Escritos Paranoicos / Polosecki – Presentación e ĺndice

PRESENTACIÓN

“A partir de El otro lado a mí se me modificó la idea de la ciudad. De Buenos Aires. El programa transcurre acá salvo una vez que fuimos a Rosario y cubrimos el viaje y esa ciudad. Algunas cosas en provincia. Viajamos a Brasil a una reunión de motociclistas. Pero para mí ahora la ciudad tiene una cantidad de nombres propios…, nombres muy míos. Es una ciudad posible. Buenos Aires es un lugar donde es posible vivir”, le reconocía, a mediados de 1994, Fabián Polosecki a Rodrigo Fresán [“El historiador”, Página/30].
Polo es un enigma.
Una de sus máscaras extrañas es el giro abrupto hacia la naturaleza de alguien tan urbano, y su posterior suicidio.
Otro rasgo peculiar no tiene que ver tanto con él, como con sus cronistas.
Cuenta la leyenda que viajaban Polo y su equipo rumbo a Tandil a filmar para El otro lado un capítulo sobre el Vía Crucis durante Semana Santa. A mitad de camino cambian de idea, se enganchan con motoqueros que estaban en un encuentro de motos en Azul y graban “Fierros Viejos” [1994].
Ignoro la veracidad de la anécdota (si así fue, esquivando a Tandil, Polo dilapidó acentuar sus posteriores persecutas isleñas). Ignoro también por qué anota Fresán –¿por problemas en la escucha?, ¿porque lo dice el entrevistado?- ´Brasil´ en lugar de (la ciudad de) Azul, una de aquellas ´cosas [filmadas] en provincia´. Sea por la razón que fuere, ese desconcertante desliz geográfico –´Polo en Brasil´- da una nueva pincelada a la fantasmagoría que lo sostiene.
Una obra televisiva fugaz e inigualable y una vida con un final aciago -alcanzadas aquí y allá por dudas, inquietudes, pequeños errores, inconsecuencias, transcripciones parciales, testimonios menospreciados- avivan conjuradas el interés por un personaje intrigante que bien podría haber acabado, como otros tantos talentosos, en la acotada piadosa memoria de amigos, nostálgicos y estudiosos.
La intención de reunir los siguientes textos, referidos a Gustavo Fabián Polosecki [1964-1996], es discutir algunos pormenores de ese enigma.
Por una de esas inexplicables sincronías que a todos nos atraviesan, redescubrí a Polo en el selvático norte brasileño. Esos chispazos iniciales están condesados en “Mancaos II. El surf de los pobres en la huida hacia Alter do Chão” [03-10-2013], una crónica que se convertiría luego en “Polo místico” [26-07-2014]. A este breve texto zurcido con apuntes e impresiones, le siguieron el más experimental “Fabián Polosecki, mística y anarquismo” [15-11-2014] y, tiempo después, “Polosecki. A veinte años del suicidio de un disidente” [02-12-2016]. Todos fueron publicados en el blog ymeescribesparanoica.wordpress.com y, dejando a un lado la inicial crónica amazónica, han sido reescritos según una lógica interna que confluye en “El fantasma”, el texto más extenso que clausura la serie y que es una opción de lectura para quien desee ir al corazón de la historia.
Este volumen incluye además transcripciones de dos artículos periodísticos: “El zorro interminable” que apareció en la revista Radiolandia a fines de los años ochenta y cuya autoría, casi con toda seguridad, le corresponde a Polo, y “Se fue Highlander. ¿Qué quedó?”, firmado en julio de 1990 con su nombre y apellido en la revista País Caníbal.
La recopilación cierra con el “Archivo Polosecki”, compuesto por la bibliografía sobre el heterodoxo periodista y conductor, la lista de sus programas, de sus proyectos inconclusos, de sus trabajos en gráfica, así como los homenajes, las derivas y la mitología que disparó ese ícono cibercultural disidente.

ÍNDICE

PRESENTACIÓN / p. 5

POLO MÍSTICO / p. 9

FABIÁN POLOSECKI, MÍSTICA Y ANARQUISMO / p. 16

POLOSECKI. A VEINTE AÑOS DEL SUICIDIO DE UN DISIDENTE /p. 47

EL FANTASMA / p. 55

TRANSCRIPCIONES DE ARTÍCULOS / p. 105
El zorro interminable / p. 105
Se fue Highlander. ¿Qué quedó? / p. 108

ARCHIVO POLOSECKI / p. 111
Periodista / autor / p. 111
Ciclos televisivos / p. 113
Premios / p. 117
Proyectos inconclusos / p. 117
Derivas / p. 118
Bibliografía / p. 124

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Discusiones tecno-apocalípticas [Virtuales Gurúes Impostores]

///Introducción a la cibercrónica “Virtuales Gurúes Impostores. El hacktivismo y la revolución pendiente de la cultura libre y abierta” [2017]///

I.- Discusiones tecno-apocalípticas

Esta es la historia de un hacktivista que traicionó a sus ideales, a sus pares y al proceso revolucionario del que formaba parte. Ese activista no es un cisne negro, no es un caso único ni -como verán- aislado. Esto es lo primero que necesito decirles porque acerca de grandes héroes que son traidores, y viceversa, existen bibliotecas.
El campo de acción para esas escaramuzas, batallas y traiciones se circunscribe a la Red de redes. Sobre Internet hay escritas no bibliotecas, sino marejadas. A esa espuma entonces arrimo este episodio amparándome en su singularidad.
La historia no se inclina por las corporaciones que desarrollan las nuevas tecnologías de la comunicación y de la información, de las que forzosamente hablaré. En todo caso, el cúmulo de textos que cotidianamente analizan la ´silicolonización del mundo´ -la colonización impulsada desde Silicon Valley- son recomendables para comprender qué pasa acá.
´Acá´ es el mundo de átomos. Desde hace décadas, una voluntad mutante puesta en marcha por las nuevas tecnologías e Internet rediseña ese mundo con bits, es decir, con información codificada por medio de cifras, letras y comandos. Periodistas y ensayistas hablan de ´guerra´; algunos jugaron su lotería y apostaron por una ´bomba´; otros pierden lectores y credibilidad sugiriendo un ´apocalipsis informático´ que desmaterializa la realidad atómica a la que estábamos ya bastante habituados.
El universo llamado Internet –el dato es conocido- crece segmentado en al menos tres niveles. La red superficial a la que acceden los simples usuarios representa el uno por ciento de ese cúmulo. El restante noventa y nueve por ciento es denominado red profunda [´deep web´] cuyo vértice final es la red oscura [´dark web´]. Este remanente, cercano a la totalidad del invento, le está vedado al usuario, y ofrece su mítico menú a quien disponga de las tecno-habilidades pertinentes: protocolos de funcionamiento, ficheros de revistas académicas, información de dependencias gubernamentales, información clasificada, tráficos ilegales diversos, servicios de hackers (héroes libertarios), de crackers (hackers mercenarios), delincuentes, lo prohibido, lo nefasto y más. Las parcelas de los estratos finales no son punto-com, ni punto-org, ni punto-net, y sí punto-onion, tan extraño como el navegador Tor que encripta la información y borra los rastros de la visita.[1]
Ese viscoso magma virtual, nacido de un ´apocalipsis informático´ que se arremolina y lo expande, es macerado por sectas que conspiran en nombre de alguna revolución.
Un conjunto de arquitectos corporativos encargados de que resplandezca la superficie pugna por una ´revolución tecnológica´, democráticamente ilusoria, con destellos de despotismo y presentada como sendero hacia una ciudadela armónica. Sobre esos arquitectos se ha escrito profusamente. Las sectas disidentes identifican en esos aprontes la construcción de un ciberimperio y dicen llevar adelante una revolución de signo inverso con destino a una ciber-utopía libre, abierta y plural, que beneficiará a la humanidad. También éstas tienen sus publicistas. Una tercera facción, la de los disidentes extremos, claman en el desierto que la única revolución es ninguna ciber-aldea global.
Si superponemos esa tríada sectaria con la estructura virtual, las corporaciones lustran la superficie, los hackers –especialistas y creativos de la Red- disputan poder en la zona profunda, los tecnófobos miran el oscuro abismo para convencerse de que nada de todo esto tiene ningún sentido.
La neblinosa ciberrealidad alienta la paranoia. Sin importar el número de casilleros, cualquier asepsia clasificatoria es inútil. El pandemónium digital, plano, abismal, bulle de fugaces iluminados y cada amanecer, nuevos asaltos, raptos, entusiasmos prometen transformarnos en súbditos de un régimen pleno de ´bondad´.
La acumulación disuelve por lo pronto el conflicto, el botín es incierto y la matriz apocalíptica un salvoconducto para escudriñarlo.
Lo apocalíptico como tema y como paradigma de pensamiento que reúne la tensión entre comienzo y fin, divino y diabólico, celestial y terrenal, renovación y conflagración, creación y destrucción, revelación y profecía, atrajo por siglos a desamparados, desahuciados, alucinados, profetas, monjes, mesías rurales, hermeneutas, teólogos, filósofos, intelectuales, escritores, artistas, científicos; se entreveró con las más abstrusas especulaciones estéticas y teóricas; y fue invocado para abordar los cambios provocados por la innovación técnica.
Fueron apocalípticas las revueltas campesinas europeas que durante los siglos XIII y XIV dieron cuenta de los temblores medievales de una organización social que mutaba hacia el imperio técnico. Fue apocalíptica la llegada de los navegantes, emprendedores, comerciantes y condenados al paradisíaco Nuevo Mundo. Fueron apocalípticos los comentarios que entretuvieron al viejo Isaac Newton, una vez incrustadas sus leyes en la revolución científica. Fue apocalíptica la previsión de Marx de una revolución del proletariado que, como un Juicio Final, liberara al obrero del ´aliento mefítico de la civilización´.[2] Fue incesantemente apocalíptico el siglo XX que acumuló dos guerras mundiales, miles de guerras locales, campos de concentración, purgas, viajes interestelares, conflictos atómicos hasta arañar a este chirriante gozne entre milenios caracterizado por la invasión de nuevas tecnologías de la información y de la comunicación.
La tradición interesada por ´técnica, tecnología, tecnociencia; neutralidad, dominación, liberación´ es en principio absolutamente inabarcable. Hay historiadores que no van más atrás del siglo XII para hablar de ´instrumento´ y, por ende, de la técnica como una actividad con un fin en sí misma, pero como es habitual en las humanidades, las hipótesis cunden, las certezas huyen.
En Occidente el imaginario técnico se remonta a los tiempos primitivos en los que la magia y el hacer eran uno solo; focaliza en un Oriente idealizado, fuente de prodigios (pólvora, artes, escritura, brújula); conoce al bíblico Caín, inventor de las medidas abstractas y constructor de la primera ciudad, una vez abandonado el Edén; y al asalto mitológico del titán Prometeo quien le burla a Zeus el fuego, como don para la civilización humana; recala en la tradición filosófica griega (el saber versus el saber hacer), luego en la romana (la puntillosa técnica social civil y militar), y en sus posteriores meandros teológicos (que fermenta esa invisible tecnología que es ´la institución´); atraviesa la ´causa instrumentalis´ entre los monjes y el ´instrumental del oficio´ de los gremios medievales; alcanza los fervores marítimos del humanismo renacentista y los sorprendentes mecanismos barrocos; desemboca en la impetuosa ´revolución industrial´ que provocó la resistencia de los ludditas o destructores de máquinas, saboteadores que, a inicios del siglo XIX, acabaron con sus pescuezos en la horca. Durante el siglo XX, con una tecnificación asociada a las guerras y a los totalitarismos, el interrogante básico ¿naturaleza o tecnología? se multiplica: ¿ciencias humanas o naturales?, ¿tecnología a escala humana o tecnolatría fascista?, ¿espiritualidad maquínica o alienación delirante?, ¿organización técnica o manipulación?, ¿tecnociencia o tecno-esoterismo?, ¿disidencia o mambo neurótico?, ¿hippies o tecnócratas?, ¿primitivismo o transhumanismo?[3]
En los términos más sencillos posibles, toda técnica es un procedimiento para hacer o para actuar y define a cada cultura que es, en definitiva, un conjunto de técnicas. “La técnica se refiere a todo sistema de acciones mediante el cual, y de acuerdo con un plan y una serie ordenada de procedimientos, el humano actúa sobre su ambiente para satisfacer distintos tipos de necesidades, en las que también figuran las simbólicas.”[4]
La ´técnica´ -una metodología, un camino hacia- permite al humano transformar el mundo que habita, producir, organizar, relacionarse (moverse, hablar, comer, expresarse, pensar, etc.), y ´des-ocultar´ las energías contenidas en el mundo natural. La violencia necesariamente utilizada para producir devela el peligro inherente al misterio creativo que emana de la propia técnica. Esa violencia acechante señala un límite, y el deseo de controlarla.[5]
Este ir y venir de la técnica entre la provocación, el peligro y su conjura, fue extremo durante el último medio siglo.
En la era de la revolución científico-técnica el humano habita un espacio modificado que tiende artificialmente a la homogeneidad. Han sido trastocadas la cercanía y la lejanía, y difuminados los planos de su perspectiva vital. Las alteraciones que pueden hasta cierto punto resultar normales o aceptables, literalmente se desquician en los espacios generados por la cibernética. El hábitat desarrollado por la tecnociencia supone una dis-locación y una virtualidad de las que se ignoran sus últimas consecuencias.[6]
Ese hábitat esquizofrénico caracterizado por la hiper-conexión es este escenario apocalíptico al que me refería y –lo digo con simpleza- tiene sus responsables.
Es común que la literatura específica mencione intentos centenarios de un proyecto universal para manejar la información, y a partir de allí condicionar la decisión y la voluntad humanas. Aunque son buceos atendibles, prefiero restringir la escala.
Los pioneros Norbert Wiener [1894-1964], John Von Neumann [1903-1957], Alan Turing [1912-1954] ponen manos a la obra en el epílogo de la Segunda Guerra, según la conocida sincronía: computadora y bomba atómica nacen juntas.
“La escena fundadora de la cibernética tiene lugar entre los científicos en un contexto de guerra total…” –sostiene en el libelo “La hipótesis cibernética” [2001] el grupo Tiqqun. Del griego kybernesis, cibernética es la “acción de pilotar una nave” y en sentido figurado la “acción de dirigir, de gobernar”. Y la hipótesis indicada por Tiqqun es la de “un conjunto de dispositivos que ambiciona tomar a su cargo la totalidad de la existencia y de lo existente”. La hipótesis cibernética justifica entonces “…dos tipos de experimentaciones científicas y sociales. La primera apunta a hacer una mecánica de los seres vivientes, para dominar, programar y determinar al hombre y la vida, a la sociedad y su ´devenir´…; nos hallamos… en el terreno del control. La segunda apunta a imitar con máquinas lo viviente, primero en cuanto individuos [robots, inteligencia artificial]; después en cuanto colectivos, lo que conduce a la puesta en circulación de informaciones y a la constitución de ´redes´. Aquí nos situamos en el terreno de la comunicación.”[7] Las corrientes de la comunicación y la del control de las que participan biólogos, neurólogos, ingenieros, policías, publicistas, responden al influjo de un espectral Autómata Universal que todo desea regirlo.
A pesar de las evidencias, la especulación de Tiqqun sobre los escasos espíritus críticos inclinados a considerar la cibernética como nueva tecnología de gobierno es una constante. Sucede hoy con el mecanismo a la vista y sucedía hace años cuando el problema era todavía futuro.
A mediados del siglo XX, en La edad de la técnica o el riesgo del siglo [1954] Jacques Ellul señalaba la progresiva incidencia de la tecnología en las decisiones humanas -“El poder político ya no es exactamente un Estado. Cada vez lo será menos… En un juego de técnicas la decisión tiene menos cabida cada día”- y consideraba indeseable un instrumento ´para evaluar situaciones´ dentro de la maquinaria estatal. “[Norbert] Wiener incluso admite que la cibernética puede utilizarse para valorar las situaciones políticas –dice Ellul. La máquina de gobernar convertiría al Estado en un jugador que dirigiría la política como una partida de ajedrez. Si esta eventualidad apocalíptica se realiza, no sabemos las consecuencias que podría traer para el Estado, y por ello dejamos de lado esta hipótesis.”
Esa eventualidad apocalíptica ocurrió, como bien sabemos.
La computadora y la cibernética –germen de las nuevas tecnologías- son desarrolladas a partir de los años cuarenta. Wiener, un pionero, muere en 1964. Ese mismo año la idea de Internet, propuesta por el aparato militar estadounidense en connivencia con las universidades, gimotea para un público restringido. A fines de los sesenta existe Arpanet. Entre 1989 y 1991 el invento está consumado y con su nombre actual. “La red ARPA, diseñada para asegurar el control de una sociedad desolada después de un holocausto nuclear, ha sido sobrepasada por su hija mutante, Internet, que está fuera de control a conciencia y que se expande exponencialmente por la aldea global de la post guerra fría”, decía en febrero de 1993 el escritor cyberpunk Bruce Sterling.[8]
Años después de esa constatación en tiempo real, el periodista y teórico de la comunicación argentino Aníbal Ford [1934-2009] recopilaba artículos propios, otros escritos en colaboración, que compartían el propósito de revisar el entramado global surgido de las nuevas tecnologías y de Internet, caracterizado por las promesas de un futuro tecno-maravilloso, por la cultura del infoentretenimiento (fusión de noticia y espectáculo), por rebrotes neonazis, por una extrema vigilancia apegada a la desigualdad, y los unificaba en un libro cuyo título apelaba, en el cabalístico año de 1999, a bíblicas barriadas heterodoxas. La marca de la Bestia era -y es- la rúbrica libresca a una época inquietante.[9]
La idea que organiza el volumen remite a un pasaje del Libro de la Revelación o Apocalipsis, polémico al límite de la herejía y que merece un comentario. El Apocalipsis es un escrito profético compuesto por Juan de Patmos entre los años 70 y 90 después del nacimiento de Cristo. En un contexto de persecución, presenta visiones por medio de las cuales la divinidad le revela al profeta sus designios sobre la resistencia y la lucha que habrían de llevar al triunfo de Cristo, de la Iglesia, de la Jerusalén celeste sobre la Bestia, el imperio de Roma, la maldita Babilonia. Según las visiones recibidas, Satanás persigue a los cristianos encarnando en un Dragón que propicia la aparición de una primera Bestia ´a la que la tierra entera siguió maravillada´, y luego de una segunda Bestia o falso profeta que ordena construir una imagen artificial de la primera: “Se le concedió [al falso profeta] infundir el aliento a la imagen de la Bestia, de suerte que pudiera incluso hablar la imagen… y hacer que fueran exterminados cuantos no la adoraran…” [Apocalipsis, 13:15].
Entreverado en esa lucha, el pasaje del Apocalipsis que atrajo a Ford cuenta que el falso profeta, seguidor de la primera Bestia y constructor de la imagen “…hizo que a todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y siervos, se les imprimiese una marca en la mano derecha y en la frente y que nadie pudiese comprar o vender sino el que tuviera la marca, el nombre de la Bestia o el número de su nombre.” [13:16-17] La obligatoria marca bestial, el triple seis que es cifra del Anticristo o de un emperador romano, representa –dice Ford- los códigos electrónicos de identificación. La sociedad de fin de siglo y sus sistemas de monitoreo social han convertido en antiguallas al panóptico de Bentham y al Big Brother. La hiper-identificación surge de “instrumentos de invasión y de control” (historia clínica, tarjeta de crédito, correo electrónico, etc.) mediante procesos autónomos y asimétricos. Las concentraciones de poder administran con eficiencia un cúmulo de información sobre individuos que acceden, por el contrario, a una masa de datos ´caótica, sucia y turbulenta´. ´La marca de la Bestia del Apocalipsis se está automatizando o robotizando´.[10]
La empresa de un falso profeta que construye una Bestia autómata para manipular y someter al pueblo sin distinción de clase, alude a este apocalíptico estadio ciberimperial regido por lo que Tiqqun denominaba el Autómata Universal.
Esa simetría es más que una espeluznante metáfora intelectual. Al inicio del nuevo milenio, Andoni Alonso e Iñaki Arzoz invierten en La Nueva Ciudad de Dios [2002] la carga de la prueba de inversores, asalariados y publicistas, y con el apocalipsis informático en curso, aseguran que la nueva Jerusalén digital es Babilonia, capital y territorio de un Ciberimperio alimentado con heterogéneos nutrientes: ciencias humanas; cibernética; ciencias aplicadas; doctrinas herméticas, esotéricas y salvíficas; psicología; educación; estadísticas; propaganda; granos de ciencia ficción y un hervidero de sectas, facciones y grupos complotando.[11]
Los autores españoles relacionan sin más los primeros siglos de la era cristiana, cuando innumerables sectas de creyentes erosionan al imperio romano, con este período histórico también imperial que pare a la cibernética y a sus bestiales cachorros, defensores orgánicos e involuntarios, y a los disidentes.[12]
Apenas orillando esa silueta apocalíptica, en Mal de ojo. El drama de la mirada [1997] Christian Ferrer [1960] conjuga el gualicho que hoy es recia fe: “…la creencia en los bienes tecnológicos y la adoración de la fuerza de voluntad técnica serán… una religión de nuevo tipo.” Ferrer escribe al mismo tiempo que Internet llega a la Argentina y de modo general, un lustro antes que Tiqqun, considera “…a las redes mediáticas e informáticas… como voluntades de poder que pretenden instaurar una matriz total al interior de la cual un modo de pensar y de vivir queda enmarcado y desde la cual el mundo se expone ante nosotros.” Esa religión, o voluntad de poder para dominar la percepción (para dominar y manipular), destila una utopía reblandecida -´la ciudad informática estará habitada por una ciudadanía bonachona´-; la sostiene un credo que abstrae y descarna los comercios humanos para alcanzar “un nirvana teórico, la fantasmagoría del Ser Digital”; y ata su permanencia a excéntricos y a desconcertados: “…el eufórico de las nuevas tecnologías no se parece tanto a un profeta como a un histriónico: su audiencia –cómo el mismo- gusta de las mascaradas.”[13] Esquivo al señalamiento particular y al denuncialismo, alude sin embargo Ferrer como al pasar en esos borroneos ensayísticos la fantasmagoría circense de otro arquitecto ciberimperial, el histriónico gurú digitalista Nicholas Negroponte [1943].
Negroponte publica en 1995 Ser digital (Being digital), una compilación desbordante de futurología e imperativa: ser digital o desaparecer. Su afilada pluma –o interfaz- augura problemas -´seremos testigos de la pérdida de muchos puestos de trabajo a causa de la automatización´-, y anticipa las guerras por el control de la información. “Soy optimista por naturaleza –dice con límpido cinismo. Sin embargo, toda tecnología y todo legado de la ciencia tiene su lado oscuro. Estar digitalizado no es la excepción. En la próxima década, habrá casos en los que la propiedad intelectual será violada y nuestra privacidad invadida. Sufriremos el vandalismo digital, la piratería de software y el robo de datos… Los bits que controlan ese futuro digitalizado están… en manos de jóvenes. Y nada podría hacerme más feliz.”[14]
Desde que asomó la novedad, los discursos oficiales ilusionaron con una revolución basada en inespecíficas ´nuevas tecnologías´. El credo tecno-científico optimista, en términos de Alonso y Arzoz, apuntala la profecía de un apocalipsis feliz, siempre futuro, que desintegrará la realidad-mundo instaurando un ´nuevo mundo digital´, lo más parecido a una recreación tecnológica del cielo.
Esa promesa celestial es una falacia que ni siquiera desactiva o relativiza el reconocimiento de intrínsecos puntos oscuros. En todo caso, el listado de efectos colaterales remarca la profunda ambigüedad ética de la empresa tecno-imperial. Y Negroponte es por cierto consciente de la complejidad del asunto.
La arquitectura propiciada por la revolución informática –con sus males- no puede llevarse a cabo sin el favor ni el fervor de los jóvenes. Es fundamental, por lo tanto, una nueva educación para la mutación social y cultural. “A principios del nuevo milenio las escuelas cambiarán transformándose en museos y lugares de juego para los niños, que armarán rompecabezas de ideas y tendrán intercambio social con otros niños de todo el mundo. El planeta digital –dice Nicholas- parecerá del tamaño de una cabeza de alfiler.”[15] En un mundo hiper-conectado, una escuela museo es un espacio de exploración y de acumulación de trastos. Antes que estudiantes incapaces de aprender, existen entornos educativos disfuncionales, diagnostica, y estipula una sociabilidad en la que ´la computadora´ será clave y quien posea la clave del sistema educativo, tendrá una importante porción de poder.
Tal como Negroponte lo previó con sus parámetros implícitos más criminales que libertarios, a pesar de una nueva educación orientada a moldear ciberhéroes, no todos los jóvenes fueron buenos empleados al servicio del planeta digital. Muchos sí y ahí enhiestas están las corporaciones. Otros tantos decidieron ir contra el mandato de los tecno-emprendedores, bebieron de las míticas fuentes libertarias de la Red, se vistieron de hackers con guantes blancos y creyeron la felicidad justamente ´invadir, vandalizar, piratear´ la propiedad intelectual y las restricciones de circulación de información para liberar el mundo digital. Un tercer segmento, hackers con guantes menos diáfanos, jugaron en las sombras acercándose a los crackers mercenarios, aullaron consignas de liberación y de revolución para traicionarlas ante paciencia e indiferencia universales.
El apocalipsis informático gesta en sus entrañas una revolución de la que muchos lucran por su imposibilidad o por su demora.
La diluida versión sistémica les corresponde a los adoradores de La Secta de San Byte que extasiados hablan de Gobiernos Abiertos, de datos abiertos, de transparencia universal, de participación ciudadana colaborativa, en definitiva, de una divina tecnologización que purificará los miasmas atómicos del diabólico papel.[16] Hacia el año 2005, el investigador brasileño Rezende, escandalizado por la campaña a favor del voto electrónico destinado a las endebles democracias occidentales, ironizaba sobre esa secta que, en conjura con empresas y por entre vericuetos estatales, expandía desde los medios de comunicación el credo en sistemas electrónicos que configurarían un mundo translúcido en el que una sociedad civil ávida de datos mostraría pericia para procesarlos.[17]
En más de una década el discurso sobre la tecno-transparencia no abdicó. La contradicción es flagrante. Si deambulamos por una ciudad digital cuya materialidad es la del celofán, si esa superficie disponible está totalmente controlada y repleta de ´datos basura´, si el resto es penumbras e invisibilidad por donde corren lo espeluznante o los especialistas, ¿alguien cree realmente en una sociedad abierta y transparente? Por supuesto. Algunos creen, otros nos dicen que creamos, otros dicen creer. Las visiones místicas de los adeptos de La Secta de San Byte fantasean con ´seres angelicales manipulando, operando maquinitas´; la de los disidentes tecnológicos también.
Un nutrido número de disidentes comprendió la importancia de las batallas por el uso y la apropiación de las nuevas tecnologías, invirtió el optimismo simplón de gurúes como Negroponte, y cruzó su lucha hacia el arduo campo de la educación. Desde una posición ´alternativa´, lejana del inmaculado planeta digital, discutieron esos disidentes al amparo de la cultura hacker qué contenía la computadora, con qué complementos funcionaba, cuál era el origen del lenguaje para comunicarse con la máquina (digamos, el software) y cómo afectaba al usuario la injerencia de empresas privadas o de organizaciones horizontales.
Defendieron que en nada se asemejaban los productos tecnológicos si salían de las corporaciones (que restringen derechos, espían al usuario y venden su información) o de grupos independientes que colaboraban para que accedieran a las computadoras usuarios libres y autónomos.
Esa presunta versión recalcitrante de la revolución digital sucede en una barriada periférica conformada por organizaciones, fundaciones, neo-academias, ciber-corporaciones aggiornadas, universidades tradicionales, proyectos experimentales, etc. Rige en ella una neolengua que incluye modismos propios de antiguas formas de gobierno y que fermenta indispensables nuevos mitos políticos como wiki-gobernabilidad, wikipolítica, nodos, redes de pares (P2P), democracia electrónica, heterarquía (en lugar de jerarquía), digitales dictadores benevolentes, gobernanza de conocimiento, ciberelite, hacktivismo.
Al interior de ese microcosmos paralelo, un grupo conspira, y otro dice conspirar, no por las migajas de la transparencia y de la accesibilidad, sino en concreto por ´nuevas tecnologías libres y abiertas´, por una ´cultura libre y abierta´, por el uso del ´software libre´, por la ´revolución de la cultura del compartir´, por el ´intercambio libre y abierto de información en redes de pares´, por una nueva educación integral, por el acceso irrestricto a los bienes digitales (un bien común), por la copia libre (copyleft), por la panacea del dominio público, por la autogestión, por la economía social solidaria, por la economía social del conocimiento, con el objetivo de trascender Estado, Mercado y Capital. Estas incesantes refriegas dieron cuenta de que no todos luchaban por lo que decían luchar.
Esta cibercrónica reconstruye, por entre las callejuelas babilónicas, el apocalipsis individual de un ´hereje por partida doble´, de un joven hacker argentino sagaz y manipulador, punta de un hilo que, al tirar, deshilacha la virtual madeja revolucionaria. Un ciberguerrillero de su talante blande retórica anti-sistema, imita el ceño de bandido popular, es aguerrido, dice enfrentar las corporaciones, dice incendiar el statu quo, pero, a diferencia del simple hereje digital, descree de su grupo y boicotea la revolución por venir –impulsado, por qué no, por el deseo de ser ungido él mismo como ciber-mesías.
Apelé para esta reconstrucción episódica a datos obtenidos (casi) exclusivamente de la Red, aceptando comentarios laterales, desperdicios interpretativos, silencios cómplices, como un paria digital que en la precariedad investiga. Registré las refriegas con la ingenuidad de un absoluto outsider como delatan, en órdenes diversos, las citas y la jerga ciber. Las notas colocadas al final de cada capítulo sustentan el rompecabezas, realizan especificaciones bibliográficas y son desván para las derivas.[18]
La historia no agota ramificaciones. No acusa ni selecciona tendenciosamente a sus actores.
Una perspectiva sesgada sobre sectas revolucionarias de ningún modo desestima el espíritu hacker que las inspira. Sería deseable que el grito ´hackear al capitalismo´ adoptara contornos concretos. “La promesa del hacking –decía en 2008 Johan Söderberg- es hacer la tecnología informática accesible a los neófitos para socavar la división social del trabajo como el principio de regulación del desarrollo tecnológico. En lenguaje sencillo, las empresas y las instituciones de gobierno han perdido su monopolio sobre la investigación y el desarrollo.”[19] Pero arengas a un lado y reconociendo lo pésimo de las corporaciones digitales, en la ciudad tecno-hermética ´bien vs mal´ / ´liberación vs dominación´ por ahora son sólo rudimentos para domesticar el relato.
Me amparé aun así en parámetros –creo que- aceptables de honestidad intelectual al apoyarme en un principio ético tradicional para el universo digital: ´los hackers deben ser juzgados por sus acciones, no por falsos criterios como posición, títulos, etc.´ A los hechos rescatados con paciencia de entre los bits me aferré, con la convicción de que si incluso se acude a lo que algunos llaman nueva ética hacker -´No hagas daño. Protege la privacidad. No derroches. No dejes huellas. Excede las limitaciones. Comunicate con otros. ¡Comparte! Combate la ciber-tiranía. Confía, pero mantente alerta´- la historia desentona escena a escena.[20]
Parece extraño –pero es realmente lógico- que este episodio nunca haya sido contado. Si obviamos las catarsis de afectados que ´manifestaron su malestar´ en las redes sociales, no mereció siquiera una mención periodística, aun cuando calificados cronistas fueron fehacientes testigos y aun cuando existan miles de potenciales interesados. En ese limbo tal vez haya incidido, entre tantas variables, una situación que por el momento predomina. La discusión sobre la problemática de las nuevas tecnologías no llama la atención de los ciudadanos -excepto que una serie televisiva, mucho mejor si es animada, la coloque en el candelero, según el irónico comentario de una cibergurú.[21] Es otra cara de esta historia la fruición con la que los sujetos del siglo XXI reemplazan los aprontes para una revolución por la producción de una película.
Los actuales revolucionarios milenaristas –los auténticos y los impostores, si cabe la distinción- se diferencian de sus antecesores enredados con la trama atómica, pero unos y otros comparten un paradigma centenario. Entre las fantasías propias del Milenio, antiguos iluminados vieron flotar en el espacio a la nueva Jerusalén, dispuesta a descender sobre la realidad de átomos y dar comienzo así al fin de los tiempos injustos, destruyendo el poder de Babilonia y de su mandamás el Anticristo. El lento descenso, la fusión o la transformación de Internet en esta realidad, entronca con aquellas ensoñaciones que reactualizan, además, la posibilidad o imposibilidad de la revolución.
Söderberg veía a los ludditas como antepasados de los hackers, y reconocía la enorme distancia. Los hackers desean volver angélicas las nuevas tecnologías, no descartarlas. Los destructores de máquinas, iracundos por un incipiente sistema industrial que los asfixiaba, retorcieron los hierros a vapor con himnos herejes en sus gargantas, como aquel que recupera Ferrer: “Hay magia en ese brazo único / Que crucifica a millones /Destruyamos al Rey Vapor, el Salvaje Moloch.”[22] El maquinal y odiado Moloch remite a los ensueños milenaristas y revolucionarios medievales e incluso anteriores de quienes luchaban contra el Anticristo, y anticipaba a su vez el apocalipsis informático en el que, con un pie en cada milenio, la imagen autómata de la Bestia -un Leviatán robotizado- pide pleitesía o da muerte civil.
Todo movimiento revolucionario, de cualquier signo, atrae sin cesar a impredecibles falsos mesías que paradójica y finalmente ilusionan con la revolución con tanta intensidad que luego de arrebatar las voluntades, muestra ella su carácter de espejismo. Todo escenario apocalíptico atrae igualmente a falsos profetas, a burladores de los últimos tiempos, a buscadores de su propio provecho, con apoyo de los grandes.[23] Inmerso en este magma, las peripecias de un histriónico revolucionario quiero contarles.
A vuelta de página habremos pasado la muralla.
La piedra que murmura a cada paso bajo nuestra suela es Babilonia –para los antiguos oídos, ´La puerta de los dioses´.
Pero pronto ya que anochece sobre una ciudad repleta de salteadores, de seres marcados como ganado, de adoradores irredentos de la Bestia autómata y en la que todos sin excepción somos extranjeros.
Pronto, pronto, ahí ya la muralla…
Buena suerte.
Y hasta más vernos.

Notas capítulo 1

[1] Más información en esta ´guía fácil´ para acceder a la dark web http://www.techworm.net/2016/01/the-easy-guide-on-how-to-access-the-dark-web.html y en este otro post http://blogthinkbig.com/surface-web-deep-web-darknet-se-diferencian/ Acerca del buscador Tor http://www.torproject.org/projects/torbrowser.html.en Sobre páginas punto-onion http://www.genbeta.com/web-20/47-paginas-onion-para-visitar-el-lado-amable-de-la-deep-web
[2] Karl Marx. Manuscritos de economía y filosofía de 1844, Buenos Aires, Editorial Cartago, 1984, págs. 145-146. Por su parte, Walter Benjamin consigna en el Libro de los pasajes visiones de Marx sobre la revolución proletaria análogas al Juicio Final.
[3] Acerca de la técnica y de la civilización industrial pueden tomarse como referencia las obras de Martin Heidegger [1889-1976], Herbert Marcuse [1898-1979], Lewis Mumford [1895-1990]. El libro de Carl Mitcham ¿Qué es la filosofía de la tecnología? [1989] resume varias perspectivas, en particular, la ingenieril y la humanística. En el ámbito sudamericano Pablo Capanna [1939- ] tiene una extensa obra referida al tema que se inicia con La Tecnarquía [Barral Editores, 1973]; Edgardo Lander publicó en 1992, La ciencia y la tecnología como asuntos políticos. Límites de la democracia en la sociedad tecnológica. Venezuela. Editorial Nueva Sociedad; Diego Parente en 2010 publica Del órgano al artefacto. Acerca de la dimensión biocultural de la técnica. La Plata. Edulp. Estos son algunos títulos y autores. La lista es inconmensurable.
[4] Daniel Vidart, “El tecnosistema”. Incluido en Filosofía ambiental: el ambiente como sistema [Bogotá, Nueva América, 1997] http://www.chasque.net/frontpage/relacion/anteriores/n146/tecnosis.htm
[5] Martin Heidegger, “La pregunta por la técnica” [1953].
[6] Martin Heidegger. Filosofía, ciencia y técnica. Prólogos de Francisco Soler y Jorge Acevedo. Editorial Universitaria. Santiago de Chile. 1997. En lo que respecta a la dislocación generada por la cibernética según Heidegger, tomé la referencia del “Prólogo del editor”, pág. 44.
[7] “La hipótesis cibernética”, Tiqqun #2, 2001. http://tiqqunim.blogspot.com.ar/2013/01/la-hipotesis-cibernetica.html
[8] Bruce Sterling, “Breve historia de Internet”, en Internet, hackers y software libre [2004], compilado por Carlos Gradin, publicado por Editora Fantasma. Este libro ofrece un amplio panorama sobre la cultura hacker, sus diferentes vertientes, sus batallas y complejidades.
[9] Aníbal Ford. La marca de la Bestia. Identificación, desigualdades e infoentretenimiento en la sociedad contemporánea. Colombia, Grupo Editorial Norma, 1999. “Prólogo”, págs. 9-11
[10] A. Ford, La marca de la Bestia, pág. 10.
[11] Andoni Alonso e Iñaki Arzoz. La Nueva Ciudad de Dios. Un juego cibercultural sobre el tecno-hermetismo. Madrid. Ediciones Siruela. 2002.
[12] “La existencia de una afinidad o de una analogía como la que aquí se plantea a través de los años, no debería sorprender si recordamos que en más de un respecto la situación cultural del mundo grecorromano de los primeros siglos cristianos muestra profundos paralelismos con la situación moderna. Spengler llegó a declarar las dos épocas ´contemporáneas´… En este sentido analógico, nosotros estaríamos ahora viviendo en el período de los primeros césares. Sea como fuere, hay algo más que coincidencia en el hecho de que nos reconozcamos en tantas facetas de la Antigüedad postclásica, muchas más, sin duda, que de la Antigüedad clásica. El gnosticismo es una de esas facetas, y el reconocimiento aquí, difícil por la rareza de los símbolos, se produce con la sorpresa de lo inesperado…” Hans Jonas, “Gnosticismo, existencialismo y nihilismo” [1952], incluido como “Epílogo” a La religión gnóstica [The Gnostic Religion. The Message of the Alien God & the Beginnings of Cristianity, 1963]
[13] Christian Ferrer. Mal de ojo. El drama de la mirada [Colihue, 1997]. Refiere también a la técnica, El entramado. El apuntalamiento técnico del mundo [Ediciones Godot, 2012]. Ferrer formó parte de la revista Artefacto. Pensamiento sobre la técnica. Ese aspecto de su derrotero intelectual está cifrado en el ensayo “Técnica” de Ezequiel Martínez Estrada.
[14] N. Negroponte, “Epílogo: una era de optimismo”. Ser digital (Being digital). El futuro ya está aquí y sólo existen dos posibilidades: ser digital o no ser. Buenos Aires, Editorial Atlántida, 1995, págs. 229 y 233.
[15] N. Negroponte, “Introducción: la paradoja de que esto sea un libro”. Ser digital, pág. 14.
[16] Ver “Qué es el Gobierno Abierto y los datos abiertos”. Universo abierto. Blog de la biblioteca de Universidad de Salamanca. 20/06/2016. https://universoabierto.com/2016/06/20/que-es-el-gobierno-abierto-y-los-datos-abiertos/
[17] Pedro Antonio Dourado de Rezende, 05/2005, http://www.observatoriodaimprensa.org.br
[18] Los enlaces citados como reaseguro de mis afirmaciones fueron consultados en su mayoría durante 2016. Evito indicar la fecha correspondiente de cada uno. Como aclaro en una nota del capítulo 14, con frecuencia, sitios varias veces visitados, fueron dados de baja.
[19] Hackeando el capitalismo: el movimiento de software libre y de código abierto. http://www.utopia.partidopirata.com.ar/hackeando_al_capitalismo.html
[20] Ver Jonas Löwgren y su reseña sobre las “Cultura(s) hacker” [“Hacker’s culture(s)”]. La traducción es de Carlos Gradin y el texto aparece en Internet, hackers y software libre. Editora Fantasma, 2004, págs. 135-150. Otros principios de la ética hacker tradicional: el acceso a las computadoras debe ser ilimitado, y la consigna es siempre ´manos a la obra´; toda información debe ser libre; desconfía de la autoridad –promueve la descentralización; se pueden crear arte y belleza con una computadora; las computadoras pueden mejorar la vida.
[21] Beatriz Busaniche se refería en 2009, con cierta desazón, al efecto positivo en la ciudadanía de un capítulo de los Simpson en el que Homero es engañado, tragado y asesinado por una máquina de voto electrónico. Ese capítulo –“The Treehouse of Horror XIX” [2/11/2008], el número 424 de la vigésima temporada- instaló el debate.
[22] ´Himno luddita´ recordado por Ferrer en “In memoriam”, Mal de ojo. El drama de la mirada. Buenos Aires. Colihue. 1997. Ver también Thomas Pynchon, “¿Está bien ser un luddita?” en Internet, hackers y software libre [2004].
[23] Carta de Pedro, 3,3 y Carta de Judas Tadeo 1,18.

Futuros traseros en el Segundo círculo [2013] del infierno

   El mundo de la historieta de la que con todo gusto les voy a hablar a continuación está ubicado en nuestro presente, en un arco temporal de más quince / menos cincuenta años      -me animo a decirles. De lo contrario, si ese mundo ficcional respondiera a un futuro lejano, el bazar de la industria cultural que despliega en cuadros y viñetas aparecería como lo que finalmente ha de ser, arriesgo: un mero rejunte de desechos. 
   La historieta que dibujó y coloreó R. Luján en base al guion a cuatro manos de F. Menéndez y A. Zylberberg –publicada por la revista Fierro en 2010 y recopilada en volumen único por la cordobesa Llantodemudo ediciones en 2013- es semejante en sí misma a alguna de las atractivas mutantes que deleitan a los visitantes del prostíbulo intergaláctico Segundo Círculo cuya membresía da título justamente a la novela gráfica.

   Explican la mutación series disímiles de indicios que imantan la trama.

   En el espacio exterior –algo así como un estar fuera de la legalidad humana o terrestre- orbita una nave que es un puterío con los más variados bichos para satisfacer las fantasías más estrambóticas. (La elefantita hindú Myrna, con su piel azulina y con su trompa/pito se roba, por cierto, las miradas.) Paralelo a ese comercio carnal, trafica el hampa estelar ´gusanillos´, es decir, estupefacientes vía oído para largas ´alucinaciones sexuales´. 

   El tráfico de mujeres confinadas a la prostitución y el de la droga gusana desde la superficie terrestre hasta el espacio sideral tienen como zona de transición –alcanzo a entender- a ´Puerto de Palos´, un bar. Un nuevo mundo y un viejo mundo, conectados. Podría ser 2492, pero no. Estamos -como les decía- en nuestro presente y ése es un aspecto de la mutación: futuro y pasado, proyección distópica y nostalgia urbana, mezclados.

   Gobiernos alicaídos, corporaciones sonrientes, navecilla espacial oculta bajo un tren abandonado en una clausurada estación de Constitución, teletransportador, arma lumínica, parecen ser todos signos futuros y sin embargo –salvedad evidente- los bondis porteños derrochan facha ochentosa y cobran con monedas. En el mundo terrestre de la historieta escasean además las computadoras (apenas vi una), no hay celulares, ni internet. La prosti Mandy –joven, bella, calentona y algo snob- escucha a los Beatles en un reproductor de cds mientras trabaja. Aquí y allá, atrasa. Cuando se dispone a chuparle la pija a un avejentado cliente, éste le confiesa que recluta chicas para un prostíbulo intergaláctico y su respuesta, en esa inicial escena futurista, es a la retranca: ´Entonces yo vendría siendo la princesa Leila´, dice Mandy vistiéndose –al tiempo que arrejunta saliva- de personaje distorsionado de Star Wars. 

   Si los Beatles aburren desde los sesenta, si esa saga fílmica comienza en 1977 para nunca más terminar, si hay cds, si el bondi y las monedas, es entonces y aproximadamente la Argentina de las décadas del ochenta y del noventa del siglo pasado. Dos noticias periodísticas, en registro documental, cortan el devenir de la historia confirmando de alguna manera la especulación temporal. Una pertenece a un eventual periódico en papel del barrio de Monserrat y cuenta la desaparición de la chica (Mandy) y de un joven nerd (Ezequiel, el protagonista); la otra presenta al estilo de la revista Caras la vida de Rufus Jarnaz, el cafiolo que regentea el complejo prostibulario sideral.

   Como dije, y como mucho, los años noventa. El problema es claramente combinar esos elementos del siglo pasado con el puterío intergaláctico y sus esquejes narrativos. 

   Y a ese problema lo llamo mutación.

   Todo se inicia con el viejo cliente que desmaya a Mandy, la secuestra y se la lleva a ´Puerto de Palos´ para de allí enviarla a ´Segundo Círculo´ como esclava sexual. Advierte esos manejes un nerd de 16 años que vive con su tía y que acaba de vender una revista de historieta en 150 mangos para pagarle los servicios a la vecinita, a Mandy –de culo realmente atractivo, según el trazo y los primeros planos de Luján- que atiende unos pisos más abajo. Al nerd, Ezequiel, gordito feúcho y gran lector de chatarra industrial, se le suma Alejandro, el vengador y dueño de la navecilla oculta bajo el tren. Socios por accidente, ambos se lanzan hacia el más allá, uno para rescatarla, el otro para cobrarse una deuda.

   Alejandro y Ezequiel son una yunta de aventureros que replica a la de los dos guionistas y que recompone a la vez el camino de otros dos célebres viajeros –Dante y Virgilio- a través del ´segundo círculo´ del Infierno –el primigenio- en el que reposan lujuriosas y lujuriosos. Alighieri cuenta eso en la Commedia y a Virgilio lo llama Maestro (quien, aunque pagano, participa de la empresa divina dicen por haber profetizado la venida del quía –ojo al dato.) 

   Por adictos a la carne del prójimo, en el segundo círculo están condenados, entre tantos, la babilónica Semíramis, la insaciable Cleopatra, la bellísima Helena de Troya y su raptor Paris, el aguerrido Aquiles (fascinado por los dotes de su amigo Patroclo, si bien el Dante calla) y una parejita que se incendió en vida, Paolo con más de cuarenta y Francesca con menos de veinticinco quien se había casado con un equis pero que prefirió comerse al hermano (del equis) luego de una ardorosa tarde en la que dejaron para siempre de leer la no menos tórrida historia entre Lanzarote y la reina Ginebra.

   En el Dante -como en la trama de Menéndez / Zylberberg- el deseo y el amor de los personajes nacen de la ficción. Y ése es otro aspecto de una composición mutante. La historieta cruza la inspiración en el mundo del espectáculo con la rancia tradición libresca. Ezequiel lee a Stephen King; sus demiurgos humanos abrevan cartapacios medievales (y con rigor porque, se sabe, el Dante prefiguró con su viaje a la bizarra ciencia ficción).

   El canto V de la Commedia termina con un Virgilio impávido frente a la historia de Francesca (al fin y al cabo el poeta romano era puro espíritu) y con Alighieri desmayado, más que impresionado, turbado por el relato de esos placeres carnales. En la historieta vernácula, por su parte, el vengador Alejandro se esfuma aéreo con guita, Mandy, ojete y todo, mientras que el otro componente de la yunta, Ezequiel, aquel adolescente que vivía en un oscuro quinto piso, muere con la explosión del prostíbulo sideral.

   La redención de Ezequiel –plenamente sexual- está en las manos y en las patas de la prosti intergaláctica Penélope, mitad humana, mitad araña -bella ella, bello su coño- quien cada vez que merodea el clímax amoroso, agrede e incluso asesina a su compañero. Entre polvo y polvo pagos, en su cubículo Penélope lee novelas de amor: Lo que el viento se llevó, Cumbres borrascosas. Esta figura de mujer-fatal-vuelta-bestia-por-placer me recuerda a la de la atormentada heroína de Cat People [1942], película de J. Tourneur, y por transición a El beso de la mujer araña [1976], novela de M. Puig (quien además en Pubis angelical de 1979 reúne futuro, distopía y reclusión femenina prostibularia estatal). 

   Mutación mediante, como ustedes pueden prever, el arácnido personaje de historieta entronca literalmente, y por el nombre, con la paciente y mítica esposa de Ulises, guerrero navegante que se toma su tiempito para volver de Troya a Ítaca, mientras Penélope teje y desteje sobre su vientre afiebrado tricotas que desaniman a una larga ristra de pretendientes.

   Dante, en la Commedia, no invoca obviamente a la casta Penélope, y sí condena a una recia que comanda el grupo de Paolo y Francesca, la cartaginense Dido. Con final suicida, Dido enloquece por las artes amatorias de Eneas, héroe latino que sigue viaje para fundar Roma y cuya historia cuenta –cómo no- el comparsa Virgilio en la Eneida. Así, podría en mi caso arriesgar, la lasciva Dido es transformada por la historieta vernácula en la mujer / araña Penélope que apura su orgasmo asesino con el nerd Eze hasta que el prostíbulo explota, remedando las llamas de la última ofrenda que la reina realiza antes de clavarse la espada, llamas que amenazan en la noche la tranquilidad citadina.

   Es Segundo Círculo una historieta de mutaciones no solo por sus hembras de múltiples coños despiadados, sino también (sobre todo) por sus cruces temporales y sus mixturas entre cultura de masas y masa culturosa. No es nada sencillo adoptar y navegar una identidad –nerd, gay, trans, prosti, cheto, marginal, menor, la que sea- en este mundo engañoso escribiendo solventes manifiestos adyacentes a modo de repulgue para que no se piante el relleno siempre híbrido, siempre a disposición del tirano paladar de turno. 

   Lo que sí es fácil es acabar encantado por la contemplación y la lectura de Segundo Círculo porque a quién, de vez en cuando, no le gusta darse una vueltita por el infierno.

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Publicado originalmente en Revista Colofón el dia 21 de junio de 2017.