia) basados en mecanismos que engañan para someter.

La tempestad, y sus personajes, recibieron interpretaciones diversas y contradictorias. Alonso y Arzoz recuerdan que “…es uno de los modelos para el anarquismo de [Hakim] Bey, [al] representar la pasión por vivir fuera de las convenciones sociales.” Como se desprende de la mera lectura de la obra, la fábula no se sitúa en cualquier espacio del mundo conocido. La acción transcurre en el Caribe –o en las Bermudas-, como reflejo metropolitano de la invasión europea a estas tierras, ocurrida a fines del siglo XV. Con este dato en mente, a la lectura proto-anarquista se le puede añadir una menos complaciente.

Próspero vive en esa isla –ubicada acaso en América- con su hija Miranda y con dos sirvientes, Ariel, dedicado a complementar su magia, y Calibán, destinado a las tareas rudas. El nombre ´Calibán´ fue entendido de distintas maneras: derivado de caribbean; de cannibal; de cauliban (término gitano que significa ´oscuro´). Como sea, su figura es la del habitante del Nuevo Mundo, hijo de una bruja africana desterrada, y sometido a las voluntades ajenas que quieren dominarlo o con palabras (órdenes, promesas), o con licores y lujos futuros que nunca llegarán. Ese desastrado, quien por cierto le cuestiona a Próspero no haberle transmitido su ciencia, representaría al nativo sometido, y a la vez, al nativo que, a su modo, resiste frente al amo, y lucha así por su liberación.

En ese ir y venir de sentidos posibles, el extraño Calibán encarnaría un aleatorio ejemplo de lo que el historiador francés Serge Gruzinski denomina ´guerra de las imágenes´.[26] Aunque no lo proponga él en estos términos, el ciber-imperio, el ciber-mundo en el que se libra una batalla continua por la obtención del poder (económico, político) mediante una doble vía –bombardeo de imágenes, fogoneo de relatos- tiene su momento crucial en el arribo de Colón a las islas del Caribe. América fue a partir de ese momento -según Alonso y Arzoz, y en consonancia tácita con Gruzinski- un ´laboratorio de imágenes´ en el que se ensayaron diversas estrategias que permitieran el dominio mediato e inmediato de los millones de calibanes que habitamos los mundos periféricos. Que el M.I.T, que Hollywood, que Televisa, que O Globo estén en el continente americano no es, por supuesto, casual.

Esta ´guerra de imágenes y de relatos´, con centurias de tradición, es el humus propicio para realidades barrocas de doble fondo y, en consecuencia, para incesantes conspiraciones políticas voceadas, por lo general, con las mejores intenciones, pero, en lo concreto, con la búsqueda del beneficio propio –del grupo (secta, facción), de la corporación, de la casta.

Como lo estipuló el matemático descendiente de polacos, más allá de las palabras e intenciones, ningún actor ni de la derecha ni de la izquierda, ni de sus grises intermedios, ataca el uso de la tecnología, de las redes sociales, de Internet, de las huellas de aquí y de allá del cuerpo en los aeropuertos, del espionaje de e-mails, etcétera, etcétera, etcétera. La tecno-ciencia ha sido naturalizada incluso en países que se consideran anti-imperialistas.

La tecnología ha invadido la vida social y, aun cuando se trata de una de las formas más evidentes de dominación, de control y de generación de desigualdad, no se la discute. Es más, sin que a ningún medio de comunicación ni mucho menos político e ideólogos de turno, ni de un lado ni del otro, se le caigan los anillos, a la Cumbre de las Américas de este año, y con Julian Assange encerrado en una embajada sudamericana en Londres, asistieron los presidentes de todos los países… y el fundador de la atroz red social azul, fuente aberrante de espionaje virtual.[27]

Así las cosas, y olvidándonos de los consabidos reaccionarios, la tecnología se convirtió en una perfecta aliada de los progresistas quienes, definitivamente, pueden nadar y deslizarse por esa realidad de doble fondo que se ha instalado. Con el mayor cinismo posible –o por mera ambición- los militantes izquierdistas dicen, pregonan, alientan la liberación de esto y de aquello, la batalla aquí y allá contra el status quo –al que en muchos casos ellos representan- mientras conspiran para poder vivir la vida de los que en la arena pública son denominados ´enemigos´. Puede para el desprevenido y novel lector resultar un argumento extraño, pero es complejo desarmar la posición de Kaczynski: si existe alguna rémora para la lucha contra el sistema industrial -que debe ser detenido, desactivado-, ellos son los izquierdistas quienes –repito- mientras dicen luchar, confirman lo establecido.

Si la peor versión del izquierdismo surge en las últimas décadas del siglo XX, y la siguiente afirmación queda de mi lado, eso sucede en conexión con la explosión de los mundos virtuales.[28] El izquierdismo dice ir contra todos los aspectos del sistema industrial, menos contra el fundamental –la tecno-ciencia- porque de ella se nutre y por medio de ella promociona sus ´aciertos´ y, lo que es peor, construye universos ideales de luchas, combates, posicionamientos político-ideológicos, y en secreto anhelan lo que disfrutan los conservadores -estatus, dinero, jerarquías, beneficios, prebendas- porque, como sabemos, militantes izquierdistas de raigambre popular y sincera hay muchos, pero los falsarios, corruptos, advenedizos que rezan cualquier rosario para posicionarse son legión.

Hacia el final de La sociedad industrial y su futuro, Kaczynski introduce una distinción: “Los izquierdistas más peligrosos -los más hambrientos de poder- con frecuencia se caracterizan por la arrogancia o por un enfoque dogmático de la ideología. No obstante, los más peligrosos de todos pueden ser sujetos sobresocializados que evitan despliegues irritantes de agresividad y se refrenan de hacer publicidad de su izquierdismo, pero trabajan rápido y promueven con discreción valores colectivistas, técnicas psicológicas ´ilustradas´ para socializar niños, la dependencia del individuo al sistema, y todo eso. Estos cripto-izquierdistas… están próximos a ciertos tipos burgueses en lo que atañe a acciones prácticas, pero difieren de ellos en psicología, ideología y motivación.” [# 230] [29]

La categoría ´cripto-izquierdista´ puede sumar un nuevo matiz si se entiende el concepto no solo en referencia a quienes trabajan en las sombras para que los ciudadanos permanezcan bajo control, sino también en lo que respecta a los que viven en el guiso de una inversión de valores. Son meros burgueses que han detectado los beneficios de la corrección política y a caballo de esa mistificación avanzan en la vida social empuñando la espada de combate con la mano izquierda y acumulando monedas con la derecha. El cripto-izquierdista y el cripto-burgués son cara y ceca del mismo e idéntico tapiz.

Argentina, por cercano, es caso testigo del estadio actual del sistema industrial en el que el uso de la tecnología se ha convertido en el feroz campo de batalla en el que se disputan los mapas ideológicos que sustentan la organización social. En Argentina conviven, al menos, dos realidades virtuales hostiles entre sí: por un lado, la de las fuerzas reaccionarias, conservadoras, elitistas, etcétera; por el otro, los eventuales disidentes del modelo anterior, es decir, fuerzas progresistas (izquierdistas), dinámicas, populares, que apuntan –o que apuntarían- al bienestar de la mayor parte de la población. (Dicha polarización es, sin dudas, nefasta además de falsa).

Esa tradición política de raigambre popular abreva, en sus orígenes, en la lógica conspirativa. Esa impronta se extiende hasta hoy. Si bien puede aplicarse la lógica del complot a toda la política tradicional, es innegable que en lo que atañe a las formas del peronismo, la conspiración en el fondo y la publicidad en la superficie es un método que ha hecho escuela. Una posible reconstrucción de esta dinámica aparece en Filosofía de la conspiración [2004] de Horacio González.[30]

En la ´guerra de relatos´ con virulencia desatada años atrás en la Argentina, y con sobradas señales de conspiraciones cruzadas con realidades virtuales, abundan los izquierdistas burgueses encriptados. Podría traer a cuento una larga lista de anécdotas y de chismografía ideológica que sustente mi diatriba. Como indiqué en el final de la tercera parte de este escrito, me interesa una de esas ratas ideológicas que dice luchar contra el status quo mientras hurga en el miasma de los privilegios obtenidos gracias a la necesidad ajena.

Esa historia requiere de un prólogo a modo de marco.

Hace un par de años, una joven mujer con sus convicciones intactas, una convencida activista progresista, una militante (fuente de esta anécdota) fue invitada a pasar unos días a una finca ubicada en un paradisíaco reducto de las profundidades provincianas, junto a su flamante pareja, también activista, también progresista. Esos días de folga mostraron temprano su faz oscura y apenas desembarcada la excursión en el reducto, la joven militante percibió que ese contexto de pares, que ese mundo en el que otros militantes libaban no era semejante al que mostraban en el fragor de la lucha por la liberación de no sé qué cadenas. Esta anécdota, que sintetizo y que no reproduzco más que en su núcleo, fue archivada en la común memoria oral bajo el membrete de ´Los dos Audis´. Familia de militantes, ideología progresista, profesionales universitarios, estrechas relaciones con la política, obtención de prebendas, contratos por obras públicas, tecnocracia teñida de izquierdismo, dinero y más dinero, mansiones, sirvientes, bellas mujeres siempre rubias, parques, piscinas, canchas, los dos Audis en el inmenso garaje, y de lunes a viernes de 10am a 20pm, y los sábados y los domingos, a veces, la defensa del modelo, del proyecto, de la brava lucha –siempre virtual, siempre tecnológica, siempre conspirativa- contra poderes aciagos que bastante se parece a la lucha contra la propia imagen en el espejo. (Y como telón de fondo, lo olvidaba, una profunda depresión, porque se milita a causa de una tristeza enorme por la pobreza pero no barrial, citadina, nacional, mundial. No. Por la pobreza personal. Por eso cumplen el proceso de poder como una piara entre las sobras.)

Ciber-realidad, militancia progresista, universidad, política tradicional, negociados, y la corrupción y la conspiración merodeando, son los hilos de una densa red en la que la mistificación, la hipocresía, la apropiación de las instituciones del Estado (o la aceptación de la cooptación en manos de), las conexiones turbias, la utilización y manipulación del ´oprimido´ en beneficio propio, son ingredientes del suculento plato. Sin dudas que a este esbozo le caben dos aclaraciones ya deslizadas: a) no todos los militantes son corruptos aunque en su mayor parte los líderes sí, b) no es esta una cuestión de banderas partidarias: en un gran número la militancia progresista funciona de modo semejante al de la política tradicional. Algún lector extraviado por aquí dirá que lo que digo es obvio. Me gustaría recordar que, al menos en la Argentina, la militancia progresista aboga por la defensa del ´pueblo´, por cambios, por soluciones igualitarias y hasta, en el colmo del delirio, por defender su usurpación del Estado como si de una ¡revolución! se tratara.

Horrendo vástago, la historia de la rata se desprende de la anécdota de ´Los dos Audis´ al reproducir paso por paso el patrón de comportamiento indicado: banderas sociales agitadas en aras del (bajo y básico y plenamente burgués) beneficio personal.

La Rata.

Una tarde, durante una charla en una vereda céntrica de la ciudad, frente al cuestionamiento a causa de lo conservadora, intolerante, racista, violenta e idiota que es la sociedad que allí germina -observaciones desprendidas de la conversa que llevábamos adelante con un tercer comparsa-, la Rata opinó que era así y que no había por qué pensar que cambiaría: en esta ciudad para ser reconocido y pertenecer a (vaya saber uno qué), o había que tener apellido tradicional, o había que tener dinero, o había que poseer alguna estirpe o alcurnia (típicas jerarquías de oropel propias del interior); si no, no existís, refrendó. Sorprendido, le pregunté con discreción si avalaba o describía la situación porque de tratarse de la primera opción sonaba un poco raro en boca de un militante defensor de lo que ustedes ya saben. La conversación se desvió, salió de ese estadio complejo y derivó en otras cuestiones, aunque hasta el final flotó en el aire la incómoda idea de que había sido dicho algo indebido.

Ese militante –la Rata- es argentino, tiene poco menos de treinta años, no es un profesor universitario, aunque se ocupa, trabaja, se desempeña en una de las dependencias de la universidad local -la productora audiovisual. Al mismo tiempo, milita en una organización progresista, en un sentido amplio, de izquierdista (o de centro-izquierda).

Su carta principal de presentación –así lo conocí- es haber dirigido un documental que cuenta la historia de un militante detenido-desaparecido-asesinado durante la última dictadura militar argentina [1976-1983]. En el primer intercambio de ideas que tuve con aquel, la conversación rondaba la posibilidad de filmar o no a un reconocido habitante de la ciudad en la que ocurre esta historia (ingenuo de mí). En determinado momento le sugerí que el rodaje podía ser complicado; ese sujeto era cascarrabias o díscolo y, entonces, el asombro: ´Cuando vas a filmar tenés que armar todo para sacar lo que querés´. Le respondí que sí, que entendía lo de la puesta en escena en un documental pero aun así…

Solo comprendí ´sacar lo que querés´ al ver su película.

Asistí a una proyección pública en uno de los espacios de militancia que el activista frecuentaba. El documental –de poco menos de una hora de duración- es un artefacto geminado en el que conviven dos filmes diferenciados por un salto temporal de casi veinticinco años. La primera parte cuenta la historia del abogado laboralista y su lucha en favor de los obreros contra una corporación cementera.[31] La narración está estructurada de forma clásica: infancia, primeros esfuerzos, primeros problemas, logro, transformación, caída. Luego de la caída –su asesinato-, la apoteosis que lo conduce al cielo de los mártires. En esa narración, los únicos enemigos son los militares en el poder. Bajo ningún aspecto, se ofrece una mirada sesgada sobre la militancia en aquella época que a modo de espejo les permita a los militantes del presente –mayoría en el auditorio- aprender de esos errores, de esos pasos en falso, o de lo que sea. Como dije, el resultado es la apoteosis y el heroísmo    -como si morirse como un perro con un tiro en la cabeza después de estar encerrado en una quinta (y con la esposa a punto de dar a luz) fuera encomiable.

Terminada la proyección, me acerqué y por la cortesía al uso le dije que me había gustado (no tuve el pulso para exponer lo que pensaba) y le indiqué que me había resultado rara la puesta en escena: a) la esposa aparece sentada en un sofá rojo cubierta por un vestido símil leopardo; se la ve feliz de –¡por fin!- acercarse a las candilejas; b) los hijos testimonian por separado y en ningún momento se reúnen entre ellos, ni con la madre; c) él único caso de un testimonio conjunto era el de dos amigos del militante desaparecido que, entre silencios y lágrimas, más hacían dudar que confirmar la historia que se estaba contando.

El director-militante me reconoció que era posible que hubiera otra historia, que de hecho la había, pero que no había podido contarla. La madre escondió durante años a sus hijos la verdad sobre la muerte del padre en manos de los militares y esos párvulos recién se enteraron del aciago suceso siendo adolescentes con todas las complicaciones que el silencio trae en esos casos. Desencantado con la trama familiar, uno de los hijos había comenzado a militar en una agrupación de descendientes de desaparecidos a mediados de los años noventa del siglo pasado. Todo eso era lo que no se podía contar.

Atónito regresé a mi asiento para el debate post-proyección. En la charla, intenté deslizar no ya aquella cuestión, sino el otro rasgo incómodo del film que ahora les reseño –y como podrán suponer fui abarajado en el aire y devuelto a mi silla mental.

El segundo documental dentro del documental cuenta la historia del juicio que se les siguió hace unos dos o tres años a los responsables del asesinato del abogado militante. El juicio por crímenes de lesa humanidad no es allí analizado. Se muestran testigos y acusados declarando, la condena y el festejo –entendible- de los familiares. La algarabía de estos no condice con la distancia que muestran en los testimonios personales.[32]

Pero había más. En la transición entre una parte y otra –entre los dos mini-documentales- se erguía extemporáneamente la figura del Líder político (ya fallecido) que a inicios de la primera década del siglo XXI, en un escenario social post-apocalíptico, reactivó la mística militante e impulsó –con innegable valor- los juicios contra los militares y civiles que habían cometido crímenes de lesa humanidad, como el mencionado en el documental. Si se deja de lado el dudoso recurso de la pantalla dividida y otros menesteres estéticos, el intempestivo salto de décadas resultaba chocante ya que en ningún momento en el film se anticipaba esa fusión temporal.

Simple: el documental era el escenario virtual preparado para ensalzar al Líder. La muerte-desaparición y el juicio eran tópicos fílmicamente interesantes porque alimentaban la incesante maquinaria publicitaria de la que el documental era y es un desprendimiento. Ni autocrítica, ni perspectiva sesgada, por lo menos, como gesto de amplitud de mirada hacia los de adentro. Ningún guiño, ninguna ventana al debate. Heroísmo y mesianismo al extremo. Y a eso había que llamarlo documental.[33]

Es como si los gritos en el desierto de Rodolfo Walsh –a los que me referí en la segunda parte de este escrito y en cuya tradición ideológica entronca el actual resurgir de adictos ideológicos- continuaran resonando entre los médanos de la militancia. Jerarquía, obediencia, verticalismo a cambio de prebendas. Autocrítica, nunca. No solo no se han recuperado con fervor las instancias críticas sino que, por el contrario como ese documental demuestra, se ha cristalizado el pasado, en una especie de mundo primitivo en el que buenos y malos, hombres y bestias, se diferencian claramente. Reconozco, sin dudas, que existen hoy voces críticas dentro del movimiento militante mayoritario. Lo complejo es que permanecen circunscriptas a las charlas de sobremesa.

¿Cuál es –me dirán- el problema de que alguien haga un documental que no me parece interesante ni bien acabado, que me impacta por su puesta en escena descuidada, por su poxiranesco salto temporal, por su olor a mala propaganda partidaria? No existe ningún problema, siempre y cuando ese (pésimo) panfleto audiovisual haya sido costeado por los bolsillos del propio director o por los de sus acólitos de doctrina… Pero no es el caso.

El film (sic) acerca del detenido-desaparecido-asesinado está financiado por Contenidos Audiovisuales de la universidad local, espacio en el que el director-militante trabaja. Este híbrido entre institución y partido político es un detalle. Puede tratarse de una acción artística lícita. Por ejemplo. La universidad decide participar de la discusión política a través de un aporte a la memoria histórica y encarga un documental. Si fuera así, aunque supongo que no lo es, lo mínimo que se le podría pedir al documentalista es rigurosidad en el manejo de los datos: no falsear, no manipular la historia –o, como dije, si quiere jugar en esas lides experimentales o panfletarias, y con esos parámetros, que se autofinancie.

Además, sería necesario revisar de qué manera ese ´realizador audiovisual´ llega a trabajar en una productora de contenidos audiovisuales dependiente de la universidad. Es posible que su condición de graduado –porque allí estudió- lo habilite, pero ¿entra a trabajar por concurso o de manera discrecional, accede por ser militante, por repetir el credo, por contactos, por presentación de proyecto? De qué manera es una pregunta importante. Son fondos públicos los que le dan vida a su monstruo (plagado de buenas intenciones, claro). Y son también fondos públicos –porque la historia continúa en círculo- los que le permiten al director progresista utilizar los equipos de filmación y de edición de la productora en cuestión para registrar actos partidarios, actos militantes, tal como consta, incluso, en fotos públicas compartidas sin pudor en las redes sociales.

Uno diría que, en principio, la militancia no debería ser una pequeña empresa. El grupo podría generar sus ingresos por medio de actividades, o aceptar la ayuda de otros militantes con cargos políticos, o permitir que el partido madre los sostenga… No tengo idea de cuál es la mejor opción. Sí sé que esos fondos no deberían salir de las universidades. Los espacios académicos, en su germen, son nichos de trabajo que deberían ser disputados por sujetos libres que ponen en consideración sus capacidades intelectuales y comunicativas, y no el tono de sus ligamentos para demostrar cuanto tiempo pueden sostener la genuflexión.

Libertad de pensamiento, libertad de cátedra, libertad académica, lucha intelectual para la emancipación del ser humano… No se hagan ilusiones, nada de eso sucede en la universidad. Kaczynski, coherente, le dedicó algunas ´cartas´. Con sus libros, su ortodoxia, sus jerarquías y sus vidas entregadas, la universidad es el sucedáneo laico de la iglesia, otra institución pilar del complejo militar-industrial. Si uno quiere entender la esquizofrenia y la irracionalidad del capitalismo tardío bien podría apuntar allí sus intereses.[34]

Otros serán los problemas en otros espacios geográficos, en Argentina –donde las universidades son primordialmente estatales- sería necesario revisar esas instituciones poco resistentes al archivo en sus relaciones con la militancia política y con la política tradicional. Una quimera. Apenas si arriesgo una inocua ´carta-bomba´ contra los académicos y, en este caso, contra algún monaguillo. No comparto el uso de la violencia y es uno de los puntos que menos entiendo de Kaczynski, aunque comprenda su estrategia. Mi cortedad de entendederas me alcanza para publicar un texto enrevesado en un blog perdido y decir con la Rata como paradigma. En situaciones como las descriptas, el sujeto que funciona con doble rasero –realizador audiovisual académico; militante político-, como mínimo, o propone trabajos basados en la honestidad intelectual y demuestra talento (y así obviamos la manera espuria en la que accede al cargo) o que pase a cuarteles de invierno y que devuelva el dinero que -¡oh, ironía!- fue desviado de la necesidad de algún estudiante que podría haber recibido una beca. Vale decirlo: el ingrato fin de ese desvío fue fomentar la abulia digital del pichón de corrupto. (Alguien podrá preguntarme cuál es mi autoridad para decir qué está bien qué está mal en la factura audiovisual o de lo que sea perteneciente a otro; de acuerdo, pero dos aclaraciones: discuto el usufructo de dinero público al que se debería acceder por otras vías y no por participación en la misa comunal de la ortodoxia de turno; este mismo texto pedestre es autofinanciado; se trata, repito, de honestidad intelectual y de no hacerle pagar a los demás nuestros berretines, o en todo caso decir directamente –fináncienme, che– y no mutar repetidor de verdades a medias y ajenas.)

Que renuncien o que devuelvan el dinero. Es un tema que en este momento me excede –y tal vez me exceda por siempre. Detrás de la imposición del ciber-imperio, de ese mundo enloquecido de la propaganda y del bate parche audiovisual y multimedial, existe una lenta degradación de la cultura humanista que, con todos sus problemas, supo al menos crear sus anticuerpos y permitirse la autocrítica. Por machaque o por indiferencia del resto de la sociedad, puede hoy hacerse y decirse en arte, en cultura, en pensamiento, en política… cualquier cosa. Mientras se mantenga la obediencia al califa de turno, y en el territorio propicio, todo pasa, todo es aceptado, aprobado, editado y barnizado por la publicidad 2.0. Miles de Prósperos. Miles de millones de Calibanes.

Prometí no extenderme en la historia de otras ratas. Es inevitable cuanto menos indicar sus caminos, sus montoncitos y sus madrigueras.

En La tempestad Próspero menciona a las ratas que abandonan el barco desvencijado para graficar la podredumbre del navío al que lo condenan para expulsarlo, pero, se puede intuir, utiliza esos animalillos para figurar cómo fue abandonado por sus subordinados –el barco sería el ducado que regía- una vez que las intrigas palaciegas le quitaron el poder. En Hamlet, ´la rata´ está de igual forma asociada al conspirador político –la rata es Claudio, el tío de Hamlet; y la venganza orquestada por el príncipe, la ratonera.

El complot, la conspiración, los poderes en las sombras tienen su fuerza explicativa siempre y cuando aparezcan escenificados en algún tipo de ficción, de fábula que narre con cierta gracia la lucha contra fuerzas invisibles que revelan su presencia en el final del camino derrotadas, neutralizadas u opacadas para retornar en el momento menos deseado. Por el contrario, si la conspiración es utilizada para pensar la política real, el entramado económico aquí y ahora, el sujeto que esgrime esos argumentos es visto como un ingenuo, un crédulo, un paranoico que sigue el camino más fácil: creer que todo está manejado por hilos fuera de su alcance. El corolario es la inacción en las manos de una mente afiebrada.

Sin embargo, si se toman al azar algunos sucesos de los últimos meses, uno detecta que, por ejemplo, en Argentina ´muerte sospechosa, paranoia, complot, conspiración, servicios secretos, dobles agentes, traiciones varias, vendettas, suicidios que no lo son, etcétera´ son conceptos que abundan como la única forma de desentrañar lo que de otra manera es inenarrable e incomprensible.[35] En otra escala, pocos días atrás se desató a nivel planetario –en una de esas corporaciones que inundan segundo a segundo la iconosfera de ciber-espectáculos deportivos- una tormenta sin precedentes por casos de corrupción, que incluye a la política, escándalo en el que los investigadores oficiales hablaron sin tapujos de ´conspirador´, de ´co-conspirador´ y así. No es ninguna novedad –aunque ciertos sectores parecen verlo solo ahora- que los flujos descontrolados de dinero del capitalismo tardío derivan en corrupción, en complots incesantes que difícilmente sean desentrañados.

A pesar de ser una hipótesis banalizada sin cesar por los portadores de la corrección política e ideológica, la conspiración, los infiltrados, las sectas, la realidad de doble fondo (o de múltiples fondos) es una herramienta intelectual, si precaria, por lo menos eficaz.

La misma joven militante que –tal vez como catarsis- me contó la simpática anécdota de ´Los dos Audis´, en charlas complementarias, me confesó –hoy lo verá ella como un exceso de confianza- que por cercanía con esferas superiores de conducción, se sabía que desde hacía un par de años, y en previsión por un eventual abandono de la estructura del Estado luego de las elecciones del corriente año, las organizaciones militantes conectadas con el partido oficial de gobierno, habían comenzado sin prisa pero sin pausa a infiltrar con trabajadores adictos -militantes encubiertos- las dependencias estatales para preparar ´la resistencia por si en el país llegaba al gobierno la derecha´.

Ese planteo-confesión provocó, en su momento, un airado intercambio de ideas sobre lo lícito o no de la estrategia, pero, sea como fuere, y más allá de las evaluaciones, ese dato acerca de un movimiento –digamos, conspirativo- comenzado años atrás tuvo y tiene hechos concretos. El caso de la Rata -un caso menor por tratarse de un simple cronista de las batallas- es un ejemplo indiscutible de ese plan. Como es de suponer, existen infiltrados que deciden entrar a ocupar un puesto para ´hacerle el aguante al proyecto´, y existen conversos que tenían ese cargo en sus manos y que, ante el miedo de perderlo, siguieron el camino, con infinito menor brillo, idéntico al de Saulo de Tarso.

Quedarán los detalles para otro momento, si es que ese instante llega. A modo de síntesis podría indicarles que en mis paseos por la desquiciada selva de la organización social vernácula accedí de primera mano a la existencia de dobles agentes, infiltrados, conspiradores -mercenarios con la medallita al cuello indicando el nombre de su dueño-, i) en las dependencias de la universidad donde se desempeña el director-militante (conozco, entre otras, la deliciosa historia de un tecnócrata cuyo cinismo es más profundo que los negros abismos oceánicos); ii) en instituciones educativas no universitarias dependientes de la mencionada unidad académica (y me gustará algún día contar esa historia absurda); iii) en instituciones educativas provinciales (y en una, en particular, que ostenta en su corazón un medio de comunicación partidario, institución en la que fui apretado o conminado a sostener un discurso diferente del que propongo en mis tareas[36]); iv) ni hablar de lo que sucede en los gremios docentes: según la mirada de esos traidores, al igual que la de otros esbirros, vivimos una realidad poco menos que ideal, un mundo de fantasía y jauja, luchando contra enemigos que parecen estar siempre más allá y a los que veo acá, muy cerca… Porque a las ratas a simple vista es muy difícil verlas, pero en la tranquilidad de la noche se escuchan sus pasitos dirigiéndose hacia la madriguera.

Escribí, creo, de más. A mi alrededor, en charlas cotidianas, aleatorias, nada serias, esas de café o mate y tortas negras, me dijeron y me dicen que me calle, que no me conviene, que no hable, que diga otra cosa, que agache la cabeza, que me van a endilgar paranoia, que me van a diagnosticar insania, que soy un conservador, un reaccionario –modo de atacar al que no sabe rezar el rosario-, y que sea consciente de que categoría más categoría menos… Alguien sottovoce me dijo: ´se les fue la mano con el paladar negro, estamos viviendo algo así como un neofascismo, y sabés lo que significa intentar enfrentarlo´.

Un neofascismo ciber-condicionado, un mundo feliz construido de pura realidad virtual y de cifras incomprobables y de discursos, una revolución esplendorosa para quienes se pliegan y obtienen del carro en movimiento las migajas reales y simbólicas, de unas pocas monedas y de pertenecer a algo en este mundo gris y desvaído.

La realidad como delirio.

Y una tarde, la Rata hizo su mejor número. Estaba la horma cerca, iba a bailar de todos modos. Alentó, arengó y no dejó de arengar que la ciudad de esta historia era un irrefrenable ´polo audiovisual´. Polo audiovisual, polo audiovisual, polo audiovisual, polo audiovisual, repitió, y no se cansó de repetir, polo audiovisual. Entendible. Aunque por las calles se ven solo las cámaras de los infinitos autos all-star (las de monitoreo ciudadano, ni funcionan, creo), en su madriguera, en su cueva, en ese espacio que debería ser público y que él ha optado por cooptar, las candilejas son otras, infinitas y, en sus términos, gratuitas, porque la estrella de su vida brilla con el dinero que les roba a quienes dice ayudar.

Humo –militancia política, universidad, producción artística e intelectual. Humo. Humo. Humo. Humo. Posta, es humo, como el de aquellos dos militantes –uno con cargo político, otro con una ciber-actividad- que luego de un espectáculo montado en el que uno se llevó los denarios y el otro la foto para mostrar, se miraron en la despedida, se abrazaron y se dijeron: ´sigamos ilusionando al pueblo, es lo que nos queda, que se diviertan, total nada va a cambiar

Humo, humo, humo. ¿Les resulta pesado digerir a Kaczynski que, al fin de cuentas, pide el fin del humo que es el fin de esta organización social? Los dejo entonces con otro polaco que, por esas casualidades, qué cosa no, anduvo por esta misma ciudad. Años antes de traer sus huesos esmerilados a restaurar, dijo –achicando el pedido de Kaczynski que pide parar el sistema en su totalidad: “…hay que parar por un momento la producción cultural para ver si lo que producimos tiene todavía alguna vinculación con nosotros.” Lo dijo Witold, que es Gombrowicz, en 1947, en Buenos Aires, en una conferencia, Contra los poetas.

Contra la militancia, por ahora, no digo más.[37]

[Tandil – 04 de mayo al 04 de junio de 2015]

Notas:

[1] Para la redacción de este texto, trabajo con la versión en inglés del manifiesto de Kaczynski acompañada por una traducción al castellano bastante discutible y que se encuentra disponible en la Red. Existe una edición española –editorial Isumatag, 2011- a la que no accedí y que supuestamente está avalada por el propio articulista. Es necesario considerar que tanto el texto inicial, como los detalles de la historia del activismo de Kaczynski, están mediados por las fuerzas de seguridad estadounidenses. En consecuencia, vale la prevención ante lo que se lee. En el final del documental alemán Das Netz [2003], se sugiere que las versiones que conocemos de La sociedad industrial y su futuro distan de lo que en su momento quiso publicar y proponer el matemático. (Allí también se pone entre paréntesis los atentados con ´cartas-bomba´).

[2] La sociedad industrial y su futuro consta de 232 párrafos. Al izquierdismo están dedicados 46, el 20 %.

[3] La militancia existe porque es no peligrosa. Cuando el poder de turno la considera peligrosa para su continuidad, la militancia es atacada. Algo semejante ocurre con otras actividades sustitutorias.

[4] Desconozco a qué genealogía puntualmente se refiere Kaczynski, pero el diagnóstico del enloquecimiento progresivo de este mundo en su configuración actual es compartido por un importante número de ´desquiciados´. Como no dispongo de espacio para indicar sus semejanzas, recomiendo leer y escuchar en paralelo el artículo aquí reseñado y la conferencia que el psicoterapeuta chileno Claudio Naranjo dictó en Buenos Aires [24-04-2013]: “Conocimiento transformador” [ Youtube.com ] En relación a la educación, la dominación, el lavado de cerebro, la publicidad optimista de vivir en un mundo maravilloso, la neurosis universal, la locura generalizada, la escasa productividad de la militancia y la crisis generalizada del sistema militar-industrial, Kaczynski y Naranjo coinciden. Detrás de sus posturas, dosis de anarquismo, autoconocimiento, filosofías orientales, etc.

[5] Podría confeccionarse una lista de suicidas que basaron su decisión en comprender que la vida en la sociedad actual carece casi de sentido. Otros –con una perspectiva semejante- no se suicidaron pero se inmolaron u optaron por el camino de la autodestrucción. Afirma Kaczynski en el párrafo 148: “El individuo cuyos actos lo llevan a un conflicto con el sistema está en contra de una fuerza demasiado poderosa como para conquistarla o para escapar de ella, por lo tanto es probable que sufra tensión, frustración, derrota. Su patología será mucho más fácil si piensa y se comporta como desea el sistema. En este sentido se está actuando en beneficio del individuo cuando se le lava el cerebro para que esté conforme.”

[6] Versión primaria https://ymeescribesparanoica.wordpress.com/2015/05/04/kaczynski-contra-la-militancia/

[7] A esta altura la novela es otro avatar en el mito Kaczynski. Me interesa su discusión, no sus rasgos reales. En estas tierras, un paradigma de las tergiversaciones es el escrito de Pablo Capanna “Unabomber, el aniquilador solitario” incluido en el volumen recopilatorio Conspiraciones. Guía de delirios posmodernos [2009]. La mirada de Capanna no es caprichosa: responde a una perspectiva conservadora. Ese texto difamatorio fue publicado originariamente en un periódico de tirada masiva.

[8] En aquel fondo espejado habría que incluir a Nina, académica retirada y exiliada ruso-soviética que se interesa por Renzi. Por otro lado, en La sociedad industrial y su futuro, Kaczynski se refiere por dos veces [#195; #217] a Fidel Castro y a Cuba, y en ambas de manera negativa. A modo de ejemplo, el significativo párrafo #195: “No hay garantía de que el sistema industrial pueda ser destruido al mismo tiempo en todo el mundo, y es posible que en el intento por derrocarlo, sea dominado por dictadores. Hay que correr ese peligro ya que la diferencia entre un sistema industrial ´democrático´ y uno controlado por dictadores es pequeña, comparada con la diferencia entre un sistema industrial y uno no industrial. (La estructura tecnológica y económica de una sociedad son bastante más importantes que su estructura política a la hora de determinar la manera en que vive el hombre medio; ver #95, #119). Puede discutirse que un sistema industrial controlado por dictadores sería preferible, porque normalmente se han demostrado ineficientes, por lo tanto es probable que colapse. Mirá Cuba.” El argumento de que los dictadores son preferibles conoció sus avatares en este mismo extremo país del Cono Sur.

[9] Supongo que Piglia disintió con la escalada hacia la lucha armada. Militante del PC, acaso prefería pensar la revolución como proceso al que se llega por la toma de conciencia de las masas (aunque no tengo plena seguridad, en este caso, de lo que afirmo). Sobre su relación con Rodolfo, ver el documental P4R+.Operación Walsh [1999] de Gustavo E. Gordillo [disponible YouTube].

[10] Sobre Walsh y la ALN pueden leer una biografía del escritor a cargo de Eduardo Jozami, La palabra y la acción [2006]; también de Rubén Furman, Puños y pistolas [2014], una historia de ese ´grupo de choque´; puede verse el programa, en cuatro capítulos, dirigido por Luciano Zito, Reconstrucción de un hombre [disponible en Youtube].

[11] Walsh, por supuesto, no está en El camino de Ida. Sin embargo, existe una sutil corriente subterránea que me gustaría señalar. Renzi, hacia el final de la novela, desanda el camino hacia la cárcel en la que está detenido Munk. Conoce a una joven estudiante de literatura comparada –Nancy Culler- que prepara una tesis acerca del ´terrorismo ecológico´ en la película de A. Hitchcock, Los pájaros. Nancy alardea: no escribirá sino que filmará su tesis, ´la primera disertación fílmica de la historia de los Estados Unidos´- titulada ´A vuelo de pájaro´. En su ensayo sobre Walsh, Viñas (2005, p. 254) apunta que en la forma de contar desde arriba de Walsh (una partida de ajedrez, por ejemplo) “…parecería que sobrevive una dimensión teológica.” Ese ademán de usar ´planos explicativos´ responde, según Viñas, a una constante en la forma de mirar en la literatura argentina, ´el vuelo de pájaro´.

[12] De esta manera, Walsh se incorpora a la lista de escritores argentinos heterodoxos –en un sentido diferente al que utiliza Viñas- en contacto con las herejías en un sentido amplio (ocultismo, esoterismo, cábala popular, hermetismo, gnosticismo, etc.). Esos autores, en un listado incompleto y restringido al siglo XX, son: Leopoldo Lugones, Horacio Quiroga, Roberto Alrt, Jorge L. Borges, Macedonio Fernández, Leopoldo Marechal, Ernesto Sabato, Julio Cortázar, Manuel Puig y, con sus peculiaridades, el mismo Ricardo Piglia. (En todos esos herejes, con mayor o menor incidencia, la matriz de la ciencia ficción.)

[13] Hay un tercero en esta serie. En el escrito “Fabián Polosecki, mística y anarquismo” [https://ymeescribesparanoica.wordpress.com/2014/11/15/fabian-polosecki-mistica-y-anarquismo/] expongo con más detalle un tema que mencioné al pasar en el cuerpo del texto: anarquismo y cristianismo primitivo. A su vez, es muy interesante considerar los hilos invisibles que reúnen a Polosecki con los dos nombrados. Hilos: la militancia, la religión, la decepción, la crítica a la organización social (y a la célula revolucionaria), el retiro al Tigre, Conrad, la paranoia, la inmolación, la ética anti-, etc. En lo que respecta al suicidio de Polo, como Ted descendiente de polacos, dos comentarios: a) en la versión de Piglia, que Munk le pregunte por el cianuro a Renzi sugiere una leve chispa de arrepentimiento por no haber previsto ese detalle; haber caído en manos de las fuerzas de seguridad de ninguna manera fue un buen final de secuencia; b) su alocado enfrentamiento aquel 25 de marzo de 1977 con los militares y a los tiros, tiene todas las trazas de un suicidio disimulado por parte de Walsh; como muchos otros convencidos, v.g., su hija Vicky, fue al muere; se sabe que Walsh rechazaba el uso de la pastilla de cianuro y prefería el culto al coraje llevando consigo un revólver.

[14] El paradigma del escritor-periodista salvaje para Walsh era Ambrose Bierce, aunque esa es otra historia.

[15] Versión primaria https://ymeescribesparanoica.wordpress.com/2015/05/09/kaczynski-contra-la-militancia-dos/

[16] Sobre un tema tan complejo, envío a la discusión recogida por el volumen AA.VV., No matar. Sobre la responsabilidad [2007], Córdoba.

[17] Existe un patrón de ataque al disidente en el que, de una u otra forma, siempre se terminan por esgrimir los mismos argumentos. En el artículo “EE.UU.: cuatro cadenas perpetuas para Unabomber (El terrorista postal)” [1998] {LINK http://edant.clarin.com/diario/1998/05/05/i-03601d.htm }, Marina Aizen construye el monstruo en base a: i) problemas de identidad sexual (se menciona el intento de abuso contra una empleada de un comercio), ii) resentimiento y odio por no haberse insertado en la sociedad, iii) irracionalidad -locura- basada en la soledad. Ahora bien, cómo puede afirmarse que Kaczynski nunca ´se integró a la sociedad industrial´, cuando surgió de sus entrañas. Acaso nada tan competitivo ni elitista como el sistema universitario estadounidense, y Kaczynski recorrió esos pasillos sin que nadie diera cuenta de su desequilibrio. Solo cuando convirtió su hastío en acción, la brillantez académica no fue suficiente para considerarlo interesante.

[18] Puede tratarse de una radicalización en mi mirada sobre el escrito de Kaczynski. Sin embargo si se traspasa la extrañeza inicial de un escrito por momentos robótico, sus afirmaciones describen punto por punto la sociedad industrial. Las formas que adopta la violencia, y que están originadas en el avance de la tecnología por sobre la libertad y la autonomía humanas, son descriptas también por el manifiesto. Ofrezco un ejemplo de esos aciertos en https://ymeescribesparanoica.wordpress.com/2015/05/27/cyberlolita-kaczynski/

[19] Se supone que Kaczynski conoció de cerca –de hecho, habría sido un cobayo- experimentos con las personas en las universidades para detectar y mejorar técnicas de manipulación mental. Recomiendo el documental alemán Das Netz [2003] –disponible en Youtube.com como The Net.

[20] La tercera víctima es un empleado de un negocio de computación que –se supone- casualmente mueve el paquete destinado a otra persona con cargo jerárquico.

[21] Versión primaria https://ymeescribesparanoica.wordpress.com/2015/05/25/kaczynski-contra-la-militancia-tres/

[22] Acerca de la relación entre la Red, el consumo de drogas y la religión (y, como siempre, la política), pueden repasar https://ymeescribesparanoica.wordpress.com/2014/06/23/www-lanuevadrogaesciberdios-com/ En todos los casos el aspecto común es la búsqueda de trascendencia. El problema son los medios para alcanzarla y las resultantes no deseadas de esas interrelaciones.

[23] El documental instala la sospecha sobre el contenido del Manifiesto, mediado por las fuerzas de seguridad estadounidenses (ver nota al pie, Parte I). La línea argumentativa del documental sería: realmente Kaczynski tiene razón y las intenciones de los ciber-profetas no son nada buenas (ver nota al pie, Parte III).

[24] “Matemático y escritor norteamericano, también conocido como ´Unabomber´. Enseñaba matemáticas en la Universidad de Berkeley hasta que, desencantado con la evolución de la sociedad americana, se convirtió en ermitaño y terrorista neoludita, al enviar paquetes-bomba a personajes representativos del mundo de la informática ­profesores y empresarios [Bill Gates tuvo el dudoso privilegio de recibir varias docenas de estos paquetes en Seattle]­, pues los consideraba responsables de la inexorable destrucción de la humanidad. Escribió Industrial Society and Its Future [El manifiesto Unabomber], que fue publicado por The Washington Post en 1995, como una forma de chantaje, pues Kaczynski prometió dejar de enviar bombas si se publicaba en primera plana. Este trabajo de crítica apocalíptica contra la tecnología, dada su calidad, despertó las sospechas del FBI, pues se creyó que su autor era un verdadero intelectual, extendiendo su investigación a la comunidad universitaria americana, entre ellos a personalidades como Illich y Zerzan.” A partir de estos eventuales sosías –Iván Illich y John Zerzan-, y del antes mencionado Hakim Bey, a Kaczynski se lo puede alistar a una serie de intelectuales recalcitrantes como Hans Jonas, Peter Watkins, Claudio Naranjo.

[25] Sobre ciencia ficción heterodoxa, hereje, hermética: https://ymeescribesparanoica.wordpress.com/ciencia-ficcion-hereje-2013/

[26] Ver Serge Gruzinski. El pensamiento mestizo [2000]; La guerra de las imágenes. De Cristóbal Colón a Blade Runner (1492-2019) [2001]. Desarrollo su postura en “Mil años de ciencia ficción hermética latinoamericana [1492-2500]”, disponible en https://independent.academia.edu/RobertoLepori En este blog utilicé la categoría ´guerra de las imágenes´ en artículos como A) https://ymeescribesparanoica.wordpress.com/2013/06/28/vem-pra-rua-vem-una-guerra-de-imagenes/; B) https://ymeescribesparanoica.wordpress.com/2013/06/28/o-brasil-deveria-libertar-se-da-globo/

[27] Elijo al azar una crónica del encuentro: http://www.perfil.com/politica/Como-fue-la-reunion-de-Cristina-con-Mark-Zuckerberg–20150411-0081.html

[28] Para tener una leve dimensión de cómo la política utiliza ideológicamente la tecno-ciencia, pueden ver la Wiki de Florencio Randazzo, pre-candidato a presidente. Link http://lawikiderandazzo.com/

[29] Continúa: “El burgués corriente intenta llevar a la gente bajo el control del sistema para proteger su modo de vida, o lo hace simplemente porque sus actitudes son convencionales. El cripto-izquierdista intenta llevar a la gente bajo el control del sistema porque es un Verdadero Creyente en una ideología colectivista. Se diferencia del izquierdista medio sobresocializado por el hecho de que su impulso de rebeldía es más débil y está más firmemente socializado. Se diferencia del burgués corriente bien socializado por el hecho de que hay una profunda carencia en su interior que le hace necesario consagrarse a una causa y sumergirse en una colectividad. Y puede que su impulso (bien sublimado) por el poder sea más fuerte que el del burgués medio.”

[30] Me refiero a este libro en la Parte II. Dice González (2004, p. 266) acerca de la llegada de Perón al poder: “Fundado a comienzos de 1943 y disuelto en 1945, el GOU reitera las mismas tecnologías de organización clandestina y los atributos del logos conspirativo. El poder no es un poder de la técnica materializada en aparatos de servicios y gobierno, sino el gobierno de los hombres ensamblados por formas sigilosas y paralelas de disciplina.” Por azar, hoy se cumplen setenta y dos años de la exitosa conspiración que llevó al GOU al poder y que propició la escalada de Perón a la presidencia. González en 2004 denominaba a esa conspiración ´golpe de Estado´. Denominarlo de otra forma, por ejemplo ´revolución´, sería adoptar como punto de vista válido el del grupo de militares. En ese caso, lo de 1955 también es una ´revolución´ y lo de 1976 también es un ´proceso de reorganización´. Pues bien, un joven crítico literario que trabaja en una universidad metropolitana, adicto a la actual ortodoxia, en un volumen en el que ensalza de forma bastante parcial e improvisada a Rodolfo Walsh, quien merecería un mejor aeda, acepta la idea de que el ´golpe de Estado´ del 4 de junio de 1943 es una ´revolución´. ¿Descuido? ¿Ignorancia? ¿Complicidad? ¿Militarismo? ¿Desinterés por la democracia? En un futuro, supongo, intentaré escribir sobre ese caso particular.

[31] El director-militante es oriundo de la misma ciudad que el abogado asesinado, ubicada a unas dos horas del territorio en el que suceden parte sustancial de estos hechos.

[32] “Las formas de arte que apelan a los intelectuales del izquierdismo moderno tienden a enfocarse en la sordidez, la derrota y la desesperación o, por otro lado, toman un tono orgiástico, renunciando al control racional, como si no hubiera esperanza de lograr nada a través del cálculo racional y todo lo que ha quedado fuera el sumergirse en la sensación del momento.” La sociedad industrial y su futuro [#17]

[33] La factura de ese documental se opone punto por punto a posturas ideológicas críticas como la del británico Peter Watkins – https://ymeescribesparanoica.wordpress.com/2014/10/29/maldito-watkins/

[34] Sobre corrupción en la universidad, en este caso, la UBA http://www.telam.com.ar/notas/201505/105222-uba-conflicto-denuncias-causas-judiciales.php

[35] Sobre complot, conspiración, política tradicional, literatura paranoica, ver https://ymeescribesparanoica.wordpress.com/2015/02/14/doscientas-ochenta-y-nueve-fojas/ La relación entre conspiración, política, universidad, servicios de inteligencia, quedan evidenciados en casos como el de un académico vicerrector espía http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-268478-2015-03-19.html

[36] Una versión de esa historia de apriete institucional es contada en el siguiente post https://ymeescribesparanoica.wordpress.com/2015/05/20/la-banda-de-los-paragua/ Preciso aclarar que el único dato identificable, aunque no aparezca en el cuerpo del texto, es el nombre de la ciudad escenario de esta historia. Me reservo la identidad de los personajes mencionados. Esos sujetos no son originales en sus prácticas. Si algo tiene de divertido el fascismo –terrible en otros aspectos- es el de la previsibilidad.

[37] Versión parcial https://ymeescribesparanoica.wordpress.com/2015/06/04/kaczynski-contra-la-militancia-cuatro/

Kaczynski, contra la militancia [cuatro]

“Nor tackle, sail, nor mast; the very rats
Instinctively had quit it: there they hoist us…”
[“Ni aparejos, ni velas, ni mástil; las ratas
Por instinto lo habían abandonado: allí nos subieron…]

“Shakespeare (oculto maestro cibercultural)…”

Ted Kaczynski denomina ´sociedad industrial´ a un constructo que recibe otras categorizaciones: sociedad del espectáculo, sociedad de consumo, capitalismo posindustrial, capitalismo tardío, complejo militar-industrial, ciber-imperio. La crítica del matemático apunta, en su núcleo, a la lenta intromisión de la tecnología (o tecno-ciencia) en la vida cotidiana. Con el paso del tiempo, aquello que era lo habitual –para no decir lo natural– en el ser humano, esto es, la obtención de comida, refugio, seguridad, fue retirado de su esfera de acción, y a modo de placebo se le ofreció una serie de actividades sustitutorias que no han logrado más que deprimir, violentar, volverlo airado. Dice el párrafo 145 de La sociedad industrial y su futuro: “Imagina una sociedad que somete a los individuos a condiciones que los hacen infelices y que les da drogas para contrarrestar la infelicidad. ¿Ciencia ficción? Ya está ocurriendo en nuestra sociedad. La tasa de depresiones clínicas se ha incrementado en las décadas recientes. Y creemos que se debe al colapso del proceso de poder… […] En vez de extirpar las condiciones que hacen que la gente esté deprimida, la sociedad moderna les da antidepresivos que modifican el estado interno para que el individuo tolere las condiciones sociales que de otra manera encontraría intolerables.”[1] Este es uno de los métodos de control del comportamiento utilizado entre los humanos [#146]. Existen otros, como, por ejemplo, a) ´las técnicas de vigilancia´ (cámaras que filman, computadoras que procesan información sobre los individuos), b) ´la propaganda´ (medios de comunicación de masas), c) “La industria del entretenimiento es una importante herramienta psicológica del sistema. […] Le proporciona al ser humano un medio de escape. Mientras es absorbido por la televisión, los videos, etc., olvida la tensión, la ansiedad, la frustración, la insatisfacción. Muchos de los llamados primitivos cuando no tienen ningún trabajo que hacer, se sientan durante horas sin hacer nada porque están en paz consigo mismos y con su mundo. Pero la mayoría de la gente moderna debe estar constantemente ocupada o entretenida, de otro modo se ´aburre´, se vuelve inquieta, incómoda, irritable.” [#147] La irritación, la incomodidad, la inquietud está originada en la pérdida de la autonomía y de la libertad.

La actual organización social es una compleja red en la que cada individuo funciona a modo de engranaje necesario. Cualquier desvío que atente contra la sustentabilidad es sancionado. De esa trama a gran escala participan ´los servicios públicos´, ´las redes de computadoras´, ´los sistemas de autopistas´, ´los modernos servicios de salud´, ´los medios de comunicación de masas´ (mass communications media) [#118]. Un conglomerado de acciones basado en el desarrollo de la tecnología sostiene la sociedad industrial aunque, por razones obvias, y sobre todo en cuanto al convencimiento, los medios de comunicación son los que barnizan una realidad que no soporta la uña de la duda sobre su superficie. La tecnología, en general, es el elemento disruptor en la conformación social actual y los medios de comunicación, en particular, el soporte ideológico. Junto al sistema educativo, los medios de comunicación mayoritarios (mainstream communications media) enarbolan los valores que la sociedad industrial defiende en términos nominales [#28]. Esos medios (mass media), en gran parte, son controlados por corporaciones integradas al sistema [#96]. Es una lógica tan cristalizada que quienes alegan ser detractores –activistas o militantes de izquierda (tal vez la más importante entre las actividades sustitutorias)- una vez que ocupan el poder, mantienen la usina de injusticias que gritaban combatir: “Cuando el izquierdismo domina la sociedad, el sistema tecnológico es una herramienta en sus manos, y lo usan entusiasmados para promocionar (´promote´) su crecimiento.” [#216] [2]

En La sociedad industrial y su futuro de 1995, Kaczynski menciona por única vez Internet en el párrafo 96 al explicar y justificar el uso de la violencia en las muertes provocadas por sus ´cartas-bomba´. Reconoce que la Red hubiera sido un medio para difundir el manifiesto, pero sabe que entre la maraña de publicaciones, habría pasado al olvido. Esa mención no responde a un color de época. Como cuenta el documental alemán Das Netz [2003], al mismo tiempo que Kaczynski se distanciaba del mundo, entre fines de la década del sesenta y comienzos de la del setenta, en espacios vecinos (Harvard, Berkeley) se pergeñaba el acabado final del universo regido por Internet que explotaría en pocas décadas. Fue Kaczynski un testigo directo –y se supone, también, un cobayo- en el armado de esta versión de la sociedad industrial a la que otros denominan Ciber-Imperio.[3]

Una de las biblias del ciber-mundo es el volumen de los españoles Andoni Alonso e Iñaki Arzoz, La Nueva Ciudad de Dios [2002]. En esta enciclopedia, los críticos recopiladores reconstruyen el camino centenario, y milenario, de ese anhelo -platónico, agustiniano, etcétera- de confeccionar ´un cielo virtual en la tierra´ para cobijar con felicidad los cuerpos astrales holográficos y, en rigor de verdad, con el objetivo de lograr el más amplio control sobre individuos que, al fin de cuentas, lo aceptan dócilmente.

Frente a la miríada de autores, textos y referencias cruzadas, el volumen de Alonso y Arzoz incluye un Cd-Rom que, a su vez, reenvía a una página web titulada “Quién es quién en la cibercultura ampliada”. Este reservorio de información incluye múltiples entradas biográficas como la del propio Kaczynski.[4] Sería imposible y, por su parcialidad, carente de sentido nombrar a los conscientes o aleatorios partícipes de la construcción del Ciber-imperio. Rescato, a modo de trueque, uno de los que permitieron la concreción de la ´sociedad del simulacro´: “William Shakespeare [1564-1616]. Dramaturgo inglés. Genio del teatro que [entre otras] escribió la fascinante La tempestad, una suerte de anticipación de la realidad virtual… [con]… el juego entre la apariencia y la realidad, y la comunicación de la verdad por medios mágicos… Por otra parte, Shakespeare -cuya obra está plagada de recursos y motivos ciberculturales- es… uno de los autores con más presencia en Internet.”

La tempestad –alejada, en apariencia, del tema que nos convoca- permite pensar algunas cuestiones: i) la fuerza de la ciencia ficción (en su variante heterodoxa) para analizar la sociedad industrial; [5] ii) la pertinencia del simulacro y del barroco como categorías que evidencian la constitución de una realidad de doble fondo en base a la tecnología, la manipulación de la información, la propaganda; iii) la deriva en la conspiración, propiciada por esa doble realidad.

Esa obra de teatro de inicios del siglo XVII escenifica dos modi operandi que no han cejado, que se han intensificado y que, incluso, se han fusionado. El protagonista de La tempestad es Próspero. Este mago y político construye mediante sus saberes secretos una ´realidad alternativa´ –el naufragio- para vengarse de quienes, en el pasado y en Italia, lo despojaron de su poder y de sus posesiones. Los destinatarios de esa venganza, y en continuidad con el pasado -aun en medio de un desastroso naufragio (luego ficticio) y en la arena de una isla en apariencia desierta- conspiran y conspiran para tomar el control. De ambos lados, el poder (y la justicia) basados en mecanismos que engañan para someter.

La tempestad, y sus personajes, recibieron interpretaciones diversas y contradictorias. Alonso y Arzoz recuerdan que “…es uno de los modelos para el anarquismo de [Hakim] Bey, [al] representar la pasión por vivir fuera de las convenciones sociales.” Como se desprende de la mera lectura de la obra, la fábula no se sitúa en cualquier espacio del mundo conocido. La acción transcurre en el Caribe –o en las Bermudas-, como reflejo metropolitano de la invasión europea a estas tierras, ocurrida a fines del siglo XV. Con este dato en mente, a la lectura proto-anarquista se le puede añadir una menos complaciente.

Próspero vive en esa isla –ubicada acaso en América- con su hija Miranda y con dos sirvientes, Ariel, dedicado a complementar su magia, y Calibán, destinado a las tareas rudas. El nombre ´Calibán´ fue entendido de distintas maneras: derivado de caribbean; de cannibal; de cauliban (término gitano que significa ´oscuro´). Como sea, su figura es la del habitante del Nuevo Mundo, hijo de una bruja africana desterrada, y sometido a las voluntades ajenas que quieren dominarlo o con palabras (órdenes, promesas), o con licores y lujos futuros que nunca llegarán. Ese desastrado, quien por cierto le cuestiona a Próspero no haberle transmitido su ciencia, representaría al nativo sometido, y a la vez, al nativo que, a su modo, resiste frente al amo, y lucha así por su liberación.

En ese ir y venir de sentidos posibles, el extraño Calibán encarnaría un aleatorio ejemplo de lo que el historiador francés Serge Gruzinski denomina ´guerra de las imágenes´.[6] Aunque no lo proponga él en estos términos, el ciber-imperio, el ciber-mundo en el que se libra una batalla continua por la obtención del poder (económico, político) mediante una doble vía –bombardeo de imágenes, fogoneo de relatos- tiene su momento crucial en el arribo de Colón a las islas del Caribe. América fue a partir de ese momento -según Alonso y Arzoz, y en consonancia tácita con Gruzinski- un ´laboratorio de imágenes´ en el que se ensayaron diversas estrategias que permitieran el dominio mediato e inmediato de los millones de calibanes que habitamos los mundos periféricos. Que el M.I.T, que Hollywood, que Televisa, que O Globo estén en el continente americano no es, por supuesto, casual.

Esta ´guerra de imágenes y de relatos´, con centurias de tradición, es el humus propicio para realidades barrocas de doble fondo y, en consecuencia, para incesantes conspiraciones políticas voceadas, por lo general, con las mejores intenciones, pero, en lo concreto, con la búsqueda del beneficio propio –del grupo (secta, facción), de la corporación, de la casta.

Como lo estipuló el matemático descendiente de polacos, más allá de las palabras e intenciones, ningún actor ni de la derecha ni de la izquierda, ni de sus grises intermedios, ataca el uso de la tecnología, de las redes sociales, de Internet, de las huellas de aquí y de allá del cuerpo en los aeropuertos, del espionaje de e-mails, etcétera, etcétera, etcétera. La tecno-ciencia ha sido naturalizada incluso en países que se consideran anti-imperialistas.

La tecnología ha invadido la vida social y, aun cuando se trata de una de las formas más evidentes de dominación, de control y de generación de desigualdad, no se la discute. Es más, sin que a ningún medio de comunicación ni mucho menos político e ideólogos de turno, ni de un lado ni del otro, se le caigan los anillos, a la Cumbre de las Américas de este año, y con Julian Assange encerrado en una embajada sudamericana en Londres, asistieron los presidentes de todos los países… y el fundador de la atroz red social azul, fuente aberrante de espionaje virtual.[7]

Así las cosas, y olvidándonos de los consabidos reaccionarios, la tecnología se convirtió en una perfecta aliada de los progresistas quienes, definitivamente, pueden nadar y deslizarse por esa realidad de doble fondo que se ha instalado. Con el mayor cinismo posible –o por mera ambición- los militantes izquierdistas dicen, pregonan, alientan la liberación de esto y de aquello, la batalla aquí y allá contra el status quo –al que en muchos casos ellos representan- mientras conspiran para poder vivir la vida de los que en la arena pública son denominados ´enemigos´. Puede para el desprevenido y novel lector resultar un argumento extraño, pero es complejo desarmar la posición de Kaczynski: si existe alguna rémora para la lucha contra el sistema industrial -que debe ser detenido, desactivado-, ellos son los izquierdistas quienes –repito- mientras dicen luchar, confirman lo establecido.

Si la peor versión del izquierdismo surge en las últimas décadas del siglo XX, y la siguiente afirmación queda de mi lado, eso sucede en conexión con la explosión de los mundos virtuales.[8] El izquierdismo dice ir contra todos los aspectos del sistema industrial, menos contra el fundamental –la tecno-ciencia- porque de ella se nutre y por medio de ella promociona sus ´aciertos´ y, lo que es peor, construye universos ideales de luchas, combates, posicionamientos político-ideológicos, y en secreto anhelan lo que disfrutan los conservadores -estatus, dinero, jerarquías, beneficios, prebendas- porque, como sabemos, militantes izquierdistas de raigambre popular y sincera hay muchos, pero los falsarios, corruptos, advenedizos que rezan cualquier rosario para posicionarse son legión.

Hacia el final de La sociedad industrial y su futuro, Kaczynski introduce una distinción: “Los izquierdistas más peligrosos -los más hambrientos de poder- con frecuencia se caracterizan por la arrogancia o por un enfoque dogmático de la ideología. No obstante, los más peligrosos de todos pueden ser sujetos sobresocializados que evitan despliegues irritantes de agresividad y se refrenan de hacer publicidad de su izquierdismo, pero trabajan rápido y promueven con discreción valores colectivistas, técnicas psicológicas ´ilustradas´ para socializar niños, la dependencia del individuo al sistema, y todo eso. Estos cripto-izquierdistas… están próximos a ciertos tipos burgueses en lo que atañe a acciones prácticas, pero difieren de ellos en psicología, ideología y motivación.” [# 230] [9]

La categoría ´cripto-izquierdista´ puede sumar un nuevo matiz si se entiende el concepto no solo en referencia a quienes trabajan en las sombras para que los ciudadanos permanezcan bajo control, sino también en lo que respecta a los que viven en el guiso de una inversión de valores. Son meros burgueses que han detectado los beneficios de la corrección política y a caballo de esa mistificación avanzan en la vida social empuñando la espada de combate con la mano izquierda y acumulando monedas con la derecha. El cripto-izquierdista y el cripto-burgués son cara y ceca del mismo e idéntico tapiz.

Argentina, por cercano, es caso testigo del estadio actual del sistema industrial en el que el uso de la tecnología se ha convertido en el feroz campo de batalla en el que se disputan los mapas ideológicos que sustentan la organización social. En Argentina conviven, al menos, dos realidades virtuales hostiles entre sí: por un lado, la de las fuerzas reaccionarias, conservadoras, elitistas, etcétera; por el otro, los eventuales disidentes del modelo anterior, es decir, fuerzas progresistas (izquierdistas), dinámicas, populares, que apuntan –o que apuntarían- al bienestar de la mayor parte de la población. (Dicha polarización es, sin dudas, nefasta además de falsa).

Esa tradición política de raigambre popular abreva, en sus orígenes, en la lógica conspirativa. Esa impronta se extiende hasta hoy. Si bien puede aplicarse la lógica del complot a toda la política tradicional, es innegable que en lo que atañe a las formas del peronismo, la conspiración en el fondo y la publicidad en la superficie es un método que ha hecho escuela. Una posible reconstrucción de esta dinámica aparece en Filosofía de la conspiración [2004] de Horacio González.[10]

En la ´guerra de relatos´ con virulencia desatada años atrás en la Argentina, y con sobradas señales de conspiraciones cruzadas con realidades virtuales, abundan los izquierdistas burgueses encriptados. Podría traer a cuento una larga lista de anécdotas y de chismografía ideológica que sustente mi diatriba. Como indiqué en el final de la tercera parte de este escrito, me interesa una de esas ratas ideológicas que dice luchar contra el status quo mientras hurga en el miasma de los privilegios obtenidos gracias a la necesidad ajena.

Esa historia requiere de un prólogo a modo de marco.

Hace un par de años, una joven mujer con sus convicciones intactas, una convencida activista progresista, una militante (fuente de esta anécdota) fue invitada a pasar unos días a una finca ubicada en un paradisíaco reducto de las profundidades provincianas, junto a su flamante pareja, también activista, también progresista. Esos días de folga mostraron temprano su faz oscura y apenas desembarcada la excursión en el reducto, la joven militante percibió que ese contexto de pares, que ese mundo en el que otros militantes libaban no era semejante al que mostraban en el fragor de la lucha por la liberación de no sé qué cadenas. Esta anécdota, que sintetizo y que no reproduzco más que en su núcleo, fue archivada en la común memoria oral bajo el membrete de ´Los dos Audis´. Familia de militantes, ideología progresista, profesionales universitarios, estrechas relaciones con la política, obtención de prebendas, contratos por obras públicas, tecnocracia teñida de izquierdismo, dinero y más dinero, mansiones, sirvientes, bellas mujeres siempre rubias, parques, piscinas, canchas, los dos Audis en el inmenso garaje, y de lunes a viernes de 10am a 20pm, y los sábados y los domingos, a veces, la defensa del modelo, del proyecto, de la brava lucha –siempre virtual, siempre tecnológica, siempre conspirativa- contra poderes aciagos que bastante se parece a la lucha contra la propia imagen en el espejo. (Y como telón de fondo, lo olvidaba, una profunda depresión, porque se milita a causa de una tristeza enorme por la pobreza pero no barrial, citadina, nacional, mundial. No. Por la pobreza personal. Por eso cumplen el proceso de poder como una piara entre las sobras.)

Ciber-realidad, militancia progresista, universidad, política tradicional, negociados, y la corrupción y la conspiración merodeando, son los hilos de una densa red en la que la mistificación, la hipocresía, la apropiación de las instituciones del Estado (o la aceptación de la cooptación en manos de), las conexiones turbias, la utilización y manipulación del ´oprimido´ en beneficio propio, son ingredientes del suculento plato. Sin dudas que a este esbozo le caben dos aclaraciones ya deslizadas: a) no todos los militantes son corruptos aunque en su mayor parte los líderes sí, b) no es esta una cuestión de banderas partidarias: en un gran número la militancia progresista funciona de modo semejante al de la política tradicional. Algún lector extraviado por aquí dirá que lo que digo es obvio. Me gustaría recordar que, al menos en la Argentina, la militancia progresista aboga por la defensa del ´pueblo´, por cambios, por soluciones igualitarias y hasta, en el colmo del delirio, por defender su usurpación del Estado como si de una ¡revolución! se tratara.

Horrendo vástago, la historia de la rata se desprende de la anécdota de ´Los dos Audis´ al reproducir paso por paso el patrón de comportamiento indicado: banderas sociales agitadas en aras del (bajo y básico y plenamente burgués) beneficio personal.

Con ustedes, la Rata.

Una tarde, durante una charla en una vereda céntrica de la ciudad, frente al cuestionamiento a causa de lo conservadora, intolerante, racista, violenta e idiota que es la sociedad que allí germina -observaciones desprendidas de la conversa que llevábamos adelante con un tercer comparsa-, la Rata opinó que era así y que no había por qué pensar que cambiaría: en esta ciudad para ser reconocido y pertenecer a (vaya saber uno qué), o había que tener apellido tradicional, o había que tener dinero, o había que poseer alguna estirpe o alcurnia (típicas jerarquías de oropel propias del interior); si no, no existís, refrendó. Sorprendido, le pregunté con discreción si avalaba o describía la situación porque de tratarse de la primera opción sonaba un poco raro en boca de un militante defensor de lo que ustedes ya saben. La conversación se desvió, salió de ese estadio complejo y derivó en otras cuestiones, aunque hasta el final flotó en el aire la incómoda idea de que había sido dicho algo indebido.

Ese militante –la Rata- es argentino, tiene poco menos de treinta años, no es un profesor universitario, aunque se ocupa, trabaja, se desempeña en una de las dependencias de la universidad local -la productora audiovisual. Al mismo tiempo, milita en una organización progresista, en un sentido amplio, de izquierdista (o de centro-izquierda).

Su carta principal de presentación –así lo conocí- es haber dirigido un documental que cuenta la historia de un militante detenido-desaparecido-asesinado durante la última dictadura militar argentina [1976-1983]. En el primer intercambio de ideas que tuve con aquel, la conversación rondaba la posibilidad de filmar o no a un reconocido habitante de la ciudad en la que ocurre esta historia (ingenuo de mí). En determinado momento le sugerí que el rodaje podía ser complicado; ese sujeto era cascarrabias o díscolo y, entonces, el asombro: ´Cuando vas a filmar tenés que armar todo para sacar lo que querés´. Le respondí que sí, que entendía lo de la puesta en escena en un documental pero aun así…

Solo comprendí ´sacar lo que querés´ al ver su película.

Asistí a una proyección pública en uno de los espacios de militancia que el activista frecuentaba. El documental –de poco menos de una hora de duración- es un artefacto geminado en el que conviven dos filmes diferenciados por un salto temporal de casi veinticinco años. La primera parte cuenta la historia del abogado laboralista y su lucha en favor de los obreros contra una corporación cementera.[11] La narración está estructurada de forma clásica: infancia, primeros esfuerzos, primeros problemas, logro, transformación, caída. Luego de la caída –su asesinato-, la apoteosis que lo conduce al cielo de los mártires. En esa narración, los únicos enemigos son los militares en el poder. Bajo ningún aspecto, se ofrece una mirada sesgada sobre la militancia en aquella época que a modo de espejo les permita a los militantes del presente –mayoría en el auditorio- aprender de esos errores, de esos pasos en falso, o de lo que sea. Como dije, el resultado es la apoteosis y el heroísmo    -como si morirse como un perro con un tiro en la cabeza después de estar encerrado en una quinta (y con la esposa a punto de dar a luz) fuera encomiable.

Terminada la proyección, me acerqué y por la cortesía al uso le dije que me había gustado (no tuve el pulso para exponer lo que pensaba) y le indiqué que me había resultado rara la puesta en escena: a) la esposa aparece sentada en un sofá rojo cubierta por un vestido símil leopardo; se la ve feliz de –¡por fin!- acercarse a las candilejas; b) los hijos testimonian por separado y en ningún momento se reúnen entre ellos, ni con la madre; c) él único caso de un testimonio conjunto era el de dos amigos del militante desaparecido que, entre silencios y lágrimas, más hacían dudar que confirmar la historia que se estaba contando.

El director-militante me reconoció que era posible que hubiera otra historia, que de hecho la había, pero que no había podido contarla. La madre escondió durante años a sus hijos la verdad sobre la muerte del padre en manos de los militares y esos párvulos recién se enteraron del aciago suceso siendo adolescentes con todas las complicaciones que el silencio trae en esos casos. Desencantado con la trama familiar, uno de los hijos había comenzado a militar en una agrupación de descendientes de desaparecidos a mediados de los años noventa del siglo pasado. Todo eso era lo que no se podía contar.

Atónito regresé a mi asiento para el debate post-proyección. En la charla, intenté deslizar no ya aquella cuestión, sino el otro rasgo incómodo del film que ahora les reseño –y como podrán suponer fui abarajado en el aire y devuelto a mi silla mental.

El segundo documental dentro del documental cuenta la historia del juicio que se les siguió hace unos dos o tres años a los responsables del asesinato del abogado militante. El juicio por crímenes de lesa humanidad no es allí analizado. Se muestran testigos y acusados declarando, la condena y el festejo –entendible- de los familiares. La algarabía de estos no condice con la distancia que muestran en los testimonios personales.[12]

Pero había más. En la transición entre una parte y otra –entre los dos mini-documentales- se erguía extemporáneamente la figura del Líder político (ya fallecido) que a inicios de la primera década del siglo XXI, en un escenario social post-apocalíptico, reactivó la mística militante e impulsó –con innegable valor- los juicios contra los militares y civiles que habían cometido crímenes de lesa humanidad, como el mencionado en el documental. Si se deja de lado el dudoso recurso de la pantalla dividida y otros menesteres estéticos, el intempestivo salto de décadas resultaba chocante ya que en ningún momento en el film se anticipaba esa fusión temporal.

Simple: el documental era el escenario virtual preparado para ensalzar al Líder. La muerte-desaparición y el juicio eran tópicos fílmicamente interesantes porque alimentaban la incesante maquinaria publicitaria de la que el documental era y es un desprendimiento. Ni autocrítica, ni perspectiva sesgada, por lo menos, como gesto de amplitud de mirada hacia los de adentro. Ningún guiño, ninguna ventana al debate. Heroísmo y mesianismo al extremo. Y a eso había que llamarlo documental.[13]

Es como si los gritos en el desierto de Rodolfo Walsh –a los que me referí en la segunda parte de este escrito y en cuya tradición ideológica entronca el actual resurgir de adictos ideológicos- continuaran resonando entre los médanos de la militancia. Jerarquía, obediencia, verticalismo a cambio de prebendas. Autocrítica, nunca. No solo no se han recuperado con fervor las instancias críticas sino que, por el contrario como ese documental demuestra, se ha cristalizado el pasado, en una especie de mundo primitivo en el que buenos y malos, hombres y bestias, se diferencian claramente. Reconozco, sin dudas, que existen hoy voces críticas dentro del movimiento militante mayoritario. Lo complejo es que permanecen circunscriptas a las charlas de sobremesa.

¿Cuál es –me dirán- el problema de que alguien haga un documental que no me parece interesante ni bien acabado, que me impacta por su puesta en escena descuidada, por su poxiranesco salto temporal, por su olor a mala propaganda partidaria? No existe ningún problema, siempre y cuando ese (pésimo) panfleto audiovisual haya sido costeado por los bolsillos del propio director o por los de sus acólitos de doctrina… Pero no es el caso.

El film (sic) acerca del detenido-desaparecido-asesinado está financiado por Contenidos Audiovisuales de la universidad local, espacio en el que el director-militante trabaja. Este híbrido entre institución y partido político es un detalle. Puede tratarse de una acción artística lícita. Por ejemplo. La universidad decide participar de la discusión política a través de un aporte a la memoria histórica y encarga un documental. Si fuera así, aunque supongo que no lo es, lo mínimo que se le podría pedir al documentalista es rigurosidad en el manejo de los datos: no falsear, no manipular la historia –o, como dije, si quiere jugar en esas lides experimentales o panfletarias, y con esos parámetros, que se autofinancie.

Además, sería necesario revisar de qué manera ese ´realizador audiovisual´ llega a trabajar en una productora de contenidos audiovisuales dependiente de la universidad. Es posible que su condición de graduado –porque allí estudió- lo habilite, pero ¿entra a trabajar por concurso o de manera discrecional, accede por ser militante, por repetir el credo, por contactos, por presentación de proyecto? De qué manera es una pregunta importante. Son fondos públicos los que le dan vida a su monstruo (plagado de buenas intenciones, claro). Y son también fondos públicos –porque la historia continúa en círculo- los que le permiten al director progresista utilizar los equipos de filmación y de edición de la productora en cuestión para registrar actos partidarios, actos militantes, tal como consta, incluso, en fotos públicas compartidas sin pudor en las redes sociales.

Uno diría que, en principio, la militancia no debería ser una pequeña empresa. El grupo podría generar sus ingresos por medio de actividades, o aceptar la ayuda de otros militantes con cargos políticos, o permitir que el partido madre los sostenga… No tengo idea de cuál es la mejor opción. Sí sé que esos fondos no deberían salir de las universidades. Los espacios académicos, en su germen, son nichos de trabajo que deberían ser disputados por sujetos libres que ponen en consideración sus capacidades intelectuales y comunicativas, y no el tono de sus ligamentos para demostrar cuanto tiempo pueden sostener la genuflexión.

Libertad de pensamiento, libertad de cátedra, libertad académica, lucha intelectual para la emancipación del ser humano… No se hagan ilusiones, nada de eso sucede en la universidad. Kaczynski, coherente, le dedicó algunas ´cartas´. Con sus libros, su ortodoxia, sus jerarquías y sus vidas entregadas, la universidad es el sucedáneo laico de la iglesia, otra institución pilar del complejo militar-industrial. Si uno quiere entender la esquizofrenia y la irracionalidad del capitalismo tardío bien podría apuntar allí sus intereses.[14]

Otros serán los problemas en otros espacios geográficos, en Argentina –donde las universidades son primordialmente estatales- sería necesario revisar esas instituciones poco resistentes al archivo en sus relaciones con la militancia política y con la política tradicional. Una quimera. Apenas si arriesgo una inocua ´carta-bomba´ contra los académicos y, en este caso, contra algún monaguillo. No comparto el uso de la violencia y es uno de los puntos que menos entiendo de Kaczynski, aunque comprenda su estrategia. Mi cortedad de entendederas me alcanza para publicar un texto enrevesado en un blog perdido y decir con la Rata como paradigma. En situaciones como las descriptas, el sujeto que funciona con doble rasero –realizador audiovisual académico; militante político-, como mínimo, o propone trabajos basados en la honestidad intelectual y demuestra talento (y así obviamos la manera espuria en la que accede al cargo) o que pase a cuarteles de invierno y que devuelva el dinero que -¡oh, ironía!- fue desviado de la necesidad de algún estudiante que podría haber recibido una beca. Vale decirlo: el ingrato fin de ese desvío fue fomentar la abulia digital del pichón de corrupto. (Alguien podrá preguntarme cuál es mi autoridad para decir qué está bien qué está mal en la factura audiovisual o de lo que sea perteneciente a otro; de acuerdo, pero dos aclaraciones: discuto el usufructo de dinero público al que se debería acceder por otras vías y no por participación en la misa comunal de la ortodoxia de turno; este mismo texto pedestre es autofinanciado; se trata, repito, de honestidad intelectual y de no hacerle pagar a los demás nuestros berretines, o en todo caso decir directamente –fináncienme, che– y no mutar repetidor de verdades a medias y ajenas.)

Que renuncien o que devuelvan el dinero. Es un tema que en este momento me excede –y tal vez me exceda por siempre. Detrás de la imposición del ciber-imperio, de ese mundo enloquecido de la propaganda y del bate parche audiovisual y multimedial, existe una lenta degradación de la cultura humanista que, con todos sus problemas, supo al menos crear sus anticuerpos y permitirse la autocrítica. Por machaque o por indiferencia del resto de la sociedad, puede hoy hacerse y decirse en arte, en cultura, en pensamiento, en política… cualquier cosa. Mientras se mantenga la obediencia al califa de turno, y en el territorio propicio, todo pasa, todo es aceptado, aprobado, editado y barnizado por la publicidad 2.0. Miles de Prósperos. Miles de millones de Calibanes.

Prometí no extenderme en la historia de otras ratas. Es inevitable cuanto menos indicar sus caminos, sus montoncitos y sus madrigueras.

En La tempestad Próspero menciona a las ratas que abandonan el barco desvencijado para graficar la podredumbre del navío al que lo condenan para expulsarlo, pero, se puede intuir, utiliza esos animalillos para figurar cómo fue abandonado por sus subordinados –el barco sería el ducado que regía- una vez que las intrigas palaciegas le quitaron el poder. En Hamlet, ´la rata´ está de igual forma asociada al conspirador político –la rata es Claudio, el tío de Hamlet; y la venganza orquestada por el príncipe, la ratonera.

El complot, la conspiración, los poderes en las sombras tienen su fuerza explicativa siempre y cuando aparezcan escenificados en algún tipo de ficción, de fábula que narre con cierta gracia la lucha contra fuerzas invisibles que revelan su presencia en el final del camino derrotadas, neutralizadas u opacadas para retornar en el momento menos deseado. Por el contrario, si la conspiración es utilizada para pensar la política real, el entramado económico aquí y ahora, el sujeto que esgrime esos argumentos es visto como un ingenuo, un crédulo, un paranoico que sigue el camino más fácil: creer que todo está manejado por hilos fuera de su alcance. El corolario es la inacción en las manos de una mente afiebrada.

Sin embargo, si se toman al azar algunos sucesos de los últimos meses, uno detecta que, por ejemplo, en Argentina ´muerte sospechosa, paranoia, complot, conspiración, servicios secretos, dobles agentes, traiciones varias, vendettas, suicidios que no lo son, etcétera´ son conceptos que abundan como la única forma de desentrañar lo que de otra manera es inenarrable e incomprensible.[15] En otra escala, pocos días atrás se desató a nivel planetario –en una de esas corporaciones que inundan segundo a segundo la iconosfera de ciber-espectáculos deportivos- una tormenta sin precedentes por casos de corrupción, que incluye a la política, escándalo en el que los investigadores oficiales hablaron sin tapujos de ´conspirador´, de ´co-conspirador´ y así. No es ninguna novedad –aunque ciertos sectores parecen verlo solo ahora- que los flujos descontrolados de dinero del capitalismo tardío derivan en corrupción, en complots incesantes que difícilmente sean desentrañados.

A pesar de ser una hipótesis banalizada sin cesar por los portadores de la corrección política e ideológica, la conspiración, los infiltrados, las sectas, la realidad de doble fondo (o de múltiples fondos) es una herramienta intelectual, si precaria, por lo menos eficaz.

La misma joven militante que –tal vez como catarsis- me contó la simpática anécdota de ´Los dos Audis´, en charlas complementarias, me confesó –hoy lo verá ella como un exceso de confianza- que por cercanía con esferas superiores de conducción, se sabía que desde hacía un par de años, y en previsión por un eventual abandono de la estructura del Estado luego de las elecciones del corriente año, las organizaciones militantes conectadas con el partido oficial de gobierno, habían comenzado sin prisa pero sin pausa a infiltrar con trabajadores adictos -militantes encubiertos- las dependencias estatales para preparar ´la resistencia por si en el país llegaba al gobierno la derecha´.

Ese planteo-confesión provocó, en su momento, un airado intercambio de ideas sobre lo lícito o no de la estrategia, pero, sea como fuere, y más allá de las evaluaciones, ese dato acerca de un movimiento –digamos, conspirativo- comenzado años atrás tuvo y tiene hechos concretos. El caso de la Rata -un caso menor por tratarse de un simple cronista de las batallas- es un ejemplo indiscutible de ese plan. Como es de suponer, existen infiltrados que deciden entrar a ocupar un puesto para ´hacerle el aguante al proyecto´, y existen conversos que tenían ese cargo en sus manos y que, ante el miedo de perderlo, siguieron el camino, con infinito menor brillo, idéntico al de Saulo de Tarso.

Quedarán los detalles para otro momento, si es que ese instante llega. A modo de síntesis podría indicarles que en mis paseos por la desquiciada selva de la organización social vernácula accedí de primera mano a la existencia de dobles agentes, infiltrados, conspiradores -mercenarios con la medallita al cuello indicando el nombre de su dueño-, i) en las dependencias de la universidad donde se desempeña el director-militante (conozco, entre otras, la deliciosa historia de un tecnócrata cuyo cinismo es más profundo que los negros abismos oceánicos); ii) en instituciones educativas no universitarias dependientes de la mencionada unidad académica (y me gustará algún día contar esa historia absurda); iii) en instituciones educativas provinciales (y en una, en particular, que ostenta en su corazón un medio de comunicación partidario, institución en la que fui apretado o conminado a sostener un discurso diferente del que propongo en mis tareas[16]); iv) ni hablar de lo que sucede en los gremios docentes: según la mirada de esos traidores, al igual que la de otros esbirros, vivimos una realidad poco menos que ideal, un mundo de fantasía y jauja, luchando contra enemigos que parecen estar siempre más allá y a los que veo acá, muy cerca… Porque a las ratas a simple vista es muy difícil verlas, pero en la tranquilidad de la noche se escuchan sus pasitos dirigiéndose hacia la madriguera.

Escribí, creo, de más. A mi alrededor, en charlas cotidianas, aleatorias, nada serias, esas de café o mate y tortas negras, me dijeron y me dicen que me calle, que no me conviene, que no hable, que diga otra cosa, que agache la cabeza, que me van a endilgar paranoia, que me van a diagnosticar insania, que soy un conservador, un reaccionario –modo de atacar al que no sabe rezar el rosario-, y que sea consciente de que categoría más categoría menos… Alguien sottovoce me dijo: ´se les fue la mano con el paladar negro, estamos viviendo algo así como un neofascismo, y sabés lo que significa intentar enfrentarlo´.

Un neofascismo ciber-condicionado, un mundo feliz construido de pura realidad virtual y de cifras incomprobables y de discursos, una revolución esplendorosa para quienes se pliegan y obtienen del carro en movimiento las migajas reales y simbólicas, de unas pocas monedas y de pertenecer a algo en este mundo gris y desvaído.

La realidad como delirio.

Y una tarde, la Rata hizo su mejor número. Estaba la horma cerca, iba a bailar de todos modos. Alentó, arengó y no dejó de arengar que la ciudad de esta historia era un irrefrenable ´polo audiovisual´. Polo audiovisual, polo audiovisual, polo audiovisual, polo audiovisual, repitió, y no se cansó de repetir, polo audiovisual. Entendible. Aunque por las calles se ven solo las cámaras de los infinitos autos all-star (las de monitoreo ciudadano, ni funcionan, creo), en su madriguera, en su cueva, en ese espacio que debería ser público y que él ha optado por cooptar, las candilejas son otras, infinitas y, en sus términos, gratuitas, porque la estrella de su vida brilla con el dinero que les roba a quienes dice ayudar.

Humo –militancia política, universidad, producción artística e intelectual. Humo. Humo. Humo. Humo. Posta, es humo, como el de aquellos dos militantes –uno con cargo político, otro con una ciber-actividad- que luego de un espectáculo montado en el que uno se llevó los denarios y el otro la foto para mostrar, se miraron en la despedida, se abrazaron y se dijeron: ´sigamos ilusionando al pueblo, es lo que nos queda, que se diviertan, total nada va a cambiar

Humo, humo, humo. ¿Les resulta pesado digerir a Kaczynski que, al fin de cuentas, pide el fin del humo que es el fin de esta organización social? Los dejo entonces con otro polaco que, por esas casualidades, qué cosa no, anduvo por esta misma ciudad. Años antes de traer sus huesos esmerilados a restaurar, dijo –achicando el pedido de Kaczynski que pide parar el sistema en su totalidad: “…hay que parar por un momento la producción cultural para ver si lo que producimos tiene todavía alguna vinculación con nosotros.” Lo dijo Witold, que es Gombrowicz, en 1947, en Buenos Aires, en una conferencia, Contra los poetas.

Contra la militancia, por ahora, no digo más.

[Tandil – 04 de junio de 2015]

Notas:

[1] Acerca de la relación entre la Red, el consumo de drogas y la religión (y, como siempre, la política), pueden repasar https://ymeescribesparanoica.wordpress.com/2014/06/23/www-lanuevadrogaesciberdios-com/ En todos los casos el aspecto común es la búsqueda de trascendencia. El problema son los medios para alcanzarla y las resultantes no deseadas de esas interrelaciones.

[2] En esta cuarta parte de “Kaczynski contra la militancia” retomo aspectos considerados en las tres partes anteriores. Parte I https://ymeescribesparanoica.wordpress.com/2015/05/04/kaczynski-contra-la-militancia/ Parte II https://ymeescribesparanoica.wordpress.com/2015/05/09/kaczynski-contra-la-militancia-dos/

Parte III https://ymeescribesparanoica.wordpress.com/2015/05/25/kaczynski-contra-la-militancia-tres/

[3] El documental instala la sospecha sobre el contenido del Manifiesto, mediado por las fuerzas de seguridad estadounidenses (ver nota al pie, Parte I). La línea argumentativa del documental sería: realmente Kaczynski tiene razón y las intenciones de los ciber-profetas no son nada buenas (ver nota al pie, Parte III).

[4] “Matemático y escritor norteamericano, también conocido como ´Unabomber´. Enseñaba matemáticas en la Universidad de Berkeley hasta que, desencantado con la evolución de la sociedad americana, se convirtió en ermitaño y terrorista neoludita, al enviar paquetes-bomba a personajes representativos del mundo de la informática ­profesores y empresarios [Bill Gates tuvo el dudoso privilegio de recibir varias docenas de estos paquetes en Seattle]­, pues los consideraba responsables de la inexorable destrucción de la humanidad. Escribió Industrial Society and Its Future [El manifiesto Unabomber], que fue publicado por The Washington Post en 1995, como una forma de chantaje, pues Kaczynski prometió dejar de enviar bombas si se publicaba en primera plana. Este trabajo de crítica apocalíptica contra la tecnología, dada su calidad, despertó las sospechas del FBI, pues se creyó que su autor era un verdadero intelectual, extendiendo su investigación a la comunidad universitaria americana, entre ellos a personalidades como Illich y Zerzan.” A partir de estos eventuales sosías –Iván Illich y John Zerzan-, y del antes mencionado Hakim Bey, a Kaczynski se lo puede alistar a una serie de intelectuales recalcitrantes como Hans Jonas, Peter Watkins, Claudio Naranjo.

[5] Sobre ciencia ficción heterodoxa, hereje, hermética: https://ymeescribesparanoica.wordpress.com/ciencia-ficcion-hereje-2013/

[6] Ver Serge Gruzinski. El pensamiento mestizo [2000]; La guerra de las imágenes. De Cristóbal Colón a Blade Runner (1492-2019) [2001]. Desarrollo su postura en “Mil años de ciencia ficción hermética latinoamericana [1492-2500]”, disponible en https://independent.academia.edu/RobertoLepori En este blog utilicé la categoría ´guerra de las imágenes´ en artículos como A) https://ymeescribesparanoica.wordpress.com/2013/06/28/vem-pra-rua-vem-una-guerra-de-imagenes/; B) https://ymeescribesparanoica.wordpress.com/2013/06/28/o-brasil-deveria-libertar-se-da-globo/

[7] Elijo al azar una crónica del encuentro: http://www.perfil.com/politica/Como-fue-la-reunion-de-Cristina-con-Mark-Zuckerberg–20150411-0081.html

[8] Para tener una leve dimensión de cómo la política utiliza ideológicamente la tecno-ciencia, pueden ver la Wiki de Florencio Randazzo, pre-candidato a presidente. Link http://lawikiderandazzo.com/

[9] Continúa: “El burgués corriente intenta llevar a la gente bajo el control del sistema para proteger su modo de vida, o lo hace simplemente porque sus actitudes son convencionales. El cripto-izquierdista intenta llevar a la gente bajo el control del sistema porque es un Verdadero Creyente en una ideología colectivista. Se diferencia del izquierdista medio sobresocializado por el hecho de que su impulso de rebeldía es más débil y está más firmemente socializado. Se diferencia del burgués corriente bien socializado por el hecho de que hay una profunda carencia en su interior que le hace necesario consagrarse a una causa y sumergirse en una colectividad. Y puede que su impulso (bien sublimado) por el poder sea más fuerte que el del burgués medio.”

[10] Me refiero a este libro en la Parte II. Dice González (2004, p. 266) acerca de la llegada de Perón al poder: “Fundado a comienzos de 1943 y disuelto en 1945, el GOU reitera las mismas tecnologías de organización clandestina y los atributos del logos conspirativo. El poder no es un poder de la técnica materializada en aparatos de servicios y gobierno, sino el gobierno de los hombres ensamblados por formas sigilosas y paralelas de disciplina.” Por azar, hoy se cumplen setenta y dos años de la exitosa conspiración que llevó al GOU al poder y que propició la escalada de Perón a la presidencia. González en 2004 denominaba a esa conspiración ´golpe de Estado´. Denominarlo de otra forma, por ejemplo ´revolución´, sería adoptar como punto de vista válido el del grupo de militares. En ese caso, lo de 1955 también es una ´revolución´ y lo de 1976 también es un ´proceso de reorganización´. Pues bien, un joven crítico literario que trabaja en una universidad metropolitana, adicto a la actual ortodoxia, en un volumen en el que ensalza de forma bastante parcial e improvisada a Rodolfo Walsh, quien merecería un mejor aeda, acepta la idea de que el ´golpe de Estado´ del 4 de junio de 1943 es una ´revolución´. ¿Descuido? ¿Ignorancia? ¿Complicidad? ¿Militarismo? ¿Desinterés por la democracia? En un futuro, supongo, intentaré escribir sobre ese caso particular.

[11] El director-militante es oriundo de la misma ciudad que el abogado asesinado, ubicada a unas dos horas del territorio en el que suceden parte sustancial de estos hechos.

[12] “Las formas de arte que apelan a los intelectuales del izquierdismo moderno tienden a enfocarse en la sordidez, la derrota y la desesperación o, por otro lado, toman un tono orgiástico, renunciando al control racional, como si no hubiera esperanza de lograr nada a través del cálculo racional y todo lo que ha quedado fuera el sumergirse en la sensación del momento.” La sociedad industrial y su futuro (#17)

[13] La factura de ese documental se opone punto por punto a posturas ideológicas críticas como la del británico Peter Watkins – https://ymeescribesparanoica.wordpress.com/2014/10/29/maldito-watkins/

[14] Sobre corrupción en la universidad, en este caso, la UBA http://www.telam.com.ar/notas/201505/105222-uba-conflicto-denuncias-causas-judiciales.php

[15] Sobre complot, conspiración, política tradicional, literatura paranoica, ver https://ymeescribesparanoica.wordpress.com/2015/02/14/doscientas-ochenta-y-nueve-fojas/ La relación entre conspiración, política, universidad, servicios de inteligencia, quedan evidenciados en casos como el de un académico vicerrector espía http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-268478-2015-03-19.html

[16] Una versión de esa historia de apriete institucional es contada en el siguiente post https://ymeescribesparanoica.wordpress.com/2015/05/20/la-banda-de-los-paragua/ Preciso aclarar que el único dato identificable, aunque no aparezca en el cuerpo del texto, es el nombre de la ciudad escenario de esta historia. Me reservo la identidad de los personajes mencionados. Esos sujetos no son originales en sus prácticas. Si algo tiene de divertido el fascismo –terrible en otros aspectos- es el de la previsibilidad.

Kaczynski, contra la militancia [dos]

{En el episodio anterior, reseñé la posición del matemático. La sociedad industrial es una forma de organización indeseable que conduce a los seres humanos a la depresión, al derrotismo, a la baja autoestima etc., al quitarles la autonomía para satisfacer las necesidades primarias y vitales, e impulsarlos a conformarse con el cumplimiento de finalidades sustitutorias, como por ejemplo, el activismo de izquierda o la militancia progresista, para nada una actividad connatural y en todo caso un nuevo entretenimiento ofrecido por el sistema, por lo tanto prolongación y continuidad, entre una extensa lista de actividades artificiales que incluye deportes, artes, hobbies, turismo, etc. ¿Cuál es el talón de aquiles de la militancia -se pregunta Kaczynski ,que vio de cerca los movimientos estudiantiles de los sesentas en EUA- que permite afirmarlo? La doble moral emanada de la corrección política: la gran mayoría no vive los valores que pregona. ¿Dónde se cocina ese estofado? En las Universidades, el corazón del sistema (nido de los ejecutores). A este brutal resumen, le añado Piglia, Viñas, Walsh.}

“El revolucionario es un hombre perdido. No tiene intereses personales, ni causas propias, ni sentimientos, ni hábitos, ni propiedades; no tiene ni siquiera un nombre. Todo en él está absorbido por un único y exclusivo interés, por un solo pensamiento, por una sola pasión: la revolución.” – Serguéi Necháiev, Catecismo del revolucionario.

Pieza de museo –“La sociedad industrial y su futuro”- o artefacto decorativo en la reserva natural hacia el interior del pensamiento domesticado que es -según Lévi-Strauss- el arte.

En la novela de Ricardo Piglia –El camino de Ida [2013]- Thomas Munk, sosías del monje Kaczynski, ronda la militancia izquierdista. En los sesenta, mientras trabaja en la Universidad de California [Berkeley], desde los márgenes se aproxima y observa los movimientos estudiantiles por la ´libertad de expresión´ (Free Speech), los reclamos a favor de los derechos de los negros (Black Panthers); descubre, también, la filosofía antitecnológica (y se anoticia de las actividades de los anarquistas en San Francisco). Su boscosa biblioteca –el retirado leía y escribía en castellano- incluía de Torcuato Di Tella (et alii), Argentina, sociedad de masas [1966]. Además, en la ficción pura y dura, Munk elige recibir en la cárcel, entre otros candidatos, al inefable Emilio Renzi para hablar con alguien de Buenos Aires; su primera pregunta hacia el visitante recae en la militancia vernácula (en concreto, “¿cierto que los revolucionarios argentinos llevaban una pastilla de cianuro?).[2]

El camino de Ida recorta la figura de un anarco-primitivista –(Theodore) Kaczynski / (Thomas) Munk- sobre el borroso y lejano fondo de un movimiento colectivista –el comunismo en su vertiente castrista-guevarista insuflado por el peronismo de la Resistencia que caracterizó a los grupos militantes argentinos de las décadas del sesenta y del setenta.[3]

Lobo solitario versus movimiento de masas -ambos con el galimatías del uso de la violencia y con el interrogante de evaluar la acción en términos de fracaso, de derrota, de batalla perdida. Kaczynski-Munk, encarcelado. Miles de militantes argentinos desaparecidos, asesinados, exiliados. En El camino de Ida, Piglia conduce a Munk a la silla eléctrica [02-08-2005]. En la realidad, Kaczynski continúa con vida. La resolución ficcional de Piglia parece un comentario a las tres muertes ocasionadas por las ´cartas-bomba´. En los recuerdos que le vuelven a Renzi de su periférica militancia, se sospecha una mirada sesgada sobre ese fallido episodio revolucionario que desemboca en el plan de exterminio perpetrado por la última dictadura militar.

Me excuso de reconstruir la posición de Piglia en su época de activismo. Me interesa, a modo de trueque, rescatar la de un compañero de militancia –escritor como él- en aquel caldo de cultivo de la lucha ideológico-político de izquierda.[4]

Rodolfo Walsh [1927-1977] podría representar, sin problemas, el ejemplo del ´militante izquierdista moderado´ contrapuesto, en la versión de Kaczynski, al ´izquierdista ávido de poder´ -y es, a su vez, ejemplo de la pertinencia de distinguir entre el izquierdismo moderno y la variante existente hasta mediados del XX. No es casual –por cierto- que Walsh haya comenzado a militar alrededor de 1940.

Es conocida –aunque no siempre resaltada- la discusión que, promediando la década del setenta, mantuvo Walsh con la cúpula de Montoneros. Al episodio lo pueden reconstruir de mil maneras (la Web aloja lo suficiente). Por mi parte me remito a Horacio González quien en 2004 y en Filosofía de la conspiración [p. 252] afirmaba: “[existe] un excepcional documento de Rodolfo Walsh en su postrera discusión con la organización Montoneros en el que desea mostrar ´una falta de historicidad´ en la orientación política de ese grupo, señalando justamente que no es así que han procedido quienes han sido protagonistas de eventos triunfantes en relación a la conquista del poder.”

González, en ese momento del libro, se refiere a Perón quien, según ese mismo sociólogo, entendió cómo llegar al poder al analizar las conspiraciones políticas que fracasaron a lo largo de la historia argentina. La mirada retrospectiva le posibilitó, o le habría posibilitado, delinear la estrategia para que triunfara la conspiración del G.O.U. en 1943. Tiempo después, Walsh sostenía lo imperioso de una perspectiva semejante.

Detrás de un recelo que se mantuvo hasta el final de su vida, estaba la admiración por la capacidad de construir poder. Walsh conocía al general desde una temprana militancia, junto con otros descendientes de irlandeses, en la Alianza Libertadora Nacionalista, milicia fundada en 1937 en la que confluyeron patrioteros y católicos, que adhirió al peronismo y cuyas filas muchos abandonaron, entre esos Walsh, al actuar Perón de forma distinta a la que había pregonado a poco menos de un año de ocupar el gobierno, elecciones mediante.[5]

La psicología izquierdista –en términos de Kaczynski- es algún tipo de FE contra la que es demasiado complejo ir. Está en él tan arraigada que, incluso, conmina al militante a aceptar acciones irracionales de sus jefes. El izquierdismo es una forma de religión, y para desplazarla en la lucha contra el sistema, se necesitaría instalar una nueva.

“Lo más cercano a una religión fuerte, extendida y dinámica que Occidente ha visto en tiempos recientes ha sido la casi religión del izquierdismo, pero hoy está fragmentado y no tiene finalidades claras y unificadas. Hay un vacío religioso en nuestra sociedad que puede llenarse con una religión enfocada en la naturaleza en oposición a la tecnología.” [#184] Kaczynski propone que la religión de la naturaleza sea experimentada por individuos –o por grupos- sin acciones redentoras originadas en el sentimiento de inferioridad que la ausencia de finalidades reales provoca. En ese derrotero, rescata (al menos una parte de) un izquierdismo pretérito: “La identificación con las víctimas que no son víctimas se puede ver en el izquierdismo del siglo XIX y en el cristianismo primitivo pero, hasta donde lo podemos explicar, los síntomas de baja autoestima, etc., no son tan evidentes en estos movimientos, y en ningún otro, como en el izquierdismo moderno.” [#232]

El cristianismo primitivo en su faz disidente -fuente del pensamiento hereje- es la inspiración ideológica primaria del anarquismo. En una de las versiones de ese posicionamiento político, existe un valor cáustico contra cualquier sistema basado en una ingeniería social aglutinante. Por su sesgo anti-institucional, por su negativa a disolver la libertad individual en un gran movimiento, por su defensa de la ligazón entre autoconocimiento y cuidado de la naturaleza, el cristianismo primitivo heterodoxo es un reservorio ante los totalitarismos sistémicos (v.g.: la Iglesia católica).

En su ensayo “Rodolfo Walsh, el ajedrez y la guerra”, David Viñas supone que “…con los rasgos artesanales de su producción, [Walsh] representa una suerte de cristianismo primitivo dentro del linaje periodístico.” (Literatura argentina y política. II-. De Lugones a Walsh, 2005, p. 250). En esta lectura, el devenir heterodoxo de Walsh –manifestado en su práctica periodística- corresponde a una deriva política desde el catolicismo y el nacionalismo (de derecha), profesados hasta fines de la década del cincuenta, hacia una izquierda revolucionaria crítica, autoconsciente, no totalitaria.[6]

Walsh, como otros, recibe el llamado político de la jungla, y se dirige al Tigre –donde vive por etapas. Recuerda el visitante Viñas (p. 251): “En los atardeceres en que Walsh arreglaba su bote, la figura de Quiroga se sobreimprimía a la de Lugones; y entre ambas se iba armando una tensión que a Walsh, divertido pero sombrío, le gustaba exasperar: defendía con argumentos enmarañados pero convincentes el distanciamiento de la ciudad practicado por ´el cuentista selvático´; lo justificaba por su ademán neobárbaro tan antivictoriano mientras aludía a su propia destreza con las armas y en la pesca del surubí. Su fervor, sin embargo, oscilaba entre el dorado y el pejerrey; y cuando se internaba en el escabeche, ya parecía lograr mi aprobación a sus autoabastecimientos y a su creciente adhesión a ´lo elemental´. Nunca llegó a aludir a Conrad ni a Gauguin.”

“[A]l evaluar las diversas prácticas de Walsh, [podría formularse] una suerte de ecuación: a mayor criticismo y heterodoxia, mayor riesgo de sanción. El típico estar fuera de lugar de los escritores heterodoxos…” (Viñas, p. 257).[7] Heterodoxia; crítica; sanción; fuera de lugar es también el retiro monástico: “Y… ese atardecer le tocó el turno al ascetismo, que Walsh defendió con un fervor jansenista a medida que se entusiasmaba con la palabra ´despojado´…” (Viñas, p. 253). Despojo, ascetismo, ´fuera de lugar´, criticismo, heterodoxia, sanción –una red de categorías que atrapa, en pálida utopía de palabras, a los distantes Theodore y Rodolfo. [8]

Walsh –cuenta el visitante- nunca nombró a Joseph Conrad.[9] Sin embargo, al nombrarlo en sus recuerdos repone algo de la silenciosa épica política, que flotaba entre los meandros, de salir y de perderse en ´el otro lado´. En El camino de Ida, abuso de la simetría, Piglia interpola un rabioso artefacto ficcional firmado por Conrad como paradigma del anarco-terrorista Munk.

El neobárbaro Walsh –acechado por una inclemente canonización- es un reaseguro frente a la desconfianza que el planteo anti-militancia de un Kaczynski estigmatizado puede generar y, de hecho, genera. Sin haber sostenido una crítica tan rabiosa como la del lobo solitario de Montana, el silencio al que lo conminó su muerte en manos de los militares, apagó con Walsh la veta autocrítica en los grupos de izquierda que estuvieron, al menos en teoría y en intención, próximos a tomar el poder.

Y, si las raíces ignoraron esos nutrientes, imaginen las petulantes flores que brotaron al calor del cambio de milenio cuando la perspectiva histórica comenzó a ser, entre los neo-activistas, poco menos que un recuerdo deslucido.

{Fin de la segunda parte}

[1] Ver

[2] A esta altura la novela es otro avatar en el mito Kaczynski. Me interesa su discusión, no sus rasgos reales. En estas tierras, un paradigma de las tergiversaciones es el escrito de Pablo Capanna “Unabomber, el aniquilador solitario” incluido en el volumen recopilatorio Conspiraciones. Guía de delirios posmodernos [2009]. La mirada de Capanna no es caprichosa: responde a una perspectiva conservadora. Ese texto difamatorio fue publicado originariamente en un periódico de tirada masiva.

[3] En aquel fondo espejado habría que incluir a Nina, académica retirada y exiliada ruso-soviética que se interesa por Renzi. Por otro lado, en La sociedad industrial y su futuro, Kaczynski se refiere por dos veces [#195; #217] a Fidel Castro y a Cuba, y en ambas de manera negativa. A modo de ejemplo, el significativo párrafo #195: “No hay garantía de que el sistema industrial pueda ser destruido al mismo tiempo en todo el mundo, y es posible que en el intento por derrocarlo, sea dominado por dictadores. Hay que correr ese peligro ya que la diferencia entre un sistema industrial ´democrático´ y uno controlado por dictadores es pequeña, comparada con la diferencia entre un sistema industrial y uno no industrial. (La estructura tecnológica y económica de una sociedad son bastante más importantes que su estructura política a la hora de determinar la manera en que vive el hombre medio; ver #95, #119). Puede discutirse que un sistema industrial controlado por dictadores sería preferible, porque normalmente se han demostrado ineficientes, por lo tanto es probable que colapse. Mirá Cuba.” El argumento de que los dictadores son preferibles conoció sus avatares en este mismo extremo país del Cono Sur.

[4] Supongo que Piglia disintió con la escalada hacia la lucha armada. Militante del PC, acaso prefería pensar la revolución como proceso al que se llega por la toma de conciencia de las masas (aunque no tengo plena seguridad, en este caso, de lo que afirmo). Sobre su relación con Rodolfo, ver el documental P4R+.Operación Walsh [1999] de Gustavo E. Gordillo [disponible YouTube].

[5] Sobre Walsh y la ALN pueden leer una biografía del escritor a cargo de Eduardo Jozami, La palabra y la acción [2006]; también de Rubén Furman, Puños y pistolas [2014], una historia de ese ´grupo de choque´; puede verse el programa, en cuatro capítulos, dirigido por Luciano Zito, Reconstrucción de un hombre [disponible en Youtube].

[6] Walsh, por supuesto, no está en El camino de Ida. Sin embargo, existe una sutil corriente subterránea que me gustaría señalar. Renzi, hacia el final de la novela, desanda el camino hacia la cárcel en la que está detenido Munk. Conoce a una joven estudiante de literatura comparada –Nancy Culler- que prepara una tesis acerca del ´terrorismo ecológico´ en la película de A. Hitchcock, Los pájaros. Nancy alardea: no escribirá sino que filmará su tesis, ´la primera disertación fílmica de la historia de los Estados Unidos´- titulada ´A vuelo de pájaro´. En su ensayo sobre Walsh, Viñas (2005, p. 254) apunta que en la forma de contar desde arriba de Walsh (una partida de ajedrez, por ejemplo) “…parecería que sobrevive una dimensión teológica.” Ese ademán de usar ´planos explicativos´ responde, según Viñas, a una constante en la forma de mirar en la literatura argentina, ´el vuelo de pájaro´.

[7] De esta manera, Walsh se incorpora a la lista de escritores argentinos heterodoxos –en un sentido diferente al que utiliza Viñas- en contacto con las herejías en un sentido amplio (ocultismo, esoterismo, cábala popular, hermetismo, gnosticismo, etc.). Esos autores, en un listado incompleto y restringido al siglo XX, son: Leopoldo Lugones, Horacio Quiroga, Roberto Alrt, Jorge L. Borges, Macedonio Fernández, Leopoldo Marechal, Ernesto Sabato, Julio Cortázar, Manuel Puig y, con sus peculiaridades, el mismo Ricardo Piglia. (En todos esos herejes, con mayor o menor incidencia, la matriz de la ciencia ficción.)

[8] Hay un tercero en esta serie. En el escrito “Fabián Polosecki, mística y anarquismo” [https://ymeescribesparanoica.wordpress.com/2014/11/15/fabian-polosecki-mistica-y-anarquismo/] expongo con más detalle un tema que mencioné al pasar en el cuerpo del texto: anarquismo y cristianismo primitivo. A su vez, es muy interesante considerar los hilos invisibles que reúnen a Polosecki con los dos nombrados. Hilos: la militancia, la religión, la decepción, la crítica a la organización social (y a la célula revolucionaria), el retiro al Tigre, Conrad, la paranoia, la inmolación, la ética anti-, etc. En lo que respecta al suicidio de Polo, como Ted descendiente de polacos, dos comentarios: a) en la versión de Piglia, que Munk le pregunte por el cianuro a Renzi sugiere una leve chispa de arrepentimiento por no haber previsto ese detalle; haber caído en manos de las fuerzas de seguridad de ninguna manera fue un buen final de secuencia; b) su alocado enfrentamiento aquel 25 de marzo de 1977 con los militares y a los tiros, tiene todas las trazas de un suicidio disimulado por parte de Walsh; como muchos otros convencidos, v.g., su hija Vicky, fue al muere; se sabe que Walsh rechazaba el uso de la pastilla de cianuro y prefería el culto al coraje llevando consigo un revólver.

[9] El paradigma del escritor-periodista salvaje para Walsh era Ambrose Bierce, aunque esa es otra historia.

Las doscientas ochenta y nueve fojas que pulverizaron la ficción paranoica [De los apuntes del Espectro en Tlön]

Epígrafe #1 [Infierno]
“Para el bienaventurado, el orbe diabólico es una región de pantanos, de cuevas, de chozas incendiadas, de ruinas, de lupanares y de tabernas. Los réprobos no tienen cara… pero se creen hermosos. El ejercicio del poder y el odio recíproco son su felicidad. Viven entregados a la política, en el sentido más sudamericano de la palabra; es decir, viven para conspirar, mentir e imponerse.” – J. L. Borges. “Prólogo”. Emanuel Swedenborg: Mystical Works [1965]

Epígrafe #2 [Intricada trama; entramado ficcional; Kafka]
“…para arrojar luz respecto de los hechos sobre los que versa la denuncia formulada el 14 de enero del año en curso por quien en vida fuera…”(f. 2); “…pues en un escrito de 289 páginas formuló el relato de una compleja red de sucesos –algunos reales, muchos otros conjeturales o hipotéticos, y otros claramente irreales…-, a la vez que desarrolló una intrincada trama de interpretaciones subjetivas acerca del alcance de aquéllos.”(f. 5) “Y a partir de allí construye un entramado ficcional, que reposa en una premisa inicial…”(f. 51) “Se trata de una mera conjetura, construida sobre un argumento… jurídicamente pueril.”(f. 55) “Salvo que la denuncia partiera de la idea de que en nuestro derecho podría haber tenido lugar un trámite inquisitivo inspirado en ´El Proceso´ de Kafka…”(f. 56). – Dra. Angelina M. E. Abbona y otros. Presentación Procuración del Tesoro de la Nación ante Juzgado del Dr. Rafecas. 13/02/2015. [www.ptn.gov.ar ]

Apunte #1 [Ficción paranoica]
El jueves 10 de octubre de 1991, el suplemento “Cultura y Nación” del diario Clarín anuncia un ´texto exclusivo´. Ocupa dos tercios de la tapa el dibujo de un rostro anónimo y terrible –calvo, ángulos duros, nariz chata y quebrada, boca y dientes caóticos, ojos de pura pupila que incomodan al observador tanto o más que el revólver de pequeño calibre que engalana su mano (y con el gatillo pulsado). La imagen se repite por dos veces en mosaicos diminutos, uno de ellos invertido. La inversión reaparece en una letra ´R´, parte del título que enrostra: “La ficción paranoica”. Este ´texto exclusivo´ fue cedido al suplemento por el autor, contra su hábito o manía de reescribir de forma incesante. El autor -de allí el texto- dicta por esa época un curso en el Departamento de Letras de la Universidad de Buenos Aires. Es, a la vez, escritor y crítico literario, y es un agitador al que no le gustan las aguas quietas. Con sus bajadas, copetes, etcétera, la edición orienta la lectura hacia el ámbito literario –Ricardo Piglia reflexiona sobre los géneros y esboza una nueva categoría narrativa. El origen de esta nueva categoría -la ficción paranoica- se retrotrae, en la versión de Piglia, al surgimiento del género policial, mediados del siglo XIX, en manos de Poe y a través de su ´genial invento´: el detective –figura formal y social- que enfrenta el problema de la ley, o de la verdad, desde una posición marginal, no institucional. El detective, corazón del género, pone en evidencia que la institución a la que el Estado le delegó la problemática de la verdad (o de la ley) -la policía (y agregaría, la justicia)-, no sirve. “El detective es una figura… que está en tensión con el mundo del Estado, con lo que –con una ironía seguramente involuntaria- se llama la inteligencia del Estado. Frente a los servicios de inteligencia del Estado y a la inteligencia del Estado como tal aparece [la] inteligencia privada [del detective]…”. El género policial extrema una condición de toda narración: saber qué sucedió realmente. Es una condición dramática porque hay una pregunta –qué sucedió– y, además, hay un muerto. Desde su origen, el policial se entrevera con las condiciones sociales: sociedad de masas, multitud, anonimato, amenaza, el ´otro´. El gran tema del género es quién se encarga de la seguridad privada -tópico discutido en la Argentina a rabiar, reflexiona Piglia, por sus conexiones con el autoritarismo. Con el transcurso del tiempo, por su inevitable combinación con otros géneros populares (fantástico, ciencia ficción) y en tensión con el entramado social, el policial se transforma y alcanza un nuevo estadio. Agita: ´Los contenidos sociales del género pasan por la constitución de una subjetividad amenazada. El policial es un género capitalista en el sentido literal. Nace con el capitalismo, tiene al dinero como una de sus máquinas centrales, es un tipo de literatura mercancía, trabaja con fórmulas, repeticiones, estereotipos. Estos elementos sociales y formales presentes en el género se exasperan hoy y dan lugar a esto que he llamado la ficción paranoica.´ Las ideas de amenaza y de la vida puesta en peligro se han visto exacerbadas en el imaginario contemporáneo y la literatura paranoica se encarga de ellas. Una conciencia paranoica narra mediante dos instancias: la primera, la idea de amenaza, el enemigo, los enemigos, el que persigue, los que persiguen, el complot, la conspiración; la segunda, el delirio interpretativo que quiere anular el azar -un mensaje cifrado me está dirigido y todo obedece a una causa oculta. Por eso –y retornando al género madre- el policial se entrelaza con el psicoanálisis que no se sabe si es un saber sobre el delirio o un delirio sobre el saber. “Esto no es un chiste porque… se aprende del delirio. Hay una verdad. El delirio interpretativo es también un punto de relación con la verdad.”

{Paranoia y condición dramática: saber qué sucedió y saber por qué hay un muerto; amenaza, intriga, investigador e inteligencia estatal; delirar e inventar el porqué; y las palabras desde el más allá con las que nos habla el muerto: plan delictivo y urdido y sofisticado; confabulación orquestada y accionar criminal; impunidad y justicia; atentado, encubrimiento, maniobra; falsa teoría alternativa; nuevas hipótesis y pruebas nuevas y otros enemigos; manipulación y rosario de mentiras.}

Apunte #2 [Teoría del complot]
El 15 de julio de 2001, Piglia ofrece una conferencia complementaria, por su temática y por su carácter oral, de la clase antes reseñada. El texto se conoce bajo el título “Teoría del complot”. El complot –comienza- supone una conjura y es ilegal porque es secreto; su amenaza radica no en sus métodos sino en el carácter clandestino de su organización. “A menudo, el relato mismo de un complot forma parte del complot y tenemos así una relación concreta entre narración y amenaza. Podemos ver el complot como una ficción potencial, una intriga que se trama y circula y cuya realidad está siempre en duda.” El (actual) exceso de información produce un efecto paradójico: lo que no se sabe puede ser la clave. La búsqueda de la clave oculta que descifre la realidad conduce a la paranoia y ésta, más allá del caso clínico, es “…una salida a la crisis de sentido. Con frecuencia, para entender la lógica destructiva de lo social, el sujeto privado debe inferir la existencia de un complot.” El complot es una forma de ficción; está en la relación entre información y experiencia; está en la idea de revolución (en Marx, según Gramsci; en el partido leninista; en Guevara); y está en –o al menos permite pensar- la política del Estado. En este punto de la exposición, Piglia retorna a aquella ironía seguramente involuntaria mencionada en 1991. Merece la cita su extensión: “…hay una política clandestina ligada a lo que llamamos la inteligencia del Estado, los servicios secretos, las formas de control y de captura, cuyo objetivo central es registrar los movimientos de la población y disimular y supervisar el efecto destructivo de los grandes desplazamientos económicos y los flujos de dinero. A su vez, el Estado anuncia desde su origen el fantasma de un enemigo poderoso e invisible. Siempre hay un complot y el complot es la amenaza frente a la cual se legitima el uso indiscriminado del poder. Estado y complot vienen juntos. Los mecanismos del poder y del contrapoder se anudan. El complot sería entonces un punto de articulación entre prácticas de construcción de realidades alternativas y una manera de descifrar cierto funcionamiento de la política.” En continuidad, Piglia revisa una tradición literaria vernácula que trabaja la política como conspiración, como gran máquina paranoica. En ese camino, menciona a Leopoldo Marechal, a Macedonio Fernández y se detiene en dos pesos pesados. El primero: “Arlt siempre está escribiendo la historia del presente porque capta la noción del complot como un nudo de la política argentina… Arlt [en Los siete locos] capta la existencia del complot como lógica del funcionamiento de lo social más que de la sociedad…: la noción del complot está trabajada como núcleo de construcción de la complejidad de la política y… como el modo que tiene el sujeto aislado de pensar lo político.” (Había dicho en un texto de 1992, “Roberto Arlt. La ficción del dinero”, en La Argentina en pedazos: “Arlt supo captar el centro paranoico de esta sociedad. Sus novelas manejan lo social como conspiración, como guerra; el poder como una máquina perversa y ficcional. Arlt narró las intrigas que sostienen las redes de dominación en la Argentina moderna.”) Y el segundo peso pesado, con un conspirador invitado de lujo y nuevamente por medio de cita extensísima: “Borges también trabajó el complot como un elemento básico en la constitución de la ficción. ´Tlön, Uqbar, Orbis Tertius´ [cuenta] una conspiración que acaba por sustituir a la realidad misma. Un texto como este… permite percibir la presencia de la ficción en lo real, la ficción en la política, la manipulación de las creencias, las historias que se vuelven reales. Lo mismo puede decirse de ´Tema del traidor y del héroe´… Y hay… un texto extraordinario… el más político de Borges, ´La lotería en Babilonia´, donde [el Estado organiza] una vasta maquinación para determinar la experiencia de vida de los sujetos a través de sorteos periódicos… [El] punto de partida que encuentra Borges para escribir aquel relato sobre conspiración y políticas del Estado está en un fragmento del libro V de La República de Platón… La República… es un texto fundador de lo que entendemos como la construcción de la realidad desde el Estado. En el libro V… se reflexiona sobre el tipo de relaciones sentimentales que se darían en una sociedad perfecta… Es una concepción conspirativa total: el complot es el mundo social mismo. A través de [ingeniosos] sorteos se va a decidir cómo se establecen las relaciones sexuales entre los sujetos… Y lo extraordinario es que Platón señala que el Estado va a hacer trampa.” Y agrego un fragmento del ensayo “El último cuento de Borges” [en Formas breves, 2000]: “Los grandes relatos de Borges giran sobre la incertidumbre del recuerdo personal… y la experiencia artificial. La clave de este universo paranoico [es] la manipulación de la memoria y de la identidad. Tenemos la sensación de habernos extraviado en una red que remite a un centro cuya sola arquitectura es malvada. En ese punto se define la política en la ficción de Borges. Basta leer ´La lotería en Babilonia ´…”//////

{Estado y complot; ficción en la política; maquinación; exceso de información; clave oculta; construcción de la realidad desde el Estado, pero siempre siempre desde el hiperespacio; y hay un muerto en un baño con un tiro en la sien que parece de Tlön, como esos conitos de metal, y como la miríadas de relatos en un mundo tan creíble como una canción; y el muerto cantó: rosario de mentiras, manipulación, falsa premisa; pactos secretos al público escrutinio; intermediarios clandestinos, infiltrados, estaciones de inteligencia; descrédito y campaña mediática; nuevo engaño argumentativo, puesta en escena, realidad procesal tergiversada, maquillaje, estrategia para impedir que surja a la luz su oculta finalidad criminal.}

Apunte #3 [Insano hiperespacio]
La conspiración y la paranoia (cara y cruz de la relación ´sociedad e individuo´) habitan este mundo desde tiempos tan remotos como la política que en ellos germina -aunque, como veremos, el ´entre milenios´ las estalló. Además de los textos de Piglia, el interesado puede recorrer el volumen del actual director de la Biblioteca Nacional, Horacio González, Filosofía de la conspiración: marxistas, peronistas, carbonarios [2004]. “Leemos y escuchamos a diario la palabra conspiración… En la senda de los más porfiados vocablos de nuestras conversaciones, se hace presente sirviendo la causa de dos amos: el Estado y la Intimidad. En el primer caso, quiere definir lo que amenaza; en el segundo, lo que armoniza.” Palabra más, palabra menos inicia González su libro y continúa. En 2009 Pablo Besarón publica La conspiración. Ensayos sobre el complot en la literatura argentina y retrotrae su red hasta inicios del siglo XIX con el ´Plan de Operaciones´ [1810] del asesinado en alta mar, Mariano Moreno, “…pasando por el Facundo de Sarmiento, la Amalia de Mármol y… ´El matadero´ de Esteban Echeverría.” Piglia, en “La ficción paranoica”, indica la contemporaneidad del libro de Sarmiento con el surgimiento del policial y lee el Facundo como uno de los textos fundadores de la investigación asociada a develar el enigma de un ´monstruo´, figura que encarna al ´otro´ en la sociedad moderna, punto de partida de la paranoia. En tanto categoría, ´paranoia´ se codifica décadas más tarde, entre fines del siglo XIX y comienzos del XX, con el desarrollo de la teoría psicoanalítica. Da el puntapié “Observaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia (´dementia paranoides´) autobiográficamente descrito (Caso ´Schreber´)” [1910-1911], texto en el que Sigmund Freud, a través de un ejercicio de crítica analiza las Memorias del juez alemán Daniel Schreber (quien narra sus íntimas relaciones con la divinidad). En 1932, Jacques Lacan presenta su tesis doctoral: De la psicosis paranoica en sus relaciones con la personalidad. Años después, esa tesis es la base del surrealista método crítico-paranoico de Salvador Dalí. Pasan las décadas y en los sesenta, en el contexto de las revueltas político-culturales de entonces, la paranoia (y la esquizofrenia) aparecen como categorías para pensar los nuevos sujetos que rechazan los parámetros del mundo occidental, que se inclinan por la mística oriental o africana o amerindia, que proponen nuevas identidades sexuales y que atraviesan esas experiencias deambulando por los revolucionados pasadizos mundanales munidos de sustancias ya naturales, ya sintéticas. A partir de allí se consolida la codificación de este mundo esquizofrénico y paranoico en base a tres instancias interconectadas: el ya mencionado uso de drogas que permite fragmentar la psiquis del individuo; la exacerbación del capitalismo basado en el mercado de consumo; el desarrollo sostenido de la cibercultura y de sus tecnologías asociadas. Uno de los íconos culturales de esa transformación es el escritor de ciencia ficción norteamericano Philip Dick –una especie de doble literario de Borges y, a la vez, como lo repite Piglia, un continuador involuntario de la literatura conspirativa, paranoica y política de Arlt. Dick muere en 1982. En 1984 la revista Science-Fiction Studies publica de Carl Freedman el artículo “Hacia una teoría de la paranoia: la ciencia ficción de Philip Dick” [“Towards a Theory of Paranoia: The Science Fiction of Philip K. Dick”]. Freedman advierte en la literatura de Dick una herramienta fundamental para revisar la configuración del capitalismo tardío (o post-industrial, el surgido de la segunda posguerra) atravesado por las ideas de paranoia y de conspiración. El artículo tiene tres momentos centrales: a) una reseña del análisis de Karl Marx del ´fetichismo de la mercancía´: en el mundo capitalista, como si fuera en una novela de Dick, el producto del trabajo –objetos, máquinas, gadgets, lo producido y lo consumido- adquiere vida propia y se vuelve contra el individuo; b) una crítica a la reducción freudiana de la paranoia como enfermedad: la teoría psicoanalítica pone en juego un ´ego burgués´ y esconde el carácter esquizofrénico del sujeto en el capitalismo; c) una reconsideración de la revisión lacaniana de ese sujeto ahistórico y culturalmente construido por Freud: para Lacan la paranoia es el paradigma del desarrollo psíquico, establece un tipo de interpretación racional mediante un sistema cuyo centro es el Yo del sujeto, es decir, la paranoia es una forma de adquisición de conocimiento. En su clase de 1991 –recuerdo- Piglia remarca que la paranoia y el delirio son formas de acceder al conocimiento e indica, al pasar, que paranoia y mundo capitalista van de la mano (y en “Teoría del complot” dirá que contra el mundo capitalista solo podrá irse con un complot contra el complot y por medio de una contra-sociedad de puro goce.). En 1992, el teórico marxista Fredric Jameson en “La totalidad como conspiración” [La estética geopolítica] afirma que el sistema mundial -capitalismo tardío, período postmoderno- es imposible de representar excepto a través de un mapa cognitivo otorgado por el cine de conspiración (por caso, el film de ciencia ficción, Videodrome [David Cronenberg, 1983]). Dice: “…cuando se enfrenta al ambicioso programa de imaginar un sistema económico a escala mundial [el capitalismo multinacional], el viejo tema de la conspiración adquiere una nueva vitalidad en cuanto estructura narrativa capaz de reunir los elementos básicos mínimos: una red potencialmente infinita, junto a una explicación plausible de su invisibilidad…”. Si uno de los modos de entender el entramado del capitalismo tardío es a través de la conspiración, la paranoia que inunda el mundo post-industrial (la sociedad de consumo) emerge, por su parte, como el resultado de uno de los inventos más revulsivos de las últimas décadas: la interfaz, el ciberespacio, Internet. Dice el esloveno Slavoj Zizek en Lacrimae rerum [2006]: “…el ciberespacio [hoy día hace] realidad la fantasía paranoica [del juez alemán] Schreber…: el ´universo conectado´ es psicótico en la medida en que parece materializar la alucinación schreberiana de unos rayos divinos a través de los cuales Dios controla directamente la mente humana.ˮ El carácter psicótico e insano del hiperespacio –en el doble sentido de enfermedad y de matriz de acceso al conocimiento- estuvo en boca de quienes así lo advirtieron desde sus comienzos (los gurúes de Internet –se sabe- navegaron por mares psicodélicos repletos de cactus, de hongos, etc.). El alocado ciberespacio es la arena en la que los sujetos del capitalismo tardío consumen indiscriminadamente (información, pornografía, objetos, identidad) para luego vomitar sus paranoias, y sus parafilias. Es, por ende, una arena en la que esos sujetos múltiples, fantasmales, pueden elucubrar -o mejor, servir a las elucubraciones- que construyen las incesantes conspiraciones que tiñen el mundo post-industrial. El dickiano Pablo Capanna, ironía mediante, da una idea de esta situación: “´Paranoicos del mundo uníos´, parece ser el lema de algunas páginas de Internet… Admitamos que el mundo no anda nada bien y que con el posmodernismo se ha liberado una buena cuota de irracionalidad. En este contexto, imaginar una mente siniestra que tiene todo planificado… resulta casi tranquilizante. Las cosas adquieren un sentido, aunque sea un sentido apocalíptico, y creer que se está entre quienes lo conocen parece devolver… cierta seguridad.” [“La paranoia conspirativa”, en Conspiraciones. Guía de delirios posmodernos. 2009]

{Política clandestina: registrar movimientos de la población, supervisar el efecto destructivo de los grandes flujos de dinero; Internet, interfaz y los delirantes mundos virtuales entre el espionaje y la construcción de realidades; el control social; hay un muerto con el cerebro perforado que se enfría; la plaga del hiperespacio que opina; entonces, el muerto no se enfriará mientras más se consuma, se hable, se diga por él en el circo del sistema mundial y se repitan y se olviden sus palabras, si es que suyas son, desde el más allá: estrategia mediática para impedir que surja a la luz su oculta finalidad criminal; camuflaje jurídico, se conversa y se arregla de antemano sin comunicar a la opinión pública a la que se busca engañar; acuerdos ocultos, reuniones pantalla, negociaciones clandestinas y secretas y falsas; desde las sombras, diplomacia paralela de facto y maniobras ardidosas.}

Apunte #4 [Relato paranoico – Realidad psicótica]
En 1988, la revista Crisis [No. 59, 2da. época] publica el artículo de Pablo Fuentes, “El relato paranoico”. Fuentes recorre los avatares de una “involuntaria tendencia literaria”, aparecida a comienzos de los años 60, principalmente en los Estados Unidos, y caracterizada “…por una temática y una técnica narrativa estructurada en función de la paranoia.” William Burroughs, Philip Dick, Kurt Vonnegut, Thomas Disch James G. Ballard, entre otros, se diferencian de narradores anteriores como Buzzati, Arlt, Kafka (la referencia de la Dra. Abonna –pienso- es certera pero atrasa) quienes “…instrumentan la paranoia como estado mental o como mecanismo de la dinámica social.” El relato paranoico combina “el instrumental de la escritura de vanguardia… con los elementos y las convenciones de los géneros populares, en particular con los de la ciencia-ficción… [para sustentar] una mirada paranoica que se erige en una forma privilegiada de aprehensión de una realidad que oculta la amplia estructura delirante que la sostiene.” Surgido en un momento histórico altamente crítico –movimientos contestatarios, Vietnam, viajes espaciales, pop-art, psicodelia, apertura sexual, Watergate, avance tecnológico y científico- “…el relato paranoico interpreta al mundo contemporáneo como una encrucijada de elementos heterogéneos que develan… un carácter artificial en función de una red subterránea de intrigas, complots, relaciones de sentido caprichosas que tejen la maraña social.” El tiempo estalla en pedazos siguiendo una secreta lógica paranoide. El sujeto es un ente escindido conectado con un orden social entre cuyos pliegue se sospecha el caos. “La locura parece ser el sustento de la interacción personaje-medio… La función de la ficción… es socializar la psicosis y develar la mecánica delirante de la sociedad.” La paranoia funciona como un intento de restitución. Las palabras circulan con su sentido modificado y pueden acoplarse a cualquier significado. “Las palabras adquieren una literalidad peligrosa, forman parte… del entramado persecutorio… Lo imaginario desplaza al mundo verbalizado de lo social; señala la membrana íntima de las relaciones de poder, que son relaciones psicóticas… [L]os mensajes van y vienen sin dirigirse a ningún sujeto…, pudiendo cualquiera recibir el código secreto de lo que ellos plantean.” Las palabras -del relato, de las instituciones- demuestran que el orden es paranoico. Todo sistema es de control. Relato paranoico; ´realismo psicótico´. “La realidad [que] difunden los medios masivos de comunicación presenta un… carácter ficcional.” Lo real está roto. Hay “un ida y vuelta entre la dimensión social y la metafísica: la sociedad capitalista avanzada demuestra, en su mecánica, los signos de su propia decadencia y… en la estructura del universo hay una tendencia irreversible al caos…”. El relato paranoico desenmascara el funcionamiento del poder, las formas de las que se vale para sostenerse y perpetuarse. “Aparecen… las grandes corporaciones, las fantasmales multinacionales…, complejos y sutiles sistemas de control social… El poder es paranoico y actúa paranoicamente para conseguir sus fines. En muchos textos se presenta la ecuación información-poder, el que tiene la información tiene el poder: puede manipularla…, su control es la marca misma del poder. El tipo de información recibida incide… en la percepción de la realidad.” En definitiva, el relato paranoico da cuenta de una cierta sensibilidad que intenta leer a la sociedad contemporánea. ////// {Mecánica delirante de la sociedad; palabras que se acoplan a cualquier sentido, que vienen y que van; decadencia del sistema; funcionamiento paranoico del poder; locura; y un muerto al que igual muerto –los artífices del paranoico relato que es el mundo actual- lo hacen conspirar: acuerdos secretos, maniobras ardidosas, desde las sombras, objetivo criminal, canales paralelos, negociación, diplomacia paralela de facto, mensajes clandestinos de encubridores y de encubiertos; digitar acciones; feroz campaña.}

Apunte #5 [Paranoia, gnosticismo, ciencia ficción (en un mundo brotado)]
En 1991, Piglia piensa la ´ficción paranoica´ en el cruce entre el género policial, el fantástico y la ciencia ficción, y privilegia la matriz del primero. La mezcla permite suponer que los demás géneros también aportan a la ´ficción paranoica´, pero no abunda sobre el asunto. Pablo Fuentes, un par de años antes, enumera ingredientes del cóctel ficcional psicótico -novela negra, relato de espionaje, pornografía, publicidad, historieta, lenguaje televisivo, rock, filosofía, política, manuales de la CIA, jerga científica, religiones orientales, parapsicología- e indica que el humus de la literatura paranoica es, por su carácter conjetural, la ciencia ficción. A mediados de los años ochenta, el escritor Thomas Disch, le sugería a Piglia –siempre reacio a reconocer la fuerza del género- que la paranoia podría ser considerada uno de los rasgos específicos de la ciencia ficción. La paranoia es un rasgo específico, sugiero, porque el discurso que alienta al género no es tan racional como se supone. Sobrepasa la semejanza en el uso, la presencia del prefijo para– en un tipo de paraliteratura -ciencia ficción-; en un tipo de pensamiento –paranoia-; en una forma de acceso y de producción de conocimiento –paraciencia. Mi tesis es defender –más allá del nombre- una mayor injerencia de las doctrinas esotéricas en la conformación y, luego, en la configuración del género. Ciencia ficción, paranoia y conocimiento heterodoxo se conectan con las consecuencias que indicaré. Contra la casi totalidad de la biblioteca crítica, entiendo que en parte importante de la ciencia ficción inciden antes que el discurso científico en sí, las ciencias alternativas. La utilización de estas dos categorías necesitaría de mayores precisiones, pero alcanza aquí con afirmar que, por causas de orden ideológico, de un lado en el mundo social aparece la ciencia oficial, sancionada, aceptada como válida, mientras que las paraciencias -ciencias ocultas, esoterismos varios, espiritismo, parapsicología, etc.- son ubicadas en el rol de ´monstruos teóricos´. Entre la justeza y el prejuicio, esas doctrinas –muchas de ellas confusas por simplificadas para lograr rápidos adeptos- quedan fuera de la discusión a la hora de suponer un análisis serio de cualquier cuestión social o artística. Sin embargo, entre esa enmarañada selva de saberes de lo oculto, si se mira de otra manera, se perciben disimuladas antiguas filosofías resumidas por Fuentes en el cóctel paranoico bajo el mote de ´religiones orientales´: gnosticismo, cábala, hermetismo. Una vez atravesado el prejuicio, adoptada esta perspectiva, se entiende por qué Arlt, Dick, Borges –en particular estos dos últimos- cruzan ciencia ficción, saberes alternativos, paranoia y conspiración. (Apunto un caso pintoresco aunque coherente con lo dicho: en 1984 Freedman desliza al pasar que el paranoico juez alemán Schreber, quien en sus Memorias narra su amor heterodoxo con Dios, era una especie de escritor de ciencia ficción). Como reseñé en otro texto -me detengo ahora en un discurso heterodoxo en particular-, la filosofía gnóstica se sustenta en el principio del dios desconocido: debe existir un dios único y omnipotente, pero no les fue dado a los hombres conocerlo; los que se presentan como divinidades son potencias menores, y en muchos casos terribles, que comandan este mundo como les place a expensas de un dios alejado. Esta concepción filosófico-teológica tiene consecuencias que reverberan luego en la ciencia ficción. En la perspectiva gnóstica, una vez alcanzado cualquier principio explicativo, es posible suponer que detrás existe otro principio de orden superior, así como cuando se cree haber postulado que esa o aquella entidad es el ´dios desconocido´, detrás puede suponerse que existe otro dios que es efectivamente el dios desconocido y así al infinito. La primera consecuencia es, entonces, la ´paranoia´. Le sigue la mirada conspirativa. A los gnósticos por la imposibilidad de conocer la divinidad, les es imposible determinar qué es ´la realidad´, qué es ´la verdad´. Lo máximo a lo que se accede es al autoconocimiento, a la gnosis, al sabiduría, a través del reconocimiento de la chispa divina que existe en cada ser humano por pertenecer a la creación. Esa mínima y eventual porción de divinidad en cada uno, está presente en todo lo que existe (piedras, tierra, animales, plantas, agua, astros, etc.) y, por lo tanto, en la batalla por conocer el orden del mundo, cualquier cosa, detalle, elemento, aspecto puede conspirar, puede ser parte del plan (o del Plan) y hasta, es posible, puede ser su clave oculta. Por eso, cuando Horacio González intenta desentrañar el pensamiento conspirativo, su funcionamiento conceptual, propone una conciencia paranoica que observa al mundo mediante el parámetro del animismo: cada partícula puede tener su propio impulso vital y actuar en consecución de algún objetivo. La tercera consecuencia acentúa la faz política del gnosticismo. En base a la idea de que hay siempre un principio ulterior, los gnósticos fueron contra la conservadora concepción de una ortodoxia, de un dogma, y abrieron el juego a especulaciones febriles y corrosivas y tendieron a la anarquía especulativa. Estos cristianos disidentes fueron considerados peligrosos (y denigrados como herejes) por la naciente iglesia católica ya que enfatizaban el autoconocimiento y pregonaban la organización grupal antes que la conformación de instituciones. El gnosticismo es una filosofía que piensa la existencia del mal en el mundo (el mal serían las instituciones que lo fagocitan todo) y, por ende, revisa cómo se constituye el poder. Ahora bien, el gnosticismo y el hermetismo –las heterodoxias en general- tienen, al menos, dos vertientes en un espectro ético que va desde posiciones que defienden el autonocimiento y la autodeterminación del yo (que deriva en el anarquismo y en filosofías de la libertad y de la responsabilidad) a concepciones diluidas y forzadas que se embarcan en la pesadilla de la perfección del ser humano -superhombre aquí y ahora- y que culminan, tergiversada la teoría, en posiciones racistas y eugenésicas como el nazismo. Con ese doble rasero, la heterodoxia –formadora de paranoicos y conspiradores- fue la base histórica sobre la que se construyó el mundo de Internet, el ciberespacio, al que algunos denominan el ´Sexto Ciber-Imperio´ (recomiendo, en ese sentido, La Nueva Ciudad de Dios [2002] de Alonso y Arzoz). En un mundo como el actual que se parece bastante a las pesadillas de la ciencia ficción hereje y paranoica, los internautas poseen dos caminos en aras de la promesa del acceso irrestricto a la información –utopía enciclopédica también hermética: una es la libertad que permite la navegación y la revisión de nuestra identidad a partir del conocimiento que genera la interacción con miles de ´otros´ en la red; la otra es la del control social. El impulso que la Red dio, en términos de Zizek, a la exhibición de personalidades múltiples y perversas, a la psicosis, a la paranoia, a la esquizofrenia tiene como corolario no la mayor libertad del individuo sino su domesticación, la canalización de sus fuerzas revulsivas, o revolucionarias, a través del ciberespacio. El hiperespacio ha exacerbado un rasgo que predomina en el sistema mundial post-industrial: las fuerzas que finalmente controlan ´todo´, permanecen ocultas, inaccesibles, alejadas, pero su corolario no es, como en el caso de la filosofía gnóstica, provocar una mayor indagación personal, el autoconocimiento, etc. La conclusión de ese poder invisible –que conspira o que puede ser entendido desde la mirada conspirativa- es el sostener la opresión, la desigualdad, la ruina del 99 % de la población, en aras del disfrute del 1%. Aun así, esa aparente utopía de una Red que cobija gran parte de la humanidad bajo un falso cielo, produjo su propio antídoto de tono libertario con sus interrogantes: ¿es realmente necesario organizar –controlar- de esta forma la sociedad en su conjunto?, ¿no queda cada vez más claro mediante Internet que el humano excepto a su restringido grupo de pertenencia, no responde y hasta aborrece de los demás?, ¿por qué no abandonar la idea de centros de poder y dejar que los sujetos se organicen como deseen ya en pequeños grupos, ya permaneciendo aislados? Si de alguna manera, el cibermundo –con claras trazas de locura e irracionalidad pero de firme intención dominadora- está sustentado en ideas e imaginerías hermético-gnósticas, el contraveneno surge de ese mismo imaginario aunque en la vertiente libertaria, la del anarquismo: más autoconocimiento, menos instituciones, mayor autodeterminación en la organización, disminución del poder central, restricción de desarrollos tecnológicos, retorno a la tierra -la denominada ´naturaleza´. (Algo de esa idea aparece en el proyecto político que destila Borges en su cuento de ciencia ficción de 1975: “Utopía de un hombre que está cansado”, en El libro de arena). Si nuestra realidad es psicótica, como codifica el relato o la ficción paranoica, si a nuestro alrededor todos y cada uno de los que nos cruzamos –y nosotros a ellos- nos parecen brotados, es porque estamos siendo forzados a una convivencia indeseable para la mayoría. En definitiva, el heterodoxo gnosticismo es un hilo que permite deambular por la enloquecida sociedad contemporánea, intuir sus paranoias, y sus conspiraciones, entender en muchos casos a través de la literatura y el cine de ciencia ficción la forma en que el poder se ha construido omnímodo y oculto. Y al mismo tiempo, ese gnosticismo, en su vertiente libertaria, con acentos en el autoconocimiento, en el grupo de pertenencia y en la relación con el mundo natural, es el necesario espacio de resistencia, de contra-conspiración.

{La esquizofrénica Red y su sucedáneo –el psicótico mundo actual- con idéntico parámetro de funcionamiento: el centro del poder siempre un peldaño arriba y atrás; de un lado el control sobre las acciones de la sociedad, en la arena virtual; del otro lado, el sostén en apariencia inmodificable de los flujos del dinero hacia pocas manos ocultas; jerarquía y status quo; por eso, en un mundo delirante, el muerto con una bala en el cerebro era un paranoico, sus acciones conspiraciones, y la resolución de su deceso, un imposible cuento, como si se tratara lisa y llanamente de Ubik (de Dick); antes que la política en la ficción, la ficción como política, y sus letanías a doscientas ochenta y nueve fojas escritas: digitar acciones, feroz campaña, descrédito, deslegitimación, principal instrumentador, remover al suscripto, enorme gravedad institucional, cabeza del Poder Ejecutivo, decidió lamentablemente cometer delito, consternación constatar Sra. Presidente involucrada en vil maquinación.}

Apunte #6 [Conspiración y agente provocador: Ida, Munk, el muerto en el baño]
Filosofía de la conspiración compila conjuras desde la vieja Roma, las Catilinarias de Cicerón, hasta el mundo contemporáneo -jesuitas, masones, carbonarios, marxistas, peronistas. En ese paseo, González reflexiona sobre una novela de Piglia de 1980 estructurada, en una de sus líneas narrativas, por un arco temporal que une un historiador amateur, Marcelo Maggi, ´receptor´ en su presente (siglo XX) de cartas del porvenir enviadas por un sujeto del siglo XIX (entre filósofo, escritor y periodista), Enrique Ossorio, secretario privado de Rosas, espía de Lavalle, involucrado en la conspiración de Maza y sospechado de doble agente. Dice González: “El acto conspiracional… acostumbra a ponerse en términos de una realidad que difuminada se ficcionaliza y de una ficción que reconstruida… con su modelo real (pero ya imaginario), toma su lugar. La toma vicariamente, fingiendo ser aquella realidad anonadada, hablando como ella y asumiendo su misma confiada apatía. [Son] éstas las acentuaciones de Respiración artificial, con las que Piglia… expuso la tesis de la novela como conspiración y el pensamiento histórico como un ejercicio desesperante que asumía la forma de un complot.” [Filosofía de la conspiración, p. 221] En efecto, la concepción de Piglia de la literatura está basada en la conjura. “Toda verdadera tradición [literaria, artística, intelectual] es clandestina y se construye retrospectivamente y tiene la forma de un complot.” [“La novela polaca”, Formas breves, 2000, p. 80] El complot, y los conjurados, respiran en aquella novela, pero también en la forma de entender la literatura y en el modo –necesitaría más espacio para probarlo, aunque es una obviedad- en el que Piglia finalmente, y más allá de las esperadas discusiones, logra posicionarse como escritor consagrado en el mundo de habla hispana. Su movimiento conspirativo final es reciente y se sintetiza en la publicación de lo que podría denominarse su gran ficción paranoica: El camino de Ida [2013]. Como en la novela de 1980, en esta última predominan rasgos del policial. La imaginería de la ciencia ficción ocupa un lugar vicario aunque acechante. El camino de Ida puede leerse sin problemas a partir del conjunto de elementos literarios y sociales sintetizado en los apuntes previos. Cuenta la historia –dice que deja su ´testimonio´- Emilio Renzi, crítico, profesor, traductor (en fin, sosías de Piglia y narrador también de Respiración artificial), cuya paranoia y ruina personal se acentúan en su experiencia estadounidense. Renzi llega como profesor visitante a una universidad presentada por su anfitriona como ´cementerio de escritores´ y enclavada en un pequeño pueblo que parece una clínica psiquiátrica de lujo. Renzi –en su desquicio y lucidez, y al igual que Swedenborg el infierno- ve el mundo como un pantano inhóspito, como un espacio tenebroso, ilógico, corporativo, psicótico. En esa estadía en el corazón de la sociedad de consumo, nada le interesa más (exceptuando a su bella colega Ida Brown) que Orión, un mendigo que ronda la universidad buscando sus vituallas, y que hasta lo ignora y lo desprecia en sus soliloquios. La institución académica que lo contrata concentra la neurosis de los, en apariencia, bien intencionados tecnócratas que equilibran su afán de poder -acumulan con la derecha mientras escriben con la izquierda- y que aceptan presiones, opresiones, vigilancias y violencias con tal de mantener la jerarquía basada en mezquinas conspiraciones. (Una versión amable de esa historia aparece citada por González en Filosofía de la conspiración, p. 20: “…en La cátedra [de Nicolás Casullo, 2000], tomando temas ocultistas con humor, se conjuga una historia irónica de los hábitos universitarios con la existencia de un plan, o una conjura, que emana de un mundo duplicado o subterráneo.”) En El camino de Ida, la policía, el FBI, la CIA, sin estar necesariamente a cada paso, dejan saber que hacia el interior de la academia conocen ´todo de todos´ y que son capaces de usar esa información en cualquier momento y con cualquier objetivo. En este marco, una piedra rompe el cristal de la falsa tranquilidad de los claustros. En un episodio confuso -¿ataque o error de cálculo?- muere por una explosión la joven y atractiva Ida, profesora estrella de la universidad y anfitriona del argentino. Renzi, que como tantos otros fue su amante, emprende una investigación (contacta a detectives privados que trabajan, a su vez, con el FBI y que se conectan con el periodismo, el ejército, etc.) e ingresa a la trama que teje esa muerte. Pasa de ser observador a involucrarse. Hacia el final del recorrido, su encuentro y su charla cara a cara en prisión con Thomas Munk, jefe no reconocido de lobos solitarios que actúan en pos de un mismo objetivo: destruir, detener, frenar al Sistema Mundial. Quien en la ficción es Munk, en el mundo real (si es que algo queda de él) es Theodore Kaczynski. Denigrado como el Unabomber, entre 1978 y 1995, según cuenta una de las versiones posibles, Kaczynski envió cartas-bombas para poner en discusión, por medio de esas muertes, acerca de la necesidad de detener el Sistema industrial-militar o, al menos, de discutir sobre esa necesidad. De forma estratégica dirigió el ataque no contra blancos esperados –líderes políticos, religiosos, etc.-, sino contra aquellos que con bajo perfil son el andamiaje en el cual este pantano inhóspito se sostiene: los tecnócratas que hacen las veces de profesores universitarios. Para Theodore –formado en Harvard y con honores, y profesor en Berkeley- los académicos dirigen sus esfuerzos antes que a buscar la mejor forma de vivir para la comunidad, a sostener un sistema injusto y aberrante. Lejos del mero planteo programático, la acción directa, el terrorismo y la apelación a la violencia de Munk, o de Kaczynski, señalan con esas muertes un grave problema futuro si la continuidad del Sistema no es puesta en discusión. El camino de Ida se construye en torno de la figura del intelectual terrorista. Y las armas intelectuales con las que se libra esa batalla de resistencia -ya en la novela-libro, ya en la novela-realidad- es una forma de pensar, y de vivir, anti-capitalista y que entronca con la tradición hereje antes mencionada como antídoto: el anarco-primitivismo. Filosofía de la conspiración, en ese sentido, abona una verdad cotidiana: la política tradicional es un juego de influencias, pactos, arreglos, traiciones, conjuras, complots, conspiraciones. Según una etimología, propuesta por González, conspirar es soplar juntos. Conspirar es una manera de pensar la realización de acuerdos. La política trabaja sobre un plan público y otro conspirativo y subterráneo en el que priman el encubrimiento y el disimulo. En la política –que es conspiración- hay una razón barroca, que progresa dejando en la penumbra, replegados, una parte esencial de sus argumentos. Conspirar es el reverso de la ´acción racional con arreglos a fines´, y se conspira en política no por otra razón que por ambición de poder. Hecho el diagnóstico, el actual director de la biblioteca fundada por Moreno, desliza: “Sin embargo, esto [la política como conspiración] se halla en contradicción con la tradición libertaria, para la cual todo acto humano se define por su deseo de libertad respecto a las pretensiones de dominio.” [Filosofía de la conspiración, p. 41] Traduzco: si en algún momento hacer política estuvo pensado como la búsqueda del bien comunitario y como el camino para otorgar libertad a los individuos en un contexto de igualdad, hoy en día y después de experiencias ideológicas de todo tipo (algunos dirán que ´siempre fue así´ y se excusarán en la repetición), hacer política es llevar agua para el molino de cada facción. Hacer política es soplar junto a los del grupo para beneficio del propio grupo que ocupa en ese turno el poder (o que quiere ocuparlo con idéntico resultado). Praxis política y conspiración –en Piglia es Estado y complot– son cara y ceca de la misma moneda. El talón de Aquiles, el flanco vulnerable de la primera, surge del ´complot (a)´ contra el ´complot (b) que gobierna´ y al que el ´complot (a)´ quiere sustituir. Esa debilidad, ese punto ciego de la política está encarnado por la figura del agente provocador, del intrigante. La provocación –dice González- es la quintaesencia vulnerable de la política, y cuenta una anécdota. Allá atrás, en el siglo XIX, a Karl Marx se lo acusó de ser un doble agente, un informante de la policía. Corrieron textos apócrifos, correcciones, borrones, pruebas caligráficas. Se esgrimieron simulaciones, puestas en escenas. Actuaron intrigantes y provocadores. El acusado reflexionó, sobre esos métodos de engaño político, a modo de defensa. Decía Marx: “Esto no significa solamente la existencia y la actividad del personal que se ocupa… de la materia. Se trata del sometimiento de todo mecanismo gubernativo, incluida la justicia y la prensa al instituto de la policía política… ” [Filosofía de la conspiración, p. 88] Hay una conspiración en marcha, hay un objetivo a alcanzar y la necesidad de llegar a la acción y, entonces, hay un provocador que enciende la mecha. Dice González: “El novelista orgánico de la conspiración es el intrigante… Sabe el intrigante que el mundo aparece como un conjunto delicado de tramas que se vuelven al exterior desde planos que no dicen todo lo que pudieran de sí… El intrigante, a la manera del agent provocateur, lucha para desatar lo que todo vínculo preferiría mantener cauteloso. Por eso siembra aquí y allá cizaña… con el fin de presentar todas las relaciones posibles como repletas de riñas y tensiones.” [Filosofía de la conspiración, p. 39]. El agente provocador tiene su remoto origen en las cancillerías y en las oficinas policiales del siglo XIX; es el espía, el agente secreto y toda la vasta familia de funcionarios del secreto y de la maquinación; provoca para que se realice lo que estaba llamado a suceder; el agente provocador es el perro de caza que “destruye la política para demostrar que la política era mucho más que lo que ella creía; también era el espectáculo sintomático de su autodestrucción”; el agente provocador es el reverso del político que quiere ser medido en sus palabras: al provocador no le interesan esos límites y goza de la paradoja de que lo mismo que revela lo que alguien es, es lo que lo daña; el agente provocador es el fogonazo necesario para que el accidente suceda (accidente que acelera el triunfo del ´complot (a)´ sobre el ´complot (b) que gobierna´); y maneja el lenguaje a placer: el conspirador suele titular sus cosas con nombres que son señuelos; nombres capaces de mantener un fuerza evocativa y sin gasto de palabras nuevas. El intrigante y sus golpes de efecto, y su ser volátil y su existencia siempre en duda y reversible y al infinito sospechosa y sospechada. Habría dos síndromes y el primero le corresponde a la conspiración y su antecesora la paranoia, creadora de enemigos. La conjura, dice González en Filosofía de la conspiración, p. 49, “…se refiere a la ansiedad por conocer lo que potencialmente cobija al otro en materia de hostilidad hacia mí. Y quizás debido a eso, la conspiración podría ubicarse en la extraña decisión de lanzar contra mí mismo las fuerzas de un estrago que imagino depositadas en la conciencia de mi hostes [enemigo]. Y lo que hago, lo justifico como la concentrada sospecha de una hostilidad segura… contra mí.” Complot en el poder; complot rival. Todos conspiran. Uno, el opositor, decide que es el momento de actuar y de acelerar hacia la recta final. El provocador, provoca, y enciende la mecha. El status quo acusa. Pero resulta que estamos en el terreno de la conspiración. Quien se siente atacado y se defiende ¿dice la verdad sobre su enemigo o inventa a este enemigo, enarbola una agresión y se inflige un autocastigo para justificar su propia debilidad? ¿O acaso la agresión y el ataque contra el poder de turno existen y el enemigo que lo provoca denuncia a los del poder por inventar una operación inexistente que, en verdad, sí existe porque él mismo la generó? Y así al infinito con la danza de infinitos dobles agentes e infinitos infiltrados. Nuevamente González en Filosofía de la conspiración, p. 66: “…algo ocurre cuando el pensamiento conspirativo (en este caso el Estado) le atribuye conspiraciones a quienes no necesariamente presentan su actividad bajo la autoconciencia de la intriga. Parecería que una forma crispada de la política comienza cuando alguien lanza una atribución de conspiración a los que designa como antagonistas… Y aún más, cuando ese ´alguien´ -el provocateur, el ´infiltrado´- ´encabeza´ tales expresiones. Ese eventual traidor-héroe haría punta en el umbral de máxima visibilidad de aquellas conciencias potenciales, aún inexpresadas. Les dice quiénes son, pues no sabían lo que era bueno para ellas.” Segundo síndrome: la acción del intrigante es un virus que le hace creer a las personas que la idea que ahora está implantada en su cerebro, estuvo siempre ahí y coincide con lo ocurrido. Falsa ilusión, obvia estrategia: lo ocurrido implanta retroactivamente la idea (y si es necesario reforzar el implante, coloca en el cerebro balas o lo que sea). Algo del delirio y de la imposibilidad de aprehender la trama hay en la figura del intrigante, del agitador, del provocador en el huracán de las conspiraciones. Algo de todo esto –y con todo me refiero a estos apuntes hilvanados- sucede desde el catorce y desde el diecinueve de enero del corriente año cuando de una denuncia de doscientas ochenta y nueve fojas se pasó a un muerto en el baño y con una bala en el cerebro, como si la bala fuera la rúbrica que impide olvidar el texto: plan delictivo, plan sofisticado y plan urdido, confabulación orquestada, impunidad, justicia, accionar criminal, decisión deliberada, maniobra de encubrimiento y grupo que ejecutó el encubrimiento, atentado terrorista, falsa teoría alternativa, nuevas hipótesis (y falsas hipótesis), nuevas pruebas (y pruebas nunca vistas), nuevos enemigos (y una conexión de fachos locales), rosario de mentiras, manipulación de hechos, falsa premisa, pactos secretos, negociación secreta y clandestinamente escondida del público escrutinio, infiltrar, intermediarios y estaciones de inteligencia, campaña, descrédito, puesta en escena, nuevo engaño argumentativo, tergiversación mediática de la realidad procesal, estrategias falaces, maquillaje y camuflaje jurídicos, silencio, impedir que surja a la luz su oculta finalidad criminal, hay cosas que se conversan y que arreglan sin comunicar a la opinión pública, acuerdos ocultos, reuniones pantalla, negociaciones secretas y clandestinas y nexos clandestinos, salvoconductos, trama delictiva, maniobras ardidosas, objetivo criminal, canales paralelos desde las sombras, diplomacia paralela y de facto, militancia pro terrorista, clandestino interlocutor, canales y mensajes clandestinos de encubridores y encubiertos, descrédito, deslegitimación, feroz campaña, digitar acciones, principal instrumentador, remover al suscripto, enorme gravedad institucional, cabeza del Poder Ejecutivo Nacional, decidió lamentablemente cometer un delito, consternación constatar esa vil maquinación, decía un mes atrás el muerto. Y especifica González en Filosofía de la conspiración, p. 19-20: “En cuanto a expresiones como complot, conjura, maquinación o intriga, suelen ser vistas como sinónimos de conspiración… Si la conspiración se revierte hacia escenas domésticas, suele amparar la intriga; si se resuelve hacia estilos sacerdotales, …la conjura; si lo hace hacia motivos estatales… la maquinación y si hacia asuntos bélicos, …el complot…”. ¿Vil maquinación o delirio en clave judicial? ¿Entramado ficcional? ¿Relato paranoico? ¿O denuncia paranoica contra el relato (y entonces también ficción)? Como sea, doscientas ochenta nueve fojas pulverizaron la ficción paranoica o, al menos, hicieron del denunciante (con obra, muerte trágica y todo, ya que morir es un camino directo al éxito) una nueva luminaria a la espera de críticos y de exégetas. Aporté mi granito de arena y le dejo a González que clausure este palimpsesto: ´cuando a una mente conspirativa se la acusa de paranoica, allí hay no un veredicto sino una poética´.