Ángela B. Dellepiane. “Narrativa argentina de ciencia ficción” [1986]

“Narrativa argentina de ciencia ficción: Tentativas liminares y desarrollo posterior.” [1986] / Ángela B. Dellepiane. The City University of New York //

LAS SIGUIENTES son reflexiones interpretativas acerca de la narrativa que llamamos de ciencia-ficción (CF) y constituyen sólo una parte de un trabajo más abarcador. Son, pues, notas y como tales deben ser consideradas.
Para llevar a cabo mi interpretación, me parece necesaria una previa delimitación de lo que entiendo por ciencia-ficción.
Los actuales críticos de CF aceptan la existencia de diversos tipos de CF [1]. Ellos son:

– La hard o engineer’s SF: historias dedicadas al futuro tecnológico del hombre. Esta clase de CF está relacionada con la ingeniería y, en general, con las ciencias exactas. No presupone una especulación realista acerca del mundo del futuro a pesar de que se inclina por lo realista. Este es el tipo de CF que atrae a los científicos y que está, frecuentemente, escrita por ellos;
– La science fantasy en que la ciencia es pseudo-ciencia y es usada para toda clase de juegos imaginativos;
– La space opera: una fantasía de aventuras melodramáticas con temas y escenarios manidos que es desenvuelta sobre débiles bases científicas.
– La speculative SF. En ésta, el escritor deja de lado la tecnología como fin en sí mismo, subordinando consecuentemente la imaginación científica a un interés focal en las emociones y actitudes humanas personales así como también en problemas sociales. Este tipo de CF se dio en los EEUU durante la década del 60. Es entonces cuando se confiere a la CF un contenido filosófico y humanístico. Y es, también, en este momento cuando se comienza a prestar mayor atención a las cualidades formales de esta modalidad narrativa. Además, desde otro punto de vista, la revolución cultural de los 60 en EEUU contribuyó a hacer de la CF una suerte de neo-surrealismo. Gradualmente, esta forma narrativa hasta entonces considerada como ‘paraliteraria’, comenzó a penetrar el campo de la literatura ‘artística’, lo que equivalió, curiosamente, al travestismo de la imaginación científica en la CF. Esto se debió a que, en aquel momento, los nuevos escritores de CF reflejaban la desilusión popular con la falta de valores humanos en el progreso científico. Los escritores jóvenes querían sacar a la CF del camino que le habían trazado los pioneros Gernsbach, Heinlein y Campbell. Con esta tarea de ‘saneamiento’, la CF ganó en complejidad y se concientizó. Es a este nuevo tipo de CF especulativa, a la que considero más fuertemente relacionada con la CF argentina e hispanoamericana en general.

Se hace, sin embargo, necesario establecer algunas otras delimitaciones genéricas, dentro de la CF anglosajona, para poder comprender y medir la CF argentina e hispanoamericana.
La CF es una literatura de extrañamiento cognoscitivo, tal como la define Darko Suvin [2], y esto por su relación con la ciencia y con la racionalidad. Nos introduce dentro de un nuevo mundo, distinto del real, un mundo que actúa sobre el lector para transformarlo, para proporcionarle un modo diferente de mirar su propia realidad. En términos de género literario esto significa que la CF es, hasta cierto punto, una fábula social que expresa artísticamente “una visión ruptural del mundo […]; es la novela de nuestra crisis social, de nuestra crisis religiosa, de nuestra crisis económica. No se trata de una moda romántica más, sino de una corriente del pensamiento”.[3] En suma, la CF es una narrativa de crítica social basada en un extrañamiento cognoscitivo, tal como lo afirma Suvin. Además, esta visión ruptural romántica de la realidad, que apunta Ferreras, se obtiene en la CF no por medio de la explotación de la ciencia, sino usándola y enjuiciándola. Razón por la cual la CF puede asumir, a la vez, el carácter de utopías (= universos deseados -realistas, idealistas, espiritualistas-) y de anti-utopías.
Entiéndase que para la CF la ciencia y la técnica son temas de los que se vale para concretar novelescamente el problema -no científico- del hombre versus esta civilización tecnolátrica en que parece que vive atrapado.
Debe de tenerse en cuenta que otra forma de enjuiciamiento de nuestra actual civilización, está realizada en la auténtica CF a través del uso de los seres extraterrestres (por ej., los BEM = bug eyed monsters) que heredó del scientific romance del siglo XIX pero que la CF ha humanizado para mostrar, con más libertad pero también con más distanciamiento, hasta qué punto el ser humano se ha cosificado y en qué medida su humanidad se está perdiendo o puede llegar a perderse completamente.
Con igual propósito aparecen los mundos paralelos (Ferreras 1972: 184-188) que, variantes del nuestro, nos hacen ver claramente nuestros errores, vicios, etc. Por último, el tema más original y rico de la CF es el del tiempo que es no sólo un futuro conquistable y cognoscible sino también un pasado que determina nuestro presente, pasado susceptible de cambio a fin o de evitar los desastres de nuestro presente, o de combatir este presente, o de mejorarlo antes de que este presente nos destruya (Ferreras 1972: 188-190).
Pienso que son, precisamente, las cualidades críticas y hasta didácticas de la CF, las que explican el interés de los escritores argentinos y de otras partes de Hispanoamérica por este género. Además, deben tenerse presente ciertas mediaciones literarias, i.e., los antecedentes literarios, y también las mediaciones socio-históricas y las socio-económicas (Ferreras 1972: 18) que han vuelto prácticamente perentoria la aparición de la CF en la Argentina. Veamos algunas de esas mediaciones literarias.
El primer fantacientista argentino -sin tener conciencia de que lo era, claro-, fue ese genio estupendo, multifacético y casi desconocido hasta en su patria que se llamó Eduardo Ladislao Holmberg quien, en 1875, escribió el Viaje maravilloso del Sr. Nic-Nac en que desarrollaba ya el tema de los mundos extraterrestres habitados por otros seres, con costumbres y leyes distintas de las humanas. Cuatro años más tarde, este médico, escritor, naturalista, en fin, hombre de gran voracidad intelectual, fue todavía más lejos porque se adelantó en muchos años a Carel Capek, el inventor de los robots [4], creándolos en su “Horacio Kalibang y los autómatas”. En esta proclividad por una literatura fantástica, futurologista y hasta policial (de la que fue el iniciador), Holmberg no estuvo solo. Aparte del nombre de la pionera Juana Manuela Gorriti, dentro del grupo generacional de Holmberg, esto es, dentro de la generación del 80, pueden citarse los nombres de Carlos Olivera, Eduardo Wilde, Carlos Monsalve y, más tarde, los de Carlos O. Bunge, Atilio Chiappori, Santiago Dabove sin olvidar a Leopoldo Lugones ni a Horacio Quiroga. Todos ellos produjeron relatos de alta calidad literaria en que lo fantástico, que se introduce en la cotidianidad, proviene de creencias propias de la época o de avances de la ciencia que atraían fuertemente a los contemporáneos. Por esa época, en Buenos Aires, por ejemplo, los estudios de frenología, frenopatía, parasicología, sicopatología, neurología y los de alienación mental apasionaban a hombres y mujeres de la intelligentsia porteña lo que se unía a un regodeo casi enfermizo con los gothic tales y a una lectura más que interesada de las novelas de Jules Verne y Camille Flammarion [5]. Las fuerzas extrañas de Lugones y algunos cuentos y nouvelles de Quiroga, para no citar sino los ejemplos más notorios, son buena muestra de este interés.
Digamos, con Pagés Larraya, que el Viaje de Nic-Nac supone la revelación de otro planeta, con sus costumbres, sus instituciones, su organización y sus problemas. Marte no sólo es un territorio habitado. Sus pobladores tienen una vida más compleja que la humana y una evolución intelectual más amplia. Holmberg poseía sorprendentes conocimientos astronómicos y “una cultura científica no común” (Pagés Larraya 1957: 29), a partir de la cual desplegaba su igualmente sorprendente fantasía. Hay, por ejemplo, un pasaje en que se habla de “un rayo de sol condensado” (Cap. XXIV) que se asemeja singularmente al rayo láser. Sin embargo, lo que me parece más importante del Viaje no es su fantaciencia sino el hecho de que la novela no se queda en la pura maravilla fantástica sino que muestra -como afirma Pagés- “una proyección filosófica y una intención de crítica social” (p. 60) que es, precisamente, lo que vemos como caracterizador de la auténtica CF actual. Es que ya había problemas que empezaban a despertar si no preocupaciones profundas -como las que evidencia la CF actual- sí cuestionamientos, críticas, una toma de conciencia al comienzo mismo de los problemas. “La disminución del sentimiento de nacionalidad” (aunque por otras razones que las que se dan hoy en los países superindustrializados y tecnificados), “las querellas intestinas, la inmigración y el choque de razas -temas que serán frecuentes en las novelas posteriores al 80- constituyen el fondo de la plática de Nic-Nac y Seele en la 2a. parte de la novela. Pareciera que todo el armazón ficticio” estuviera enderezado a sostener estos capítulos. Es evidente que se nos quiere significar que “Marte […] es un orbe muy semejante al terrestre. Sus habitantes participan de nuestros defectos […], y el novelista puede así, con toda objetividad, censurarnos atacando a los marcianos. Problemas filosóficos, políticos, religiosos, científicos, aparecen en ligeros esbozos o tratados con rotundidad” (p. 61), lo mismo que el ambiente científico, el del periodismo y sus luchas.
Con estas mediaciones literarias y sociales en mente, es explicable la adopción, por parte de ciertos escritores argentinos, de un género que superficialmente puede aparecer como totalmente ajeno no sólo a los argentinos sino en general a los hispanoamericanos. La CF atrae al escritor porque, en verdad, no estamos frente a una modalidad literaria gratuita, hedonista, escapista sino, fundamentalmente, frente a una suerte de nuevo humanismo dadas sus “profundas inquietudes culturales, científicas, filosóficas” [6], dados sus aspectos trascendentes que permiten a dos teorizadores argentinos, Pablo Caparina y Eduardo Goligorsky, elaborar toda una “filosofía de la CF” [7] una filosofía que, aunque “sedicente” (Castagnino 1971: 214), materializa siempre problemas de la esencia y la existencia humanas y cuya función crítica está sustentada por la libertad total que la proyección al futuro brinda al escritor quien puede, así, satirizar aspectos de la sociedad que son frecuentemente tabúes en Hispanoamérica [8]. Podemos, pues, afirmar con Susan Sontag, que la tradición de la CF es plenamente moralista [9].
Otra razón que puede explicar hoy el fenómeno de la CF argentina (e hispanoamericana), aparte la posibilidad de su uso como instrumento de protesta social, de crítica socio-política, de enjuiciamiento del progreso técnico aplicado indiscriminadamente a una realidad mal preparada para ello, es el deseo de las nuevas generaciones de escritores de producir una forma literaria que ejerza directo atractivo sobre el lectorado masivo cuyo interés ya ha sido probado -y entrenado- en otras formas de los medios de comunicación masivos -films, TV soaps, traducciones de best-sellers de CF. Asimismo, este tipo de narración habrá de alimentar no sólo la imaginación de ese lectorado sino sus ideas, de agudizar su percepción de la realidad hispanoamericana y, sobre todo, su percepción de hasta qué punto él es manipulado por un tipo de estructura social y económica que lo nulifica en su calidad de ser humano y de ser hispanoamericano.[10]
Ateniéndome hasta lo aquí puntualizado, debo agregar que el corpus de narraciones argentinas de CF es de dimensiones reducidas y se compone, en su gran mayoría, de cuentos y nouvelles. Son obras que poseen originalidad y, comparativamente, una superior sofisticación en el tratamiento literario, en la disposición de los elementos narrativos, en el manejo de las voces narrativas, amén de ciertas peculiaridades al nivel expresivo, verdaderas creaciones que subrayan la función poética y metalingüística del lenguaje. Ejemplo de estas afirmaciones es La invención de Morel de Bioy Casares, de 1940, que aunque no estrictamente CF sino más bien scientific romance a la manera de Wells, escritura metafísica y fantástica, a la vez, es la novela de avanzada que, dentro de la producción de Bioy, culminará con esa obra maestra que es La trama celeste, intersección de dos universos paralelos, sin los lugares comunes de las versiones norteamericanas y con un fino humor.
Pero la popularidad de la CF argentina se deberá, en gran medida, a una revista -Más Allá- que, aunque de corta vida, 1953 a 1957, dio a conocer y difundió comercialmente a los escritores locales. Cuando desapareció, ya había fans argentinos y editoriales dispuestas al riesgo.[11]
En 1957, una psiquiatra argentina, la Dra. María Langer, publicó un ensayo titulado Fantasías eternas a la luz del psicoanálisis, que llama la atención por ser la primera vez que esa forma paraliteraria es analizada a la luz de una ciencia ‘seria’. Poco después Raúl H. Castagnino hizo objeto a la CF de un curso universitario. La CF había alcanzado, por fin, ‘respetabilidad’.
Pero es la década del 60 la que lleva a la CF argentina a su mayoría de edad. Eso sí, exclusivamente por medio de la publicación de antologías y de revistas. Precisamente a las primeras limito hoy mis observaciones, a más de los libros de la que considero la mejor escritora de CF argentina: Angélica Gorodischer.
Las antologías que he utilizado, por orden cronológico, son:

– Vanasco y Goligorsky. Memorias del futuro, 1966.[12]
– Bajarlía. Cuentos argentinos de CF, 1967.
– Vanasco y Goligorsky. Adiós al mañana, 1967.
– CF. Nuevos cuentos argentinos, 1968.
– Goligorksy. Los argentinos en la luna, 1968.
– Sánchez. Los universos vislumbrados, 1978.

Ellas revelan los siguientes modelos:

– o extrapolaciones de ciertas características de nuestra sociedad actual como el automatismo; la violencia; la censura; los prejuicios; [13]
– o anticipaciones de un mundo barbarizado, regresivo, determinado por el holocausto atómico; [14]
– o crítica social hecha desde extraterrígenas que nos perciben como seres monstruosos, intolerantes, prejuiciados [15], (aunque también en una ocasión un E.T. viene a nuestro planeta a robar nuestra cultura [16]); o por la creación de estados totalitarios que han reducido al hombre a la impotencia y a la esclavitud mediante la más terrible tiranía, el dominio de la máquina, el progreso científico y el condicionamiento mental[17]. A veces es un terrícola que ha experimentado, en otro planeta, una sociedad más justa que la nuestra y que opta por ese, otro mundo;[18]
– o antiutopías en las que se extermina sistemáticamente la creatividad individual [19], o un mundo en donde no existen ni la cultura ni la amistad, o donde la vida está completamente programada;[20]
– o parodias que llevan a sus últimas y absurdas consecuencias modalidades actuales de nuestra civilización tales como la maquinización exagerada, la pérdida de la inocencia, la avidez de riquezas materiales, la deshumanización a través de la publicidad y de las relaciones públicas [21], o un erotismo que tiene que ser alimentado por imágenes electrónicas;[22]
– o el viaje en el tiempo, ya sea hacia el pasado [23] o bien hacia el futuro [24],
– o parábolas/alegorías de índole filosófico-religiosa;[25]
– o puras aventuras de CF como: el viaje a otro planeta y sus consecuencias [26], las dimensiones paralelas [27], las invasiones de marcianos. [28]
– finalmente, otros de los modelos son exclusivamente humorísticos.[29]

Mención aparte -y por cierto que estudio detenido- merece la obra de Angélica Gorodischer por dos razones: una relativa a la calidad poética de sus enunciados; otra porque, que yo sepa, es la primera en haber realizado en uno de sus libros –Trafalgar [30]- una CF enteramente paródica, humorística y satírica como total creación lingüística. Lo más interesante en la obra de esta escritora argentina es el artificio de sus cuentos y la sofisticación en el manejo y mezcla de diversos planos y voces narrativas, así como, particularmente en Trafalgar, el uso del habla coloquial y lunfarda que trivializa y domestica la otredad de los nuevos mundos, de sus costumbres y gentes diferentes, de sus tiempos, atmósferas y erotismo particulares, produciendo una semiosis del signo que crea el humor a través del que se agudiza la crítica social, objetivo último de esta narrativa. Gorodischer es una aventajada discípula de Borges y Cortázar, sin ninguna duda, pero su especial tipo de CF, por su profundidad intelectual, su soltura en el manejo de los procedimientos narrativos, su coherencia al sostener sus creaciones imaginativas sin extravíos, y por crear personajes que no son estereotipos, hacen de ella una figura señera en el género.
Habría mucho más que observar. Pero ni el tiempo asignado ni la prudencia consienten el alargarse. Vayan, pues, unas rápidas últimas observaciones:

– Se considera a Buenos Aires la capital de la CF hispanoamericana [31], pero debe tenerse presente que Río de Janeiro, México, Venezuela, Chile son también centros de intensa producción de CF;
– Es claro que la CF argentina evidencia una voluntad de superación de los modelos anglosajones al conferir sabor y color local a sus creaciones. Pero no siempre lo consigue o se lo propone ya que se puede observar que la mayor parte de los nombres de los personajes son extraños o decididamente ingleses y que, con frecuencia, la caracterización espacial es débil y no parece específicamente argentina. La excepción es Trafalgar y su héroe homónimo, ya que él es un personaje ‘costumbrista’ caracterizado mediante su expresión lingüística, y el ambiente rosarino está magistralmente trasmitido a fuerza también de notas y personajes costumbristas.
– Según el Atelier belga [32], la CF argentina está a la vanguardia de la hispanoamericana hasta el punto de que se puede hablar de una verdadera escuela argentina de CF con decisivas preocupaciones sociales. Sin embargo, la producción última de CF que he podido ver en antologías y nuevas revistas, no puede considerarse en puridad CF. Se trata más bien de obras fantásticas, algunas con trasfondo filosófico (o pseudo-filosófico). Y son los propios autores quienes hacen hincapié en el carácter fantástico de sus narraciones y quienes desdeñan el rótulo de CF.[33] Lo que sí es evidente en la CF argentina es su valor artístico, poético, como también el considerable grado de profesionalismo, desde el punto de vista estrictamente literario y desde el intelectual, de sus cultores dado el alto calibre de las ideas manejadas y el grado de seria erudición que sostiene las construcciones literarias.
Espero, en un futuro cercano, ratificar o rectificar algunas de estas observaciones. Me parece evidente que ellas necesitan ser investigadas con datos de sociología literaria -número de obras en la Argentina y en otros países; tipo de lectorado; tirajes de las ediciones; profesionalismo del escritor de CF, estudio cuidado de todas las revistas de CF publicadas y en publicación, etc.- y también con análisis textuales a fin de medir el carácter estrictamente literario de estas obras. Por otra parte, aunque como argentina me halaga jerarquizar la literatura de aquel país, me perturba, sin embargo, que los laureles que hoy parece ostentar la CF argentina se hayan concedido -creo- un poco apresuradamente. Y digo esto porque estudios recientes revelan, en la CF brasileña, por ej., cualidades únicas que no estoy enteramente persuadida que se den en la CF argentina: esa “brasilidade” que señala un estudioso [34], esto es, ciertas cualidades inherentes únicamente a la CF del Brasil tales como un extraordinario sentido del humor, un erotismo ‘trascendente’, su preocupación con el proceso de la procreación y de la estructura familiar, el influjo de la religión y de lo mitológico al nivel temático, a más de un serio cuidado formal.

El estudio crítico de la CF argentina (e hispanoamericana) no puede ni dejarse de lado ni dilatarse ya más. Hacerlo, por otra parte, ayudará a completar el cuadro de la narrativa de aquel país y del continente y, asimismo, permitirá seguir avanzando en el deslinde del concepto de literatura fantástica de la que, frecuentemente, se la hace sinónima.

NOTAS

[1] Al final de este artículo se da una bibliografía crítica selectiva.
[2] Darko Suvin. “On the Poetics of the SF Genre” en Mark Rose (1976: 57-71).
[3] José Ignacio Ferreras: (1972:18).
[4] En su obra de teatro R.U.R. = Rossum’s Universal Robots presentada en Praga, en 1920.
[5] Cf. Antonio Pagés Larraya: Estudio preliminar en Eduardo Ladislao Holmberg: Cuentos fantásticos. Buenos Aires: Hachette, 1957: 34-48.
[6] Raúl H. Castagnino: “‘Canción de cuna para técnicos’ y experiencias fantacientistas” en Experimentos narrativos. Buenos Aires: J. Goyanarte Editor, 1971:187.
[7] Pablo Capanna. El sentido de la ciencia-ficción (1966). / Eduardo Goligorsky y María Langer: Ciencia Ficción. Realidad y Psicoanálisis (1969).
[8] K. Amis. L’univers de la Science Fiction. París: Payot, 1960. Apud Castagnino 1971: 234.
[9] Susan Sontag: “The Imagination of Disaster” en Against Interpretation. Nueva York: Delta Books, 1961: 209-231.
[10] Piénsese, por ejemplo, en que Cortázar se volvió hacia la tira cómica y la fotonovela en su afán de divulgar los hechos puestos de manifiesto en el Tribunal Russell II de Bruselas. Así nació Fantomas contra los vampiros multinacionales. Una utopía realizable. 1era. edición (México: Libros de Excélsior, 1975).
[11] Prueba son los numerosos fanzines que proliferaron en Buenos Aires y Rosario desde la década del 50: El almígero solitario, Antelae, Argentóle SF Review, 2001: Periodismo de anticipación, Ficción científica y realidad, Géminis (que murió al 2a número), Hombres de futuro; Kadath, El lagrimal trifurca, LD, Minotauro, (edición en español de The Magazine of Fantasy and Science Fiction), Misterix (2a. época), Omicrón, Planta, La revista de ciencia ficción y fantasía (tres números entre 1976 y 1977), Trafalmadores, Umbral tiempo futuro, Urania, Entropía. En 1967 se reunió la primera convención nacional de CF y en 1968, la segunda y última hasta la actualidad. Minotauro cesó de publicarse en ese mismo año, después de 10 números. El vacío dejado por esta revista fue llenado por la española Nueva Dimensión que publicó 148 números por espacio de casi quince años y que acogió a buen número de escritores argentinos. Siguiendo el ejemplo de Más allá, aparecieron en Buenos Aires las primeras editoriales especializadas en libros de CF: Minotauro, en 1955, Jacobo Muchnik, en 1956 y luego Andrómeda.
En la década del 70, las editoriales argentinas Minotauro, Emecé y Andrómeda, y las españolas EDHASA y Dronte, presentaron ediciones de los autores consagrados de la CF extranjera. En 1979 comenzó a publicarse otra revista -El Péndulo- que agregó la dimensión plástica a la puramente literaria y que, en general, alimentó las necesidades de una nueva generación de fans y de autores. Esta nueva efervescencia llevó a la creación, en 1982, del Círculo Argentino de Ciencia Ficción y Fantasía que creó el premio “Más allá”. Habiendo desaparecido El Péndulo, en 1983 reapareció Minotauro (Segunda época) con standards superiores de calidad literaria. Hacia mediados de 1984, otra nueva revista se lanza al mercado: Parsec que, para 1985, se convertirá en suplemento de Clepsidra. He visto nombradas otras dos revistas, Nuevomundo y Cuásar, y poseo dos ejemplares de Sinergia que, para el verano de 1985-1986, ha publicado ya 10 números. Para mayor abundancia de datos, cf. Marcial Souto (comp.): Introducción a La ciencia ficción en la Argentina. Buenos Aires: Eudeba, 1985, 9-24. Para una historia detallada de la revista Más allá y su época, cf. Pablo Capanna. “Prestigios de un mito”: Minotauro, 9, febrero de 1985.
[12] Para la indicación bibliográfica completa de las antologías utilizadas en este estudio, véase la Bibliografía final.
[13] A. Vanasco: “Los eunucos” y Alicia B. Suárez. “El dorado mes de los monstruos” en Los universos vislumbrados; E. Goligorsky. “El vigía” en Los argentinos en la luna y A. Grassi: “Los herederos” en CF. Nuevos cuentos argentinos.
[14] E. Goligorsky: “En el último reducto” y “La cola de la serpiente” y A. Vanasco: “Post Bombum” en Adiós al mañana; E. Goligorsky. “Cuando los pájaros mueran” en Memorias del futuro.
[15] E. Goligorsky: “Los verdes” y A. Vanasco: “El menor soplo de vida” en Adiós al mañana; J J . Bajarlía: “Mac Cain” en CF. Nuevos cuentos argentinos.
[16] E. Goligorsky: “El espía” en CF. Nuevos cuentos argentinos.
[17] E. Goligorsky. “Olaf y las explosiones” en Memorias del futuro; Pablo Capanna. “Acronia” y C.M. Carón: “La victoria de Napoleón” en Los argentinos en la luna.
[18] E. Goligorsky “Aclimatación” en Cuentos argentinos de ciencia ficción.
[19] A. Vanasco: “La muerte del poeta” en Memorias del futuro.
[20] Jorge L. Borges: “Utopía de un hombre que está cansado” en Los universos vislumbrados; J. Iégor: “La mutación de Bélacs” en Los argentinos en la luna.
[21] M. Denevi: “Boroboboo” y O. Elliff: “Las fábulas” en CF. Nuevos cuentos argentinos; M. Denevi: “Las abejas de bronce” y E. Rodrigué: “La tercera fundación de Buenos Aires” en Cuentos argentinos de ciencia ficción; A. Vanasco: “Todo va mejor con Coca-Cola” en Adiós al mañana; Pedro G. Orgambide: “Marketing” y J J. Bajarlía: “La civilización perdida” en Cuentos argentinos de ciencia ficción.
[22] E. Goligorsky “Los divanes paralelos” en Memorias del futuro.
[23] A. Vanasco: “Robot Pierre” en Memorias del futuro; A. Grassi: “El tiempo del lunes” en Los argentinos en la luna; Magdalena A. Mouján Otaño: “Gu Ta Gutarrak” en Los universos vislumbrados.
[24] C. Peralta: “El segundo viaje” en Cuentos argentinos de ciencia ficción.
[25] E. Goligorsky: “Un mundo espera” y “El elegido” y A. Vanasco: “Vuelven los lobizones” en Memorias del futuro; A. Vanasco: “Los pilotos del infinito”, A. Gorodischer: “La morada del hombre”, J.J. Bajarlía. “La suma de los signos”, M. Langer: “Los delfines no son tiburones”, H. Oesterheld: “Sondas”, E. Stilman: “La cuenta regresiva” en Los argentinos en la luna; E.A. Azcuy. “El humanoide”, E. Bayma: “El prisionero”, H. Oesterheld: “Dos muertes” en CF. Nuevos cuentos argentinos; A. Grassi, “Mensaje a la tierra”, D. Sáenz: “La meta es el camino”, A. Vignati: “En el primer día del mes del año” en Cuentos argentinos de ciencia ficción y J J . Bajarlía: “Desde la oscuridad” en Los universos vislumbrados.
[26] A. Vanasco: “Phobos y Deimos” en Memorias del futuro; A. Grassi: “Las zonas” y A. Gorodischer: “Los embriones del violeta” en Los universos vislumbrados.
[27] A. Lagunas: “Informe sobre voces” en Los argentinos en la luna.
[28] A. Vanasco: “Paranoia” en Cuentos argentinos de ciencia ficción.
[29] E. Goligorsky: “La cicatriz de Venus” en Adiós al mañana.
[30] Angélica Gorodischer: Trafalgar. Buenos Aires: El Cid Editor, 1979. La más acabada muestra de la narrativa de CF cultivada por esta escritora es su libro de cuentos Bajo las jabeas en flor (Buenos Aires: Ediciones de la Flor, S.R.L., 1973). Para una información detallada sobre toda la obra de esta autora, hasta 1984, véase mi artículo “Contar = Mester de fantasía o la narrativa de Angélica Gorodischer” en Revista Iberoamericana, 51,132-133 (jul.-dic. 1985): 627-640.
[31] En Fantastique et Ateliers Créatifs 1978: 118. Sin embargo, debe tenerse en cuenta que la importante ciudad de Rosario es también centro de una intensa creación de CF con revistas como El lagrimal trifurca (14 números entre abril-jun. 1966 y agosto 1976) de la familia Gandolfo (escritores, antólogos, críticos, editores), y con la revista Kadath que nuclea a talentos jóvenes como Norma Viti y Gerardo D. López.
[32] Fantastique et Ateliers Créatifs 1978: 46.
[33] “En general [los nuevos escritores argentinos de CF], cultivan una literatura fantástica no tradicional, que linda con la ciencia ficción, la atraviesa y sale libremente de su ámbito, con escasa presencia del elemento científico-tecnológico […]. Quizás el rasgo más común sea que nuestros autores no hacen ciencia ficción a partir de la ciencia, como ocurre en países industriales donde la ciencia impregna la vida diaria; son escritores que se han formado leyendo ciencia ficción y en cuyo mundo espiritual importan las convenciones y los mitos del género.” (Pablo Capanna: “La ciencia ficción y los argentinos” en Minotauro, 10, abril de 1985). Véanse, asimismo, las respuestas al cuestionario que se consigna en el volumen La ciencia ficción en la Argentina, compilado por Marcial Souto. Cada uno de los autores que allí se antologizan se pronuncia sobre la literatura de CF y, en general, no separan la CF de la literatura fantástica o de fantasía, como ellos la designan siguiendo rótulos americanos.
[34] Me refiero a la tesis, completada en 1976, en la Universidad de Arizona, hecha por David L. Dunbar: “Unique Motifs in Brazilian SF”. La he consultado en microfilm.

BIBLIOGRAFÍA

I. Antologías argentinas de CF utilizadas en el presente estudio.

1966. Vanasco, Alberto, y Eduardo Goligorsky. Memorias del futuro. Buenos Aires: Ediciones Minotauro.
1967. Vanasco, Alberto, y Eduardo Goligorsky. Adiós al mañana. Buenos Aires: Ediciones Minotauro.
1967. Bajarlía, Juan J. Cuentos argentinos de CF. Buenos Aires: Ed. Merlín.
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1968. Grassi, Alfredo J., y Alejandro Vignati. CF: nuevos cuentos argentinos. Buenos Aires: Calatayud-Dea Editores.
1978. Sánchez, Jorge A. (comp.). Los universos vislumbrados. Selección y notas de… Buenos Aires: Ediciones Andrómeda.

II. Obras de crítica sobre CF.

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1975. D’Lugo, Martin. “Frutos de los ‘frutos prohibidos’: la fantaciencia rioplatense”. En Otros mundos, otros fuegos. Fantasía y realismo mágico en Iberoamérica. Memoria del XVI Congreso Internacional de Literatura Iberoamericana. (Latín American Studies Center: Michigan State University), pp. 139-144.
1972. Ferreras, José I. La novela de CF. Madrid: Siglo XXI Editores.
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La Opinión
1976a Ciencia ficción. La otra respuesta al destino del hombre. Buenos Aires. [Suplemento especial]
1977a ¿Qué pasa con la CF? [Suplemento especial]
1977b Los monstruos de la fantasía [Suplemento especial]
1966. Langer, María. Fantasías eternas a la luz del psicoanálisis. Buenos Aires: Ediciones Hormé.
1954. Moskowitz, S. The Inmortal Storm: A History of S-F Fandom. Atlanta (Georgia): Atlanta SF Organization Press.
1976. Núñez Ladeveze, L. Utopía y realidad: la CF en España. Madrid: Ediciones del Centro.
1980. Parrinder, Patrick. S-F. Its critiscism and teaching. Nueva York: Methuen, Inc.
1978. Pessina, H.R., y Jorge A. Sánchez. “Esbozo para una cronología comentada de la CF argentina”. En Jorge A. Sánchez (comp.): Los universos vislumbrados, pp. 275-286.
1977. Rabkin, E.S. “Genre Criticism: SF and the Fantastic”. Cap. IV: The Fantastic in Literature, Princeton: PUPress.
1979. Rabkin, E.S. “Metalinguistics and SF”. En Critical Inquiry, 6,1: 79-97.
1975. Reeve, Richard. “La CF: hacia una definición y breve historia. En Otros mundos, otros fuegos: pp. 133-137.
1976. Rose, Mark (ed.). SF: A Collection of Critical Essays. Englewood Cliffs (NJ.): Prentice-Hall, Inc.
1977. Schlobin, R.G., y L.W. Currey (eds.) A Research Guide to SF Studies: An Annotated Checklist of Primary and Secondary Sources for Fantasy & SF. Nueva York: Garland Publications.
1975. Scholes, Robert. Structural Fabulation: An Essay on the Fiction of the Future. Notre Dame: UNDPress.
1977. Scholes, Robert, y Eric S. Rabkin. Science Fiction. History, Science, Vision. Nueva York: Oxford University Press.
1953. Sprague de Camp. L. S-F Handbook. Nueva York: Hermitage Press.
1979. Suvin, Darko Metamorphoses of SF. On the Poetics and History of a Literary Genre. New Haven y Londres: YUPress.
1970. Versins, Pierre. “Entrétien sur la SF”. En Entrétiens sur la paralitératture, pp. 259-285, París: Plon.
1969. Warner, H. All of Yesterdays: An Informal History of Fandom. Chicago: Advent Press.
1980. Warrick, P.S. The Cybernetic Imagination in S-F. Nueva York: CUPress.
1971. Wollheim, D.A. The Universe Makers: SF Today. Nueva York: Harper & Row.

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‘De Sor Juana, imperios caídos y otros sueños’ – Juan C. Toledano Redondo

«Introducción a la edición número 23, julio-agosto de 2011, de Istmo. Revista virtual de estudios literarios y culturales centroamericanos. [ISSN: 1535-2315] dedicada a la ciencia ficción centroamericana y caribeña» Acceso: http://istmo.denison.edu/n23

Como explica Rachel Haywood Ferreira en “Back to the future: the expanding field of Latin American science fiction”: “Not only has there been a wave of publication in science fiction in the last two decades, but there has been an exponential increase in critical studies of the genre, particularly in the areas of bibliography and genre history.” (352).
Quizá no sea realmente oportuno escribir aquí un listado de los responsables de este incremento, pero valga citar algunos proyectos comunes en los que han colaborado muchos de los que trabajamos para que el género sea reconocido dentro y fuera del todopoderoso mercado norteamericano. Es por esta supremacía de la ciencia-ficción (cf) en inglés, que muchos de estos textos también han sido escritos en esta lengua.
Déjenme al menos citar a tres de los, a mi modo de ver, más importantes. El primero, publicado inicialmente en español en la revista Chasqui, y posteriormente en inglés, siete años después, en Science Fiction Studies (posiblemente la revista académica con más prestigio de los EE.UU.), es la “Chronology of Latin American science fiction, 1775-2005”, co-editada por Yolanda Molina Gavilán, Andrea Bell, Miguel Ángel Fernández Delgado, Elizabeth M. Ginway, Luis Pestarini, y un servidor. Y digo que es importante no porque yo fuese uno de los co-autores (que honestamente creo que llegué ahí de rebote), sino porque hasta su publicación entre el 2000 y el 2007, apenas si existía un listado comprehensivo de la cf en América Latina –y qué duda cabe de que ésta es aún incompleta–. A comienzos del nuevo milenio también se empieza a forjar la bio-bibliografía Latin American science fiction writers: an A-to-Z guide, coordinada y editada por Darrell B. Lockhart en el 2004. Y finalmente, y en el aspecto más creativo, se tradujo y publicó una colección de cf de autores de habla hispana en Cosmos Latinos: An Anthology of Science Fiction from Latin America and Spain, en el 2003, coordinada y editada de nuevo por Molina y Bell (y creo que hasta hoy es la única de este estilo).[1]
A este grupo, como dije arriba, se le podría sumar un gran número de artículos publicados en las revistas académicas más prestigiosas del género. Pero habría también que citar el esfuerzo de algunas editoriales académicas, donde destaca sin duda Wesleyan University Press, que con su colección Early classics of science fiction está dando cabida a títulos como The Emergence of Latin American Science Fiction de Haywood Ferreira (2011), el ya citado Cosmos Latinos: An Anthology of Science Fiction from Latin America and Spain, y de próxima aparición, una traducción al inglés de El anacronópete de Enrique Gaspar, obra que ha reabierto y cerrado el debate sobre qué autor noveló primero de una máquina del tiempo en el siglo XIX, siendo el diplomático y zarzuelista español el ganador, pues su obra fue publicada en Barcelona en 1887 y la de Wells en 1895.[2]
Además de estos desarrollos en el mundo anglo-sajón, la cf está tomando fuerza también en la investigación de algunos de nuestros países, aunque honestamente, este desarrollo va un poco más despacio. Si bien es cierto que siguen apareciendo volúmenes de crítica literaria,[3] el número de textos críticos publicados en España o América Latina sobre cf es realmente pequeño, máxime si se le compara con el publicado en los EE.UU. –que también es escaso ya de por sí.
Aparecen sí, colecciones de cuentos con estudios críticos en sus introducciones o prólogos, como es el caso de la colección mejicana Visiones periféricas editada en el 2001 por Miguel Ángel Fernández Delgado, la Antología de la ciencia-ficción española, 1982-2002 de Julián Díez en 2003, o la cubana Crónicas del mañana. 50 años de cuentos cubanos de ciencia ficción editada en el 2008 por Yoss, entre otras (no muchas).
Como explica Susana Sussman en su artículo sobre la cf venezolana publicado en este número de Istmo, ha sido la llegada de Internet la que “ha contribuido a hacer crecer exponencialmente la cantidad de personas comprometidas con lo fantástico” (8). El Internet ha abierto un espacio editorial, el virtual, a muchos textos que de otro modo seguirían en algún cajón esperando mejores tiempos para ver la luz. De nuevo Sussmann apunta que “[h]oy por hoy sobran las revistas virtuales dónde publicar y, más importante aún, dónde leer de manera gratuita cantidades ingentes de literatura fantástica contemporánea” (8) (ni que decir tiene que Istmo se acaba de unir con este número a ese grupo de espacios donde la cf tiene cabida). Algunas revistas a las que alude Sussmann son la revista virtual Axxón, con sus tres décadas de existencia, y la también virtual Alfa Eridiani, con una década publicando en línea. Una tercera, cubano-española, es miNatura, que lleva doce años en activo. Hay muchas más, como indica Sussmann, pero especialmente debemos de celebrar la aparición de otra: la revista académica Zanzalá. Estudos de Ficção Científica de Alfredo Suppia en Brasil, cuyo primer número apareció en junio del 2011. Zanzalá es la primera revista académica revisada por pares de América Latina y acepta trabajos nada menos que en cinco idiomas, entre ellos español. Quisiera apuntar que en el espacio virtual de los EE.UU. ya existe un proyecto (aún sin nombre) para crear la primera revista académica revisada por pares en español, portugués e inglés de los EE.UU., gracias al auspicio de la University of South Florida en su portal de revistas virtuales.
En este contexto del “regreso” de la cf latinoamericana, como lo tilda Haywood Ferreira, es donde estamos hoy. Cuando se inició el proyecto de publicar un número sobre la producción de cf en el Caribe Hispano y Centroamérica para Istmo, sabía que existían focos de alta producción como Cuba y Costa Rica, siendo Costa Rica un país donde la cf se ha desarrollado exponencialmente en la última década. Sin embargo, otros lugares aparecían baldíos, sobre todo si uno miraba a los textos de investigación citados anteriormente. Así, países como Honduras o Panamá, ni siquiera aparecen en el listado de la “Chronology of Latin American science fiction, 1775-2005” del 2007, Nicaragua tiene una entrada de 1959, mientras que otros como Guatemala, y El Salvador, aparecen con un pasado esperanzador, pero con un presente que no refleja ese pasado. Ni que decir tiene que en la “Chronology” no están todos los que son, pero indudablemente nos sirve de punto de partida testimonial e investigativo.
La propia Sussmann, tilda a la cf venezolana en su artículo en esta revista como “verdadero amor al arte”, y afirma: “Creo que la ciencia-ficción venezolana actual propiamente dicha tiene tres representantes, que son Jorge De Abreu, Ronald Delgado y quien escribe estas líneas.” (12). Igual pasa cuando miramos al Caribe insular y vemos que casi nadie en la República Dominicana se dedica de pleno al género, o que en Puerto Rico la cf cuenta con dos de las mejores novelas de los últimos tiempos, pero carece de un grupo de escritores conocido.
Déjenme detenerme un momento aquí, pues de hecho, las novelas Soulsaver, de James Stevens-Arce y Exquisito cadáver, de Rafael Acevedo muestran otro pasado esperanzador sin frutos presentes. Aunque Soulsaver apreció primero en 1998 con el título en español El salvador de almas, no se publicó como novela independiente hasta que fue editada en inglés en el 2000. Su aparición en español se debe a que ganó el primer premio UPC de Barcelona en 1997. Fue en realidad una traducción al castellano de Rafael Marín, pues fue presentada en inglés al concurso. Por su parte, Exquisito cadáver fue mención en el prestigioso Casa de la Américas del 2001. Así pues, ambos trabajos colocan el listón bien alto para la cf puertorriqueña. Apenas nada más. Raúl Aguiar, quien edita la revista virtual de pensamiento ciberpunk Qubit, dedicó en el 2008 el número 38 de la revista a la cf de la isla, editando algunos cuentos, pero para nada un movimiento de autores, aficionados y publicaciones como la de su propia Cuba. El artículo inicial del número, escrito por el poeta Manuel Clavell llama a la relación de Puerto Rico con la cf de “coqueteo”.
Y es que realmente Puerto Rico y la República Dominicana lo tienen difícil al compararse a una Cuba donde hay decenas de escritores y publicaciones desde la década de los sesenta, y que albergó el único premio nacional-estatal de cf del mundo hispano desde 1979 hasta 1990 (Premio David), dando lugar a una lista de autores que han alcanzado cierta fama nacional e internacional, como Daína Chaviano, Yoss, o Vladimir Hernández Pacín entre muchos otros (el propio Erick Mota, que publica en esta revista). Además en Cuba, la tan traída división entre hombres y mujeres en la cf ha quedado más bien diluida, ya que desde el principio fue un movimiento que aglutinó a hombres y mujeres. Como detalla el artículo de Raúl Aguiar en esta revista: “[…] parece innegable […] que la ciencia-ficción, como género literario, ha ido evolucionando con los años y ya no tiene, al menos en nuestro país, ese “estigma” de una literatura escrita sólo por hombres y centrada por ello en ciertas formas escriturales e intereses específicos. ” (13-14)
No hay que olvidar que el primer David lo gana Daína Chaviano, y el último Gina Picart en 1990, y que en los talleres de literatura de cf de los ochenta (y del presente) se aglutinaban hombres y mujeres por igual. La misma Chaviano apunta en la entrevista que aparece en esta revista que “[s]iempre me preguntan si me he sentido discriminada por esto o por aquello, en la vida o en la literatura, pero nunca ha sido así. Y tal vez si ha ocurrido, soy tan despistada que no me he dado cuenta […] lo cual supongo que es una bendición.” (3) La entrevista, realizada por el editor de miNatura, Ricardo Acevedo, responde a algunas ideas que investiga el mismo Aguiar en su cartografía.
Es también de Cuba que nos llega, en esta revista, una propuesta radical: “Escribir una nueva tendencia dentro del género apoyada en las dictaduras militares, las guerrillas de la izquierda, el misticismo asociado a la figura de los dictadores y el folklore único de estas tierras no sólo es tentador. Si se hace correctamente podría desarrollar una nueva corriente literaria y estética dentro de la ciencia-ficción moderna.” (14)
La propuesta es la del escritor y ensayista Erick Mota. En su artículo nos propone que la cf caribeña debe de dejar de imitar las formas estéticas de la literatura anglosajona –sobre todo del cyberpunk– para crear su propio ciberpunk, con i latina.
Otra propuesta radical es la del crítico argentino Roberto Lépori y su relectura del poema “Primero sueño” (1685) de la novohispana Sor Juana Inés de la Cruz a través de claves teóricas de la cf. Lépori hace un importante y profundo recorrido por las teorías que lo llevan a concluir que esta relectura no es tan arriesgada, dentro de lo que llama “ciencia ficción barroca”, y que nos permiten presentar a Sor Juana, quizá como la primera escritora de cf de América Latina.
¿Y qué hace un ensayo sobre Sor Juana en un número sobre cf del Caribe hispano y Centroamérica? Quizá se pregunte el lector. Lépori me convenció con el siguiente argumento: recordemos que Sor Juana no es “mejicana”, ya que Méjico aún no existe como nación, sino que es súbdita del Virreinato de Nueva España, novohispana pues, que incluye lo que hoy llamamos Centroamérica y el Caribe. Sin duda el ensayo más extenso de los presentados, quizá sea también el más intenso.
Sin ser menos importantes, nos llegan dos ensayos más sobre Costa Rica, que como indiqué arriba, ha crecido exponencialmente en la producción de cf y también en la crítica académica a ésta. Si bien hemos visto aparecer autores como Laura Quijano Vicenzi, Jessica Clark, Laura Casasa Núñez, Antonio Chamu, David Díaz Arias o Iván Molina Jiménez, la investigadora Verónica Ríos nos recuerda que la cf del país tiene precedentes en figuras como la de Carlos Gagini y su conocida novela anti-imperialista La caída del águila de 1920. Novela que utiliza la cf para adelantar el constante intervencionismo de los EE.UU. en América Latina a lo largo del siglo XX y como comentario crítico de un intervencionismo y conquista que ya había sido notorio durante el XIX. Este miedo al coloso del norte se mezcla además con los deseos del protagonista principal de mantener una distinción de lo hispánico frente a lo sajón –aunque a veces queda un tanto rancia– y un anhelo de mejorar Costa Rica a través de los criterios científicos de progreso imperantes a finales del XIX y comienzos del XX.
El ensayo de Ríos nos abre las puertas hacia la cf de una Costa Rica de hoy, en la que todos los autores del momento que nombré anteriormente, se unieron para compendiar la colección Posibles futuros. Cuentos de ciencia-ficción (2009) [4], dando lugar a una breve pero celebrada primera colección de seis autores del país, en un poco habitual mano a mano entre ellos y ellas.[5]
De este grupo, es destacable la labor del historiador Iván Molina como difusor del género en Costa Rica y fuera de ella. Es además el autor con más obras publicadas (tres colecciones de cuantos), y es a estos cuentos a los que David Díaz Arias dedica su ensayo en esta revista. Díaz repasa la obra de Molina para después centrarse en el tema de la nostalgia que recorre algunos de sus cuentos cuya temática es el viaje en el tiempo. Quisiera destacar que una característica que Díaz ve en los cuentos de Molina Jiménez es, a mi modo de ver, extrapolable a casi toda la cf de calidad en español, una literatura que “ […] pone énfasis en las relaciones sociales, las identidades, los encuentros, las experiencias y en los sentimientos de los personajes […] ”, en vez de ser “ […] una ciencia-ficción que se interesa por la caracterización de la tecnología futura […] ” (12). Como la de Molina Jiménez, la cf en español está, principalmente, “centrada en lo humano” (12).
Yo tengo poco más que decir. Aquí sigue el testimonio de estos escritores, críticos y ensayistas que han contribuido amablemente a este número 23 de la revista Istmo que he tenido el privilegio de dirigir. Como dice Roberto Lépori en su artículo sobre Sor Juana, “[s]uspendan por un momento la incredulidad […] ” (18) y abran los archivos que acompañan esta presentación. ¡Qué disfruten!

Notas

[1] Debe de notarse una inevitable aparición de la aportación de España en la cf en español en general. Primero por razones obvias de lenguaje, segundo por el peso editorial de España, que incluye también revistas y premios como el UPC de Barcelona, y tercero porque las revistas y foros de la cf en español no excluyen en función del origen, pero sí muchas veces, en función de la lengua, así las revistas que publican en español tienen habitualmente una variada representación nacional del mundo hispano. Separarlos puede ser práctico con fines metodológicos regionales o nacionales, pero es, a mi modo der ver, artificial y hasta problemático.
[2] Válganos de referencia al tema un artículo de El País y otro de la BBC que pueden hallar en la bibliografía (Andreu; Westcott).
[3] Como los de Gabriel Trujillo Muñoz, Biografías del futuro: la ciencia ficción mexicana y sus autores, y Ramón López Castro, Expedición a la ciencia ficción mexicana, publicados en el 2000 y el 2001 respectivamente; o las de Luis Cano, Intermitente recurrencia. La ciencia ficción y el canon literario hispanoamericano, y Pablo Capanna, Ciencia ficción. Utopía y mercado, ambos publicados en Buenos Aires en el 2006 y 2007 respectivamente.
[4] Hay más autores que han escrito cf en Costa Rica. Daniel Koon da una lista más completa en su sitio web.
[5] Véanse las críticas aparecidas en Axxón y en Cosmocápsula.

* Juan C. Toledano Redondo. Lewis & Clark College, Portland, Oregon, EE.UU. toledano@lclark.edu

El tren del diablo

Publicada originalmente en Revista Colofón

《Una crónica ferroviaria entre Ecuador y la Mesopotamia argentina.》

A esa hora de la tarde, el hall de la estación Lacroze era la estampa de un campo de batalla.
Decenas de cuerpos amansados por el tedio, o contagiados por el inminente cementerio, interrumpían el serpentario de mosaicos.
Grupos de sobrevivientes, esperanzados acaso por el propio retraso, esquivaban bultos exangües de carne, de plástico, y se acercaban a la única ventanilla activa en la que un oráculo, entre la mugre ancestral y los barrotes, repetía inagotable que los papeles impresos con día y horario poco valían.
Resignados a su destino.
Recién llegados que pensaban en salvarse.
Optimistas que mercaban influencias.
De existir, así habrían de agitarse las cosas en el limbo –con desgano acotó alguno de los dos, antes de ir y amodorrarnos en el cuenco de la siesta.
Inti se entregó al sueño.
Opté por fumar y vigilar. Un pie mantenía en la mira las escaramuzas contra la ventanilla. El otro, a unos sesenta grados, continuaba en las vías como una prótesis metálica. El sol despreciado por el acero lanceaba los ojos. Los rieles, indiferentes a decenas de vagones sin máquina, se reblandecían.
Fumaba y vigilaba.
El serpentario, inmutable.
El oráculo negaba cualquier rastro de buena nueva.
Cuatro horas, por lo menos, llevaría reacondicionarla.
Los cigarros. La pereza. La urticaria de la espera.
Tenía como hábito –o como antídoto- resumir en un cuaderno de tapas duras y azules cada uno de los trayectos. Apuntes sencillos: un párrafo, media jornada.
Hubiera sido frustrante, con ese tiempo todo a disposición, habérmelo olvidado. Pero ahí estaba, dócil al tacto.
A riesgo de que la lapicera no funcionara o de que su tinta no fuera negra o de que llegara la máquina o de que la despertara, me erguí, desaté nudos y bolsas y lo abrí por la mitad de la mitad ya escrita.
Pasaba las hojas adormiladas. Las volutas hacían del aire papel de calcar y, por entre los manchones blancos, las vías que creía vigilar fueron otras vías lejanas, así como otra la máquina que arrastraba vagones distantes, semejantes.
Meses, tal vez años antes de esa dilación infernal, vivía en Ecuador. Mi vida era Guayaquil, cinco días hábiles, dos en tránsito. Vaivenes de rutina y de viaje, y un día por azar oí la historia de un tren cuyo rasgo principal era llevar pasajeros sobre el techo, en leva voluntaria.
El mensaje de Marco llegó un jueves por la tarde: “mañana salgo para Cuenca, ahí nos estamos viendo”. Hacia el atardecer del viernes dejé el Guayas. Poco antes de medianoche había arribado a una ciudad de 450.000 habitantes a la que en otro momento volvería y de la que conocería sus calles limpias, su conciencia medioambiental, su sistema de clasificación de residuos, su foco en la autogestión, su inaudita agua potable, su servicio eléctrico comunal, sus inevitables taxistas paranoicos.
Nada de eso me alcanzó la noche del sábado 12 de julio de 2003.
Desde la terminal de Cuenca iniciamos en grupo el camino hacia el Parque Sangay, provincia del Chimborazo, a visitar la comunidad de Ozogoche, en la que nuestro organizador y guía tenía amigos.
A cuatro mil metros de altura, Ozogoche encajonaba la laguna Cubillí o Cullibí –mis apuntes no son claros- repleta de truchas. Por las bajas temperaturas, esos peces ofrecían más contenido calórico que cualquier otro animal o alimento.
Caminamos por la tierra de pastos áridos, charlamos con quienes vivían en la reserva, pescamos -o trocamos la pesca de los reservistas- y envueltos en la luminosa energía andina, descendimos a los dos mil metros de Riobamba.
Ciudad tipo de la sierra ecuatoriana –como Cuenca, Baños, Cotacachi- Riobamba es ocre, amarilla, rojiza, baja, tranquila, fresca, seca, con ferias, y con el aspecto de haber sido barrida en sus calles y pintada en sus muros hace apenas unos minutos. Se distingue de urbes costeras como Guayaquil, por la ausencia de los ramalazos de velocidad, de gritos, de sol a plomo, de humedad, de ominosos barrios cerrados a las invasiones (favelas de allá), de dinero -de los camarones, de las rosas, de los plátanos- que hilvanan el día a día.
A Riobamba habíamos ido a satisfacer la ambición de viajar en azotea.
Dormimos en unas dependencias del ejército ecuatoriano que Marco había obtenido a préstamo. La habitación era un amplísimo salón poblado por camas cuchetas con ropaje militar.
Cenamos las truchas fritas en manteca. Bebimos como aperitivo un canelazo del que conservo todavía la receta en letra rápida: 1 litro de agua / 1 porción de canela / 200 gramos de panela o azúcar / cáscara de naranja o limón / hervor hasta reducir y, claro, licor de caña. Junto a los fogones que espantaban el frío y lo negro, suelta la lengua, hablamos del tren de la mañana siguiente. Los lugareños decían que el uso nada más había nacido por costumbre de quienes necesitaban ir sierra adentro y no contaban con dinero.
El viaje era sus condiciones. Sacar el pasaje el día anterior, y por la mañana anticiparse para encontrar un lugar. La partida era a las siete.

El techo -como el de cualquier vagón- era una anormal plancha de acero grávida en la parte central que le daba un mínimo aspecto dos aguas. Una balaustrada rústica de hierro cilíndrico permitía sostenerse y asomar las piernas sentado de cara al paisaje. El tope de pasajeros lo daba la extensión de la baranda. Viajar en el vagón, desde la perspectiva de un turista (único público encantado), era una opción muy semejante a no viajar. Habíamos rentamos siete horas encaramados y disfrutábamos atajando, espantando, tolerando el viento, el frío, el sol abrasador, el aire límpido, los manchones de humo. El engranaje bufaba en cada curva. Las vías se mimetizaban con la irregularidad de la montaña. En esos trechos los vagones reverenciaban la madre tierra, amenazando con librarse de la carga en un sacrificio anticipado.
El desprecio por la vertical -por lo irregular del terreno y por el mal estado de las vías- era la dosis de adrenalina garantizada al turista. Los empresarios, por lógica, no militaban el imprevisto. Al vender el pasaje, los boleteros esgrimían un reglamento que advertía que por esa decisión la empresa no se hacía responsable.
A velocidad sostenida, a la buena de algún dios y a merced del abismo, nos esponjábamos sobre la nata para ver valles cultivados, animales tallados sobre cerros, trabajadoras apuntalando con su frente la tierra, un escenario agreste con pircas segmentando estáticas el terreno sin alambrar.
El robot domesticado que nos llevaba en el dorso de su mano cada tanto paraba. Al vagón descendían los que habían visto suficiente. Los menos madrugadores subían por una escalerita al techo para amortizar el pago.
El freno del motor diésel arrastrando puro fierro agitaba la economía local. Los de arriba compraban bebidas, comidas, artesanías en serie. Por primera vez probé el morocho, fermentado de maíz parecido a la chicha coronada con una crema pegajosa y muy dulce.
Los pasajeros habituales descargaban a la rastra sus bolsones abasteciendo las despensas. Constelaciones de niñitos se alineaban a la llegada y la salida de la máquina para recibir monedas de dólar local que se estrellaban contra el polvo. El vaivén del aparato y la velocidad eran los jueces. Terminada la cosecha, los niños eran nuevamente puntitos, los pasajeros descendidos, matas.
El tren arrancaba y entre el estrépito surgían comentarios panlingua en el techo: alemanes, ingleses, holandeses, franceses y otras embajadas afines. Era difícil saber si algo oían desde dentro del vagón, o si les interesaba.
El recorrido parecía direccional. Riobamba – Guamote – Alausí – Sibambe.
Entre Alausí y Sibambe estaba el alucinado destino donde paradójicamente no terminaba el viaje aunque fuera la razón secundaria por la que -dejando a un lado el techo- habíamos decidido viajar. Por respeto, por miedo, por superstición, vaya a saber, en el pasaje no se lo imprimía, ni se lo nombraba.
El tren abandonaba el camino lineal de montaña y descendía por la ladera del cerro en zigzag, avanzando y retrocediendo sobre las vías. Era un péndulo monstruoso obligado por la fuerza de gravedad.
Una vez sobre la base del cerro –el estupor en los rostros- la máquina entraba a una vía muerta que surcaba el valle a lo largo de unos mil metros y se detenía. De allí la máquina sólo lograría salir en reversa.
Aterrizados sobre esa vía inconclusa, la bandada desenfundaba las cámaras. Era la misa de los guías para explicar la dudosa formación rocosa dislocada fenomenalmente en la anatomía ultramundana.
Las frases rápidas y escasas de mi cuaderno me permiten intuir que justo al acabar esa vía sin más allá, un cartel ayudaba al que iba en procesión, entre el óxido y los pastos, con un ´Bienvenidos a la Nariz del Diablo´. Dicen quienes saben que no por su forma prominente el nombre apelaba al Malvado, sino por la enorme cantidad de trabajadores que habían muerto mientras tendían una de las líneas de ferrocarril más extremas del mundo.
Media hora después, Sibambe y el cierre del recorrido.
Algunos turistas regresaban siete horas con el mismo tren; los menos pacientes, en buses. Mi cuaderno y mi memoria omiten el dato de mi suerte.
Había dejado, sin embargo, a modo de trueque un apunte fugaz en la página subsiguiente que viene a cuento. Sobre una línea recta había escrito: en lengua quichua el futuro es ´k´ipa´, está ´atrás´ y es lo que no se ve; ´kay´ es aquí y es presente y es lo que puede verse; ´ñaupa´ significa ´adelante´, es el pasado, lo que se ve y es lo que ya sucedió.
Tener el pasado siempre frente a las propias narices, pensaba mientras leía, no estaba nada mal, o no era algo que en verdad pudiera escogerse, salvo que uno creyera que la voluntad -ciega y todo, como en mi caso- había elegido demorarme por una máquina ferrocarril averiada para que mi pasado irrumpiera en esas hojas, así como ahora penetraba en el andén el mecanismo reacondicionado.
Los insultos se despertaron.
Puñados de cuerpos caminaron hacia las vías con la decisión con que la harían el día del juicio, la mirada en el piso, los brazos a un costado.
El oráculo había abandonado la ventanilla.
Nos levantamos. Inti fluctuaba entre los retazos de sueño.
No sospechábamos que esa dilación daría todavía sus esquejes. El viaje desde la porteña estación ferroviaria hasta la tórrida Posadas tendría que haber durado dieciocho, y se extendió por treinta y seis horas, sin baños, ni agua, apenas vías, diésel, un suicida que al atardecer se descolgó sobre un barranco y cada tanto un maquinista interesado en avanzar.
Hora más tarde, la saga de percances todavía en ciernes, la luna rabiaba contra los chapones del gusano metálico que atravesaba la Mesopotamia argentina.
Al ardor de ese reflejo, imaginé a horcajadas sobre el rectángulo superior, sin barandillas ni nada, a los desertores del cementerio próximo a la estación Lacroze, lanzados a la búsqueda de un destino mejor.
Sentí una profunda lástima por mi constante rol equívoco. Si para el lugareño el turista es una sombra que no deja estela (excepto la metálica), para quien ha muerto, un vivo es un pueblerino que por una moneda desnuda su temblor.
Espantado, anulé toda idea abriendo el cuaderno de tapas duras y azules. Bajo la lamparita enrejada escribí con tinta negra que, por lo menos a esa hora de la noche, tendría algo para hacer. Atrás -en otras hojas manchadas por un párrafo / media jornada- había quedado la nariz. Por delante, días sin bañarnos y escasos de comida, la chorrera inclemente de la garganta del ubicuo diablo.
El infierno no es tanto una caverna en llamas como un tren que avanza y que insistentemente confunde dónde queda esa porción de tiempo llamada ñaupa.

Del ‘informe embrión’ de Sor Juana al ‘elemental Adán’ de Borges.

Del informe embrión de Sor Juana al inhábil y rudo y elemental Adán de sueño de Borges o de cómo intuir la pervivencia en la literatura latinoamericana de la conjunción ciencia ficción / hermetismo [2012]

En 1983 el poeta brasileño Régis Bonvicino incluye en Sósia da Cópia un extraño suelto -“Borges, também ficção?”- que, en el registro de la noticia periodística, informa al lector que el escritor argentino no es más que un invento.

Dos datos de esa noticia me interesan.
La invención surge de una conspiración. Un grupo de intelectuales argentinos contrata a un actor italiano de segunda categoría para ser la cara visible de los textos borgeanos.
El segundo dato –los conspiradores construyen la imagen autoral a partir de ´secretos masónicos´- dirige la atención hacia los saberes heterodoxos (hermetismo, alquimia, gnosticismo) que rondan la obra de Borges.
Así, desde este presente y con la necesaria corrección en la perspectiva, aquella entelequia ‘Borges’ sería un personaje de ciencia ficción creado por conspiradores con materiales y conjuros herméticos y alquímicos.
La conjunción ´ciencia ficción / hermetismo´ en Borges puede ser considerada como la instancia ulterior de una historia tres veces centenaria. El trasvase del hermetismo neoplatónico a la América colonial durante el siglo XVII –en particular a través de la obra del jesuita alemán Athanasius Kircher- propició condiciones intelectuales y culturales para que emergiera la ciencia ficción latinoamericana.
La visión del mundo de esos saberes, mezclados con las cosmovisiones nativas, sustenta uno de los primeros textos de ciencia ficción en América Latina, el poema barroco Primero sueño, escrito en 1685 por Sor Juana Inés de la Cruz.
El Sueño es un laberinto de 975 versos construido como una ´silva´, es decir, con estrofas de un número indefinido de versos que alternan siete y once sílabas, con rima perfecta. El poema narra la aventura nocturna del alma, encarnada en un ciborg-andrógino, que vuela hacia las profundidades espirituales e intelectuales, como si fuera un viaje hacia el espacio exterior, con el fin de acceder al conocimiento universal.
El hermetismo incide en la caracterización de esa fábula como de ciencia ficción con los siguientes tópicos: 1) la imaginería del ascenso del alma que recubre el viaje intelectual durante la noche; 2) los saberes estructurados en la ´gran cadena del ser´, un continuo que se extiende desde la divinidad a lo inanimado, entre cuyos eslabones se engarza el humano; 3) la mezcla de elementos orgánicos y de procesos maquínicos, conjuros, magias y técnicas que dan, al cuerpo ciborg de la durmiente, las condiciones para el eventual ascenso, en un mundo barroco desdoblado; 4) la tensión cuerpo (de mujer) / alma (asexuada) que posibilita un ser andrógino que cuestiona la primacía masculina en el acceso al conocimiento.
Un tópico asiduo en la ciencia ficción, la androginia, le da a la postura epistemológica de Sor Juana un innegable sesgo político. En el marco de la ortodoxia neo-escolástica, el hermetismo de Kircher –por momentos, al límite de la herejía- fue la herramienta intelectual que le permitió a la escritora conspirar contra el poder eclesiástico mediante un símbolo cognoscente disruptivo: ni hombre, ni mujer, andrógino.
Durante siglos, innumerables autores conjugaron de distintas maneras hermetismo y ciencia ficción. Absolutamente distante del feminismo, las ficciones borgeanas se aproximaron a esas discusiones al pensar entre los intersticios de lo establecido. La filosofía política que se desprende de sus relatos es una trama ideológica cuya extrema indeterminación vuelve sin sentido la idea simplista de ‘Borges conservador’. Esto se advierte en su perspectiva cultural. Borges pergeñó su narrativa hoy canónica revalorizando literaturas marginales, no hegemónicas, hasta el punto de escoger como material base dos discursividades herejes sin más: el hermetismo y la ciencia ficción.
El interés de Borges por la ciencia ficción aparece temprano en su obra. Sin embargo, sus opiniones desviadas sobre el género -el uso de eufemismos como “imaginación razonada” [“Prólogo” a La muerte y su traje, 1961]- y el consecuente respeto de la crítica, cristalizaron que su narrativa trabajaba con el fantástico (o con el policial). Con la progresiva puesta al día de la crítica especializada, las pistas sobre su relación con la ciencia ficción se hicieron más visibles.
Intermitente recurrencia [2006] de Luis Cano es, en ese sentido, un ejemplo de relectura. Cano toma “El jardín de senderos que se bifurcan”, cuento que para la ortodoxia hermenéutica respetuosa de la chicana de Borges es un policial, y lo relee desde la ciencia ficción. Según Cano, idéntica revisión podría caberle al conjunto de El jardín de senderos que se bifurcan [Ficciones, 1944]. Si en el “Prólogo” Borges habla de relatos fantásticos, acaso esté queriendo decir otra cosa porque, en efecto, de los siete cuentos que componen el volumen, cinco pueden ser considerados de ciencia ficción y cuatro de esos cinco se conectan con el hermetismo.
“Las ruinas circulares” es un caso paradigmático de la oclusión del fantástico sobre la ciencia ficción entre los años veinte y sesenta del siglo pasado en Hispanoamérica [Intermitente recurrencia, p. 55].
El relato recrea la historia de un mago que quiere soñar a otro hombre, crearlo, e introducirlo en el mundo real. El tópico ‘creación artificial de vida’ responde al homunculum o golem de la tradición hermético-alquímica y es a su vez una imagen recurrente en la ficción científica. La procreación humana en el interior del mago se relaciona con la transformación y el autoconocimiento propios de una práctica sagrada. La mención de la lengua “zend” sugiere que la acción transcurre en la Persia antigua, origen de esa doctrina demiúrgica que tiene ecos de gnosticismo y de hermetismo.
Los gnósticos son mencionados una vez en el relato. El mago realiza varios intentos. Sueña un gran anfiteatro para escoger a los candidatos más calificados y falla. Opta por crear al “ser” desde cero y no queda satisfecho porque se parecía a un Adán “inhábil y rudo y elemental” como las figuras creadas por los demiurgos en las cosmogonías gnósticas -comenta el narrador. El mago intenta entonces resolver el problema invocando al dios Fuego quien le permite provocar el engaño de que todos crean que ese ´Adán elemental’ es humano. El final es aterrador por circular. El fuego prueba que el mago que creía soñar y crear a otro, era sueño y creación de un tercero ignorado, un creador desconocido, como el esquivo e inaccesible dios de los gnósticos.
“Las ruinas circulares” comparte con el poema de Sor Juana el núcleo narrativo de la creación de vida artificial fallida en el interior de un sueño, pero el fracaso de la práctica mágica tiene consecuencias diferentes.
La aventura intelectual de conocer ordenadamente supone, en el poema de Sor Juana, decepciones transitorias. En su viaje alcanza apenas a concebir un ‘informe embrión’: “…aun no sabía/ recobrarse… del espanto/ que portentoso había/ su discurso calmado,/ permitiéndole apenas / de un concepto confuso/ el informe embrión que, mal formado,/ inordinado caos retrataba/ de confusas especies que abrazaba…” [El Sueño, vv. 543-551] Ese fracaso puede entenderse como transitorio porque en el futuro utópico anticipado por el ciborg, la mujer -codificada como amazona, andrógina y guerrera- tendrá las mismas oportunidades que el hombre de estudiar, escribir, discutir.
En el cuento de Borges el fracaso al procrear tiene una consecuencia distópica. Con todo optimismo, en el futuro se perfeccionará la percepción de que la realidad es gnóstica y de que solo habitamos –como remarca con insistencia “Las ruinas circulares”- uno de los tantos niveles de artificialidad, lejos del eventual mundo real.
Régis Bonvicino en su noticia hace de ´Borges´ un producto de la ciencia ficción conspirativa asociada a los secretos masónicos. Según su fuente (apócrifa), esa creación artificial es comparable a la obra de Víctor Frankenstein. La conexión no puede ser más elocuente. El doctor Frankenstein es un fallido demiurgo formado en los secretos alquímico-herméticos y al igual que el mago de “Las ruinas circulares” -y que los conspiradores de la entelequia ‘Borges ficción’- se propone generar vida (el golem) sin la efectiva y concreta participación femenina. La autosuficiencia masculina produce un enigma, una ‘cosa’ que se convierte en destructiva o en mera ilusión.
La lección gnóstica acaso quede ahora más clara. La fuerza creadora en la tradición gnóstica es obra de una pareja andrógina. Según esa cosmogonía, la divinidad –el Intelecto- se desdobla en una entidad llamada Sophía (Sabiduría) de quien se desprenden las emanaciones que configuran este infinito mundo de astros.
Así, frente al pesimismo paranoico de un individuo que, entre planos de irrealidad, quiere procrear aislado, la esperanza de la gnóstica Sor Juana que conspiró soñando a un andrógino para que, en el laberinto barroco de un poema de ciencia ficción, luche por el acceso igualitario al conocimiento. Siglos después de haberlo colocado en órbita mental, ese ciborg parece estar acercándose a encontrar la salida.

Rio de Janeiro, junio de 2012
Arturo Segui, junio de 2018

Bibliografía

Bonvicino, Régis. “Borges, também ficção?” Sósia da Cópia [1983]. Primeiro tempo. São Paulo: Editora Perspectiva, 1995.
Borges, Jorge Luis. “Prólogo”. La muerte y su traje. Santiago Dabove. Buenos Aires, Editorial Alcándara, 1961.
Borges, Jorge Luis. “Prólogo”. El jardín de senderos que se bifurcan [1941]. Ficciones [1944]. Obras completas I. Buenos Aires: Emecé, 1993.
Borges, Jorge Luis. “Las ruinas circulares”. El jardín de senderos que se bifurcan [1941]. Ficciones [1944]. Obras completas I. Buenos Aires: Emecé, 1993.
Cano, Luis, Intermitente recurrencia. La ciencia ficción y el canon literario hispanoamericano. Buenos Aires, Corregidor, 2006.
De la Cruz, Sor Juana Inés. Primero sueño [El Sueño]. Obras completas I. Lírica personal. México, Fondo de Cultura Económica, 1995. [1685/1692] p. 411-439.

Ivan Illich. La Iglesia, el Anticristo y el engendro de Absurdistán

La parábola del buen samaritano que aparece en el Nuevo Testamento es bastante conocida. Un judío malherido está tirado en una zanja, al costado del camino. Un samaritano que pasaba por allí, y que podría haber obviado cualquier tipo de ayuda –como hoy podría suceder entre un judío y un palestino-, sin embargo lo asiste. Este ´escándalo´ ético propone la enseñanza de Cristo, según reflexiona Ivan Illich en sus charlas con David Cayley recogidas en Ríos al norte del futuro [2005]. Ayudar al otro sólo por ser un humano es un acto infinito de amor que va más allá de todas las reglas, normas, ideas preconcebidas. Aun cuando sea mi enemigo, tengo la absoluta libertad de considerarlo un prójimo. La apuesta de Illich es que a esa enseñanza, a ese desafío enorme de poder hacer el bien más allá de cualquier cosa, la Iglesia católica lo corrompe logrando todo lo contrario: engendrar el mal, ser el vientre del Anticristo que, desde la perspectiva del pensador austríaco, se materializa en la espectacular corrupción de las instituciones modernas. En las casi doscientas páginas de la traducción al castellano a cargo de Jean Robert del libro de conversaciones entre Illich y Cayley, la compleja cuestión de la Iglesia como vientre del mal aparece repetidas veces. A continuación una serie de fragmentos y de comentarios, para cerrar con la interpretación de Giorgio Agamben.

“[La autoridad de] la Iglesia… está basada en su afirmación de que habla en el nombre del Nuevo Testamento. Según mi mirada, la Iglesia pretendió salvaguardar la nueva traída por el Evangelio, institucionalizándola, y de esta forma se corrompió. Tal era la tesis que íbamos a explorar.” (Ríos al norte del futuro, p.66)

“La apertura de este nuevo horizonte –dice Illich en referencia al horizonte de acción del samaritano- viene acompañada por el peligro de la institucionalización. La tentación de administrar y eventualmente legislar este nuevo amor, creando una institución que lo garantice, lo asegure y lo proteja, criminalizando su opuesto. De manera que, junto con esta inédita posibilidad de darse a sí mismo libremente, aparece la capacidad de ejercer un poder igualmente inédito: el poder de aquellos que organizan el cristianismo y hacen uso de tal vocación… para reclamar una superioridad emanada de la institución social. Este poder lo reivindica, en primera instancia, la Iglesia, y después las variadas instituciones seculares copiadas del molde de ésta. Ahí donde busco las raíces de la modernidad, invariablemente me encuentro con la pretensión de la Iglesia de institucionalizar, legitimar y administrar la vocación cristiana.” (Ríos al norte del futuro, p. 5 y 6)

“Si examinas la forma en que la Iglesia creó su base económica en la antigüedad, te percatas de que al tomar a su cargo la creación de instituciones de beneficencia para el Estado, la Iglesia adquirió el derecho moral y legal de ser beneficiaria de fondos públicos, con financiamiento prácticamente ilimitado (y es que se trataba de una tarea prácticamente ilimitada).” (Ríos al norte del futuro, p. 14)

“Lo que pretendía señalarles [a los asistentes de un curso] era que la historia [del samaritano] sugiere que somos criaturas que hallamos nuestra perfección solo cuando establecemos una relación y que esta relación puede llegar a parecer arbitraria desde el punto de vista de todos los demás, porque la establezco como respuesta a un llamado y no a una categoría (en este caso, el llamado del judío apaleado en la zanja). La cuestión tiene dos implicaciones. La primera es que este ´deber´ no es, y no podría ser, reducido a una norma. Va dirigido a alguien, a una presencia inequívocamente corpórea, pero no por obediencia a una regla. Hoy, cuando se trata de cuestiones éticas o morales, se ha vuelto casi imposible pensar en términos de relaciones y no de reglas. La segunda implicación (y este es un punto que desarrollaré más adelante) es que, con la creación de este nuevo modo de existir, aparece también la posibilidad de su rompimiento. Esta negación, infidelidad, rechazo, frialdad, es lo que el Nuevo Testamento llama pecado, algo que solo puede ser reconocido a la luz de este nuevo y tenue brillo de mutualidad.” (Ríos al norte del futuro, p. 10)

“[El] perdón no era concebido como la cancelación de una deuda; se trataba de la expresión de amor y mutua tolerancia en que las comunidades cristianas eran llamadas a vivir. Esto es difícil de comprender hoy en día porque la sola idea del pecado tiene connotaciones amenazantes y obscuras para las mentes contemporáneas. La gente ahora tiende a interpretar el pecado a la luz de su ´criminalización´, por obra de la Iglesia, a partir de la Alta Edad Media… Precisamente esta criminalización generó la idea moderna de la conciencia como interiorización de reglas o normas morales. Propició la angustia y la sensación de aislamiento que sufre el individuo moderno, y desdibujó el hecho de que lo que el Nuevo Testamento llama pecado no es un error moral, sino un abandono, una falta. El pecado, como lo asume el Nuevo Testamento, es algo que se revela sólo a la luz de su posible perdón. De manera que creer en el pecado es celebrar como un don inconmensurable el hecho de que uno ha sido perdonado.” (Ríos al norte del futuro, p. 12)

“Una de las formas de entender la historia del cristianismo occidental es tomarlo a partir de esa progresiva pérdida de la comprensión de que la libertad, esa libertad por la que Cristo es nuestro modelo y nuestro testigo es absurda, disparatada. La Iglesia de occidente, en su vehemente esfuerzo de institucionalizar esta libertad, tendió a transformar la suprema insensatez, primero en un deber deseable, y más tarde en un deber legislado. Es insensato ser hospitalario a la manera del samaritano… Pero transformar esto en un deber para después crear categorías para su aplicación es estar en presencia de una forma brutal de seriedad. Más que ello, la perversión de la simple y extraordinaria insensatez que deviene vasta posibilidad a través del Evangelio representa un misterio de malevolencia, y es de este del que ahora quiero hablar.” (Ríos al norte del futuro, p. 17)

“Los profetas, en estricto sentido, dejaron de tener cabida en la vida de Jesús o en la de la primera Iglesia ¿Qué podían decirle a la Iglesia que no pudieran decir los maestros y predicadores mencionados en los primeros documentos cristianos? Yo pienso que tenían que anunciar un misterio, que era que el mal último, el que habría de llevar al mundo a su fin ya se había hecho presente. Este mal fue llamado el Anticristo y la Iglesia fue señalada como el nicho que le iba a dar cabida. La Iglesia quedaba preñada de un mal que no había podido hallar un nicho en el Antiguo Testamento. Pablo el Apóstol, en su Segunda Epístola a los Tesalonicenses llama a esta nueva realidad mysterium iniquitatis, el misterio del mal. Ahí advierte sobre algo increíblemente horrible que ha cobrado existencia y comenzado a crecer con la fundación de comunidades en el Mediterráneo oriental. Un algo cuya naturaleza y realidad no podrán ser comprendidas sino hasta un momento posterior (mismo en el que ubica al ´apocalipsis´): el fin del mundo y del tiempo. Este algo, Pablo insiste, es misterioso y forma parte de las cosas que sólo los cristianos iniciados pueden saber y conocer. Permanece velado para los extraños que no aceptan la divinidad de aquel aparente rebelde crucificado por Poncio Pilatos.” (Ríos al norte del futuro, p. 18)

“A lo largo de estos días en que hemos discutido mi hipótesis de que la modernidad puede estudiarse como una extensión de la historia de la Iglesia, he intentado mostrar que nuestro mundo actual puede llegar a ser cabalmente comprendido como una perversión del Nuevo Testamento. No creo, como algunos, que vivamos en un mundo post-cristiano. Eso sería un consuelo. Creo, aun cuando estoy dudando del término, que este es un mundo apocalíptico. Justo al principio de nuestras conversaciones hablamos del mysterium iniquitatis, la anidación de un mal impensable, inimaginable, antes inexistente, y su huevo en el interior de la comunidad cristiana. Entonces pronuncié la palabra Anticristo (tan parecido en muchas cosas al Cristo y su prédica de responsabilidad universal, percepción global, humildad y aceptación de la enseñanza, la guía institucional y contraria a la posibilidad de la búsqueda propia). El Anticristo, el mysterium iniquitatis, es el conglomerado de una serie de perversiones producidas por la institucionalización de las nuevas posibilidades abiertas por el Evangelio, al pretender asegurarlas, garantizar su sobrevivencia e independencia de la acción e influencia de individuos. Lo que argumento es que el mysterium iniquitatis había permanecido en incubación. Sé lo suficiente sobre la historia de la Iglesia como para afirmar que ahora está rompiendo el cascarón; sin embargo, me limitaré a decir que hoy está más presente que nunca antes. Por tanto, resulta erróneo adjudicarme la afirmación de que esta es una era post-cristiana. Pienso que esta es, paradójicamente, la época más sensiblemente cristiana. Significa que debe ser una muy próxima al fin del mundo. El antiguo profeta era llamado al desierto, extraordinaria vocación que viene desde Miqueas hasta Samuel. Para las dos primeras generaciones de la Iglesia cristiana… la profecía era parte necesaria del desarrollo de la liturgia común. Era imprescindible la palabra profética que hablara sobre lo que estaba por venir: no era la llegada del Mesías, sino la del Anticristo, el mysterium iniquitatis. Esta realidad fue olvidada, o relegada bajo el estatuto de las cosas de las que no conocemos lo suficiente como para hablar de ellas, y solo ocasionalmente, ha sido traída a la luz por sectarios a lo largo de dos mil años. No pretendo revivirla aquí. Yo llamaría a la que he intentado vivir una vocación de amigo más que una de profeta.” (Ríos al norte del futuro, p. 130)

“El mysterium iniquitatis es un misterio porque sólo puede asirse a través de la revelación de Dios en Cristo. Esto debe reconocerse. Pero también creo que el mal que entró al mundo al mismo tiempo que la Encarnación puede ser investigado históricamente y para esto ni fe ni creencia son requeridas, no más que una cierta capacidad de observación ¿Acaso nuestro mundo no se halla en un total desequilibrio comparado con cualquier época histórica previa? Mientras más me propongo examinar el presente como una entidad histórica, más se revela ante mis ojos confuso, increíble e incomprensible. Me obliga a aceptar una serie de axiomas para los que no hallo paralelo en sociedades pasadas y despliega un inquietante tipo de horror, de crueldad y de degradación para los que no encuentro precedente histórico.” (Ríos al norte del futuro, p. 19)

“…no estamos frente a un mal cualquiera, sino frente al hecho de que la corrupción de lo mejor ocurre cuando el Evangelio se institucionaliza y el amor se transforma en demanda de servicios. Las primeras generaciones de cristianos reconocieron que un tipo misterioso de (¿cómo llamarlo?) perversión, inhumanidad, negación, había cobrado posibilidad. Su idea del mysterium iniquitatis me ofrece la clave para entender el mal que enfrento ahora y no consigo nombrar cabalmente. Al menos yo, como hombre de fe, debo llamarlo una traición misteriosa, o la perversión de la inédita libertad traída por el Evangelio. Lo que estoy planteando aquí, en desorden, a tropezones y hablando libre e improvisadamente, es algo que he evitado decir por treinta años. Permíteme intentar decirlo ahora de una forma que otros puedan escuchar: en la medida que te permitas concebir este mal que tú ves como un mal de nuevo tipo, un mal de una especie misteriosa, mayor y más intensa es la tentación (…no puedo evitar decirlo, no iré más allá sin decirlo…) de maldecir la Encarnación de Dios.” (Ríos al norte del futuro, p. 20)

{Nota a pie de página 20: “Esta declaración es excepcionalmente vulnerable… y requiere de cierta clarificación. Dios, hasta donde podemos concebirlo, no es una esencia sujeta a la dimensión temporal. Por lo tanto, Dios contiene pre-conocimiento, y no ese averiguar de los experimentos a ciegas de los humanos. Para Illich, esto significa que la perversión, consecuencia de la Encarnación pertenece también a las intenciones de Dios. Illich alguna vez, durante una conversación, me señaló lo siguiente: ´El Absurdistán, es decir, el infierno en la Tierra en el que vivimos, es algo que Jesús debió pre-ver, y por tanto, debe haber estado ya contemplado en su intención de fundar la Iglesia´. Ese es el misterio. Un misterio no es un rompecabezas aún no resuelto. Es algo que nuestro pensamiento, por naturaleza es incapaz de penetrar. Illich habla de una ´tentación intensa de maldecir a la Encarnación de Dios´ no en el sentido de una amenazadora blasfemia, sino para enfatizar dramáticamente el carácter inédito, misterioso, devastador del mal que está tratando de describir.”

“Sé que corro el riesgo de ser confundido con un predicador fundamentalista al aplicar el monstruosamente eclesial término de anticristo a este nuevo mal. Hubiera preferido simplemente hablar de pecado, pero temí que usar tal palabra sólo elevaría la garantía de ser malinterpretado. Intentaré ahora enfrentar la tremenda dificultad que mucha gente tendrá para comprender lo que quiero decir. Lo difícil de la cuestión no radica en especulaciones arcanas acerca de a quién o a qué poder se refería Pablo en su Epístola a los Tesalonicenses, sino en comprender la aparentemente ordinaria idea de pecado. Creo que el pecado es algo que no existía como opción humana, es decir, como posibilidad individual, cotidiana, antes de que Cristo nos donara la libertad de vernos unos a otros como personas redimidas para ser como Él. Al abrir esta nueva posibilidad del amor, esta forma nueva de mirarnos unos a otros, esta insensatez radical, como la llamaba más arriba, se hace posible una nueva forma de traición. Tu dignidad depende ahora de mí, latente en potencia hasta que yo la transforme en acto por medio de nuestro encuentro. Esta negación de tu dignidad es el pecado. La idea de que al no responder a tu llamado cuando apelas a mi fidelidad ofendo personalmente a Dios es una clave fundamental para entender la esencia de ser cristiano. Y el misterio que contemplo aquí es una consecuencia de la perversión de la fe a través de la historia, una perversión que ha llegado a embrujarnos en el inicio del siglo XXI y tiene que ver con mi comprensión de la idea del pecado. ´Está bien´, dirás, ´¿entonces por qué no hablar de pecado y desechar esta idea fantasiosa, fundamentalista, eclesial, bíblica del anticristo?´ Quizá pueda, pero debo clarificar primero algunas de las dificultades asociadas al empleo contemporáneo del término ´pecado´. (Ríos al norte del futuro, p. 21)

“Solo si puedes entender el cultivo del temor es también posible comprender la evolución que ha sufrido el temor en las sociedades occidentales una vez que la Iglesia redefiniera el pecado como un asunto legal, más que como una ofensa personal, dejando al pecador a merced de la interiorización de una culpa de nuevo cuño.” (Ríos al norte del futuro, p. 60)

“…durante la generación posterior a Lutero, la Iglesia Católica se presentó a sí misma como una societas perfecta, como una Iglesia de base legal, cuyas normas obligaban la conciencia de sus miembros. Esta auto-definición era la expresión del pensamiento legal y filosófico de ese tiempo, que comenzaba a representarse al Estado en los mismos términos –como una sociedad perfecta–, cuyos ciudadanos interiorizan las leyes y la constitución del Estado y las tienen por demandas de la conciencia. En otras palabras, a través de la criminalización del pecado se sentaron las bases para una nueva forma de sentir la ciudadanía: como un mandato de mi propia conciencia. La Iglesia preparó el sustrato al abolir, o al menos adelgazar y hacer permeable la frontera entre lo verdadero y lo ordenado; y, con base en ello, el Estado pudo después reclamar una lealtad fundada en la conciencia. (Ríos al norte del futuro, p. 53)

“Una de las consecuencias es la aparición de un nuevo tipo de mal, al que yo llamo pecado. Difiere radicalmente de cualquier no-bien que pueda plantearse en términos seculares. Es también diferente a las viejas ideas de lo que es inarmónico, no-proporcional, inadecuado. Semejantes términos también son insuficientes para expresar el mal que es el pecado. Hoy vivo en un mundo en el que el mal ha sido remplazado por el desvalor, o el valor negativo. Enfrentamos algo para lo que en alemán, con la permisividad que ofrece para combinar términos, pude acuñar el nombre de desdiabolización (Entbösung). Cuando lancé esta palabra hace veinte años en Alemania hice reír a la gente. [Pero, bueno] no pueden existir edificios des-armónicos una vez que se ha perdido la idea del orden en la arquitectura…. De manera que, dentro de este período apocalíptico de dos mil años llegamos, primero, a la pérdida de lo que había sido el sentido del mal, para después arribar, en nuestros días, a lo que por falta de un mejor término llamaría concretudes desubicadas o quizás a la matematización o algoritmización… Durante mil quinientos años todo nuestro pensamiento social y político estuvo basado en la secularización de la figura del samaritano, es decir, en la tecnificación de la pregunta ´¿qué hacer cuando alguien en problemas de pronto me sorprende en mi camino hacia cualquier otra parte?´. [David Cayley]: Veamos si puedo parafrasear lo que acabas de decir: la pérdida del sentido tradicional del mal ocurre cuando se pierde el sentido de la proporción, y es algo que no se concibe sino hasta que Jesús expande el horizonte de lo posible con la respuesta dada a los fariseos. Lo que estás diciendo es que toda la era post-Belén es, por definición, apocalíptica. [Ivan Illich]: Sí, pero en el uso moderno esto alude a una especie de desastre. Para mí significa revelación, o desvelamiento. Estamos ahora intentando profundizar nuestra conversación de hace dos años sobre mi hipótesis de que la corrupción de lo mejor es lo peor. Parte de esta hipótesis es que la pretensión de la Iglesia de conferir poder material, visibilidad social y permanencia al ejercicio de la ortodoxia, de la fe correcta, y al ejercicio de la caridad cristiana no es algo no-cristiano. Como entiendo al Evangelio, y como lo entienden otros, el cuerpo místico de Dios (que es como la Iglesia se percibe a sí misma) es parte de la kenosis, de la humillación, de la condescendencia de Dios al hacerse hombre y fundar o generar este cuerpo místico, y que este sería, por tanto, algo ambiguo. Es decir: sería, por un lado, un surtidor constante de vida cristiana para individuos que, actuando juntos o separados, serían capaces de vivir la vida de la fe y la caridad y, por otro, una fuente de la perversión de esta vida mediante la institucionalización que transforma la caridad en algo mundano y confiere a la fe un carácter obligatorio. ¿Por qué digo esto? Porque creo que una forma de mirar con esperanza lo que ha ocurrido en el curso de mi vida es diciendo que la bondad y el poder de Dios brillan más gloriosamente que nunca frente al hecho de que puede tolerar… la mundanidad de su Iglesia, convertida en la semilla de la que germinaron las organizaciones de servicios modernas.  Voy a decirlo de una forma más fácil de comprender. Al menos yo no creo estar viviendo en un mundo post-cristiano. Vivo en un mundo apocalíptico. Vivo en el kairos en el que el cuerpo místico de Cristo, por su propia culpa, es constantemente crucificado, como lo fue su cuerpo físico que resucitó en la Pascua. Por ello, espero la resurrección de la Iglesia de la humillación que se provocó ella misma al engendrar y traer a la existencia la modernidad… Lo que ahora hemos de esperar no es la Resurrección de nuestro Señor, ni la Ascensión de María… Es la resurrección de la Iglesia…” (Ríos al norte del futuro, p. 138)

“Tiempo atrás viniste a decirme que querías hablar sobre la corruptio optimi quae est pessima (la corrupción de lo mejor, que es lo peor), ese aforismo latino al que aludo cuando digo que cada vez que busco la raíz de una certidumbre moderna encuentro que, en el curso de lo que llamamos segundo milenio, esta brota de la Iglesia como una excrecencia, y no para convertirse en una realidad post-cristiana, sino en una realidad cristiana pervertida. El término post-cristiano podría implicar una inocencia renovada en la que el mal despojado del sentido de pecado retorna a ser, simple y llanamente, mal. Según lo que juzgo, espero aceptar la realidad de las instituciones modernas no como mal sino como manifestación del pecado, es decir, como la pretensión de otorgar por medios humanos lo que sólo Dios a través del judío malherido podría otorgar: la invitación a vivir la caridad. (Ríos al norte del futuro, p. 138-139)

[David Cayley]: “¿Puedo concluir que, como lo entiendo, el misterio del mal (la Biblia de Jerusalén habla del misterio de la iniquidad) es precisamente la decadencia de la Iglesia, la creación de la religión cristiana? [Ivan Illich]: Sí, la verdad y la caridad, instrumentalizadas o mantenidas instrumentalmente… son máquinas para su instrumentalización y mantenimiento instrumental.” (Ríos al norte del futuro, p. 144)

“Las ideas democráticas occidentales no son sino la pretensión de institucionalizar un deber que, por su misma naturaleza es una vocación, un llamado personal, íntimo e individual. Esto ha de aceptarse con miras a entender que ese mal, demasiado grande como para que mi inteligencia y mi percepción lo abarquen entero, es en verdad la puerta de entrada a un abismo de pecado. La desdiabolización de la que hablamos ayer es una manera de asumir la imposibilidad de hacerle frente a ese abismo.” (Ríos al norte del futuro, p. 150)

“…fui acusado de haber [pisoteado imágenes sagradas] cuando me referí a un estudio de la Harvard Business School en el que se llegó a la conclusión de que, desde un punto de vista organizativo, la Iglesia Católica era un modelo de efectividad y eficiencia que valía la pena que las corporaciones emularan. Cité ese estudio en un artículo que titulé “The Vanishing Clergyman” en el que afirmé que la Iglesia Católica se había convertido en la más grande de las corporaciones internacionales.” (Ríos al norte del futuro, p. 156)

Dice Giorgio Agamben: “La especificad de la crítica [de Ivan Illich] consiste en la indagación de la modalidades a través de las cuales se ha cumplido el paso de lo extrahistórico a lo histórico y de lo teológico a lo profano: cómo, por ejemplo, las nociones de amor, libertad y contingencia, que el cristianismo había inventado, son transferidas a los servicios, al Estado y a la ciencia, produciendo exactamente lo contrario de lo que ellas eran en su origen; y cómo las concepciones de la Iglesia como societas perfecta se acabaron con la producción de la idea moderna del Estado como detentor del gobierno integral de la vida de los hombres en todos sus aspectos. Éste es el paradigma de la corruptio optimi quae est pessima, a través del cual Illich observa la historia de la Iglesia.

La expresión mysterium iniquitatis proviene de la segunda epístola de Pablo a los tesalonicenses. En esta epístola Pablo, hablando de la Parusía del Señor, describe el drama escatológico como un conflicto que ve por un lado al mesías, y por el otro a dos personajes que él llama «el hombre de la anomia», ho anthropos tes anomias (lit. «el hombre de la ausencia de ley»), y «aquel que retiene» (ho katechon): «Que nadie los engañe de ninguna manera. Antes debe venir la apostasía y revelarse el hombre de la anomia (ho anthropos tes anomias), el hijo de la destrucción, aquel que se contrapone y se eleva por encima de todo lo que porta el nombre de Dios o recibe un culto, hasta sentarse en el templo de Dios, mostrándose él mismo como Dios. ¿No recuerdan que cuando estaba todavía entre ustedes, les decía esto? Ahora saben lo que lo retiene actualmente de manera que no se revele más que en su tiempo. El misterio de la anomia (mysterion tes anomias, que la vulgata traduce como mysterium iniquitatis) está ya a la obra. Pero sólo hasta que aquel que retiene sea apartado de en medio, y es entonces cuando el impío (anomos, lit. «el sin ley») será revelado, y el señor Jesús lo hará desaparecer con el soplo de su boca» (2 Tes. 2, 2-11).

Mientras que el «hombre de la anomia» ha sido identificado por la tradición exegética con el Anticristo de la primera epístola de Juan (2, 18), para «aquel que retiene» ya a partir de Agustín -que habla de él en la Ciudad de Dios (XX, 19)- ha sido propuesta una doble interpretación. Según algunos (entre quienes se encuentra Jerónimo y, entre los modernos, Carl Schmitt, que ve en el katechon la única posibilidad de concebir la historia desde un punto de vista cristiano) la alusión es al Imperio Romano, que actúa como un poder que retiene la catástrofe del fin de los tiempos; según otros -entre quienes se encuentra un contemporáneo de Agustín, Ticonio- aquello que retrasa el drama escatológico es la naturaleza dividida de la Iglesia, que tiene un lado santo y luminoso y, a la vez, un lado oscuro y siniestro, en el cual crece y mora el Anticristo.

Es en esta tradición exegética donde se inscribe de algún modo también la lectura particular que Illich hace del mysterium iniquitatis. No se trata para él, según una interpretación que ha encontrado amplia difusión entre los filósofos y los teólogos contemporáneos, de un misterio metahistórico, de un hondo drama teológico que paraliza y vuelve enigmática toda acción y toda decisión, sino de un drama histórico, por lo tanto, como habíamos visto, de aquella corruptio optimi pessima que, a través de un proceso secular, ha llevado a la Iglesia a dar a luz, en su seno, su perversión anticrística en la modernidad. Y en este drama histórico, en el que el eschaton, el último día, coincide con el presente, con el «tiempo de ahora» paulino, y en el que la naturaleza dividida -a la vez crística y anticrística- del cuerpo no sólo de la Iglesia, sino de toda sociedad y de toda institución humana, alcanza al fin su apocalíptico desvelamiento, es de este drama histórico que Illich eligió sin reservas y sin ambigüedad formar parte.”

Sobre Hernaiz, Quereilhac y un primitivo amor por las polémicas académicas

{Publicado originalmente en Noches Críticas}

“Si la literatura no existiera esta sociedad no se molestaría en inventarla. Se inventarían las cátedras de literatura y las páginas de crítica de los periódicos y las editoriales y los cocktails literarios y las revistas de cultura y las becas de investigación pero no la práctica arcaica, precaria, antieconómica que sostiene la estructura.”

Ricardo Piglia, Prisión perpetua [1988]

El monumental Giordano Bruno y la tradición hermética [1964], de la profesora Frances A. Yates, contiene dos escenas que me impresionan. La primera sucede avanzado el siglo XV cuando le proponen a Marsilio Ficino traducir completo a Platón, y opta por la obra de Hermes Trimegisto a quien considera el padre de toda sabiduría. “Se trata de una extraordinaria situación”, dice Yates. La segunda –acaso menos conocida- es la polémica de Bruno con los ´pedantes doctores de Oxford´. Giordano viaja de Francia a Inglaterra repleto de cartas de recomendación nacidas de infinitas lamidas, como se estilaba en esos tiempos. Invitan al mago y juglar a hablar frente a profesores universitarios a quienes les convida una argamasa copernicana, el sol en el centro, mezclada con ideas astrológicas del hermético Ficino, hasta hartarlos y lograr que lo callen acusándolo de plagio y de herejías varias. “¡Qué maravillosa escena!”, festeja Yates. Bruno se queja de los gramáticos que ocupan cátedras escribiendo con corrección sin poder hilvanar ni un par de ideas.

Dos escenas sueltas, dos representaciones azarosas y un corolario previsible.

El tiempo es inclemente con los nombres que pretenden encarnar un epistemológico ´no-se-diga-más´.

La universidad está habitada, en su mayor parte, por parásitos.

Giordano acabó sus días, en el exacto mil seiscientos, ardiendo como una antorcha.

Institución, norma y castigo son una única cosa incluso –o sobre todo- si se discute el conocimiento que fermenta en algunos tugurios. Y decir conocimiento es decir mucho.

Desde hace un par de años uno de mis pasatiempos favoritos es compilar dislates dados a la imprenta por los actuales gramáticos pedantes. Tarea ingrata que azuza la brizna en el ajeno y niega la floresta en el propio -aunque es probable que el fruto de mi aburrimiento tenga algún asidero.

La cuestión –intuyo- son los demasiados privilegios otorgados por una institución que tal como funciona hoy, me refiero a las humanidades en particular, podría pasar a cuarteles de invierno sin que nada de la vida social se desbarajuste, excepto los cuadros depresivos de sus adictos adeptos y la extrema relativización del entramado endógeno de autopromoción que infecta este mundo con especialistas y doctores balbuceantes.

Ni las variaciones circenses de gran parte de los sesudos profesores ni la ficción de esas intervenciones de una u otra manera desmontada impiden a esa iglesia laica -la Universidad- hacer gala de un férreo y centenario blindaje ante el paraíso de los creyentes.

El siglo XXI y su fervor por las nuevas tecnologías lamentan el rol de la academia tradicional. Por ahora, la maquinación ´universidad libre y abierta´ permanece en los teclados de ciber-fanáticos que poco pueden hacer con sus trances mesiánicos y salvíficos.

En la vereda de enfrente, los anarcoprimitivistas vociferan sin ningún efecto que si algo hoy amenaza a los humanos, eso fue con certeza desarrollado -desde la revolución industrial para acá- en los antros universitarios, al servicio de la ley y del orden.

Esa huella primitiva, bordada sobre la neurosis que brota en las dendritas de todo candidato a disidente, es la que sigo –la monacal huella del Freedom Club.

Meses atrás me entretuve con el Seba Hernaiz y su premiado ensayo sobre Rodolfo Walsh cuya arquitectura es síntoma de la timba académica: manipular ´fuentes´ para decir lo que la ola del momento sugiere, dicta, impone. Veo en él a un escriba a sueldo.

Más acá en el tiempo, me aboqué a una lengüi-suelta reseña sobre un libro de Soledad Quereilhac que, según considero, no resiste el menor análisis: dice lo que se dice desde hace décadas. Entre los argumentos que dispongo, sin repetir los vomitados, asoman la tesis doctoral de 2009la tesis doctoral de 2009 de la investigadora española Lola López Martín, contemporánea y gemela de la de Soledad dedicada a la literatura fantástica y una reseña, financiada por la propia editorial que la cobijó, y que párrafo tras párrafo deja en claro que su autor ignora sin más de lo que habla.

¿A aquellos aprontes clonados destinan el dinero las instituciones estatales?

A la copia de lo que no existe, el antaño ninguneado Platón la llamó ´simulacro´.

¿Esa es la estrategia de la empresa editorial para darle lustre a su fallido producto?

En el largo camino desde el proyecto de investigación, pasando por la reescritura hasta llegar al formato libro, ¿ninguna voz se alzó diciendo ´no´?

La represalia por la ingenua osadía apareció días después de publicada mi reseña con ´tono irresponsable´, en términos del escéptico editor.

Un e-mail nocturno trajo la mala nueva cancelando una invitación a escribir gratis para una revista académica que, por supuesto, nadie lee.

La justificación de la censora de turno no fue la crítica al presunto academicismo de Soledad, sino mi mencionado ´mal tono´. Dos o tres puteadas bastaron. Todos sabemos que, como en los tiempos arcaicos, quien no lame, llora.

Les confieso mi intenso dolor, aunque nada como la felicidad que me da confirmar que en el universo de los parásitos la polémica está, desde y para siempre, erradicada.

Bruno creía en infinitos mundos y acaso por eso se dejó quemar manso y convencido de su misión profética. Si no era en éste, tal vez tuviera suerte en algún otro.

No puedo ni pretendo darme ese lujo.