Mancaos II. El surf de los pobres en la huida hacia Alter do chão (De la crónicas amazónicas del Espectro [cont.])

A las 3 am del 30 de agosto de 2013, exactamente 11 horas después de haber llegado a suelo manauara, las dos señoritas que plácidas bebían junto con el Espectro una cerveza bajo el cálido manto de la noche, le sugirieron que esa charla podría sin problemas continuar en la habitación de un hotel próximo –y de confianza- módico pago de alguna que otra sustancia que alivianara el paso de las horas y que hiciera más llevadera una conversación que, hasta donde el Espectro entendía, no había comenzado todavía. Por la tarde del día que recién acababa, con su primer pie sobre suelo amazónico asistió sorprendido al directo y constante y sin fisuras tratamiento en inglés por una sólida mayoría de locales. El mal humor que le provocaba –y que le provoca la situación repetida incluso en la poco turística Campinas (São Paulo) en cuyo aeropuerto auxiliaron a una atenciosa funcionaria que no cejó de usar el inglés para comunicarse ni aun cuando sus compañeros, entre incógnitas píldoras rojas y el viento fresco del oxígeno, le mostraban la cédula de una visa que va a cumplir un adorable añito y medio de vigencia, ¡felicidades!- aquel mal humor ahora metamorfoseado en traumáticos ´imaginarios´ en pugna, es el espíritu que alienta la continuidad de estas crónicas. No busca, el Espectro, ni de cerca intentar responder con alguna elucubración el enigma brasilero sobre qué se ve desde el corazón de esta cultura en la figura de ´el extranjero´ sino remarcar que cuando cuenta, cuenta desde ese palco a medias exterior. El gringo, el extranjero o alemão, es una figura que permite deambular por extremos y laterales recovecos, por un aparente ´otro lado´, e intuir en ese ir y venir un doblez de ´lo real y lo virtual´ que empapa el entramado cotidiano. Un fragor en el que mucho se aprende, y el Espectro, ese extraño, aprendió que el mejor pasaporte para escapar de ciertos contextos, de ciertos infiernos (y de ciertos hoteles) y para navegar por ciertos ríos es poner la más saludable cara de ´soy un otario, sino vip, frecuente´. Así es como salió de Manaus, de su paseo por el mundo de los ´microbios´ y de su coqueteo con los filos y con los puentes. Y así fue más espectral aún, en aquel Bartolomeu II, donde enfrentó rodeado de breves y curiosos amigos a iracundos caníbales antes de ofrendar vísceras y cerebro a las, en todos los sentidos, paradisíacas playa y floresta de la región de Alter do chão.

A @Ga_Ricotera y las charlas amazónicas

“…nuestra idea es que no existe ese tal otro lado. Nuestra idea es que estamos todos en la misma sopa, cocinándonos y haciendo lo que podemos…ˮ
Fabián Polosecki [Polo] – 1994

Entrada a Alter do chão

Una de las ventajas de poder deletrear cada vez con más habilidad el membrete ´vejez´ es que tuve la oportunidad –la melancolía era una de las recurrencias del Espectro- de ver programas como los que en la arrasada televisión estatal de los noventa hizo Polo, Gustavo Fabián Polosecki, el que se terminó matando y dejando una obrita que te la debo. Una de las emisiones más recordadas de El otro lado [ATC] –el primer programa de los dos que hizo- es aquella de los ferroviarios. El guarda que veía en la gorra el símbolo de la distinción más que del poder, el que construía a escala una locomotora en el garaje, su amigo que había llegado a maquinista después de haber entrado como empleado por deseo del padre, el carajeo de ser llamado ´chancho´ y el ninguneo a esa agresión porque es de gente sin educación, el mecánico que conoció el amor viajando todos los días a la misma hora ´para encontrarla´, los del dolor de atropellar, y los conductores cuya compasión por el que muere limitaba con el placer perverso de detallar cómo la estructura metálica les transmitía el golpe seco de los huesos que se quebraban en el impacto, aquel que recuerda que los viejos decían que había que bajarse y ver al cuerpo para ´limpiar la cabeza´, los chicos de la calle durmiendo en los fríos vagones, la nostalgia de quienes asisten, en esos primeros años noventa, a cómo se desmantela por obra y gracia del menemismo, ese destilado del neoliberalismo que a veces lo siento como un fantasma –al fin de cuentas parientes tuyos- olvídate, eso esa otra cosa, lo siento, te decía, medio resucitando por estos lares, aunque de un modo indefinido. El programa se narraba de una forma peculiar. A pesar de ser la entrada de un periodista en la realidad cotidiana de los personajes, en el segmento inicial Polo era presentado como guionista de historietas en crisis buscando una buena historia para contar. Lo real y la ficción se cruzaban. El capítulo sobre los ferroviarios es célebre porque tiempo después, el tres de diciembre de 1996, Polo decidiría hacerle sentir a algún conductor sus huesos crujir. Dice la mitología audiovisual que en la edición final dejaron fuera –insistencia de Polo- la fija de los maquinistas que reconocían que el paso nivel de Santo Lugares era el más fácil para hacer ´eso´. Los potenciales suicidas del mundo exterior se quedaron sin el dato. Polo no. Y hacia ahí fue. Los últimos 5 minutos de esa emisión son, en su registro, sorprendentes. Polo se refiere a ´los diferentes jeitos´ de las personas para poder viajar más cómodos o directamente gratis en el tren. Una de esas maneras, nos dice, fue bautizada por Andrés, el titular –lo aburguesa- de una banda de rock, el surf de los pobres y consiste, básicamente, en usar los oxidados y ventosos techos de los trenes para transportarse. Andrés –a quien poco se le entienden los razonamientos sobre el arte- era Andrés Ciro. La banda, Los Piojos. La historia, en la lírica de ´Ay ay ay´ [1994].

No te sigo, le dije al Espectro. En sus ojos brillaron los finos hilos de la locura. En Chatuchac [1992], la portada del disco es la reproducción de una pintura en la que se ve en un ambiente oscuro, nocturno, apocalíptico a un hombre agachado tomándose la cabeza con las manos y de fondo un tren (o un subte también) que dobla a toda velocidad. Tipo Munch. En ese disco estaban ´Los mocosos´, ´Pega-pega´, me anticipé. Sí, Espectro, todos conocemos esos panfletos y muchos mejor que vos. Me alegraría saber –quise herir a quien no tenía cuerpo- que no soportaremos una aburrida inducción, a partir de esas letras piojosas, de la inasible realidad vernácula, en este caso brasilera, y en ese estilo un poco ´para que las pendejas aplaudan´ de un pseudo-periodismo cultural que se hace el pop y es decadente. Pero no te creas, no es mala idea, se ataja. Siempre fueron un buen manual de auxilio para los doble sentidos del nene blanco que fue al reviente y volvió de la guerra. Sabías –sí, se sabe- que en su bohemia Polo iba a los recitales de Los Piojos cuando no iba nadie y que ahí… Sí, Espectro, y que ahí mamó, etc. Aburre. Es que vos, exactamente, vos, espectador de lujo –me toreaba y me necesitaba porque él, escribir, no escribía por la ausencia de tendones, cartílagos, huesos- antes que nada, tenés que entender unas ideas que me permitan contarte más tranquilo la parte que me toca.

Digo –me dijo desengañado- que ser el máximo ´otro´ en Brasil, el inasible extranjero (o gringo ou o alemão entre los que, dependiendo de las circunstancias, hay que incluir a los exilados internos, indígenas o amerindios y negros) es como viajar en el techo de un tren ni turístico ni real, sin Andrés para cantar ni Polo para contar –y obligados. Experimentar el ´surf de los pobres´ -por parámetro cultural en su identidad todos los brasileros se consideran un poco pobres– es, en su versión básica, una oportunidad única para reconocer si te metamorfosearon en ese ´otro´ de identidad basculante. Sería algo así como una sociedad fuertemente jerarquizada en su interior, divaga el Espectro, de la que el extranjero, en un sentido amplio, es la clave. Los propios gringos repiten ese patrón al dividirse entre ´quien vive´ y ´quien viaja´. Es un aspecto común a los viajeros universales, pero potenciado. En las charlas, con frecuencia, se exhiben los pedigrís del tiempo que se tiene acá. Se reproduce a pequeña escala lo que para todos es la máquina social. Los extranjeros suelen adoptar una condición de los locales en la comunicación cotidiana que, ante cada opinión, reza: ´mas você, no Brasil, precisa primeiro conhecer… X, Y, Z´. Al que no vive aquí, le falta siempre el dato básico y anterior, que es, como pueden suponer, esquivo. Habría, toldos que nos envuelven a todos, dos capas de realidad. Una interior (la compleja sociedad jerarquizada) y otra exterior. Esta cualidad se manifiesta en la expresión -´para inglês vê´- que es entendida como la farsa, como la puesta en escena hacia el gringo –el ´otro´- que compra esa orquestación como intrínseca. Si bien la frase se aplica a cualquiera que funcione como el ´otro´ en el sentido del ´otário´, prainglevé rezuma cierto desprecio porque es, digamos, la algarabía del que cree que pertenece a un universo cerrado –el vagón de ese tren imaginario- al que solo se comprende si se es brasilero, una definición inasible por la extensión y por las variantes de esa construcción social. Para sumar confusión a esto, y cierro, habría que pensar, por lo menos, dos trenes funcionando y superponiéndose y al mismo tiempo: el tren mental de quien acá nació; el tren mental del que llegó. Ambos con sus jerarquías (pero vos conocés cuántos techos hay en los trenes que tienen sus lados flacos), ambos con la indeterminación de no saber cuándo usted, nacido acá o no, vai virar extrangeiro. ¿Sería pasarse de tren? No necesariamente, retoma el Espectro. Sería adecuar al momento de la comunicación, en una ecuación complejísima entre tu tren mental y el tren mental del circunstancial grupo, individuo, etc., quién de los dos ocupa el lugar de extranjero. Ecuación que no solo es difícil, sino absurda, Espectro. Puede ser, pero en esa sopa -diría Polo el que vio, porque vos sabés que es el que vio- en esa sopa y ensalada de recetas amazónicas, dice el Espectro cada vez menos cuerdo, metí el cucharón, sin preguntar si me habían invitado.

Lo primero, recuerda el Espectro, que me dijo Juan David –venezolano, 22 años- mientras caminábamos por las calles de Manaus fue: ¿por qué me dicen ´gringo´ si soy vecino? A Juan David y a Rinaldi y a Charly y al Chacarero y al pintor -que decía estar exponiendo en un espacio de arte por el centro pero al que siempre vi deambulando con una bolsa de plástico en la que mal escondía su botella de pinga-, los conocí en la avenida Getúlio Vargas unas tres horas después de aquel 29 de agosto en el que llegué a la ciudad de panorama babélico. En el ómnibus del aeropuerto al centro había coincidido con un periodista free lance austríaco, anglo parlante como lingua franca, cuya original idea de ir –o de venir- al país se basaba en escribir un nunca escrito libro sobre fútbol brasilero. Una vez en tierra, y ya por la misma avenida getuliana, me topé con un grupo de colombianos que vendían productos de panadería en la calle, con los que se dio una camaradería que me desorientó, puedo ahora suponer, para lo que vendría.

Mensajes Juan David

En la caminata nocturna, posterior y conjunta, hacia el Teatro da Amazônia, Juan David me contó. Había en Manaus un conjunto de vendedores ambulantes mezcla con artesanos a los que llamaban, y se llamaban a sí mismos, ´os malucos´ o ´los maloqueros´. Con la excusa de la venta, lograban el rédito esperado de algún robo, algún engaño, algún tipo de treta que no descartaba el cuchillo ni la muerte. No tenían códigos y él, Juan David, les tenía miedo. A cualquier pájaro nuevo, lo despluman, le queman el documento, y en este caos de turistas y de puerto, nadie va a reclamar por tu pellejo. La batalla alquímica infinita era cómo hacer del otro un literal extranjero –sea o no- y dejarlo, por hábito, en algún hueco. Me pareció, también, que era una caterva –epíteto un poco fuerte, Espectro- de temer. Los del grupo, los de esa caminata, vivían y dormían, sobre el río, en un navío algo desvencijado, con camarotes baratos, y no siempre amarrado, que escogía cada mañana un espacio diferente para amanecer. Al navío fui invitado varias veces y, aunque respondía que sí, nunca acepté.

Rinaldi era colombiano. Según su propio currículum, viajaba hacía años por Brasil donde, incluso, había estado casado con una joven hermosísima de la que se había separado. En su vida anterior –y lo contaba sin demasiados remilgos- había servido al ejército contra las FARC. Oscuros tatuajes ordenaban en sus brazos los créditos de ese posgrado. Charly –piel curtida, rasgos tribales, rastas de leyenda- era el líder espiritual gracias a una extensa antigüedad en el ramo. Como artesano y viajero sumaba unas tres décadas en la vía. También colombiano, había sido habitué de la hoy concurrida Montañitas (Ecuador) cuando era apenas una playa maconhera. A ese lado de la cuestión lo conocí por el Chacarero –Charly hablaba poco-, argentino y tucumano, casado y ahora padre que estaba a las puertas de volver a la tierra de allá para reintegrarse, por un tiempo, a su familia. Del pintor no supe casi nada. Se agregaban a la comitiva, con regularidad, un muchacho chileno y una chica brasilero-alemana (con su teoría del ´racismo extraño´) que viajaba junto con otros dos jóvenes mexicanos –uno de los cuales nació, se crio y vivió en Tijuana en un barrio ubicado a dos cuadras del límite con USA: ´salía de mi casa y lo primero que veo, o que veía, era ese muro´, decía. Aparecían, también, como por magia, meninos das rúas que funcionaban –para el extraño- como fiel de la balanza. Si la conversación era fluida y si se establecía una comunicación amistosa –entre los vericuetos de las ´girias´ y de la pronunciación etaria-, las cosas iban bien o aproximadas.

A las bélicas andanzas de Rinaldi las conocí en un puterío al que habíamos ido no para desahogarnos de nuestros impulsos sino para abastecer al grupo. Con él recorrí los densos lugares nocturnos en torno de la Praça Matriz, entré a los garitos más sórdidos y salí -en verdad, salimos, le temblaba la voz- indemne por su salvoconducto de malandro conocido. Al regreso de nuestra gira que fue, reconozco, extensa entre vasos de cervezas y abrazos a las nuevas y repentinas amigas, el humor de la comitiva había cambiado. La demora y la falta de alicientes habían languidecido las aguas. Después de los primeros tragos conciliadores, y de viejas anécdotas y de chistes tirados sobre la imaginaria mesa, recuerdo como en un sueño que Juan David se me acerca, me aparta y me da un minúsculo pedazo de papel con un número de teléfono y con el nombre de su madre –que variaría contantemente en las innumerables veces que me ofrendó sus mensajes- para que me encargara de comunicarme con ella si al día siguiente él, o su cuerpo, no aparecían. ´Me quieren matar´, repetía. ´Esos que llegaron nuevos´, había unos visitantes nuevos, por cierto, ´y los malucos´, dijo señalando a Rinaldi, a Charly y al resto, ´me la quieren dar´. Tarde reconocí que había engendrado un error. Tarde vi que nunca resolvería esa duda preguntándole a nadie si la acusación contenía la suposición del joven.

Melodrama, Espectro. Sí, lo sé. Salí y nunca pregunté. Vino el barco, la escasa escala en Santarém y el encuentro con Alter do chão. Jornadas solares después, en la comunidad de Jamaraquá, sobre la ribera del río Tapajós –el más bonito que conocí- a unas tres horas en barca desde Alter y a unas cuatro horas y media en ómnibus desde Santarém, Fernando, el profesor, habló de ´los microbios´. El día anterior me había confesado su ´preconceito´ frente a los personajes hippies que pululaban por esos parajes. Los encontraba dogmáticos, listos para darte una lección sin ver que su vida tampoco era tan natural como parecía. La charla había comenzado porque ambos nos sentíamos, de alguna manera, incómodos en un albergue cuyo dueño olvidándose de su hippismo –repleto de tatuajes, girias, capoeria y otras fintas- y cobrándonos religiosamente la estadía, decidía con mucha alegría acompañarnos de forma activa mientras cenábamos o bebíamos una sin igual cachaça que el profesor minero conservaba y que coincidía, en su efecto, con la armonía de los grillos en la floresta. Incluía estas diatribas de análisis, la figura de una bellísima gaúcha de veintitantos años –Dominique- que en una diminuta playa escondida nos había deleitado con el sonido de su pandereta y con sus escenas circenses acompañada de Antoine, su hijo, y con el acero de sus ojos y con una nariz recta que todavía es un hacha en mis pupilas. La primera tarde, entonces, en Jamaraquá, mientras nos tomábamos unos mates en la caída lenta y húmeda del sol, le pregunté a Fernando por qué ese prejuicio contra nuestros hermanos, hijos del tercer milenio y de los efectos no deseados de la New Age. Sus argumentos no vienen, ahora, al caso, pero sí la anécdota con la que ilustró su prevención.

Este último viernes, justamente, me dijo Fernando, me dice el Espectro, estaba en un bar céntrico de Manaus con amigos bebiendo cuando un grupo de esos falsos hippies, los ´microbios´, se aproximó a una de las mesas y comenzó una discusión, sin sentido, que derivó en una botella rota, y en la amenaza del filo, y en un largo y previsible etcétera que incluyó al circunstancial dueño y a un teléfono y a la llegada de policías con las narices frías. Recuerdo, recuerda el Espectro que le dijo a Fernando, vagamente una escena semejante. A un costado de la pequeña plaza que se ofrece como un tapete de cemento para el teatro amazónico, me hablaba y me convencía, aquel viernes, el Chacarero sobre las ventajas de la vida libre y sobre el valor y la importancia del cuerpo ajeno materializado sea ya en el poder de la faca y de la muerte, sea ya en la dulce piel de las jóvenes viajeras con sus manualidades que trocaban su calor por la compañía y por la seguridad del artesano cuya experiencia en la calle no miente, mientras en el fondo Charly, Rinaldi y otros adherentes levantaban y agitaban sus brazos encima de mesas y de clientes. Pitaba el Chacarero, pitaba yo, indiferentes a ese mundo alocado. Y nos mantuvimos indiferentes hasta que el grupo partió calle abajo para mezclarnos con los zombies del crack o del alcohol o de las estúpidas ´caixas de som´ que se adhieren a los autos como tributos al dios sordo y anodino del hastío. Es solo ahora, le dije a Fernando –quien me miraba desorbitado-, que reconozco que sin saber hemos estado, desde dos mundos distintos, observando la misma mueca violenta. Aquella noche, sin embargo, le concedí, decidí que tiempo y energías gastados en compañía de los malucos hermanos –y amigos porque las alaracas de Juan David, en verdad, no derivaban ni derivaron en nada- eran suficientes. Esa noche, claro, no acabaría ahí. Vendrían otras imaginarias peleas, y otros mensajes maternales, y la charla con Jessie, una delicada travesti que se prostituía, a la vista de todos y en el centro, entre el poco dinero de los noctámbulos, el ninguno del Espectro sin bolsillos, y la violencia de los clientes. Jessie vivía de lunes a jueves en un barrio de las afueras y pasaba los días finales de la semana en una casa cercana sobre la que no indagué el estatus.

Pasé en Jamaraquá –una de entre las veintidós comunidades que componen la Reserva de la floresta Tapajós, en el estado de Pará- casi cinco días. Me hospedé en la casa que comandaban Iracildo –el Bata- y doña Socorro con sus catorce hijos a los que fue pariendo a lo largo de treinta cuatro años sin más ayuda que el agua caliente, los paños, y la pericia de parteras vecinas. Bata había nacido, no muy lejos de ahí, en el ´mato´. Antisocial por mucho tiempo, acostumbrado a los bichos –a las cobras, a las onzas, a los jacarés, a los macacos, a los espíritus madereros-, a las cansadas aceptó el contacto con los hombres y sus vericuetos. Ahora era baqueano experto, era el guía buscado por los blancos para meterse en la selva con objetivos diversos. Por esos días, había acompañado río Tapajós arriba a unos documentalistas de los que no pude conocer el proyecto. Se decía que lo habían probado con un gps antes del contrato. Lo llevaron al mato y le dijeron. Y ahora, Iracildo. Y el Bata pensó, miró, sopesó y señaló para un lado diciendo que por ahí iban a encontrar tal cosa, ponele un arroyo, y lo encontraron. Por aquel mismo camino, pero aún más lejos, había nacido Socorro a quien le gustaba recordar que su finado abuelo fue uno de los líderes, de los últimos caciques, que se acostó sobre la tierra para impedir la apertura de los caminos que solo traerían, a sus anhelos, la desgracia a la tierra de los ancestros.

En Jamaraquá hay selva y tierra roja, hay agua fresca, hay playa de arena blanca -en las que el Espectro confiesa haberse deleitado, como en Alter, en pretendidos secretos chapuzones naturistas-, hay árboles con las raíces anfibias acostumbradas al oscilar del río, hay pájaros de cantar idílico, hay caminos de tierra, hay caminos de agua, hay igarapés diurnos y nocturnos, hay arañas, gallinas, loros y un coatí. Y bajo un techo de paja sostenido por troncos y maderas, hubo un almuerzo en el que el Tano, Alessandro, un italiano que vivía en Londres y que viajaba con su novia polaca, Goshka, desde hacía un año por América Latina, y al que –me dice el Espectro- yo llamaba de ´mi antepasado´, me contó con escabrosos detalles la sin igual experiencia entre los ´microbios´ de Alter. Otro grupo, mismo disfraz, misma dinámica violenta que llevó al Tano y a Goshka a esconder sus humildes artesanías de subsistencia en las mochilas. Con el Tano hablé –hablamos, me dice el Espectro- muchas horas en poco tiempo. Y de esas charlas me gustaría rescatar aquella más extensa. El Tano –que ya había viajado por Argentina en otros años- estaba ahora impactado por lo que él veía en América Latina (y que incluía a los microbios). Él y Goshka creían que si uno de los problemas principales de estas amplias tierras de tradición luso-hispánicas era la corrupción, la solución dependía exclusivamente de nuestra enjundia para acabar con ella. Mi respuesta, un cliché frente a su cliché, fue que mucho de eso tiene que ver con la herencia de una explotación que había comenzado siglos atrás con la llegada de sus ancestros. Le recordé que los Colones de ayer eran las multinacionales de hoy y que si América Latina era eso que él veía, era porque había una mirada europea que nunca dejó de considerarnos como un forzado reservorio de su excedente. Mi defensa más fácil, por supuesto, hubiera sido extranjerizarlos: el Tano no conocía bien; él y Goshka eran europeos. Sin embargo, no era ese el camino. Ah, bostecé, y sí, Espectro, mirá vos… Sí, le dije, mirá Tano, y te lo digo con humor, cuando ´ustedes´ llegaron –y cumplí con mi brazo un semicírculo amplio-, cuando ustedes llegaron algo acá se cortó.

Como en Alter y como en Manaus, continuó imperturbable, la etérea doble o triple realidad se desprende de ese fuego cruzado entre intenciones, posiciones, imposiciones, soluciones, atravesado por la nada interesante forma actual de hacer turismo. La violencia y la sordidez donde dicen y venden que reina el amor y la paz. El placer del que va y ni sabe por qué va, y la opresión sobre el que está. Y entre Alter (con Santarém) y Jamaraquá la persistencia, de otra forma, de ese doblez. Decían algunos que vivían ´en la ciudad´, aunque era un pueblo, al río arriba -a las comunidades- había llegado una nueva droga causa de la ruina de un mundo anterior en contacto con lo natural. Ese enviado del mal era el celular (´smartphone) y su fatal acceso a internet. ´Antes´, decía el hippie dueño del albergue que comulgaba con nuestras vituallas, ´ibas a una comunidad y estaban en el mato, ahora están encerrados o enfrascados en la pantalla. Antes salían a cazar, hoy las únicas presas que les interesan son créditos.´ Era para considerar esa mirada apocalíptica, pero tenía lados ciegos.

Socorro me contaba, cuenta el Espectro, que había criado a sus hijos en el medio de un trabajo exagerado. Alimentaba al ´gado´ (ganado), ´torrava farinha de mandioca´, controlaba el goteo del jugo blanco de la siringa, el látex, en potecitos ubicados a los pies del árbol, hacía la comida, amamantaba, etc. En las mejores épocas, Bata y sus hijos se encargaban de las tareas afuera, en el mato; ella y las hijas de las cuestiones más caseras. Unos cinco años atrás, cuando el programa estatal ´Luz para todos´ llevó la electricidad, las cosas lentamente comenzaron a cambiar. Esa economía de subsistencia que se valía de la floresta alrededor, iba contra la idea de una Reserva natural y se les ofreció a las familias formar parte del eco-turismo regional. (Es una ironía, por supuesto, este control sobre la deforestación localizada de grupos que habitan esas tierras, y el descontrol en la tala de árboles de las empresas madereras y de los poderosos de la soja, tal como lo decíamos en la anterior crónica –se autocitaba larvariamente el Espectro.) Las familias deberían vender el ganado, desprenderse de las demás actividades de cultivo, comprar un barco y acondicionar la casa para recibir visitas, los turistas, que serían y que son la entrada principal de dinero junto con las artesanías en semilla y los productos del látex. En esa mudanza, entró el dinero. Es muy difícil poder prever, dice el Espectro, en qué derivará esa zona turística hoy día visitada pero no invadida. Desde fuera, dañaba un poco la vista la inversión en metálico y en esfuerzo para construir casas, galpones, cuartos, con ladrillos y cemento cuando tenían a disposición madera y paja –o cuando podrían tener opciones alternativas, como ladrillos ecológicos, que el Tano, me decía, había visto muchas veces en su viaje- que permitirían no inundar de productos extraños y agresivos. Pero, llegó el dinero. Socorro evalúa, después de décadas, poner una puerta con llave en la entrada del terreno porque la estrada, la ruta Trans-Tapajós que por ahí pasa, trae a lejanos desconocidos que no responden a los códigos del pueblo. Ella también edifica su casa con cemento y ya derivó una parte importante de sus ganancias en la adquisición de una flamante cama con su colchón y sus resortes. En un círculo de ganancia e inversión, todos trabajan para sostenerlo. Varias historias ruedan sobre los que, en familias ajenas, no quieren trabajar, entrar en ese circo de los turistas, por ´preguiça´ (por fiaca), por alcohol, por preferir internet, etc. Hay los jóvenes que trabajan y viajan horas y horas para estudiar. Hay familias que todavía usan su horno a madera y de metal para torrar la farinha. Hay otras familias que manejan la industria artesanal del látex (porque industria, industria era la que tenía por esa zona Henry Ford quien parece mereció que le construyeran un museo por su grande obra). Hay lideranzas parciales. Hay una gran mezcla de intenciones, orientaciones, deseos y proyectos. De Alter a Jamaraquá, un afuera y un adentro, que es una fábrica constante de extranjeros. Del blanco al nativo, del nativo al gringo, del gringo al blanco y al nativo, y así en un círculo de desconfianza que para ser detenido o calibrado se precisa de paciencia y de tiempo porque responde a largos períodos de opresión. Cuenta Socorro el caso de un foráneo que en vista del potencial de ese lugar paradisíaco -que lo es- instaló en silencio una posada –disfrazada de casa particular de descanso- a la que ofreció en el exterior (viste como es Tano) sin comunicarlo ni declararlo a la comunidad dueña de las tierras. Hasta la llegada de internet, acaso por eso se enojaban los del pueblo, los habitantes de las comunidades no supieron hasta qué punto otros hacían negocios en nombre de ellos. El secreto –aunque no hay tal secreto- es poder detectar en qué momento usted –vos, espectador de lujo aburrido y ladrón- va a ser convertido en extranjero (o va a dejar de serlo), no en el sentido burocrático y geopolítico, sino en el modo del ´absoluto otro´: al que se le quita, al que se le roba, al que se oprime aun cuando haya nacido vecino y grite los goles del mismo equipo, y el mismo idioma y eso. (No tenés espacio ni sabés cómo engancharlo, Espectro, pero cuánto te hubiera gustado contar que Socorro te agasajó con una buena porción de farinha de mandioca crujiente con trocitos de carne de ´viado´ -bambi- cazado por uno de los chicos de la familia a la que tuviste el honor de acceder, en el secreto de una carne cuyo nombre no se comunica a los turistas, te decía Socorro porque viado en portugués significa también puto y porque en el pasado, al parecer, un gay se enojó al escuchar que en la cena sería comido uno de su condición. Y comido es cogido o culiado en portugués figurado. No me importa que me mientan, decía el cada vez más grande Polo, porque eso también hace parte de la historia –y porque el bambi estaba delicioso. Pois é.)

El mundo social amazónico –y no solo- está impregnado por una manera de ´ver´ amerindia, al que la antropología denominó, hace no mucho, ´perspectivismo´. En el mundo –empezaban las tan habituales y dudosas clases plagiadas del Espectro que ni deseaba oyentes ni se interesaba por crearlos- en el mundo, te decía, hombre, animales y espíritus (de los muertos) todos son, en su base, seres humanos. Lo que cambia entre unos y otros es la ropa, su forma exterior. El mundo se presenta como un gran escenario en el que se libra una batalla entre los predadores y las presas –repito, todos humanos. Al ser humano un animal predador lo ve como una presa, y una presa como animal predador. Nosotros vemos a la onza (un tipo de leopardo) como felino de cuatro patas y al urubú (especie de carancho) como ave carroñera. Pero, en sus lugares de residencia, la onza y el urubú se ven a sí mismos y a sus semejantes como humanos que nos ven a nosotros, a su vez, como cerdos y así, y etcétera. El urubú, por ejemplo, ve en su carne podrida, pescado frito, y el jaguar en la sangre, aguardiente. Ese enfrentamiento hombre – animal remite a una escatología (cómo se piensa el después del fin) según la cual el mundo es la lucha entre vivos y muertos. La maquinaria social indígena está orientada a la protección continua de los vivos frente a los que se han ido. La muerte es, en su rasgo básico y para los ojos humanos con ropa humana, la metamorfosis en un animal. Es un eufemismo común decir ´virou animal´ para señalar su no-existencia actual. Entonces, hombres frente a animales en un mundo violento. Entre ellos hay una especie de acuerdo. Los hombres cazan y dan muerte a los animales (sus presas) para poder vivir. Los animales se cobran, a su vez, la vida de los hombres porque, en la conservación de su especie, necesitan humanos que entreguen sus espíritus. Es más, cuando un hombre muere se metamorfosea en el animal que más cazó. Pero el carácter mortal del hombre no surge de una culpa ni de una falta ni de una deuda con un ser superior. En el pasado –antes del fatal error- el hombre era inmortal ya que vivía en un ciclo de envejecimiento y de renovación constantes en comunión con los animales. Llegaba a la vejez y mudaba su piel –su ropa exterior- por la de un animal y luego por la de un humano y así. Esa continuidad se rompió cuando –las versiones son variadas- un humano distraído no cumplió con el mandato que se la había otorgado (no responder a tal entidad, por ejemplo) y a partir de ese descuido nuestra especie se enmarca en una vida que finaliza no con la metamorfosis sino con la muerte y en la que los animales (los espíritus) son nuestros enemigos. Somos mortales porque no fuimos suficientemente expertos. Esta mirada sobre la muerte incide en la organización social. Si bien existe la idea de una estirpe que justifica la pertenencia a una familia, a una tribu, a una comunidad, al estar separados el mundo de los muertos y el de los vivos, se impide usar el poder de los primeros como refuerzo personal. Al pertenecer al mundo de los muertos, se rechaza, por ejemplo, la herencia. Este obstáculo les da a las sociedades, en este caso amazónicas, cierto tono de igualdad social. La muerte es entendida fuera del bate parche contra el sujeto. El mundo de los animales –y de los espíritus- es visto por los humanos como el espacio de lo radicalmente distinto. Por eso se prohíbe atender a los llamados, a las voces, a los guiños de donde surgiría el error. El mato, la floresta, con todos esos enemigos es la representación más cercana que los amerindios, más atentos al grupo, tienen de la concepción occidental de Estado. Esa cosmovisión va contra la idea de concederle al otro absoluto el poder de vida ̸ muerte. La conexión, te lo confieso Espectro, con lo que venías contando se me escapa. Mi miró perplejo. Es obvio, como también para el profesional al que le robo esta exposición, que en esa mirada escatológica que protege al vivo de un muerto cuya soledad lo impulsa a querer llevárselo para el otro lado, hay bastante más lógica que en todo el psicoanálisis. Y, por lo tanto, se inmiscuye una manera distinta de narrar y de considerar la muerte. Morir es perder la batalla frente al desafío del espíritu. Si estoy solo en el mato, y un animal me habla, y le respondo, con esa palabra dirigida a un animal pongo solito en duda mi pretendida humanidad y así me coloco a un paso de ir a formar parte de aquel mundo que, además, está acá. Me lo imaginaba, aventuré, ´la sopa´. Pues claro. Es nuestra tradición occidental judeo-cristiana la que coloca del lado de la aberración, y hasta casi de crimen contra el Estado, la opción del suicidio. Un nativo amazónico diría otra cosa… Polo vio y se tiró, y tal vez esa fue la forma más rápida que encontró en su deseo de mudar de piel, de ser aquellos animales que nunca cazó. Realmente, no puedo creer lo que decís, ni si te sentís bien. Es ese un mundo -absurdo y lento espectador-, violento y paranoico que convierte en el mayor peligro para el humano a los espíritus, ex humanos que nos quieren en su bando y que escogen figuras animales (o de árboles) para tentarnos. Algo de ese mundo estaba en Manaus, en Santarém, en Alter, y acaso algo de ese perspectivismo amazónico, común a muchos indígenas americanos, deambule y abunde en las formas de ver dentro de Brasil. Acaso permita comprender el continuo deseo de extranjerizar al otro, de volverlo animal, cuando a los ojos de ´esos otros´, el que ve como animal es también otro animal… Y hasta menos poderoso. Sí algo así, indeseable espectador de lujo, concede afable el Espectro.

La soledad -continúa con la delgada luz de su obscura existencia no-humana- es uno de los peores fantasmas en un mundo en el que (casi) todo lo vivo es humano. Lo soledad es el terror de mirar, de pronto, a nuestro lado y de ver seres semejantes –por sus ropas- donde no los hay. El otro fantasma es la posibilidad de perder la propia humanidad por la ingesta de animales en cuya carne permanece una distinta forma espiritual de ser humano. Por eso, se excluye de la dieta a determinadas presas o se les impone rituales purificadores (en manos de chamanes). Pero esa posibilidad permanece y se manifiesta en la rechazada metamorfosis a medio camino del humano en animal: el caníbal (un imaginario que funciona aun cuando muchas sociedades amerindias sean caníbales). Y el caníbal es otro extranjero.

En las horas finales del viaje entre Manaus y Santarém, me vi, ataca el Espectro, inmerso en una fascinante aventura verbal. Un rato antes, estaba charlando en la proa con un morador de la zona que tenía que hacer, cada tanto, ese extenso trayecto. Hablábamos sobre las alejadas riberas del río. Me ayudó a detectar señales que, por mi cuenta, no hubiera alcanzado. Las pequeñas casas en la costa, precarias, de los pescadores y las más suntuosas de fin de semana. El valor, en esas tierras repletas de agua, no del auto, sino del barco. (Más adelante, pero no voy a abundar en esto, aparecerá una joven pareja que por esos días buscaba comprar su primer navío como un gesto definitivo de amor y de futuro.) La vida junto al río no era fácil. Las subidas y las bajadas, muy pronunciadas. Las tierras donde ahora había árboles en meses podía ser solo agua. Eso siempre hizo complejo construir rutas. Se rompían por la humedad (y, por los que tienen intereses con el flete de las balsas). Además, señaló, aquel trasatlántico de por allá –y a los lejos divisé el casco de una nuez- va a pasar dejando un oleaje que vuelve al río casi imposible de navegar. Minutos después, una pequeña barca de pescadores en el ocre de la caída del sol, se perdía subiendo y bajando entre las olas que el monstruo de bandera japonesa, a poca velocidad, pero estábamos en un río, ban-de-ra-po-nés, provocaba. Se esfumó, con el viento que arreciaba, la charla, y me escabullí a cubierta, bamboleado por el delicado tsunami del godzilla carguero, a buscar los últimos mates ahora ya bien río arriba. A los lejos se borroneaban las torres metálicas de Santarém.

A la primera cebada, un moleque, un niño de unos 10 u 11 años como Víctor tenía, se me acercó para indagar en eso sin sentido que estaba ocurriendo al mismo tiempo: cara, barba, atuendo, mochila, bebida y soutaque (acento) indescifrable en su origen. La charla, que fue vertiginosa, duró más de una hora. El factor sorpresa y primer tópico de conversación, que abarcó degustación para él y para el coro de cuatro primitas más pequeñas que acompañaban encantadas el show, fue la infusión. Luego vino la compleja geografía en la que intenté ubicar, en el aire, dónde quedaba Argentina y cómo era ese pueblo, aspecto que perdió por votación inmediata y directa frente a un trueque de palabras en portugués y en español –ya que eu había pasado, claro, la validación internacional de poder comunicarme con minúsculos falantes. El trueque fue una ronda en la que los niños, cada uno por turno y con Víctor a la cabeza, preguntaban cómo se decía ´allá´ una palabra relacionada a algún objeto o aspecto que nos rodeaba ´acá´ y que comprendía a la tía que, atónita, observaba el sainete. Víctor me contó de su devoción. En la escuela a la que él asistía –pública- las de inglés eran malas y no había clases de español. Esta negativa se le había impuesto como una desgracia. La escuela, según me dijo, no registraba compañeros de otras nacionalidades como colombianos, venezolanos cuyos padres vi -ahora le conté yo- trabajar en Manaus.

Víctor era un agudo investigador. De su cosecha, había determinado que en el mundo había algo errado en el uso que se hacía de la lengua. Ese mundo, claro, quedaba en Manaus, en su barrio, en su casa, y en su escuela, donde se había instalado la moda (´virou moda´) de hablar mal. Nadie sabía bien por qué –alrededor los oyentes concordaban con lo que decía- ahora era ´chicki´ o ´legal´ pronunciar cualquier cosa. Por ejemplo, las personas se acostumbraban a pronunciar ´manlaus´ y quien no registraba ese nuevo modismo era descastado. El mundo, según Víctor, estaba lleno de fenómenos extraños. Nada, sin embargo, tan aberrante –he aquí (lo tenía de nuevo de pie y ahora caminaba por el cuarto, exaltado) un segmento de esta crónica al que hallo sin igual- tan fascinante como aquellas criaturas cuyo mayor defecto ya no era hablar mal sino lisamente engullirse a los que hablábamos. Víctor no salió, en los primeros minutos, de su asombro al oír que en mi estadía en Manaus no había tenido la suerte de toparme con caníbales (óigase, cani-bá-les). En el futuro o en el pasado de ese infinito viaje, oiría o había oído a otro hablar sobre donde residían, cómo eran controlados por la policía y así, pero nada como los caníbales de Víctor. En pocos segundos, e impulsado por mi ignorancia, el joven director de escena, montó el espacio apropiado, en la cubierta del barco, para que se desarrollara la presencia, persecución y caza de esos terribles despiadados. Un caníbal, me decía Vìctor encarando la representación, se reconoce por dos rasgos: el caníbal nunca habla pero no porque no sabe (no se sabe si sabe) sino para no dejar ver entre los resquicios de su boca sus extensos ´dentes afiados´; dos: el caníbal corre despacio porque ´tem corpo mole´. No quedaba demasiado claro si lo del cuerpo atrofiado se debía a la dieta basada en sus hermanos o a la no necesidad de esforzarse para obtenernos. En todo caso, que corriera despacio (´devagar´) era una paradoja y un peligro. Parecía fácil ir contra él, lento y pesado, pero era necesario ser efectivo porque aunque corriera con lentitud si errábamos, éramos la cena. Ahí dispuso la representación de la terrible caza de no sé qué vecino o lugareño que decidió acabar con él porque el caníbal había matado a un niño del indefinido barrio. Este segmento gore –en un mundo lleno de acechos, como el amazónico- potenció la maestría narrativa del pequeño.

Pero había un aspecto triste en esa historia. Pasamos del costumbrismo tropical al tango, parece, intervine. Un tono oscuro teñía su voz. El Espectro no rio. Estábamos cerca de Santarém cuando la función de Víctor acabó. Las familias comenzaron a recoger sus cosas, el viento se volvió más frío, las redes desaparecieron, el silencio cortado por las despedidas rápidas imperó. Las luces estridentes del puerto. El lento camino al amarre. La llegada impiadosa de la noche. Y vos pensabas. Sí, pensaba que era algo que no dependía directamente de Víctor. Hay una injusticia social que determina que él nunca será el antropólogo que exponga ninguna teoría sobre los maltratados come-humanos, ni nunca pisará la sala de una universidad de arte o de cine o de lo que sea donde ese filme fabuloso de los caníbales manauaras podría ser rodado. El contexto es claro. El viaje en barco –donde lo conocí- era para mí un divertimento de treinta horas. Para las personas y familias que lo hacían era la única forma razonable, en términos económicos, de llegar de un punto al otro. La vuelta de Santarém a Manaus duplica el tiempo de viaje. Ida y vuelta insumen una semana dentro del navío. La ruta rápida, porque no hay carreteras, es o el avión –demasiado caro para el trecho y el grupo familiar- o una especie, para mí, de mitología o de fábula portuaria o de nueva capa de la realidad, y tan costoso como el avión: las veloces lanchas que hacen el recorrido en apenas horas. No las conocí ni las vi ofrecidas. Ese barco, en el que me escapaba, era la versión obligatoria del ´surf de los pobres´. Acaso Víctor no era pobre en un sentido extremo, pero sí en el suficiente para quedar fuera –casi con certeza- de ese esquema. Y te lo digo así, dice el Espectro, con el corazón abierto: las cosas están cambiando, algunos modos están mudando. Pero, en el estado actual, Víctor no tiene garantizados estudios en instituciones gratuitas, abiertas y públicas en un país en donde el orçamento (presupuesto) para cualquier cosa es multibillonario. Y esto no se debe al argumento de la proporcionalidad de usuarios o de destinatarios. Lo mencioné en una crónica anterior, se ufana sin brillo el Espectro. En educación superior, el Estado brasilero garantiza ese derecho solo al 1,5% de la población (en una sociedad en la que, por la reversa, el 99 % tiene acceso a las imágenes en un televisor). La discusión es amplísima y remite a qué se dice cuando se habla de ´la burrice do povo´, como si ellos fueran los responsable de ese estado de las cosas. O es más, como si ellos fueran los burros… Tal cual. Pero, al mismo tiempo, dice el Espectro, es necesario reconocer que entre los estados de Amazonas y de Pará, en detalles vistos y conocidos al pasar y al vuelo, se construyen hoy universidades que buscan abrir el juego de acceso para otras clases sociales y otros sectores desfavorecidos. (Sería bueno recordar, le digo al Espectro, que hablás de universidad como cifra del sistema educativo en general al que, de todas formas, no conocés en su complejidad.) Es bueno recordar que uso la idea de universidad como un símbolo de lo que sucede con la desigualdad social en general. Desde lo que veo, tengo la sensación de que en el fondo toda ha cambiado para nada cambiar en los últimos tiempos. Los números siguen bajos mientras la inversión aumenta exponencialmente en aras de, entiendo, privilegios. Fernando, el profesor en tantos otros aspectos democrático, repite el argumento que he escuchado hasta el hartazgo de porqué la universidad brasilera es elitista –como supongo que es y como se desprende de sus antiguos y exclusivos orígenes. No se puede pasar de ´la nada´ -esa nada sería la palabra que califica al sistema público de educación, según él- al acceso a la universidad de alumnos sin experiencia de lectura ni de escritura. Son necesarias etapas. Hasta este período se ha intentado reacomodar injusticias como la casa, la comida, la salud, después vendrá lo otro. La inconsecuencia, según entiendo, me dice que entiende el Espectro, de este planteo del poco a poco es que, por un lado, lo dije, los presupuestos que se destinan en cada campus y en cada universidad son altísimos y daría para muchos más alumnos. Hay turnos repetidos para un mismo grupo cuando podrían utilizar ese espacio para dos. Se prefiere becar muchas veces a pocos (iniciación científica, mestrado, doutorado), antes que pocas veces a muchos. Al reducir la entrada de personas, usted no solo reduce el número de egresados, sino que reduce la variedad de miradas porque, a mayor cantidad de minorías representadas, tantos otros profesores en pugna y con sus diferencias de perspectivas. A mi ver (y reconozco tener un conocimiento parcial y me estoy refiriendo solo a las Letras, a la literatura), eso incide en el nivel de los futuros profesionales que ´compiten´ con raleados compañeros en su construcción discursiva durante el período de estudio. Hasta la actualidad, hasta el momento en que funcionó el vestibular (la prueba de admisión), la parte más difícil era entrar, después por lógica mal o bien (aunque incluso las universidades se desentienden de algunos alumnos) quien está adentro termina, se gradúa. El extremo del delirio es que en muchos casos se entra a una carrera cualquiera porque es más fácil ´la prueba´. Letras es una ellas y encontrar gente apasionada por la literatura –el famoso nerd, ex ratón de biblioteca-, se encuentra, pero cada tanto. Si algún estudiante se arrepiente a partir del segundo año, aunque tal vez exista una reocupación de esa vacante, es muy difícil que se atienda a quien quedó fuera. En sistemas abiertos, también con sus graves problemas porque la crisis de la universidad es planetaria, la permanencia depende casi exclusivamente del estudiante (y de su familia). Todo eso me parece le da un tono de universidad privada a la brasilera (e inclusive de escuela secundaria) que va contra la tan cacareada excelencia que, tal como lo veo, es otro ejemplo de la doble realidad. Antes que en lo concreto, en sus producciones y en sus frutos, la excelencia está en el ranking que vaya a saber uno quién lo arma. Brasil ya instaló que la USP es la mejor en América Latina. Cuando pregunto a los que la conocen qué pasa dentro, las respuestas no son tan alentadoras. Deberían dejarse de especulaciones y de remiendos como el sistema de cuota que garantiza un determinado número de ingresantes de minorías como los negros –me parece racista justamente porque confirma la diferencia- y abrir las aulas. Abrir las aulas y ver el universo de candidatos que tienen, y decidir qué hacer sobre los que desean ir. Y en ese caso, auxiliar a quienes presentan problemas económicos, etc. Es como si hubiera un pesimismo previo –tal vez surgido del conocimiento de causa que ellos tienen y que vos no, Espectro, acoté- sí, pero que siempre pone la palabrita ´fin´ de esa película en un selecto montón de blancos sin nervio. Y en ese proceso, Víctor –lesionados sus derechos- se vuelve un extranjero.

Fernando, languidece su voz por momentos el Espectro, no aceptaría nada de lo que he dicho. Para él debería suceder, como dicen que sucede, primero la etapa de lo concreto, y de lo espiritual, luego. Me perdonen las fuerzas superiores, decía el Espectro, atendiendo a las arañas que poblaban mi pequeño departamento, aunque él nunca era tan sacrílego, pero y repito, esa negativa por la incapacidad de unos y por la excelencia de otros, es elitista. En vano usé con él su propio discurso. En las charlas con el dueño hippie del albergue había aparecido aquella cuestión ´del acceso sí, del acceso no´ a la tecnología y a internet por parte de las comunidades alejadas de las poblaciones más influyentes. Fernando creía que cada comunidad debía resolver si quería o no la instalación de antenas, la entrada del servicio, etc. Con respecto a la universidad solo me encargué de invertir el argumento. ¿Por qué, entonces, no se les ofrecía a esos otros ´el servicio´ educativo superior y dejaban a ´los pobres´ decidir, elegir, si querían estudiar o no? En la cancha se ven los pingos, rifaba con su léxico no siempre abundante el Espectro. La sensación es que los blancos brasileros han clausurado como guardianes la entrada a la universidad y han optado ´hablar´ en el lugar de esos otros que no ven cumplido su derecho como ciudadanos. Esa es la idea de mi tocayo DaMatta en Carnavais, malandros, heróis, no es así. Sí, en los setenta. Él ve un rasgo central de la jerarquizada cultura brasilera en el constante y paternalista hablar de la clase media por ´el otro´, por ´el pobre´, por ´el oprimido´. Como es el interesante caso del ´perspectivismo´, productivo, novedoso, respetuoso, basado en el trabajo de campo en Amazonas del antropólogo Eduardo Viveiros de Castro -el autor de esa tesis, discípulo de DaMatta y etcétera- pero que no deja de ser un blanco hablando sobre minorías. Al día de hoy, ¿no existirían condiciones para que nuestros amerindios, por ejemplo, estudien, investiguen, escriban, si así lo desean, sobre ellos mismos o sobre los que les venga en gana? ¿Reconoce la UFAM, universidad amazónica, que más lógico que convertirlos en ´objeto de estudio´, es hacerles valer el derecho de ser, mínimo, ciudadanos brasileros? El derecho como carta de triunfo. Exacto, como el ancho. Si tengo un derecho es porque lo puedo ejercer y usar para vencer. Te dijeron pero no te acordás cuándo… Me acuerdo, me acuerdo. Era otro profesor pero con este sí me peleé, casi. Y de él nunca hablé. Era del PT y le ataqué a Dilma. Pero su dato vale. En este año 2013, en la UFT (Universidade Federal de Tocantins), se graduó la primera médica surgida de la población amerindia en la historia de la blanca universidad brasilera. Que entró por el sistema de cuota, Espectro. Sistema que confirma la obsesiva cerrazón de las puertas y, por supuesto que lo voy a decir, pelaba en solitario. ¿Qué mayor argumento a favor de la urgente y necesaria apertura de las universidades que la importación de médicos cubanos –Cuba tiene 11 millones- a un Brasil con 200 millones de habitantes (problemática que permitió, cómo no, aflorar aquellos viejos vapores racistas en suelo brasilero)?

Descubrí esa distancia con Fernando la noche en que fui, por él, invitado a una cena en la que, como no podría ser de otra forma, confiesa el Espectro, provoqué una situación ´a dos aguas´ entreverada con el sabor de un delicioso pescado. A diferencia de otras regiones más conservadoras, en el norte brasilero reina un olor distinto. Está el contexto violento, pero también un microclima social menos tenso con cruces, con rupturas de barreras, raras en otros espacios. Estamos, entonces, en Alter, en un recoveco de la entrada de Alter, en verdad. Es de noche, los grillos y hasta las cigarras trasiegan, el clima es perfecto, el viento una caricia.

1
Estamos en la casa, en el medio de la floresta, de Luciana (antropóloga) y de Hermes (músico de curimbó). Luciana vive en el pueblo y da clases en Santarém en la UFOPA (Universidade Federal do Oeste do Pará), una de las nuevas universidades que se construyen en aquella zona mediante el programa REUNI (Reestruturação e Expansão das Universidades Federais). El conflicto sobre el temita educativo –en mí late y late oculto que van a esgrimir el argumento del ´luego, luego´- llegó rápido. Luciana pintó una situación algo bizarra, como era de esperar, basada en profesores que no saben qué hacer frente a alumnos que se muestran desinteresados y que van poco y que no leen y que tal vez intuyan el delirio cuando en el país que construye estadios inútiles, ellos tienen clases, como las tienen contaba Luciana, dicen que de forma provisoria, en un hotel que hace las veces de edificio universitario. En esa conversa, tercié y acusé a la organización excluyente y jerarquizada. Pero, a sus ojos, me manqué, confiesa el Espectro. Luciana argumentó que el vestibular correspondía y solo permanecía en las universidades más conservadoras y que las puertas habían sido abiertas gracias a la implementación del ENEM. Detiene su charla el Espectro y me alcanza el recorte de un papel arrugado y mal impreso que ahora copio.

Criado em 1998, o Exame Nacional do Ensino Médio (Enem) tem o objetivo de avaliar o desempenho do estudante ao fim da escolaridade básica. Podem participar do exame alunos que estão concluindo ou que já concluíram o ensino médio em anos anteriores. O Enem é utilizado como critério de seleção para os estudantes que pretendem concorrer a uma bolsa no Programa Universidade para Todos (ProUni). Além disso, cerca de 500 universidades já usam o resultado do exame como critério de seleção para o ingresso no ensino superior, seja complementando ou substituindo o vestibular.

Pero, ¿se abrió?, según vos. Eso –dice el Espectro- es lo que intentaba colocar en una conversación de la que más temprano que tarde me salí porque estaba comenzando a ser grosero –o grosero fue el comentario de esa querida antropóloga sobre o argentino sem jeito. No lo sé. Ser invitado a una cena en Brasil cuando usted es un desconocido es algo que ocurre muy pocas veces y me salí. Me fui, me escabullí mentalmente por las ramas de los árboles del patio antes que avanzar con una discusión que parece tocar –que toca- el corazón de los privilegios en la sociedad brasilera… Aunque, reconozco, en ese intercambio de ideas, era posible que ella tuviera razón. (Pero… abrir, abrir, no se abrió.) Había y hay en toda esta ardua cuestión innumerables variables. En una charla posterior, Luciana –quien, por supuesto, no quedó muy convencida de porqué indagaba el Espectro- reconoció que rige una especie de desconcierto en el destino de los estudios superiores brasileros. Todavía nadie sabe bien cómo ni porqué existe un proyecto en funcionamiento de duplicar (otro nivel más) la organización del sistema: a la vieja forma y manera europeas, se le superpone ahora la remozada norteamericana que hace de la escuela secundaria una preparatoria…

Problemas, problemas y me pregunto, espectador, si en lo que respecta a la educación y a tantos otros temas no es uno de esos problemas la extensión. ¿La del territorio? Sí, la de la organización de la União. Tenés ganas de tener razón y decir que por esa infinita extensión todos son un poco extranjeros en este suelo. Tengo pero no hoy, dice el Espectro. Aquí ya está fresco y para contarte me queda apenas un final simple pero sincero sobre vivir en una tierra infinita y sus cimbronazos y sus cacareos. En aquella conversación, al comienzo mal arriada y entre el pescado, conocí la batalla sobre la que todo desconocía. Dos años atrás, en el 2011, en el estado de Pará se implementó un plebiscito para decidir si el territorio sería dividido en tres regiones. La causa principal se desprendía, es previsible, de la diferencia por el volumen de los impuestos volcados al fisco. La decisión de la mayoría fue contraria al separatismo. Los paraenses experimentaron dos situaciones. Vieron cómo mientras en el boca a boca y en el día a día, la mayoría sugería que iría a votar a favor, en la votación ganó el ´no´. La segunda, sospechan, la incidencia de los medios de comunicación. Hacia ´afuera´ la acusación a los medios cariocas y paulistas de ignorar, o por lo menos, de no dar la importancia requerida. Hacia el ´interior´, hacia el mundo local, la fuerza de una mídia que, de manera ilegal, permanece en manos de la politiquería básica. Es un ejemplo lateral que vale para ilustrar lo que sucede ´allá´. Se levanta de su silla, y de forma inexplicable, el Espectro, y dice. Hoy, con ustedes, José Sarney. Aplausos. Consagrado presidente pseudo-democrático por la muerte temprana de Tancredo Neves en 1985, en la actualidad es un poderoso legislador [PMDB] por el estado de Amapá y conforma la lista –junto con su hijo y con su hija, una familia literalmente política- de diputados o senadores brasileros que tienen algún tipo relación con la mídia y que ni piensan en abandonarlo. A pesar de datos que desmienten la independencia entre medios y poder político, se había sentado y gesticulaba, según la ´Agência Repórter Social´, solo el 5 % de los 1059 diputados electos entre 2007 y 2010 reconoció tener relación o con una radio o con una cadena de televisión. En Amazonas y en Pará, vecinos de los estados Maranhão y Amapá donde rige la familia Sarney, su fama de caudillo que dirime a los tiros la política (se dice sobre un susto que se llevó Lula) y las rencillas con la prensa corre con una lista de chismes que no necesito repetir y que tal vez sean comunes a otras mitologías y que retrotraen la situación –como en otros grupos sociales latinoamericanos, solo que vale recodar estamos en el territorio de una potencia mundial- con cierto optimismo, al siglo XIX.

Esta potencia construyó su poder en base al territorio. Por eso el separatismo es el fantasma mejor conjurado de Brasil, en un Estado que ve cómo la extensión cuasi inabarcable a la que se enfrenta pone en jaque su capacidad de actuar. Es el separatismo, se puede suponer, el origen de la desconfianza mutua e histórica entre los sureños gaúchos y el resto del país, sobre todo, los estados centrales. En Brasil, se sabe, el poder ha sido habitualmente ´café con leche´. Se resuelve entre el lácteo Minas Gerais y el cafetero São Paulo. Y Rio Grande do Sul tiene en su tradición aquel deseo de independizarse de la União -Guerra dos Farrapos [1835-1845]- que dejó una cicatriz visible. Y esa desconfianza interestatal es una rueda: norte, sur, centro, nordeste cada grupo se reconoce y se desconoce recíprocamente.

Extensa, interminable, tu croniquita de hoy, Espectro. Como los caminos aquí, absurdo espectador de lujo. Varias veces en el viaje me pregunté por qué frente a esas distancias no se da o se vuelve a dar en Brasil el desarrollo del tren, de un tren de pasajeros –porque de carga hay- que comunique este continente. No los de la carioca y hermosa Estação Central, no los del São Paulo inmensa, otros trenes sí que conecten espacios diversos. Dice –se dicen tantas cosas- que anda dando vueltas un proyecto para ramales de alta velocidad por la región del centro. No para el norte, no para el lejano norte. Mis últimos días en Alter do chão, abunda el Espectro, los pasé alejado de la playa, a unos dos quilómetros de la pequeña villa, y descansando en una comunidad verde de la que me reservo el nombre… Como si a alguien le importara, te digo. La comunidad estaba antes de la entrada al pueblo y esa distancia permitía quedarse más ´en casa´. Caminar por la floresta, bajar al minúsculo y privado brazo del río, deambular entre los árboles, pensar, fumar, pensar y volver al amigo mate. En la tarde de mi despedida, un viajero alemán que andaba de acá para allá con una bicicleta –acá y allá, eran el norte y el nordeste brasileros- fue quien me dijo que él había oído, y nadie más en el grupo ni en la mesa tenía ese dato, sobre un tren de pasajeros turístico lindo e interesante, en un vago mundo exterior. No irás a mentirnos que ahí empezaste a pensar en Polo, abrevié. No exactamente. En Polo empecé a pensar después, a la noche y al otro día, y de forma muy vaga, con muy pocos datos, con mi memoria flaca, y con la dispersión del que viaja. Estaba en Santarém. Volvía a Manaus. Eran las ocho de la noche y esperaba el ómnibus hacia el aeropuerto. Había llegado a ese punto, una intersección de dos grandes calles con más tierra que cemento y con una rotondita de circunvalación que sola daba miedo. Llegué a ese punto por una triple referencia de candidatos diferentes y a cubierto de dato falso. Y te cagaron. No hace al caso. En el viaje en la línea 306 de Alter a Santarém… la empresa se llamaba ´Borges´, en ese viaje, mi despedida del humano pantano se nutrió de una agradable charla con dos artesanos, ella de Portugal, él de Irlanda, que no pararon de hablar de dinero y que se escandalizaban por mi ´escolha chicki´ del aeropuerto. Ella tenía la cabeza totalmente rapada con una trenza de su propio cabello restante haciendo de corona. Rostro ovalado, aceituna. El muchacho irlandés rompía un poco la armonía y se esforzaba por ser afable con la afabilidad de un punk borracho. Veo que ella te gustó, Espectro… Soy inmaterial y puro espíritu, indeseable espectador, no te pierdas. De ese colectivo me bajé –las artesanías que la chica portuguesa producía, el desacomodado señor no parecía manyar mucho en el brebaje, eran alucinantes. Me bajé y busqué mi lugar. Mientras aguantaba la llegada del que me llevaría allá, al aeropuerto, una moça, con su familia a un lado, una moça de unos doce o trece años, pintada con su piel morena dentro de minúsculos retazos de tela, se apiadó –entre los piropos de los que pasaban, las cervezas (fueron una tres) que le ofrendaban, y la distraída vigilancia de su familia- se apiadó y se olvidó de las veces que me vio que la miraba y me dijo fundida al imperio de la noche que todo lo gobernaba, senhor, o ónibus não vai passar, não. Entre el cansancio y la resignación, entre el moto-taxi, la ruta, la noche profunda, los quilómetros y la demora en llegar, llegar, llegar, me acordé levemente de Polo. Pensé en lo que él podría haberle sacado a ese conductor encascado, pensé en las historias imposibles de ferroviarios abrasilerados, pensé en si no debería haber escuchado más dentro de aquel hotel y de cómo él lo hubiera hecho –desde ya, Espectro, que no sé vos, pero él no hubiera pagado-, pensé en que más que del otro lado, porque lo dijo, cuando se refirió a la sopa, no hay ni un lado ni un otro lado, la cosa, si lo es, era el visitante, el perpetuo extranjero.

En el inicio de El Visitante -con el transcurrir de los capítulos, ese marco ficticio parece que se pierde- se sugiere por una radio que el protagonista, el investigador, sufre del síndrome del ´visitante inoportuno´ que ataca a las personas que pasaron sus veinticinco años y que no han podido encaminarse, decile proyecto de vida, decile cualquier cosa que te distraiga de ponerte a pensar posta. El personaje encarna un outsider, alguien que nunca se siente en su lugar. Un marginal. Desde El otro lado [1993-1994] a El visitante [1995], Polo pasó en un salto lógico del fantástico (y del policial porque en el fondo estaba Philip Marlowe) a la ciencia ficción (entre el Subiela de los ochenta y La sonámbula, y volviendo a El Eternauta). Polo dejó de ser guionista, y más atento a los tiempos, se convirtió en el sobreviviente de una época que se sabe ida pero no se sabe cuándo. El tipo –que ha filmado todo durante mucho tiempo- observa esas viejas cintas en vhs que son su memoria con el recóndito deseo de ordenarlas. Los espectadores vemos a un periodista (categoría que le hinchaba las pelotas usar, según su pudorosa confesión, para denominar su trabajo en tevé) que es un espectador de su propio trabajo. La historieta es el ambiente donde vive y no lo que él (mal) produce. El tipo está encerrado en su departamento. El exterior es indeterminando y amenazante. El aire es nocturno y la música, nerviosa. La radio habla de controlar, de neutralizar aquel síndrome. Por instantes, en la presentación, camina por una playa vacía con la arena, el agua y el cielo de un rojo sangre apocalíptico, rojo que se concentra en el final de los títulos en el ojo de Polo de donde salen las letras del nombre del ciclo. Ciborg-Polo. Lo más importante ahí es el ojo, dice el antiguo Espectro a quien ya nada detendría. Polo decía haber visto demasiado, haber visto cosas que habría preferido no ver. En una vida con rasgos surrealistas, Polo decía que buscaba ´ver´: ´estoy tratando de ver como se hacen las cosas bien. No tengo, un mensaje, un modelo o una ideología…´. Su búsqueda era darle a la persona en su cotidiano una comunicación basada en un ´intento de mirada´. Para él, el mundo es lo que cada uno ve del mundo, es encontrarle la belleza a lo real… Es el ojo y es, claro, el oído. Polo confesaba no poder olvidar las historias que oyó. Esas historias habían pasado de ser la razón de la escritura a ser estruendos que no le dejaban escuchar su voz.

Oyó y vio lo que no se debería ni ver ni oír. La entrega de los premios Martín Fierro, en 1994, es un momento estelar [Ver minuto 32]. El otro lado recibe el premio al mejor programa periodístico frente al pope menemista Mariano Grondona, por ejemplo, y Polo y el grupo de realizadores y de productores suben al escenario más como una banda que como otra cosa. Y de hecho, eso eran. Polo dice lo de la ´sopa´, se ríe de estar ahí entre tantas figuras y recuerda que muchas imágenes que se ven el ciclo sucedieron antes, en noches y en lugares semejantes. Con ´la sopa´ (no hay dos lados) le responde indirectamente a Sofovich –hola, Gerardo- (inexplicablemente en este momento el Espectro se para y hace un gesto, anti-gualicho, para usar sus propias palabras), interventor de ATC, quien le sugiere al joven descartar el título El lado oscuro y poner lo del otro lado. Sofovich dice sugerir eso porque en el trabajo de Polo había luz. Nada más absurdo. Fue al lado oscuro, o sea acá, y, sin dudas, no había luz.

Entre el primero y el segundo programa Polo, del 93 y 94 al 95, se da un giro que es como el rulo inicial, en los noventa, de esa representación volcada a la exhibición del vacío personal que (en una de sus aristas) sería potenciado por internet. En un capítulo de El Visitante, a esa altura la cámara lo seguía a capricho, Polo se pasea por el barrio, observa el auto chocado del vecino, admira un jardín común y silvestre, etc., camina un poco e ingresa a su casa en la que unos amigos, y su amigo conviviente que acaba de llegar del laburo, se toman unos mates y no entienden nada. La progresión de preguntas que son como las letanías de El Visitante -cuándo empecé a caer, cuándo empecé a oír, cuándo empecé a llegar, cuándo fue que empecé a viajar, cuándo fue que elegí un rumbo, cuándo fue que decidí quedarme, cuándo fue que deje ser un visitante– creo –especulás al extremo Espectro-, creo, decía, que marca ese camino del que cuando llegó al cotidiano, a la propia vida, a la indistinción del conflicto porque todo puede ser visto desde otro punto de vista, o contado distinto, cuando él llegó ahí, y dejó de ser un visitante porque conocía ya todas las historias, y cuando no se protegió frente a todo eso con cinismo, explotó.

¿Quién fue Polo? Un personaje. Me recuerda al también judío y también indagando en los bajo fondos de los secretos, de esa, para Polo, póstuma película de Aronofsky, Pi de 1998. Un personaje de Arlt. Erdosain que se suicida en el tren. Pero Polo no es el fracasado Remo. Uno, rebelde y conspirativo no-personaje, de Macedonio. Un detective de Walsh. O también la manifestación más clara de la encarnación del espíritu de Walsh en un ser humano con máquina de escribir y todo. Porque a Walsh también lo terminaron mal. A uno se lo fumó la dictadura y al otro su vástago en versión sudaca, el neoliberalismo. Y Polo con su cámara fue un Peter Watkins asureñado. Quebró todo con poco. Permite el delirio de varios (una extensa lista de herederos y de usurpadores). Polo fue su trabajo en Fierro y en Radiolandia (la del corazón donde conoció al de policiales Enrique Sdrech) junto con Pablo de Santis, guionista después en la tevé (y en la investigación estaba Marcelo Birmajer). Polo fue el diario Sur (del Partido Comunista donde había militado y de donde se choreó la máquina que es parte de su imaginario) y Página12. Fue su primer trabajo en televisión en Rebelde sin pausa, y el mito de que una estrella de la farándula –era fachero Polo- se lo llevó un fin de semana a Mar del Plata. Y fue decir que el silencio en las entrevistas le venía de Roberto Galán y del yo me quiero casar… Polo era el que sin hablar hacía llorar al entrevistado. Fue la cara resplandeciente de un grupo que trabajó mucho para sostener el proyecto. Y fue un Polo que terminó sus días solo, durmiendo –cuando no estaba en el Tigre- en la calle. Como diría alguien, la obra de Polo y Polo son demasiado grandes como para ignorarlos.

Y ¿qué le pasó a Polo?, según vos, Espectro. Vio. Pero los registros no van a decir nada. Escuché dislates en chistes, que no dan para el contexto, sobre la yeta de haber sido ´Premio Revelación´ en los Martín Fierro; la anécdota de algún boleto casi-capicúa sin gracia y ridícula. Les faltó, muchachos, relacionar las tres pelis de Dean con los tres años y los ciclos de Polo y sus inicios televisivos en Rebelde sin pausa, como para reafirmar el asuntito del fierro chifle aleatorio. Igual, y en concreto, algunas respuestas sobre lo que le pasó deben estar en ese libro –El buscador [2005]- del que conozco apenas las primeras hojas. Y con lo que leí es suficiente, como lo son las dos paginitas iniciales de de Santis en un prólogo titulado, como para no pavear con su postura, “La vida realˮ, ese miedo a que se siga instalando el mito ´Polo´ sobre el que, dice entre paréntesis, “…(los cassettes que circulaban de mano en mano, el carácter a veces extraño de los mundos que abordaba, la muerte joven: todo colaboraba)…ˮ… para crearlo. Y suficientes para que tengas razón, aporté indiferente.

En junio del 2001, a menos de cinco años de la muerte, Carlos Polimeni publica en Página/12 ˮEl otro lado de Poloˮ, en razón del MAM (Museo de Arte Moderno, Buenos Aires) proyectar una selección de los mejores programas en homenaje a esa ´revolución audiovisual´. También y por supuesto, Polimeni recoge el enigma: “Nadie entendió nunca el final de Polo…ˮ. Desliza la idea del suicidado por la sociedad a la que no le pone un nombre concreto y dice ´la sociedad´: la vida de Polo y sus programas fueron “…emblemas en… una generación que fue saltando de la política al arte, del arte a la mística y de la mística al vacío.ˮ Y antes del vacío, y en la indagación del vacío, las drogas. Esa nota anticipa documentales que se rodaban por la época. Uno de ellos estaba a cargo de Gustavo Alonso –En la vereda de la sombra, del futuro 2005. Alonso, además, era parte de la cátedra -oh, academia; oh, periodismo- ´Mirada Polosecki´. Su documental comunica con escalofríos el click en Polo, el click en la cara en la charla y en la pantalla de Polo. Del oscuro y brillante del inicio, al que entre infinitas hipótesis el éxito, el premio, el dinero, las drogas (decían thc), las malas influencias, las peleas con el grupo, todo lo fue conduciendo a ser automatizado que respondía lo que el otro necesitaba para contar. Conoció los sutiles mecanismos del habla y se valía de ellos como de pequeñas llaves que abrían puertas tras puertas, tras puertas, tras puertas. Dicen que el personaje se lo había comido. Le dijeron psicótico y adicto. Pero Polo, lo dije mil veces, fue el que vio. Vino. Entró a las sombras. Vio e hizo su obra. Le puso su firma inolvidable. (Habrá querido volver). Y se fue a un nuevo anfiteatro. Otro documental, cuenta Polimeni, que se rodaba por entonces era el de Horacio Ramos (del que no encontré registros). Ramos resalta. Polo cambió la historia de la televisión (argentina). Evidente es su influencia posterior sobre los jóvenes estudiantes que se pasan de mano en mano los videos caseros de esos programas como objetos de culto y de aprendizaje. Polimeni –que podría hacer brotar con su comentario a de Santis y no solo por el gerundio- firma: “Polo enseñando a hacer televisión desde la tumba.ˮ Se tomó el palo. Fue un artista que vio que aquí parece el caldo cocinado. ¿Aquí? Y-se-tomó-el-palo. Ese final en el Tigre, entre las plantas, los bichos, el río y el amigo innombrable y por la familia odiado, ese final con las supuestas teorías conspirativas que Fabián traía, y con esa historia del túnel y de los nazis, él que era judío, y con sus últimas salidas a espacios nocturnos en los que veía corrupción y decadencia por todos lados, y de… ¿Espectro? Es que hace tanto sentido con el visitante -continuó en su fiebre- con el que ve, con el que se va a ´la naturaleza´ (que es otro invento, pero es más lindo), retoma el punto (¿habrá visto, como los chamanes, las ropas exteriores en los animales?). Y se toma el palo. Puede ser, dije desconcertado.
3
Y para mí todo eso se potenció entre el agua, el calor, el río, la pegajosa humedad, el verde, las plantas y su leve recuerdo, en la comunidad de Alter, y en el exterior inmediato y concreto, inmutable pasando y pasando, como si nada fuera incierto, ese ómnibus Alter-Santarém, con ese nombre que complotaba… Es un normal y común apellido tradicional portugués, Espectro. En su exposición, Vivieros de Castro (a quien imité sobrado, en un doble robo porque el dato del antropólogo se lo debo a Fernando), tiene como objetivo explicar qué es la muerte como ´quase acontecimento´. En ese camino, dice lo que ya dije sobre la muerte en el mundo amerindio y dice que en la muerte -aquello que sucede en lo real, pero también en lo virtual porque permanece presente en las anécdotas de los que van solos al mato y son toreados por una situación de casi muerte, una amenaza aleatoria de algo- en esas situaciones de casi muerte, del que vive para contarlo, está el surgimiento de la narración, de las mitologías y, supongo, de las religiones y de lo que llamaríamos literatura y de todo el resto. La narración, dice el antropólogo, se da porque casi morimos y vivimos para volver a contarlo. Y porque somos mortales, contamos que casi morimos para reafirmar que estamos vivos. Si fuéramos inmortales no necesitaríamos nada, ni contar, ni salir al mato, nada. Ahí lo nombra a él en una exposición, por otra parte, con pocos nombres propios. Como en ese cuento de Borges, dice, de esos señores inmortales, dice, creo que es en “Las ruinas circularesˮ, pero no lo recuerdo, y sigue. El antropólogo confunde dos cuentos y no al azar. De ninguna manera al azar. Vos decís que el recuerdo de la selva y allá en el norte, la firma Borges sobre el costado del colectivo. Digo que, mirado bien, Polo se acerca a ese mundo de lo anti-estatal que es el parentesco, él se mete en los grupos, en las familias, de orígenes que no eran sanguíneos en su mayoría, se mete ahí que es en verdad donde están las infinitas luchas con el mundo de los muertos, si lo mirás en la mirada amerindia, se metió, se fue al mato y no se protegió. Una onza le habló, él le respondió y ahí se mancó y dejó de ser humano. O se convirtió un tiempo en caníbal hasta que mutó. El propio antropólogo hace chistes al pasar con que dentro del Estado ´el fisco´ es un felino suelto en el mato (la ciudad una selva) y no sé si la hace pero la sugiere que la policía sería lo más peligroso, digamos la onza, digamos la sucurí. ¿Qué animal sería la tele? Entonces, cuando Borges en ese cuento de las ruinas mezcla la selva con la ciencia ficción no andaba lejos. Para nada, me dice el Espectro. Dice la leyenda que Polo conoce a Eduardo -al que sería su amigo final en la etapa del Tigre- ´amigo de soltería´ dice irónicamente Polimeni, durante la filmación del último programa que hizo de El Visitante. Se había divorciado por esa época de su mujer y madre de su única hija. Pasó de la ciencia ficción a la (relativa) selva atigrada. Dicen que compró una isla y la puso a nombre de Eduardo. Dicen que este lo quería llevar a una secta. Más bien parecen prejuicios contra el amigo. Como sea, la conspiración en la locura, o no, de Polo está y no sé mucho más. En la real, Polo hace el mismo movimiento que hace en el cuento Borges. Y si lo mirás más amplio, la selva, la ciencia ficción, la conspiración, la memoria infinita, en Borges la biblioteca, en Polo su versión fílmica. Polo el que vio y Borges ciego (y ciego como era el visitante sin su cámara). Polo también como el personaje de esa novela –que Borges nunca escribió, ¡por favor!, Espectro- y que publicó dos veces. En esa novela, y así en el mundo Polo, predomina la noche. Y está el misticismo (porque Borges también se puso a los jueguitos conspirativos y se perfilaba de profeta o de sacerdote literario) y el final disolvente. Muy interesante, pero tengo sueño, Espectro, vos decís que vio… Digo así: podés ver ciertas cosas si las enfocás desde un determinado ángulo. Y eso es, por ejemplo, algo que Piglia olvida, aunque lee siempre muy bien, como nadie, a Borges. La ciencia ficción y Polo es otro que también hay que pensar, espectador, pero se necesita saber más y ahora no es el momento.

[Septiembre 2013 – Manaus – Santarém – Alter do Chão – Jamaraqua ̸ Región Norte – Brasil ]

2

Mancaos I. El kaos en Manaus y la culpa de Cristina. [De la crónicas amazónicas del Espectro]

DSC04320

En un rincón del centro de Manaus, entre la Praça Matriz y el inicio de las callecitas del viejo puerto se yerguen, con las fuerzas que le restan, los despojos de una iglesia. Nunca –intuye el Espectro- vio en otra ciudad de la América Latina conocida, y más sorprendente aún en un Brasil saturado de religiones, un templo abandonado, descascado, dejado a la suerte de las alimañas que, por otra parte, se las ingeniaron también para ocupar puestos de gobierno. La fealdad, el descontrol y el sálvense quien pueda –si usted es extranjero, potenciados- reinan. La ciudad tiene sin dudas sus encantos –se trata solo de encontrarlos-, pero lo que salta a la vista es la paradoja y el sin sentido. Capital de un estado rodeado e inmerso en el agua, es previsible que su terminal de ómnibus sea pequeña, me cuenta el Espectro. Pero, no es su tamaño el problema. Es la improvisación, es el abandono edilicio, es la falta de interés de los vendedores y las tres ventanillas escasas para una urbe con casi tres millones de habitantes. Es, finalmente, la mayor contradicción que se construye unas diez cuadras antes del edificio ´rodoviário´ azul. Con tan solo un equipo jugando en la Série B del campeonato brasilero, Manaus logró –chorros de corrupción mediante- hacerse con una de las sedes de la Copa del Mundo 2014. Ahí, y con ese bizarro fin, se edifica la Arena da Amazônia rodeada de barrios cuya felicidad por el monolito debe ser bastante ambigua. Belém, capital del vecino Pará, de mucha mayor tradición futbolera discutió, se enojó y recalcó el absurdo poniendo sobre la mesa viejas rencillas provenientes de la época en la que ambos estados eran un único territorio. Cóctel explosivo, las preguntas asaltan, se burla el Espectro: ¿quién va a controlar el amor a primera vista entre la afluencia de turistas a los partidos de la Copa y los amigos de la ventaja callejera? ¿La contradicción entre el abandono edilicio y la inversión desmedida en un estadio luego inútil y en la remodelación del aeropuerto no estallarán por los aires? ¿Reconocerán solo en aquel momento que es una enorme locura y una gran irresponsabilidad que Manaus acostumbrada a ser la puerta de entrada al mundo amazónico pase a ser parada obligatoria de miles de fanáticos? ¿En qué derivará esa situación a la que se pueden sumar anticipadamente las protestas y las reivindicaciones ´Black Block´? El Espectro –a quien dos jóvenes pasajeros en un ómnibus que se desplazaba justamente entre el nuevo estadio y la vieja Terminal le preguntaron si era un terrorista que haría detonar la bomba cuando abandonara el colectivo- estuvo ahí y de ahí también huyó. A causa de su barba y de otras excentricidades, escuchó esas y otras tantas deliciosas frases de las que los dos siguientes textos son apenas un compendio.

A Ariel Z., que quería leer

Hiere mi pupila, en esa noche de inicios de septiembre, el diente dorado sobre el que rebota la luna desconfiada del río -del espléndido, barroso y sin riberas Amazonas- por el que sereno el Bartolomeu II navega y con él, nuestros destinos. En decenas de redes penduradas, los pasajeros duermen. Despierto, me balanceo con el frío en mis espaldas. Por la tarde, murmura el Espectro, había intercambiado algunas palabras con el dueño de la dentadura en la que el oro anticipaba el desorden fulgurante en el que surgirían mis recuerdos. Su diente en la noche era el desvelo y el gesto para enceguecerme y confundir, en mi memoria, los destellos. La fuerza del metálico en Manaus, donde reina sin esfuerzo, la mala pata de ´la tía´ -me contaban- que en un viaje perdido en el tiempo y en un barco semejante llevaba, casi sin saberlo, en polvo, medio quilo de oro hasta que lo engulló el buche sediento de los de negro, y la fuga de metálico en otras tierras, en otros tiempos, en aquel hotel del que espanto el recuerdo, y bajo otros cielos, acaso como este negro en el que, de pronto, aquel brillo dorado proyecta fragmentos –la maraña de fragmentos de lo que ahora cuento.

Esa noche, horas antes del desvelo, estoy –me dice el Espectro- sentado en la parte superior del Bartolomeu II al arbitrio del viento cuando, de pronto, me veo rodeado por dos nuevos amigos brasileros. El primero de los viajeros vive en Boa Vista (Roraima), una ciudad ejemplar, bonita y ordenada a dos horas de la frontera con Venezuela hacia donde obcecadas multitudes van para comprar y consumir todo porque todo, incluso la gasolina, es más barato en ese suelo. El otro –a partir de ahora, el Ingeniero- es un ingeniero agrónomo que gasta las treinta horas desde Manaus (Amazonas) a Santarém (Pará) con su esposa y con su perro, y con su auto en la bodega, porque pasó en un concurso público y su trabajo está, entonces, en la ciudad que será puerto. Y me explica, de esa manera comienza la charla, me explica lo que desde hace tiempo me vienen explicando. Dos son los problemas de Brasil y, sobre todo, del norte al que, por su tarea, dice el Ingeniero, conoce bien: la corrupción política y la ´burrice do povo´.

Manaus, afirma el Espectro, es una de las ciudades que más renta genera en el país. Cifra más, cifra menos, es notorio que el trabajador local dispone del suficiente dinero para viajar y para consumir. Pero no todos son, por ahí, cielos. A los pasajeros que disfrutan del inicio de sus vacaciones en aquel barco, se oponen historias menos acogedoras como la de una madre que debe viajar, por no se sabe qué burocrático vericueto, para tramitar su ´Bolsa familia´, uno de los relativos triunfos del actual gobierno, y después retornar al barrio, en la antigua Manaus, caliente, empolvado, ganado por la pedra y por su mercadeo. {La postura favorable de Luis Nassif sobre la compleja ´Bolsa Familia´}

Manaus –ciudad portuaria, al final de cuentas- es un centro de corrupción en el que el metálico en metálico gobierna y la tarjeta de crédito –no las Ferraris- es un lujo demasiado prolijo para esos devaneos. La capital del estado Amazonas era, en el pasado, zona franca. Muchas empresas estaban y están ahí radicadas. Los productos eran más baratos por la exención de impuestos. Sin embargo, el negocio no iba bien. Atraía demasiados revendedores y contrabandistas y dieron de baja el privilegio. La poderosa São Paulo, sobre todo, veía sus intereses disminuidos y, entonces, una parte importante de lo que hoy se produce en Manaus –el 25 % del total brasilero- acaba siendo enviado para el estado más rico del país para que más tarde regrese al contexto amazónico con los impuestos necesarios para el lucro general y con el valor adicional del transporte por río –en un final de orquesta que lleva el costo de vida al límite de los infiernos.

En Manaus las calles, como aquella iglesia, me confiesa el Espectro, están destrozadas. El centro de la antigua ciudad, entre la Praça Matriz y el puerto, es un laberinto de infinitas veredas cubiertas por pequeños locales informales de venta de los más variados objetos y que, por la noche, se ven envueltos en lonas coloridas sodomizadas por ex sogas de marineros. Entre ellos se despliega un sistema de transporte pésimo, con conductores violentos, con cobradores encantados de divertirse a expensas de los extranjeros. Una profesora de Santa Catarina que vivió mucho tiempo en la ciudad, me aseguró, que eso sucede con cualquiera que no sea de la región (y él piensa, y no dice, que el tan mentado hombre cordial brasilero nunca salió de los libros) y reflexiona que es difícil comprender por qué ese destrato a los turistas que eligen rifar en esa ciudad el propio vacío existencial con el excedente de su dinero.

Así, aun en, o a causa de ese marco degradado, los maltratados usuarios citadinos disponen para su natural esparcimiento de más de media docena de shoppings. Uno de ellos, mole de cínico cemento, promociona su exclusiva decoración en homenaje a la fauna, flora y cultura amazónicas, con muebles, pisos y luces acabados en colores y en materiales de artesanías regionales, y con su logo que rescata el famoso encuentro de las aguas entre el Negro y el Solimões donde –dicen- nace el Amazonas. En contraste, la proliferación de tecnología en la desvencijada Manaus, y en el Bartolomeu II, en manos de niños, adultos ancianos y perros es un ejemplo contante y sonante de la escasa incidencia de los telúricos homenajes.

Corrupción política e ignorancia ciudadana, dos argumentos que oí durante el largo viaje de forma repetida. Sobre lo primero, me dice el Espectro que le dijo al Ingeniero, es difícil (o bastante obvio) delinear ahora cuál sería la solución porque la corrupción parece ser intrínseca al sistema y entonces… El ingeniero concuerda. Sobre lo segundo, se podría intentar –y me parece fundamental, acota- una profunda revuelta educativa que convirtiera en democrático el acceso a unos estudios que, en tierras brasileras, son meros privilegios.

Para que tengas una idea, se compadece de mi ignorancia el Espectro, en Manaus la municipalidad (´prefeitura´) gasta hoy en día unos R$ 90 mil por cada parada de ómnibus local reformada –reforma que hay que entender como unos techos de acrílico que no son capaces de maquillar las cientos de personas hacinadas, por ejemplo, a lo largo de la avenida principal Getúlio Vargas listas para que los conductores ejecuten su mental video juego. Uno de esos infernales destinos colectivos es Ponta Negra donde -me cuenta el Espectro que le contaba la profesora de Santa Catarina- usted puede encontrar la sin igual idea de una playa sobre el Rio Negro. Conforme al ritmo natural, el río sube y baja, avanza y se retira. La ´prefeitura´ invirtió millones en la fabricación de la playa sobre una terraza artificial de arena y, por si esto fuera poco, y ante la ausencia efectiva de ´playas´, instaló río adentro una red para que los bañistas no cayeran en el fondo del cauce. Los yacarés, por su parte, optaron por ignorar los límites humanos y se pasean ufanos. Los visitantes –rodeados de varias motos acuáticas de dudosa utilidad- al no poder sumergirse en el agua, eligen la cerveza y resuelven a las trompadas el hastío de la tarde. Sea por los yacarés, sea por los pugilatos, la playa acaba en frecuentes y prolongadas clausuras. En su última reapertura, en abril de este año, los visitantes dejaron como regalo, en los primeros trece días, más de cien (100) toneladas de basura dentro del predio. [ LINK. No hay en internet disponibles notas de otros medios sobre la basura en Ponta Negra. Como en Rio Preto ´TV Tem´, en el norte ´TV Amazonas´, ´TV Tapajós´ y al infinito los tentáculos de la Rede Globo.

Luiz Fernando –que vive en Baurú (São Paulo) y que paga una universidad privada y que se hospedaba en el mismo hostel que la profesora y que el Espectro- estaba en la ciudad a medias para descansar, a medias para continuar con un proyecto de investigación sobre la organización interna de comunidades desfavorecidas. Su plan era comparar las ligaciones comunitarias de las favelas de Rio de Janeiro, por ejemplo, con las de los estados del norte de Brasil. En su visita a una pequeña localidad ribereña a unos 30 min. de Manaus, en barco y por el Rio Negro vio que, en una región plagada de tecnología, los habitantes no disponían ni siquiera de un teléfono público. Esa misma comunidad le pidió al municipio –a la ´prefeitura´ que construye paradas de ómnibus ya existentes, que inventó una playa para caimanes, que tiene en su suelo al estadio mundialista obsceno- un profesor o maestro que llevara la escuela que no tenían. El pedido fue denegado… por falta de presupuesto. Después de cada atardecer, esos ciudadanos, se reúnen en grupos para reponer entre ellos un derecho social robado por las ratas del gobierno.

Crédito Luiz Fernando

Crédito Luiz Fernando

Aquella noche en el barco, retoma el Espectro, al inicio de la conversación me presento como ´argentino´, un dudoso galardón cuyo efecto humorístico, o agresivo, es –digamos- repetitivo. En este caso el mensaje sardónico tuvo un objetivo más explícito. ´Ah, sí, Argentina, opinó el Ingeniero, el país en el que para desgracia de vocês gobierna Cristina´. En paralelo al fútbol, parece ser el único dato extra que se tiene, en estos parajes tropicales, de aquel pueblo sureño. El dato es un parámetro paradójico. Por un lado, en el norte se está lo suficientemente lejos como para que ´Argentina´ sea algo así como una tierra ignota. Por el otro, la repetición de esas señales aquí y allá y más allá marca la inmaterial presencia de la voz de los medios de comunicación dominantes en la palabra del ciudadano brasilero. Lo medí y le dije, me dijo el Espectro envuelto en una nube de su palheiro inacabable, que le proponía un juego. Las reglas son dos y son sencillas. Planteamos un problema social, político, etc., y digo, imitando a tu enemiga, ´lo que Cristina diría´. Y el Ingeniero aceptó el juego.

Viajamos en un barco que pertenece a una empresa privada y que, como tantas otras, explota las vías del Río Negro, del Río Solimões y del Río Amazonas de forma arbitraria. El pasaje no tiene precio fijo, no existe control alguno sobre lo que se lleva, sobre cuántos pasajeros suben. Dentro del navío hay dos baños para trescientas personas. El agua para consumir es dudosa. La comida cara e incomible. La limpieza, un cuento. Arrejuntadas viajan familias, madres con hijos pequeños. Existen límites morales para casi todo (no se puede dormir de a dos en las redes), pero la administración de la empresa vende cerveza a unos señores que, de pronto, se consideran en la balada y beben hasta caerse de borrachos para despertarse al día siguiente y continuar bebiendo. Eso no es lo peor y no es todo. Los borrachos son tan atildados que deciden depositar sus anhelados vómitos en las escasísimas piletas de los raros baños que tiene el navío. Pero, como un crimen cometido a cada segundo, esos mismos pasajeros y otros tantos a coro encuentran divertidísimo lanzar la basura y los restos de comida por la borda hacia el indefenso río –ignorando con esmerada prolijidad los dos o tres tachos de basura que invaden la cubierta. Esas empresas navieras –intervengo, dice el Espectro- podrían ser públicas y generar a los estados o al gobierno federal réditos y, además, permitiría un control mayor sobre los desmanes ambientales. Entonces, en Argentina, con todas las contradicciones posibles del mundo y del universo que nos rodea… Cristina diría que es necesario establecer una lucha a nivel político… No creo, me cuenta el Espectro que lo interrumpe el Ingeniero: Cristina los atrasó, ¿no es cierto?

El juego es, me dice el Espectro, un diálogo entre miradas incompatibles: una espectral, en la que el imaginario sobre la sociedad brasilera –a esta altura, apocalíptico y simétricamente opuesto al caribeño y desprejuiciado que en los países del sur se tiene (tendrías que hablar más sobre eso, Espectro)- se cruza con los retazos de una realidad transitada y viajada; la otra –tal vez más espectral aún- en la que ´Argentina´ es la construcción que ofrecen los medios de comunicación. Si contra algo –y de forma deliberada- fue la ´mídia´ hegemónica en Brasil, es contra ´la imagen´ del gobierno K (en una tradición anti-argentina de larga data ahora atravesada por el miedo a ´las izquierdas´ [sic] latinoamericanas y que Cristina parece descuidar sin fisuras al citar, no hace mucho, el falso mea culpa de O Globo). Eso explica que el ingeniero ignore los desastres del gobierno kirchnerista en política de transportes y su contra-argumento remita solo a ´la mala imagen´ de la presidente. Como todas las sociedades, le reconozco y sin abundar en datos concretos, me dice el Espectro, el país austral presenta innumerables problemas. La diferencia entre la clase política de Brasil y la de Argentina es mínima o nula. Sin embargo, le digo, desde hace unos años en el imaginario –insiste el Espectro cada vez más imperceptible en la noche que se cierra sobre la memoria de su relato-, en esas fantasías mentales, en aquello que nosotros creemos que somos, se abrieron discusiones, con uno u otro tipo concreto y serio de influencia en ´lo real´, que en este país hermano son todavía silencio –idéntico al que esgrime ahora el Ingeniero- apenas quebrados por los antiguos clamores del junio piquetero.

Durante el viaje -segundo problema del juego-, en oficinas, negocios, posadas, uno se choca con mapas impresos por Greenpeace en los que aparece la región amazónica y en rojo la indicación de las zonas deforestadas que crecen exponencialmente cada año. El rojo avanza como la sangre de la naturaleza en una lucha ciega en la que se imponen los intereses ganaderos, sojeros y madereros. En la región, las cuatro por cuatro Hilux pululan. El dinero y la prepotencia se enseñorean. El avance comenzó en el estado de Mato Grosso y no ceja.

Accedí a la versión oral de una historia que -corta el Espectro- no pude comprobar hasta ahora y que es otra de las tantas mitologías terribles que pueblan el norte. Según un camionero, en estos días jubilado, por la necesidad de una salida para la soja y para demás productos, se había asfaltado un largo trecho de una ruta amazónica. En un determinado paraje transitable, los dueños de balsas que tenían su negocio apegado al traslado de camiones a través del río, destruyeron el camino con el delicado fin de mantener sus prebendas. Este tipo de arrestos individuales –sumados a las historias de grupos que cobran peaje (´pedágio´) en rutas nacionales, estaduales o locales para beneficio propio- es un ejemplo indirecto, pero contundente, se ofusca, de cómo en muchas situaciones en Brasil el Estado, hiper controlador en tantos otros sentidos, se ausenta.

Más adelante conocería una capa adicional de la tragedia contra la floresta. Fernando, un profesor universitario de filosofía con quien hablé durante el viaje, me contó, me cuenta el Espectro, que uno de los mayores problemas para poder detener el avance de la deforestación -además del metálico con el que sueldan bocas- es que si se legisla contra la tala de árboles se afecta a los pequeños productores que necesitan de nuevos espacios, en su lugar de residencia, para cultivar, criar ganado, etc. Con una situación tan compleja, la ventaja cae del lado de los indeseados. Por eso, frente al poder de terratenientes que exportan, y que se rinden ante Monsanto, y que agreden a la naturaleza y al suelo para extremar rendimiento, y así Amazonas se reduce, Cristina –quien arruinó todo, aporta el Ingeniero- diría, insisto, dice el Espectro, que ese poder de latifundistas debería ser discutido. Intento resumirle la mal-llevada y ambigua lucha por ´la 125´. Él –ingeniero agrónomo universitario y con un posgrado- ignora el tema. Ahí, entonces, y antes me guardo los argumentos del affaire Repsol, YPF, Texaco, Chevron con el que, si él los tuviera, el jueguito ´Cristiana mata monopólicos´ se hubiera ido al carajo, añado el tercer momento del juego, y le digo que Cristina diría la necesidad de una ley de medios. Oh, vocês argentinos não tem jeito, ironiza meu companheiro. Y se me ensombrece el talante pensando que es posible que no tengamos arreglo.

En eso se resumen las cientos de charlas que provoqué –y en casi todas fracasé- con mis ´corpos astrales´ hermanos brasileros, recuerda el Espectro. Lo que me interesa, me dice el Espectro que le dijo a su interlocutor (el ciudadano de Boa Vista hacía tiempo que estaba en silencio), repito, me interesan los imaginarios: cómo nos pensamos y cómo pensamos que nos piensan y cómo pensamos a los otros a partir de cómo pensamos que nos piensan. Olvídense si lo que sucede en mi país (o en otros países de la región) es bueno, es malo, es neutro, le decía con cuidado al ingeniero que, de pronto, bebía su séptima cerveza. El meollo es saber si en algún momento el pacto riqueza, política tradicional, justicia, militarismo, medios de comunicación monopólicos, educación elitista -todo cocinado a fuego lento en el horno de ´la herencia de la dictadura´, ¿sobre el que Cristina diría?, se ríe el Ingeniero- va a ser discutido en el corazón de una sociedad brasilera que oscila en el borde de que cualquier intento de diálogo político cotidiano sea considerado una agresión a la nación que cobija. Es clara la diferencia entre latinos-hispanos con los que he hablado -a mexicanos, colombianos, venezolanos, chilenos, cuando se les pregunta cómo ven, cómo imaginan la vida en su país, lanzan, por lo general, pestes (lo sé, son todos viajeros migrantes)- y el modo brasilero de intentar encontrar el camino para sin decir mucho, decir que, aunque podría estar mejor, tampoco se está pésimo. La clave para salir indemne y sin agresiones de una charla, en estas tierras, es apelar a la consabida frase: tudo é muito complexo, difícil de enxergar [o sea, ver] porque o país é inmenso e tals…

El ingeniero bebe y me observa pensar lo que no digo y pienso, me dice el Espectro. Bebe y bebe y termina la cerveza y lanza por la borda –y con ella sus convicciones- la lata vacía que, después de lloriquear en la baranda, se va a dormir con el río y con la noche. No dije más, me dice el Espectro.

Arrullado por la red que era mi cama, el reflejo dorado del diente metálico me desveló y aquellos fragmentos y los destellos y, entonces, pensé en el caos cuyo centro era Manaus y en la culpa de Cristina y en cómo contar ´el caos´ y ´la culpa´ en estos tiempos.

Fernando –aquel profesor abierto al ríspido diálogo político y para quien, vale como ejemplo, la primordial medida en Brasil, y concuerdo y repito, es ley de medios- me comentó esa tesis que sintetiza a los ojos brasileros ´el problema de Argentina´ en un trauma. Según él, o según la tesis, Argentina es un país o una sociedad traumatizados (´tem recalque´) por no poder ser lo que creímos ser (argumento que en el fondo apunta a remarcarnos que nuestros vecinos sí lograron eso que no se sabe bien qué es). Como trueque de reconocimiento –tu absurdo paternalismo, Espectro- le concedo a Fernando el recuerdo de la sentencia del francesito Malraux robada a algún amigo esquecido que decía que era Buenos Aires la capital de un imperio que nunca había existido. Y creo que en las diferentes inflexiones de la palabra ´imperio´ surge ese mutuo desconcierto, tal vez absolutamente recíproco, tal vez un poco sesgado y dicharachero del lado brasilero como el gracioso equívoco de O Globo de los últimos días al confundir, en un mapa de un segmento deportivo, la geografía argentina con la del suelo chileno.

Tengo la impresión, interrumpo, que esa, Espectro, no es la historia que me querías contar. Por supuesto, aunque tampoco te he estado mintiendo. Entre el sueño de ´el imperio bienestar´ y el anhelo de ´el imperio cultural´ -que hasta ahora ni pasan de emporios ni mucho menos- debe andar la medida de esa horma entre dos pueblos pendejos. Sí. Te quiero contar la otra verdad. Te quiero decir por qué y de qué estaba, en el Bartolomeu II, huyendo. Te quiero contar qué sucedió en Manaus. Pero necesitaba instalar ´el trauma´, necesitaba reconocer que contar aquí (el delirio y) el caos tal vez no sea otra cosa que una incontrolable proyección la verborragia desde un interior colectivo y traumatizado -y a los ojos de los otros, hasta con culpables identificados. Y, entonces, necesito volver a aquel cuarto, a aquel hotel y al humo que no me dejaba ver las caras. Y a los microbios, y a los malucos, y a los caníbales, y a las onzas, y a las cobras, y a las pirañas. Y a la tarde del jueves 29 cuando llegué, y a la caótica y entrañable Manaus, esa ciudad en la que se entra a mil cosas… se sale de pocas.

Manaus - zona portuaria antigua

Manaus – zona portuaria antigua

[De las crónicas del Espectro. Septiembre 2013 – Manaus – Río Amazonas – Brasil]

Fotos del centro de Manaus y de calles del puerto viejo.