Kaczynski, contra la militancia [dos]

{En el episodio anterior, reseñé la posición del matemático. La sociedad industrial es una forma de organización indeseable que conduce a los seres humanos a la depresión, al derrotismo, a la baja autoestima etc., al quitarles la autonomía para satisfacer las necesidades primarias y vitales, e impulsarlos a conformarse con el cumplimiento de finalidades sustitutorias, como por ejemplo, el activismo de izquierda o la militancia progresista, para nada una actividad connatural y en todo caso un nuevo entretenimiento ofrecido por el sistema, por lo tanto prolongación y continuidad, entre una extensa lista de actividades artificiales que incluye deportes, artes, hobbies, turismo, etc. ¿Cuál es el talón de aquiles de la militancia -se pregunta Kaczynski ,que vio de cerca los movimientos estudiantiles de los sesentas en EUA- que permite afirmarlo? La doble moral emanada de la corrección política: la gran mayoría no vive los valores que pregona. ¿Dónde se cocina ese estofado? En las Universidades, el corazón del sistema (nido de los ejecutores). A este brutal resumen, le añado Piglia, Viñas, Walsh.}

“El revolucionario es un hombre perdido. No tiene intereses personales, ni causas propias, ni sentimientos, ni hábitos, ni propiedades; no tiene ni siquiera un nombre. Todo en él está absorbido por un único y exclusivo interés, por un solo pensamiento, por una sola pasión: la revolución.” – Serguéi Necháiev, Catecismo del revolucionario.

Pieza de museo –“La sociedad industrial y su futuro”- o artefacto decorativo en la reserva natural hacia el interior del pensamiento domesticado que es -según Lévi-Strauss- el arte.

En la novela de Ricardo Piglia –El camino de Ida [2013]- Thomas Munk, sosías del monje Kaczynski, ronda la militancia izquierdista. En los sesenta, mientras trabaja en la Universidad de California [Berkeley], desde los márgenes se aproxima y observa los movimientos estudiantiles por la ´libertad de expresión´ (Free Speech), los reclamos a favor de los derechos de los negros (Black Panthers); descubre, también, la filosofía antitecnológica (y se anoticia de las actividades de los anarquistas en San Francisco). Su boscosa biblioteca –el retirado leía y escribía en castellano- incluía de Torcuato Di Tella (et alii), Argentina, sociedad de masas [1966]. Además, en la ficción pura y dura, Munk elige recibir en la cárcel, entre otros candidatos, al inefable Emilio Renzi para hablar con alguien de Buenos Aires; su primera pregunta hacia el visitante recae en la militancia vernácula (en concreto, “¿cierto que los revolucionarios argentinos llevaban una pastilla de cianuro?).[2]

El camino de Ida recorta la figura de un anarco-primitivista –(Theodore) Kaczynski / (Thomas) Munk- sobre el borroso y lejano fondo de un movimiento colectivista –el comunismo en su vertiente castrista-guevarista insuflado por el peronismo de la Resistencia que caracterizó a los grupos militantes argentinos de las décadas del sesenta y del setenta.[3]

Lobo solitario versus movimiento de masas -ambos con el galimatías del uso de la violencia y con el interrogante de evaluar la acción en términos de fracaso, de derrota, de batalla perdida. Kaczynski-Munk, encarcelado. Miles de militantes argentinos desaparecidos, asesinados, exiliados. En El camino de Ida, Piglia conduce a Munk a la silla eléctrica [02-08-2005]. En la realidad, Kaczynski continúa con vida. La resolución ficcional de Piglia parece un comentario a las tres muertes ocasionadas por las ´cartas-bomba´. En los recuerdos que le vuelven a Renzi de su periférica militancia, se sospecha una mirada sesgada sobre ese fallido episodio revolucionario que desemboca en el plan de exterminio perpetrado por la última dictadura militar.

Me excuso de reconstruir la posición de Piglia en su época de activismo. Me interesa, a modo de trueque, rescatar la de un compañero de militancia –escritor como él- en aquel caldo de cultivo de la lucha ideológico-político de izquierda.[4]

Rodolfo Walsh [1927-1977] podría representar, sin problemas, el ejemplo del ´militante izquierdista moderado´ contrapuesto, en la versión de Kaczynski, al ´izquierdista ávido de poder´ -y es, a su vez, ejemplo de la pertinencia de distinguir entre el izquierdismo moderno y la variante existente hasta mediados del XX. No es casual –por cierto- que Walsh haya comenzado a militar alrededor de 1940.

Es conocida –aunque no siempre resaltada- la discusión que, promediando la década del setenta, mantuvo Walsh con la cúpula de Montoneros. Al episodio lo pueden reconstruir de mil maneras (la Web aloja lo suficiente). Por mi parte me remito a Horacio González quien en 2004 y en Filosofía de la conspiración [p. 252] afirmaba: “[existe] un excepcional documento de Rodolfo Walsh en su postrera discusión con la organización Montoneros en el que desea mostrar ´una falta de historicidad´ en la orientación política de ese grupo, señalando justamente que no es así que han procedido quienes han sido protagonistas de eventos triunfantes en relación a la conquista del poder.”

González, en ese momento del libro, se refiere a Perón quien, según ese mismo sociólogo, entendió cómo llegar al poder al analizar las conspiraciones políticas que fracasaron a lo largo de la historia argentina. La mirada retrospectiva le posibilitó, o le habría posibilitado, delinear la estrategia para que triunfara la conspiración del G.O.U. en 1943. Tiempo después, Walsh sostenía lo imperioso de una perspectiva semejante.

Detrás de un recelo que se mantuvo hasta el final de su vida, estaba la admiración por la capacidad de construir poder. Walsh conocía al general desde una temprana militancia, junto con otros descendientes de irlandeses, en la Alianza Libertadora Nacionalista, milicia fundada en 1937 en la que confluyeron patrioteros y católicos, que adhirió al peronismo y cuyas filas muchos abandonaron, entre esos Walsh, al actuar Perón de forma distinta a la que había pregonado a poco menos de un año de ocupar el gobierno, elecciones mediante.[5]

La psicología izquierdista –en términos de Kaczynski- es algún tipo de FE contra la que es demasiado complejo ir. Está en él tan arraigada que, incluso, conmina al militante a aceptar acciones irracionales de sus jefes. El izquierdismo es una forma de religión, y para desplazarla en la lucha contra el sistema, se necesitaría instalar una nueva.

“Lo más cercano a una religión fuerte, extendida y dinámica que Occidente ha visto en tiempos recientes ha sido la casi religión del izquierdismo, pero hoy está fragmentado y no tiene finalidades claras y unificadas. Hay un vacío religioso en nuestra sociedad que puede llenarse con una religión enfocada en la naturaleza en oposición a la tecnología.” [#184] Kaczynski propone que la religión de la naturaleza sea experimentada por individuos –o por grupos- sin acciones redentoras originadas en el sentimiento de inferioridad que la ausencia de finalidades reales provoca. En ese derrotero, rescata (al menos una parte de) un izquierdismo pretérito: “La identificación con las víctimas que no son víctimas se puede ver en el izquierdismo del siglo XIX y en el cristianismo primitivo pero, hasta donde lo podemos explicar, los síntomas de baja autoestima, etc., no son tan evidentes en estos movimientos, y en ningún otro, como en el izquierdismo moderno.” [#232]

El cristianismo primitivo en su faz disidente -fuente del pensamiento hereje- es la inspiración ideológica primaria del anarquismo. En una de las versiones de ese posicionamiento político, existe un valor cáustico contra cualquier sistema basado en una ingeniería social aglutinante. Por su sesgo anti-institucional, por su negativa a disolver la libertad individual en un gran movimiento, por su defensa de la ligazón entre autoconocimiento y cuidado de la naturaleza, el cristianismo primitivo heterodoxo es un reservorio ante los totalitarismos sistémicos (v.g.: la Iglesia católica).

En su ensayo “Rodolfo Walsh, el ajedrez y la guerra”, David Viñas supone que “…con los rasgos artesanales de su producción, [Walsh] representa una suerte de cristianismo primitivo dentro del linaje periodístico.” (Literatura argentina y política. II-. De Lugones a Walsh, 2005, p. 250). En esta lectura, el devenir heterodoxo de Walsh –manifestado en su práctica periodística- corresponde a una deriva política desde el catolicismo y el nacionalismo (de derecha), profesados hasta fines de la década del cincuenta, hacia una izquierda revolucionaria crítica, autoconsciente, no totalitaria.[6]

Walsh, como otros, recibe el llamado político de la jungla, y se dirige al Tigre –donde vive por etapas. Recuerda el visitante Viñas (p. 251): “En los atardeceres en que Walsh arreglaba su bote, la figura de Quiroga se sobreimprimía a la de Lugones; y entre ambas se iba armando una tensión que a Walsh, divertido pero sombrío, le gustaba exasperar: defendía con argumentos enmarañados pero convincentes el distanciamiento de la ciudad practicado por ´el cuentista selvático´; lo justificaba por su ademán neobárbaro tan antivictoriano mientras aludía a su propia destreza con las armas y en la pesca del surubí. Su fervor, sin embargo, oscilaba entre el dorado y el pejerrey; y cuando se internaba en el escabeche, ya parecía lograr mi aprobación a sus autoabastecimientos y a su creciente adhesión a ´lo elemental´. Nunca llegó a aludir a Conrad ni a Gauguin.”

“[A]l evaluar las diversas prácticas de Walsh, [podría formularse] una suerte de ecuación: a mayor criticismo y heterodoxia, mayor riesgo de sanción. El típico estar fuera de lugar de los escritores heterodoxos…” (Viñas, p. 257).[7] Heterodoxia; crítica; sanción; fuera de lugar es también el retiro monástico: “Y… ese atardecer le tocó el turno al ascetismo, que Walsh defendió con un fervor jansenista a medida que se entusiasmaba con la palabra ´despojado´…” (Viñas, p. 253). Despojo, ascetismo, ´fuera de lugar´, criticismo, heterodoxia, sanción –una red de categorías que atrapa, en pálida utopía de palabras, a los distantes Theodore y Rodolfo. [8]

Walsh –cuenta el visitante- nunca nombró a Joseph Conrad.[9] Sin embargo, al nombrarlo en sus recuerdos repone algo de la silenciosa épica política, que flotaba entre los meandros, de salir y de perderse en ´el otro lado´. En El camino de Ida, abuso de la simetría, Piglia interpola un rabioso artefacto ficcional firmado por Conrad como paradigma del anarco-terrorista Munk.

El neobárbaro Walsh –acechado por una inclemente canonización- es un reaseguro frente a la desconfianza que el planteo anti-militancia de un Kaczynski estigmatizado puede generar y, de hecho, genera. Sin haber sostenido una crítica tan rabiosa como la del lobo solitario de Montana, el silencio al que lo conminó su muerte en manos de los militares, apagó con Walsh la veta autocrítica en los grupos de izquierda que estuvieron, al menos en teoría y en intención, próximos a tomar el poder.

Y, si las raíces ignoraron esos nutrientes, imaginen las petulantes flores que brotaron al calor del cambio de milenio cuando la perspectiva histórica comenzó a ser, entre los neo-activistas, poco menos que un recuerdo deslucido.

{Fin de la segunda parte}

[1] Ver

[2] A esta altura la novela es otro avatar en el mito Kaczynski. Me interesa su discusión, no sus rasgos reales. En estas tierras, un paradigma de las tergiversaciones es el escrito de Pablo Capanna “Unabomber, el aniquilador solitario” incluido en el volumen recopilatorio Conspiraciones. Guía de delirios posmodernos [2009]. La mirada de Capanna no es caprichosa: responde a una perspectiva conservadora. Ese texto difamatorio fue publicado originariamente en un periódico de tirada masiva.

[3] En aquel fondo espejado habría que incluir a Nina, académica retirada y exiliada ruso-soviética que se interesa por Renzi. Por otro lado, en La sociedad industrial y su futuro, Kaczynski se refiere por dos veces [#195; #217] a Fidel Castro y a Cuba, y en ambas de manera negativa. A modo de ejemplo, el significativo párrafo #195: “No hay garantía de que el sistema industrial pueda ser destruido al mismo tiempo en todo el mundo, y es posible que en el intento por derrocarlo, sea dominado por dictadores. Hay que correr ese peligro ya que la diferencia entre un sistema industrial ´democrático´ y uno controlado por dictadores es pequeña, comparada con la diferencia entre un sistema industrial y uno no industrial. (La estructura tecnológica y económica de una sociedad son bastante más importantes que su estructura política a la hora de determinar la manera en que vive el hombre medio; ver #95, #119). Puede discutirse que un sistema industrial controlado por dictadores sería preferible, porque normalmente se han demostrado ineficientes, por lo tanto es probable que colapse. Mirá Cuba.” El argumento de que los dictadores son preferibles conoció sus avatares en este mismo extremo país del Cono Sur.

[4] Supongo que Piglia disintió con la escalada hacia la lucha armada. Militante del PC, acaso prefería pensar la revolución como proceso al que se llega por la toma de conciencia de las masas (aunque no tengo plena seguridad, en este caso, de lo que afirmo). Sobre su relación con Rodolfo, ver el documental P4R+.Operación Walsh [1999] de Gustavo E. Gordillo [disponible YouTube].

[5] Sobre Walsh y la ALN pueden leer una biografía del escritor a cargo de Eduardo Jozami, La palabra y la acción [2006]; también de Rubén Furman, Puños y pistolas [2014], una historia de ese ´grupo de choque´; puede verse el programa, en cuatro capítulos, dirigido por Luciano Zito, Reconstrucción de un hombre [disponible en Youtube].

[6] Walsh, por supuesto, no está en El camino de Ida. Sin embargo, existe una sutil corriente subterránea que me gustaría señalar. Renzi, hacia el final de la novela, desanda el camino hacia la cárcel en la que está detenido Munk. Conoce a una joven estudiante de literatura comparada –Nancy Culler- que prepara una tesis acerca del ´terrorismo ecológico´ en la película de A. Hitchcock, Los pájaros. Nancy alardea: no escribirá sino que filmará su tesis, ´la primera disertación fílmica de la historia de los Estados Unidos´- titulada ´A vuelo de pájaro´. En su ensayo sobre Walsh, Viñas (2005, p. 254) apunta que en la forma de contar desde arriba de Walsh (una partida de ajedrez, por ejemplo) “…parecería que sobrevive una dimensión teológica.” Ese ademán de usar ´planos explicativos´ responde, según Viñas, a una constante en la forma de mirar en la literatura argentina, ´el vuelo de pájaro´.

[7] De esta manera, Walsh se incorpora a la lista de escritores argentinos heterodoxos –en un sentido diferente al que utiliza Viñas- en contacto con las herejías en un sentido amplio (ocultismo, esoterismo, cábala popular, hermetismo, gnosticismo, etc.). Esos autores, en un listado incompleto y restringido al siglo XX, son: Leopoldo Lugones, Horacio Quiroga, Roberto Alrt, Jorge L. Borges, Macedonio Fernández, Leopoldo Marechal, Ernesto Sabato, Julio Cortázar, Manuel Puig y, con sus peculiaridades, el mismo Ricardo Piglia. (En todos esos herejes, con mayor o menor incidencia, la matriz de la ciencia ficción.)

[8] Hay un tercero en esta serie. En el escrito “Fabián Polosecki, mística y anarquismo” [https://ymeescribesparanoica.wordpress.com/2014/11/15/fabian-polosecki-mistica-y-anarquismo/] expongo con más detalle un tema que mencioné al pasar en el cuerpo del texto: anarquismo y cristianismo primitivo. A su vez, es muy interesante considerar los hilos invisibles que reúnen a Polosecki con los dos nombrados. Hilos: la militancia, la religión, la decepción, la crítica a la organización social (y a la célula revolucionaria), el retiro al Tigre, Conrad, la paranoia, la inmolación, la ética anti-, etc. En lo que respecta al suicidio de Polo, como Ted descendiente de polacos, dos comentarios: a) en la versión de Piglia, que Munk le pregunte por el cianuro a Renzi sugiere una leve chispa de arrepentimiento por no haber previsto ese detalle; haber caído en manos de las fuerzas de seguridad de ninguna manera fue un buen final de secuencia; b) su alocado enfrentamiento aquel 25 de marzo de 1977 con los militares y a los tiros, tiene todas las trazas de un suicidio disimulado por parte de Walsh; como muchos otros convencidos, v.g., su hija Vicky, fue al muere; se sabe que Walsh rechazaba el uso de la pastilla de cianuro y prefería el culto al coraje llevando consigo un revólver.

[9] El paradigma del escritor-periodista salvaje para Walsh era Ambrose Bierce, aunque esa es otra historia.

¡A las trincheras! Escuelas públicas en guerra

“Sí, algo estudia uno para destruir esta sociedad.” / R. Arlt

Hacia fines del año 2014 la directora de un colegio estatal bonaerense del nivel medio me contó una historia que me gustaría retransmitirles como parte actual de guerra.

Promediaba noviembre y me reincorporaba, por esos días, a la función docente después de una obligada ´licencia sin goce de sueldo´. La obligatoriedad –que no era tal- había surgido de dos causas relacionadas y diversas. Desde hacía meses no cobraba mi salario (nada demasiado importante -alguien me diría- apenas el olvido de un burócrata de presionar ´enter´ y que no es más –entiendo- que la versión banalizada de un caótico e involuntario plan para disciplinar docentes pendientes de intrincados reclamos). Era –la segunda causa- aquella escuela el tipo de institución en el que los estudiantes viven en eterno estado de gracia haciendo y deshaciendo (casi) lo que se les viene en ganas entre la resignación y el sopor psicotrópico de los funcionarios al frente.[1]

La directora –seria, comprometida y con las manos atadas para (casi) cualquier cosa excepto para intentar un mínimo nivel de orden y coherencia, firmar planillas y, en el mundo exterior, detectar padres o tutores que se resistieran a entregar hijos al sistema- me invitó, cuando me reincorporaba, a su despacho. Una vez los saludos de rigor, me preguntó:

-¿Te acordás de NN?

NN, cómo no recordarlo, se presentó el primer día de clases chocho de la vida. En alguna intrépida acción se había fracturado el brazo derecho y por eso -me aclaraba junto a un vago gesto hacia el espacio circundante- el yeso le iba a impedir durante meses copiar, y si no le creía que fuera a preguntarle a la vieja rubia y pelotuda que estaba allá. NN tenía por ese entonces –y tal vez todavía tenga- 18 años; pelo castaño corto, a la moda; arito; ojos claros. Era –tal vez aún lo sea- jugador de fútbol. Y, se parecía bastante -inevitable decirlo-a los denominados ´líderes negativos´.

Días después –y mientras NN ofrecía en las horas de clases sus funciones gratuitas de stand up– oí al salir de la escuela el reclamo informal de una profesora. El grupo al que NN comandaba cumplía su último paso antes de migrar. Los estudiantes rondaban, casi en su totalidad, la mayoría de edad y, como no podría ser de otra forma, a estos jóvenes (ya adultos) no se les pasaba por alto la siguiente paradoja: aunque se los tratara de controlar, técnicamente podían entrar y salir de la escuela sin autorización de nadie, ni de docentes, ni de ente patriarcal alguno. El problema era, y es, que si un joven –aun cuando fuera autónomo por su edad- se escapaba de la escuela y en el recorrido a la casa le sucedía ´algo´, esa responsabilidad recaía en la institución, en los funcionarios, en el docente. En este tren de eventual peligrosidad, la profesora –subrayada cada tanto por el traqueteo de la ruta nacional pegadita al edifico- reclamaba. Si bien los ´adultos responsables´ intentábamos que ninguno se ausentara del aula (pocilga repleta de trastos que cumplía la función de tal), los estudiantes, en particular NN, en el habitual cambio de hora, ensayaban fugarse. La docente veía en eso un problema y de los grandes.

Unas semanas después de la incursión antropológica y chismosa –porque no estaba morfando y porque los embrollos judiciales me dan pereza de solo imaginármelos- licencié las horas de clases que NN, de infinita gracia, coordinaba sin reclamar un mango y con una destreza magistral que debería hacer las delicias de todos nuestros buenos pedagogos.

-Sí, claro que me acuerdo- respondí, aquel día en el que retornaba, ansioso por conocer más aventuras del héroe local.

-Hace unas semanitas –satisfizo mi curiosidad la directora- poco antes del mediodía, en el patio, en algún aula, en el pasillo y hasta donde le alcanzó el arsenal, NN roció a compañeros, docentes, porteras y a quien por ahí estuviera, con gas pimienta. Una calamidad. Vino la ambulancia. Hubo serios afectados que al día siguiente no pudieron ir a trabajar. Hubo gritos, corridas… y finalmente, y gracias-a-dios

Se pudo tapar. Sin escándalos. Bien o mal, a este altura no lo sé, el comité disciplinario de la escuela, contra la voluntad de la directora, decidió castigarlo y se le solicitó (se lo obligó) a que pidiera a cada uno de los alcanzados por el gas, sinceras disculpas prometiendo que nunca más…

-Pero…- intenté opinar.

-Ni lo sueñes, y lo sabés, ni pensar en sacarlo o en echarlo o en no sé qué…

-Pero, el gas pimienta, supongo que…

-Ni idea de cómo se le ocurrió ni de cómo llegó a pasar. Es NN medio conflictivo, lo conocés, pero con una ejemplar capacidad intelectual. Es más –recomenzó- el año pasado fue uno de nuestros representantes en la simulación parlamentaria de la ONU para jóvenes que se organizó en…

No la escuché más.

La simpática anécdota del gas pimienta me había recordado un chiste de pésimo gusto que usaba años atrás cuando calificaba a una escuela nocturna en la que trabajaba, ´Kosovo´. Siempre me pareció que la metáfora bélica –batalla, bombardeo, heridos, sobrevivientes, rehenes, ruinas, armamento, alarmas antiaéreas, hambre, destrucción, posguerra- era un modo de pensar la escuela media. No se trata de desprecio –con intermitencias, hace quince años que trabajo en ese espacio- sino de una manera de aprehender, por fuera de los discursos institucionales prefabricados, una realidad que limita, en gran parte, con la pesadilla. La metáfora de la guerra me permitía argumentar, además, que, como suele pasar en esos transes, los grupos que se enfrentan no son los que motivaron el cruento encuentro. Unos u otros recaen en la violencia y en la vida valor cero porque son las armas que finalmente priman en espacios digitados desde oscuros, aunque detectables, Ministerios. En fin, usaba esa imagen –ni siquiera demasiado original- como chiste interno, como mínima y estúpida catarsis… pero parece que lo de la guerra va en serio.

Quienes nos quejamos del actual estado de cosas en la escuela media para abrir la discusión en tanto trabajadores por fuera de intereses partidarios, facciosos, gremiales, esos quejosos, somos calificados de ´reaccionarios, conservadores, alienados´. Solo falta que nos llamen ladrones y que nos ofrezcan la cárcel. Existe en política una desconfianza absoluta frente a los –que con falta de otros vocablos llamaría- ´lobos solitarios´. Se inventa un grupo de referencia o se insiste en que aquí o allá, con esta o con aquella palabra, se le hace a uno u otro el juego. Ese es el caso, por ejemplo, de Gonzalo Santos cuyo libro, En las escuelas, reseñé en el texto inmediatamente anterior en este blog.[2]

No comparto –nadie lo hace con el otro en un ciento por ciento- con Santos todo lo que arguye en su breve libro (a la vez ficción, informe, memoria, queja, excursión, lamento) centrado en las escuelas sureñas del conurbano bonaerense. Sin embargo, creo, en su presentación a veces brutal capta algo difícil de comunicar a quien nunca estuvo allí. Más allá de las siempre mentadas buenas intenciones y voluntades, considerando la diversidad, reconociendo la existencia de instituciones coherentes, algo del tono de la desidia, del desorden, de la abulia, de la burla, de la sorna, de la opresión, del delirio, de la parodia, de la mugre, del abandono, de la algarabía, de la desconfianza, de la paranoia, del sinsentido, de la arbitrariedad sobrevuela esos reductos.

Si aceptamos esta escenificación y si polarizamos los roles, en esos espacios se libran batallas -docentes versus estudiantes- en una guerra de largo aliento. En esta lógica ficticia, el equipo directivo es un grupo de mercenarios (dicho con cariño) que a veces se inclina por unos, otras veces por otros y que siempre (¡siempre!) responden a una pieza clave en la jerarquía que provoca este belicismo sin linaje: los inspectores. Los inspectores –en mi vocabulario, ´las ratas´- son los encargados de obligar a los directivos a hacer esto y aquello; fiscalizan que se pongan en práctica las órdenes de los tecnócratas (corruptos e ineficaces) de los Ministerios y de dependencias aledañas. Los inspectores son (casi) inalcanzables e inhallables para los docentes, excepto que el profe se mande alguna que permita ponerle la soga al cuello. Las ´ratas´ nunca están presentes para defender los derechos de seres humanos que hasta hace poco fueron sus compañeros, porque el inspector es un ex profesor, con lo peor de lo peor de los conversos.

En este marco de cosas –recuerden: esto es una ficción-, vale preguntarse: ¿por qué en muchas, en demasiadas aulas, se libran esas batallas sordas entre evidentes últimos orejones del tarro para la consideración social reinante? Una probable respuesta inicial sería: se tomó una decisión política, a la que uno podría calificar, en el sentido positivo, de fabulosa, sin revisar nada, ni la estructura general, ni los objetivos, ni el plan pedagógico vigente, ni la formación del plantel docente, ni el presupuesto disponible, ni las condiciones edilicias. La decisión política de la inclusión –ningún chico fuera de las aulas– se tomó en el vacío. Misma estructura, mismos docentes, misma mirada filosófica de fondo sobre el asunto. Corolario: aquello que parecía fabuloso en un sentido positivo, debería ser considerado, también, en su sentido negativo. Mucha retórica. Más polvareda que indios.

En resumidas y bizarras cuentas, el debate oscila desde los docentes son unos vivos y no quieren laburar hasta los pibes son un desastre. Con incontables ribetes, es un debate abierto, mientras las escaramuzas continúan en alza, y ni siquiera estoy seguro de que a todo el mundo parezca realmente interesarle –ni siquiera a los que están ´en tema´.

Por ejemplo, en un ataque gratuito, desde algún claustro universitario quisieron disolverle la parada expositiva a Santos quien En las escuelas [2013] -según el reseñista Pablo Castro- cruza definitivamente la frontera para alinearse con la reacción privatista y construir a los jóvenes escolares bonaerenses como un ´otro´ peligroso. Castro, además, infiere que en el juego con la filosofía que realiza Santos construye una máscara de escepticismo para evitar declararse explícitamente de derechas. [3]

Hubo reacciones positivas sobre el libro que pueden encontrar en Internet, sin embargo, entre la opciones posibles el caso de la universidad es central porque debería ser el espacio núcleo para discutir ese texto de Santos –discutir y no condenar de antemano.

Castro, en su reseña, coquetea con el delirio. Utiliza para referirse al posicionamiento del escritor figuras como ´alinearse´ y ´cruzar la frontera´. Si bien ese uso está calcado sobre la poética de En las escuelas, Castro apela al paradigma bélico como parámetro de realidad. Coloca, en su reconstrucción del texto, en pie de igualdad al escritor-profesor y a los despreciables ´corderos pitagóricos´ (es decir, a los tecnócratas que hilvanan con sus guarismos el discutible ´Sistema educativo´) y afirma que ambos, esos ´corderos´ y Santos, niegan la escuela como trinchera de lucha popular.

Pues bien, supongamos que nunca hubiera pensado ´la guerra´ como metáfora de la realidad escolar y que, entonces, es la primera vez que me pongo a discurrir sobre el asunto, en consecuencia, Castro, me gustaría preguntarte: esa lucha –que no es idéntica, según entiendo, a la que me refería más arriba- ¿sucede desde cuándo?, ¿hasta cuándo?, ¿contra quién?, ¿para qué?, ¿por qué?, ¿cómo?; y, además, ¿se les avisó a los docentes que entraban a las escuelas a batallar?; ¿vos creés que todos tienen en claro qué trinchera les toca?; y en las universidades, ni hablar de en los profesorados, ¿se están dando mínimas impresiones sobre táctica militar pedagógica? ¿De qué lucha, en realidad, estás hablando Castro? ¿No será hora de matizar la mística bélica (porque una cosa es una imagen, otra una declaración) y reconocer que ya nadie sabe bien qué hacer con la educación pública tal como está? ¿Por qué los ´diversos sectores´ no se sacan la careta y levantan la banderita blanca? ¿Por qué no se reconoce la falta de rumbo? ¿No sería hora de poner a la educación como problema número uno realmente y ya? (Y no digo que para vos no lo sea).

Para que esas respuestas aparezcan es necesario aceptar que la educación secundaria –y esto puede extenderse a otros niveles- pasa por un estadio pésimo, al tiempo que están todas las condiciones dadas –dinero y recursos humanos- para que no sea así.

Por otro lado –retomo-, ¿Santos alineado a la reacción privatista? ¿En serio? ¿Acaso no existen leyes nacionales que permitieron germinar esos híbridos intragables que son las escuelas de gestión privada hacia donde se desvía, en un sentido literal, un enorme flujo de dinero surgido de las arcas del Estado? ¿Acaso esas leyes –hablo en general, pero estoy pensando en la Ley Federal de Educación sancionada en los noventa- no fueron sustentadas por ideólogos tecnócratas que trabajaban, y que trabajan, en universidades y en cátedras bastante cercanas a la que hoy es tu plataforma de publicación? Santos tendrá su cuota de responsabilidad, como la debo tener yo, y otros tantos reaccionarios que piensan: ´ok, hay una guerra, pero suena a mucho bardo, así que habrá que ver si hay que aceptarla como dada´. Debemos, entonces, los nombrados ser responsables por nuestra deficiente praxis, pero hay gente que puso el gancho. Y esas responsabilidades no son de igual calibre.

Dicho esto, reconozco, Castro, el interés y movilización de docentes y de estudiantes bonaerenses hoy en la lucha (incierta todavía) por la mejora de la educación. Y, aunque te cueste entenderlo, con su librito, Santos también forma parte de esa lucha, de esa desazón, de ese displacer, de esa tensión que toda ´guerra´ implica (sobre todo cuando parece estar estancada). Es la voz de un docente y desde adentro. Por eso tu lectura de En las escuelas me parece arbitraria cuando le hacés decir a la historia que el narrador-autor ve en los alumnos lo mismo que el siglo XIX veía en los bárbaros ranqueles. Creo que, más allá de cierta inevitable tendencia al estereotipo en un tema con tal nivel de sensibilidad, lo que se describe En las escuelas es bastante parecido a lo que sucede en una dimensión de ´la realidad escolar´. Negarle la voz a Santos, volverlo un mamotreto conservador, supone desconsiderar la voz de un trabajador.

Así, creo, deberíamos dejar de lanzar, por un momento, consignas bélicas solo por el placer de sentir que algo pasa, cuando en la mayoría de los casos las escuelas se derrumban y los docentes trabajamos en esas ruinas. Si dar clases es poner el pecho, por ahora, solo está peleando la infantería, los de a pie. Como verás, hablar en términos de guerra –de las trincheras- es entrar en un mundo complicado, por lo menos.

Propongo ponerse a pensar. Los diagnósticos están, las teorías están, los profesionales están, los tecnócratas (mal que me pese) están, los voluntariosos están.[4] Falta la decisión política de encarar un sistema anquilosado y para eso deberíamos luchar. Sucede que acerca de educación, todos hablamos y nadie se siente responsable por el desastre. En ese sentido, según un viejo pensador, la educación es como un crimen perfecto ya que hay un muerto pero no hay asesino: “…la sociedad a través de una educación autoritaria continúa domesticando a su generación venidera. Yo digo que la educación es un crimen perfecto porque nadie lo reconoce como tal. Es el socio de lo que Eisenhower llamaba el ´complejo militar-industrial´. No podría sostenerse el ´complejo militar-industrial´ si no se educa a las personas para funcionar sin chistar dentro de este sistema donde la cuestión no es el crecimiento personal sino servir a la producción o a los que manejan la producción. Es una educación para ser carne de cañón o carne de tanque…”.[5]

Eso es -sin golpes bajos, ni hipocresía, al menos hasta donde puedo entender mi propia subjetividad- lo que NN con su foquismo áulico, y con su gas pimienta, me confirmó. Tal como están las cosas, y en esta batalla desigual, muchos estudiantes salen de las aulas listos para ser engullidos (en muchos casos rumiados) por un sistema socio-económico atroz y desigual. Si es por buscarle poderes ocultos a las posiciones individuales -por ejemplo, Santos es de derechas y no osa decirlo– ojo con las trincheras que se arman, contra enemigos invisibles o mal dimensionados, que tal vez luego no se puedan desarmar.

La educación es un problema, al menos, occidental. Es una problemática en el contexto del capitalismo sea el adjetivo que este lleve. En Argentina, a ese problema, se le suma la cuestión ideológico-política. Si la ´realidad escolar´ es (o ha sido) naturalizada –las cosas son tal como están, y en ese contexto hay que luchar– esto supone una naturalización de la desigualdad. Y no es justo. Pregunto: ¿por qué no reducimos el presupuesto universitario al 25 % y convertimos a las academias –que bastante han perdido el sentido- en trincheras de lucha? ¿Por qué no se inyecta el dinero que el Estado invierte en becarios abúlicos de humanidades, en la escuela media? ¿Estamos tan interesados, como decimos, en la educación en su conjunto? Sé que no solo es cuestión de dinero, pero ¿no resulta un poco aberrante que los colegios secundarios nacionales, dependientes de las universidades, reciban millones de pesos en inversión mientras que los provinciales apenas si pueden sostenerse en pie? Me importan un bledo las jurisdicciones. La injusticia las excede. Y me pregunto, ¿esas decisiones surgen de los enemigos o surgen de qué bando en esta guerra?

Quiero decirlo francamente y en concreto: no entiendo cuál es la guerra que estamos llevando adelante. Perdón, pero no la veo en tanto no sé quién es exactamente el enemigo. No es el momento de reabrir temas aquí, y sin embargo, me dejan muchas dudas las ´luchas´ que impulsan algunos gremios docentes. Al contrario, me genera cierta ilusión (aunque se dé en contadas escuelas) que los estudiantes se organicen en centros. Si existe esa lucha, es una lucha dispersa, y cruzar acusaciones contra los que también quieren meter la voz en la cuestión no parece tan inteligente, porque de esa manera se difuminan las fuerzas contra… Y me surge de nuevo, ¿contra quién luchamos? (si lo conocemos, exijámosle que deje de interferir en la educación pública) ¿Qué tipo de guerra es? ¿Hay buenos y malos? ¿Hay cínicos y malos? ¿O hay solo cínicos que, a favor o en contra, ya acarician ya le pegan al fantasmático ´pueblo´ para poder acumular con la otra mano?

Tengo oído decir que a esta versión del problema la denominan ingenua. Las muchas preguntas que matizan el texto también lo son. Parece bastante fácil, en consecuencia, copar la parada con respuestas inteligentes y maduras que desasnen mi cortedad en materia de políticas educativas.

Por lo demás, me despido de ustedes hasta el próximo parte de guerra.

Tandil 16 al 20 de marzo de 2015

[1] En un tema de tanta complejidad como el educativo, parece necesario ofrecer un mínimo de información sobre quien opina.

[2]El fin de la educación”.

[3] Ver reseña.

[4] La diferencia entre el profesional y el tecnócrata –los términos para describirlos podrían ser otros, lo importante es la distinción- radica en la posición ética adoptada frente a la acción. En una versión ideal del asunto, el profesional pone reparos si entiende que con su accionar lesiona a otros o va contra sus convicciones. El tecnócrata –parásito por medio del cual los regímenes democráticos y dictatoriales se intercomunican- se regodea en su latiguillo: no me preocupo por si está bien o mal, es justo o injusto lo que hago; tan solo actúo. El inspector escolar, por ejemplo, es un exponente del tecnócrata.

[5] Claudio Naranjo, Conocimiento transformador [conferencia], Buenos Aires, 24-04-2013.

Las doscientas ochenta y nueve fojas que pulverizaron la ficción paranoica [De los apuntes del Espectro en Tlön]

Epígrafe #1 [Infierno]
“Para el bienaventurado, el orbe diabólico es una región de pantanos, de cuevas, de chozas incendiadas, de ruinas, de lupanares y de tabernas. Los réprobos no tienen cara… pero se creen hermosos. El ejercicio del poder y el odio recíproco son su felicidad. Viven entregados a la política, en el sentido más sudamericano de la palabra; es decir, viven para conspirar, mentir e imponerse.” – J. L. Borges. “Prólogo”. Emanuel Swedenborg: Mystical Works [1965]

Epígrafe #2 [Intricada trama; entramado ficcional; Kafka]
“…para arrojar luz respecto de los hechos sobre los que versa la denuncia formulada el 14 de enero del año en curso por quien en vida fuera…”(f. 2); “…pues en un escrito de 289 páginas formuló el relato de una compleja red de sucesos –algunos reales, muchos otros conjeturales o hipotéticos, y otros claramente irreales…-, a la vez que desarrolló una intrincada trama de interpretaciones subjetivas acerca del alcance de aquéllos.”(f. 5) “Y a partir de allí construye un entramado ficcional, que reposa en una premisa inicial…”(f. 51) “Se trata de una mera conjetura, construida sobre un argumento… jurídicamente pueril.”(f. 55) “Salvo que la denuncia partiera de la idea de que en nuestro derecho podría haber tenido lugar un trámite inquisitivo inspirado en ´El Proceso´ de Kafka…”(f. 56). – Dra. Angelina M. E. Abbona y otros. Presentación Procuración del Tesoro de la Nación ante Juzgado del Dr. Rafecas. 13/02/2015. [www.ptn.gov.ar ]

Apunte #1 [Ficción paranoica]
El jueves 10 de octubre de 1991, el suplemento “Cultura y Nación” del diario Clarín anuncia un ´texto exclusivo´. Ocupa dos tercios de la tapa el dibujo de un rostro anónimo y terrible –calvo, ángulos duros, nariz chata y quebrada, boca y dientes caóticos, ojos de pura pupila que incomodan al observador tanto o más que el revólver de pequeño calibre que engalana su mano (y con el gatillo pulsado). La imagen se repite por dos veces en mosaicos diminutos, uno de ellos invertido. La inversión reaparece en una letra ´R´, parte del título que enrostra: “La ficción paranoica”. Este ´texto exclusivo´ fue cedido al suplemento por el autor, contra su hábito o manía de reescribir de forma incesante. El autor -de allí el texto- dicta por esa época un curso en el Departamento de Letras de la Universidad de Buenos Aires. Es, a la vez, escritor y crítico literario, y es un agitador al que no le gustan las aguas quietas. Con sus bajadas, copetes, etcétera, la edición orienta la lectura hacia el ámbito literario –Ricardo Piglia reflexiona sobre los géneros y esboza una nueva categoría narrativa. El origen de esta nueva categoría -la ficción paranoica- se retrotrae, en la versión de Piglia, al surgimiento del género policial, mediados del siglo XIX, en manos de Poe y a través de su ´genial invento´: el detective –figura formal y social- que enfrenta el problema de la ley, o de la verdad, desde una posición marginal, no institucional. El detective, corazón del género, pone en evidencia que la institución a la que el Estado le delegó la problemática de la verdad (o de la ley) -la policía (y agregaría, la justicia)-, no sirve. “El detective es una figura… que está en tensión con el mundo del Estado, con lo que –con una ironía seguramente involuntaria- se llama la inteligencia del Estado. Frente a los servicios de inteligencia del Estado y a la inteligencia del Estado como tal aparece [la] inteligencia privada [del detective]…”. El género policial extrema una condición de toda narración: saber qué sucedió realmente. Es una condición dramática porque hay una pregunta –qué sucedió– y, además, hay un muerto. Desde su origen, el policial se entrevera con las condiciones sociales: sociedad de masas, multitud, anonimato, amenaza, el ´otro´. El gran tema del género es quién se encarga de la seguridad privada -tópico discutido en la Argentina a rabiar, reflexiona Piglia, por sus conexiones con el autoritarismo. Con el transcurso del tiempo, por su inevitable combinación con otros géneros populares (fantástico, ciencia ficción) y en tensión con el entramado social, el policial se transforma y alcanza un nuevo estadio. Agita: ´Los contenidos sociales del género pasan por la constitución de una subjetividad amenazada. El policial es un género capitalista en el sentido literal. Nace con el capitalismo, tiene al dinero como una de sus máquinas centrales, es un tipo de literatura mercancía, trabaja con fórmulas, repeticiones, estereotipos. Estos elementos sociales y formales presentes en el género se exasperan hoy y dan lugar a esto que he llamado la ficción paranoica.´ Las ideas de amenaza y de la vida puesta en peligro se han visto exacerbadas en el imaginario contemporáneo y la literatura paranoica se encarga de ellas. Una conciencia paranoica narra mediante dos instancias: la primera, la idea de amenaza, el enemigo, los enemigos, el que persigue, los que persiguen, el complot, la conspiración; la segunda, el delirio interpretativo que quiere anular el azar -un mensaje cifrado me está dirigido y todo obedece a una causa oculta. Por eso –y retornando al género madre- el policial se entrelaza con el psicoanálisis que no se sabe si es un saber sobre el delirio o un delirio sobre el saber. “Esto no es un chiste porque… se aprende del delirio. Hay una verdad. El delirio interpretativo es también un punto de relación con la verdad.”

{Paranoia y condición dramática: saber qué sucedió y saber por qué hay un muerto; amenaza, intriga, investigador e inteligencia estatal; delirar e inventar el porqué; y las palabras desde el más allá con las que nos habla el muerto: plan delictivo y urdido y sofisticado; confabulación orquestada y accionar criminal; impunidad y justicia; atentado, encubrimiento, maniobra; falsa teoría alternativa; nuevas hipótesis y pruebas nuevas y otros enemigos; manipulación y rosario de mentiras.}

Apunte #2 [Teoría del complot]
El 15 de julio de 2001, Piglia ofrece una conferencia complementaria, por su temática y por su carácter oral, de la clase antes reseñada. El texto se conoce bajo el título “Teoría del complot”. El complot –comienza- supone una conjura y es ilegal porque es secreto; su amenaza radica no en sus métodos sino en el carácter clandestino de su organización. “A menudo, el relato mismo de un complot forma parte del complot y tenemos así una relación concreta entre narración y amenaza. Podemos ver el complot como una ficción potencial, una intriga que se trama y circula y cuya realidad está siempre en duda.” El (actual) exceso de información produce un efecto paradójico: lo que no se sabe puede ser la clave. La búsqueda de la clave oculta que descifre la realidad conduce a la paranoia y ésta, más allá del caso clínico, es “…una salida a la crisis de sentido. Con frecuencia, para entender la lógica destructiva de lo social, el sujeto privado debe inferir la existencia de un complot.” El complot es una forma de ficción; está en la relación entre información y experiencia; está en la idea de revolución (en Marx, según Gramsci; en el partido leninista; en Guevara); y está en –o al menos permite pensar- la política del Estado. En este punto de la exposición, Piglia retorna a aquella ironía seguramente involuntaria mencionada en 1991. Merece la cita su extensión: “…hay una política clandestina ligada a lo que llamamos la inteligencia del Estado, los servicios secretos, las formas de control y de captura, cuyo objetivo central es registrar los movimientos de la población y disimular y supervisar el efecto destructivo de los grandes desplazamientos económicos y los flujos de dinero. A su vez, el Estado anuncia desde su origen el fantasma de un enemigo poderoso e invisible. Siempre hay un complot y el complot es la amenaza frente a la cual se legitima el uso indiscriminado del poder. Estado y complot vienen juntos. Los mecanismos del poder y del contrapoder se anudan. El complot sería entonces un punto de articulación entre prácticas de construcción de realidades alternativas y una manera de descifrar cierto funcionamiento de la política.” En continuidad, Piglia revisa una tradición literaria vernácula que trabaja la política como conspiración, como gran máquina paranoica. En ese camino, menciona a Leopoldo Marechal, a Macedonio Fernández y se detiene en dos pesos pesados. El primero: “Arlt siempre está escribiendo la historia del presente porque capta la noción del complot como un nudo de la política argentina… Arlt [en Los siete locos] capta la existencia del complot como lógica del funcionamiento de lo social más que de la sociedad…: la noción del complot está trabajada como núcleo de construcción de la complejidad de la política y… como el modo que tiene el sujeto aislado de pensar lo político.” (Había dicho en un texto de 1992, “Roberto Arlt. La ficción del dinero”, en La Argentina en pedazos: “Arlt supo captar el centro paranoico de esta sociedad. Sus novelas manejan lo social como conspiración, como guerra; el poder como una máquina perversa y ficcional. Arlt narró las intrigas que sostienen las redes de dominación en la Argentina moderna.”) Y el segundo peso pesado, con un conspirador invitado de lujo y nuevamente por medio de cita extensísima: “Borges también trabajó el complot como un elemento básico en la constitución de la ficción. ´Tlön, Uqbar, Orbis Tertius´ [cuenta] una conspiración que acaba por sustituir a la realidad misma. Un texto como este… permite percibir la presencia de la ficción en lo real, la ficción en la política, la manipulación de las creencias, las historias que se vuelven reales. Lo mismo puede decirse de ´Tema del traidor y del héroe´… Y hay… un texto extraordinario… el más político de Borges, ´La lotería en Babilonia´, donde [el Estado organiza] una vasta maquinación para determinar la experiencia de vida de los sujetos a través de sorteos periódicos… [El] punto de partida que encuentra Borges para escribir aquel relato sobre conspiración y políticas del Estado está en un fragmento del libro V de La República de Platón… La República… es un texto fundador de lo que entendemos como la construcción de la realidad desde el Estado. En el libro V… se reflexiona sobre el tipo de relaciones sentimentales que se darían en una sociedad perfecta… Es una concepción conspirativa total: el complot es el mundo social mismo. A través de [ingeniosos] sorteos se va a decidir cómo se establecen las relaciones sexuales entre los sujetos… Y lo extraordinario es que Platón señala que el Estado va a hacer trampa.” Y agrego un fragmento del ensayo “El último cuento de Borges” [en Formas breves, 2000]: “Los grandes relatos de Borges giran sobre la incertidumbre del recuerdo personal… y la experiencia artificial. La clave de este universo paranoico [es] la manipulación de la memoria y de la identidad. Tenemos la sensación de habernos extraviado en una red que remite a un centro cuya sola arquitectura es malvada. En ese punto se define la política en la ficción de Borges. Basta leer ´La lotería en Babilonia ´…”//////

{Estado y complot; ficción en la política; maquinación; exceso de información; clave oculta; construcción de la realidad desde el Estado, pero siempre siempre desde el hiperespacio; y hay un muerto en un baño con un tiro en la sien que parece de Tlön, como esos conitos de metal, y como la miríadas de relatos en un mundo tan creíble como una canción; y el muerto cantó: rosario de mentiras, manipulación, falsa premisa; pactos secretos al público escrutinio; intermediarios clandestinos, infiltrados, estaciones de inteligencia; descrédito y campaña mediática; nuevo engaño argumentativo, puesta en escena, realidad procesal tergiversada, maquillaje, estrategia para impedir que surja a la luz su oculta finalidad criminal.}

Apunte #3 [Insano hiperespacio]
La conspiración y la paranoia (cara y cruz de la relación ´sociedad e individuo´) habitan este mundo desde tiempos tan remotos como la política que en ellos germina -aunque, como veremos, el ´entre milenios´ las estalló. Además de los textos de Piglia, el interesado puede recorrer el volumen del actual director de la Biblioteca Nacional, Horacio González, Filosofía de la conspiración: marxistas, peronistas, carbonarios [2004]. “Leemos y escuchamos a diario la palabra conspiración… En la senda de los más porfiados vocablos de nuestras conversaciones, se hace presente sirviendo la causa de dos amos: el Estado y la Intimidad. En el primer caso, quiere definir lo que amenaza; en el segundo, lo que armoniza.” Palabra más, palabra menos inicia González su libro y continúa. En 2009 Pablo Besarón publica La conspiración. Ensayos sobre el complot en la literatura argentina y retrotrae su red hasta inicios del siglo XIX con el ´Plan de Operaciones´ [1810] del asesinado en alta mar, Mariano Moreno, “…pasando por el Facundo de Sarmiento, la Amalia de Mármol y… ´El matadero´ de Esteban Echeverría.” Piglia, en “La ficción paranoica”, indica la contemporaneidad del libro de Sarmiento con el surgimiento del policial y lee el Facundo como uno de los textos fundadores de la investigación asociada a develar el enigma de un ´monstruo´, figura que encarna al ´otro´ en la sociedad moderna, punto de partida de la paranoia. En tanto categoría, ´paranoia´ se codifica décadas más tarde, entre fines del siglo XIX y comienzos del XX, con el desarrollo de la teoría psicoanalítica. Da el puntapié “Observaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia (´dementia paranoides´) autobiográficamente descrito (Caso ´Schreber´)” [1910-1911], texto en el que Sigmund Freud, a través de un ejercicio de crítica analiza las Memorias del juez alemán Daniel Schreber (quien narra sus íntimas relaciones con la divinidad). En 1932, Jacques Lacan presenta su tesis doctoral: De la psicosis paranoica en sus relaciones con la personalidad. Años después, esa tesis es la base del surrealista método crítico-paranoico de Salvador Dalí. Pasan las décadas y en los sesenta, en el contexto de las revueltas político-culturales de entonces, la paranoia (y la esquizofrenia) aparecen como categorías para pensar los nuevos sujetos que rechazan los parámetros del mundo occidental, que se inclinan por la mística oriental o africana o amerindia, que proponen nuevas identidades sexuales y que atraviesan esas experiencias deambulando por los revolucionados pasadizos mundanales munidos de sustancias ya naturales, ya sintéticas. A partir de allí se consolida la codificación de este mundo esquizofrénico y paranoico en base a tres instancias interconectadas: el ya mencionado uso de drogas que permite fragmentar la psiquis del individuo; la exacerbación del capitalismo basado en el mercado de consumo; el desarrollo sostenido de la cibercultura y de sus tecnologías asociadas. Uno de los íconos culturales de esa transformación es el escritor de ciencia ficción norteamericano Philip Dick –una especie de doble literario de Borges y, a la vez, como lo repite Piglia, un continuador involuntario de la literatura conspirativa, paranoica y política de Arlt. Dick muere en 1982. En 1984 la revista Science-Fiction Studies publica de Carl Freedman el artículo “Hacia una teoría de la paranoia: la ciencia ficción de Philip Dick” [“Towards a Theory of Paranoia: The Science Fiction of Philip K. Dick”]. Freedman advierte en la literatura de Dick una herramienta fundamental para revisar la configuración del capitalismo tardío (o post-industrial, el surgido de la segunda posguerra) atravesado por las ideas de paranoia y de conspiración. El artículo tiene tres momentos centrales: a) una reseña del análisis de Karl Marx del ´fetichismo de la mercancía´: en el mundo capitalista, como si fuera en una novela de Dick, el producto del trabajo –objetos, máquinas, gadgets, lo producido y lo consumido- adquiere vida propia y se vuelve contra el individuo; b) una crítica a la reducción freudiana de la paranoia como enfermedad: la teoría psicoanalítica pone en juego un ´ego burgués´ y esconde el carácter esquizofrénico del sujeto en el capitalismo; c) una reconsideración de la revisión lacaniana de ese sujeto ahistórico y culturalmente construido por Freud: para Lacan la paranoia es el paradigma del desarrollo psíquico, establece un tipo de interpretación racional mediante un sistema cuyo centro es el Yo del sujeto, es decir, la paranoia es una forma de adquisición de conocimiento. En su clase de 1991 –recuerdo- Piglia remarca que la paranoia y el delirio son formas de acceder al conocimiento e indica, al pasar, que paranoia y mundo capitalista van de la mano (y en “Teoría del complot” dirá que contra el mundo capitalista solo podrá irse con un complot contra el complot y por medio de una contra-sociedad de puro goce.). En 1992, el teórico marxista Fredric Jameson en “La totalidad como conspiración” [La estética geopolítica] afirma que el sistema mundial -capitalismo tardío, período postmoderno- es imposible de representar excepto a través de un mapa cognitivo otorgado por el cine de conspiración (por caso, el film de ciencia ficción, Videodrome [David Cronenberg, 1983]). Dice: “…cuando se enfrenta al ambicioso programa de imaginar un sistema económico a escala mundial [el capitalismo multinacional], el viejo tema de la conspiración adquiere una nueva vitalidad en cuanto estructura narrativa capaz de reunir los elementos básicos mínimos: una red potencialmente infinita, junto a una explicación plausible de su invisibilidad…”. Si uno de los modos de entender el entramado del capitalismo tardío es a través de la conspiración, la paranoia que inunda el mundo post-industrial (la sociedad de consumo) emerge, por su parte, como el resultado de uno de los inventos más revulsivos de las últimas décadas: la interfaz, el ciberespacio, Internet. Dice el esloveno Slavoj Zizek en Lacrimae rerum [2006]: “…el ciberespacio [hoy día hace] realidad la fantasía paranoica [del juez alemán] Schreber…: el ´universo conectado´ es psicótico en la medida en que parece materializar la alucinación schreberiana de unos rayos divinos a través de los cuales Dios controla directamente la mente humana.ˮ El carácter psicótico e insano del hiperespacio –en el doble sentido de enfermedad y de matriz de acceso al conocimiento- estuvo en boca de quienes así lo advirtieron desde sus comienzos (los gurúes de Internet –se sabe- navegaron por mares psicodélicos repletos de cactus, de hongos, etc.). El alocado ciberespacio es la arena en la que los sujetos del capitalismo tardío consumen indiscriminadamente (información, pornografía, objetos, identidad) para luego vomitar sus paranoias, y sus parafilias. Es, por ende, una arena en la que esos sujetos múltiples, fantasmales, pueden elucubrar -o mejor, servir a las elucubraciones- que construyen las incesantes conspiraciones que tiñen el mundo post-industrial. El dickiano Pablo Capanna, ironía mediante, da una idea de esta situación: “´Paranoicos del mundo uníos´, parece ser el lema de algunas páginas de Internet… Admitamos que el mundo no anda nada bien y que con el posmodernismo se ha liberado una buena cuota de irracionalidad. En este contexto, imaginar una mente siniestra que tiene todo planificado… resulta casi tranquilizante. Las cosas adquieren un sentido, aunque sea un sentido apocalíptico, y creer que se está entre quienes lo conocen parece devolver… cierta seguridad.” [“La paranoia conspirativa”, en Conspiraciones. Guía de delirios posmodernos. 2009]

{Política clandestina: registrar movimientos de la población, supervisar el efecto destructivo de los grandes flujos de dinero; Internet, interfaz y los delirantes mundos virtuales entre el espionaje y la construcción de realidades; el control social; hay un muerto con el cerebro perforado que se enfría; la plaga del hiperespacio que opina; entonces, el muerto no se enfriará mientras más se consuma, se hable, se diga por él en el circo del sistema mundial y se repitan y se olviden sus palabras, si es que suyas son, desde el más allá: estrategia mediática para impedir que surja a la luz su oculta finalidad criminal; camuflaje jurídico, se conversa y se arregla de antemano sin comunicar a la opinión pública a la que se busca engañar; acuerdos ocultos, reuniones pantalla, negociaciones clandestinas y secretas y falsas; desde las sombras, diplomacia paralela de facto y maniobras ardidosas.}

Apunte #4 [Relato paranoico – Realidad psicótica]
En 1988, la revista Crisis [No. 59, 2da. época] publica el artículo de Pablo Fuentes, “El relato paranoico”. Fuentes recorre los avatares de una “involuntaria tendencia literaria”, aparecida a comienzos de los años 60, principalmente en los Estados Unidos, y caracterizada “…por una temática y una técnica narrativa estructurada en función de la paranoia.” William Burroughs, Philip Dick, Kurt Vonnegut, Thomas Disch James G. Ballard, entre otros, se diferencian de narradores anteriores como Buzzati, Arlt, Kafka (la referencia de la Dra. Abonna –pienso- es certera pero atrasa) quienes “…instrumentan la paranoia como estado mental o como mecanismo de la dinámica social.” El relato paranoico combina “el instrumental de la escritura de vanguardia… con los elementos y las convenciones de los géneros populares, en particular con los de la ciencia-ficción… [para sustentar] una mirada paranoica que se erige en una forma privilegiada de aprehensión de una realidad que oculta la amplia estructura delirante que la sostiene.” Surgido en un momento histórico altamente crítico –movimientos contestatarios, Vietnam, viajes espaciales, pop-art, psicodelia, apertura sexual, Watergate, avance tecnológico y científico- “…el relato paranoico interpreta al mundo contemporáneo como una encrucijada de elementos heterogéneos que develan… un carácter artificial en función de una red subterránea de intrigas, complots, relaciones de sentido caprichosas que tejen la maraña social.” El tiempo estalla en pedazos siguiendo una secreta lógica paranoide. El sujeto es un ente escindido conectado con un orden social entre cuyos pliegue se sospecha el caos. “La locura parece ser el sustento de la interacción personaje-medio… La función de la ficción… es socializar la psicosis y develar la mecánica delirante de la sociedad.” La paranoia funciona como un intento de restitución. Las palabras circulan con su sentido modificado y pueden acoplarse a cualquier significado. “Las palabras adquieren una literalidad peligrosa, forman parte… del entramado persecutorio… Lo imaginario desplaza al mundo verbalizado de lo social; señala la membrana íntima de las relaciones de poder, que son relaciones psicóticas… [L]os mensajes van y vienen sin dirigirse a ningún sujeto…, pudiendo cualquiera recibir el código secreto de lo que ellos plantean.” Las palabras -del relato, de las instituciones- demuestran que el orden es paranoico. Todo sistema es de control. Relato paranoico; ´realismo psicótico´. “La realidad [que] difunden los medios masivos de comunicación presenta un… carácter ficcional.” Lo real está roto. Hay “un ida y vuelta entre la dimensión social y la metafísica: la sociedad capitalista avanzada demuestra, en su mecánica, los signos de su propia decadencia y… en la estructura del universo hay una tendencia irreversible al caos…”. El relato paranoico desenmascara el funcionamiento del poder, las formas de las que se vale para sostenerse y perpetuarse. “Aparecen… las grandes corporaciones, las fantasmales multinacionales…, complejos y sutiles sistemas de control social… El poder es paranoico y actúa paranoicamente para conseguir sus fines. En muchos textos se presenta la ecuación información-poder, el que tiene la información tiene el poder: puede manipularla…, su control es la marca misma del poder. El tipo de información recibida incide… en la percepción de la realidad.” En definitiva, el relato paranoico da cuenta de una cierta sensibilidad que intenta leer a la sociedad contemporánea. ////// {Mecánica delirante de la sociedad; palabras que se acoplan a cualquier sentido, que vienen y que van; decadencia del sistema; funcionamiento paranoico del poder; locura; y un muerto al que igual muerto –los artífices del paranoico relato que es el mundo actual- lo hacen conspirar: acuerdos secretos, maniobras ardidosas, desde las sombras, objetivo criminal, canales paralelos, negociación, diplomacia paralela de facto, mensajes clandestinos de encubridores y de encubiertos; digitar acciones; feroz campaña.}

Apunte #5 [Paranoia, gnosticismo, ciencia ficción (en un mundo brotado)]
En 1991, Piglia piensa la ´ficción paranoica´ en el cruce entre el género policial, el fantástico y la ciencia ficción, y privilegia la matriz del primero. La mezcla permite suponer que los demás géneros también aportan a la ´ficción paranoica´, pero no abunda sobre el asunto. Pablo Fuentes, un par de años antes, enumera ingredientes del cóctel ficcional psicótico -novela negra, relato de espionaje, pornografía, publicidad, historieta, lenguaje televisivo, rock, filosofía, política, manuales de la CIA, jerga científica, religiones orientales, parapsicología- e indica que el humus de la literatura paranoica es, por su carácter conjetural, la ciencia ficción. A mediados de los años ochenta, el escritor Thomas Disch, le sugería a Piglia –siempre reacio a reconocer la fuerza del género- que la paranoia podría ser considerada uno de los rasgos específicos de la ciencia ficción. La paranoia es un rasgo específico, sugiero, porque el discurso que alienta al género no es tan racional como se supone. Sobrepasa la semejanza en el uso, la presencia del prefijo para– en un tipo de paraliteratura -ciencia ficción-; en un tipo de pensamiento –paranoia-; en una forma de acceso y de producción de conocimiento –paraciencia. Mi tesis es defender –más allá del nombre- una mayor injerencia de las doctrinas esotéricas en la conformación y, luego, en la configuración del género. Ciencia ficción, paranoia y conocimiento heterodoxo se conectan con las consecuencias que indicaré. Contra la casi totalidad de la biblioteca crítica, entiendo que en parte importante de la ciencia ficción inciden antes que el discurso científico en sí, las ciencias alternativas. La utilización de estas dos categorías necesitaría de mayores precisiones, pero alcanza aquí con afirmar que, por causas de orden ideológico, de un lado en el mundo social aparece la ciencia oficial, sancionada, aceptada como válida, mientras que las paraciencias -ciencias ocultas, esoterismos varios, espiritismo, parapsicología, etc.- son ubicadas en el rol de ´monstruos teóricos´. Entre la justeza y el prejuicio, esas doctrinas –muchas de ellas confusas por simplificadas para lograr rápidos adeptos- quedan fuera de la discusión a la hora de suponer un análisis serio de cualquier cuestión social o artística. Sin embargo, entre esa enmarañada selva de saberes de lo oculto, si se mira de otra manera, se perciben disimuladas antiguas filosofías resumidas por Fuentes en el cóctel paranoico bajo el mote de ´religiones orientales´: gnosticismo, cábala, hermetismo. Una vez atravesado el prejuicio, adoptada esta perspectiva, se entiende por qué Arlt, Dick, Borges –en particular estos dos últimos- cruzan ciencia ficción, saberes alternativos, paranoia y conspiración. (Apunto un caso pintoresco aunque coherente con lo dicho: en 1984 Freedman desliza al pasar que el paranoico juez alemán Schreber, quien en sus Memorias narra su amor heterodoxo con Dios, era una especie de escritor de ciencia ficción). Como reseñé en otro texto -me detengo ahora en un discurso heterodoxo en particular-, la filosofía gnóstica se sustenta en el principio del dios desconocido: debe existir un dios único y omnipotente, pero no les fue dado a los hombres conocerlo; los que se presentan como divinidades son potencias menores, y en muchos casos terribles, que comandan este mundo como les place a expensas de un dios alejado. Esta concepción filosófico-teológica tiene consecuencias que reverberan luego en la ciencia ficción. En la perspectiva gnóstica, una vez alcanzado cualquier principio explicativo, es posible suponer que detrás existe otro principio de orden superior, así como cuando se cree haber postulado que esa o aquella entidad es el ´dios desconocido´, detrás puede suponerse que existe otro dios que es efectivamente el dios desconocido y así al infinito. La primera consecuencia es, entonces, la ´paranoia´. Le sigue la mirada conspirativa. A los gnósticos por la imposibilidad de conocer la divinidad, les es imposible determinar qué es ´la realidad´, qué es ´la verdad´. Lo máximo a lo que se accede es al autoconocimiento, a la gnosis, al sabiduría, a través del reconocimiento de la chispa divina que existe en cada ser humano por pertenecer a la creación. Esa mínima y eventual porción de divinidad en cada uno, está presente en todo lo que existe (piedras, tierra, animales, plantas, agua, astros, etc.) y, por lo tanto, en la batalla por conocer el orden del mundo, cualquier cosa, detalle, elemento, aspecto puede conspirar, puede ser parte del plan (o del Plan) y hasta, es posible, puede ser su clave oculta. Por eso, cuando Horacio González intenta desentrañar el pensamiento conspirativo, su funcionamiento conceptual, propone una conciencia paranoica que observa al mundo mediante el parámetro del animismo: cada partícula puede tener su propio impulso vital y actuar en consecución de algún objetivo. La tercera consecuencia acentúa la faz política del gnosticismo. En base a la idea de que hay siempre un principio ulterior, los gnósticos fueron contra la conservadora concepción de una ortodoxia, de un dogma, y abrieron el juego a especulaciones febriles y corrosivas y tendieron a la anarquía especulativa. Estos cristianos disidentes fueron considerados peligrosos (y denigrados como herejes) por la naciente iglesia católica ya que enfatizaban el autoconocimiento y pregonaban la organización grupal antes que la conformación de instituciones. El gnosticismo es una filosofía que piensa la existencia del mal en el mundo (el mal serían las instituciones que lo fagocitan todo) y, por ende, revisa cómo se constituye el poder. Ahora bien, el gnosticismo y el hermetismo –las heterodoxias en general- tienen, al menos, dos vertientes en un espectro ético que va desde posiciones que defienden el autonocimiento y la autodeterminación del yo (que deriva en el anarquismo y en filosofías de la libertad y de la responsabilidad) a concepciones diluidas y forzadas que se embarcan en la pesadilla de la perfección del ser humano -superhombre aquí y ahora- y que culminan, tergiversada la teoría, en posiciones racistas y eugenésicas como el nazismo. Con ese doble rasero, la heterodoxia –formadora de paranoicos y conspiradores- fue la base histórica sobre la que se construyó el mundo de Internet, el ciberespacio, al que algunos denominan el ´Sexto Ciber-Imperio´ (recomiendo, en ese sentido, La Nueva Ciudad de Dios [2002] de Alonso y Arzoz). En un mundo como el actual que se parece bastante a las pesadillas de la ciencia ficción hereje y paranoica, los internautas poseen dos caminos en aras de la promesa del acceso irrestricto a la información –utopía enciclopédica también hermética: una es la libertad que permite la navegación y la revisión de nuestra identidad a partir del conocimiento que genera la interacción con miles de ´otros´ en la red; la otra es la del control social. El impulso que la Red dio, en términos de Zizek, a la exhibición de personalidades múltiples y perversas, a la psicosis, a la paranoia, a la esquizofrenia tiene como corolario no la mayor libertad del individuo sino su domesticación, la canalización de sus fuerzas revulsivas, o revolucionarias, a través del ciberespacio. El hiperespacio ha exacerbado un rasgo que predomina en el sistema mundial post-industrial: las fuerzas que finalmente controlan ´todo´, permanecen ocultas, inaccesibles, alejadas, pero su corolario no es, como en el caso de la filosofía gnóstica, provocar una mayor indagación personal, el autoconocimiento, etc. La conclusión de ese poder invisible –que conspira o que puede ser entendido desde la mirada conspirativa- es el sostener la opresión, la desigualdad, la ruina del 99 % de la población, en aras del disfrute del 1%. Aun así, esa aparente utopía de una Red que cobija gran parte de la humanidad bajo un falso cielo, produjo su propio antídoto de tono libertario con sus interrogantes: ¿es realmente necesario organizar –controlar- de esta forma la sociedad en su conjunto?, ¿no queda cada vez más claro mediante Internet que el humano excepto a su restringido grupo de pertenencia, no responde y hasta aborrece de los demás?, ¿por qué no abandonar la idea de centros de poder y dejar que los sujetos se organicen como deseen ya en pequeños grupos, ya permaneciendo aislados? Si de alguna manera, el cibermundo –con claras trazas de locura e irracionalidad pero de firme intención dominadora- está sustentado en ideas e imaginerías hermético-gnósticas, el contraveneno surge de ese mismo imaginario aunque en la vertiente libertaria, la del anarquismo: más autoconocimiento, menos instituciones, mayor autodeterminación en la organización, disminución del poder central, restricción de desarrollos tecnológicos, retorno a la tierra -la denominada ´naturaleza´. (Algo de esa idea aparece en el proyecto político que destila Borges en su cuento de ciencia ficción de 1975: “Utopía de un hombre que está cansado”, en El libro de arena). Si nuestra realidad es psicótica, como codifica el relato o la ficción paranoica, si a nuestro alrededor todos y cada uno de los que nos cruzamos –y nosotros a ellos- nos parecen brotados, es porque estamos siendo forzados a una convivencia indeseable para la mayoría. En definitiva, el heterodoxo gnosticismo es un hilo que permite deambular por la enloquecida sociedad contemporánea, intuir sus paranoias, y sus conspiraciones, entender en muchos casos a través de la literatura y el cine de ciencia ficción la forma en que el poder se ha construido omnímodo y oculto. Y al mismo tiempo, ese gnosticismo, en su vertiente libertaria, con acentos en el autoconocimiento, en el grupo de pertenencia y en la relación con el mundo natural, es el necesario espacio de resistencia, de contra-conspiración.

{La esquizofrénica Red y su sucedáneo –el psicótico mundo actual- con idéntico parámetro de funcionamiento: el centro del poder siempre un peldaño arriba y atrás; de un lado el control sobre las acciones de la sociedad, en la arena virtual; del otro lado, el sostén en apariencia inmodificable de los flujos del dinero hacia pocas manos ocultas; jerarquía y status quo; por eso, en un mundo delirante, el muerto con una bala en el cerebro era un paranoico, sus acciones conspiraciones, y la resolución de su deceso, un imposible cuento, como si se tratara lisa y llanamente de Ubik (de Dick); antes que la política en la ficción, la ficción como política, y sus letanías a doscientas ochenta y nueve fojas escritas: digitar acciones, feroz campaña, descrédito, deslegitimación, principal instrumentador, remover al suscripto, enorme gravedad institucional, cabeza del Poder Ejecutivo, decidió lamentablemente cometer delito, consternación constatar Sra. Presidente involucrada en vil maquinación.}

Apunte #6 [Conspiración y agente provocador: Ida, Munk, el muerto en el baño]
Filosofía de la conspiración compila conjuras desde la vieja Roma, las Catilinarias de Cicerón, hasta el mundo contemporáneo -jesuitas, masones, carbonarios, marxistas, peronistas. En ese paseo, González reflexiona sobre una novela de Piglia de 1980 estructurada, en una de sus líneas narrativas, por un arco temporal que une un historiador amateur, Marcelo Maggi, ´receptor´ en su presente (siglo XX) de cartas del porvenir enviadas por un sujeto del siglo XIX (entre filósofo, escritor y periodista), Enrique Ossorio, secretario privado de Rosas, espía de Lavalle, involucrado en la conspiración de Maza y sospechado de doble agente. Dice González: “El acto conspiracional… acostumbra a ponerse en términos de una realidad que difuminada se ficcionaliza y de una ficción que reconstruida… con su modelo real (pero ya imaginario), toma su lugar. La toma vicariamente, fingiendo ser aquella realidad anonadada, hablando como ella y asumiendo su misma confiada apatía. [Son] éstas las acentuaciones de Respiración artificial, con las que Piglia… expuso la tesis de la novela como conspiración y el pensamiento histórico como un ejercicio desesperante que asumía la forma de un complot.” [Filosofía de la conspiración, p. 221] En efecto, la concepción de Piglia de la literatura está basada en la conjura. “Toda verdadera tradición [literaria, artística, intelectual] es clandestina y se construye retrospectivamente y tiene la forma de un complot.” [“La novela polaca”, Formas breves, 2000, p. 80] El complot, y los conjurados, respiran en aquella novela, pero también en la forma de entender la literatura y en el modo –necesitaría más espacio para probarlo, aunque es una obviedad- en el que Piglia finalmente, y más allá de las esperadas discusiones, logra posicionarse como escritor consagrado en el mundo de habla hispana. Su movimiento conspirativo final es reciente y se sintetiza en la publicación de lo que podría denominarse su gran ficción paranoica: El camino de Ida [2013]. Como en la novela de 1980, en esta última predominan rasgos del policial. La imaginería de la ciencia ficción ocupa un lugar vicario aunque acechante. El camino de Ida puede leerse sin problemas a partir del conjunto de elementos literarios y sociales sintetizado en los apuntes previos. Cuenta la historia –dice que deja su ´testimonio´- Emilio Renzi, crítico, profesor, traductor (en fin, sosías de Piglia y narrador también de Respiración artificial), cuya paranoia y ruina personal se acentúan en su experiencia estadounidense. Renzi llega como profesor visitante a una universidad presentada por su anfitriona como ´cementerio de escritores´ y enclavada en un pequeño pueblo que parece una clínica psiquiátrica de lujo. Renzi –en su desquicio y lucidez, y al igual que Swedenborg el infierno- ve el mundo como un pantano inhóspito, como un espacio tenebroso, ilógico, corporativo, psicótico. En esa estadía en el corazón de la sociedad de consumo, nada le interesa más (exceptuando a su bella colega Ida Brown) que Orión, un mendigo que ronda la universidad buscando sus vituallas, y que hasta lo ignora y lo desprecia en sus soliloquios. La institución académica que lo contrata concentra la neurosis de los, en apariencia, bien intencionados tecnócratas que equilibran su afán de poder -acumulan con la derecha mientras escriben con la izquierda- y que aceptan presiones, opresiones, vigilancias y violencias con tal de mantener la jerarquía basada en mezquinas conspiraciones. (Una versión amable de esa historia aparece citada por González en Filosofía de la conspiración, p. 20: “…en La cátedra [de Nicolás Casullo, 2000], tomando temas ocultistas con humor, se conjuga una historia irónica de los hábitos universitarios con la existencia de un plan, o una conjura, que emana de un mundo duplicado o subterráneo.”) En El camino de Ida, la policía, el FBI, la CIA, sin estar necesariamente a cada paso, dejan saber que hacia el interior de la academia conocen ´todo de todos´ y que son capaces de usar esa información en cualquier momento y con cualquier objetivo. En este marco, una piedra rompe el cristal de la falsa tranquilidad de los claustros. En un episodio confuso -¿ataque o error de cálculo?- muere por una explosión la joven y atractiva Ida, profesora estrella de la universidad y anfitriona del argentino. Renzi, que como tantos otros fue su amante, emprende una investigación (contacta a detectives privados que trabajan, a su vez, con el FBI y que se conectan con el periodismo, el ejército, etc.) e ingresa a la trama que teje esa muerte. Pasa de ser observador a involucrarse. Hacia el final del recorrido, su encuentro y su charla cara a cara en prisión con Thomas Munk, jefe no reconocido de lobos solitarios que actúan en pos de un mismo objetivo: destruir, detener, frenar al Sistema Mundial. Quien en la ficción es Munk, en el mundo real (si es que algo queda de él) es Theodore Kaczynski. Denigrado como el Unabomber, entre 1978 y 1995, según cuenta una de las versiones posibles, Kaczynski envió cartas-bombas para poner en discusión, por medio de esas muertes, acerca de la necesidad de detener el Sistema industrial-militar o, al menos, de discutir sobre esa necesidad. De forma estratégica dirigió el ataque no contra blancos esperados –líderes políticos, religiosos, etc.-, sino contra aquellos que con bajo perfil son el andamiaje en el cual este pantano inhóspito se sostiene: los tecnócratas que hacen las veces de profesores universitarios. Para Theodore –formado en Harvard y con honores, y profesor en Berkeley- los académicos dirigen sus esfuerzos antes que a buscar la mejor forma de vivir para la comunidad, a sostener un sistema injusto y aberrante. Lejos del mero planteo programático, la acción directa, el terrorismo y la apelación a la violencia de Munk, o de Kaczynski, señalan con esas muertes un grave problema futuro si la continuidad del Sistema no es puesta en discusión. El camino de Ida se construye en torno de la figura del intelectual terrorista. Y las armas intelectuales con las que se libra esa batalla de resistencia -ya en la novela-libro, ya en la novela-realidad- es una forma de pensar, y de vivir, anti-capitalista y que entronca con la tradición hereje antes mencionada como antídoto: el anarco-primitivismo. Filosofía de la conspiración, en ese sentido, abona una verdad cotidiana: la política tradicional es un juego de influencias, pactos, arreglos, traiciones, conjuras, complots, conspiraciones. Según una etimología, propuesta por González, conspirar es soplar juntos. Conspirar es una manera de pensar la realización de acuerdos. La política trabaja sobre un plan público y otro conspirativo y subterráneo en el que priman el encubrimiento y el disimulo. En la política –que es conspiración- hay una razón barroca, que progresa dejando en la penumbra, replegados, una parte esencial de sus argumentos. Conspirar es el reverso de la ´acción racional con arreglos a fines´, y se conspira en política no por otra razón que por ambición de poder. Hecho el diagnóstico, el actual director de la biblioteca fundada por Moreno, desliza: “Sin embargo, esto [la política como conspiración] se halla en contradicción con la tradición libertaria, para la cual todo acto humano se define por su deseo de libertad respecto a las pretensiones de dominio.” [Filosofía de la conspiración, p. 41] Traduzco: si en algún momento hacer política estuvo pensado como la búsqueda del bien comunitario y como el camino para otorgar libertad a los individuos en un contexto de igualdad, hoy en día y después de experiencias ideológicas de todo tipo (algunos dirán que ´siempre fue así´ y se excusarán en la repetición), hacer política es llevar agua para el molino de cada facción. Hacer política es soplar junto a los del grupo para beneficio del propio grupo que ocupa en ese turno el poder (o que quiere ocuparlo con idéntico resultado). Praxis política y conspiración –en Piglia es Estado y complot– son cara y ceca de la misma moneda. El talón de Aquiles, el flanco vulnerable de la primera, surge del ´complot (a)´ contra el ´complot (b) que gobierna´ y al que el ´complot (a)´ quiere sustituir. Esa debilidad, ese punto ciego de la política está encarnado por la figura del agente provocador, del intrigante. La provocación –dice González- es la quintaesencia vulnerable de la política, y cuenta una anécdota. Allá atrás, en el siglo XIX, a Karl Marx se lo acusó de ser un doble agente, un informante de la policía. Corrieron textos apócrifos, correcciones, borrones, pruebas caligráficas. Se esgrimieron simulaciones, puestas en escenas. Actuaron intrigantes y provocadores. El acusado reflexionó, sobre esos métodos de engaño político, a modo de defensa. Decía Marx: “Esto no significa solamente la existencia y la actividad del personal que se ocupa… de la materia. Se trata del sometimiento de todo mecanismo gubernativo, incluida la justicia y la prensa al instituto de la policía política… ” [Filosofía de la conspiración, p. 88] Hay una conspiración en marcha, hay un objetivo a alcanzar y la necesidad de llegar a la acción y, entonces, hay un provocador que enciende la mecha. Dice González: “El novelista orgánico de la conspiración es el intrigante… Sabe el intrigante que el mundo aparece como un conjunto delicado de tramas que se vuelven al exterior desde planos que no dicen todo lo que pudieran de sí… El intrigante, a la manera del agent provocateur, lucha para desatar lo que todo vínculo preferiría mantener cauteloso. Por eso siembra aquí y allá cizaña… con el fin de presentar todas las relaciones posibles como repletas de riñas y tensiones.” [Filosofía de la conspiración, p. 39]. El agente provocador tiene su remoto origen en las cancillerías y en las oficinas policiales del siglo XIX; es el espía, el agente secreto y toda la vasta familia de funcionarios del secreto y de la maquinación; provoca para que se realice lo que estaba llamado a suceder; el agente provocador es el perro de caza que “destruye la política para demostrar que la política era mucho más que lo que ella creía; también era el espectáculo sintomático de su autodestrucción”; el agente provocador es el reverso del político que quiere ser medido en sus palabras: al provocador no le interesan esos límites y goza de la paradoja de que lo mismo que revela lo que alguien es, es lo que lo daña; el agente provocador es el fogonazo necesario para que el accidente suceda (accidente que acelera el triunfo del ´complot (a)´ sobre el ´complot (b) que gobierna´); y maneja el lenguaje a placer: el conspirador suele titular sus cosas con nombres que son señuelos; nombres capaces de mantener un fuerza evocativa y sin gasto de palabras nuevas. El intrigante y sus golpes de efecto, y su ser volátil y su existencia siempre en duda y reversible y al infinito sospechosa y sospechada. Habría dos síndromes y el primero le corresponde a la conspiración y su antecesora la paranoia, creadora de enemigos. La conjura, dice González en Filosofía de la conspiración, p. 49, “…se refiere a la ansiedad por conocer lo que potencialmente cobija al otro en materia de hostilidad hacia mí. Y quizás debido a eso, la conspiración podría ubicarse en la extraña decisión de lanzar contra mí mismo las fuerzas de un estrago que imagino depositadas en la conciencia de mi hostes [enemigo]. Y lo que hago, lo justifico como la concentrada sospecha de una hostilidad segura… contra mí.” Complot en el poder; complot rival. Todos conspiran. Uno, el opositor, decide que es el momento de actuar y de acelerar hacia la recta final. El provocador, provoca, y enciende la mecha. El status quo acusa. Pero resulta que estamos en el terreno de la conspiración. Quien se siente atacado y se defiende ¿dice la verdad sobre su enemigo o inventa a este enemigo, enarbola una agresión y se inflige un autocastigo para justificar su propia debilidad? ¿O acaso la agresión y el ataque contra el poder de turno existen y el enemigo que lo provoca denuncia a los del poder por inventar una operación inexistente que, en verdad, sí existe porque él mismo la generó? Y así al infinito con la danza de infinitos dobles agentes e infinitos infiltrados. Nuevamente González en Filosofía de la conspiración, p. 66: “…algo ocurre cuando el pensamiento conspirativo (en este caso el Estado) le atribuye conspiraciones a quienes no necesariamente presentan su actividad bajo la autoconciencia de la intriga. Parecería que una forma crispada de la política comienza cuando alguien lanza una atribución de conspiración a los que designa como antagonistas… Y aún más, cuando ese ´alguien´ -el provocateur, el ´infiltrado´- ´encabeza´ tales expresiones. Ese eventual traidor-héroe haría punta en el umbral de máxima visibilidad de aquellas conciencias potenciales, aún inexpresadas. Les dice quiénes son, pues no sabían lo que era bueno para ellas.” Segundo síndrome: la acción del intrigante es un virus que le hace creer a las personas que la idea que ahora está implantada en su cerebro, estuvo siempre ahí y coincide con lo ocurrido. Falsa ilusión, obvia estrategia: lo ocurrido implanta retroactivamente la idea (y si es necesario reforzar el implante, coloca en el cerebro balas o lo que sea). Algo del delirio y de la imposibilidad de aprehender la trama hay en la figura del intrigante, del agitador, del provocador en el huracán de las conspiraciones. Algo de todo esto –y con todo me refiero a estos apuntes hilvanados- sucede desde el catorce y desde el diecinueve de enero del corriente año cuando de una denuncia de doscientas ochenta y nueve fojas se pasó a un muerto en el baño y con una bala en el cerebro, como si la bala fuera la rúbrica que impide olvidar el texto: plan delictivo, plan sofisticado y plan urdido, confabulación orquestada, impunidad, justicia, accionar criminal, decisión deliberada, maniobra de encubrimiento y grupo que ejecutó el encubrimiento, atentado terrorista, falsa teoría alternativa, nuevas hipótesis (y falsas hipótesis), nuevas pruebas (y pruebas nunca vistas), nuevos enemigos (y una conexión de fachos locales), rosario de mentiras, manipulación de hechos, falsa premisa, pactos secretos, negociación secreta y clandestinamente escondida del público escrutinio, infiltrar, intermediarios y estaciones de inteligencia, campaña, descrédito, puesta en escena, nuevo engaño argumentativo, tergiversación mediática de la realidad procesal, estrategias falaces, maquillaje y camuflaje jurídicos, silencio, impedir que surja a la luz su oculta finalidad criminal, hay cosas que se conversan y que arreglan sin comunicar a la opinión pública, acuerdos ocultos, reuniones pantalla, negociaciones secretas y clandestinas y nexos clandestinos, salvoconductos, trama delictiva, maniobras ardidosas, objetivo criminal, canales paralelos desde las sombras, diplomacia paralela y de facto, militancia pro terrorista, clandestino interlocutor, canales y mensajes clandestinos de encubridores y encubiertos, descrédito, deslegitimación, feroz campaña, digitar acciones, principal instrumentador, remover al suscripto, enorme gravedad institucional, cabeza del Poder Ejecutivo Nacional, decidió lamentablemente cometer un delito, consternación constatar esa vil maquinación, decía un mes atrás el muerto. Y especifica González en Filosofía de la conspiración, p. 19-20: “En cuanto a expresiones como complot, conjura, maquinación o intriga, suelen ser vistas como sinónimos de conspiración… Si la conspiración se revierte hacia escenas domésticas, suele amparar la intriga; si se resuelve hacia estilos sacerdotales, …la conjura; si lo hace hacia motivos estatales… la maquinación y si hacia asuntos bélicos, …el complot…”. ¿Vil maquinación o delirio en clave judicial? ¿Entramado ficcional? ¿Relato paranoico? ¿O denuncia paranoica contra el relato (y entonces también ficción)? Como sea, doscientas ochenta nueve fojas pulverizaron la ficción paranoica o, al menos, hicieron del denunciante (con obra, muerte trágica y todo, ya que morir es un camino directo al éxito) una nueva luminaria a la espera de críticos y de exégetas. Aporté mi granito de arena y le dejo a González que clausure este palimpsesto: ´cuando a una mente conspirativa se la acusa de paranoica, allí hay no un veredicto sino una poética´.