´No puedo dejar de sentir mi generación´. Hernaiz / Walsh

Acerca de Rodolfo Walsh no escribió ´Operación Masacre´ de Sebastián Hernaiz

{Publicado originalmente en Revista Colofón, 25/05/2016}

Escribí la primera versión de este texto en octubre de 2015. Hacía meses que tenía el libro en mis manos y las escasas reseñas disponibles habían cebado mi prejuicio: Sebastián mentía. Algunos excesos celebratorios y un título por demás ingenioso dispararon la paranoia. El resto fue la tozudez de justificar mi aburrimiento. El premiado ensayo de Hernaiz era otro caso de crítica literaria contagiada de hagiografía. Pura vida de santos. Entre la marejada de argumentos y comentarios de la primera versión –que la nueva ignora- rescato dos. ¿No es acaso más productivo pensar aquella lejana militancia peronista como un territorio neblinoso en el que derecha e izquierda se funden y se confunden al calor, por ejemplo, del nacionalismo (la imagen ´nebulosa militante´, decía entonces, corresponde a Humberto Cuchetti)? En segundo lugar, en concreto y en consecuencia: ¿por qué ningunear –oh, Sebastián- el innegable nacionalismo de Walsh? ¿Desliz? ¿Olvido? ¿Error? ¿Estrategia? ¿No invalida ese silencio la argumentación? Y si así fuera, ¿no debería Hernaiz devolver el premio a la institución que se lo otorgó? Y si así lo hiciera, ¿no me correspondería, por haber detectado la falacia, alzarme con el galardón y ungirme premiado? El tiempo es juez. Ustedes, mis imposibles lectores, el jurado.

I.-

Rodolfo Walsh no escribió ´Operación Masacre´ y otros ensayos fue publicado en 2012 por 17grises editora. Dice Guillermo Korn desde la contratapa: “En este libro, que toma su título del trabajo que ganó el concurso Ensayo sobre Operación Masacre, convocado por la Biblioteca Nacional, Sebastián Hernaiz se pregunta por el lugar de la literatura en los años noventa y relee a los clásicos de la literatura argentina del siglo XX: Walsh, Cortázar, Marechal.” Esos ensayos –apunta- configuran “un modo original y disruptivo de revisitar textos… para encontrar lo no percibido o, directamente, lo negado.”

En aquel 2012, Hernaiz escribía, investigaba, era miembro de la revista elinterpretador, dictaba eméritos cursos y, según entiendo, su ´sagaz lectura´ es un caso de mistificación ideológica que inmola, en el altar de la mentada negación, la matriz ética de su empresa hermenéutica. Consideren, como puntapié, las siguientes circunstancias textuales.

Un primer dato, de orden general. La proposición ´y otros ensayos´ del título, aparece en el interior del libro metamorfoseada en ´otros ensayos sobre literatura y peronismo´. Silencio por imagen. Siete retratos invaden la tapa. En la base, en rojo, se dejan ver Marechal (con su pipa), Martínez Estrada (si no me engaño), Walsh (tamaño doble) y Cortázar. Arriba, a la izquierda, en negro, se recortan Menem, Perón, Kirchner. El “Prólogo” confirma la narrativa icónica. La relación entre los textos seleccionados “y el contexto político en el que se publicaron no es un mero ejercicio académico, sino un modo de participar en los debates del presente sobre literatura y peronismo.” (p. 9) Cada ´presente´, dice el crítico, es el campo de batalla en el que las comunidades buscan instaurar sentidos. Las identidades colectivas se constituyen y se modifican hacia el interior de esas luchas. “Pensar la historia de esas interpretaciones, pensar las determinaciones que orientan nuestras lecturas, nuestras prácticas, el modo en el que construimos sentidos para el mundo, pensar qué identidades colectivas sostienen las distintas determinaciones, pensar eso es nuestra urgencia.” (p. 14)

Cinco veces utiliza Hernaiz en el prólogo el término presente, un ´presente´ que es la coagulación de un –ismo adosado a un nombre propio. “El presente es el campo de tensiones en el que estos textos encuentran su motor de escritura y no otro es su horizonte de intervención. No existirían como tales sin la experiencia de politización que signó a la sociedad argentina desde diciembre de 2001 y no serían lo [que] son sin el clima de debates y las formas de la política y la práctica intelectual que trajo consigo el kirchnerismo.” (p. 9-10) En lo personal –cierra- aquellos textos tampoco serían lo que son, sin el calor amigable “de lo que no puedo dejar de sentir mi generación” (p. 10). Presente, política, universidad, cofradía, kirchnerismo. En esta cancha juega el partido Hernaiz y, en lo que respecta al ensayo que motiva este entrometimiento, con la Biblioteca Nacional como árbitro.

Un segundo dato, de orden particular. El ensayo dedicado a las sucesivas ediciones de Operación masacre ningunea bibliografía específica y, por ende, líneas de análisis. Su epígrafe es un fragmento de la “Nota autobiográfica” que acompañaba el cuento de Walsh “La máquina del bien y del mal”, incluido en la antología Los diez mandamientos [Jorge Álvarez, 1965]. Confesaba Rodolfo por aquellos años: “Soy lento, he tardado quince años en pasar del mero nacionalismo a la izquierda; lustros en aprender a armar un cuento…”. Hernaiz cita el fragmento pero no la ´fuente´ -ni la mencionada antología ni, más previsible, la compilación de Daniel Link, Rodolfo Walsh. Ese hombre y otros papeles personales [1995]. Esa explicitación cronológica le habría permitido relativizar, desde el instante cero, la epopeya. En su breve declaración, Walsh reconoce que, en 1956, cuando inicia la escritura de Operación masacre, simpatizaba todavía con el nacionalismo. El joven articulista, por su parte, desliza que la veta nacionalista es un parámetro de lectura, al discutir “las cristalizaciones en la forma de leer e interpretar la literatura, la historia de la literatura y la realidad nacional.” (p. 9) Sin embargo, escándalo, Hernaiz borra el nacionalismo y orquesta una edulcorada épica peronista. Si para Sebastián, “el archivo es una herramienta fundamental para entender los modos en que nuestro presente construye su forma de entender el mundo” (p. 9), en su presente de crítico institucional, entiende el mundo manipulando el archivo. Esto afecta, si no a su ética hermenéutica (que la afecta), a su técnica. Distante del ejercicio académico, se encandila con un ´Walsh de izquierda´ y arrumba el ´mero nacionalismo´. Ese mirar bizco es el corazón hueco de su mistificación.

II.-

La tesis principal de Hernaiz –cobijada por un título en apariencia polémico: el autor no escribió el libro que escribió– arguye que Walsh comenzó a escribir Operación masacre, que pautó alguna forma de leerlo, pero “que, a lo largo de sus distintas ediciones y reediciones, esta forma de ser leído postulada en sus propias páginas ha ido variando…, en una activa y encarnada relación con el presente de cada una de las reediciones.” (p. 15) Operación masacre está constituido por dos partes: una fija, la historia (los fusilamientos en un basural de José León Suárez en 1956) y otra variable, los paratextos (prólogos, introducciones, epílogos, apéndices, agregados, títulos, subtítulos, tapas y contratapas) que conforman un marco diferente edición tras edición y que modifican, regulan, condicionan el valor de la primera y que orientan su sentido. Sobre este marco variable operaron quienes continuaron escribiendo el libro iniciado por Walsh (p. 18-24).

Walsh escribe Operación masacre en un tiempo signado por el cruce de discursos provocados por el derrocamiento de Perón. Existía la voz oficial de los militares en el poder que remarcaban la buena salud de la ´Revolución Libertadora´ (a pesar del levantamiento de 1956 y de sus fusilados); existía la voz de Borges antiperonista que celebraba el cambio, ido el ´abominable´ régimen; existía la voz de Martínez Estrada antiperonista que discutía el nuevo estadio y negaba la salud de la ´Libertadora´; y existía la voz de Walsh (p. 29 y ss.), con intrincadas líneas melódicas.

Hernaiz sintetiza la mutación política de Walsh refiriéndose al recorrido “que va desde el apoyo distanciado a la Revolución Libertadora en el 56 a la participación (que no excluye fuertes críticas a las decisiones de la cúpula del movimiento) en Montoneros en los setenta” (p. 22). Reconstruye, luego, el complejo posicionamiento del escritor por esos años: está contra el régimen peronista porque supone un freno a las libertades individuales (el derecho de libre expresión, por ejemplo), apoya a la Libertadora como antídoto frente al peronismo (y como campo orégano para publicar sus escritos de investigación), pero la cuestiona por atrocidades como los fusilamientos de junio de 1956.

Hernaiz respeta el núcleo de la “Nota autobiográfica” de 1965 y plantea una evolución ideológico-política del intelectual y militante, entre 1957 y 1972-1974. Lo que para Walsh fue pasar del mero nacionalismo a la izquierda, para Hernaiz es el paso desde la mirada individualista burguesa a una perspectiva revolucionaria (peronista). Según esta versión, Walsh habría modificado su posición ante la violencia y las revoluciones -del antibelicismo a la lucha armada- y, en consecuencia, habría modificado la pregunta motor de su práctica intelectual. Dice el interpretador: “…es inevitable leer, en las reediciones y correcciones que van desde esa primera [edición] de 1957 a 1972, un movimiento en el que cambia la pregunta que operaba de trasfondo en 1957 (¿qué es el periodismo?), por una nueva: ¿qué es el peronismo? Se reformula, así, la forma de sociabilidad…: del lugar de libertad cívica del individuo a los modos de organización que pudiesen revolucionar el estado de las cosas, en una perspectiva que con los años se iría tornando cada vez más centrada en la historia en tanto la historia de la lucha de clases.” (p. 34) Es el límpido derrotero de un converso que pasa del antiperonismo (burgués) al peronismo revolucionario (indicado por el hemistiquio marxista-leninista). Las cosas, sin embargo, nunca son tan simples.

Impávido ante cualquier matiz, Hernaiz se regodea en el truco de explicar la mutación de Walsh arrojando al aire ¿qué es el periodismo? y recogiendo en su galera, con armónico repiqueteo de tambores, ¿qué es el peronismo? Encantador, pero incorrecto. Walsh ya había dado su respuesta a qué es el peronismo, con jóvenes treinta años. La reedición de 2007 de Rodolfo Walsh. Ese hombre y otros papeles personales, a cargo de Daniel Link, incluye una carta de Walsh al investigador Donald Yates de junio de 1957. Especifica Link en nota al pie: “en ella [Walsh] se refiere extensamente a las relaciones de la literatura policial y el peronismo (del que ofrece un pormenorizado análisis) y, en particular, a la escritura y publicación de lo que será Operación masacre” (p. 31) El peronismo, analiza Walsh en esa carta, no fue una dictadura en sentido estricto, sino un régimen, el ejemplo moderno más perfecto de demagogia; Perón como militar era un ´bluff´ que odiaba la sangre, las batallas, las peleas y los asesinatos (aunque encarcelara y torturara arbitrariamente) y se oponía, en esto, a Aramburu de la Libertadora; Perón eligió el uniforme militar porque amaba el poder, y en estas latitudes, el uniforme lo otorgaba; la demagogia de Perón estaba basada en la palabra de igual a igual a un pueblo al que divertía y halagaba y por el que poco hacía en concreto; en algunos aspectos, Perón gobernaba admirablemente (en lo económico, a pesar de la corrupción), en otros como un idiota (lo cultural), y el análisis sigue con la mención del aparato de propaganda oficial, etcétera. En el final, Walsh encara ´sus asuntos´ y le cuenta a Yates que ha escrito un libro sobre el caso Livraga y que, como no encuentra editor, ha decidido publicarlo por entregas en la revista Mayoría, a la que ojalá Donald reciba allá sino deberá enviarle una copia por avión…

El ninguneo a textos del período de la juventud de Walsh tiene, sin dudas, consecuencias en el análisis. La gambeta de Hernaiz frente a ciertos papeles está sustentada en la salvaguarda de una tesis aséptica, simétrica, teleológica, evolucionista: del periodismo al peronismo (y del mero nacionalismo, que su análisis deja intacto, a la izquierda peronista). Al tratarse Walsh de un escritor heterodoxo, cualquier escamoteo es una censura que no por blanda, y hasta un poco burlona, deja de cumplir su cometido: que no repita lo que alguna vez dijo en aquella juventud ninguneada. Distinta es la historia y otras las preguntas, si se retoma la confesión de Walsh de haber adherido a la gesta popular de 1945 desde la derecha.

***

“Todos estos temas que se concentran en la figura de Walsh están en debate. Tenemos que evitar construir a Walsh como una especie de figura de mármol, porque fue un intelectual muy activo que estuvo siempre vivo y su obra está viva. Lo peor que puede pasar es convertir a Walsh en una figura estática donde todo parece haberse resuelto de modo armónico. Me parece que él era un tejido de contradicciones que mucho tienen que ver con las contradicciones que circulaban en aquel momento.” Ricardo Piglia [en P4R+ (Operación Walsh), documental, director G. Gordillo, año 1999]

***

 III.-

“Este trabajo fue escrito en el año 2007… el cuerpo del texto no ha sido mayormente corregido –comenta Hernaiz. No se incluyen en el análisis… ediciones posteriores de la obra.” (p. 52) La bibliografía del volumen incorpora Dilemas del peronismo de Eduardo Jozami, editado por Norma en 2009. En octubre de 2006, la editorial ya había publicado del mismo autor, Rodolfo Walsh, la palabra y la acción. Hernaiz escribe su texto un año después de aparecida esa biografía. Su silencio responde a la impericia o a la estratagema.

La omisión libera al crítico oficial de dos obstáculos. El primero –esperable- responde a la veleidad de mantener la pátina de originalidad de su adorada tesis. En el apartado “Un texto en permanente reescritura”, reflexiona Jozami: “La reelaboración de Operación masacre en las sucesivas ediciones resume la evolución política de Walsh y también…los cambios en su escritura… Los sucesivos prólogos, epílogos y adiciones dan cuenta de las conclusiones que el autor va adoptando ante la falta de respuesta a su denuncia… y también de la modificación de sus ideas sobre temas tan centrales como el peronismo, la revolución y la violencia. Por eso, constituyen un documento fundamental para comprender no solo la evolución política de Walsh sino también un cambio de época en la cultura política, en la toma de posición de los intelectuales. Esos agregados poco aportan, sin embargo, al núcleo central del libro.” (p. 82-85) Hernaiz podría haber citado ese pasaje como antecedente para rescatar el ´evolucionismo´ aplicado a las ideas políticas de Walsh y, a partir del ´poco aportan´, discutir la relativización y construir su propia choza. Prefirió el silencio.

La segunda piedra que evita al no citar la biografía de Jozami supone conservar una (en apariencia) aséptica hipótesis de lectura –que, en su pureza, metamorfosea a Walsh en buen periodista y escritor, y luego en mejor revolucionario. Diálogo espectral, Jozami olfatea al futuro crítico oficial y arenga en la “Introducción” de su biografía: “La actitud reverencial hacia [la] figura [de Walsh] ha conspirado contra un análisis más minucioso de los principales núcleos políticos de su trayectoria.” (p. 15) Y agrega: “…el lugar eminente asignado a Walsh parece haber fijado límites a la actitud crítica. Algunos lo han erigido en el antiborges, simplificando en clave política una relación mucho más compleja [por] la importantísima influencia que ejerció sobre su obra el autor de El Aleph. Pero en general se opta no discutir con Walsh… [E]s posible avanzar con una actitud menos reverencial… A quienes teman que esto pueda menoscabar el reconocimiento que la sociedad argentina hoy tributa a Walsh, sería bueno recordar que el mejor homenaje para un intelectual… es cuestionar sus opciones…” (p. 16) Contrasta esta aceptación de las contradicciones del escritor, periodista y militante, por parte de un Jozami no ajeno al peronismo del siglo XXI, con el deslucido ´presente´ del interpretador acuñado en una rocambolesca ortodoxia. Insiste Jozami: “…casi no se ha estudiado o escrito sobre ese período inicial. Esta omisión puede explicarse teniendo en cuenta que el propio autor… ha sido avaro… sobre muchas circunstancias; también porque se ha preferido no hablar sobre ciertos pecados de juventud, como la militancia en la Alianza Libertadora Nacionalista. Además, las cambiantes actitudes del joven Walsh en relación con el gobierno de Perón escapan… al patrón de conducta entonces dominante entre las intelectuales.” (p. 22-23)

En el capítulo “El joven Walsh”, el biógrafo especula sobre cómo el catolicismo, anudado al nacionalismo, condicionó la mirada del escritor sobre el peronismo de aquel entonces, y se detiene en el apoyo a la denominada Revolución Libertadora –con la publicación en la revista Leoplán de artículos que honran el coraje de los héroes que bombardearon Buenos Aires en 1955, compilados en El violento oficio de escribir. El nacionalismo es una línea subterránea en el vaivén derecha / izquierda de Walsh. Por ejemplo, la Carta Abierta a la Junta Militar de 1977 conlleva el reclamo a los golpistas por la manipulación del tema de la soberanía nacional. Concluye el biógrafo: “Entre su paso por la Alianza y su adhesión al peronismo revolucionario, Walsh recorre todo el arco de la política argentina, paradójicamente, sin dejar de ser nacionalista.” (p. 40)

Hernaiz olvida leer a) la biografía de Jozami, b) El violento oficio de escribir y c) Ese hombre y otros papeles personales que incluye la confesión de Walsh de haber pertenecido en su juventud a una brigada fascista, la Alianza Libertadora Nacionalista: “Aquí enfrente estaba la Alianza. Yo estuve dentro de ese edificio, el año 44, tal vez el 45. La Alianza fue la mejor creación del nazismo en la Argentina. Hoy me parece indudable que sus jefes estaban a sueldo de la embajada alemana. Su jefe era un individuo sin calidad, sin carisma, probablemente sin coraje, aunque eso traslució después. Se llamaba Queraltó, y le decíamos El Petiso… Sin embargo, la Alianza encarnó la exageración de un sentimiento legítimo que se encarriló masivamente en el peronismo… La Alianza no podía conseguir eso, primero porque sus vínculos con el nazismo provocaban desconfianza aun entre los que no eran aliadófilos; luego porque era antisemita y anticomunista en una ciudad donde los judíos y la izquierda tenían un peso propio; luego, porque sus ideales eran aristocratizantes, aunque encarnaran en individuos de clase media.” Y sigue. Son palabras de Walsh.

Con estos textos, datos, fragmentos ninguneados por Hernaiz, menos imponentes resultan entonces: i) el ´distanciado apoyo´ a la Libertadora, ii) el pacifista que más tarde abraza la lucha armada, iii) la mutación qué es el periodismo en qué es el peronismo. Y se pierde a lo lejos, como una letanía, ese silbido melifluo de prestidigitador adiestrado en los carromatos de Puán que alguna vez mereció un premio.

IV.-

En “Prólogo para la edición en libro” [1957] –sobre el que también trabaja Hernaiz- dice Walsh: “Operación masacre apareció publicada en la revista Mayoría… Los hechos que relato ya habían sido tratados por mí en el periódico Revolución Nacional… Ahora el libro aparece publicado por Ediciones Sigla. Estos nombres podrían indicar, en mí, una exclusiva preferencia por la aguerrida prensa nacionalista. No hay tal cosa. Escribí este libro para que… actuara…” (p. 255). Walsh reconoce que le han preguntado por qué un hombre que se considera de izquierda, publica en plataformas de derecha y responde apelando al coraje civil de esa ´aguerrida prensa nacionalista´. El coraje importaba más que los partidismos y era el coraje un valor que los nacionalistas blandían (y que, por su parte, Walsh usó para honrar el accionar de los pilotos que bombardearon Buenos Aires en junio de 1955 y, en las antípodas, para lamentar, en la Carta a mis amigos, el asesinato de su corajuda hija Vicky).

En el ensayo, Hernaiz se refiere a “la campaña periodística en una publicación que dirigía un activo intelectual de la derecha nacionalista, con la que Walsh dice explícitamente no sentirse identificado” (p. 32). El disruptivo y sagaz crítico contemporáneo confía, cuando le conviene, en las opiniones que sobre sí esgrime Walsh y recae en la ingenuidad de asimilar los vaivenes ideológico-políticos de su tótem, sin considerar que la línea de análisis que deja de lado –el nacionalismo- es un modo de explicar algo que, de lo contrario, se nos ofrece sospechosamente simétrico.

Aquel ´activo intelectual de la derecha nacionalista´, un fantasma para el interpretador, es Marcelo Sánchez Sorondo. Cito un fragmento de la biografía de Jozami, contrapunto de la lectura beata: “Entre fines de 1956 y 1958, aparecen diversos artículos de Walsh en publicaciones nacionalistas como Revolución Nacional, Mayoría y Azul y Blanco… El hecho de que haya recurrido a los periódicos nacionalistas demuestra que Walsh… no sentía frente a ellos el rechazo visceral que expresaban tanto los intelectuales orgánicos de izquierda como los liberales, pero no basta para afirmar que… se identificara políticamente con algún sector del nacionalismo… Walsh termina recalando en las únicas publicaciones que se animan… [Operación masacre fue] publicado por Ediciones Sigla, de propiedad de Marcelo Sánchez Sorondo, director de Azul y Blanco. Con un perfil más ideológico que Mayoría o Revolución Nacional…, el periódico de Sánchez Sorondo… estaba identificado con el nacionalismo de derecha y, quizá por ello, Walsh creyó conveniente afirmar su condición de hombre de izquierda. Otros textos suyos permiten dudar de que en 1957 aceptara plenamente esta definición” (p. 38) Este retrato, con sus claroscuros, es sensiblemente diferente a la crédula versión del buen feligrés hermeneuta.

Lejos de las dudas, celebratorio, se autoevalúa Hernaiz: “Una lectura no fetichista ni mitificadora requiere de un trabajo de lectura que reordene…” (p. 52). Antes, a medio camino, había dicho que no hacer lo que él hacía, era rendirse frente al fetiche: “No tener en cuenta estas variaciones [a lo largo del tiempo de Operación masacre] y su forma de incorporación en las distintas ediciones es someterse al fetiche…” (p. 26). Acierta, el interpretador, con la terminología psi-. Su caso es sintomático de los efectos del consumo de ortodoxia en seres humanos (que alucinan con formar parte de algo). El “Obligado apéndice” recrea una felicidad teatral orgiástica frente a una platea insípida: “…y el hecho de que [el concurso que lo premió] fuera organizado por una de las instituciones culturales más importantes del país y que… se entremezclara con la conmemoración de las fechas nefastas que organizan la cronología de la última dictadura militar… podría ser pensado como el cierre del ciclo iniciado en 1994. No sería un exceso postular allí la cristalización de… un ciclo kirchnerista para la circulación del libro de Walsh, y junto a ese libro, de la figura misma de Walsh en tanto intelectual y militante: no en vano, del 2001 a esta parte la figura del militante y del intelectual encontraron formas específicas de reformularse articulándose con los cambios estatales.” (p. 52-53)

A confesión de parte… Si el concurso, y el correspondiente ensayo ganador, confluyen en la ´cristalización´ del ciclo kirchnerista de la circulación de Operación masacre y de la resignificación de la figura de su autor, esto se sustenta en una argumentación que entronca el cacareado ´presente´ con un pasado mítico repleto de héroes y de luchas bravas, cuando, en verdad, Walsh murió asesinado por los militares y militando en una organización revolucionaria que lindaba el dislate. Como ejemplo, los conocidos documentos internos que como oficial de inteligencia redactó Walsh y que, en vano, compartió con la cúpula de Montoneros. Para 1976, Walsh hacía tres décadas que paladeaba ensueños libertadores y nacionalistas: “A pesar de los golpes recibidos… seguimos triunfales. Decidimos el fracaso total de los planes del enemigo y seguimos subestimándolo. Esto… obedece a la incomprensión sobre nuestra propia historia. [A]l no reflexionar sobre las causas de nuestro crecimiento espectacular [pensamos que] somos geniales, y si somos geniales es accesorio que acertemos o nos equivoquemos. Esto lo notamos… en la persistente ausencia de autocrítica.”

No otro es el horizonte de intervención de Hernaiz –digo- parafraseándolo. La ausencia de autocrítica y, como corolario, un corrimiento en los parámetros ideológicos de comprensión de la historia y de la ´realidad nacional´. En el encendido ensayo que le dedica a Marechal, incluido en ese mismo librito que esgrime un archivo parcial sobre Walsh y que acabo de reseñar, Hernaiz se refiere en una nota al pie “a la renovación [política] que se iniciaría con la revolución de junio de 1943” (p. 73, n. 3). Esta liviandad, creo, se resuelve de dos maneras: o se cambia ´revolución´ por ´golpe de Estado´ -otra cosa me parece no fue lo del G.O.U- o todos nos volamos las pelucas y les decimos revolucionarios a los golpistas nacidos de la simiente del 6 de septiembre de 1930. No resultaría extraño que Hernaiz eligiera este último camino. Su santo patrono, Rodolfo Walsh, publicó Operación masacre, libro sagrado, en la editorial del nacionalista Marcelo Sánchez Sorondo. Un par de décadas antes, Matías Sánchez Sorondo, el padre, había sido ministro del Interior de la breve pero significativa dictadura de José F. Uriburu. O… acaso no, nada de todo eso. Siempre y todo puede ser leído como pecadillo de juventud, incluyendo el rimbombante ensayo del principiante Hernaiz que, aun así, ganó un premio oficial a manos de una prestigiosa institución que, no por nada, ocupó durante mucho tiempo el edificio de una lotería.

Anúncios